Tu camino

A Fifí, muchacha moderna

Deseo, simpática, ponerme en contacto contigo y,con tus numerosas amigas. No me creáis un tostón, como el cuarto de bigotillo que lleváis por fiel compañero porque mal partido no os parece.

Me gusta la juventud, a pesar de su inconstancia, de su insubstancialidad, irreflexión y atrevimiento. Y me gusta por los propios rasgos de sinceridad. Y me llenaría del todo si la viera coyundada con la experiencia y lejos de la insinceridad de. cuantos andamos para venerables.

Con sus destacadas cualidades, urdidas en la rueca de rosada primavera, se ha forjado la juventud su caminito de ilusión. Diríamos caminito florido, que pudiera ser real y no. lo es. Un camino entre congruencias y absurdos. Entre verdades y falacias. Entre afanes de progreso, ansias de vida, anhelos de justicia y... todas esas mentirijillas, pétalos de rosa y jazmín, marchitos al atardecer.

Y es lo cierto que se ha de llevar un camino. Que cada cual ha -de ir por él deslizando el carro de su vida. Pero camino trillado y bañado en meridiana luz, para apreciar fas cosas en su justo valor.

Corred vuestro camino —dice San Pablo— como los que se afanan por ser campeones en el estadio'.
Y Jesucristo, que lo caminemos en tanto dispongamos de luz.

* * *

Ahora, Fifí, me vas a perdonar. Es forzosa tu presentación a mis pacientes lectores.

Fifí es una joven simpática, risueña, de las bien plantadas, para acabar. De esas que llaman la atención donde se encuentran. (Hasta se. la hace pasar por devota porque no falta en los domingos a la misa de doce. No sé si pertenece a alguna piadosa asociación, pero sí que le reza a San Antonio de Padua y pone a menudo sus finas manos sobre el cepillo del Pan de los Pobres, como cuchichea con el sacristán para que le encienda esta o la otra vela a Santa Rita.

Hace unos días le oí decir:

—Una chica debe ser religiosa. A mí me gusta, verdad. Hay que quedar bien con Dios. Pero... la joven no es una monja, y por lo tanto, ha de brillar en los paseos, se ha de imponer en modas y lugares elegantes y ha de estar al día en los estrenos de cines y teatros. En cuestión de vestidos!.., todo le está bien a la juventud. Y como ha de encontrar novio, debe ir a los bailes, donde la esperan los chicos. ¡Qué de particular tiene el baile. ¿No?

Y se me puso a reír como una loquita, satisfecha, ilusionada; y añadió:

—¿Qué tiene de particular? La vida moderna es así.. ¿Qué se saca de tanta privación y de tanto encierro?

Oye, Fifí que me lees.

Inesita era una joven como tú. Yo la conocí. Le gustaban horrores las florecillas. En su jardín tenía un rosal trepador de bellas rosas. Pero el rosal trepador de bellas rosas tenía muchas espinas. Un día la vi rabiosilla por casa.

— ¡Mamá, con lo que me gustan esas rosas! No puedo coger ninguna. ¡Mira cómo me puse las manos!
Y por no estropearse el delicado cutis dé sus manecitas de marfil, a pesar de su pasión por las rosas, se quedó sin lograr una sola y... ¡lloró furiosa!

* * *

Mi Fifí, como la juventud, huye del sacrificio. No quiere los ingratos pinchazos de la propia negación. Va mejor por el descarado camino de las modas, sin negarse a las pasiones y desvergüenzas. Y, claro, no será para ella la fragante rosa de la virtud.

Su camina es malo. Su camino es inútil. Es endeble, como el que la arañita ha colgado en el rincón del hogar, para ser maldecido y cortado por el fatal escobazo de la muchacha.

Uno sólo puede ser tu camino.

Escucha a Jesucristo:

—Yo soy el Camino.

No lo mezcles con el que te brinda el mundo, pues no es digno de una joven cristiana. Es traicionar al Dios con quien se. quiere quedar bien.

Amón

San Antonio, apóstol de la Asunción

Digno coronamiento de la vida mortal de la Santísima Virgen es su Asunción en cuerpo y alma a los cielos, donde es Mediadora universal de todas las gracias.

