Índice del número 226

Octubre de 1947. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

La Orden misionera

Desde que San Francisco de Asís, deseoso de saber si Dios le llamaba sólo a la vida contemplativa o también a la vida apostólica, oyó de labios de Fr. Maseo: «No te ha elegido el Señor para ti sólo, sino para la salud de los demás», la salvación de las almas fue su ideal.

Como heraldo del gran Rey corrió por villas y ciudades conquistando para Jesús aquellas almas que se habían extraviado del camino de la fe que en las aguas del Bautismo recibieron. Mas no se contentó con esté apostolado pacífico y suave de los fieles extraviados. Su gran celo por la salvación de los semejantes lo llevó, con ansias de martirio, a tierra de infieles, a ganar también para Cristo las almas que todavía no habían recibido la luz del Evangelio.

Este espíritu misionero que ardía en su corazón es el que el «Poverello» comunicó también a su Orden. San Francisco de Asís es el primero, entre los fundadores de Ordenes religiosas, que dicta en su Regla un capítulo especial para los misioneros; el primer misionero entre infieles; el inspirador y fundador de las Misiones católicas modernas.

Por esto sus hijos, movidos por el ejemplo y voluntad de su Seráfico Padre, se esparcieron por todo el mundo y sembraron la semilla evangélica por todas partes.

Y los misioneros franciscanos actuales hacen honor a sus gloriosos antepasados. Son 92 las Misiones que actualmente tiene la Orden Franciscana, a cargo de 4.198 misioneros, 5.000 religiosos y 398 sacerdotes terciarios, que trabajan en la Viña del Señor sin más ideal que ir alargando los brazos de la Cruz Redentora para que llegue a abrazar todo el mundo.

Por esto no os extrañará que os diga que el título más a propósito para sintetizar el pensamiento del gran Apóstol del siglo XIII y de la historia de su Orden, ¡es el que encabeza estas líneas: La Orden Franciscana es una Orden Misionera»

¿Qué es el «Domund»?

El penúltimo domingo de octubre, Dominica anterior a la festividad de Cristo Rey, se celebra en la Iglesia católica el Domingo Mundial de la Propagación de la Fe, que hasta el año 1939 se denominaba Día Universal de Misiones.

Para abreviar el nombre, un poco largo, de «Domingo Mundial de la Propagación de la Fe», y facilitar así su uso en la predicación y en la propaganda hablada y escrita, se llama este Día en España Domund, palabra formada con el comienzo de las dos palabras DOmingo MUNDial.

Naturaleza

A) Jornada de oración. — A este fin se determina que en todas las misas se añada, como colecta imperada pro re gravi, la oración pro propagatione fidei. También se concede Indulgencia Plenaria, aplicable a los difuntos, a cuantos en este domingo comulguen y rueguen por la conversión de los infieles.

B) Propaganda. — El problema misional no halla, en los fieles católicos la resonancia que debiera tener por falta de propaganda que exponga adecuadamente las características, la urgencia, el deber y los medios necesarios para su resolución.

«Sea una Jornada de Propaganda activa e intensa. De un extremo a otro del mundo... Dispóngase el Clero y los seglares, en noble pugilato, a difundir el conocimiento de la Obra misionera... Que cada cristiano en este Día sea un propagandista del ideal misionero» (Mons. Salotti. Mensaje oficial del Domund 1932). Esta propaganda tiene como fines más importantes, además de promover la Cruzada de oraciones antes indicada, hacer comprender a todos la grandiosidad del problema misionero, excitar el celo del Clero y del pueblo, instruir a los fieles sobre la Obra y la Propagación de la Fe.

C) Limosna. — El tercer fin del 'Domund es la aportación económica de los fieles en favor de las Misiones.

Mas la propaganda y la limosna han de orientarse hacia un fin determinado.

D) En favor de la propagación de la fe.— El Domund no es una Jornada instituida simplemente en favor de las Misiones, sino en favor de la Obra Misional Pontificia de la Propagación de la Fe.

El Domund no es:

Sino para «proporcionar ocasión propicia para dar a conocer, cada vez mejor, la Obra de la Propagación de la Fe, promoviendo las inscripciones en la misma y solicitando la limosna para las Misiones» (rescripto antes citado).

«El Día de las Misiones en octubre está instituido en beneficio exclusivo de la Obra de la Propagación de la Fe.»

«Cuando se dé el caso de que, coincidiendo con el Día Universal de las Misiones o en una fecha próxima, se celebre otro con finalidades particulares, es deseo del Consejo que. dichos días locales tengan lugar, a ser posible, en fecha distinta» (Consejo Superior General Propagación de la Fe, abril 1938).

