El Santo de todo el mundo

El 13 de junio de 1231 moría en Padua, a los 36 años de edad, Fr. Antonio. Las campanas rompieron al punto espontáneamente su silencio y las inocentes voces de los niños publicaron las glorias del taumaturgo, repitiendo a coro por las calles de la ciudad: «¡Ha muerto el Padre Santo! ¡Ha muerto San Antonio!» La Iglesia confirmó pronto la verdad que proferían los labios infantiles, y con su infalible oráculo elevó a los altares al humilde franciscano un año después de su muerte.

Esta canonización tan prematura constituye verdaderamente algo extraordinario en los anales de la Historia eclesiástica. Pero es que San Antonio se ha salido en todos los órdenes de los moldes conocidos. Si el cielo se apresuraba a glorificarle, no menos se apresuraba la tierra. Uno de los prodigios más raros de la piedad cristiana es, en efecto, la extensión que el culto de San Antonio ha tenido en todos los pueblos. Apenas si hay iglesia en el mundo en que no se venere una imagen del Santo Paduano. Bien pudo llamarle León XIII el Santo de todo el mundo.

Pero Antonio es el Santo de todo el mundo, porque a todos habla, porque para todos trae un mensaje del cielo.

Para los sabios es el Doctor evangélico, título con que le ha honrado oficialmente la Iglesia; la lámpara ardiente y luminosa, como le apellidó el abad Tomás Gallo; el Padre de la ciencia, según expresión del Cardenal Guido de Monfort; el Arca del Testamento, como dijo, admirado de sus conocimientos escriturístico, el Papa Gregorio IX.

Para los desvalidos es el Padre de los pobres, que les alimenta con esa obra admirable que lleva el nombre de Pan de San Antonio.

Los pequeños sienten hacia San Antonio la simpatía que despertaba en vida, cuando en sus correrías apostólicas era precedido de multitud de inocentes niños que, con ramos de olivo en las manos, entonaban alegres y devotos cánticos. Es Antonio el protector de la niñez, y las madres consagran con gozo sus hijos al Santo.

Las juventudes le veneran como ángel de la pureza y el Santo les brinda en su imagen un lirio, símbolo de sus gustos y preferencias; pero también de la celestial ayuda que experimentan los cristianos que acuden a su protección para salvaguardar la preciosa joya de la pureza.

Los mayores, no menos que los niños y los jóvenes, ponen también su confianza en San Antonio y ven en él el auxilio en toda tribulación, el abogado de las cosas perdidas, el Taumaturgo glorioso. No hay necesidad que no halle remedio ni dolor que no se mitigue si se acude al Santo de los prodigios.

Nosotros, los franciscanos, le miramos como a nuestro hermano de hábito, al celador de la observancia, al hijo predilecto del Serafín de Asís, que empujó a la Orden por los senderos de la virtud y de la ciencia.
¿Qué más? Hasta los mismos paganos sienten veneración por Antonio. Lo sabemos por los misioneros. Ellos nos dicen que no es raro ver ante el altar de San Antonio a infieles ofreciendo al Santo el obsequio de su mal entendida devoción. Y Antonio, que siente tanto celo misionero que ha sido declarado Patrón de las misiones franciscanas, no puede por menos de sonreír a esos infelices y con los bienes materiales que les regala abrirles el alma a los bienes del cielo.

Así ha resultado plenamente verdadera la frase de León XIII: San Antonio es en realidad el Santo de todo el mundo. Ningún mortal se halla fuera de su sombra protectora; ningún pueblo desconoce su protección.

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm

San Antonio de Padua

San Antonio de Padua, sutil llega
por los tenues senderos franciscanos
a nuestro corazón, llenas las manos
de almas dones de paz que nos entrega.

Llega a Valencia cuando nos anega
la devoción a todos sus hermanos,
de su vida y virtudes, y antonianos,
de él recibimos la celeste siega.

Espigas de su amor, en «San Lorenzo
de Valencia»; en su férvida capilla
de los deliquios nuestros confidentes.

¡Altar de San Antonio! Áureo comienzo
seráfico y, por fin, la maravilla
del Sagrario de amores refulgentes!

J. Mª Bayarri

a

La custodia de la catedral de Valencia

La obra, en construcción, hoy, pesará 1000 kgs., llevará 100 imágenes de los Apóstoles, del santoral valenciano y de los santos eucarísticos. Medirá 3 metros de altura y 4 con el armazón rodante de barras para 8 ó 12 sacerdotes. Está valuada la obra —toda en conjunto—en tres millones de pesetas.

Será mayor que la de Toledo y comparable a la magna de Sevilla. Todas las estatuas —obra de notables artistas— son de plata, y las vestiduras y los ornamentos están cincelados Llevará 44 escenas bíblicas en 11 bajorrelieves. El conjunto es de estilo barroco valenciano. El proyecto inicial se debe al arquitecto diocesano don Vicente Traver.

El orfebre es don Francisco Pajarón.

a

San Antonio y los pobres

Opinan comúnmente los teólogos que Dios concede a los Santos en el cielo poder para favorecer a aquellos hombres que viven en este mundo igual o parecidamente a como los Santos vivieron sobre la tierra.

Esta opinión común entre los teólogos se ve admirablemente corroborada en San Antonio de Padua. el cual vivió pobre y amó a los pobres en este mundo y, a juzgar por los muchos prodigios que realiza después de su muerte en beneficio de los menesterosos, en premio. Dios le ha constituido «Padre de los Pobres» en el cielo.

