La sed de Jesús

Suspendido de un madero y entre agonías mortales, Jesús exhala un suspiro: «Tengo sed.» Un soldado aplica a sus labios divinos una esponja empapada en hiel y vinagre. El Señor gustó la amargura del brebaje, pero no quiso apagar con él su sed.

En realidad, era otra la sed de Jesús. Mientras ofrecía su sangre: por la humanidad, a corta distancia suya, despreciando redención tan copiosa, un apóstol se ahorca, y más cerquita todavía, un compañero de suplicio muere impenitente. ¡Qué angustia la de aquel corazón abrasado en ansias de dar vida a los mortales! Esta es la sed de Jesús; sed de almas, sed de atraer a su seno a la humanidad entera.

La sed del Redentor no se ha apagado todavía. Sus ansias son aún las mismas que cuando expiraba sobre la Cruz. Cuanto más se empeña el mundo en ofenderle, tanto más crece su sed de atraerlo a Sí. «Tengo frío! ¡Tengo sed! ¡Tengo hambre!... D¡a mis sacerdotes que me conforten con su amor; que me den almas. ¡Almas, almas!» Así expresa Jesús su mortal congoja en un. mensaje de amor a la humanidad de nuestro siglo. Y parecidas quejas exhala en todas las revelaciones de su Corazón.

De ahí que sea tan grato a Cristo el celo por la conversión de las almas. «Con esta hambre apagarás m¡sed», dice en una ocasión a una devota religiosa (Sor Josefa Menéndez). De ahí que consuele tanto al Señor nuestro interés por evitar que se cometa un pecado mortal. «Yo soy la cabeza de un cuerpo, cuyos miembros son los cristianos decía el Señor a la Beata Bautista Varano, religiosa clarisa; de los que muchos me son y me serán arrancados por el pecado mortal. ¡Cuán grande es el suplicio ele un sentenciado a quien arrancan miembro a miembro! ¡Este fue m¡martirio!» De ahí, en fin, el alivio que siente el Redentor con nuestros actos expiatorios. La Beata Ángela de Foligno escribió en su testamento espiritual: «Os aseguro, hijas mías, que ha merecido m¡alma más mercedes de Dios cuando gemía y suspiraba por las culpas ajenas que cuando lo hacía por las mías propias.»

La sed de Jesús no se ha extinguido todavía. Pero nosotros tenemos en nuestras menos medios con qué apagarla. No sumos de los que acercan a sus labios la esponja del desprecio, n¡de los que escuchan indiferentes sus hondos suspiros. Engrosemos más bien la filas (le las almas devoradas por el celo de la gloria de Dios, ele las que sienten, la inquietud de los verdaderos amantes. «¡El amor no es aneado!» Así andaba suspirando por los caminos de la Umbría aquel divino enamorado Francisco. Sus hijos debemos participar de sus ardores. Que el celo de la gloria de Dios nos consuma. Que los intereses divinos nos preocupen. Así contribuiremos a apagar la sed de Jesús.

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

Las tres cruces

 

Cristo crucificado

Tengo sed. Autor anónimo italiano. Riofrío (Segovia)

En la de la izquierda, cuelga Gestas, el mal ladrón, que desesperado aparta sus ojos del divino Nazareno, rechaza su gracia y se condena; en la de la derecha, Dimas, el buen ladrón, que lleno de esperanza le mira con reverencia, implora su favor y se salva; y en la del medio pende Jesús que, como Juez y Redentor, condena al uno y salva al otro.

Aprende, cristiano, del buen ladrón, a mirar con fe a Jesús Crucificado desde la cruz de tus dolores y a pedirle confiado que fe conceda su reino

Fr. Pacífico Torres

Lágrimas de Madre

a

Piedad. Luis de Morales

La Virgen Madre lloró
en Heede amargas lágrimas,
al ver los grandes castigos
que sobre el mundo pesaban.

Hace tiempo que está triste
por lo que dijo allá en Fátima,
y añadió en la Codosera
a Marcelinita y Afra.

Son los pecados del mundo
algo que apena y espanta,
y del Señor la paciencia
parece que está agotada.

Los hombres de nuestros días
son una perversa raza,
que a las gentes del diluvio
en malicia aún aventaja.

Airado, pues, el Señor,
destruirlo todo amenaza
en el fuego pavoroso
de su divina venganza.

Se habla de la bomba atómica,
y de otra peor aún se habla;
de la de hidrógeno,
tal que una sola el mundo acaba.

Ay del mundo, s¡de Dios
la ira justa no se calma!
A pavesas reducido
lo veremos sin tardanza.

Por eso llora la Virgen,
que a Dios y a los hombres ama,
y busca, a Aquél quien aplaque,
hostia pura y voluntaria.

¿Queréis sufrir cuanto Dios
os envíe?, dijo en Fátima
a los santos pastorcitos
que querían consolarla.

La respuesta afirmativa
da escalofrío a las almas,
que no han llegado a sentir
los efectos de la gracia.

Mas aquellos, de ella henchidos,
soportaron con constancia
las molestias y dolores
de enfermedad recia y larga.

Aplacaron así a Dios,
y salvaron a su patria,
y hoy están ya allá, en el Cielo
según la promesa Santa.

Así a María ofrecerse
debe el que a la Virgen ama,
y enjugará así su llanto,
y al Cielo irá a contemplarla.

 

Fr. Luis Ángel, ofm