Jesús Nazareno, Rey de los judíos

En el interior del palacio de Poncio Pilato se debatía la cuestión más trascendental de la humanidad. El Gobernador romano hablaba con Jesús. En el decurso de su conversación el Salvador dejó caer de sus divinos labios una frase que recogieron los siglos. «Yo soy rey», dijo.

Y mientras Jesús declaraba su carácter real, una turba impía gritaba a las afueras del palacio: «No tenemos otro rey que al César... ¡Crucifícale!».

En realidad, esta fue la única acusación sobre que se basó la sentencia de muerte dictada por Pilato: «Porque se hacía pasar por rey de los judíos».

Y el Rey —Rey de dolor— fue conducido a su trono, colocado sobre un monte, el monte Calvario.
Un soldado, a son de trompeta, iba publicando la sentencia recaída sobre el Inocente. Su cortejo lo formaban dos ladrones, la soldadesca asalariada, las autoridades judías y un pueblo deicida. En vez de cantos de triunfo, los irsultos más procaces; en lugar de ovaciones, sarcasmos.

aA la hora de mediodía, Jesús ocupaba ya su trono. Sobre una cruz, coronado de espinas, pendiendo entre cielo y tierra, reconciliaba a la humanidad pecadora con el Padre, y con los brazos abiertos, invitaba a todos los descarriados hijos de Eva a refugiarse en su regazo y a recoger los tesoros de su Corazón.

Pero mientras tanto, en derredor de la Cruz salvadora seguía la tempestad de odios e imprecaciones. «A otros ha salvado, y a sí mismo no puede salvarse...» «Si es Hijo de Dios, baje de la Cruz y creeremos en él...» Hasta uno de los ladrones crucificados se une al coro de maledicientes: «Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros».

Los elementos insensibles protestan de tanta felonía. El sol se obscurece; la tierra tiembla; se quiebran las rocas; se abren las tumbas, y rugen las fuerzas celestes. Las turbas, asustadas y heladas de espanto, comienzan a dipersarse. A los pies de la Cruz no quedan, por fin, más que los soldados que montan guardia, y el pequeño grupo formado por María, Juan y las piadosas mujeres.

Jesús, que había tenido palabras de perdón para la muchedumbre deicida, fija ahora los ojos en su Madre. «Mujer —le dice mirando a Juan—, ahí tienes a tu hijo». Y luego al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». ¡Divino testamento de amor!

Abrasado más por el fuego de su inmensa caridad que por el ardor de su boca, exhala una queja: «Sed tengo». Un soldado le presenta una esponja empapada en vinagre. El Salvador permite que se bañen sus labios con aquel amargo brebaje, y añade: «Todo está consumado». Levantando entonces la voz, exclama: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». E inclinando la cabeza —añade el evangelista— expiró».

Eran las tres de la tarde. Las tres de la tarde del primer Viernes Santo. El infierno estaba vencido. El cuerpo de Cristo, en medio del huracán que en aquel momento conmovió la tierra, sobre el trono de la Cruz, aparecía, como divina «señal», signo de perdón, de misericordia. Sobre su cabeza, la inscripción: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos».

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm

Piedad. El Greco

Piedad. El Greco

Stabat Mater

¡Oh Madre, fuente de amor!
hazme sentir tu dolor,
para que llore contigo.
Haz que por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y porque a amarlo me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuve en sí;
Y de tu Hijo, Señora
divide conmigo ahora
las que padeció por mí...

(Fragmentos de la secuencia STABAT MATER del franciscano Fr. Jacopone de Todi)

Solaces Folklóricos

Leyendas de la Pasión

Que todas las cosas creadas —escribe «Desiderio Salvus»— participan de algún modo en la Pasión de Cristo es un pensamiento constante en el pueblo cristiano, expresado ya por el Apóstol en su carta a los romanos.