1. Vivió pobre. — Que vivió enamorado de la pobreza en este mundo, lo demuestra el hecho de haber trocado con heroísmo el bienestar que le ofrecía su noble y rica familia por las estrecheces y miserias de la Orden mendicante franciscana, en cuyo seno buscó la pobreza evangélica con tanto o más afán que los demás hombres buscan el oro y la riqueza, como el mismo San Antonio lo declara, de algún modo, en estas palabras que pronunció en un sermón: «Con muy justa razón puede compararse la pobreza con el oro, porque ella es lo que asegura a los pobres la magnificencia y la riqueza. Las riquezas terrenas son fuente de aflicción, más la pobreza nos trae consigo la alegría, ya que nos reviste de muchísimas virtudes.»

2. Amó a los pobres.—Que vivió sobre la tierra enamorado de los pobres, lo asegura Rolandino, quien, hablando de la caridad de San Antonio de Padua dice lo siguiente: «Era él tan compasivo e indulgente, que amaba a todos como a hermanos. No pudiendo dar a los pobrecitos dineros y bienes de que carecía, porque se había despojado de todo por amor a Jesús, daba todas las llamas de su caridad, se compadecía de sus miserias, les consolaba en sus aflicciones, suavizaba las asperezas de sus dolores con palabras dulces y saludables y los conducía siempre a Dios.»

Y lo dice también San Antonio en sus obras. «Los pobres —dice en su sermón de Septuagésima— debieran ser los amigos predilectos de los ricos, pues lo son de Cristo, y pueden ser sus valedores en el momento supremo y definitivo, porque Cristo aprecia como hecho a Sí mismo lo que con sus pobres se hace...» Y añade en el sermón del domingo II después de Pentecostés: «¡Ay de aquellos que poseen depósitos llenos de vino y de grano, y dos o tres pares de vestidos, mientras que los pobres de Cristo claman a las puertas con el estómago vacío y con su cuerpo desnudo, a quienes si algo se les da es muy poca cosa, y no de lo mejor, sino de lo peor! Vendrá, vendrá la hora en que clamarán ellos de pie, fuera de las puertas: Señor, Señor, ábrenos, y oirán lo que no quisieran oír: En verdad, en verdad, os desconozco.»

3. Padre de los pobres en el cielo.— Y que ahora, en premio. Dios le ha constituido «Padre de los pobres» en el cielo, es decir, que Dios le ha concedido poder para remediar desde las alturas a los indigentes que tanto amó en la tierra, lo proclaman muy alto los muchos y estupendos milagros que ha realizado desde el día de su tránsito a la gloria hasta hoy, en beneficio de aquellos menesterosos que han implorado su misericordia y, sobre todo, «El Pan de San Antonio», obra humilde y sencilla, pero genial y eminentemente social y caritativa, mediante la cual recauda el Santo Paduano cantidades de dinero fabulosas, con las que alimenta muchedumbre de hambrientos, viste innumerables desnudos y socorre muchas otras necesidades de infinidad de menesterosos en todo el mundo.

Termino, pues, estas líneas como las he comenzado: San Antonio de Padua vivió pobre y amó a los pobres en este mundo y, en premio, Dios le ha constituido «Padre de los pobres» en el cielo.

Fr. Pacífico Torres, ofm

La muerte

Nada más cierto y nada más incierto que la muerte. Estas dos afirmaciones, que parecen contradictorias, no lo son en realidad. Morir es una ley a la que nadie se sustrae. Ley promulgada por Dios como castigo del pecado original y a la que están sujetos todos los humanos. El mismo Hijo de Dios, al encarnarse, y su Madre Santísima, la Virgen María, no quisieron eludirla, al acabar una vida inmaculada cual fue la suya. Pero si todos hemos de morir, nadie sabe el día ni la hora: de aquí la incertidumbre. «Vosotros estad apercibidos, porque a la hora que menos pensáis —dice el Salvador— vendrá el Hijo del Hombre» (Lc 12, 40). «Estad sobre aviso —dice también—, velad y orad, porque no sabéis cuándo será el tiempo. Velad, pues, porque no sabéis cuando vendrá el dueño de la casa... No sea que cuando viniere de repente os halle durmiendo» (Mc 13, 35-36).

Todas estas alusiones que hace el Señor a la muerte y la experiencia de cada día, bien nos persuaden de que la muerte viene para todos los mortales de modo inesperado, «como un ladrón». Recientemente, en nuestra ciudad! se preparaba un homenaje a un anciano director de un diario local, por su actuación pública en más de 50 años de comunicación con sus lectores. Y como es sabido, el jueves anterior al domingo en que se celebraría aquél, cayó enfermo don Teodoro Llórente, que es el distinguido periodista de referencia; pocos días después entregaba su alma a Dios, confortado con los auxilios de la Religión.

Cosa análoga ocurrió hace seis años al ilustre escritor Rodríguez Marín, director de la Real Academia Española, que también contaba más de 80 años (exactamente, 88): a mediados de la semana anterior al día en que se le ofrendaría una medalla de oro, homenaje de sus admiradores, moría plácida y religiosamente, sin llegar a leer en público el discurso de gracias que tenía preparado y que pudo ver ya impreso, poco antes de morir. Y algo semejante, en tiempos más antiguos ocurrió al poeta Torcuato Tasso, en Roma.