Esta piadosa creencia, que implícitamente y sin discusión vivieron los primeros cristianos, y que a partir, del siglo V comenzó a manifestarse' de una manera explícita en las fiestas que toda la Iglesia celebraba a la Dormición o Asunción de la Santísima Virgen María, fue puesta en duda por algunos y hasta negada por otros al enfriarse el primitivo fervor cristiano en los siglos posteriores.

San Antonio de Padua, que tanto ahondó en los misterios divinos y cuyo amor a la Madre de Dios era grandísimo, salió a la defensa de la tradicional creencia asuncionista escribiendo un magnífico discurso sobre tan augusto misterio, en el que de tal manera disipó las dudas, pulverizó las negaciones e iluminó el misterio con razones de congruencia y textos bíblicos, que mereció ser llamado «El Apóstol de la Asunción».

No es nuestro propósito para probarlo transcribir aquí íntegra o fragmentariamente el magnífico discurso asuncionista de San Antonio. Me propongo solamente ofrecer su pensamiento resumido en pocas líneas a nuestros lectores.

Asociada por Dios la Santísima Virgen a la obra de la Redención, su vida se desarrolla paralela a la vida de Jesucristo: muriendo como Jesucristo, resucitando como Jesucristo, subiendo en cuerpo y alma a los cielos como Jesucristo y siendo glorificada en el empíreo como Jesucristo.

La Virgen murió como Jesucristo. — Murió Jesús, y murió también María. Y murió como murió Jesús: no en pena de sus pecados, pues fue inocente y pura, sino por haberse hecho con Jesús representante y responsable dé la humanidad pecadora.

La Virgen resucitó como Jesucristo. — Resucitó Jesús, y resucitó también María. La que había triunfado del pecado en su Concepción Inmaculada, triunfó también como Jesús de la corrupción del sepulcro, de la muerte permanente, que es pena del pecado.

La Virgen subió en cuerpo y alma a los cielos como Jesucristo. — Todos admitían que el alma de María subió a los cielos. Lo que se negaba por algunos y dudaba por otros era su Asunción corporal. Para probarla aduce San Antonio estas palabras del Señor por Isaías: «Yo glorificaré el lugar donde he puesto mis pies», que interpreta de esta manera: «Los pies del Señor son la humanidad; y el lugar donde fueron puestos es la Virgen María, de quien asumió la humanidad. Este lugar fue glorificado por Dios el día que la exaltó sobre los coros de los ángeles. Por donde la bienaventurada Virgen fue llevada al cielo no solamente en su alma, sino también en su cuerpo, porque según el cuerpo fue pedestal del Señor».

La Virgen fue glorificada como Jesucristo. — Según San Antonio, la glorificación de la Santísima Virgen María, como la de Jesús, es la base culminante, la apoteosis de su Asunción. «El mismo día en que la Santísima Virgen en cuerpo y alma entró en los cielos, su mismo Hijo la coronó con la diadema de la gloria celestial, que consiste en ver cara a cara a Dios. La beatificó en cuerpo y alma, llenándola de la prerrogativa de todos los premios celestiales, dándole mayor bienaventuranza que la que corresponderá a todos los Santos en el día de la resurrección, y que gozan ya todos los ángeles, y haciéndole ocupar en la bienaventuranza eterna un lugar eminente, sumo, desde donde, como Madre, Reina y Señora, derrama sus gracias y bendiciones sobre todos los hombres.»

Y acabo este resumen como San Antonio su sermón: suplicando a la Santísima Virgen que llene de gracia celestial el vaso de nuestro corazón y lo enriquezca con las piedras preciosas de las virtudes, para que merezcamos un día ser levantados a la cumbre de la gloria celestial.

Fr. Pacífico Torres, ofm

a

San Luis, Obispo de Tolosa.

De reyes y de santos
tu egregia estirpe viene,
y tu alma unidas tiene
nobleza y santidad.
En medio de la corte
irradian su belleza
tu célica pureza,
tu eximia caridad...

Tus ojos de modestia
son joyas primorosas;
tus manos generosas
practican siempre el bien;
y tu alma, que es abismo
de paz y de dulzura,
refleja la hermosura
del Niño de Belén...

Del Padre San Francisco
seguir las huellas quieres,
dejando los placeres
del trono y su esplendor...
Y libre así de trabas
y lazos mundanales,
son sólo celestiales
tus ansias y tu amor...

El Papa te consagra
Obispo de Tolosa,
y carga tan honrosa
te da en temprana edad;
mas siendo corto en años,
es tal tu ardiente celo
que gloria das al cielo
con esa dignidad...

