San José y la buena muerte

Cuándo murió

Murió el Santo Patriarca hacia final de la vida privada de Jesús. Dice San Lucas: «Tenía Jesús cerca de treinta años, hijo, como se creía de José.» (Lc 3, 23). Esto lo dice cuando empieza Jesús su ministerio público. Luego, o entonces vivía José, o hacía poco tiempo, no muchos años que había muerto de lo contrario no tendría explicación, el que el Santo Evangelista hiciera resaltar esta circunstancia, para dar a conocer a Jesús.

Así, los comentadores e historiadores están conformes en decir que el carpintero de Nazaret abandonó este mundo poco antes de que el Salvador saliese a predicar. Así, en las Bodas de Caná, no se menciona a San José. Se hace constar la circunstancia de que había sido invitada la Madre y los discípulos de Jesús. Luego, de vivir el Santo, se le recordaría en este pasaje. Por otra parte, el paso de San José a la otra vida era un postulado necesario para la predicación de Jesús. Toda la doctrina del Salvador se había de apoyar en su filiación divina. Hijo de Dios, no sólo en el sentido que todos lo somos por la gracia, sino en el sentido natural. Habita en los esplendores mismos del Padre. Su Padre natural no es José, es el mismo Dios. La presencia, pues, de José, a quien se le creía padre natural de Jesús, hubiera sido un estorbo para esta predicación.

* * *

Cómo murió

Ni la hermosura de la muerte está en que la recojan las columnas efímeras de los periódicos, ni los homenajes insiceros de los actos públicos, ni el frío de unos mármoles. En el momento de la muerte lo que se aprecia son los valores que no acaban.

Y estos radican en las virtudes. San José, varón justo. Lejos de él por lo tanto, los remordimientos que amargan los últimos instantes. Además, lo que de ordinario desazona en esta partida, es el tenerse que arrancar de todo lo que aquí nos ha sido familiar. La vida del Santo Patriarca es un despegarse
constante de lo terreno. Vive para Jesús y María. Son sus tesoros. Lo demás no tiene valor para él. Por otra parte, como para el qué llega felizmente a la meta es una fuente fecunda de gozo el recordar los sufrimientos por los que ha tenido que pasar durante el camino, así San José quedó inundado de alegría al llegar la hora del fin de su caminar ea la tierra. La frase de San Pablo tiene aquí una realidad profunda: «Como han abundado en mí los padecimientos de Cristo, así por el mismo Cristo abundan ahora mis consuelos» (Cor 1, 5). Basta reconstruir la escena de su muerte. Le asisten su santísima Esposa y Su Hijo Santísimo. Le preparan para su salida el Sacerdote Eterno y la Medianera universal de todas las gracias.

¿Es posible imaginar tribulación alguna en el corazón de San José? Las manos virginales de castísima esposa le atienden. Le acarician las ternuras del Hijo. El mismo le sostiene en sus brazos. Así cierra los ojos el que fue defensor de las dos vidas más preciosas que ha sostenido la tierra.

Si el Profeta Simeón bajó al sepulcro lleno de gozo, porque había visto y tenido en sus brazos a la Luz de Israel, queda dicho con esto lo qué sería el gozo del humilde carpintero en su tránsito a la eternidad. Bien ha podido decir San Francisco de Sales que, ya que tanto había amado en la vida, no podía sino morir de amor.

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Patrón de la buena muerte

Con razón es el Patrón de la Buena Muerte. Entre todos los instantes de la vida, es el de la agonía el que decide de la salvación eterna. Si el hombre muere en amistad de Dios, todo está ganado. Y para siempre. Si, en cambio, está en desgracia de Dios en este momento supremo, todo está perdido. Y para siempre. Por eso la Iglesia, pensando en esta tremenda realidad, nos pone a todos en esos momentos supremos, bajo o patrocinio de San José.

José Fraguad

Pío XII

Opus justitiae pax

A su Santidad Pío XII

Pontífice de ascética figura,
en cuyo augusto corazón la espina
de la maldad del mundo y su ruina
produce penas de abismal hondura...