Iba a ser coronado solemnemente en el Capitolio, con el laurel de la poesía, en 24 de abril de 1595, el inmortal cantor de las Cruzadas, en su poema heroico «Jerusalén libertada». La víspera de ese día, Roma entera se engalanaba para celebrar el acontecimiento; en balcones y ventanas se mostraban colgaduras; guirnaldas de mirto y rosas, coronas de oro y plata se preparaban para arrojarlas al poeta cuando desfilara en el cortejo que le acompañaba al Capitolio. Y éste se decoraba severamente para la ceremonia. Pero al caer la tarde «doblaron tristemente las campanas de San Onofre —dice la Condesa de Pardo Bazán— y con la celeridad del rayo se esparció por la ciudad la noticia de que el poeta acababa de morir.» «Tal vez sería el ángel guardián del poeta —añade la escritora— quien dulcemente sonrió al tomarle en sus brazos para conducirle a lugar en que una corona mejor que la del Capitolio esperaba al cantor de las Cruzadas.»

Meditando sobre estos hechos viene a las mientes el pensamiento del gran orador sagrado Massillon, delante de los despojos mortales del rey más grande de su tiempo Luis XIV: «¡Sólo Dios es grande, hermanos míos!», pues todo lo demás es efímero y pasajero.

Y a todos los que cruzamos este valle de lágrimas se nos pueden aplicar los versos de aquella elegía de Chenier, poeta guillotinado por la Revolución francesa:

«¿Qué sois mortales? Hojas que en alto desde la copa que se eleva al cielo cubrís la tierra so un dosel sombrío y al cansado viandante dais consuelo; pero los soplos del helado cierzo os barrerán ya secas por el suelo y cuando fuereis pasto de la llama con nuevas hojas se ornará esta rama.»

¡Quiera Dios que al secarse nuestra vida no nos sorprenda la muerte, sino que nos encuentre vigilantes y preparados para presentarnos al Supremo Juez que pueda acogernos con su misericordia!

Arturo Fosar Bayarri

Eucaristía

Añoranzas de amor de los trigales
captando vas las auras en sus vuelos,
y otras ansias de amor de los majuelos
escucha en sus andanzas matinales.

Es el fuego de Dios que les alienta,
y es su amor que amanece cada día
y esparce la ansiedad de Eucaristía
en todo ser y vida que Él fomenta.

Es Dios, la Eucaristía en sus amores
que quiere unir su ser al ser humano,
es el canto de gracias soberano
que esparce la natura en sus albores.

Como el sol con sus rayos vivifica
todo ser que en la tierra tiene aliento,
así Dios a las almas da incremento
y su pan, pan de amor, les deifica.

Albores de la luz a la natura,
cuando el sol amanece cada día,
fervores del amor de Eucaristía
a la tierra la inundan de dulzura.

Es de Dios el amor que los conmueve,
Cielo y sol, valles, montes y praderas,
mar azul, mar de luz, flores camperas,
todo ser a loar a Dios se mueve
con ansias de ser pan de Eucaristía.

Los trigales ser hostias van soñando;
los majuelos, sus uvas sazonando,
suspiran porque llegue en algún día
ser trocado su mosto en sangre pura,

la Sangre del Buen Dios sacramentado,
por su amor infinito anonadado,
y a vivir noche y día en la estrechura
de un humilde Sagrario quiere estar;

grandiosa maravilla que de amores
a toda la natura da fervores
y anhelos de vivir junto a su altar.

Si quieren los trigales dar sus panes,
quieren ser, a su vez, las amapolas
lampadarios de amor que arden a solas
en su altar, que es imán de sus afanes.

Inquietas mariposas, que en las flores
van libando los néctares sabrosos,
quisieran ir con vuelos caprichosos
a libar en la flor de los amores;

y las rosas, los nardos y jazmines
quisieran en su altar verter aromas
y dar dulces arrullos las palomas,
cual vierten su cantar los serafines.

Y es un himno eucarístico de amores
la dulce salmodia de las aves
que llena la natura en notas suaves
al ritmo del cantar de ruiseñores.

Es que Dios amanece cada día
cuando el sol amanece en la natura,
y se inunda de amor toda criatura
con ansias de ser pan de Eucaristía.

Sólo tú, alma buena y ser humano,
sólo tú cumplir puedes ese anhelo;
regocíjate y levántate del suelo,
porque Dios quiere ser tu Dios y hermano;

levanta y come el pan de Eucaristía
las ansias del trigal y los majuelos
dan cumplido placer a tus anhelos
si recibes a Dios en cada día.

Los cielos y la tierra, mar y flores,
los montes y los valles y fontanas,
con himnos de armonías soberanas
bendicen al buen Dios de los amores.

Bendícele también, oh tú, alma mía,
es Dios Santo quien llena tus anhelos,
que si el ángel pudiera tener celos
los tuviera de ti por cada día
que recibes el Pan de Eucaristía.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

El sol de las almas

En el orden espiritual como en el físico. el sol es un elemento indispensable de vida.