Tratar con los mendigos
te encanta y embelesa:
los sientas a tu mesa,
les das tu corazón;
y viendo a Cristo en ellos,
se ensancha tu alma pura
y alivias su amargura
con tierna compasión...

Enséñanos a todos,
¡tan frágiles y humanos!,
a amarnos como hermanos
con santa caridad;
y pide a Dios que alcance
por manos de María
la paz y la alegría
la pobre humanidad...

Jesús Galbis

Un sabio terciario y una niña mártir en los altares

(De Revista Franciscana)

Una multitud enorme, nunca vista en las solemnidades de simples beatificaciones, llenaba esta tarde la gran basílica del Vaticano y su espaciosa plaza con motivo de la glorificación de la nueva heroína de la fe y de la pureza, la Beata María Goretti, virgen y mártir.

Todavía no se había extinguido el eco festivo del terciario franciscano Contardo Ferrini, elevado al honor de los altares el día 13 de los corrientes, y la basílica vaticana abría de nuevo sus anchos brazos de la columnata berniniana para cantar las glorias de otra figura excelsa de nuestros días. Esta vez no eran prevalentemente los profesores universitarios, presididos por el eximio P. Gemelli, Rector de la Universidad, que ha promovido la causa del Beato C. Ferrini y conserva su sagrado cuerpo; no abundaban en las tribunas del templo los hombres políticos y7 de gran cultura: era gente humilde del pueblo que aclamaba a la niña virgen y mártir, al mismo tiempo que rendía un tributo de inefable admiración a la anciana madre de la nueva Beata, que desde la principal tribuna asistía personalmente —caso rarísimo en la historia— a la glorificación litúrgica de su hija, juntamente con los hermanos de ésta, entre los cuales se destacaba por su hábito blanco la menor, que es Sor María de San Alfredo, franciscana misionera de María, de cuarenta y siete años de edad.

a
María Goretti
(de Vikipedia)

Admirable universalidad la de la Iglesia, que se manifiesta no sólo en el tiempo y en el espacio, sino que posee la palabra que eleva cualquier estado o condición social, sin ninguna distinción de raza, edad o sexo. Ayer venía exaltado el célebre profesor de Derecho Romano, prodigio de humildad, a pesar de sus triunfos en la cátedra y en sus libros; hoy sube a los altares una jovencita analfabeta, hija de padres pobrísimos, obligados a emigrar de una parte a otra de la península en busca de duro trabajo, pero rica del tesoro inestimable de la fe, y que, a pesar de su tierna edad, de doce años escasos, supo hacerla fructificar hasta alcanzar la cima eje la santidad y del martirio, mereciendo ser llamada la Inés del siglo XX.

En el martirio de la tierna María Goretti hemos visto renovado, en la misma tierra del Lacio, el ejemplo luminoso de Santa Inés, jovencita de la misma edad, lirio purísimo, de quien cantaba un antiguo himno que ella había subido al cielo con su manto de escarlata, ornamento de su martirio. Las historias de las antiguas vírgenes parecen a muchos legendarias, y, sin embargo, la Beata María Goretti las ha reproducido en el mismo agro romano, tan fecundo en gestas de sublime virtud, con la más exacta realidad de nuestros días; todavía más: ha obtenido el triunfo hermoso, raras veces , concedido a aquellas antiguas vírgenes mártires, esto es, la conversión póstuma de su brutal y cínico verdugo, quien ha sido en el proceso de la Beatificación de María Goretti el testimonio principal, el más seguro y más reparador, de quien, tocado de la gracia, se ha retirado al claustro, después de expiar con dura pena de treinta años su doble delito; vive actualmente entre los hijos del Seráfico Padre con edificante fervor.

La muerte de María Goretti, que sin la heroica resistencia a los repetidos asaltos de un joven inmoral, con amenazas de muerte; sin los motivos cristianos que alega para no permitir mancillar su virginal pureza; sin el generoso perdón del asesino y deseos de llevarlo al paraíso, expresados en su terrible agonía, provocada por las catorce puñaladas recibidas; sin todas estas admirables circunstancias sería una reproducción de tantas asquerosas reseñas de vulgares periódicos, se transfigura ante nuestros ojos y mente en un drama sagrado, en el Cual resplandece de nuevo la eficacia redentora de heroísmo cristiano y la verdad de Providencia Divina, que, como recuerda la liturgia en la fiesta de Santa Inés y en otras, como en la del Pobrecillo de Asís, escoge las cosas humildes y sencillas del mundo para confundir a los «grandes» de la tierra.