Angélico Pastor, que con dulzura
lleváis la grey cristiana a la colina
sublime del Calvario, que ilumina
la Cruz de Cristo refulgente y pura...

La humanidad, que en un volcán
se quema de orgullo, de lujuria y de avaricia
tiende el alma hacia Vos, con ansia extrema

de suplantar el odio y la malicia,
por el bello ideal de vuestro lema:
«La paz, cual obra fiel de la justicia».

Jesús Galbis
Valencia, Día del Papa. 14-III-48.

El Día de la Victoria

A fuer de católicos y de españoles celebramos con encendido júbilo el Día de la Victoria, que en este 1.° de Abril de 1948 completa para España nueve años de progreso y de paz.

Durante todo este tiempo la humanidad ha sentido sobre su carne el peso de tantas tragedias y el desbordamiento de tantas injusticias, que sería ocioso querer enmarcarlas en el espacio de un breve y sencillo comentario.

Nuestra propia patria ha sido, con una terquedad e insistencia dignas de mejor causa, blanco de los ataques de un amplio y envenenado sector humano, que pretendía, con la virulencia de sus invectivas antiespañolas, encubrir el horror de sus procedimientos y desfigurar el alcance de sus perversas ambiciones.

Mas, por fortuna para la humanidad, cada día que pasa, aparece con mayor nitidez, ante la opinión sana del mundo, la postura noble y caballeresca de España, en contraste con la falacia e insaciable voracidad de sus enemigos; de tal manera, que muchos que hasta ayer llegaron tal vez a creer, alucinados por la gritería soviética, que España era un peligro para la paz, hoy están persuadidos, que lejos de ello, esta España, tan incomprendida, como injustamente tratada, es una firme garantía de la paz misma.

Por eso, en esta venturosa jornada, saludamos con efusiva emoción al nuevo orden político de España, que providencialmente salvó a España del caos que amenaza tragar al mundo, y pedimos a Dios extienda a toda la humanidad y afiance en ella la Paz de Cristo en el Reino de Cristo: divino y bello ideal, que alienta los sacrificios de nuestros héroes y rubrica la sangre generosa de nuestros mártires.


Magisterio de amor

Fray Juan de los Ángeles

VI. El varón docto

Al P. de los Ángeles, como no pidió riquezas ni bienes de la tierra, a ejemplo de Salomón, se le abrieron las arcas de la divina sabiduría. Por ellas atesoró tesoros incorruptibles, tesoros de espíritu cristiano.

Consiguió, como podemos probar satisfactoriamente, oír las sabias lecciones que daba en su cátedra de Salamanca el docto y sagaz Fr. Luis de León, chispazo perenne del genio nacional, cuando exponía el Cantar de los Cantares.

El minero de su saber era el inagotable de los Santos y lo que «la Filosofía nos enseña». No quiere singulizarse, porque, según nos dice, hay poca distancia entre novedades y no verdades. Por esto mismo, lee, medita, estudia y escribe lo que considera mejor y más provechoso, como San Francisco de Sales. «Yo creo que en esto poco que te tengo enseñado está lo mucho que los doctores todos y los Santos han escrito, porque para escribirlo yo he leído los más y mejores que he podido hallar.»

Sin embargo, en materia de amor, él amor fue su maestro principal, pues nativamente amoroso, la ley Divina del amor fue su numen y su acicate. Los contemporáneos lo advirtieron, como lo consigna Fr. Antonio de Santa María cuando dice:

"El mismo puro amor fue su maestro,
y amor puede enseñar seguramente
a todos, pues su cumbre ha ya subido."

El propio Fr. Juan de los Ángeles afirma que en la composición de sus obras ponía «mucho trabajo y estudio».

En su obra primera, Triunfos del Amor, remontó su vuelo de águila tan alto, que perdió crédito «con los indoctos y sin espíritu».

La causa fue porque introdujo una novedad, él, enemigo de novedades: el recurso a las ciencias médicas para conocer mejor los fenómenos sobrenaturales con la luz de los fenómenos fisiológicos, histológicos y psicológicos. Esta notable innovación, inadvertida que sepamos, no se la perdonaron los indoctos de su tiempo. Le reprocharon que trataba de medicina, más que de espíritu. Pero ha triunfado con el tiempo, como Fr. Luis de León en sus atisbos e innovaciones escriturísticas.