Mas no basta en este Día realizar una colecta más o menos espléndida en favor de la Propagación de la Fe. Es menester recabar de todos los católicos su

Suscripción el la Propagación de la Fe

En esta Fiesta de la catolicidad todos los católicos, individual y colectivamente, han de participar en ella. «Al invitaros para que participéis en el Día Misional no os invito solamente a un acto aislado de piedad, sino a una colaboración que han de prestar todos los católicos, como parte integrante que es del programa de la Iglesia» (Card. Fumasoni Biondi. Mensaje Domund 1934).

Secreto sabor de la Cruz

Altamente eficaz para alentarnos a llevar nuestra cruz en seguimiento de Jesús, subiendo tras sus huellas el calvario cotidiano de nuestra vida, es la consideración de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

El P. San Francisco miraba a Jesús paciente, ya en el pretorio, ya camino del Calvario, ya clavado en la cruz, y se le enardecía el pecho en ansias de padecer con Jesucristo y por Jesucristo. Pero también en ocasiones sabia sacar el Santo Padre parecidos enardecimientos considerando no tanto la Pasión de Jesús en sí misma, cuanto los gloriosos frutos de salvación que con ella nos mereció Jesucristo. De una larga y amorosa mirada a los goces del cielo, le quedaba a Nuestro Seráfico Padre una buena y muy cristiana disposición de espíritu para continuar llevando su cruz, disposición santa que él expresaba con estas palabras: «Tan grande es el bien que espero, que en las penas me deleito.»

Seguía al hacerlo así el consejo de San Pedro, cuando nos dice: «Si Dios os prueba con tribulaciones, no lo entrañéis, antes bien alegraos de ser partícipes de la Pasión de Jesucristo, para que cuando se descubra su gloria os gocéis también con El llenos de júbilo» (1 P 4, 12-13).

Bueno es, ciertamente, este consejo, y muy necesario para nosotros, ya que «no seremos herederos de la gloria de Dios, ni glorificados un día con Jesucristo, si ahora no padecemos con Jesucristo las penas de la vida presente, que no admiten parangón con los goces de la gloria» (Rm 8, 17-18).

Sepamos, pues, aprovechar oportunamente este consejo, como supo hacerlo Nuestro Seráfico Padre. Más que él hemos de necesitarlo sus hijos.

Se cuenta en las Crónicas de nuestra Orden que entró en ella un sujeto muy rico que se había criado holgadamente y en regalos. Luego que el tentador vio la mudanza de su vida, le acometió representándole el rigor de la Orden, lo frugal de la comida, la dureza de la cama, lo burdo del vestido, lo corto del descanso. Lo exageraba todo el demonio a los ojos de la excitada imaginación del nuevo religioso, y le apretaba con pensamientos de librarse de ello volviendo al mundo. A tales términos llegó su apuro y angustia, que determinó salir de la Orden. Estando en este designio acertó a pasar por ante la imagen de Cristo crucificado, e hincándose de rodillas ante ella, se encomendó de corazón a la misericordia del Señor. Quiso Jesús iluminar y fortalecer su alma; y transfigurándose la imagen cual si estuviese viva, le preguntó por qué se iba.

—Señor, yo me crié con mucha blandura y regalo, y no puedo soportar ahora este vestido, ni esta comida, ni tantas privaciones de aquello que siempre tuve en costumbre.

Le mostró entonces Jesús la llaga de su costado vertiendo sangre, y le dijo amorosamente:

—Pon aquí tu mano y úntala con la sangre de mi costado; y cuando tuvieres que pasar algún rigor o aspereza, mójalas con esta sangre, y todo, por dificultoso que sea, se te hará fácil y suave.

Haciendo el novicio lo que el Señor le mandó, a cualquier tentación que le venía traía a la memoria la Pasión de Cristo, y luego se le convertía la vida religiosa en gran suavidad y dulzura.

¿Qué no padecerá por sus pecados quien ve padecer tanto a Jesucristo por los ajenos? ¿Qué no soportará por Jesús quien le ve saturado de oprobios en la cruz? ¿Quién no llevará su cruz en seguimiento de Jesús sabiendo que no acaba todo en el Calvario, sino que a la muerte de lo que hay en nosotros viciado seguirá la vida feliz que nos dará en Cristo plenitud de bienes eternos?

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

VIII. El P. Molíns y el sermón del buen ejemplo

A la comunidad de sacerdotes misioneros que el Cardenal Barrio fundara en Santo Espíritu durante la exclaustración pertenecía el ejemplar sacerdote don Vicente Molíns. Al restaurarse la Provincia en 1878 y devolverse a la Orden el convento de Santo Espíritu, no quiso el virtuoso sacerdote abandonar su retiro, sino que, deseoso de mayor perfección y conquistado por el espíritu franciscano que se respiraba en aquella amable soledad, pidió el hábito al Comisario de la naciente Provincia, P. Juan Ruixo, siendo el primer religioso que ingresara después de la exclaustración. Fue asimismo el P. Molíns el primer Ministro Provincial de Valencia al erigirse, el año 1893, en Provincia la que entonces tenía el título de Custodia.