Pero solamente a la fantasía impulsada por la piedad pertenecen las mil leyendas que al pie de la Cruz han brotado adivinadoras de este misterio por medios de imágenes de inocente y natural belleza. La poesía ha visto y en todos los tonos ha revelado cómo al paso del Redentor se estremecían las piedras y las plantas, las fieras y las aves y los astros.

Mas ningún episodio de la vida pública de Jesús se halla tal vez tan esmaltado de poesía como la escena de la Crucifixión. A la manera que en la cumbre del Gólgota botaron virtudes y heroísmos, así han surgido también leyendas de indecible dulzura y suave bondad. ¿Quién no las oyó de labios venerables, allá, en los días de la infancia venturosa...?

El jilguero

Pronuncia el Redentor en la Cruz sus últimas palabras. ¿Quién le escucharía? Dios y su Madre, pues la multitud parece sorda. Pero un gracioso pajarillo, desde un próximo cinamomo, ha oído la queja y vuela raudo sobre la ensangrentada cabeza del Nazareno. Del Nazareno que una buena mañana le brindó unas migas de pan, favor que el pequeño pájaro no ha olvidado.

Jesús lo recuerda y le dice con dulzura divina: «¡Bendito tú que no me has abandonado!»

Bendita, sí, la mínima criatura del aire que al escuchar la sagrada voz tiende rápida las alas diminutas y con el débil pico arranca la espina más larga y cruel de la santa corona.

Con el preciado tesoro emprende el camino del cielo; pero una gota de sangre le moja el pecho, y desde entonces será para siempre el «jilguero» o «cardelina» o también el «pardillo».

La pasionaria

Sufre Cristo bajo la corona de espinas. ¿Quién no sufrirá con Él? Solamente los verdugos que no saben lo que hacen.

Pero una humilde planta silvestre, que cerca de la Cruz abre sus tallos al sol se asocia al general dolor.
He aquí que en la hora suprema tiende sus verdes brazos, los alarga, los alarga amorosos sobre la Cruz, abraza el leño, abraza el pecho del Crucificado, llega a la ensangrentada frente y allí se abre en una flor preciosa, que en adelante y hasta el fin del mundo se llamará «trébol», o se llamará «pasionaria», si encierra en la profunda corola los instrumentos de la pasión.

Las golondrinas

Cristo ha muerto. Tiembla la tierra, se abren los sepulcros, se nubla el sol y las aves todas huyen despavoridas.

Todas, no. Un rimero de golondrinas parleras permanece fiel en torno a la Cruz. Una a una arrancan todas las espinas que horadan la frente del Señor.

Las arrancan porque ellas son agradecidas y no olvidan que ellas salieron de las manos de Jesús cuando era niño.

Era sábado aquel día y el Niño Jesús jugando a orillas del regato había amasado con arcilla unas pajaritas. Pasa un fariseo y le increpa diciendo:

«Hijo del pecado: estás profanando el día del Señor», Y con el zapatón intenta aplastar la arcilla. Pero Jesús bate las palmas y la arcilla se convierte en carne y pluma.

Son las «golondrinas», que se: han vestido de luto y que ya nunca se lo quitarán.

La paloma

Herido de un golpe de lanza, acaba Jesús de expirar sobre la Cruz. Una pobre paloma entonó entonces su quejumbroso canto y volando tristemente alrededor de la divina cabeza, desgarró su pecho con una de las espinas de la corona.

Desde entonces la garganta del ave compasiva, lleva la hermosa mancha de púrpura.

El escambrón [Rhamnus lycioides]

En tiempos remotos, el escambrón carecía de flores; largas espinas negras formaban su adorno. El rústico arbusto, tan aromático, crecía pobre y triste, como un helecho de los regatos.

Jamás la suave mano de un niño, jamás los dedos rosados de una joven venían a acariciar sus ramas; el pajarillo no construía la cuna de su familia; la abeja y la mariposa se alejaban con desdén; el pobrecillo era desgraciado. Pero un día, un hombre feroz, le arrancó una de sus ramas erizada de espinas y la tejió, formando una corona y puso rudamente este doloroso e irónico símbolo de soberanía sobre la cabeza del Salvador.

