Tu camino
A Fifí, muchacha moderna
Deseo, simpática, ponerme en contacto contigo y,con tus numerosas amigas. No me creáis un tostón, como el cuarto de bigotillo que lleváis por fiel compañero porque mal partido no os parece.
Me gusta la juventud, a pesar de su inconstancia, de su insubstancialidad, irreflexión y atrevimiento. Y me gusta por los propios rasgos de sinceridad. Y me llenaría del todo si la viera coyundada con la experiencia y lejos de la insinceridad de. cuantos andamos para venerables.
Con sus destacadas cualidades, urdidas en la rueca de rosada primavera, se ha forjado la juventud su caminito de ilusión. Diríamos caminito florido, que pudiera ser real y no. lo es. Un camino entre congruencias y absurdos. Entre verdades y falacias. Entre afanes de progreso, ansias de vida, anhelos de justicia y... todas esas mentirijillas, pétalos de rosa y jazmín, marchitos al atardecer.
Y es lo cierto que se ha de llevar un camino. Que cada cual ha -de ir por él deslizando el carro de su vida. Pero camino trillado y bañado en meridiana luz, para apreciar fas cosas en su justo valor.
Corred vuestro camino —dice San Pablo— como los que se afanan por ser campeones en el estadio'.
Y Jesucristo, que lo caminemos en tanto dispongamos de luz.
* * *
Ahora, Fifí, me vas a perdonar. Es forzosa tu presentación a mis pacientes lectores.
Fifí es una joven simpática, risueña, de las bien plantadas, para acabar. De esas que llaman la atención donde se encuentran. (Hasta se. la hace pasar por devota porque no falta en los domingos a la misa de doce. No sé si pertenece a alguna piadosa asociación, pero sí que le reza a San Antonio de Padua y pone a menudo sus finas manos sobre el cepillo del Pan de los Pobres, como cuchichea con el sacristán para que le encienda esta o la otra vela a Santa Rita.
Hace unos días le oí decir:
—Una chica debe ser religiosa. A mí me gusta, verdad. Hay que quedar bien con Dios. Pero... la joven no es una monja, y por lo tanto, ha de brillar en los paseos, se ha de imponer en modas y lugares elegantes y ha de estar al día en los estrenos de cines y teatros. En cuestión de vestidos!.., todo le está bien a la juventud. Y como ha de encontrar novio, debe ir a los bailes, donde la esperan los chicos. ¡Qué de particular tiene el baile. ¿No?
Y se me puso a reír como una loquita, satisfecha, ilusionada; y añadió:
—¿Qué tiene de particular? La vida moderna es así.. ¿Qué se saca de tanta privación y de tanto encierro?
Oye, Fifí que me lees.
Inesita era una joven como tú. Yo la conocí. Le gustaban horrores las florecillas. En su jardín tenía un rosal trepador de bellas rosas. Pero el rosal trepador de bellas rosas tenía muchas espinas. Un día la vi rabiosilla por casa.
— ¡Mamá, con lo que me gustan esas rosas! No puedo coger ninguna. ¡Mira cómo me puse las manos!
Y por no estropearse el delicado cutis dé sus manecitas de marfil, a pesar de su pasión por las rosas, se quedó sin lograr una sola y... ¡lloró furiosa!
* * *
Mi Fifí, como la juventud, huye del sacrificio. No quiere los ingratos pinchazos de la propia negación. Va mejor por el descarado camino de las modas, sin negarse a las pasiones y desvergüenzas. Y, claro, no será para ella la fragante rosa de la virtud.
Su camina es malo. Su camino es inútil. Es endeble, como el que la arañita ha colgado en el rincón del hogar, para ser maldecido y cortado por el fatal escobazo de la muchacha.
Uno sólo puede ser tu camino.
Escucha a Jesucristo:
—Yo soy el Camino.
No lo mezcles con el que te brinda el mundo, pues no es digno de una joven cristiana. Es traicionar al Dios con quien se. quiere quedar bien.
Amón
San Antonio, apóstol de la Asunción
Digno coronamiento de la vida mortal de la Santísima Virgen es su Asunción en cuerpo y alma a los cielos, donde es Mediadora universal de todas las gracias.