El P. Vicente Molíns era el retrato acabado del fraile menor. La modestia religiosa era en él connatural. Siempre andaba con paso moderado, la vista baja y las manos recogidas dentro de las mangas. Estando en Cocentaina, llamó un día a otro santo varón de su mismo espíritu, de nombre Fr. Rafael Viñas, y le mandó le acompañara. Con los pies descalzos y envueltos en el ambiente de santidad que les llenaba por dentro, dieron la vuelta por la población, edificando a cuantos les contemplaron, con su porte y modestia franciscana, hasta que Fr. Rafael, viéndose de nuevo ante el convento, sin haber hecho gestión alguna en su «paseo», comprendió que el Superior no había pretendido otra cosa que emular la «predicación del buen ejemplo» de N. P. San Francisco.

Tanta impresión causaba el Padre en el ánimo de los contéstanos, sobre todo cuando llevaba por compañero a Fr. Rafael, que hasta al verles venir los hombres sentados a la puerta de los casinos cuchicheaban, diciéndose unos a otros: «Ya vienen los dos santos.»

A pesar de esa connatural modestia religiosa, poseía el P. Molíns una amplitud de espíritu digna de un buen Superior y una discreta y envidiable comprensión de los temperamentos, tal cual puede exigirse del que tiene la misión de educador.

Estando en Santo Espíritu como Superior Provincial, se le acercó un joven hermanito, rogándole corrigiera a otro compañero, acabado de ingresar, que poseía una naturaleza briosa y no se adaptaba a las reglas de la modestia, tal como las comprendía el denunciante. El P. Molíns encargó a éste que hiciera venir al acusado a su celda. A la puerta le esperaba el Padre para verle, venir. En presencia del interesado, y sin dar más razón de su mandato, dijo al joven aspirante: «Desande vuestra caridad el camino (V. C.) y vuelva hacia acá, como lo hace el P. Provincial.»

Obedeció el interpelado, y se llegó luego hacia el Padre con una parsimonia que en él resultaba ridícula.
«Ahora —repuso— andaré yo este camino de la forma como camina V. C.». Ante los dos hermanitos estupefactos, procuró el Padre apropiarse los modales del novel postulante. La cosa resultó más ridícula todavía. Y dirigiéndose luego al celoso denunciante, añadió: «Aprenda la lección y no confunda temperamento con virtud. El còr net i el cap dret» [corazón limpio y cabeza derecha].

Fue una manera gráfica de enseñar, que no resultó estéril. Genialidades de santos que suelen dar siempre en el clavo. Aquel postulante de tan brioso natural perseveró, y es hoy un hermano cargado de años y de méritos. De sus propios labios he tomado la anécdota, que a él todavía hoy le conmueve. Laus Deo.

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

Predica el Santo

La Cruz y la carne

De los tres enemigos capitales que disputan a Jesús nuestro corazón, la carne es el mayor, porque nos acompaña inseparablemente hasta la muerte y tiene una fuerza tan terrible que no le podemos nunca totalmente abatir. Sin embargo, vas a ver, hija mía, cómo podemos también vencer a este enemigo mortal de nuestra alma mirando atentamente la Cruz de nuestro Redentor.

Por carne no se entiende el cuerpo humano, envoltura natural que dio el Creador a nuestra alma, sino el apetito desordenado de bienes sensibles o concupiscencia, que tiene su asiento en la carne y guerrea contra el espíritu para arrastrarle a desear las cosas prohibidas por Dios.

Compuesto el hombre de alma y cuerpo, es natural que el alma desee los bienes del espíritu, que son los propios, y que el cuerpo desee, los bienes de la carne, que son los suyos. Pero siendo el alma superior al cuerpo, ya que por aquélla nos acercamos a los ángeles y por ésta a las bestias, los deseos de la carne deben subordinarse a los deseos del espíritu.

En esta concordia de aspiraciones o justicia original creó Dios a nuestros primeros padres, y así vivieron sin lucha interior hasta que el pecado destruyó dicha armonía e introdujo en el hombre una guerra sin cuartel. Desde entonces la carne se rebela contra el espíritu y lucha para cegarle con el cebo de las cosas materiales y abatirle al fango de las bestias.

Verdad es que la gracia que se nos confiere en el Bautismo nos devuelve la justicia original. Pero no extingue por completo el fuego de la concupiscencia, la cual queda cómo rescoldo bajo las cenizas de nuestra carne, dispuesto siempre a avivarse y provocar un incendio de sensualidades en nuestro corazón.

Todo ser humano siente dentro de sí aquella famosa guerra que experimentaba San Pablo, y que le hizo exclamar: «Siento,en mis miembros una ley que repugna a la ley de mi corazón y me arrastra cautivo al pecado.»