Mirad esas plantitas tiernas y débiles, que adornan las habitaciones interiores de muchas casas, cómo amarillean y languidecen y hasta se marchitan y mueren si se las hace permanecer muchos días sedientas de sol...; y al contrario, ved cómo la creación entera recibe alborozada las caricias ardientes del Hermano Sol (como amorosamente llamó San Francisco de Asís al astro del día), cuando éste comienza a extender los rayos de su dorada cabellera por los confines del universo.

Así, en el orden espiritual o de la Gracia, Jesucristo es el Sol divino de las almas, bajo cuyos saludables reflejos éstas se reaniman y viven y sin los cuales languidecerían entre las sombras de un frío mortal.

Ahora bien; como en ninguna parte mejor que en la Eucaristía ostenta Jesús ese carácter atrayente y vivificador, ha querido la Santa iglesia nuestra Madre que en las exposiciones solemnes de la Divina Majestad de Jesucristo Sacramentado se coloque la Hostia bendita en áurea custodia, radiante y bella, como un sol... Y si abrimos el libro sagrado de los Evangelios, encontraremos confirmados estos mismos conceptos con las siguientes inefables palabras de Jesús: «Yo soy la Vida... Yo soy la luz del mundo...»

La luz no sólo es el esplendor de la vida, sino que es, además, como el complemento indispensable que la embellece y perfecciona. Por eso, si Jesús es la Vida misma de las almas, no podía menos que ser también su Luz: luz divina que disipa las tinieblas de los que a El se acercan y envuelve en sus tibios y acariciadores rayos los corazones lacerados por el dolor o marchitos por la culpa, para revivirlos a la felicidad y a la Gracia...

De ahí la necesidad íntima, permanente, constante, que tenemos de Jesús.

Nadie llenará en nuestro corazón el vacío que sólo El puede llenar; nadie le dará a nuestra alma la plenitud de la Vida que sólo El puede dar... Necesitamos a Jesús, no sólo para ser perfectos, para ser santos, sino aun sencillamente para vivir la Vida de la Gracia, siquiera sea en su grado más ínfimo... Necesitamos a Jesús más que las plantas necesitan la luz y el calor del sol, para no morir...

Todos hemos visto cómo es necesario sacar al sol, para que no se mueran, las plantitas que, colocadas en sus respectivas macetas, adornan dependencias interiores de las casas... De la misma manera es indispensable colocar con frecuencia (mejor fuera todos los días y muchas veces cada día) bajo las claridades del Sol Eucarístico a nuestras almas, plantitas delicadas y enfermizas que en el frágil tiesto de un cuerpo de arcilla perecerían sin remisión al faltarles la luz y el calor de quien es su sostén y su vida...

Para suplir esa íntima y suprema necesidad de nuestras almas se ha quedado Cristo en el Sagrario, como dulce prisionero de nuestro amor... Allí esta, esperándonos con la Luz y la vida que nos faltan, las cuales le brotan en raudal inmenso de la herida de su Divino Corazón...

¡Vayamos a Él! No importa que en su presencia estemos secos, decaídos, tristes... Así están también en la soledad de los campos muchos árboles y plantas, después de noches tormentosas o de días sin sol, cargados de furiosos vendavales; mas al renacer la calma y brillar de nuevo los rayos solares sobre esos arbustos desgajados y esqueléticos, los vemos luego renacer a la frondosidad y a la vida...

Muchas tormentas agitan nuestro espíritu en el mar proceloso de la existencia. ¡Cuántas veces nuestro corazón cargado de sinsabores y desengaños, quebradizo y exánime, estará a punto de perecer!... Entonces y siempre vayamos a Jesús: que nos bañe nuestras miserias en la luz divina que de Él brota y al levantarnos de su altar, veremos transformadas las arideces y ruinas de nuestro pobre espíritu en una fecunda floración de felicidad inmensa, aún para esta vida, y de ventura eterna para el cielo...

Jesús Galbis

El último león del Corpus

Pues, sí, lector... Esto de que en España hallan leones no es natural. Ahora no hay; bueno, sí los hay en algún parque zoológico, pero no es a esta manera de tener leones la que yo me refiero. La distribución geográfica no nos da tales animales y, sin embargo, en España hemos tenido leones, y muchos diría, que si no los conocemos a todos es porque todos no se congraciaron con la Historia. Y nos fue hasta casi natural.

Yo pienso que fue todo un símbolo: aquella España de Imperio que nos caracterizó con lo del Ibero León; nuestra mística, que encontró también su metáfora sublime en el fiero animal, y aquella disposición de hombres de nuestros hombres de los siglos de oro, y aquí abro el tiempo, extendiéndolo hasta la mal conocida Edad Media... ¡Señores, qué grandes fuimos! Y para que esto no sea énfasis de prolegómenos, o no quede sólo en ello, recordemos los hechos reales que así así nos vienen a la imaginación.

Esa escena de el «Don Quijote», que el lápiz asombroso de Doré, gemelo a la pluma de Cervantes, nos representa al ilustre manchego desafiando a que saliera el león de la jaula; esta otra que la ilustración maravillosa de Segrelles nos da del Cid conduciendo, asido de la melena, a su león escapado, que tanto asustó a los Condes de Carrión... ¿Quizás fuera éste el primero que tuviéramos en Valencia? Puede ser. Pero ahora vamos a charlar del último y de otro último león que llegó a salir en nuestra histórica procesión del Corpus hasta mediados del pasado siglo. Luego sí que parece ser, a su modo, una cosa natural la del león entre nosotros. Todo tiene su historia.

