Índice del número 242

Febrero de 1949. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

La paz sin Dios

A todo el mundo preocupan las trágicas perspectivas que ofrece esta paz simulada que padecemos.
Cuatro años van a cumplirse desde el día en que cesó el estruendo arrasador de los cañones, y en el cuerpo exangüe de la humanidad no se cicatrizan todavía las heridas, que dejó abiertas la feroz contienda; ni se apaga aún, a lo largo y ancho del planeta, la mecha de los odios, rencores y ambiciones humanas, que, de seguir ardiendo, puede provocar, en el momento menos pensado, un estallido más acerbo y cruel que el de los conflictos pasados.

Y es que los hombres se han empeñado en amasar una paz sin Dios, una paz, a lo sumo, de conveniencias materiales; una paz, prescindiendo de las enseñanzas del Evangelio y sin oír la voz incesante y angustiosa del Romano Pontífice; y como resultado de su vano intento, ahí está ese pastel caro y amargo, que sólo produce asco y repugnancia a las pocas almas de buena voluntad, que aún quedan en el mundo...

Al desbarajuste económico de las naciones, al malestar que ocasiona la carestía de la vida, al abismo, cada día mayor, que se abre entre los que todo lo derrochan y los que de todo carecen, hasta de lo más indispensable para su subsistencia; cabe agregar los horrores de la guerra en China, Tierra Santa y Grecia, los desórdenes sociales de Italia y Francia, los sufrimientos de la desventurada Polonia y demás países sojuzgados por Rusia, la supresión de la Iglesia Católica en Rumania, la tirantez provocada por el bloqueo soviético de Berlín, y otras mil lindezas, que convierten nuestro pobre y desdichado planeta, que debía ser un remanso de concordia, de armonía y de paz, en un avispero invivible, bajo los trallazos del odio y del terror, en el cínico y odioso imperio de la injusticia.

No hay paz para los impíos, dice la Sagrada Escritura, y estas palabras de Dios, justicieras y terribles, nunca han fallado, ni podrán fallar jamás.

La actual cuestión de Palestina y el peligro
de los Santos lugares

El día 20 de enero, el Sr. Obispo de Teruel, Fr. León Villuendas Polo, ofm., pronunció esta conferencia en el Salón del Palacio Arzobispal, con asistencia del Sr. Arzobispo de Valencia y un numeroso público. De ella hacemos una síntesis para nuestra Revista, por ser de extraordinario interés en el momento actual.

1.°) Estado de la cuestión

Árabes y judíos se están disputando la Palestina. Los judíos la quieren para hacer de ella su Hogar nacional, su Estado de Israel, y para conseguirlo necesitan expulsar a los árabes. Los árabes (musulmanes y cristianos), que la poseen desde hace 13 siglos, no se resignan a salir de su casa para que la habiten los nuevos inquilinos.

En el pleito, los árabes apoyan su derecho:

  1. en que constituyen la gran mayoría del país (1.250.000 por 550.000 judíos;
  2. en que la poseen por derecho de conquista por el Califa Ornar en el 638 después de Jesucristo;
  3. en que ellos trabajaron allí todos estos 13 siglos, regándola con su sudor;
  4. en que tienen en Palestina sus tradiciones, entre las cuales, su más venerado santuario del Islam, después de la Kaaba de la Meca, la Mezquita de Omar, y los cristianos tienen sus Santuarios.

Los judíos, contra estas razones, alegan para apoyar su derecho a Palestina:

  1. que 26 siglos antes de Ornar, Abraham, padre del pueblo hebreo, tomó posesión de ella por donación de Dios;
  2. que ellos la poseyeron durante 20 siglos;
  3. que ellos jamás renunciaron a Palestina de la que fueron expulsados por la fuerza;
  4. que todo el país está lleno de recuerdos y nombres de sus antepasados.

De tan encontrados derechos se ha originado la encarnizada lucha actual que pone en peligro los Santos Lugares.

