Fátima

El sello de Dios en Fátima

Las grandes obras de Dios,
las de los planes más bellos,
las de mayor trascendencia
llevan de Dios el gran sello.

Sello que es persecución,
contradicción y odio fiero,
fuertes y rudos ataques
que suscita el mismo infierno.

Mirad las altas palmearas,
centinelas del desierto,
que, por el viento agitadas,
apenas tienen sosiego.

Más y más así se arraigan,
crecen, y en su balanceo,
su fruto bien fecundado
se nos muestra hermoso luego.

Mas las flores delicadas,
criadas en invernadero,
como de humano artificio,
mueren, s¡las toca el cierzo.

Diez grandes persecuciones
sufrió la Iglesia al comienzo,
y el riego de tanta sangre
le dio enorme crecimiento.

¡Paradoja incomprensible!
¡Grande y profundo misterio!
De la paz en las delicias
ya la Iglesia hubiera muerto.

No hay obra alguna de Dios
que no sufra contratiempos,
y en el crisol, como al oro,
no la purifique el fuego.

Nada tiene, pues, de extraño
que unos niños, aun muy tiernos,
sufrieran por lo de Fátima
terrible encarcelamiento.

Mas no logró intimidarles
la sartén de aceite hirviendo,
con que el Alcalde orgulloso
creyó muy fácil vencerlos.

Milagro mucho más grande
que el del sol, girándula hecho,
por ser del orden moral,
y de mucho mayor mérito.

Por eso dijo la Virgen,
hablando de aquel suceso,
que no sería tan grande
como fue el primer intento.

Pues, el furibundo Alcalde,
a los niños persiguiendo,
a la gran obra da Fátima
puso el mejor de los sellos.

La glorificación de Jacinta y Francisco

Os doy la enhorabuena,
mis amados Jacinta y Francisquito,
que camino ya vais de los altares,
para gloria y ejemplo de los niños.

Allá por las montañas,
detrás siempre da vuestro rebañito,
sin aquellas visiones celestiales,
de vosotros no sé qué hubiera sido.

Se hubiera aun ignorado
vuestro nombre, en el mundo hoy famosísimo,
y se hubiera apagado vuestra vida
cono luz, de un rincón en el retiro.

Pero llega la Virgen,
y os transforma al instante en angelitos,
y os circunda muy pronto la aureola.
que distingue a los seres escogidos.

De niños caprichosos,
egoístas, inquietos, tornadizos,
os convierte en modelos acabados
de virtud, oración y sacrificio.

Con placer lo confieso:
en verdad, no llegasteis al martirio;
pero fue por faltaros el verdugo,
que llegó a amenazaros con freíros.

El Cielo asegurado,
hicisteis penitencia aun de continuo,
y el rosario más veces aun rezasteis,
cuyo rezo os fue muy encarecido.

Vivisteis como víctimas,
dispuestas siempre a todo sacrificio,
ansiosos de aplacar la ira divina,
y a Jesús consolar tan ofendido.

Por vosotros salvóse
Portugal de los más fieros peligros,
y salváronse muchos pecadores,
quia al infierno tal vez hubieran ido.

Por vosotros la Virgen
tiene en torno de sí muchos más hijos,
deseosos de amarla y complacerla,
de cumplir su mensaje y difundirlo.

¡Cuánto bien nos han hecho
nuestros santos y amados pastorcitos!
razón es que nosotros los amemos
e imploremos confiados sus auxilios.

¡Ea, pues, a encumbrarlos,
como tienen los tales merecido!
que de guía y ayuda así nos sirvan,
de igual modo a los grandes que a los chicos.

Fr. Luis Ángel, ofm

Fray Humilde Soria (+26 feb 1905)
y el espíritu de la Santa oración

Fr. Humilde SoriaVivió y murió este Hermano lego en opinión de santidad; y ahora que acaba de morir en Méjico su hijo el P. Miguel Soria con la misma aureola popular de santo, es oportuno renovar la memoria de Fr. Humilde, que conocimos en la ciudad de Oliva y después en el convento de Benisa, en donde entregó su espíritu al Señor; y a cuyo entierro se presentó tan magno concurso de gentes que la cruz procesional había entrado ya en el cementerio y el féretro no había salido aún de la iglesia del convento.

Como yo entonces era todavía niño, le he pedido una relación del tema a uno de los Hermanos legos que más convivieron con él, y Fr. Diego Sendra me ha complacido con un hermoso escrito que tengo aquí. Así como le bautizaron en la Orden con el nombre de Fr. Humilde al que en su ciudad era el conocidísimo y honorable labrador tío Vicént de Sória, con más justeza le hubiéramos apellidado con el mote cisneriano de Fr. Ejemplo; porque en aquel Fr. Humilde que conocimos campeaban distintas todas las virtudes sin confundirse, desde la cortesía principesca de portero franciscano hasta la altísima contemplación en un hombre de actividades múltiples, ninguna de las cuales le estorbaba la vista de Dios.

Y de este espíritu seráfico de oración en nuestro Santo quisiera yo tejer una historia, pero vaya un hilito para A. A. Fr. Humilde, como N. P. San Francisco y el Beato Nicolás Factor, había condensado su extensa oración, reduciéndola a una máxima de operación en forma de saludo, el cual para nosotros era flor que se abría y nos bañaba de aroma confortante en el batallar incesante por la insegura vocación. Desde que despertaba a la comunidad con el histórico e indulgenciado «Bendito y alabado sea... y la Inmaculada Concepción» hasta que le amanecía en la capilla de la Comunión, los religiosos y seglares contarían, admirados, por centenares de veces el saludo angélico del Ave, María Purísima, que salía de aquella boca callada de asceta y hombre interior que habla con Dios. Una noche, queriendo uno poner a prueba la humildad de aquel Santo pasó por delante de él cuando estaba orando horas y horas en el silencio de media noche y con voz airada le dijo:

«¡Fr. Soberbio!». Y el eco dulce y penetrante del que de verdad era humilde dio por respuesta ¡Ave, María Purísima!, que se difundió por la iglesia como los sonidos fáciles de un salterio pulsado por manos de ángeles. S¡Fr. Humilde era llamado, s¡Fr. Humilde trabajaba en el trabajo más duro y más repugnante, siempre que ocurría el saludo, aquel hombre de oración perseverante tenía a punto y como regalo las tres palabras más corteses que se han oído en la Tierra: Ave, María Purísima. Por eso, por aquella voz de cielo azul-celeste y por la compostura y circunspección de su cuerpo, nosotros niños y los grandes inducíamos seguros que Fr. Humilde tenía a Dios presente en este suelo como los ángeles en el cielo. Y por acabar, esta invocación textual que dirigía Fr. Humilde después de rezar la «hora»:

«¡Ay, Dios mío!, ¡quién siempre te hubiera amado y quién nunca te hubiera ofendido! ¡Qué dichoso sería yo s¡os pudiera recibir sacramentado! Mas ya que no soy digno de ello, aceptad mis deseos y venid a comunicarme vuestro divino amor. ¡Ave María Purísima!»

Fr. Domingo Savall, ofm