Camino del cielo

Por fin llegó el último instante de vida terrena para Francisco. El Santo lo vio venir; sintió cómo el hilo de su existencia mortal se adelgazaba y previo el momento preciso de la ruptura. El 3 de octubre de 1226, por la tarde, y cuando el sol iría a transponer en el horizonte de Asís, se ocultaría también de nuestro cielo este sol divino, para transmontar y lucir por siempre en la eternidad. El siervo de Dios moribundo suplica a los suyos que le depongan en la tierra, de la cual es su cuerpo, y a la cual desciende por el peso mismo de la muerte. Humillada en la tierra y en ella apoyada, podrá mejor su alma dar el salto postrero y volar con más ímpetu a la celeste mansión.

Sí, que no se eleva un punto la ligera avecilla, si antes no se abaja y cose su pechuelo a la tierra, y arranca de ella con esfuerzo y valentía. Al fin es la tierra nuestro apoyo y el punto donde estribamos para subir a la gloria inmortal; es el lugar donde el Señor prueba los bríos de nuestra virtud y las finezas de nuestro amor. En la tierra, pues, desea Francisco apoyarse, y que en ella descanse su cuerpo, que de ella salió. Y en la tierra desnuda, y desnudo también él, es colocado Francisco. De limosna pide al Superior el hábito, que cubra sus miembros en aquellos postreros instantes y le sirva de mortaja en el sepulcro. Nada, en suma, quiere retener en sí Francisco que pueda hacer peso en sus deseos o detener el vuelo místico de su alma.

Pero no basta romper las cadenas que sujetan al hombre a la tierra para salir de ella y remontarse a las alturas. La virtud ascendente nos viene de arriba, nos viene del árbol santo de la Cruz. Como el imán no obra sobre los cuerpos que carecen de cualidades magnéticas, así el infinito imán, que es Dios, no atrae a sí las almas que están fuera del campo magnético de la Santa Cruz. Es preciso que Dios vea impresa en nuestro ser la estampa de su Hijo crucificado; es preciso que brillen en nuestra frente los dorados frutos de la Cruz para que el Padre celestial nos reconozca por suyos y nos llame a su eterna gloria. «Seremos semejantes a Cristo en la gloria —dice San Pablo— si nos conformamos aquí con la idea de su vida mortificada y dolorosa.»

José Benlliure

Tránsito glorioso de San Francisco de Asís. José Benlliure

La raíz de nuestra santificación y filiación divina está en la Cruz y Muerte santísima de Cristo. Pero, ¡oh felicidad!, ¿qué le falta a Francisco para romper los aires y venir a Dios más velozmente que el rayo? ¿En qué criatura dichosa se ha dibujado mejor que en él la imagen salvadora de Cristo crucificado? ¡Oh virtud poderosa de la Cruz! ¡ Qué bien sabes magnetizar las almas con el fluido divino que encierras! Francisco, llagado en pies, manos y costado, y todo él puesto en la cruz, como el Redentor, quiere que las últimas vibraciones de sus oídos, y los últimos destellos de su fantasía, y hasta los últimos impulsos de su corazón, vayan grabados con el sello del cristiano.

«Leedme —dice— la Pasión de Jesús según el evangelista San Juan.» Le fue traído el libro del Evangelio, y comenzó uno de los religiosos a leer: «Antes del día festival de la Pascua, sabiendo Jesús que era venida su hora para pasar de este mundo al Padre, como hubiera amado a los suyos que estaban en este mundo, los amó al fin.» La lectura de la muerte de Cristo puso en tensión ferviente el corazón de Francisco. Ya no le quedaba más que un deseo; pero un deseo grande, inmenso, consolador; un deseo que se extendía de la tierra al cielo, como refulgente iris de eterna esperanza: «¡Oh Padre celestial! —dice el Santo—, yo deseo ardientemente que aquellos que Tú me has dado y me darás, estén conmigo allí mismo a donde yo voy...»