2.°) Los árabes

Está muy generalizado el prejuicio de que la historia de los árabes, por lo que se refiere a Palestina, comenzó con el islamismo, y de que este pueblo tenía apenas personalidad en la historia antes de que Mahoma fundase el Estado musulmán en Medina y en la Meca. Las modernas investigaciones históricas han deshecho este prejuicio, demostrando que los árabes son un pueblo muy antiguo. Por lo que se refiere a Palestina, sintetizo su historia en los siguientes puntos:

  1. si no bajo el nombre de árabes, con denominaciones parciales de tribus, como ismaelitas y madianitas, ya son mencionados en el Pentateuco, en los siglos 20 y 19 antes de Cristo;
  2. posteriormente, los árabes desempeñaron importante papel en todas las civilizaciones del próximo Oriente, y en los imperios romano y bizantino constituyeron la importante «Provincia Arabia»;
  3. en la Era Cristiana, ya desde los primeros tiempos, el cristianismo floreció entre los árabes y tuvo numerosos mártires y gloriosos santos, desempeñando interesante papel en los primeros siglos. Así lo prueban ejemplos tan significativos como el del Concilio de Nicea (431), al que asistieron siete Obispos árabes;
  4. por lo que se refiere, particularmente a Palestina, en los primeros siglos hasta el 5.°, los árabes fueron católicos;
  5. Hacia el 6.°, perdiendo poco a poco el contacto con la Iglesia madre, Roma, los árabes de Palestina quedaron absorbidos por la Iglesia griega, la cual, si aún no era cismática, ya dejaba apuntar tendencias liberales a la vez que separatistas, con disgusto de los árabes, que eran profundamente religiosos;
  6. dada esta tensión entre los cristianos árabes y griegos, cuando en el siglo 7.°, los secuaces de Mahoma invadieron la Palestina, la población árabe cristiana los acogió con entusiasmo, no por razones religiosas, sino por simple paisanaje. Notable es en la historia la buena amistad del Patriarca de Jerusalén, el católico Sofronio y el conquistador de Jerusalén, el Califa musulmán Ornar;
  7. los Califas musulmanes «Omeyas» continuaron estas buenas relaciones y no se desdeñaban de tener consejeros y ministros católicos v. g. San Juan Damasceno;
  8. vinieron después otras dinastías de Califas musulmanes que persiguieron a los árabes cristianos, ocasionando la emigración de éstos;
  9. de una manera definitiva, y formando nación autónoma, pero sometida ya a Damasco, ya a Egipto, ya a Constantinopla, están los árabes en Palentina, desde el siglo 7.°;

En los últimos tiempos, bajo el mandato inglés, la población palestina era:

Habitantes, 1.517.990: árabes, 1.031.299; judíos, 473.881; extranjeros, 12.880.
Árabes, 1.031.299: musulmanes, 905.864; cristianos cismáticos, 89.365; cristianos católicos, 46.000.

N. B. Hoy, habitantes 1.800.000. De ellos, árabes (musulmanes y cristianos) 1.250.000; judíos, 550.000.
Pues ese millón y pico (hoy 1.250.000) de árabes, tanto en su mayoría de musulmanes, como en su minoría de cristianos (cismáticos y Católicos), no se resignan a que el medio millón de judíos inmigrados en Palestina de todas las partes del mundo les hagan salir de casa, que habitan desde hace 13 siglos, mientras quede uno vivo.

3.°) Los judíos

Conocemos uno de los bandos de los que hoy combaten en Palestina, los árabes, que cuentan como aliados los árabes de Egipto, de Siria, de la Transjordania, del Irak, etc.; estudiemos ahora el otro bando, los judíos. Permitidme antes, a guisa de preludio, una nota sintética sobre la historia de este pueblo singular. Fundándonos en la historia religiosa y civil, y en la Carta de San Pablo a los Romanos, cap. 9-11, en donde estudia el apóstol el problema de la incredulidad, reprobación y conversión de los judíos, podríamos dividir la historia de este pueblo, desde su origen con Abraham en el siglo 20 antes de Cristo, hasta el fin del mundo, en tres grandes períodos:

Dicho esto, estudiemos el otro bando de la lucha: los judíos. Expulsados de la tierra de sus mayores hace casi 20 siglos, en castigo de su deicidio, diseminados por todas las latitudes del mundo, aspiran a la conquista de Palestina para hacer de ella su hogar nacional, su Estado de Israel.