Como clavos, las púas se hundieron en la carne divina, y la savia, mezclándose a la sangre, se deslizó como dulces lágrimas, inundando y refrescando la frente del Maestro Supremo, que con una mano desfalleciente acarició la rama compasiva, y Jesús permitió que las flores brotasen de la corteza negruzca en finos cordones a lo largo de los tallos del arbusto. Cubrieron hasta sus menores ramillas y ocultaron las espinas mortales bajo la nieve de sus blancos pétalos, y de sus pebeteros nacarados salió un delicioso perfume...

Desde esos tiempos lejanos del gran drama de la Pasión, cada año, el escambrón adorna su joyero florido en la época de Semana Santa.

El boj [Buxus sempervirens]

Antiguamente el boj era un risueño arbusto de follaje verde claro. Se hallaba por doquiera que reinaba la alegría, Así como en todos los lugares de fiesta, hasta que llegó un instante en que su existencia se vio para siempre entristecida.

Fue cuando en el Gólgota sus hojas nuevas se esparcieron en macizos de verdor, rodeando el pie de la misma Cruz que indignos verdugos elevaron.

Al morir Cristo bendiciendo al mundo con sus brazos extendidos, el boj sintió pasar por sus fibras el último aliento del Hijo de Dios.

Bajo aquel influjo se estremeció de pesar, y mientras el cielo se cargaba de negros nubarrones, de la tierra partían clamores de espanto y huían los pájaros hermosos, el boj, tomando parte en tal noche y tal duelo, adoptó para sus hojas un tinte eternamente sombrío y desolado y sus ramas, antes extendidas como en ademán de cariño, se encogieron y replegaron en signo de pena por la muerte del Redentor.

La sensitiva

Cerca del Árbol santo de la Redención se hallaba esta planta de tallo lleno de aguijones grandiosos y hojas pecioladas.

La Virgen Madre Dolorida entremezclaba sus lágrimas de Reina de los mártires y Corredentora con la sangre divina de su Hijo el Redentor. Y una de las lágrimas de la Santísima Virgen fue a caer en el cáliz de una de las pequeñas flores rojas de la sensitiva, que, avara de la preciosas perla, siempre que se la toca, las hojuelas se alzan y se unen unas a otras para guardar el tesoro de la lágrima de la Madre Virgen.

* * *

Semejantes a estas que esbozadas quedan, florecen en torno de la Pasión de Cristo luminosas leyendas de poesía y de piedad, que indican cómo todas las cosas criadas toman parte en el tormento del Hijo de Dios.

El pueblo cristiano es poeta de sentimiento.

A. de Coyanza

Resignación cristiana

"Pasión de Cristo, confórtame"

No agrada a la condición humana el padecer ni el pasar por la tribulación, el oprobio y el dolor. Le repugna todo esto y lo rehuya con viveza tratando de evadirlo por cualquier camino. Mas no puede ni podrá jamás lograrlo; pues como enseña S. Pablo (Hch 14, 21), «es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios», y este plan actual de la divina Providencia para con los elegidos, nadie puede cambiarlo ni sustraerse a él. «Echa por donde te plazca y allí encontrarás la cruz. Si desechas una, sin duda hallarás otra cruz y tal vez más pesada. Si te dispones a padecer, entonces te irá mejor y hallarás la paz.» (Kem. 11, c. 12).

Mas nunca por instinto propio lo haríamos así; y el Señor, que nunca falta en lo necesario, junto a la necesidad ha puesto el remedio y al lado de la enfermedad la medicina. El remedio y la medicina de nuestra sensualidad, que siente horror a la cruz y espontáneamente huye de ella, está en la gracia que nos viene por medio de Jesús crucificado.