En 1397, unos corsarios moros desembarcaron en nuestras playas, en el lugar llamado Capicorp, se dirigieron a Torreblanca, donde saquearon todas sus viviendas y robaron hasta la custodia con la Sagrada Forma. No se tardó en saberse en Valencia, armándose galeras para que salieran en su persecución. Tuvo la suerte la galera que fue costeada por el Gremio de Curtidores, tripulada por individuos de su seno, quien les diera alcance cerca ya las costas argelinas. Se trabó un fuerte combate, que obligó a los buques moros a varar y saltar a tierra. Hicieron lo mismo los nuestros y allí perdió la vida el capitán don Jaime Pertusa. Amilanados por esta muerte los curtidores, ya iban a retirarse, cuando en su último esfuerzo vieron descender de los montes un gran león que acometiendo furioso a los moros arrancó del pecho de uno de ellos la Sagrada Hostia. ¡Victoria!

Así, triunfadores, se trajeron «els blanquers» al providencial león a Valencia, que manso como un perrillo vivió, como recuerdo milagroso, en la casa gremial, que lo eran unas dependencias de las Torres de Serranos. No sé decir cuándo murió; lo dejaron morir de viejo. Y entonces se tuvo la genial idea de conservar su piel, con la que salía revestido uno de los agremiados en la procesión del Corpus, en memoria del hecho, saludando cortésmente a balcones y aceras. El «tío Vicent», si no me falla la memoria, fue el último león. Se había sofocado mucho durante el trayecto de la procesión y al llegar a casa se bebió una horchata. ¡Qué barbaridad! La horchata es un veneno para el león; y a él también lo mató, aun con la piel encima.

Nadie le ha sucedido ya. Lector: A nuestra alma española, de calentura de león, la frialdad de la horchata de la vida moderna ¡también es un veneno! ¡La mata!

Salvador Riera, T. F.

Consultorio religioso

¿Es verdad que las pasiones y vicios de los padres pueden influenciar la conducta moral de los hijos?

Sí, señor. Así nos lo dicen médicos y psicólogos. De ahí la enorme responsabilidad de los que van al matrimonio quizá con un poco de inmoralidad en el cuerpo que habrá de gravitar el día de mañana sobre seres inocentes.

Fray Agnello, ¿qué es el amor propio?

Se llama así el amor desordenado a sí mismo, el cual consiste en cuidar más del cuerpo que del alma, o también en buscar su propio interés con perjuicio del prójimo. No es buen cristiano el que no combate el amor propio, llamado por el Apóstol «raíz de todos los pecados». El amor propio se opone también al amor de sí mismo, pues busca unas satisfacciones efímeras y viles con detrimento del verdadero bien. En este sentido ha dicho Jesucristo: «El que aborrece su alma en este mundo, la guarda para la vida eterna.»

Es decir, el que combate el amor propio y los perversos instintos de la naturaleza en esta vida, salva su alma para la vida eterna.

En los orígenes del género humano, ¿era lícito el casamiento entre hermanos?

Claro; la propagación del género humano no hubiera sido posible de otro modo. Por eso dispensó Dios, por entonces, de la ley natural, que prohibe severamente el casamiento entre hermanos.

¿Es verdad el que existe relación entre los caracteres físicos, rasgos de la cara, etc., y la manera de ser o carácter de una personal

Sí que lo es. El alma influye mucho en el cuerpo. Por ejemplo, un espíritu alegre y optimista brilla en la Sonrisa, y en los ojos, y en el tono de la voz. Un espíritu vengativo se manifiesta en el entrecejo, en los labios fruncidos y en las arrugas de la frente. Un proverbio latino dice: mala facies, malum facies, que usted sabrá traducir perfectamente.

Tienes mala cara, haces el mal. Ricardo García Villoslada en la página 541 de su biografía de San Ignacio de Loyola utiliza esta frase cuando habla de la selección que el Santo hacía de los candidatos al noviciado: "acostumbraba a exigir que tuviesen trazos fisionómicos "honestos y repetables", sin deformación corporal notable "a no ser que tengan otras cualidades tan notables que con ellas compensases esa falta"; mala facies, malum facies, repetía.

Nada más lejos de lo que hoy se piensa

Vida sencilla y oculta

La vida de la Santísima Virgen fué sencilla y oculta. ¡Sólo en todo conocida de Jesús! Qué modelo para la nuestra.

Jesús, a su Madre Inmaculada, no la libró de continuas cruces, sufrimientos del corazón... ¡Como que su vida era la suya!

Mas en goce y amargura, éstas fueron las palabras de María: «Hágase en mí según tu palabra.» Y en ellas encerró todo su abandono, todo su amor, todas sus aspiraciones de santidad.

¡Oh, Madre nuestra, que aprendamos de Ti la perfecta donación a Jesús, y enséñanos a conservarla en medio de la dificultad, del abandono, del dolor...

Que nuestra vida sea la que da y se da calladamente, ¡envuelta en sacrificio y oración!

María de Santangel

Roma y Babel

El título que encabeza estas líneas representa fielmente el estado actual del mundo, pues si echamos una ojeada al panorama mundial, veremos que éste se deslinda en dos partes, separadas por una ancha sima: ROMA, entendiéndose con ello no sólo la capital de Italia, la ciudad del arte por excelencia, sino el orbe cristiano bajo la obediencia de Pío XII, y el resto del mundo no católico, al que bien se le puede llamar BABEL, en el amplio sentido de la palabra, pues vemos que no se entienden ni en las cosas más nimias, a pesar de haber varias lenguas comunes entre ellos, privilegio que no gozaron en la legendaria torre de Babel.