En el judaísmo mundial se distinguen claramente tres grupos principales de judíos: los sefardíes, de origen español; los askenazis, de los Balcanes y este de Europa; los sionistas, que han ganado para su causa a todos los judíos americanos, a los del centro de Europa y a los orientales en su mayoría. Mientras los grupos sefardíes y askenazis conservan, más o menos, pura la religión de sus mayores, los judíos sionistas son en su mayoría racionalistas, y prescinden de toda idea religiosa, pero aspiran a hacer valer el hebraísmo como nacionalidad, creando en Palestina un Estado judío independiente. Esta idea jamás abandonada por la raza proscrita, ha tomado cuerpo especialmente en los últimos tiempos.

Sus principales manifestaciones, por orden cronológico, son las siguientes:

En efecto, en Basilea, el año 1897, tuvo lugar el primer Congreso Sionista Mundial, al que siguieron sucesivamente otros en varias ciudades, con el ideal del establecimiento de los judíos en Palestina. En 1917, el ministro inglés Balfour, al terminar la Primera Guerra europea, agradecido a la ayuda económica judía, hizo la siguiente declaración en favor del «Hogar Nacional» para los judíos en Palestina. Dice así su declaración del 2 de noviembre de 1917: «El Gobierno británico mira con simpatía el establecimiento del pueblo judío en Palestina, y hará todo lo posible por facilitarlo, con la reserva de que no haga nada que pueda lesionar los derechos civiles y religiosos de las colectividades no israelitas existentes en Palestina.»

Obtenido el año 1920 el mandato sobre Palestina, Inglaterra favoreció los planes judíos, aunque procurando contentar también a los árabes. En 1929, se creó la entidad llamada «Agencia Judía», presidida por Weizmann, verdadera expresión de autonomía judía, germen del futuro «Estado de Israel». Terminada la última guerra mundial (1939-1945), Inglaterra, ante la crítica situación de satisfacer las opuestas exigencias que le hacían (como pago de facturas) judíos y árabes, se declaró insolvente y renunció al mandato sobre Palestina. La solución del angustioso problema de Palestina pasó a la ONU, que, alardeando de salomónica, decretó la partición de Palestina entre judíos y árabes y esto sin tener en cuenta los derechos seculares de los cristianos sobre los Santos Lugares.

La consecuencia fue la creación del «Estado judío» en 1947. Así las cosas, vino lo inevitable: la encarnizada lucha entre judíos y árabes, en la cual corren peligro los Santos Lugares. Antes de entrar en esta materia, permitidme una digresión que creo útil.

A mi juicio, la constitución de un Estado judío en Palestina no representa la finalidad suprema del judaísmo sionista. A mi modo de ver, en el judaísmo sionista deben distinguirse dos fines específicos que mutuamente se completan: uno. externo, al que se da categoría principal en la propaganda: la creación del Estado judío en Palestina; el otro, interno, tiene mayor alcance: es la dominación universal. Estos dos fines se relacionan y completan. Es decir, que: «El sionismo tiende a la constitución de un Estado judío en Palestina que sea centro de inspiración y dirección para el judaísmo mundial, el cual pretende el establecimiento de un reino universal, en el que Israel ha de ser quien mande y ordene.»

Así se realizará el sueño dorado de los judíos de todos los tiempos, basado en la interpretación material y grosera de muchas profecías del A. T., como la de Isaías, cap. 41, donde, según la interpretación de los judíos, el Vidente de Israel habla de un Mesías glorioso y guerrero que aniquilará las naciones para levantar sobre los escombros el trono del pueblo de Israel, que ha sido oprimido. Adormecido el pueblo judío en largos siglos de vida lánguida, triturado a veces bajo el peso de la dominación extranjera, leía y releía los oráculos de los profetas, recordaba su historia y tradiciones y soñaba en futuras grandezas de orden temporal...

No ha pensado ni piensa que el pacto de Dios con sus progenitores tenía por objeto la constitución de un reino universal de carácter espiritual; ni en su megalomanía se había fijado en el humilde «siervo de Yavé, cuyas humillaciones y triunfos se describen en el cap. 53 del mismo Isaías, que debían conquistar para todos los hombres el perdón de los pecados y la realidad estupenda de la gloria futura, todo como precio de su sangre vertida en cruz ignominiosa. El pueblo judío no comprendió ni comprende el reino de Dios en esta forma. Y si los 17 millones de judíos que habitan hoy el planeta se dividen en sectas, y muchos son indiferentes en materia religiosa, todos ellos conservan el orgullo de raza, y más o menos vagamente creen vinculadas a ellos las promesas de un reino, pero de este mundo. Es la degeneración del viejo y legítimo mesianismo.