El hombre lleva consigo el más poderoso enemigo que le combate hasta la muerte: la carne. Pero no hay que temer porque contamos con una arma poderosísima, con la cual le podemos frenar y vencer: la Cruz de Cristo; la mortificación de Cristo llevada en nuestros miembros para que se manifieste en nuestra persona la vida de Jesucristo, que es el triunfo más grande del espíritu sobre la materia, del alma sobre el cuerpo. Así, mortificando nuestra carne, vivirá nuestro espíritu; abatiendo nuestra carne, subirá, triunfará nuestro espíritu.

¿Verdad qué tienes sobrada experiencia, hija mía, de esta lucha interior?... Pues no desmayes... Mano a la Cruz. Cuando sientas los espolonazos de la concupiscencia, mira la Cruz, que ella te brindará la fuerza de la gracia, con la cual podrás frenar y vencer tu carne... Mira la Cruz, que la pureza del Crucificado te alentará a vivir con limpieza de corazón... Mira la Cruz, que la mortificación de Jesucristo te animará a elevar tu carne sobre el lodo de las bestias hasta clavarla pura e inmaculada en la misma Cruz de Cristo Redentor.

Fr. Antonio de Padua

Las tortolillas de San Francisco

Encantador y sublime en su inocencia es el amor que muestra el buen Padre San Francisco a las aves del campo, y sobre todo aquella incomparable ternura con que distinguió entre las aves a las tórtolas sencillas.

El relato que de ello hace el encantador libro de las Florecillas, de San Francisco, bien lo pone de manifiesto.

San Francisco y las tórtolas«Un joven había cazado unas tórtolas y las iba a vender; San Francisco, que salía de la selva donde había pernoctado en su oración, al salir a la vereda dio con él, y mirando con ojos compasivos a las tortolillas, se conmovió.

»—¡Oh buen joven —le dijo—, te ruego que me des esas tórtolas, para que unas aves tan mansas e inocentes, que en la Sagrada Escritura son comparadas a las almas castas, humildes y fieles, no caigan en manos crueles que las maten!

»Al instante el joven, movido por Dios, se las dio todas a San Francisco, y éste las recibió en el seno y comenzó a decirles dulcemente:

»—¡Oh hermanas mías, tórtolas simples, inocentes y castas!, ¿por qué os dejáis prender? Ahora quiero yo libraros de la muerte, y os haré los nidos para que deis fruto y os multipliquéis, conforme al mandato de Dios nuestro Creador.

»Y les hizo nido a todas; y usándolo ellas, comenzaron a poner huevos y procrear a la vista de los frailes; y eran tan mansas y tenían tanta familiaridad con San Francisco y con los otros, como gallinas a que hubiesen ellos dado siempre de comer; y no se fueron de allí hasta que San Francisco les dio su licencia y bendición para marcharse.

»Al joven le recompensó diciendo:

»—Tú llegarás a ser fraile de esta Orden y servirás a Dios.

«Así sucedió, porque dicho joven se hizo fraile y vivió en la Orden con gran santidad.»

Las tortolillas se esparcieron por el campo; vivieron en las selvas; fueron procreando más y más generaciones con la bendición que el Santo Padre San Francisco les dio al partir, y con esa bendición llevaron, sin duda, para transmitirlo a sus nuevas creaciones, el amor a San Francisco, la atracción hacia él, el instinto de buscarle y poner junto a él sus nidos para gozar de sus ternuras y recrearse en sus amables confidencias. Si ellas hablaran, con seguridad nos lo dirían, tal vez algunas se gloriarían de ser descendientes de aquellas felices y afortunadas tortolillas que se cobijaron en el seno del Santo de Asís y crecieron en sus nidos, de cuyo amor heredaron la ternura y el dulce arrullar de sus amores.

¿Quién podrá penetrar los senos recónditos del vivir de esas inocentes avecillas, y ver en ellas esa nueva modalidad de su instinto, que puso en ellas Dios, por mediación de San Francisco, para que se sientan hijas del Serafín de la Umbría, con la atracción hacia él y con esa querencia de ir a buscarle y formar los nidos en su regazo? Será o no será, pero es lo cierto que se dan casos de esa querencia de las tórtolas hacia San Francisco, y un caso patente se está dando estos días.

El Sr. Obispo de Teruel, P. León Villuendas, acaba de llegar de Roma, donde fue para efectuar su visita ad limina. Entre el cúmulo de gratas impresiones que de allá lleva está la tierna impresión del nido de las tórtolas en las manos de San Francisco.

a
San Francisco en Santa María
de los Ángeles (De Corazones)

En el gran convento de la Porciúncula de Asís, allí precisamente donde el Santo Padre adoptó como hijitas suyas a las tórtolas inocentes y mansas, y las proveyó de nidos, y las cuidó con ternura en su primitivo convento, allí se levanta, hoy, en el gran claustro de San Bernardino, una estatua de San Francisco con las manos abiertas y extendidas en actitud de plegaria. En el hueco de sus manos las tórtolas han venido a formar su nido. ¿Quién duda que esas tórtolas no son descendientes de aquellas otras que allí cuidó San Francisco y con su bendición las esparció por la selva para que dieran fruto y propagaran su generación con ese nuevo instinto de querencia franciscana? ¿Y quién no cree que esto pudo haber ocurrido?