Luego, con voz propia y esforzada, con sentido y amoroso anhelo, y recogido en uno todo su espíritu, exclamó como el Santo Rey Profeta: Educ de custodia animam meam... ¡Saca, Señor, mi alma de la prisión de mi cuerpo para que vaya a confesar eternamente tu nombre beatífico! Se plegaron los ojos del Santo; calló su boca, y su corazón dejó de moverse, mientras su alma bendita, dejado el cuerpo, subía arriba, muy arriba, muy cerquita de Dios. A su paso por el firmamento trazaba una estela brillante, que sus hijos miraban con ojos llorosos. ¡Es el camino del cielo! ¡Ay, es la estela segura y luminosa que endereza y apoya los inciertos pasos de los que aun vamos peregrinos por este valle de lágrimas!

Fr. Antonio Torró, ofm
Mártir de Dios y de España.

Fragmento del hermoso grupo escultórico «San Francisco de Asís», realizado por los ilustres escultores valencianos Royo y Rabasa y generosamente donado por la insigne bienhechora doña Regina Amador a la Comunidad de Padres Franciscanos de Carcagente.

Deprecación al Seráfico Francisco

¡Seráfico Francisco,
amigo de la paz!...
Tus ojos vuelve al mundo,
que hambriento de ella está...

¡Seráfico Francisco,
amigo de Belén!...
Impregna nuestras vidas
de santa sencillez...

¡Seráfico Francisco,
amigo del dolor!...
Alivia los pesares
de nuestro corazón...

¡Seráfico Francisco,
amigo de la Cruz!...
Enséñanos a todos
a amar al buen Jesús...

Jesús Galbis

La Virgen de Fátima en España

¡Reina y Señora de Fátima,
Patrona de Portugal,
no sois aquí forastera
ni entre extraños os halláis!

Es este el mayor embuste
que ha inventado Satanás,
por ver si en olvido cae
el mensaje celestial.

Contra Vos misma, Señora,
de seguro no lucháis;
hay obsequios preferidos
por vuestra excelsa bondad.

Y aquello que más os place,
¿quién lo tiene que indicar?
Vos misma, excelsa Señora,
decirlo al hombre os dignáis.

Única sois en el Cielo;
mas con efigies contáis,
algunas muy milagrosas,
por toda la cristiandad.

Del Cielo bajáis, y al hombre,
como a tal, soléis hablar,
y entonces vuestro mensaje
es, Señora, universal.

De esta especie es el de Fátima,
que es dado a la humanidad
para salvarla del caos
de interés, siendo mundial.

En todos los continentes
su esencia notoria es ya,
y hombres de todas las razas
quieren a Dios aplacar.

No sois, pues, Vos forastera
cuando aquí también llegáis.
Toda España es vuestro trono,
y es cada pecho un altar.

Cuando a Fátima Vos ibais
con los tres niños a hablar,
llegar de Oriente os veían,
y luego volver acá.

Pues, ¿qué nación al Oriente
se encuentra de Portugal?
No hay otra, en verdad, que España;
y ésa, cercada de mar.

¿Y no está aquí Zaragoza,
la augusta y bella ciudad,
que en carne mortal os viera
y aun os tiene en el Pilar?

¿Y no es en esa columna
donde amante vigiláis sobre
las razas y pueblos
que informa la hispanidad?

¿Y no es también a esta España
a quien Vos hoy demandáis
auxilio para que Rusia
se convierta y haya paz?

¿Y Lucía, la Vidente,
adonde ha ido a parar
sino a Tuy, donde es monjita
y sirviéndoos está?

¿Y el rosario no es herencia
de Domingo de Guzmán,
el español que lo supo
por el mundo propagar?

¿Y el Corazón de María,
por divisa celestial,
quién tomó para los suyos?
¿El Beato Claret, verdad?

Lo mismo que portuguesa,
española sois y aun más;
y ha poco a España cruzasteis
en un paseo triunfal.

Aclamaciones como esas
no se han visto aquí jamás;
si no os marcháis ya de España,
las volveréis a escuchar.

