Novedad de la vida franciscana
1. El varón seráfico
La raza de los hombre que puebla el orbe terrestre, ostenta una doble actividad interna, entremezclada muchas veces, que determina un proceder, una conducta, una norma; o predomina la mente, arrastrando al corazón, o predomina el corazón, arrastrando la mente. Entrambas son legítimas, puesto que son originarias, nativas; son dos polos que mueven el globo de la verdad, pasto de la mente, y el globo del amor, pasto del corazón. N¡el uno n¡el otro se puede suprimir n¡menoscabar; sería mutilar el ser humano, que es así.
Ciertamente que todos tienen de todo, porque n¡hay hombre sin inteligencia, n¡lo hay sin voluntad; pero los hay que tienen más cabeza que corazón, y los hay que tienen más corazón que cabeza. De igual modo existe un sector tercero, que integra y concilia, equilibrándolas, una y otra orientación predominante, con miras a la ordenación cristiana o sobrenatural del hombre o de la sociedad, equilibrio difícil, pero no socialmente imposible. Las tres tendencias se reparten la influencia en la cristiandad, las tres son necesarias, han dado frutos copiosos y los están dando; las tres durarán mientras el fuego que Cristo trajo a la Tierra perdure encendido.
La primera orientación radica en la cabeza de Santo Domingo, y culmina, en Santo Tomás; la segunda brota en el pecho de San Francisco, y alcanza forma definitiva en San Buenaventura; la tercera tiene su raigambre en la cabeza y en el pecho de San Ignacio, y tiene su glorificación doble, ciencia y acción, en el P. Suárez y en San Francisco Javier. Ciencia intelectiva, ciencia amorosa y ciencia política: Santo Domingo, San Francisco y San Ignacio. Triple orientación de las actividades humanas que informan, orientan y labran la sociedad cristiana, y tratan de penetrar en la sociedad pagana o gentil para cristianizarla y hacer de toda la familia humana, una familia cristiana.
Por consiguiente, ciñéndonos a San Francisco, asentemos, ante todo, que fue eso mismo, corazón. Pero no un corazón a secas, sino un corazón ígneo, tucerna ardans, de que se nos habla en la divina Escritura (1), el fuego que Dios Encarnado vino a traer a la Tierra (2). En el Himno de Vísperas, que se canta
en la fiesta de la Impresión de la Llaga (el 17 de septiembre), leemos:
El corazón de Francisco
se trueca en fuego de amor,
y en el cuerpo queda enjoyado
con las Llagas del Señor.
Y San Buenaventura, cuyo espíritu heredó y elevó a categoría científica, escribió con su pluma radiante: «¿Quién podrá explicar el amor ferviente en que ardía Francisco, amigo del Esposo? Pues parecía absorto por entero en la llama del amor divino, como una brasa ígnea» (3). Esta idea de tan grave Doctor y Maestro, contemporáneo del Santo, ha tenido solemne confirmación en el Prefacio de su Misa: «El amor seráfico —se canta allí— le incendio de forma ardiente su interior y su mente, por acción del Espíritu Santo».
Así, como ascua celeste, le vio transfigurado el Dante en su Divina Comedia: Hecho todo lana llana de fuego seráfico (4). Para Vázquez de Mella, San Francisco «fue un ángel (seráfico) robado al Cielo por la fe de la Edad Media para amar en él la Gloria aún antes de poseerla» (5). Entre estas dos grandes voces de la cristiandad, la vieja que resuena entre los siglos, y la nueva que resuena y continuará resonando en los siglos venideros, la del Dante y la de Mella, la voz del puebla responde a coro: Séranphim ardes: Francisco, serafín ardiente (6). San Francisco, pues, según la posteridad docta y la popular, y según la liturgia franciscana, fue un varón seráfico.