Durante mi larga permanencia en Roma, al contemplar un arco triunfal del Foro romano, con relieves del candelabro de siete brazos del ornamento sacerdotal, y de la mesa de oro; al leer la inscripción de aquella medalla: «Judaea victa, Judaea capta» [Judea vencida, Judea capturada], pensaba en el emperador Tito, entonces sólo general, que acabó con la nacionalidad del pueblo judío el año 70 de la Era Cristiana. Había llegado el cumplimiento de la profecía de Oseas, 3, 4: «Los hijos de Israel estarán largo tiempo sin rey, sin príncipes, sin sacrificios, sin efod, sin santuario.» Han pasado ya casi 19 siglos, y ese pueblo, como el eterno judío de la leyenda, siempre errante, que no puede vivir ni morir, no ha podido volver a llevar una vida nacional. ¿Habrá llegado ya la hora de su reconstrucción nacional? ¿Se aproxima el misterio de reconciliación, que vaticinó San Pablo en su carta a los Romanos? Lo ignoramos...
Pero hora es ya de cerrar la digresión, y pasemos al punto principal de la conferencia.

(Continuará.)

Fr. León Villuendas, ofm
Obispo de Teruel

Los Caballeros Cruzados de Santo Espíritu en el
Real Colegio

Los Caballeros Cruzados de Santo Espíritu, Hermandad de la Cruz, como devoto obsequio han tenido el piadoso rasgo de ofrecer al Convento, una Imagen de San Diego de Alcalá, primorosa escultura ejecutada por los Hermanos Cruzados, señores José María Bayarri e Inocencio Cuesta. Con este motivo, la Hermandad, los días 22 y 23 del pasado mes de enero, han celebrado actos sencillos y emotivos que han sido dos días de feliz vivir.

Fragmento de la imagen de San Diego de Alcalá. José Mª BayarriEmpezaron estos actos a la entrada del Valle de Toliu, en el hondo y empinado y rocoso camino de Gilet; entre rocas desnudas y montes verdes de pinos; ambiente perfumado lleno de luz; en una de sus siete cimas del Valle, izada la Cruz, monumento de los Caballeros Cruzados; y, a la sombra del monte que sus imponentes peñascos son festón del blanco retablo dedicado a la Santísima Virgen, una enorme peña sirve de peana a la Imagen de San Diego, adornada de violetas. En tan bello paraje, tuvo lugar la solemne bendición por el P. Joaquín Sanchis, Ministro Provincial, asistido del P. Guardián y Comunidad, que en procesión rezando las Letanías, allí llegaron a recibir la Imagen del Santo Patrono, de los Frailes legos.

Un miembro de la Hermandad hizo la donación a la Comunidad y el P. Guardián, Bernardino Cervera, dio las gracias a la piadosa entidad, hija de la familia franciscana.

En procesión, sobre andas, fue llevada la Imagen por los Caballeros Cruzados, y los religiosos cantando los gozos del Santo, amado de Dios, a su capilla de la Iglesia.

El P. Ministro Provincial de la Orden Franciscana, con unción seráfica pronunció sentida alocución, exaltando el acto, dando al terminar su paternal bendición que todos recibieron de rodillas.

Puesta la Imagen en un retablo de pobres telas, las campanas y los truenos y tracas pregonaron su gran alegría a aquellas soledades, uniéndose a ellas gran cantidad de fuegos detonantes.

A continuación comenzó el Retiro Espiritual dirigido por el P. Joaquín Sanchis. Fue un día del cielo, gozado en la tierra. Terminó al siguiente, 24, con una solemnísima misa y un acto eucarístico.

Después de la comida, los brindis, festivos, ocurrentes y no exentos de enseñanzas luminosas, reanimaron a todos los cruzados en el santo propósito de mantener vivo su entusiasmo por Santo Espíritu del Monte.