Aun creyendo el alma que su cruz es hechura del amor de Dios hacia ella para purificarla y santificarla, siéntese a veces como desfallecida y en trance de sucumbir si no viene a confortarla un aliento superior sobrehumano y, afirmándose en la fe, lanza entonces una interior mirada confiada y amorosa a Jesús crucificado, mirada que expresa esta honda plegaria de su corazón: ¡Jesús mío, confórtame!

No pide a Jesús que le quite la cruz, sino que le de fuerzas para llevarla santamente. Y Jesús se las da, ya secretamente, sin que ella lo advierta de pronto, ya de manera a ella manifiesta. Pueden llegar a ser tan grandes y notorias estas fuerzas de lo alto que caiga el alma en la cuenta de que «el yugo de Cristo es suave y su carga ligera», y de Cristo, confórtame» hasta llegue a experimentar la alegría de padecer por Jesús. Dichosa tal alma que silbe mirar con ojos de fe a Jesús, y sabe hallar en Jesús la fortaleza para subir sin cobardías el calvario de su vida.

Es Jesús crucificado nuestro sublime y perfecto modelo. Verdadero hombre como nosotros, es al mismo tiempo verdadero Dios. Sus acciones son divinas y llegan por ahí al ápice de la perfección; las ejecuta con su Sagrada Humanidad y está, por este lado, cerquita de nosotros invitándonos a imitar sus ejemplos y a seguir sus pisadas. No nos envía al trabajo quedándose Él en descanso. Va delante con su pesada cruz formada con mis pecados y los pecados de todos los hombres. Va con su cruz, Calvario arriba, no para descansar en su cima, sino para ser allí crucificado; y, mirándonos con ojos llenos de bondad nos dice con palabras transidas de amor: Si alguno me ama y quiere hacerme compañía, «tome su cruz y sígame». Si miro a Jesús cargado con la cruz para salvación mía, si considero su injusta sentencia de muerte, sus azotes, su corona de espinas, su subida al Calvario, su crucifixión, me alentaré sin duda a llevar mi cruz cotidiana y no me atreveré a quejarme de ella.

Mas; no es Jesús un modelo que pasivamente se deja copiar e imitar. Así son los modelos corrientes; pero Jesús hace lo que ningún otro: a la vez que nos invita a copiarle al vivo imitando sus disposiciones interiores y sus ejemplos de virtud, nos ayuda por dentro facilitándonos la misma imitación a que nos invita. Jesús no padeció por su causa, sino por la mía; y, padeciendo por mí, me ganó y adquirió la gracia que yo necesito para imitar sus ejemplos y reproducir sus virtudes. No hay modelo como Jesús: nos da perfectas lecciones de vida santa, y nos capacita para aprenderlas estimulándonos por dentro a que le reproduzcamos en nosotros viviendo a semejanza de Él.

A semejanza de Jesús es como debemos vivir. Cada día debemos esforzarnos en amoldar a la suya nuestra vida. No hacerlo seria ingratitud para con Jesús; manifestaría poco o ningún amor hacia Él. La pasión de Jesús debe estar siempre ante nuestros ojos estimulándonos y alentándonos a llevar a imitación suya nuestra cruz. Así es como nos allegaremos a Jesús y nos dispondremos a recibir la gracia de no sucumbir bajo nuestra cruz y de imitar a Jesús en la parte que nos corresponde.

Meditando la Pasión se adentraba San Buenaventura, en el Corazón de Jesús, y, allí metidito, asimilaba sus sentimientos y no osaba salir ya de aquel seguro refugio. «¡Cuán bueno es y cuán agradable, decía, habitar en este sagrado Corazón!».

La Bta. Ángela de Foligno asegura haberle parecido que su alma se entraba por la llaga del costado de Cristo y que allí, con su sangre, bebía a grandes sorbos un gozo inefable que no acertaría a describir.
Movido de estos devotos sentimientos decía San Juan Eudes: «No quiero otro paraíso en este mundo que la Pasión de mi Señor Jesucristo».