Estando al corriente de los acontecimientos mundiales, salta en seguida a nuestra vista que la Iglesia Católica es atacada por sus cuatro lados, no directamente a ella ,sino en sus miembros; ejemplos claros tenemos, y por desgracia abundantes, estos días, como la prisión, «proceso», si es que a esto puede llamarse proceso, y condena de Monseñor Luis Stepinac, Arzobispo de Zagreb y Primado de Croacia, y más reciente todavía la inicua y criminal condena del Cardenal Mindszenty, Primado de Hungría, perpetrados ambos por los emisarios del Kremlin, con lo cual creen ellos ir asolando la inquebrantable religión católica; más vemos que el resultado es contraproducente, pues mientras estos dos grandes purpurados de la Iglesia Romana moran y sufren entre las paredes de las frías celdas, un gran vocerío se ha levantado en el Orbe contra estas criminales causas, defendiendo la dignidad de los ofendidos y los derechos que a todo hombre, por ser tal, asisten.

¿Qué crimen cometieron estos dos grandes Primados para que sufran semejante condena?

Simplemente, que siguen a Cristo y no han querido capitular ante las exigencias impuestas por los comunistas o los ahijados de éstos.

La Iglesia, como madre, llora los sufrimientos de sus hijos, pero al mismo tiempo se enorgullece de tener unos descendientes que ostentan con dignidad y honor el nombre que un día recibieran bajo las aguas bautismales.

Volviendo al tema de donde habíamos partido, diremos: ¿Cuál es el vínculo que une y hermana a las naciones católicas y falta a las demás? Uno sólo: la fe, univocidad de creencias y sentimientos. Esta virtud es el único enlace que puede unir a una sociedad, un pueblo o una nación, y vemos el resultado contrario, que se produce en una nación cuando predominan la libertad de conciencia o se predica la diversidad de cultos. No hace falta enumerar la larga lista de pueblos y naciones que por esta causa se han hundido en el caos, al transcurso de los siglos.

La Iglesia Romana, aunque esparcida por todo el mundo, es una sociedad perfecta, con un fuerte vínculo de unión: la Fe, y un único jefe: el Papa.

El Catolicismo ha sufrido, sufre y sufrirá los embates de sus enemigos, y aunque han llegado momentos en su historia en que ha parecido iba a sucumbir, a causa de las horribles matanzas, ocurridas en las persecuciones de que ha sido objeto, vemos ha surgido airosa y fuerte, porque ya lo dijo Jesucristo cuando erigió a San Pedro en primer Papa: «...y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.»
Y aunque hoy, por desgracia exista una Babel tan numerosa rodeando a una airosa Roma, parece como si Dios así lo hubiese dispuesto, puesto que la verdad brilla entre el error como la luz para brillar necesita obscuridad, pues vemos que después de esta calamitosa guerra, Roma es la que predomina y a ella dirigen sus miradas los pueblos en busca de la verdad, puesto que la verdad es única y de ella la Iglesia es la depositaría.

José Alba

a

Abrazo seráfico

A los colegiales del Seminario Seráfico de Benisa.

—La voz del Crucificado
ha requerido de amores
al Serafín Humanado
que llora por sus dolores.


— ¡Oh!, «que el amor no es amado»,
les dice a los pecadores;
y el Serafín, abrasado,
quiere sufrir los horrores
de la Pasión del Amado,
de las espinas y azotes,
de las afrentas y agravios
que le infieren los traidores...!

¡Oh!, ¡si el amor fuese amado!
¡Cómo brotarían flores
do las espinas y cardos
ahogan los corazones...!

Así responde Francisco
a Jesús Crucificado.

El amor del Nuevo Cristo
en un volcán se ha trocado.
Por eso acerca su cuerpo,
por eso allega sus labios
y quiere beber, sediento,
la sangre de su costado,
el néctar que engendra lirios,
aquel mosto regalado,
preparado por Dios mismo,
en el Huerto del Amado.


—El Divino Crucifijo,
con su brazo desclavado,
con el brazo desprendido
de la Cruz donde está clavado...
atrae al Siervo Francisco
y lo estrecha enamorado,
y le da a beber las mieles
de la Llaga del Costado.

Y tan fuerte se han fundido
los corazones de entre ambos,
que, cual zumo de racimos,
gota a gota destilando...
Así los dos corazones
de los dos Crucificados
van destilando su sangre
sobre un mundo desalmado.

Al chocar sobre las rocas
en tierra fértil trocaron,
y donde abrojos y erizos
se mezclaban con los cardos...
Allí al punto florecieron
hermosos lirios y nardos,
y de alburas se vistieron
los rosales y el naranjo.

—Ya puedes, dice Francisco
a Jesús Crucificado,
ya puedes buscar abrigo
en la sombra del manzano,
que ya sus frutos perfuman
todo el valle, todo el prado.
Ya de sangre se han teñido
las flores de los granados.

Aquí encontrarán mis hijos
sombra abundosa y descanso.
En el césped y las frondas,
ricos y sabrosos pastos.
En la fuente de tus llagas,
su sed saciará el rebaño
de mi Orden, que ha nacido
al calor de aqueste abrazo.