Se vería la inocente parejita agitada en sus revoloteos por esa ansia de generación que les da el instinto y el impulso a formar el nido, cuando inopinadamente vendría a posar en aquellas manos en busca de descanso. Aquella efigie del Santo, que en el lienzo sensacional de aquellas primeras tórtolas debió quedar bien impresa y transmitida a sus descendientes, se reavivaría en sus almitas al contemplar la realidad de esa imagen, y una súbita emoción pondría de relieve todo el cúmulo de recuerdos ancestrales, en los que resaltaría la querencia de todas las tortolillas de buscar a San Francisco con la tendencia e inclinación a volver al sitio donde se han creado. Si sus tortolillas antepasadas eran hijas de San Francisco y creadas en sus nidos, ¿dónde mejor formar sus nidales que en aquel hueco sagrado que el Santo Padre les ofrecía en sus manos, aquellas manos benditas que con tanta ternura habían edificado los nidos de sus abuelos, de cuyos mullidos lechos ellas mismas procedían? «Manos a la obra», se dirían la pareja enamorada; y vuelo aquí, vuelo allá, pajitas y más pajitas; la una acarreando y la otra cruzando y entrecruzando pajas, yerbajos, hilachas, vellones, plumillas, y todo cuanto a su alcance estaba apto para los nidales; y el nido se iba levantando; y el bendito santo de Dios todo lo iba sosteniendo, y con qué ternura lo estaría contemplando. Por fin el nido quedaba hecho. Ahora diría la madrecita, a poner huevos y empollarlos.

Y allí están las tortolillas en las manos de San Francisco, con tanta tranquilidad y confianza que por nada se alteran. Las van a visitar; las acarician; les dan de comer, y ellas, muy tranquilas, a todo se hacen. Están en su propia casa, en su casa solariega podríamos decir, donde sus padres crecieron, y ellas con derecho la heredaron. Pues no en vano son las Tórtolas de San Francisco.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

He besado al Papa

Todos sabemos que el actual Papa, por su amor a la niñez, se le llama el Papa de los niños. Pues bien, según noticias particulares habidas, en una de las recepciones tenidas con éstos se acercó para dirigir una pregunta a uno de ellos. El muchachito, en vez de alterarse, acercó sus labios a nuestro Santísimo Padre y estampó un estrepitoso beso en la mejilla del Pontífice Pío XII, exclamando con alegría: «¡He besado al Papa! ¡He besado al Papa!»

El séquito que acompañaba a nuestro Pontífice, de feliz memoria, quiso reprender duramente al muchacho atrevido, pero el Vicario de Jesucristo en la tierra lo impidió con tono bondadoso, agregando:

«Hijo mío, que este beso te acompañe en toda tu vida.»

Estampas evangélicas

Los dos reinos

Difícilmente se encontrará en el Evangelio una antítesis más bien marcada y definida que la descrita entre los dos reinos: el de Jesús, anunciado previamente por los profetas y señalado con pormenores y rasgos sorprendentes, y el del diablo, cuya realidad es igualmente innegable, como nefanda su actuación.

Se llama el primero reino de Dios o reino de los cielos, y el otro reino de Satanás o poder de las tinieblas, porque en ellas se ampara siempre el diablo y allí tiene su asiento. Al reino de los cielos, en contraste con el del diablo, es el reino de la luz diáfana y transparente, ya que Jesús es la misma luz que vino a alumbrar a todo hombre que viene a este mundo.

El reino de Dios está fundado sobre los firmes cimientos de la verdad, siendo por ello 'inconmovible; mas el reino del diablo se asienta sobre la base movediza de la mentira, y su fundador tiene muy bien merecido el título de padre de la mentira.

aFinalmente, el reino de Dios se llama también la tierra de los vivientes porque Jesús, su autor, es la misma vida personal y la tiene de por sí, y es la fuente de todo lo que llamamos vida. Muy al contrario sucede en el reino de Satanás, que es la región de la muerte, tanto que su jefe y señor es apellidado el homicida antiguo porque desde que fundó su reino no ha cesado de dar la muerte eterna a los que entran en sus dominios.

Príncipe de las tinieblas, padre de la mentira y homicida desde el principio, es la trilogía característica del diablo, frente a la cual se destaca la triple nota esencial y típica de Jesús, que El mismo resume cuando dice: Yo soy la luz del mundo..., la verdad y la vida.