¡Qué hermoso ejemplo de pureza y de fortaleza halla en la jovencita María Goretti esta sociedad actual, tan ligera y corrompida! ¡Qué modelo para las jóvenes cristianas, que ante la no siempre comprobada esperanza de hallar un compañero de vida y hogar, no reparan en vender, prematura y miserablemente, el tesoro más apreciable de su alma y dé su cuerpo!

Testimonio de fe y de pureza el de María Goretti y de Contardo Ferrini, ambos seglares, pero representados con lirio virginal ambos volando al cielo en el mismo año 1902 y beatificados en el
mismo mes y año; ejemplo sublime de candor infantil, en la primera; modelo de santidad para hombres de ciencia, en C. Ferrini, sobre todo en este tiempo de orgullo intelectual y de aberraciones de la mente y del corazón.

Ambos santos modernos, viviendo y muriendo fuera del claustro, pero con excelsa perfección y evangélica pobreza, enseñan a todos, pero principalmente a los hijos e hijas del Pobrecillo de Asís, que cuenta en sus tres Ordenes numerosos potentados, sabios y humildes obreros, a buscar la perfección cristiana en todos los estados, estando dispuestos a conservar el depósito divino de la fe y de la virtud con el ejercicio de una vida eminentemente cristiana y si es necesario, con un cruento holocausto.

Fr. José Mª Pou y Martí, ofm
Roma, 27 de abril de 1047.

Carta de China

Adveniat Regum Xto!
Taiyuanfú, Shansi. China.
6 marzo 1947.

Al P. Provincial Joaquín Sanchis.
¡Paz y bien en el Señor!

Mi muy apreciado y P. Provincial.

Anteayer vine aquí desde mis montes, y el P. Gonzalo Valls me comunicó la noticia de su nombramiento como Provincial de nuestra Seráfica Provincia, de lo que me congratulo mucho y hago votos al Señor le asista en su gobierno y haga que prospere mucho in Sanctitate scientia et disciplina.

La pobre nación China, como ya sabrá, anda toda revuelta a causa de los comunistas. Yo en el santuario de la Santísima Virgen, en donde hago vida eremítica, he sido muy visitado por ellos en estos últimos cinco años, aunque, gracias a Dios y a la protección especial de la Santísima Virgen, no he sufrido nada de ellos.

Yo vine a este santuario a causa de la enfermedad de tisis que contraje en la enseñanza de los Seminaristas. Ahora me siento completamente bien. ¡La mala yerba no muere!

Saludos fraternos a todos mis condiscípulos y profesores supervivientes y demás coprovinciales.

Pida mucho al Señor por mí y esta pobre nación, que aun en su mayoría desconoce la verdadera luz y camino de la vida y felicidad.

Con todo afecto y filial veneración, queda de usted devoto y último súbdito, Fr. Severino González.

Consultorio religioso

He recibido una carta que contiene una oración piadosa, exhortándome a que mande unas copias de ella a personas conocidas, pues de lo contrario, me ocurrirán cosas graves. ¿Qué debo hacer?

Si le consta que la oración está aprobada por la Iglesia, puede retenerla y hasta rezarla en buena conciencia, pero no está obligada a mandar las copias que le dicen, ni debe tampoco enviarlas movida, por el egoísmo del bien que le prometen o por el miedo del mal que le anuncian, porque incurriría en un caso de idolatría llamado superstición, prohibido en el primer Mandamiento de la Ley de Dios.

Si no le consta que la oración está aprobada por la Iglesia, y más aún, si sabe ciertamente que no lo está, rasgue la carta o échela al fuego, que allí es donde mejor está.

Le aconsejo que lea lo que sigue que le instruirá sobre este particular.

La superstición es un vicio que proviene de la ignorancia. Quien ignora las verdades del Cristianismo, lo que el cristiano debe creer, está preparado para dejarse engañar por cualquier audaz.

Mientras más atrasado es el pueblo, es más ignorante, y brotan entonces las supersticiones como los gusanos en la carne corrompida.

La superstición es corrupción de una práctica religiosa pura, y generalmente no tiene ningún fundamento racional.

Por ejemplo, es superstición golpear madera para evitar algún mal próximo o para proteger la salud de una persona que se nombra.