José Mª Calvo


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

XIX. Un santo que hacía santos

La florecilla de hoy la recojo con particular cariño. Se trata de un religioso que llegué yo mismo a conocer, y en cuyos buenos ejemplos edifiqué muchas veces mis fervores de novicio. Era esto por los años de 1921 a 1922. El «santo que hacía santos» era Fr. Ezequiel Mampel, inspirado escultor, de cuyo arte se nutrieron casi todas las Iglesias de nuestra provincia regular, y muchas otras extrañas. Recuerdo perfectamente su estampa: Figura amable, encorvado por el peso de la edad —tenía 77 años—, porte recogido, siempre ocupado en sus quehaceres, suave en sus modales, avaro del tiempo, amigo del íntimo trato con Dios y muy poco del de las criaturas, puntual a todos los actos de comunidad y fervoroso como un novicio.

Eran, en verdad, aquéllos los años en que en la soledad de Santo Espíritu se preparaba para ir al cielo. Pero siempre, en todo tiempo y lugar, fue igual. Los Padres de la Restauración solían afirmar que Fr. Ezequiel era el alma más pura que había en la provincia. Su santidad era, a semejanza de la de su compañero Fr. Rafael Viñes. de ésas que no llaman la atención; aunque con frecuencia, por natural expansión de su espíritu, salía afuera lo que había dentro. Así, a veces, se le encontraba caminando por la montaña con los pies descalzos y las sandalias en las manos. Un género de penitencia de la que en aquella soledad pensaba que nadie podía ser testigo.

De los rasgos de su fervor, el que más me impresionaba en su sencillez era el siguiente. Los novicios teníamos el encargo de despertar a los religiosos. Y lo hacíamos golpeando a la puerta de las celdas, y diciendo: Ave María purísima; salutación que era contestada por cada religioso. Pues bien, cuando llegábamos al corredor donde habitaba Fr. Ezequiel, apenas oía el virtuoso anciano pronunciar el saludo a la Purísima, contestaba con todas las fuerzas de su alma: Sin pecado concebida, María Santísima. Y así continuaba repitiendo la misma respuesta tantas cuantas veces los novicios pronunciábamos el saludo mariano ante cada puerta. Si eran quince las celdas de aquel corredor, quince veces alababa Fr. Ezequiel a su Reina, y esto a pleno pulmón con un fervor que seguramente llegaría a regocijar el Corazón de la Madre de Dios.

Sus esculturas eran producto de su temperamento artístico y de su fervoroso espíritu. Se preparaba a cada obra con la oración, y convertía sus horas de taller en horas de oración. La mayor parte de sus imágenes han desaparecido con la revolución roja; pero todos recordamos la unción que las envolvía y la piedad que respiraban.

Murió Fr. Ezequiel el 3 de noviembre de 1927, y está enterrado en el cementerio de Santo Espíritu. El «Libro de defunciones» de la provincia hace de él el siguiente elogio: «Alma de oración y de sacrificio, espíritu refinado en la práctica de las virtudes y fiel hijo de San Francisco, todo esto era el santo varón que tanto enalteció durante casi 50 años nuestro hábito. No sólo fue buen escultor de imágenes sagradas, imprimiendo en ellas la inspiración del misterio y de lo sobrenatural, sino que estas cualidades se reflejaban en toda su vida, dechado de perfección moral.»

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm

A lengua de San Antonio

(15 de Febrero.)

El poder del Excelso hizo que un día,
cual de fe y de excelencia, testimonio,
se mostrara su gracia y lozanía,
en la lengua sin par de San Antonio.

En su Cuerpo de lirios y de rosas
do exhalaba perfumes, su alma pura,
ensañóse la Parca, y vaporosas
sus cenizas trenzaron su amargura.

Aquel rostro hechicero y agraciado,
expresión de ternuras y de amores,
que cubrió, con sus besos el Amado
aquel día..., sintió fuertes temblores.

Los luceros brillantes de su cara,
—ojos vivos, de albor claros fanales—,
se eclipsaron, muriendo su luz clara
en regiones de sombras funerales.

Aquel pecho encendido en llamas vivas
que arrastraba a los pueblos y a las gentes,
señalándoles gratas perspectivas,
dejó ya de arrancar brasas ardientes.

Y sus manos de lirios y azucenas
que ahuyentaron la muerte, con sus besos,
de las almas, ajadas por las penas,
han perdido sus gracias y embelesos.

Solamente el Señor preservar quiso
incorrupta su lengua prodigiosa,
que enseñó a los mortales, con su hechizo,
a entreabrir, del amor, la bella rosa.