Esta piadosa creencia, que implícitamente y sin discusión vivieron los primeros cristianos, y que a partir, del siglo V comenzó a manifestarse' de una manera explícita en las fiestas que toda la Iglesia celebraba a la Dormición o Asunción de la Santísima Virgen María, fue puesta en duda por algunos y hasta negada por otros al enfriarse el primitivo fervor cristiano en los siglos posteriores.
San Antonio de Padua, que tanto ahondó en los misterios divinos y cuyo amor a la Madre de Dios era grandísimo, salió a la defensa de la tradicional creencia asuncionista escribiendo un magnífico discurso sobre tan augusto misterio, en el que de tal manera disipó las dudas, pulverizó las negaciones e iluminó el misterio con razones de congruencia y textos bíblicos, que mereció ser llamado «El Apóstol de la Asunción».
No es nuestro propósito para probarlo transcribir aquí íntegra o fragmentariamente el magnífico discurso asuncionista de San Antonio. Me propongo solamente ofrecer su pensamiento resumido en pocas líneas a nuestros lectores.
Asociada por Dios la Santísima Virgen a la obra de la Redención, su vida se desarrolla paralela a la vida de Jesucristo: muriendo como Jesucristo, resucitando como Jesucristo, subiendo en cuerpo y alma a los cielos como Jesucristo y siendo glorificada en el empíreo como Jesucristo.
La Virgen murió como Jesucristo. — Murió Jesús, y murió también María. Y murió como murió Jesús: no en pena de sus pecados, pues fue inocente y pura, sino por haberse hecho con Jesús representante y responsable dé la humanidad pecadora.
La Virgen resucitó como Jesucristo. — Resucitó Jesús, y resucitó también María. La que había triunfado del pecado en su Concepción Inmaculada, triunfó también como Jesús de la corrupción del sepulcro, de la muerte permanente, que es pena del pecado.
La Virgen subió en cuerpo y alma a los cielos como Jesucristo. — Todos admitían que el alma de María subió a los cielos. Lo que se negaba por algunos y dudaba por otros era su Asunción corporal. Para probarla aduce San Antonio estas palabras del Señor por Isaías: «Yo glorificaré el lugar donde he puesto mis pies», que interpreta de esta manera: «Los pies del Señor son la humanidad; y el lugar donde fueron puestos es la Virgen María, de quien asumió la humanidad. Este lugar fue glorificado por Dios el día que la exaltó sobre los coros de los ángeles. Por donde la bienaventurada Virgen fue llevada al cielo no solamente en su alma, sino también en su cuerpo, porque según el cuerpo fue pedestal del Señor».
La Virgen fue glorificada como Jesucristo. — Según San Antonio, la glorificación de la Santísima Virgen María, como la de Jesús, es la base culminante, la apoteosis de su Asunción. «El mismo día en que la Santísima Virgen en cuerpo y alma entró en los cielos, su mismo Hijo la coronó con la diadema de la gloria celestial, que consiste en ver cara a cara a Dios. La beatificó en cuerpo y alma, llenándola de la prerrogativa de todos los premios celestiales, dándole mayor bienaventuranza que la que corresponderá a todos los Santos en el día de la resurrección, y que gozan ya todos los ángeles, y haciéndole ocupar en la bienaventuranza eterna un lugar eminente, sumo, desde donde, como Madre, Reina y Señora, derrama sus gracias y bendiciones sobre todos los hombres.»
Y acabo este resumen como San Antonio su sermón: suplicando a la Santísima Virgen que llene de gracia celestial el vaso de nuestro corazón y lo enriquezca con las piedras preciosas de las virtudes, para que merezcamos un día ser levantados a la cumbre de la gloria celestial.

San Luis, Obispo de Tolosa.
De reyes y de santos Tus ojos de modestia Del Padre San Francisco |
El Papa te consagra Tratar con los mendigos Enséñanos a todos, |
Jesús Galbis
Un sabio terciario y una niña mártir en los altares
(De Revista Franciscana)
Una multitud enorme, nunca vista en las solemnidades de simples beatificaciones, llenaba esta tarde la gran basílica del Vaticano y su espaciosa plaza con motivo de la glorificación de la nueva heroína de la fe y de la pureza, la Beata María Goretti, virgen y mártir.