¿Podrá existir alguna relación entre la salud de una persona y esos golpes?

La credulidad es una manifestación de la falta de inteligencia, de ceguera intelectual. En los hospicios para insensatos y en las Casas de Locos es donde hay más crédulos y más supersticiosos.

En los pueblos del Sur, en donde la gente vive tan alejada de toda cultura religiosa; en las montañas o en las islas Chiloé, la superstición encuentra un campo propicio para desarrollarse.

Los chilotés creen en el Imbunche, un ser imaginario a quien los isleños dan una estrafalaria figura: cuerpo deforme, la cara vuelta a las espaldas y una pierna pegada al espinazo. Habita en cuevas y tiene la propiedad de volar como los brujos ciertos días. Trae mala suerte, y las brujas ya veteranas le consultan para sus maleficios.

Entre las muchas supersticiones, las de los martes, la del número trece, etc., hay dos muy vulgarizadas en el pueblo, que son la del ojeo y la del espanto.

Ojear a alguien, es producirle algún daño o la misma muerte con sólo la mirada, sobre todo a los niños de meses. En realidad, algunas personas tienen en la mirada cierto poder de fascinación, que puede influir en otra persona y dominarla; pero de ahí, a dañar o matar a alguien, es absurdo.

El espanto es un miedo extraño que les sobreviene a los niños, sin causa conocida, y los deja nerviosos y atónitos. La gente dice que se les cae el espíritu o se les va, como si se tratara de una pieza de vestir.

Hay otro género de superstición, que proviene de una devoción o de una piedad inculta y mal dirigida, como son esas oraciones que llaman «infalibles» para ciertas dolencias y esas prácticas irrisorias en que se pone en ridículo alguna reliquia o se llevan medallas defensoras, para que quien las posea pueda exponerse a la muerte y nada le pase.

También gente supersticiosa escribe una oración y debe mandarla a cierto número de personas si se quiere evitar una desgracia o conseguir alguna merced. Torpe superstición, pues es de imaginar que la Voluntad Divina no esto al servicio de cualquier infeliz que se quiere divertir.

Esas supersticiones malhadadas sólo consiguen deslustrar la fe cristiana, enturbiar la conciencia, desacreditar la majestad de Dios, presentándolo, no como es, Altísimo, el Creador del mundo, el Padre de los hombres, sino como un ser raro, preocupado de pequeñeces y que ansia envolver a las criaturas en una red tenebrosa de prácticas y de ritos insensatos.

El culto a Dios, la Religión que hemos de practicar, están muy por encima de todas esas miserias, que el cristiano ha de combatir con todas sus fuerzas. Levantar la conciencia del hombre hasta la cumbre para que pueda vislumbrar la grandeza infinita de su Señor.

* * *

¿Tiene algún valor la oración del que está en pecado mortal?

La oración del que tiene la desgracia de estar en pecado mortal no sólo es lícita, sino altamente provechosa. Puede merecer con ella, si no de justicia, sí de congina, como dicen los teólogos, la conversión y la gracia. Pues Dios, que es nuestro Padre, no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

Fr. Ágnello

Confidencias

Cuán fácilmente perdemos las mujeres nuestro equilibrio interior.

Bastan unos ejemplos para demostrarlo:

Una contrariedad inesperada origina de repente en nosotras un aluvión de mal humor.

Nos dicen una palabra des agradable, más por torpeza que por maldad, y la ira despierta.

Surgen dificultades imprevistas, que nuestra imaginación las centuplica, y nos descorazonamos presto.

Una persona de nuestra familia padece una enfermedad grave, y ya vivimos de antemano el fatal desenlace.

Deseamos muy vivamente lograr un objeto que la prudencia no nos permite adquirir, y el deseo toma ya vuelos de pasión.

Un movimiento de simpatía nos arrastra hacia tal o cual persona, y ya sólo vivimos para ella.

¿Para qué citar más ejemplos? ¡Cuán variadas maneras de perder el equilibrio interior de nuestras almas!

¿Remedio a todo esto? Sepamos en cada caso sobrenaturalizar nuestra «natural» manera de pensar y de sentir. Sólo así no cederemos inconsideradamente a la primera impresión que experimentemos, al primer deseo que surja en nosotras.

Un poco de calma y un mucho de fe.