A este mi pueblo adoptivo
dejadle aún ver vuestra faz
en sus plazas y en sus calles,
y desde el Cielo lo oirán.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm
Benisa, 13 de agosto de 1947.

Páginas de Historia Franciscana

Influencia Franciscana en el Descubrimiento de América

Un día abrasador del estío del 1485, procedentes de Lisboa y camino de Huelva, a casa de su cuñado, llegan a pasar por el puertecillo de Palos de Andalucía un hombre de humildes trazas y un niño de tierna edad. El hombre era Cristóbal Colón; el niño, su hijo. Portugal no ha admitido los planes que lleva éste para el descubrimiento de un mundo nuevo, y viene a España, que goza entonces del reinado de los Católicos, henchidos de glorias y proezas laudables. Quizá los monarcas españoles, amparen su idea.

A su paso por el cenobio franciscano de Santa María de la Rábida llama a la portería, pidiendo un poco de pan y agua para el niño, y él, en cambio, ofrece de pago la dádiva de un mundo. ¡Hora memorable para la Historia, en que el Pórtico de la Rábida va a ser el Pórtico del Mundo Nuevo! Fray Juan Pérez de Marchena, Guardián del convento, acierta a pasar por allí cuando el niño, sentado en tierra, aplacaba el hambre y la sed y Colón relata su proyecto. Como dos llamas en un cirio, como dos notas en un órgano, el Guardián y el navegante se comprenden, y el franciscano acoge la atrevida y nueva teoría del cosmógrafo. Así, la llegada de Colón al convento, que parece ser una novelesca aventura, «es un episodio real, estrofa del poema de la historia, cuyo poeta es la Providencia».

El P. Marchena, que ha sido confesor de la reina Isabel, envía letras a Fr. Fernando de Talavera, a la Sazón entonces del mismo cargo, para la presentación de Colón a los reyes. Pero al pronto Talavera lo recibe con frialdad; no desmayó el P. Marchena, volvió a la carga; interesó al Cardenal Mendoza, y obtiene Colón la audiencia real. Isabel y Fernando prestan atención, y acuerdan se reúna una asamblea en Salamanca para estudiar el caso. Allí estuvo a punto de naufragar la idea y perderse para España tan gran conquista, porque aquellos sabios y teólogos de rutina interpretaron mezquinamente escrituras sagradas y textos bíblicos para deshacer el proyecto. De esto escribió Pardo Bazán, «memorable ejemplo del tino que deben emplear los que no poseen una ciencia al calificar sus hipótesis, siquiera por no hacer solidario al cristianismo de sus yerros e ignorancia».

En Colón también parecía que se había ido a pique todo, la ilusión, el ansia y la fe; pero en esta obra tan grandiosa, de augurio es que no va sólo a ser fuerza de la fuerza, sino fuerza de la fe. Y Dios había puesto ya su medio: el P. Marchena. Aquel Guardián de la Rábida vuelve a albergar en su convento al defraudado genovés, prestándole lo que los reyes y las naciones le negaban: atención, simpatía y recomendaciones para Isabel. Pero Colón, desengañado, al igual que en Génova y Portugal, decide también de España; piensa en Carlos VIII de Francia, en quien ofrecer de nuevo su dádiva. ¡Y aquí bien dice Fernández Duro, que junto a los méritos de Colón aparece con mayor relieve el papel de los franciscanos!

a

El P. Marchena, instrumento de Dios, detiene a Colón; insta de nuevo a Isabel, y hasta sale a su encuentro en Santa Fe, en 1491, para rogar por última vez a la Corte. La Reina, cada vez más impresionada por la insistencia de su viejo confesor, se recogió profundamente ante la pertinaz petición. Ya no es él el que habla; la voz del Guardián es la voz de la Providencia. El confesor conoce a su penitente y ya no le ofrece, ni una nueva conquista, ni una nueva joya con que engarzar a su corona; es el augurio, al deseo vehemente de Isabel, puesto en la fe de Dios, que es la cimera de España: llevar el Evangelio a las Indias. Y el 17 de abril de 1492 se acepta la aprobación completa. Ya se ha dado el permiso, hay que comprar las embarcaciones, y si Isabel, ante el gesto indeciso de su esposo, exclama que ella se bastará con las alhajas de su reino para sufragar el gasto, que fue pagando dos de ellas, por el puerto de Palos; el P. Marchena está desprendiendo a España también de sus mejores alhajas: la voluntad del pueblo. De una parte a otra anda ansioso buscando pilotos y marinos para las embarcaciones.