Entre los filósofos del amor ocupa un sitial honorífico.

VII. Venero de noticias

Inexactamente se ha escrito que Fray Juan de los Ángeles, varón excelso, recató de tal manera su persona y su vida en sus escritos que apenas si nos transmite alguna noticia de sí. Humilde fue, pero como, por otra parte, la humildad es la verdad, y por otra, su pecho estaba lleno de vida, de amor y de espíritu, ex abundantia cordis habló su boca. Sus obras escritas, todas ellas magistrales, son un venero de noticias inapreciables que nosotros descubrimos. Las hay de todo género, de tiempo, de lugar, de personas, de hechos, de experiencia, de observaciones...; sobre todo, como no podía ser menos, sobreabundan las revelaciones biográficas de tipo cordial, que plenamente nos descubren las interioridades y secretos más recónditos de su espíritu. Al P. de lo Ángeles se le ve con diafanidad en el espejo de cada uno de sus libros, que son su fisonomía de rasgos inconfundibles.

En sus obras dialogadas no sólo es el Maestro, sino también el Discípulo, como puede advertir y comprobar un lector sagaz y atento.

El Discípulo, sin dejar de ser una creación literaria, es al propio tiempo Fr. Juan de los Ángeles, discípulo de sí mismo, conocedor de sí; por eso es tan noble, instruido, anheloso y lleno de gracia. No tengo duda en esto, y sobran razones psicológicas.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

(Continuará)

Consultorio religioso

Fr. Agnello, ¿haría el favor de decirme de qué debo tomar la Santa Bula, teniendo en cuenta que mi familia está constituida por padre, madre y tres hijos, y que disponemos, aproximadamente, de veintisiete mil pesetas anuales? — M. M.

Señora, tanto usted como su marido deben tomar un Sumario general de Cruzada de 25 pesetas y un Sumario de indulto de la ley de ayuno y abstinencia también del mismo valor. Y cada uno de sus hijos, mientras permanezcan sin ingreso propio, debe tomar lo mismo, pero de la clase ínfima, o sea, de una peseta.

* * *

¿Tiene uno obligación de confesar cierto pecado mortal, que cree haber ya confesado, si bien no está cierto de ello?

No tiene obligación; pero será mejor que lo haga, si no hay peligro de escrúpulos.

* * *

¿Es lícito cantar en casa cánticos religiosos como el Credo, el Tantum ergo, etcétera?

Claro que sí; y con cuanta mayor devoción se canta tanto mayor será el mérito.

* * *

Muy devoto y amante del pobrecillo de Asís, quisiera tener una idea, aunque levísima, del franciscanismo en el mundo, principalmente por lo que el mira a las misiones.—Un Terciario.

Pues, de las Ordenes religiosas masculinas que al presente tiene la Iglesia, cuatro (Franciscanos, Capuchinos, Conventuales y tercera Orden Regular), son franciscanas, con un total de 42.000 religiosos de los 100.000 religiosos que hay en todo el orbe.

De las 1.063 órdenes, congregaciones e institutos femeninos que hay en la Iglesia, 325 son de religiosas franciscanas, con un total de 120.000 religiosas, de las 600.000 que hay en toda la Iglesia universal.

Comparando estos números, se constata el predominio del franciscanismo dentro de las instituciones religiosas.

Fr. Agnello

Confidencias

Apostolado en el hogar. — ¡Cuánto bien puedo hacer en mi vida familiar!

Puedo: sufrir... las espinas que todos me clavarán; obrar... siendo la última en todo; querer... el bien de cada uno; desear... la paz, sacrificándome; y aceptar... las ingratitudes como paga.

Con todos mis familiares puedo: armarme de paciencia, escuchar, tolerar, excusar, aconsejar, fortalecer, proporcionar la dicha.

¿Que todo esto supone un sufrimiento continuo? La vida más guardada es aquella a la cual guardan los sufrimientos.