Ella fue, soberana y prepotente,
la que dio luz y vida por doquiera...;
el amor, por su medio, hoy canta, y siente
resurgir la divina primavera.

San Antonio, con ella, por el mundo
bordó encajes de hechizos y de amores;
la piedad se abrasó, en amor profundo,
y por ella, se abrieron muchas flores.

Bendigamos a Dios, que a San Antonio
nos lo ha dado, cual timbre de victoria;
es su lengua de amor, fiel testimonio,
y es su vida, su lumbre y mejor gloria.


Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Carcagente, enero, 1949.

Los Ángeles custodios visibles del hogar

La Iglesia Católica presenta, dentro del ciclo litúrgico de Navidad, a todos los conductores de hombres, pero especialmente; a los padres de familia, un episodio evangélico bellísimo y aleccionador: la humilde huida a Egipto de la Sagrada Familia.

Refiere el evangelista San Mateo que, estando la Sagrada Familia, en la pobre casita que habitaba en Belén después de la Purificación, sumida en la paz y en el silencio de la noche, se le apareció en sueños un ángel del Señor a San José y le dijo: «Levántate, toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto. Estarás allí hasta que yo te diga que vuelvas. Porque Herodes ha de buscar al Niño para matarle.» «Y, levantándose al punto José, tomó al Niño y a su Madre y se fue a Egipto.» Y allí, en aquel remanso de paz, lejos del cruel perseguidor del Niño precioso y divino, permaneció refugiada la Sagrada Familia, hasta que el ángel del Señor se apareció nuevamente en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma el Niño y a su Madre y vuelve al país dé Israel, porque los que buscaban al Niño para quitarle la vida ya no existen.» Entonces, levantándose al instante, José tomó al Niño y a la Madre, y dejando el Egipto, se encaminó hacia Palestina. Pero llegado a la frontera «oyó que Arquelao reinaba en Judea, en lugar de su padre Herodes, y temió ir allí, y habiendo recibido mientras dormía un aviso del cielo, se retiró a Galilea». Se cumplió así el oráculo del Señor por boca de Oseas: Ex Aegypto vocavi filium meum: Yo he llamado a mi Hijo de la tierra de Egipto, es decir, lo he llamado de allí a su pueblo predilecto, al pueblo de Israel.

Este bellísimo pasaje evangélico nos dice, en resumen, que un ángel visible del Señor avisó en sueños a José sobre su huida a Egipto para salvar a Jesús y sobre su regreso, y que José cumplió con suma fidelidad este aviso que recibió del cielo.

Pues bien, cosa parecida ocurre en todas las familias cristianas. Ángeles del Señor dicen a los padres de familia, de una manera invisible pero real, que tomen a sus hijos y que huyan con ellos a Egipto. Es decir, que aparten a sus hijos del peligro a fin de que no perezcan a manos de sus crueles enemigos. Porque los niños tienen también sus Herodes que les buscan, no ya para quitarles la vida del cuerpo, sino para arrebatarles la vida de la gracia que recibieron en las aguas regeneradoras del Bautismo.

Estos crueles Herodes de los niños son, entre otros, los que siguen: el cine, las lecturas obscenas y las malas compañías. El cine, que en vez de ser un precioso instrumento de educación, es una escuela de corrupción; las lecturas obscenas que exaltando la imaginación y excitando la sensibilidad de los niños, los induce a manchar sus almas con impurezas; y las malas compañías, que, obrando a manera de cines y lecturas obscenas vivientes, inyectan el virus ponzoñoso del mal ejemplo en su corazones.

Pero así como los niños, a semejanza de Jesús, tienen sus Herodes que los persiguen, así también tienen, como Él, sus ángeles visibles que los defienden: son sus padres. Los padres son, en efecto, los ángeles custodios naturales que da Dios a los hijos para que los guíen por el intrincado laberinto de la vida y los defiendan del furor de sus enemigos. Los padres son los mayordomos que el Señor ha puesto en la tierra para que administren su propiedad que la constituyen sus hijos.

Nadie como el padre ama más a sus hijos; nadie como el padre conoce más a sus hijos; nadie como el padre puede observar más de cerca a sus hijos; y por consiguiente, nadie como el padre puede vigilar y dirigir mejor la educación de sus hijos.