* * *

«Entonces le presentaron un endemoniado ciego y mudo, y Jesús lo curó, de suerte que el hombre hablaba y veía. Las turbas se maravillaban sobremanera, y decían: "¿Acaso será éste el hijo de David?" Mas los fariseos, al oír esto, se indignaron, y decían: "Este tal no lanza diablos sino en virtud de Belcebú, príncipe de los diablos." Y Jesús, viendo el pensar y sentir de ellos, les dijo: "Todo reino dividido contra sí mismo se asolará, y toda ciudad o casa desunida no puede durar. Si, pues, Satanás echa fuera a Satanás, es que está reñido consigo mismo; ¿cómo, pues, podrá mantenerse su reino?... Pero si yo lanzo los diablos en virtud del espíritu de Dios, es que ha llegado ya a vosotros el reino de Dios"»

* * *

En ese cuadro evangélico quedan bien dibujadas las líneas generales y la posición de los que pertenecen a uno u otro reino.

El hecho narrado es cierto e innegable, pues ha sucedido delante del pueblo: se ha presentado ante Jesús un hombre privado de la luz de los ojos e impotente para hablar. Jesús se compadece del desgraciado hijo de Abrahán y, a la vista de todos, echa fuera de su cuerpo al diablo que le había privado de la vista y del habla. Es claro que se trata de un milagro, pues no se puede explicar el caso naturalmente. Y siendo así, es forzoso deducir que Jesús es más que un simple hombre. Las turbas así lo han intuido a la luz clara del hecho; de ahí su exclamación espontánea, después de captar el valor sobrenatural del suceso: Debe de ser éste el hijo de David, es decir, el Mesías. Estas gentes sencillas que así concluían del hecho realizado ante ellas, no están lejos del reino de Dios.

Pero entre los espectadores hay algunos de los doctos judíos que se adjudican el título pomposo de Rabbí.

Estos tales son también testigos del portento, pero en su explicación huyen de la consecuencia, clara a todas luces, de la divinidad de Jesús. La aversión y odio a Jesús ha enturbiado la claridad meridiana del milagro. No es extraño, pues, que atribuyan al poder del demonio lo que es la negación misma de ese poder.

Estos tales pertenecen ya de hecho al reino de Satanás.

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm

A a Virgen del Pilar

Te vi por vez primera
una noche hechicera
sembrada de luceros y fulgor;
desde entonces tu Imagen pequeñita
en mi pecho continuamente habita
alumbrando el misterio de mi amor.

Me miras dulcemente
y desfloras turgente
el lirio ruboroso de tu luz;
y con tierna y mágica sonrisa,
más dulce que es el beso de la brisa,
trocas en rosas mi sangrante cruz.

Y con voz melodiosa
la historia victoriosa
de nuestra España sábeme cantar;
y por Ti se me explican gestas y hechos
—heroísmo y valor jamás maltrechos—
que nuestra Raza supo prodigar.

¿Cómo no, ¡Virgen Santa!,
si enseñó tu garganta
a nuestro pueblo invicto —el español— l
a esplendorosa ruta peregrina
que debía, valiente y heroína,
colocarle más alto que está el sol?

Tu Columna sagrada,
potente y esforzada,
base del heroísmo hispano fue;
y diste a los magníficos palacios
de fe y valor, que ostentan los espacios,
la solidez que el mundo actual ve.

Tu imagen pequeñita
sobre un trono palpita,
trono-columna firme y colosal,
que es el símbolo claro y expresivo
del poder misterioso y decisivo
que has puesto en nuestra Gesta Nacional.

Podrán los enemigos,
con malvados testigos,
mancillar los blasones del honor;
pero jamás de España la victoria lograrán,
aunque sangren nuestra historia,
pues eres nuestra Fe, Luz y Valor.

Pilarica adorada,
no apartes la mirada
de este bardo que te sabe cantar;
protege sin cesar a nuestra España,
y sea nuestro escudo y nuestra hazaña
la firme roca de tu fiel Pilar.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

San Francisco de Asís y el «Hermano Fuego»

Existe una similitud tan exacta entre el fuego y el amor, que ambas palabras no parecen sino la expresión de una misma idea; y porque el amor abrasa, y consume, y purifica como el fuego, es éste siempre la imagen más viva y más perfecta de aquél.

Por eso en la vida de San Francisco de Asís, el Seráfico, el abrasado en amor purísimo de Dios, resplandece tantas veces el «hermano fuego», como glorificando al pobre mendigo de la Umbría y dando testimonio, ante los cielos y la tierra, del amor inmenso que abrasaba su tierno y sencillo corazón.
Cierto día, en el humilde conventillo de Santa María de los Ángeles o la Porciúncula, en las afueras de Asís, comieron juntos la Santa virgen Clara y una compañera suya con el pobrecito de Dios y uno de sus más queridos discípulos. Dispuestas las frugales viandas sobre la desnuda tierra, como acostumbraba a hacer San Francisco, empezó éste a. hablar de Dios, «de tan suave, alta y maravillosa manera que, vertiéndose sobre ellos la abundancia de la Gracia divina, todos cayeron en celestial arrobamiento» (Florecillas, cap. 15).