María de Santángel

De nuestras misiones

Tai-yuan-fu, 14, I, 1948.

Mi muy amado P. Provincial. Confirmo mi anterior de Navidades y ahora, aprovechando la ocasión, le mando la siguiente relación, por si le puede ser útil para los lectores de Acción Antoniana.

Se trata del franciscano holandés Padre Leónides Bruns, misionero de esta Provincia a quien conocí el año pasado. Nos acaban de llegar los particulares de su martirio, que yo me apresuro a comunicar a usted.

El 4 de Octubre se, reunió con los demás misioneros en la Residencia central de Kiang-chow para pasar juntos la fiesta del Seráfico Padre. Cuando debía él regresar a su distrito de Hung-choei, el Prefecto Apostólico le dijo que si allí la situación era muy peligrosa debía desistir de volver, a lo que él repuso airoso y contento, que no le parecían tan críticas las circunstancias, y así se marchó, ignorando que mientras tanto las autoridades rojas habían decretado la muerte de aquel extranjero en el mandarinato de Wen-si.

En la tarde del 14 de octubre, mientras se entretenía jugando al ajedrez chino con su criado, se presentaron de improviso los policías y los arrestaron a ambos, llevándolos a la cárcel. El mismo misionero peroró la causa del criado con tales razones y súplicas que consiguió su libertad. Dicho criado iba luego todos los días a visitarlo y traerle de comer. Este le combinó un medio para escapar de la cárcel a lo que se opuso el P. Bruns por miedo de que luego se vengaran del carcelero.

Cuando en la mañana del 20 de octubre el criado le llevó la comida, el P. Bruns le dijo: «Te esperaba, porque ésta es la última vez que me traes de comer. Quiero comer con gusto especial, pues la próxima cena la haré ya en el otro mundo.»

—¿Qué significa esto?—preguntó el criado.

—«La noche pasada han tenido consejo en la habitación contigua y han resuelto mi muerte para hoy. El tabique sutil que me separa de ellos, me ha permitido oír toda la discusión.»

No quiso creerlo el criado viendo cómo el Padre comía con apetito y alegre lo invitaba a una partida de ajedrez, pero ante las aseguraciones repetidas de aquél, comenzó a temer seriamente.

A media mañana fue convocado el pueblo en la plaza donde se había levantado un palco. Allí fue conducido el Padre Bruns para ser juzgado por el tribunal popular.

Y comenzó el proceso.

Ante las preguntas de los jueces tuvo que declarar todo lo que había hecho desde su llegada a China en 1938. Cuando lo interrogaron a qué había venido a China, contestó sin ambages:

—«Vine para propagar la verdadera fe y exhortar a los hombres a que sirvan a Dios y así mejoren su vida.»

No se le creyó, y continuaron manifestando su pensamiento de ser un espía de alguna nación extraña.

Para probar el P. Bruns que no estaba allí de matute, les presentó su pasaporte visado oportunamente por las mismas autoridades rojas. Lo miraron y lo arrojaron con desprecio sobre la mesa.

Le preguntaron también cuáles eran sus relaciones con el pueblo, a lo que contesto:

—«Hace más de un año que me encuentro aquí, preguntad al pueblo si tiene algo contra mí.»

No se saben otros particulares del proceso, ni si hubo alguna acusación particular. Parece, sin embargo, que alguien de la plebe gritó: «Muerte al extranjero».

El P. Bruns contestó:

—«No he violado las leyes chinas ni las de mi patria, ¿por qué debo morir?»

Los jueces se levantaron y lo echaron a puntapiés del palco, señal de que se lo entregaban al pueblo para que hiciera justicia.

Los asalariados ejecutaron la sentencia.

Se apoderaron de él y comenzaron a quitarle los vestidos de la parte superior del cuerpo.

El P. Bruns, tranquilamente, se quitó también el calzado y las medias y como aquéllos se opusieran a ello, éste les respondió:

—«Como mi señor Jesucristo murió pobre y desnudo, así quiero morir yo también.»

Le dieron orden de arrodillarse y mandaron al pueblo lo apaleasen.