María de Santángel


Novela de carácter oriental

Raquel la betlemita

XIII. De Alejandría a Buenos Aires: Tempestad en el Atlántico

A Raquel y a las dos religiosas les había cabida en suerte una buena cabina de segunda para ellas solas. Después de haber ordenado todas sus cosas y colocado un hermoso cuadro de San Rafael, como protector de su viaje marítimo, echaron la llave y subieron a cubierta. Eran las cuatro precisas.

Se levantó la escala; la tripulación recogió las amarras; el capitán desde el puente dio órdenes... y se empezó a notar como si los barcos, los muelles y la ciudad entera se moviesen desfilando ante los pasajeros del gran transatlántico. Roncó la sirena; el vapor, echando atrás su larga melena de humo, salía majestuoso del puerto. Poco a poco Alejandría se alejaba, borrándose en la bruma, en medio de la cual resaltaba la columna de Pompeyo. Después de media hora apenas se distinguía en lontananza una línea blanca, último vestigio del continente africano para los pasajeros. El vapor surcaba el mar a toda máquina.

Quien sólo una vez haya surcado los mares conoce la monotonía de la vida a bordo. Para la generalidad de los pasajeros todo se reduce a encerrarse en la cabina para dormir, si se puede; a pasar cuatro veces al comedor para satisfacer las exigencias del estómago, cuando no siente el mareo; y a pasear sobre cubierta o echarse en una mecedora, y entretener el tiempo, ora contemplando los paisajes que se presentan, ora leyendo algún libro.

Raquel y las dos religiosas del Hortus Conclusus se habían fijado un horario. Al toque de la campana asistían, como todos, en el comedor a la refección. Por regla general no salían de la cabina hasta las ocho, después de haber cumplido sus deberes religiosos; media hora de meditación, un rato de lectura espiritual y un rosario especial a la Santísima Virgen para suplir la Santa Misa, de la que carecieron todo el viaje. Sobre cubierta les agradaba conversar de las cosas del cielo, y cuando lo hacían de las de la tierra era para recordar su amada Belén o para dar a conocer a Raquel la vida de Buenos Aires. Con frecuencia se entretenían leyendo útiles y piadosos libros. Raquel regaló su espíritu leyendo y saboreando Le Traité de l'amour de Dieu, de San Francisco de Sales, que el P. Guardián de Belén puso en sus manos en el momento de la despedida. Después de la cena, cuando ya entrada la noche casi todos los pasajeros iban al cine o se entretenían en diversiones profanas, nuestro grupo se quedaba sobre cubierta para respirar el aire marítimo y contemplar el firmamento estrellado.

Raquel gustaba de la calma de la noche. Apoyadas sus mejillas en entrambas manos y sus codos en la borda de la popa, mientras la mecía lentamente el acompasado balance del buque, se extasiaba mirando los rieles argentinos que la luz de la luna reflejaba en la superficie del agua. Otras veces dirigía al cielo su mirada y seguía en su rápido curso a los meteoros luminosos: su brillo momentáneo, su carrera fugaz y su desaparición repentina en medio de los espacios que acababan de cruzar, le causaban una sensación extraña y de sorpresa. La primera vez qué vio la luna llena asomar majestuosamente en el horizonte, cual si saliese del profundo de las aguas, le pareció un enorme faro; no brillaba con aquella luz blanca y pura, cuyos suaves destellos son tan gratos a la melancolía, sino con el rojizo resplandor de un cuerpo incandescente.

La magnificencia de una inmensa bóveda oscura, tachonada de estrellas centelleantes, le parecía superior en maravillas a la del horizonte del día, inundado por la luz que del sol se desprende a torrentes... «¡Ah, el que no ha navegado —repetía después— no conoce las noches ni sus astros!...»
Los días pasaban unos tras otros en la más completa bonanza. El transatlántico había ya surcado majestuoso el Mediterráneo; había pasado el estrecho de Gibraltar, rozando las costas de la noble y grande España; navegaba ya dos días en el océano; se encontraba en medio del Atlántico...
Llegado a este punto cedo la pluma a un testigo ocular, el cual dejó escrito lo que transcribo a continuación:

«A medio día el mar había dejado su calma, ya no era balsa; se mecía el buque, aunque no mucho. Hacia las tres se fue abriendo el cielo, y a eso de las cinco el día, de radiante y espléndido, se había convertido en hosco y tristón. Sin embargo, la vida continuaba tranquila a bordo y nada de alarmante sospechaban los pasajeros; sólo el capitán y la tripulación parecían algo preocupados y miraban mucho al horizonte. La brisa, extraordinariamente fresca, comenzaba a soplar con cierta violencia; de lejos se veían nubarrones plomizos que, a paso lento, venían a nuestro encuentro. Poco a poco los pasajeros desaparecieron y en cubierta se hizo el vacío: unos se retiraron a los salones; otros se encerraron en las cabinas sólo algunos, entre los cuales también yo, siguieron en cubierta contemplando el cariz cada vez más amenazador del tiempo; no faltaron algunos jóvenes despreocupados que se solazaban en popa, viéndose ya a ras del agua, ya en alto contemplando el mar abajo como un abismo.

«Gruesas gotas empezaron a rebotar, sobre el piso de cubierta; el mar se embravecía por momentos, y sus hinchadas olas, agitándose cada vez más y chocando contra el casco del vapor reventaban, lanzando al aire surtidores de espuma. Una de éstas barrió el, piso con enorme fuerza, echando por tierra y remojando a los juguetones jóvenes, A los pocos instantes ni una persona sobre cubierta; todos, sin exceptuar uno, se habían refugiado bajo techado. Ya entrada la noche la tempestad estaba desatada en toda regla. Encerrados en los salones, la oírnos rugir fuera con espantable y creciente, tesón, arreciando siempre sus furores.

Al fragor del oleaje se unían los ruidos del vendaval, lúgubres y amenazadores. A través de las vidrieras se veía la llamarada del relámpago fulgurante en la negrura del caos, cuando no repiqueteaba en éstas, como un turbión, la rociada de las olas...; a veces, olas monstruosas saltaban por encima del buque y, después de haber barrido cuanto encontraban sobre cubierta, caían como una manga al otro lado.

»A la algazara de las primeras impresiones siguió el silencio: ya nadie reía. Reinaba inquietud, zozobra, miedo...; hasta los hombres temblaban, y sobraban motivos; al continuo balanceo del barco se añadían los crujidos del mismo como si fuera a deshacerse. En los intervalos, en los que la tempestad callaba, se oían las voces del capitán, los gritos de la tripulación, las corridas de los oficiales, el arrastrar de cadenas, la campana de guardia, los silbos de órdenes...; todo servía para infundir pánico en los pasajeros.

»Llegó un instante en que dejó de sentirse el ruido de la máquina. "¡Ha parado!", gritamos todos espantados de terror; fueron momentos de tremenda ansiedad. A la parte de afuera se balanceaban unos faroles, a cuya siniestra luz se podía ver que los marinos arriaban los botes hasta dejarlos a nivel de la borda. Los que lo vieron, sobreponiéndose a su angustia, siguieron clavados en sus asientos, mirándose; unos a otros; los piadosos pasaban las cuentas de sus rosarios silenciosamente; los que antes hacían alardes de impiedad, también se encomendaban a los Santos; no faltó quien estalló dando rienda suelta a su terror...

»La máquina comenzó a caminar, pero la tempestad seguía en su apogeo. En lo más alto de la noche, al movimiento de cabeceó se unió el de costado, haciendo más imponente la situación. Cada momento se creía el último; cada recaída parecía el vuelco definitivo. Se sucedían estruendos de armarios que caían a tierra, de vajilla que se rompía con estrépito; los que estaban sentados se daban de testaradas, chocaban y caían los que estaban de pie... Todo andaba de cabeza. La única esperanza era el cielo y el amanecer. Al amanecer amainará, había dicho un experto. Todos aguardaban la proximidad del astro rey con más ansia que los mejicanos al fin de cada siglo. Los pocos que acudieron al desayuno trajeron la buena nueva, que el capitán del buque despachaba su ración con todo sosiego y con cara de buen humor.

»Insensiblemente, a manera que se acababa la noche, se aplacaba la tempestad. A la vez que iba deshinchándose el mar, iban disminuyendo los tambaleos y el sol arrancaba de la superficie sus destellos diamantinos. Ya se podía salir a cubierta sin miedo de chapuzones y sin peligro de rodar por el suelo. Eran las diez de la mañana y ya el mar había tomado su aspecto tranquilo después de dieciséis horas de tempestad, tal que el capitán declaró ser de las más peligrosas que en su larga vida marítima había presenciado.»