No satisfecho aún, y quizá por el hecho de no ir él allá, momentos antes de partir la expedición el P. Marchena ciñe el cordón de terciario franciscano, como el beso que da la Orden a la obra, al capitán de ella, Colón.

Así se cumple toda esa influencia nuestra en el descubrimiento de América.

Primero conquistó a Colón a que se quedase; luego a Isabel a que aprobase su Real orden; más tarde al pueblo y a los heroicos Pinzones; y cuando el 3 de agosto de 1492, al grito de «¡En el nombre de Dios... largar!», las tres carabelas se hicieron a la mar, el P. Marchena, yo diría, que desde lo alto de la Rábida se quedó conquistando a Dios para España el grito que daría el 12 de octubre Rodríguez Bermejo: «¡Tierra!»

¡Página gloriosa de la Historia de España, que es por antonomasia historia franciscana!

Salvador Riera
Terciario franciscano

Al autor de los Poemas franciscanos

En casa franciscana hispánico-argentina
las mieles de tus Poemas saboreo,
que avivan la nostalgia de hallarse nuevamente
en la santa clausura de nuestro Monasterio.

¿Cómo hallaste esa miel tan fraganciosa
en recinto semiáspero y estrecho?

Diez lustros se pasaron desde el día
en que entré al Noviciado de aquel santo convento,
donde había realmente muchos frailes
venerables ancianos, Padres, Legos,
cuya suave modestia convidaba
a despreciar la tierra para lograr el cielo.

Pero, ¡ay de mí!, yo era a la sazón
más o menos inconsciente jovenzuelo
que no supe libar esas mieles deleitosas
por ti halladas en tan plácido desierto.

¿Será posible ahora resarcirse,
al cabo de tanto tiempo,
de tantísima riqueza malograda
por nuestra inexperiencia de mozuelos?

Invito a mis hermanos a que opinen
lo que en su leal saber fuera remedio.
«Salvo meliori», mi humilde parecer sería
que hubiese un Noviciado para viejos.

El de jóvenes que fuese para entrar
en el mundo con máximo recelo,
y el de ancianos para profesar un día
ante nuestro Seráfico Padre allá en el cielo.

Serrano (Rep. Argentina), 17 de septiembre de 19J/7.

Consultorio religioso

¿En qué consiste el grado más alto de perfección que puede alcanzarse en este mundo?

La perfección consiste, según San Alfonso, en amar a Dios; y el amor a Dios consiste en hacer su voluntad. Cuanto más una persona ama a Dios, y por amor de Dios cumple su voluntad, tanto más perfecta es.

* * *

En una confesión que hice se me olvidó rezar la penitencia; de ello me acordé cuando volví otro día a confesar; así que recé las dos penitencias juntas. La confesión primera, ¿me era valedera?

La confesión primera le fue válida porque no tuvo intención maliciosa de no cumplir la penitencia. Al recordar que no la había rezado, hizo bien en cumplirla; de lo contrario, tenía obligación de confesarlo, por ser la penitencia una parte integrante de la buena confesión.

* * *

Fray Agnello, me ha salido un pretendiente Bachiller, y yo soy también colegiala muy joven; ¿qué hago?

Pues lo que han de hacer usted y él es que se dediquen unos cuantos años más al estudio y se dejen de perder el tiempo haciendo la mona y el oso, exponiéndose al ridículo con ese noviazgo prematuro, que duraría sin fin, y al cabo de todo se acaba cargados de muchas responsabilidades ante Dios, que es lo peor.