En Jesucristo tan sólo podré hallar yo la fortaleza y el sostén que necesito para llevar santamente mi cruz.

«Dulce Señor mío Jesucristo: te suplico de lo íntimo de mi alma que la virtud de tu sagrada Pasión me proporcione fortaleza, protección y defensa; que tus llagas sean el alimento que me nutra y la bebida que calme y sacie mi ardiente sede; una gota de tu purísima sangre lave las manchas de todos mis pecados; tu muerte se me convierta en vida indefectible y tu cruz en gloria sempiterna. En ellas halle yo mi satisfacción, mi alegría, mi salud y la segura paz de mi corazón. Oh Señor que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.» (Tres años de indulgencias a los sacerdotes que la recen después de celebrar la santa misa.)

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Confidencias

Mortificación.— Quien no es mortificada no puede alcanzar victoria. No puede avanzar por el camino de la virtud sin emplear el medio de la mortificación.

Y así dice la Sagrada Escritura: «Si vivís según la carne moriréis; pero si mortificáis los actos de la carne viviréis.»

A romper y huir de esa esclavitud de las pasiones nos ayuda la mortificación. Y siempre mediante la cruz; puesto que la cruz es dolor, es sufrimiento, es privación, ¡es mortificación!

Y así como nadie puede perfeccionarse sin la cruz, nadie podrá santificarse sin la mortificación, llave del orden y de la paz interior.

La mortificación viene a ser en el alma, como una pequeña partícula de la Cruz del Señor.

María de Santángel

Domingo de Pascua

Resurrección del Señor

¡Aleluya! Día de alegría y de exultación, día de triunfo para Cristo y también para el cristiano, día de júbilo para el cielo y para la tierra. En Cristo ha resucitado el cielo, en Él ha resucitado la tierra. Este es el día que hizo el Señor con preferencia a todos los días; exultemos y alegrémonos en él, clama hoy la Iglesia en todos los ámbitos del orbe, salpicando su espléndida liturgia pascual con el célico canto aleluyático, saturado de júbilo, refulgente de luces, embebido de paz.

* * *

I.— Es la aurora del domingo. Un día entero y dos comenzados, con lo cual queda suficientemente cumplida la profecía de Jonás. Jesús, Hijo de Dios vivo, el Autor de la vida y Luz de la Luz, no soporta por más tiempo la muerte y las tinieblas.

En un momento sacude los sudarios y por su propia virtud resucita el resucitador de tantos muertos, irrumpiendo de la cámara sepulcral sin remover la losa, al modo que había nacido del seno virginal de María, como el sol traspasa el cristal sin romperlo ni mancharlo.

Y el cuerpo sacratísimo, antes denegrido y magullado, al verse de nuevo informado por el alma beatísima, párase refulgente, cual nube embestida por el sol en el crepúsculo matinal.

Ante tamaño espectáculo de tanto estruendo y de tanto silencio (S. Ignacio de Antioquia), la tierra tiembla y torna a serenarse (Salmo), cual tiemblan y se estremecen las fieras ante el fuerte rugido del león. Ha resucitado y vencido el León de la Tribu de Judá, Raíz de David (Apocalipsis).

También los guardias puestos por Pilato para guardar el sepulcro del Nazareno crucificado, por temor a un piadoso latrocinio, caen de espaldas sin sentido. No hay poder que resista a la fuerza expansiva del triunfo de Cristo.

II.—Cristo ha resucitado verdaderamente y se ha aparecido a Simón y a su Madre, la más necesitada por más atribulada, la más merecedora de la primera visita de intimidad.

Sí, Cristo ha resucitado, y su Resurrección es un hecho probado por testigos múltiples, por hombres no alucinados, sino tercos en no ceder, sino ante las pruebas de la evidencia más exigente, que quiere ver con los ojos y palpar con las manos.