Todavía no se había extinguido el eco festivo del terciario franciscano Contardo Ferrini, elevado al honor de los altares el día 13 de los corrientes, y la basílica vaticana abría de nuevo sus anchos brazos de la columnata berniniana para cantar las glorias de otra figura excelsa de nuestros días. Esta vez no eran prevalentemente los profesores universitarios, presididos por el eximio P. Gemelli, Rector de la Universidad, que ha promovido la causa del Beato C. Ferrini y conserva su sagrado cuerpo; no abundaban en las tribunas del templo los hombres políticos y7 de gran cultura: era gente humilde del pueblo que aclamaba a la niña virgen y mártir, al mismo tiempo que rendía un tributo de inefable admiración a la anciana madre de la nueva Beata, que desde la principal tribuna asistía personalmente —caso rarísimo en la historia— a la glorificación litúrgica de su hija, juntamente con los hermanos de ésta, entre los cuales se destacaba por su hábito blanco la menor, que es Sor María de San Alfredo, franciscana misionera de María, de cuarenta y siete años de edad.
(de Vikipedia)
Admirable universalidad la de la Iglesia, que se manifiesta no sólo en el tiempo y en el espacio, sino que posee la palabra que eleva cualquier estado o condición social, sin ninguna distinción de raza, edad o sexo. Ayer venía exaltado el célebre profesor de Derecho Romano, prodigio de humildad, a pesar de sus triunfos en la cátedra y en sus libros; hoy sube a los altares una jovencita analfabeta, hija de padres pobrísimos, obligados a emigrar de una parte a otra de la península en busca de duro trabajo, pero rica del tesoro inestimable de la fe, y que, a pesar de su tierna edad, de doce años escasos, supo hacerla fructificar hasta alcanzar la cima eje la santidad y del martirio, mereciendo ser llamada la Inés del siglo XX.
En el martirio de la tierna María Goretti hemos visto renovado, en la misma tierra del Lacio, el ejemplo luminoso de Santa Inés, jovencita de la misma edad, lirio purísimo, de quien cantaba un antiguo himno que ella había subido al cielo con su manto de escarlata, ornamento de su martirio. Las historias de las antiguas vírgenes parecen a muchos legendarias, y, sin embargo, la Beata María Goretti las ha reproducido en el mismo agro romano, tan fecundo en gestas de sublime virtud, con la más exacta realidad de nuestros días; todavía más: ha obtenido el triunfo hermoso, raras veces , concedido a aquellas antiguas vírgenes mártires, esto es, la conversión póstuma de su brutal y cínico verdugo, quien ha sido en el proceso de la Beatificación de María Goretti el testimonio principal, el más seguro y más reparador, de quien, tocado de la gracia, se ha retirado al claustro, después de expiar con dura pena de treinta años su doble delito; vive actualmente entre los hijos del Seráfico Padre con edificante fervor.
La muerte de María Goretti, que sin la heroica resistencia a los repetidos asaltos de un joven inmoral, con amenazas de muerte; sin los motivos cristianos que alega para no permitir mancillar su virginal pureza; sin el generoso perdón del asesino y deseos de llevarlo al paraíso, expresados en su terrible agonía, provocada por las catorce puñaladas recibidas; sin todas estas admirables circunstancias sería una reproducción de tantas asquerosas reseñas de vulgares periódicos, se transfigura ante nuestros ojos y mente en un drama sagrado, en el Cual resplandece de nuevo la eficacia redentora de heroísmo cristiano y la verdad de Providencia Divina, que, como recuerda la liturgia en la fiesta de Santa Inés y en otras, como en la del Pobrecillo de Asís, escoge las cosas humildes y sencillas del mundo para confundir a los «grandes» de la tierra.
¡Qué hermoso ejemplo de pureza y de fortaleza halla en la jovencita María Goretti esta sociedad actual, tan ligera y corrompida! ¡Qué modelo para las jóvenes cristianas, que ante la no siempre comprobada esperanza de hallar un compañero de vida y hogar, no reparan en vender, prematura y miserablemente, el tesoro más apreciable de su alma y dé su cuerpo!