Fr. Agnello

Confidencias

Hay quien cansa y disipa el corazón inútilmente deseando lo que no puede realizarse o suceder en mucho tiempo.

Yo no digo que se pierda ningún deseo bueno; pero sí digo que se vayan sacando por su orden.

Quien tenga una obligación u ocupación determinada no se entretenga en desear una manera de vida poco conveniente a su obligación.

Tampoco desee ejercicios incompatibles con su condición actual, porque esto disipa el corazón y debilita para los ejercicios necesarios.

¿De qué le sirve al enfermo desear lo que sólo podría realizar estando sano? Más bien debiera desear paciencia, resignación y afabilidad en su dolencia.

¿No serán vanos unos deseos cuyo cumplimiento no está en mi mano? ¡Y cómo inquietan al espíritu! En semejantes deseos hay mucho peligro de vanidad y engaño.

Deseemos con empeño lo que Dios quiere que practiquemos por entonces.

No hace daño alguno apetecer sencillamente aquello que no tenemos o creemos mejor para nuestro bien espiritual; empero moderemos esos afanes.

No deseemos aquellos medios de servir a Dios que no tenemos —porque su Providencia así lo ha dispuesto—, y empleemos fielmente los que ya tenemos.

María de Santángel

A la jovencita Fifí

Son jóvenes

Este diálogo, amiguita, puede ocurrir en cualquier casa que el papá tenga un poco de sentido común y la mamá sea una de esas madrazas que tanto abundan, por desgracia, en nuestros días. Pero léelo, que es muy jugoso y distraído.

— ¡Pero qué regañón te has vuelto, Pedro!

—Es que ya pasa de raya.

—Tú no sabes ser padre, esposo. La pobre chica, ahora que viene al mundo, la quisieras convertida en una vieja ochentona.

—No es eso, mujer.

—Pues... ¿qué es? —replicó con todo énfasis la madraza—. No sabes educar. ¿No miras que la chica es joven, y a las jóvenes todo les va bien? ¿Qué tiene de particular que Pilín se divierta así? ¡Tan buena que es la pobre criatura! ¿Quieres fomentar en ella el espíritu de rebelión? Anda, que tú no sabes más que de tu oficina. Llegas caliente de cascos, y todo lo de la pobrecilla te parece mal.

—Lo que no está bien...

—¿Y qué es lo que no está bien? ¡Una niña de dieciocho años...!

—Mira, Pilar, que esos amigotes para ir al cine y a donde antes no iban las mujeres honradas... Y esas diversiones donde las chicas se convierten en muñecos que pasan de mano en mano, como yo lo he visto tantas veces... Y ese vestido que le acabas de hacer, que le causa vergüenza hasta su padre... Y esos paseos á todas horas...

—Pues, Pedrito mío, llévala a un convento y métela de monja. Déjala que disfrute ahora que es joven.

Y el buen Pedro, a punto de declararse vencido con la espantosa derrota de la claudicación, tuvo un brillante reverbero, de sol en poniente.

—¡Son jóvenes! Ya, ya. Y lo triste es que esas jóvenes han de ser las madres del mañana. Madres sin pudor y sin vergüenza. Madres que nada sabrán de su hogar, el que tomarán como un horrible peso, como una maldición, cuando no les permita ir a mostrarse por las calles y paseos... Son jóvenes, Pilar, tienes razón.

—Qué pesado te pones, hijo, cuando te vienes con esos discursos.

—Pesada es la responsabilidad que los padres tienen. ¿Qué va a hacer el día de mañana tu hija sin aprender ahora a ser mujer de verdad? Entrará en plena sociedad como un trasto inútil. Pero..., en fin, es joven la hija...

La mujer frunció el ceño y... el papá calló. ¿Qué iba a hacer?

Pero nosotros vamos a intentar proseguir el diálogo con el lector.