Su resurrección es también causa eficiente y causa ejemplar de nuestra propia resurrección a la gloria, y sin ella vana seria toda nuestra esperanza cristiana. Nuestra muerte primera, que nos derriba en el sepulcro, sería el primer paso a la muerte segunda, que nos sumiría en lo profundo de los infiernos para siempre y sin remedio.

III.—Día santo, día grande en los anales de la humanidad. Cristo resucita, primicias de los muertos llamados a revivir; resucita con Él y por Él todo hombre que vive y muere a Él adherido por la gracia, incoación, comienzo y prenda certera de la gloria.

Con razón la Iglesia cantaba ayer aquel incomparable prefacio del Cirio Pascual, mística figura de Cristo, de Cristo resucitado una vez para nunca más morir, y clamaba con acentos de bello lirismo: «¡Oh feliz culpa, que mereció tener tal y tan grande Redentor! ¡Oh ciertamente necesario pecado de Adán, que fue borrado por la muerte de Cristo!» Por ahí, por esas llagas, antes dolorosas y ahora gloriosas, trofeo de su victoria sobre la muerte y el infierno, cual por otras tantas letras de relieve, se nos revelan los arcanos de bondad y de poder hasta entonces ocultos en Dios tan bueno, tan poderoso, tan sabio y providente, que por medios tan flacos supo vencer al demonio y liberar al hombre de su triste servidumbre. «Más es lo recuperado por la gracia de Cristo que lo antes perdido por la diabólica envidia, canta optimista, el Papa San León.

* * *

Por ello, amados lectores, demos gracias a Cristo, felicitémosle y felicitémonos por su triunfo, que es también nuestro propio triunfo.

Mas no contentos con esto, vivamos vida de resucitados. «Imágenes de Dios, honremos a nuestro modelo, reconozcamos nuestra dignidad y ofrezcámosle además el tributo debido de nuestra adoración y gratitud, el homenaje de una vida ajustada al Evangelio». (S. Gregorio Nacianceno)

Si hemos resucitado con Cristo, busquemos, saboreemos lo de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra, nos dirá y repetirá S. Pablo en esta temporada pascual. No olvidemos que el cristianismo está fundado en la fe, en la Resurrección, o sea sobre un sepulcro vacío, sin carroña ni tinieblas, sobre la fuerte convicción de que si Cristo resucitó ha de resucitar también el cristiano.

Y termino con esta, frase lapidaria de Tertuliano: «Resurrectio mortuorum, spes christianorum»; esperanza que no nos defraudará, siempre que anime a nuestros corazones la caridad...

P. Germán Prado
Monje benedictino de Silos

Consultorio religioso

Fray Agnello, ¿qué hay este año sobre ayuno y abstinencia?

Pues señor, no hay más que lo que dicen estas normas que le copio a continuación:

1ª.— En virtud de las facultades extraordinarias concedidas por S.S. el Papa a los Reverendísimos Prelados, están dispensados de la ley de ayuno y abstinencia todos los eclesiásticos, religiosos, religiosas y fieles de la diócesis que tomen la Bula de la Cruzada y el indulto de ayuno y abstinencia que a cada cual corresponde según sus rentas y posición social.

2ª.— Se exceptúan de la anterior dispensa el ayuno del Miércoles de Ceniza y la abstinencia y ayuno del Viernes Santo.

3ª.— Los verdaderos pobres gozan de igual dispensa sin necesidad de tomar la Bula.

4ª.— Los que sin ser verdaderamente pobres y, pudiendo, no tomaren las expresadas Bulas, están obligados a la abstinencia de carnes en todos los viernes del año; a la abstinencia y ayuno el Miércoles de Ceniza, viernes y sábados de Cuaresma, en los miércoles, viernes de las Cuatro Témporas, y en las vigilias de Pentecostés, Asunción, Todos los Santos y Navidad; y por último, al ayuno sin abstinencia en los lunes, martes, miércoles (excepto el de Ceniza), y jueves de Cuaresma.