Siendo esto así, siendo tan grande la obligación y la responsabilidad que. respecto de sus hijos, recae sobre 'os padres de familia, deben éstos vigilar con suma diligencia a sus hijos, observar sus defectos, averiguar sus relaciones, revisar sus lecturas, indagar sus diversiones. Porque así como el jefe de Estado que conduce mal a sus ciudadanos es el responsable de la perdición de su pueblo. así también el padre de familia que no guía bien a sus hijos es el responsable de la perdición de su familia.

Se lee en la Historia de nuestra Patria, que allá en la antigua Numancia se castigaba con la pena de muerte a aquellos que no guiaban bien.

Mucho más terrible será la pena con que Dios castigará al fin de los tiempos a los padres de familia que no han guiado o han guiado mal a sus hijos por la Numancia de esta vida, tan llena de encrucijadas, de espejismos y de misterios.

Mediten bien esto los padres de familia, y vigilen y oren para que sus hijos no caigan en la tentación.

Fr. Pacífico Torres, ofm

De justicia

a
Jesús Galbis
activo colaborador
de nuestra revista

Lo es camunicaros, que nuestro activísimo y constante colaborador D. Jesús Galbis, cuyas bellas y sustanciosas composiciones en verso y prosa habréis saboreado con placer muchas veces en las páginas de esta revista, se embarcó el día 26 del pasado diciembre, rumbo a Buenos Aires, a bordo del buque «Entreríos».

Al darle mi abrazo de despedida y decirle que no olvidara nuestra revista allende los mares, me contestó:
«¿Yo la olvidaré. Anuncia, de mi parte, a todos los lectores de La Acción Antoniana, que les ruego que me encomienden al Taumaturgo Paduano, y que les prometo seguir colaborando en la revista, desde la gran ciudad del Plata».

Según noticias de él recibidas, después de un feliz viaje, llegó ya sin novedad a Buenos Aires.

¿Verdad que todos nosotros encomendaréis su persona y sus negocios a San Antonio?

Así lo espera de vosotros vuestro afectísimo

Fr. Pacífico Torres, ofm

Tu vida en Cristo

A mi buena hermanita Enriqueta del Niño Jesús, Carmelita Descalza,
del convento de la Encamación, de Murcia.

De sencillez humilde revestida,
cual del Carmelo blanca y fiel paloma,
exhalas tú de Cristo el buen aroma
por los blancos senderos de tu vida...

En tu inocente corazón anida
la dulce paz, que a tu mirada asoma,
y tu alma hacia la altura vuelo toma
por el amor del buen Jesús herida...

Estás así feliz en ese ambiente
de paz y amor, que es cielo anticipado
a pesar de su aspecto penitente;

y buscas sólo en ese claustro amado
saciarte de la vida que hay latente
en la Divina Llaga del Costado...

Jesús Galbis

¡Tira adelante por el el buen camino!

Porque me consta que te acuerdas de lo dicho acerca de la puerta estrecha de la penitencia y de la necesidad de no abandonar jamás la estrecha y empinada senda de la perfección cristiana, por muchas que sean las dificultades que hagan surgir a tu paso los enemigos del alma; porque sé que has entrado por el buen camino del cumplimiento de tu deber y que quieres perseverar, cumpliéndolo por Dios, tanto en los días alegres como en los que te sientes presa de la tribulación; porque sé todo esto, es por lo que hoy vuelvo a tocar el tema de la puerta estrecha y de la senda que desde ella corre hasta la vida eterna.

Ya que entraste por el buen camino, no vuelvas atrás, ni salgas de él, ni te entretengas en bagatelas con pérdida del precioso tiempo que se te da para llegar a la cumbre de la perfección.

Mira a Jesús crucificado, pon los pies donde Jesús puso los suyos camino del Calvario, y tira esforzadamente hacia delante. «El que persevera hasta el fin, ése se salvará nos dice Jesucristo.» (Mt 10,22). Arriba hay que mirar y no abajo. El que mira abajo se marea viendo el precipicio que se abre a sus pies y corre peligro de caer en él. El que mira arriba, de lo alto donde está Dios atento a salvarle, recibe fuerzas para continuar por el camino de la ley de Dios, ajustándose a su santa voluntad, como en todo y siempre se ajustó Jesucristo v, a semejanza de El, todos los buenos cristianos.

