El sello de Dios en Fátima Las grandes obras de Dios, Sello que es persecución, Mirad las altas palmearas, Más y más así se arraigan, Mas las flores delicadas, Diez grandes persecuciones ¡Paradoja incomprensible! No hay obra alguna de Dios Nada tiene, pues, de extraño Mas no logró intimidarles Milagro mucho más grande Por eso dijo la Virgen, Pues, el furibundo Alcalde, |
La glorificación de Jacinta y Francisco Os doy la enhorabuena, Allá por las montañas, Se hubiera aun ignorado Pero llega la Virgen, De niños caprichosos, Con placer lo confieso: El Cielo asegurado, Vivisteis como víctimas, Por vosotros salvóse Por vosotros la Virgen ¡Cuánto bien nos han hecho ¡Ea, pues, a encumbrarlos, |
Fray Humilde Soria (+26 feb 1905)
y el espíritu de la Santa oración
Vivió y murió este Hermano lego en opinión de santidad; y ahora que acaba de morir en Méjico su hijo el P. Miguel Soria con la misma aureola popular de santo, es oportuno renovar la memoria de Fr. Humilde, que conocimos en la ciudad de Oliva y después en el convento de Benisa, en donde entregó su espíritu al Señor; y a cuyo entierro se presentó tan magno concurso de gentes que la cruz procesional había entrado ya en el cementerio y el féretro no había salido aún de la iglesia del convento.
Como yo entonces era todavía niño, le he pedido una relación del tema a uno de los Hermanos legos que más convivieron con él, y Fr. Diego Sendra me ha complacido con un hermoso escrito que tengo aquí. Así como le bautizaron en la Orden con el nombre de Fr. Humilde al que en su ciudad era el conocidísimo y honorable labrador tío Vicént de Sória, con más justeza le hubiéramos apellidado con el mote cisneriano de Fr. Ejemplo; porque en aquel Fr. Humilde que conocimos campeaban distintas todas las virtudes sin confundirse, desde la cortesía principesca de portero franciscano hasta la altísima contemplación en un hombre de actividades múltiples, ninguna de las cuales le estorbaba la vista de Dios.
Y de este espíritu seráfico de oración en nuestro Santo quisiera yo tejer una historia, pero vaya un hilito para A. A. Fr. Humilde, como N. P. San Francisco y el Beato Nicolás Factor, había condensado su extensa oración, reduciéndola a una máxima de operación en forma de saludo, el cual para nosotros era flor que se abría y nos bañaba de aroma confortante en el batallar incesante por la insegura vocación. Desde que despertaba a la comunidad con el histórico e indulgenciado «Bendito y alabado sea... y la Inmaculada Concepción» hasta que le amanecía en la capilla de la Comunión, los religiosos y seglares contarían, admirados, por centenares de veces el saludo angélico del Ave, María Purísima, que salía de aquella boca callada de asceta y hombre interior que habla con Dios. Una noche, queriendo uno poner a prueba la humildad de aquel Santo pasó por delante de él cuando estaba orando horas y horas en el silencio de media noche y con voz airada le dijo:
«¡Fr. Soberbio!». Y el eco dulce y penetrante del que de verdad era humilde dio por respuesta ¡Ave, María Purísima!, que se difundió por la iglesia como los sonidos fáciles de un salterio pulsado por manos de ángeles. S¡Fr. Humilde era llamado, s¡Fr. Humilde trabajaba en el trabajo más duro y más repugnante, siempre que ocurría el saludo, aquel hombre de oración perseverante tenía a punto y como regalo las tres palabras más corteses que se han oído en la Tierra: Ave, María Purísima. Por eso, por aquella voz de cielo azul-celeste y por la compostura y circunspección de su cuerpo, nosotros niños y los grandes inducíamos seguros que Fr. Humilde tenía a Dios presente en este suelo como los ángeles en el cielo. Y por acabar, esta invocación textual que dirigía Fr. Humilde después de rezar la «hora»:
«¡Ay, Dios mío!, ¡quién siempre te hubiera amado y quién nunca te hubiera ofendido! ¡Qué dichoso sería yo s¡os pudiera recibir sacramentado! Mas ya que no soy digno de ello, aceptad mis deseos y venid a comunicarme vuestro divino amor. ¡Ave María Purísima!»
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