¿Qué hemos dicho? Lo seguiremos contigo, Fifí, porque ya hace días que hemos dicho pocas cosas por nuestra razón y cuenta.

Cuando se es joven, somos del parecer que la vida ha de ser de joven.

Pero no olvidemos que Dios no ha dejado a la juventud al margen de sus Mandamientos. Antes al contrario, sabemos que ha mandado especial vigilancia en los años de la juventud, por la razón de que es el arbolito que se está criando.

El mundo, como piensa en la importancia de conquistar ia juventud, para arrebatársela a Dios y entregársela al diablo, halagando las bajas pasiones y, sobre todo, la vanidad, le ha dicho:

—¡Eres joven!

Que es lo mismo que dejarla al margen de la ley de Dios. Que esa ley no es para los jóvenes, ya que los jóvenes han de disfrutar de la vida como sea.

Por eso se quiere que no tengan cosa de importancia esas atrevidas conversaciones, esas bochornosas libertades entre .uno y otro sexo y esas desvergüenzas tan descaradas. Nada tienen de particular esos paseos solitarios con aquel joven del otro sexo, cosidos y ensarzados uno con otro. Es muy elegante ese descaro en el vestir y muy del día comerse con los ojos a quien se cruza en el camino.

¡Son jóvenes!

¿Y qué, Fifí? Los jóvenes tienen un alma que salvar, y como los viejos, tienen unos Mandamientos. Mientras no diga Dios otra cosa, su Santa Ley es para todos: viejos y jóvenes.

Amón

Del campo misional

Historia de un negrito

Era ya medio día. Un sol de ascuas calcinaba y encendía los inmensos arenales del desierto en la región africana. El misionero franciscano, sudoroso y jadeante, polvoriento, no se rinde en su tarea, y sigue, ansioso y sediento, buscando almas. En una de sus interminables caminatas, de entre brezos resecados, percibe el grito débil de un niño.

Como el pastor que oye el balido del corderilla extraviado, así el misionero se emociona y estremece.
Se acerca jubiloso: allí está el corderito ansiado. Un niño, inerme y abandonado, llora indefenso.

¡Tal vez en sus quejidos va envuelta la súplica de amor y de cariño del que se siente necesitado!... ¡Tal vez busca un pecho que lo cobije, unos labios que le sonrían, unas manos de madre que lo acaricien...!

La faz del misionero se transfigura de gozo. Ya está dispuesto a partir con el corderillo salvo sobre sus hombros redentores. ¡Le han sonado así como aullidos de lobo voraz!... Y, en efecto, dos personas le cortan el paso. Son el padre y la madre del desvalido niño. Ahí están exigiendo el precio.

—Es nuestro, y si no lo paga no se lo lleva.

—¿Pues no lo abandonaron?

—Porque nadie nos lo compraba. Mas si usted lo quiere, ha de pagarlo.

El misionero siente que se le clava en el corazón una angustia indefinible. Y con ademán de dolor profundo, suplica:

—¡Oh, yo volveré a pagarlo! ¡Aquí no tengo dinero, pero hay almas buenas que me lo darán!

—¡Si ahora no nos lo paga, no se lo lleva!...

—¡Dios mío..., si ahora no puedo!...

—¡Pues que se lo coman las hienas al ponerse el sol...!

Prensado el corazón con el golpe intenso de un dolor formidable, suplica en un anhelo supremo de sacrificio y holocausto:

—¡Si ustedes me esperasen..., correría por el dinero...!

—Le esperamos. Mas cuide de volver antes que el sol se esconda. Es la hora de las hienas, y a ellas se lo entregaremos...

Desierto adelante, y a impulso de sobrenatural fuerza, cruza el misionero arenales y más arenales. Llega a la Misión central; busca los donativos que almas generosas le acaban de remitir de lejanas tierras y torna en busca del niño.

¡A rescatarlo de la boca sangrante de las hienas!...