Si la subida es ardua y penosa, el descanso en la cumbre donde se deja poseer Dios, es feliz y dichoso; y lo que de la gloria nos enseña la fe, debe mantenernos siempre firmes en el buen camino emprendido. «Tan grande es el bien que espero, que en las penas me deleito», acostumbraba decir el P. S. Francisco de Asís.

A la inversa: el presente goce de los sentidos y la seductora diversión de dejarse llevar de las pasiones por el anchuroso camino del mal, es deleite fugaz y deleznable, aunque otra cosa parezca, deja tras sí tedio y cansancio deprimente, y lleva a desdicha total y ruina sempiterna.

Recordemos, para grabar más firmemente estas verdades en nuestro corazón, las enseñanzas de Jesucristo a este propósito en la parábola del rico epulón:

«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y batista y tenía cada día espléndidos banquetes. Y había un hombre, por nombre Lázaro, el cual, cubierto de llagas, yacía arrimado a su portal, deseando hartarse de las migajas que caían de la mesa del rico; pero nadie se las daba y venían los perros y lamían sus llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado en el infierno. Y alzando sus ojos, mientras estaba en tormentos, vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro en su seno, y dando voces dijo: Padre Abraham, compadécete de mí y envía a Lázaro que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque me consumo en estas llamas. Le respondió Abraham: Hijo, acuérdate que tú recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, los males. Ahora, él es aquí consolado y tú afligido. Además, de que entre nosotros y vosotros se extiende un abismo insondable; de suerte que ni de aquí se puede pasar ahí. ni vosotros podéis venir a nosotros.» (Lc 16, 19 sig.).

También en la parábola de los talentos enseña Jesucristo la misma importantísima y trascendental verdad. Al criado trabajador y honrado que negoció acertadamente con el capital que su señor le entregó hasta llegar a duplicarlo, le dijo complacido su señor: «Ea, siervo bueno y diligente, porque lías sido fiel en lo poco, te haré dueño de mucho: entra en las delicias de tu señor.» Más al criado perezoso que no quiso tomarse molestias negociando, y enterró su dinero para que no se lo quitasen los ladrones, castigó severamente su señor después de haberle reprendido por haragán y maltrabaja: «Quitadle, dijo, el talento que le di y dádselo al que tiene diez talentos; porque a todo el que tiene lo que debe tener, se le dará aún más y tendrá con abundancia; mas al que no tiene lo que debe tener, le quitarán aun aquello que tiene. Arrojad a ese siervo inútil a las tinieblas de afuera, y allí que llore y rechine de dientes.» (Mt 24, 21 sig.).

¡Qué contraste tan desagradable y doloroso! Y no tendrá ya remedio en aquella hora decisiva.
Frecuentes son los cambios de fortuna en esta vida. Los hemos visto con ocasión de las guerras y está llena la historia de estos altibajos y alternativas. Los casos de Mardoqueo y Amán, de Daniel y sus acusadores, se van repitiendo indefinidamente. Si a veces triunfa el impostor y malvado hasta última hora, quizá porque Dios justísimo le paga en esta vida el poco bien que ha hecho, en la hora del juicio, en que se acaba el tiempo y comienza la eternidad, aparecerá cada uno con su valor personal y se restablecerá el equilibrio de la justicia que habrá de imperar eternamente.

Las almas fieles a Dios lo tienen presente para su consuelo y sostén. A nosotros también nos importa no olvidarlo. Compendiosamente nos lo recuerda el P. S. Francisco de Asís:

«El deleite es breve, la pena perpetua.
El padecimiento es corto, la gloria infinita.
La vocación es de muchos, la elección de pocos.
A cada cual se le dará su merecido.»

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Oración

que se reza diariamente en todas las Comunidades de la Orden de los Menores, para obtener la declaración dogmática de la Asunción:

iOh gloriosísima Virgen María! Confesamos tu Asunción en cuerpo y alma al cielo, donde reinas al lado de tu muy amado Hijo. Mas para que la gloria a Ti debida sea más completa no solo en el cielo sino también en la tierra, implora del Señor que la Santa Iglesia, ilustrada por la luz divina y movida eficazmente por el Espíritu Santo, defina con la autoridad del Romano Pontífice como dogma de fe tu gloriosa Asunción corporal a los cielos.