Un fenómeno tan extraordinario como los éxtasis es cosa frecuente y natural en los santos, de tal manera que, sin exageración, se podría afirmar que aquellos abundan y brillan en las vidas de los escogidos de Dios como las estrellas en el firmamento.

Pero este éxtasis de San Francisco y Santa Clara tiene algo de más extraordinario y portentoso, según nos cuentan las propias Florecillas seráficas.

«Y estando así extáticos, con los ojos y las manos levantados al cielo, las gentes de Asís y de Bettona y de las tierras comarcanas, veían que Santa María de los Ángeles y todo el convento, y el bosque
que rodeaba al convento, ardían con fuertes llamas; parecía un gran incendio, que abarcaba la iglesia, el convento y la selva al propio tiempo»

Todas las gentes de aquellos contornos corrieron presurosas a apagar un incendio que parecía tan formidable y devastador; mas se maravillaron al ver que aquél no era fuego material: era fuego divino, seráfico; era la explosión de dos corazones que, hechos ascuas en el amor de Dios, habían vertido los chispazos de su fuego sobre la iglesia de Santa María de los Ángeles, sobre el convento y sobre la selva contigua, haciéndolo arder todo milagrosamente, sin quemarse.

* * *

El Serafín de Asís, que vivía muriendo de amor, se moría también de dolor ante el recuerdo vivo y perenne de la Pasión y Muerte de su amado Jesús. Aquel sentimiento tan hondo y tan intenso le hizo verter, pudiéramos decir, el alma por los ojos. Francisco lloraba la Pasión de Jesús amargamente: sus lágrimas eran como de fuego; chispazos de amor que, al resbalar tan continuamente sobre sus ojos, acabaron por cegarlos a la luz del «hermano sol», a quien tan tierna y hermosamente le cantara el Pobrecillo cuando ya apenas le era dado ver como entre sombras sus luminosos destellos...

La ceguera de San Francisco dio ocasión a otro milagro profundamente seráfico, que el «hermano fuego» obró con él, cuando el médico que lo asistía decidió cauterizarle las sienes con un hierro enrojecido.

Acató Francisco esa medida, pero al ver los preparativos de tan dolorosa y terrible operación, compadeciéndose de sí mismo, hizo la señal de la Cruz sobre las brasas y suplicó por el amor de Dios al «hermano fuego» que no le quemara más de lo que él pudiera sufrir. Tomó entonces el médico el hierro candente, y mientras los frailes huían, aterrados de dolor al oír el chirriar de la carne viva tostada por el fuego, Francisco, serena y tranquilamente, le dijo al galeno: «Puede quemar más si lo cree necesario, pues no he sentido dolor alguno.»

* * *

Los días de San Francisco tocaban a su fin, y él sentía en su corazón un anhelo inmenso, un ansia indefinible de amar más a Cristo, de sufrir por Cristo, de transformarse en Cristo.

Para entregarse más a la contemplación de la Pasión y Muerte de Jesús, pidió ser trasladado a las soledades del monte Alvernia, donde se escogió los lugares más ocultos y apartados para retirarse todas las noches a orar y a llorar la muerte del Redentor. Así lo sorprendían en la madrugada los trinos de las aves montañeras y los primeros destellos de la luz del alba.

Era a principio de septiembre del año 1224, y sucedió que, mientras Francisco oraba por la noche en su gruta descarnada y fría, los pastores y aldeanos de toda aquella comarca veían salir del monte aquel hogueras fulgentísimas, que parecían abrasarlo en un incendio voraz e incontenible...

Nadie se explicaba las causas de aquel extraño fenómeno, que duró hasta la media noche precedente a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre), en cuya madrugada recibió Francisco en sus pies, manos y costado los estigmas sangrantes y preciosos de la Pasión del Redentor; mas por la calidad del milagro sin precedentes, obrado en el cuerpo esquelético del Pobrecillo, podremos deducir la fuerza incontenible de aquel amor, que, rompiendo la angostura de su corazón seráfico, se derramaba copiosamente por el calvario de Alvernia y sus contornos, abrasándolo todo en llamas misteriosas de divina caridad.

Tal fue la máxima glorificación que el «hermano fuego» obró en aquella criatura predilecta de Jesús, que sintió en su pecho la fuerza y la ternura del amor de Dios quizá como ningún otro hombre ha llegado a sentirla sobre la tierra.

Jesús Galbis

El "General" san Francisco

Cuentan que Napoleón III, visitando una de las famosas catedrales antes de que fuera elegido Presidente de la República francesa, de la que luego se proclamó Emperador, se quedó parado de pronto frente a un cuadro que llamó su atención. El cuadro representaba a San Francisco de Asís en actitud de orar.