Pero el amor seráfico, que le transfiguraba en serafín, no le nacía de sí, pues de sí no engendra serafines la madre Tierra; era en él un injerto divino, hecho y cultivado por la mano de Dios; era una chispa que saltó de la hoguera del pecho de Cristo al pecho de Francisco, incendiando su ser todo, el cuerpo y el alma. La virtud transformativa del chispazo amoroso que le hizo poco a poco remedo glorioso de Cristo, de suerte que no se le podía ver y tratar sin que recordase al vivo la fisonomía de Cristo.
Así le proclama la voz pontificia: «Parece no ha habido santo alguno en el cual resplandeciese la imagen de Jesucristo y la vida evangélica con mayor semejanza y nitidez que en San Francisco (7). Más todavía, fue según el mismo Pontífice Máximo, no ya otro Cristo, sino más bien Cristo redivivo, alcanzando por esto la inmortalidad, esto es, la vida perpetua en la memoria y en el corazón de los hombres, «por todos los siglos venideros» (8).
La plenitud de la Ley Cristiana se cumple y vivifica en él, de modo que se presenta al mundo de su tiempo como el evangelio viviente, rebosante y en magnífico florecimiento. Todo el contenido de la ideología cristiana reverdece y fructifica en el Pobrecillo de Asís; todo lo cumple sin olvidarse de nada «Francisco no quebranta la ley evangélica n¡en un ápice o tilde, n¡en una letra» (9). Esta plenitud cimera en todo, irradia luego en la sociedad por el ejemplo, la obra y la institución.
Aplicó sus labios a la fuente, y bebió ansiosamente la sabiduría divina: «Iluminado con rayos de luz eterna, su entendimiento escrutaba lo profundo de las Escrituras con agudeza sorprendente» (10).
«La simplicidad —escribe el P. Lucerna— fue en especial el riquísimo presente de la civilización cristiana y mística de la Edad Media, habiendo brotado su más bella flor en San Francisco de Asís» (11). La simplicidad evangélica representada por el símbolo expresivo y bello de la paloma, es mota esencial del alma franciscana, cuyo padre fue San Francisco: Simplicidad se dice por oposición a duplicidad de ánimo, pues hay quien una cosa tiene en el pecho y otra en la boca, minando la base de la convivencia social, que es la verdad y la sinceridad. La verdad es simple, y se opone a la simulación, entorpecedora de la marcha social.
La simplicidad fue la llave que abrió la puerta de los secretos de su alma, patente al mundo, que se enamoró de su belleza, rectitud y santidad, y sigue enamorado. S¡a la simplicidad se añade la humildad, tan robadora de corazones, tendremos la explicación del atractivo constante que ha ejercido siempre en las almas el corazón de San Francisco.
Hombre grande, sentíase pequeño y se anonadaba, no sólo ante Dios, sino ante los hombres, y en presencia de cualquiera criatura. «Docto por la experiencia en lo tocante a la perfección» (12), de suerte que S. Francisco de Sales le llamó Doctor en la ciencia del Espíritu, decía de sí con la mayor y más emocionada sinceridad, que era «ignorante Y sin letras» (ignorans el idiota) (13), añadiendo: «yo, Fray Francisco, hombre inútil y criatura del Señor Dios» (14)...
Y como son sus pensamientos y su sentir, son sus palabras y sus escritos. Profirió palabras ungidas de amor seráfico, que le salían del corazón como brasas ardientes de suprema eficacia, pues enardecían, el pecho de los oyentes. En el Oficio Divino al santo consagrado, leemos: Virtutum verba loquitur: vocea palabras de espíritu (15), con que movía las almas, y se añade: «Enseña a los Religiosos todas estas doctrinas (de perfección), con obras y con insistente palabra meliflua» (16), al modo de Jesucristo que comenzó a obrar primero y después a enseñar (17). En el Himno de maitines hay una frase que manifiesta la orientación espiritual de San Francisco: «Invitaba —se dice allí— a las delicias eternas, con la lengua de las obras (18). Ninguna más elocuente y eficaz.