Al primer golpe aún continuó erguido, pero luego, ante la persistencia de la paliza cayó en tierra bañado en su sangre mientras gritaba en alta voz y en lengua china:

«¡Señor, date prisa! Ven a tomar mi alma!»

Los verdugos, creyéndolo ya muerto, pasaron a ejecutar otros seis, que no se sabe si eran cristianos, y vueltos sobre el P. Bruns y, al encontrarle aún vivo, le abrieron el pecho con las bayonetas y le arrancaron el corazón, que dividieron entre sí comiéndolo ávidamente, según la creencia china, para asimilarse la fortaleza de quien desafía la muerte. Le cortaron luego la cabeza y la mandaron luego al hospital para preparar medicinas.

Aquella misma tarde el criado, a quien algunos cristianos habían detenido para que no presenciara la macabra escena, recabó de las autoridades permiso para sepultar el cuerpo del ajusticiado con la ayuda del catequista de aquella cristiandad, recogió con el cuerpo los cuajos de sangre, mezclados con tierra, y envolviéndolo todo en una cubierta de cama lo sepultaron en un campo del mismo catequista.

A media noche todo estaba terminado; mientras el P. Bruns estaría ya sentado en el banquete celeste que se había prometido desde la mañana.

Desde allí interceda por la pobre China y por nosotros sus hermanos que admiramos su constancia.

Todos los datos los ha dado el mismo criado.

Rueguen por nosotros y bendiga a su hijo y súbdito.

Fr. Gonzalo Valls, ofm

a

Primavera que has llegado

Primavera que has llegado
con tu manto de esmeraldas,
prodigando tus hechizos,
tus sonrisas y tus gracias,
a Natura que te acoge
exultante, alborozada...

¿Tú serás para mis ojos
que contemplan por la estancia
de esta cárcel tenebrosa
las tinieblas y las gasas,
luz radiante de esplendores,
y sonrisa de alborada?

¿Tú serás para mis labios
que destilan hiel amarga
de torturas, sinsabores,
de tristezas muy aciagas,
dulces mieles y elixires,
que confortan y que sacian?

¿Tú serás para mi frente
que circundan y taladran
las espinas punzadoras

del dolor, que la desangran,
blando céfiro que trenza
sus murmullos de balada?

¿Tú serás para mi pecho
que suspira y que no canta
por los dardos de la angustia
que en su seno se le clavan,
sonriente Primavera
de ternuras y de gracias?

¿Tú serás para las penas
que a mi ser hieren y matan,
dulce bálsamo de amores,
y refrigerio del alma,
y requiebro de ternuras,
y deliciosa fragancia?

Primavera que has llegado
con tu manto de esmeraldas...
Para mí sé Primavera
de luz, de risas y gracias,
y trenzaré tus sonrisas
con hilos de oro de mi alma.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Carcagente-Primavera de 1948.

A la puerta del cielo

Pues, señor, —así principian los cuentos—, el tío Casio era un buen hombre a carta cabal: honrado, trabajador, sobrio, amante de su familia, buen cristiano, esposo modelo y padre bonachón. Nunca se le vio en la taberna, pues del campo a casa y de casa a la iglesia, no tenía tiempo para más.

Sucedió un día... ¿sabéis qué sucedió? Pues que el tío Casio, como sucede a cada hijo de vecino —y si no sucede, sucederá— dejó de existir, es decir, se murió. Y allá se fue el tío Casto derechito al cielo. Sólo que, al llegar a la puerta, la halló cerrada y al santo Portero con cara de pocos amigos.

—¡Hola, san Pedro! ¿Haría usted el favor de abrir?

—No, señor.

—¡Hombre! digo... ¡Santo!

—No hay hombre ni santo que valga; yo no abro la puerta a nadie, únicamente por su cara bonita; es necesario que yo vea antes si usted trae la documentación en regla.

—¡Pues no he de traer!