5ª.— El Papa exhorta a todos los fieles, y en particular al Clero secular y a los religiosos de ambos sexos, a practicar actos de mortificación y caridad, y de oración por las intenciones del Sumo Pontífice, en compensación de la gracia extraordinaria recibida.

* * *

¿Cómo debe hacerse la lectura espiritual para sacar de ella provecho?

—Debe hacerse con pausa y reflexión, y sobre todo, con constancia. Conviene hacer todos los días a lo menos un cuarto de hora y en un libro apropiado.

Fr. Agnello

De nuestras misiones

Tai-yuan-fu, 24 diciembre 1947.

P. Joaquín Sanchis, O. F. M. Provincial. Valencia.

Muy amado Padre: Ha sido menester que llegaran las Navidades para que dispusiera de un poco de tiempo con que contestar a la suya del 18 septiembre, llegada aquí a fines de octubre. No ha podido ser otra cosa. Pero no hay mal que por bien no venga, y este retraso forzoso ha servido para mitigar la amargura de alguna noticia que debía darle.

El P. Severino ha estado gravemente enfermo y viaticado de tifus exantemático, que aquí hace estragos entre los misioneros, y que ya puso en peligro mi vida hace siete años. Hoy ya está en franca convalecencia, gracias a Dios.

Vino aquí a fines de octubre a procurarse diversos específicos para sus andanzas médicas por los montes entre los rojos. Marchó luego a su Santuario, y a las dos semanas nos lo vemos entrar improvisadamente trayendo consigo un pobre cristiano herido a consecuencia de una mina roja que le destrozó los pies. Venía como última tentativa para salvarle la vida; pero ya la gangrena había progresado demasiado, y así sólo pudo asistirlo conmigo en la muerte y después llevar consigo el cadáver, para consignarlo a la familia.

A últimos de noviembre se me presentó un Padre chino, ex-discípulo mío, que también goza de relativa libertad en la zona roja, y me dijo: «Vengo del Santuario donde he administrado los últimos sacramentos al P. Severino, gravemente enfermo, y después de permanecer con él durante tres días he aprovechado una ligera mejoría para venir a comunicar la noticia y aprovisionarme de medicinas correspondientes». Inmediatamente las monjas prepararon un pequeño botiquín con todo lo que podría serle útil, y yo le escribí una cartita animándolo y confortándolo con la promesa de perorar su causa ante
Dios, y lamentando que nadie pudiera ir a asistirlo por impedirlo los rojos con quienes convive.

Entonces quise escribir a usted notificándole el hecho, pero, dada la falta que hace el P. Severino para la defensa del Santuario, lo mucho que se le ama en todas las cristiandades y el fervor con que en todas ellas se oraba por él, concebí firme esperanza de que la Sma. Virgen saldría a la defensa de su fiel custodio, como «Salus infirmorum». Así, pues, resolví aguardar la marcha de la enfermedad. Entre tanto los médicos alemanes, quienes le profesan gran admiración, las monjas del hospital, que lo veneran como religioso, médico celoso y bienhechor de sus enfermos, y los muchísimos cristianos que lo conocen, nos asedian pidiendo informes sobre el estado del enfermo. A todos procurábamos tranquilizar con aquello «nullum nuntium, bonum nuntium» [ninguna noticia, buenas noticias]; pero internamente no podíamos persuadirnos de ello con seguridad. Por fin, hace unos días un cristiano me trajo la noticia de su convalecencia.

Respiré a plenos pulmones, di gracias a Dios, y le escribí felicitándole y recomendándole por caridad hacia los cristianos y paganos, practicar en sí mismo las precauciones y cuidados que impone a los demás en la convalecencia.