¡Oh!, ¡qué fértil, cuán fecundo
aquel ABRAZO SERAFICO...!
En el jardín de la Iglesia
brotó el VERGEL FRANCISCANO

F. C. Ibáñez

Grandiosa fiesta Valenciana en Buenos Aires

El alma valenciana vibró ayer en Buenos Aires, a impulso de los dos grandes amores que atraen y polarizan todos sus afectos: LA MARETA y LA SENYERA.

LA MARETA

En el riquísimo altar mayor, todo de mármol, de la Basílica de San Nicolás de Bari, enclavada en el sector más populoso y aristocrático de Buenos Aires, se venera la primorosa imagen de la Virgen de los Desamparados, tallada en cedro por el genial artista señor Ponsoda y que tiene un parecido extraordinario con la auténtica Patrona de Valencia.

La Asociación de Nuestra Señora de los Desamparados, formada por damas y caballeros valencianos residentes en Buenos Aires y secundada por los más destacados elementos de la colonia valenciana de esta capital, celebró con devotos cultos la fiesta de nuestra adorada Patrona, con arreglo al orden siguiente:

El sábado 7, a las 12 del día, por la revista radiofónica «Ráfagas de España» se hizo el anuncio de la fiesta, leyéndose unas líneas y un soneto del que esto escribe dedicado a la Virgen de los Desamparados que se venera en esta capital.

A las seis de la tarde hubo Rosario, Salve solemne, preces en honor de la Virgen de los Desamparados y bendición con Su Divina Majestad.

El domingo 8, a las 8'30 de la mañana, Misa de Comunión, que estuvo muy concurrida, y a las 10 tuvo lugar la solemne Misa cantada a toda orquesta y con sermón a cargo del muy reverendo padre fray José Cuervo, Provincial de los Dominicos. Se cantó la misa inspirada en el «Tantum ergo» español del maestro José Rivera.

Al recordar la parte musical de esta solemnidad, que estuvo brillante, no puedo menos de evocar con honda emoción la letra y la música del himno «Valencia canta», del maestro Serrano, cuyas encendidas estrofas parecían desgranarse desde el cielo como una lluvia de flores y de estrellas, de chispas de amor y rocío de lágrimas, que abrasaban nuestro corazón y bañaban nuestros ojos, tan lejos de Valencia por la distancia y tan cerca, ¡qué digo!, tan clavados dentro de su mismo corazón, por el afecto.

LA SENYERA

En el archivo de la misma Basílica de San Nicolás de Bari se guarda la Senyera, que es fiel copia de la verdadera Senyera valenciana y que fue traída a esta capital hace ahora justamente 50 años.

Momentos antes de la misa, que con tanta solemnidad iba a celebrarse en honor de la Patrona de Valencia, penetró en el templo la Senyera valenciana, escoltada por las banderas argentina y española, a los acordes de la majestuosa marcha de la ciudad. Aquel fue un momento de indescriptible emoción patriótica. El templo estaba literalmente abarrotado de fieles y todos teníamos clavados nuestros ojos ,húmedos de lágrimas, en aquel símbolo santo de la «terreta», mientras que nuestra fantasía volaba por los alrededores del «Micalet», ansiosa de ver el traslado de la Virgen y deshojar las fibras de nuestro corazón, como una de tantas rosas más, para alfombrar las calles al paso de la Mare de Deu...

Al final de la misa salió del templo la Senyera con los mismos honores que a la entrada.

A la una de la tarde tuvo lugar, en los regios salones del «Casal de Catalunya», una suculenta paella, que nos hizo recordar nuestros buenos tiempos de Valencia, y a las 5 se celebró allí mismo un emotivo y sentido homenaje a la Senyera, que escoltada por lindas muchachas ataviadas con el deslumbrante traje de labradora valenciana, fue colocada como en trono de gloria en el escenario del gran salón de actos, y al ser descubierta, la concurrencia prorrumpió en atronadores aplausos, entonando todos a coro nuestro bello himno regional.

Terminado el himno, declamó el que esto escribe un «Canto a la Senyera», compuesto especialmente para este acto, y la gran recitadora valenciana doña Mercedes Torres deleitó a la concurrencia con hermosas composiciones valencianistas de Teodoro Llórente y Serrano Clavero, que fueron muy aplaudidas.

Así terminó la jornada religioso-patriótica de ayer, que ha dejado en los ánimos de todos los valencianos de Buenos Aires los más dulces recuerdos de la añorada «terreta» y les ha hecho sentir las más agradables y simpáticas emociones.

Jesús Galbis
Buenos Aires, 9 de mayo de 1949.

La Virgen en Fátima y Jesús en Heede

Era por el año 1938. Yo, en el exilio, vivía a la sazón en Alemania, hospedado en el convento de Religiosas de Santa Ana, en la calle de Annastrasse, y colaboraba en el Consulado español como secretario accidental, a falta de personal por causa de la guerra.

Pues bien; ya a partir de 1937 corrían rumores de acontecimientos extraordinarios en el pueblo de Heede. perteneciente al Obispado de Osnabruck y próximo a la frontera de Holanda.

La Virgen, según contaban, se aparecía a cuatro niñas, de doce a catorce años de edad, llamadas Ana Schulte. Greta Ganseforth, María Ganseforth y Susana Bruns.