Y entregó un rollo de papeles a San Pedro. Mientras el santo Portero los examinaba, el tío Casio se decía:

—¡Pues si yo he sido el hombre más de bien del mundo! Todos los día a Misa; todas las noches al Rosario; todos los domingos a confesar y comulgar; nunca he reñido con la suegra, ni le he pegado a mi mujer; jamás he leído un periódico malo, ni he dicho malas palabras; no he ido a cines, ni cafés, ni bares, ni he trabajado en día de fiesta; he observado los ayunos y abstinencias, y no hay mortal que pueda acusarme de que haya robado una paja ni deba un céntimo a nadie. ¡Claro que voy al cielo! Lo que me extraña es que el señor san Pedro no haya tenido noticia de mi llegada y estuviera a estas horas con las puertas cerradas.

—Pues hijo a mí no me extraña tanto —interrumpió el santo Portero— y me parece que has de marchar con la música a otra parte.

—¿Cómo?

—Como lo oyes, pues tus cuentas están muy defectuosas.

—¡Pero, San Pedro!...

—Sí, sí, como lo oyes; ya sabes que hay pecados de comisión y pecados de omisión.

—¡Pero, señor, si yo no he omitido nada! ¡Si fui a Misa todos los domingos, si pagué los diezmos y primicias cuando lo requerían los curas...!

—Sí, sí, ya lo sé. ¿Y qué tal tus hijos?

—Todos bien, gracias a Dios, menos el pequeño que ha quedado con sarampión.

—Sí, sí, ya, ya. Digo que ¿qué tal han salido ellos? Tú te encomendabas a Dios por las mañanas e ibas al rosario por las noches, ¿y ellos? Tú no perjurabas, antes bien recitabas algunas jaculatorias, ¿y ellos? Tú ibas a Misa ¿y ellos?

—Bien es verdad que han salido unos perdidos; pero, señor San Pedro, ¡si uno no podía con ellos! ¡Si no obedecían ni hacían caso de lo que se les ordenaba! ¡Si me llevé la mar de disgustos por sus andanzas y francachelas! ¡Si no respetaban ni a Dios ni a los hombres!

—Pues bien: para los malos padres, para los que crían hijos y no los educan desde niños como cristianos, no hay entrada en el reino de los cielos. El cuarto Mandamiento, que parece no es nada, obliga también bajo pecado y es uno de los óbices principales que encuentran los padres de familia al llegar a las puertas del cielo. Así que por disposición de Su Divina Majestad, hay que purgar en otra parte esas deudas y hacer méritos suficientes para merecer el premio eterno. Y menos mal que tus culpas tienes confesadas.

Y colorín colorado...

¡Cuántos Casios se verán sorprendidos por la misma causa al llegar a la puerta del cielo!

J. de Villar

Noticias

Profesión solemne

El día 7 de enero del presente año 1948 tuvo lugar en esta nuestra Iglesia de esta Comunidad de Franciscanos de Teruel, la profesión solemne de nuestro hermano lego Fray Conrado Lucas Tovar, tan conocido de muchos suscriptores de esta revista La Acción Antoniana.

A las 11 de la mañana comenzó la Misa solemne con asistencia del Señor Obispo de la Diócesis P. León Villuendas Polo. Fue el celebrante el P. Manuel Balaguer, Guardián de la Comunidad y delegado por el P. Provincial para recibir la profesión, siendo asistido como diácono y subdiácono por el P. Justo Sendra y D. José Vicente, Capellán de San Martín.

Iniciado el acto le dirigió la palabra el Señor Obispo con una exhortación admirable y fervorosa que puso de relieve la grandeza de la vocación religiosa, como meta de toda vocación que se digna dar Dios a las al mas para la vida cristiana y para la santidad.

Un nutrido coro de la Capilla de San Nicolás y del Hogar del Comandante Aguado, dirigido por su capellán Don José Navarro, y acompañado al órgano por el P. Álvaro, Superior del Asilo de San Nicolás, llenaron espléndidamente el canto de la Misa y motetes, así como las preces de la Letanía de los Santos de la Orden y, finalmente, el Tedeum.

A las muchas felicitaciones recibidas en ese día, reciba nuestro buen hermano y colaborador Fray Conrado los parabines del P. Director y redactores de la Revista.