Las religiosas del Hortus Conclusus y la joven Raquel habían pasado las primeras horas del peligro en su cabina rezando devotamente ante el cuadro de San Rafael; después, sea por el terror, sea porque la cabina se convertía en aljibe, se reunieron con los otros pasajeros en el salón. Juntitas las tres, aunque muy impresionadas, rezaban con calma y sin interrupción a la Virgen del Huerto y al Niño Jesús de Belén. En el momento de mayor peligro prometieron las religiosas que, apenas llegaran a Buenos Aires, ayunarían tres días a pan y agua y que suplicarían a sus Hermanas del Hortus Conclusus cantasen un solemne tedéum en acción de gracias. Raquel, que todavía no conocía los designios del Señor sobre su vocación, hizo la siguiente promesa: «¡Oh Jesús mío, si me quieres en, el estado religioso, te prometo ser monja clarisa; si me llamas al estado del matrimonio, hago voto de consagrarte mi primer hijo, a ser posible, en la misma Santa Gruta de Belén, donde yo recibí mi primera Comunión.»

Fr. León Villuendas, ofm

( Continuará)

El valor inútil es una verdadera locura; el que se expone sin justo motivo a la muerte, es un tonto que juega con su vida. Niole

Noticias

Franco en Valencia

Fue apoteósico el recibimiento que Valencia tributó al Caudillo de España, quien correspondió a las entusiastas manifestaciones de cariño de los valencianos imponiendo a su Patrona la Virgen de los Desamparados el fajín de Capitán general.

Viaje triunfal de la esposa de Perón a España

Según las referencias de la prensa, la visita de la esposa de Perón a España ha sido un verdadero paso triunfal por los diversos caminos hispánicos, que ha demostrado a América y al mundo entero la gran amistad que une a la República Argentina con el pueblo español.

Fiestas antonianas

Las han celebrado este año con gran esplendor las Asociaciones Antonianas de todos los conventos de nuestra Seráfica Provincia, principalmente las de San Lorenzo, de Valencia; San Antonio de Padua, de, Carcagente, y Onteniente y Teruel.

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Alumnos del Centro Instructivo Antoniano de Valencia acompañados del P. Director y señores maestros

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Los alumnos del Centro Instructivo Antoniano de Valencia que se han examinado de Ingreso para el Instituto y otros centros.

Nuevos mártires franciscanos

Nos comunican de Pekín que han sido bárbaramente martirizados en China por los comunistas de Yentow otros dos misioneros franciscanos.

Otro Arzobispo franciscano

Recientemente ha sido nombrado Arzobispo de Hankow el franciscano P. Juan Bautista Sé-Chien-Kao.

El P. Kao es una de las personalidades más destacadas de China; ha recorrido casi todos los países de Europa y América en calidad de enviado extraordinario de su Gobierno. Como posee la mayor parte de las lenguas vivas, ha dado conferencias en casi todas las naciones en la propia lengua del país visitado. El P. Kao hizo sus estudios en el Ateneo Pontificio Antoniano de, Roma, donde se graduó de Filosofía. Más tarde se graduó también en Ciencias sociales y políticas en una Universidad de Francia. Ha publicado numerosos e importantes libros. La Santa Sede, le nombró ya antes Vicario Delegado del Vicariato de Fensiang, y durante la guerra su Gobierno le nombró miembro de la Comisión Nacional de Socorro. También ha ocupado el alto cargo de Presidente de la Academia Católica Sínica. Además, es conocido intenacionalista.

(Del Eco Franciscano)

Hacia Argentina

Con rumbo a esta República sudamericana y para reparar nuestras comunidades allí establecidas, partieron el día 27 de julio del puerto de Barcelona, a bordo del vapor Juan de Garay, el P. Buenaventura Meseguer, Comisario Provincial, y los Hermanos Fr. Baltasar Pérez y Fray Miguel Aguiló.

A los tres deseamos feliz viaje y que su permanencia en la nueva morada les sea muy grata y fecunda.

Una máquina para dormir

Míster Stout está construyendo una máquina para dormir, que, según dice, acabará con las alcobas y ahorrará mucho tiempo. Estará dotada de una temperatura controlada, rayos ultravioleta y otras maravillas; de modo que tres horas de esa máquina de dormir equivaldrán a ocho horas de sueño en una cama corriente.

«¡Piense —añade el inventor— cuánto trabajo podrá efectuar en esas horas!...»

(De Espigas y Azucenas)