Pasado el peligro, parece que la Providencia quería el achuchón sólo para poner de relieve la gran estima que goza en todas partes donde se conoce a nuestro P. Severino. Hasta desde Pekín nos llegan cartas interesándose por su salud. Ya antes se le había dado una magnífica manifestación de ello cuando los cristianos, sabiendo que el Santuario vivía de las peregrinaciones y que éstas se habían suprimido por las circunstancias, abrieron una colecta en favor del santuarista, proveyéndolo de trigo, mijo, sal, aceite, vinagre, huevos, gallinas, calzados y dinero para atender a él y a los suyos. Los cristianos saben agradecer la caridad de su asistencia espiritual y médica, ya que se le consulta como a un oráculo. Ahora temiendo por su vida han puesto en juego la fuerza de sus oraciones, y sin duda la Sma. Virgen se ha conmovido ante tal plebiscito de súplicas y lágrimas.

¿Qué más? Hasta los mismos soldados rojos se han sentido en la necesidad de visitarlo y animarlo en su enfermedad, no resignándose a perder al que reputan un bienhechor aun de ellos mismos sin distinción alguna, como no sea a favor del más desgraciado e indigente.

¡Qué contraste! Mientras en el Santuario se veían los rojos velando solícitos a la cabecera de un misionero católico enfermo, en esta misma provincia y a pocos kilómetros de distancia aquellos mismos acuchillaban y decapitaban al Prefecto Apostólico de Kiangchow, apedreaban a otros dos misioneros franciscanos holandeses, abrían la cabeza a un sacerdote indígena y asesinaban a cuatro mojas holandesas y otros diez cristianos. Dieciocho nuevos mártires, casi todos hermanos míos, y conocidos por mi!

La situación aquí es muy oscura. Sabemos que los comunistas se proponen apoderarse a toda costa de esta Capital y ya han formado dentro de ella su quinta columna. Si logran sus deseos, no podremos prometernos mejor suerte que la de estas nuevas victimas, pues no gozamos de la veneración y respeto que les merece nuestro buen P. Severino. Que se cumpla la voluntad de Dios y ustedes rueguen por nosotros, para que estemos siempre a la altura de sus deseos y de la noble misión que con tanta predilección y delicadeza nos ha confiado.

Entre tanto alegrémonos porque nos ha otorgado la vida del P. Severino, pues aunque es verdad que está bien preparado para ir al Padre, pero lo es también que puede, aún trabajar mucho encantando a aquella clase de venenosas serpientes.

En estos momentos acabo de saber que otro discípulo mío, sacerdote indígena de los más jóvenes, único que quedaba en todo el Vicariato de alemanes desterrados, y que cuidaba de un asilo de inválidos, lo han encarcelado acusándolo como capitalista. Con éste, son ya más de quince confesores de la fe que han salido de mis clases. Dispense esta vanidad; a falta de glorias propias me corono con las de mis discípulos. Uno muere mártir por negarse a renunciar a la fe y por rehusar hacerse propagandista del comunismo, por estar condenado por la Iglesia; otro a quien los cristianos tratan de ocultar a los esbirros que lo buscan, al oír cómo maltratan a aquéllos, sale de su escondite y se ofrece como S. Josafat o como Santo Tomás a los perseguidores que lo arrojan a un calabozo; un tercero sufre palizas mortales por negarse a contraer matrimonio; y así hasta 15.

Me alegro mucho de saber el buen ánimo y espíritu con que trabajan todos mis hermanos de la Provincia y el plantel de hermosas esperanzas que crece, en el noviciado. El Señor dé la fecundidad deseada. A usted y a todos mis felicitaciones por las Navidades y Año Nuevo.

Suyo en el Señor,

Fr. Gonzalo Valls, ofm

La sangre de nuestros misioneros enrojece el suelo de Indochina

Ha vuelto a despertarse en Oriente el odio de razas. Los indígenas de Indochina en lucha por la independencia combaten también contra la cultura occidental. De entre los misioneros españoles son ya más de doce los sacrificados. Últimamente las autoridades vietnamitas han decidido colocar bajo la égida del Consulado inglés a todos los misioneros que se hallen en la zona ocupada por sus tropas.