Testimonio de fe y de pureza el de María Goretti y de Contardo Ferrini, ambos seglares, pero representados con lirio virginal ambos volando al cielo en el mismo año 1902 y beatificados en el
mismo mes y año; ejemplo sublime de candor infantil, en la primera; modelo de santidad para hombres de ciencia, en C. Ferrini, sobre todo en este tiempo de orgullo intelectual y de aberraciones de la mente y del corazón.
Ambos santos modernos, viviendo y muriendo fuera del claustro, pero con excelsa perfección y evangélica pobreza, enseñan a todos, pero principalmente a los hijos e hijas del Pobrecillo de Asís, que cuenta en sus tres Ordenes numerosos potentados, sabios y humildes obreros, a buscar la perfección cristiana en todos los estados, estando dispuestos a conservar el depósito divino de la fe y de la virtud con el ejercicio de una vida eminentemente cristiana y si es necesario, con un cruento holocausto.
Fr. José Mª Pou y Martí, ofm
Roma, 27 de abril de 1047.
Carta de China
Adveniat Regum Xto!
Taiyuanfú, Shansi. China.
6 marzo 1947.
Al P. Provincial Joaquín Sanchis.
¡Paz y bien en el Señor!
Mi muy apreciado y P. Provincial.
Anteayer vine aquí desde mis montes, y el P. Gonzalo Valls me comunicó la noticia de su nombramiento como Provincial de nuestra Seráfica Provincia, de lo que me congratulo mucho y hago votos al Señor le asista en su gobierno y haga que prospere mucho in Sanctitate scientia et disciplina.
La pobre nación China, como ya sabrá, anda toda revuelta a causa de los comunistas. Yo en el santuario de la Santísima Virgen, en donde hago vida eremítica, he sido muy visitado por ellos en estos últimos cinco años, aunque, gracias a Dios y a la protección especial de la Santísima Virgen, no he sufrido nada de ellos.
Yo vine a este santuario a causa de la enfermedad de tisis que contraje en la enseñanza de los Seminaristas. Ahora me siento completamente bien. ¡La mala yerba no muere!
Saludos fraternos a todos mis condiscípulos y profesores supervivientes y demás coprovinciales.
Pida mucho al Señor por mí y esta pobre nación, que aun en su mayoría desconoce la verdadera luz y camino de la vida y felicidad.
Con todo afecto y filial veneración, queda de usted devoto y último súbdito, Fr. Severino González.
Consultorio religioso
He recibido una carta que contiene una oración piadosa, exhortándome a que mande unas copias de ella a personas conocidas, pues de lo contrario, me ocurrirán cosas graves. ¿Qué debo hacer?
Si le consta que la oración está aprobada por la Iglesia, puede retenerla y hasta rezarla en buena conciencia, pero no está obligada a mandar las copias que le dicen, ni debe tampoco enviarlas movida, por el egoísmo del bien que le prometen o por el miedo del mal que le anuncian, porque incurriría en un caso de idolatría llamado superstición, prohibido en el primer Mandamiento de la Ley de Dios.
Si no le consta que la oración está aprobada por la Iglesia, y más aún, si sabe ciertamente que no lo está, rasgue la carta o échela al fuego, que allí es donde mejor está.
Le aconsejo que lea lo que sigue que le instruirá sobre este particular.
La superstición es un vicio que proviene de la ignorancia. Quien ignora las verdades del Cristianismo, lo que el cristiano debe creer, está preparado para dejarse engañar por cualquier audaz.
Mientras más atrasado es el pueblo, es más ignorante, y brotan entonces las supersticiones como los gusanos en la carne corrompida.
La superstición es corrupción de una práctica religiosa pura, y generalmente no tiene ningún fundamento racional.
Por ejemplo, es superstición golpear madera para evitar algún mal próximo o para proteger la salud de una persona que se nombra.
¿Podrá existir alguna relación entre la salud de una persona y esos golpes?