Va a caer el sol, hundido, como vencido cíclope, en un mar de fuego crepuscular. Aun resta mucho camino... Mas él corre, vuela... Aun llegará a tiempo. Junto al matorral, y en la penumbra del atardecer, cuatro puntos como cuatro chispas se mueven inquietos... ¡Las hienas tal vez!... El no las teme. Y cuando llega, advierte que son los ojos de los desnaturalizados padres que, inquietos por su tardanza y encendidos por su ira y la avaricia, se disponían a alejarse.

El contrato se verifica. Con el niño sobre sus brazos, se aleja el misionero envuelto en una ola de contento sin límites.

De cuando en vez torna a mirar atrás, y en la oscuridad de la noche entrante, las dos siluetas de los padres, que se funden lentamente, fingen la ilusión de dos hienas que huyen...

Y sigue su camino sereno y dichoso.

También el negrito sonríe ahora al sentirse acariciado.

Sus dos ojillos, negros como el azabache, brillan en la inmensidad de la noche cual dos estrellas nuevas...

He aquí la historia del negrito.

Noticias

Los franciscanos en China

Gran parte de la civilización de China corresponde a la Orden Franciscana.

El primer franciscano llegado a China fue Fr. Juan Pian-Carpin, conocido por Inocencio IV, en 1245. El más famoso de los misioneros franceses en la Edad Media fue, sin duda, el Beato Juan de Monte-Corbino. Actualmente la Santa Sede tiene encomendadas a los franciscanos en China 32 misiones, con un número aproximado de 480.000 fieles, 200.000 catecúmenos y 890 misioneros.

De nuestros misioneros con rumbo a la Argentina

Río de Janeiro (Brasil), 18 de agosto de 1947. P. Joaquín Sanchis. Valencia. Muy amado P. Provincial: Paz y Bien. Llegamos ayer a esta ciudad que, como sabe, tiene el puesto en una magnífica bahía que tiene fama de ser la mejor del mundo Era el atardecer cuando llegamos, y atracamos ya de noche. ¡Qué hermosa es esta ciudad vista desde el vapor, tanto de noche iluminada por la electricidad como de día alumbrada por los rayos del sol.

Hemos bajado del vapor para dar un paseo por tierra firme y ver las cosas más importantes de la población, llamándonos poderosamente la atención el contraste que ofrecen algunas edificaciones de hasta diecinueve pisos al lado de otras de sólo dos, y los muchos autos en circulación y parados que hay, que, según Fr. Miguel, se ven más que personas, lo cual indica ser esta ciudad muy rica; pero sin faltar los pobres, pues algunos niños negros, en cuanto nos han visto, han venido a pedirnos una limosna por amor de Dios, para que no falle aquello que dijo Jesucristo: «Siempre tendréis pobres entre vosotros.» Hemos pasado por calles en que abundan los comercios de todas clases, y hemos podido comprobar que todo está más caro que en España.

Estamos pasando ahora el Golfo de Santa Catalina, y aunque los «golfos» tienen muy mala fama, y varias veces hemos oído decir durante el viaje: «Tenemos buena mar, pero cuando lleguemos al Golfo de Santa Catalina seremos zarandeados de lo lindo», con nosotros este Golfo se ha portado como una «buena persona», tanto que ya se ha tranquilizado Fr. Miguel, que andaba un poco preocupado. Así que si V. P. viene algún día a visitar nuestros conventos de la Argentina, no le tema, y lo mismo digo a los religiosos que hayan de venir, pues aquí viene bien aquel refrán que dice: «No es tan fiero el león -como lo pintan.»

Estamos ya en día 20 y pleno invierno. Todos los pasajeros, menos nosotros, han cambiado de traje. Tenemos niebla y toca la sirena casi sin parar para evitar algún posible choque, que yo lo veo difícil por ser muy ancha esta carretera y andar muy solos.

Esta noche pasada hubo verbena de despedida. Aunque invitados, nosotros brillamos por nuestra ausencia. ¡No sé qué pito habíamos de tocar nosotros en esa charanga!

Hoy día 23 de agosto y seis de la mañana acabamos de llegar al puerto de Buenos Aires. Desde aquí- le añado estas líneas a la carta, que ya tenía preparada para mandarle.