Las primeras apariciones datan del día primero de noviembre de 1937 y duraron hasta el 3 de noviembre de 1940, en cuyo año yo regresaba a España con la Colecta alemana de objetos sacros para las iglesias devastadas por los rojos.

En la primera aparición, una de las niñas vio a la Santísima Virgen con el Niño Jesús en los brazos. Nada vieron, por el momento, las otras tres compañeras; pero más tarde todas ellas fueron favorecidas con la celestial visión de la Señora, que les sonreía y las invitaba a volver a aquel lugar.

La Virgen vestía de blanco; tenía los pies sobre una nube azulada y a un metro de altura sobre el suelo. Una corona de oro ceñía su cabeza y un velo blanco, en forma de manto, le llegaba hasta los pies. En la mano izquierda tenía al Niño Jesús, vestido de blanco, con rubios cabellos, como si fueran dorados.

El día 5 de abril de 1938 la Virgen dijo a María que quería ser invocada en la Letanía Lauretana con el título de «Reina del Universo» y «Reina de las almas del Purgatorio».

El día 24 de octubre de 1939 mandó a las cuatro niñas que refirieran a los sacerdotes cuanto habían visto y oído.

En fin, cada una de ¡as niñas recibió de la Señora un secreto especial, con orden de no revelarlo más que al Papa; pero en el mensaje de la Virgen se habla de los destinos de la Iglesia y del mundo, con el consejo de «Orad, orad mucho, especialmente por la conversión de los pecadores».

Pasaron cinco años de la última aparición de la Virgen en Heede, que tuvo lugar el día 3 de noviembre de 1940. y hacia fines del año 1945 comienzan allí de nuevo las apariciones, con la diferencia que ahora es Jesucristo el que se aparece y lanza al mundo su mensaje de amor angustioso, que parece anunciar el fin del mundo, en los siguientes términos:

«La Humanidad no ha escuchado a mi Santa Madre, aparecida en Fátima para exhortar a hacer penitencia. Ahora he venido Yo mismo, en esta última hora, para amonestar al mundo. Los tiempos son graves .Hagan, por fin, penitencia los hombres de sus pecados. Aléjense de todo corazón del mal y oren mucho, para que se aplaque la ira de Dios. Recen con frecuencia el Santo Rosario, esa plegaria que tanto puede ante Dios. Menos diversiones y pasatiempos,..

Estoy muy próximo. La tierra temblará y se estremecerá. Será terrible. ¡Un juicio en pequeño! Pero vosotros no temáis. Yo estoy con vosotros. Os alegraréis y me lo agradeceréis. Los que esperan tienen mi ayuda, mi gracia y mi amor. Mas para los que no están en gracia será espantoso. Los ángeles de la justicia están ya diseminados por el mundo. Me daré a conocer a los hombres. Todas las almas me reconocerán por su Dios. ¡Yo vengo! ¡Estoy a las puertas! La tierra temblará y gemirá.

(Continuará)

Noticias

Diáconos franciscanos
Recientemente recibieron la Orden Sagrada del Diaconado, de manos del Sr. Obispo de Teruel, Fr. León Villuendas Polo, O. F. M., los Coristas Franciscanos Fr. Miguel Ángel Briz Requena, Fr. Pascual Muñoz Vicens, Fr. Simón Sáez Peretó y Fr. Luis Giner Armiñana. Reciban líos cuatro nuestra más cordial enhorabuena.

Un monumento a Fr. Junípero Serra
En honor del notable misionero de la Orden de San Francisco, Fr. Junípero Serra, se ha labrado una escultura que adorna el vestíbulo de la iglesia de San Fernando, de México. En memoria de este ilustre misionero hay ya diversos monumentos: en el Capitolio de Washington, San Francisco, California, Monterrey y otros lugares.

Es un acto de entera justicia exaltar la memoria de tan notable misionero de la Orden Seráfica, que en el transcurso de doce años fundó las ciudades de San Carlos, San Gabriel. San Antonio, San Luis Obispo, San Francisco de Asís, San Juan de Capistrano. Santa Clara, San Luis y San Buenaventura.

Tomas de hábito
En el Convento de Santa Clara de Canals y de manos de nuestro muy reverendo Padre Provincial, Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, recibieron el Santo Hábito: El día 17 del último abril, Sor Magdalena Cervera, y el día 19 de mayo pasado, Sor Josefa Martínez. Que Dios les conceda la santa perseverancia.

Invitados del Papa
El día 3 del pasado abril, fecha conmemorativa de las Bodas de Oro sacerdotales de Pío XII sentó a su mesa a veinte mil pobres de los más indigentes de Roma. Estos fueron los convidados del Romano Pontífice en tan solemne aniversario.

A la distribución de comidas estaba presente el Cardenal Cacali, el prefecto y el alcalde de Roma.

Libros valencianos, de José María Bayarri (prosa y verso).
Últimamente: «Sant Esperit», poemas franciscanos. Pedidos al autor: Subida Toledano, 6. Valencia.
Ediciones Ribalta

Monografías de Arte: «J. Mª Bayarri, escultor.» Libro en que se muestra con profusión de grabados, sobre inmejorable impresión, la obra de este artista, con un estudio crítico de don Luis B. Lluch Garín.
Pedidos a Subida Toledano, 6. Valencia.