La credulidad es una manifestación de la falta de inteligencia, de ceguera intelectual. En los hospicios para insensatos y en las Casas de Locos es donde hay más crédulos y más supersticiosos.
En los pueblos del Sur, en donde la gente vive tan alejada de toda cultura religiosa; en las montañas o en las islas Chiloé, la superstición encuentra un campo propicio para desarrollarse.
Los chilotés creen en el Imbunche, un ser imaginario a quien los isleños dan una estrafalaria figura: cuerpo deforme, la cara vuelta a las espaldas y una pierna pegada al espinazo. Habita en cuevas y tiene la propiedad de volar como los brujos ciertos días. Trae mala suerte, y las brujas ya veteranas le consultan para sus maleficios.
Entre las muchas supersticiones, las de los martes, la del número trece, etc., hay dos muy vulgarizadas en el pueblo, que son la del ojeo y la del espanto.
Ojear a alguien, es producirle algún daño o la misma muerte con sólo la mirada, sobre todo a los niños de meses. En realidad, algunas personas tienen en la mirada cierto poder de fascinación, que puede influir en otra persona y dominarla; pero de ahí, a dañar o matar a alguien, es absurdo.
El espanto es un miedo extraño que les sobreviene a los niños, sin causa conocida, y los deja nerviosos y atónitos. La gente dice que se les cae el espíritu o se les va, como si se tratara de una pieza de vestir.
Hay otro género de superstición, que proviene de una devoción o de una piedad inculta y mal dirigida, como son esas oraciones que llaman «infalibles» para ciertas dolencias y esas prácticas irrisorias en que se pone en ridículo alguna reliquia o se llevan medallas defensoras, para que quien las posea pueda exponerse a la muerte y nada le pase.
También gente supersticiosa escribe una oración y debe mandarla a cierto número de personas si se quiere evitar una desgracia o conseguir alguna merced. Torpe superstición, pues es de imaginar que la Voluntad Divina no esto al servicio de cualquier infeliz que se quiere divertir.
Esas supersticiones malhadadas sólo consiguen deslustrar la fe cristiana, enturbiar la conciencia, desacreditar la majestad de Dios, presentándolo, no como es, Altísimo, el Creador del mundo, el Padre de los hombres, sino como un ser raro, preocupado de pequeñeces y que ansia envolver a las criaturas en una red tenebrosa de prácticas y de ritos insensatos.
El culto a Dios, la Religión que hemos de practicar, están muy por encima de todas esas miserias, que el cristiano ha de combatir con todas sus fuerzas. Levantar la conciencia del hombre hasta la cumbre para que pueda vislumbrar la grandeza infinita de su Señor.
* * *
¿Tiene algún valor la oración del que está en pecado mortal?
La oración del que tiene la desgracia de estar en pecado mortal no sólo es lícita, sino altamente provechosa. Puede merecer con ella, si no de justicia, sí de congina, como dicen los teólogos, la conversión y la gracia. Pues Dios, que es nuestro Padre, no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.
Fr. Ágnello
Confidencias
Cuán fácilmente perdemos las mujeres nuestro equilibrio interior.
Bastan unos ejemplos para demostrarlo:
Una contrariedad inesperada origina de repente en nosotras un aluvión de mal humor.
Nos dicen una palabra des agradable, más por torpeza que por maldad, y la ira despierta.
Surgen dificultades imprevistas, que nuestra imaginación las centuplica, y nos descorazonamos presto.
Una persona de nuestra familia padece una enfermedad grave, y ya vivimos de antemano el fatal desenlace.
Deseamos muy vivamente lograr un objeto que la prudencia no nos permite adquirir, y el deseo toma ya vuelos de pasión.
Un movimiento de simpatía nos arrastra hacia tal o cual persona, y ya sólo vivimos para ella.
¿Para qué citar más ejemplos? ¡Cuán variadas maneras de perder el equilibrio interior de nuestras almas!
¿Remedio a todo esto? Sepamos en cada caso sobrenaturalizar nuestra «natural» manera de pensar y de sentir. Sólo así no cederemos inconsideradamente a la primera impresión que experimentemos, al primer deseo que surja en nosotras.
Un poco de calma y un mucho de fe.
María de Santángel