Los acompañantes se detuvieron también; pero fue tanto el rato que empleó Napoleón en admirar el cuadro y se entregó de tal modo a la contemplación, en la que parecía absorto, que, por fin, hubo de preguntarle el que le enseñaba los tesoros artísticos de la Catedral:

—¿En qué está usted pensando, Señor?

—Pensaba —respondió pausadamente— que el general San Francisco ganó con su sayal y con su cordón más pueblos que mi tío con todos sus ejércitos.

(...Y podía haber añadido que la dominación fue más duradera y su gloria más permanente: en este mundo y sobre todo en el otro.)

Mártires franciscanos en China

El gran florecimiento de la Misión cristiana establecida por los franciscanos en Chang-tong, cuna y sepulcro del gran filósofo chino Confucio, determinó, en el año 1900, la persecución denominada de los bóxers contra los cristianos, en la que dieron su vida con heroísmo por Cristo 3 obispos, 14 sacerdotes, 5 seminaristas y 7 misioneras de María, todos ellos misioneros franciscanos.

Mártires franciscanos en China

De Franciscanos.org

Favorecida la persecución por Ju-sién, gobernador de Chang-tong, y valido de la Emperatriz regente, muy pronto salió de las tinieblas de los primeros días, y arrogante y provocativa se propagó rápidamente hasta en los más insignificantes villorios. Soliviantadas las turbas por sus jefes, asaltaron la residencia protestante y dieron muerte alevosa al pastor. Las investigaciones de los embajadores alemán e inglés descubrieron ser el principal causante de esta muerte el mismo Ju-sién. Esta condena hirió tan profundamente el orgullo de Ju-sién, que al abandonar forzosamente el Gobierno de Chang-tong juró satánica venganza y exterminio contra los europeos, principalmente contra los cristianos. Recurrió al favor de la Emperatriz, la cual no sólo le libró de la degradación, sino que consiguió que le hicieran gobernador de la provincia de Shansi.

A los pocos días de su entrada triunfal ramo gobernador en Shansi ordenó el rompimiento de las relaciones de todos sus subordinados con la residencia episcopal, lo cual fue ya como el botafuegos de la persecución, y el día 29 de junio de 1900 se publicó el edicto formal del Virrey Ju-sién decretando la apostasía o la muerte. El Vicario Apostólico Monseñor Grasi, dándose cuenta de la tempestad que se avecinaba, llamó a su lado al limo. Fogolla, su coadjutor. Este intentó apaciguar al Virrey y conjurar la persecución; mas no le fue posible.

El día 4 de julio, el Virrey, temeroso de que los señores obispos y misioneros se le escaparan de sus manos, con la excusa de dar mayor seguridad a sus vidas, los hizo trasladar de la residencia
cristiana a un edificio del Gobierno. Llegados a la cárcel, fueron distribuidos en varias habitaciones. El día 9 del mismo julio, presintiendo los prisioneros que se acercaba la hora de su martirio, se reunieron en torno a Monseñor Grasi, quien les dio la absolución y les alentó a morir por Cristo.

Pronto penetró en la cárcel el Virrey al frente de una tropa de soldados, uno de los cuales le dio un golpe brutal a Monseñor Fogolla, tirándole a tierra. Luego golpearon fieramente las cabezas de los misioneros, ataron sus manos a las espaldas y los condujeron así, en medio de las burlas e invectivas del populacho, al lugar del suplicio. Llegados ante el tribunal, el Virrey dio la orden de matarlos; los soldados se abalanzaron sobre las víctimas con gran furia, siendo los obispos los primeros que cayeron a los golpes de las espadas.

Las misioneras de María, que fueron obligadas a presenciar la muerte de los obispos, por ver si así desfallecían y apostataban, como se mantuvieron firmes en la dura prueba, también fueron martirizadas como todos los demás misioneros, muriendo abrazándose entre sí y cantando el tedeum.

Entonces el tirano Ju-sién, que aun no había saciado con esto su sed de sangre cristiana, mandó decapitar a los mártires, clavar sus cabezas en la punta de largas lanzas y exponerlas para escarnio en los muros de la ciudad. Luego abrió el pecho del cuerpo de Monseñor Grasi y, arrancándole el corazón aún palpitante, lo puso al fuego y se lo comió, invitando a los soldados a hacer lo mismo con los demás.

Una luz blanca brilló por la noche en el lugar del martirio, y las cabezas, expuestas durante tres meses, se conservaron frescas, a pesar del calor del verano.

Su Santidad Pío XII los elevó, con su beatificación, al supremo honor de los altares, el 24 de noviembre de 1946.

¡Santos mártires franciscanos !... Rogad por nosotros.

Fr. Pacífico Torres, ofm