Al pasar ayer por Montevideo fuimos a visitar a los PP. Franciscanos, quienes nos recibieron como buenos hermanos. Son todos españoles, de la Provincia de Cantabria.

Todo nos ha ido muy bien durante la travesía; ayúdenos a dar gracias a Dios.

Ya. le escribiré de nuevo cuando lleguemos a Serrano. Denos su bendición.

Afectísimo hijo en el Seráfico Padre,

Fr. Buenaventura Meseguer, ofm

Nuestros difuntos

En Cullera (Valencia). — El día 31 de julio de este año de 1947 descansó en el Señor nuestro bienhechor insigne y fervoroso terciario franciscano don Ignacio Grau Ferrer. Su vida como católico es conocida de todos los del pueblo de Cullera, ya que nuestro difunto tiene la gloria de pertenecer a una de las familias que más se distinguen como piadosas y fervientes amantes de la Santísima Virgen del Castillo. Los hechos de esta bellísima persona están enlazados con los más culminantes que en este pueblo se han realizado mientras vivía. Por sus bienes de fortuna, por su acertado criterio en el manejo de negocios, por su interés en el bienestar del pueblo, por su piedad y por su amor a la Celestial Patrona, fue siempre elegido para ocupar distinguidos cargos; entre ellos, varias veces el de primer Alcalde. Era también de la Junta de Patronato del santuario.

Los religiosos franciscanos de esta católica ciudad con gusto manifestamos a todos el buen afecto y protección que siempre nos ha tenido. Además de interesarse porque viniéramos a este hermoso santuario, a él debemos haber alcanzado en años anteriores un ancho local del castillo para las escuelas. También conseguimos la Aureola que ahora lleva la Virgen, enriqueciéndola con los aderezos de bodas de su querida madre. Su interés por favorecer los asuntos del santuario fue siempre decidido y abnegado.
El Señor, que prometió a N. P. San Francisco que santamente acabarían la vida tanto sus hijos como los que les amaran de corazón, cumplió sus palabras en nuestro llorado difunto. Por ello le dio larga enfermedad. Y apenas conoció el paciente el peligro de muerte, recibió los Santos Sacramentos de Viático y Extremaunción.

Varios meses vivió, durante los cuales comulgaba por devoción, y así más dignamente preparaba el fin de sus días. Lentamente se debilitaba, pero no perdía la claridad de sus facultades mentales. Nadie podía prever el momento en que se acabarían sus fuerzas y fallecería. La víspera de su santo, por la tarde, recibió el sacramento de la Penitencia para comulgar al día siguiente. Este deseo fue la ocasión que la Providencia divina le deparó para recibir los últimos auxilios que la Santa Iglesia nos da en la despedida de este mundo. Reunidos sus hijos, sus nietecitos, sus hermanos, sus parientes y los sirvientes, para acompañar con velas encendidas a Jesús Sacramentado, el Señor dispuso que fuera este momento el destinado para que, con grande asistencia, se le recomendara el alma. Recibió la Absolución y plácidamente durmió el sueño de los justos.

Al comunicar a nuestros lectores la triste noticia del fallecimiento de nuestro querido Hermano insigne bienhechor, les suplicamos una ferviente oración por su alma. Y a todos los de su casa les manifestamos nuestro sentido pésame. En primer lugar a su hijo don Ignacio Grau Cerveró y su hermana Amparito. A la piadosa esposa de su hijo, doña María Borrás Olivert, y a su madre. Todos fervorosos terciarios. No olvidamos a los nietecitos: Ignacio, José Mª, Mª Jesús y Rafaelín. Tampoco a los hermanos del difunto: don Romualdo, don José, don Ricardo, doña María, doña Elvira y doña Concepción; a las familias de éstos; a los abnegados criados que han llorado la pronta ausencia de quien tanto apreciaban, y a todos los buenos amigos que se honraban con la noble amistad de caballero tan cristiano.