Con este criterio se han de juzgar los escritos humildes del Pobrecillo de Asís, sin arte aprendido, pero brotados de un corazón henchido de amor a Dios y de amor sacrificado, por los hombres. San Francisco —escribió el P. Cavalli—, «arrebató de lo alto una como brasa de fuego, cual Prometeo legítimo, para incendiar con ella al mundo en llamas seráficas» (19). «¿Qué pecho —añade— por frío que sea, no se enardece con estas palabras de fuego? ¿Quién, más hórrido y duro que los riscos del Cáucaso, no se ablanda con estos palabras melíferas? Estas voces, seráficas de verdad, tanta mayor fuerza persuasiva tienen cuanto mía ajenas se hallan del ornato propio de la elocuencia humana» (20). La razón es, porque entre los palabras de San Francisco, que son hojas de azucena, se mueve y alienta Jesús. En los opúsculos de San Francisco, escribe el P. Juan Tirelo, «hallarás a Cristo saboreando lirios» 21).
Por esto, parecerán desabridas y sin jugo, a quienes carezcan del sensus Christ¡necesario para la percepción de su íntima suavidad y dulzura; tampoco sentirán su perfume celeste y gozoso, quienes las lean siendo prisioneros de cosas terrenas y mundanas. Boehmer dijo: «S¡se considera la persona viviente oculta tras las palabras (de Francisco), s¡se piensa en el « loco» de Asís con toda su ingenuidad y plenitud de amor, entonces la palabra muerta conviértese en carne, y la pobreza de espíritu preséntase como riqueza» (22). Así es, pero también lo es que, las palabras escritas de San Francisco, llevan dentro de sí el fuego inyectado en ellas por el corazón inflamado del santo, que jamás se resfría.
Más acertado nos parece Boehmer en cuanto al juicio que emite sobre la palabra viva o hablada de San Francisco: «Lo poco que sabía no era cosa superficial y accesoria, sino que estaba penetrado y poseído de ello, por lo que su oratoria y su persona obraban sobre los hombres como una revelación, aunque, consideradas en frío sus pláticas, nada de notable se encerrara en ellas» (23). S¡las palabras de fuego que fluían de boca de San Francisco, son «consideradas en frío», parecerán frías, sin que pueda ser de otra manera, a falta de comprensión o de sentido.
Sus palabras tienen la grandeza de la universalidad cordial, que les da un peso de gravedad sencilla y amable por el que atraen dulcemente a las almas; quiere que todos se aprovechen de ellas, no por ser suyas, sino por que son espíritu y vida (2J). «A todos a quienes estas letras llegaren —escribe—, yo, Fray Francisco, vuestro siervo más humilde, os ruego y suplico en caridad, que es Dios (1 Jn 4,16), y con ansia de besar vuestros pies, tengáis a bien recibir con humildad y amor, estas odoríferas palabras de nuestro Señor Jesucristo, obrarlas con agrado y observarlas cumplidamente» (25). Esto es, «el fuego que (ardía en su pecho de él), quiso comunicarlo a todos los mortales, y encender todos los corazones, no sólo de los presentes, con su palabra sino también por escrito, que recomendó a los venideros» (26).
San Francisco, forma de perfección (forma perfectionis) (27), poseía la multiforme gracia de Dios (28), trocose en forma para todos los creyentes (29), dándoles no tres formas de vida concreta y
determinada llamadas precisamente Primera, Segunda y Tercera, sino que hay también una Cuarta que pretende San Francisco abracen todos cuantos tengan noticia de ella, puesto que es espíritu y vida. Más amplia que la forma de vida de la Orden Tercera, caben en ella todos los fieles y todos los hombres, pues sólo se requiere para ingresar en ella, la buena voluntad. Esta universal forma de vida es la que se contiene en la carta a todo los fieles (30).
Así, el varón seráfico, ciñó con su espíritu el, orbe terrestre y trató de levantarlo a pulso hasta el trono de Dios para ofrendarlo a la majestad divina, como presente da la Creación entera.
- (1) Jn 5,35
- (2) Lc 12,47
- (3) S. Buenaventura. Legenda Mejor, e. IX, n. 1.
- (4) «L'un fu tutto seráfico in ardore». Paradiso, XI, 37.
- (5) Discurso en Crónica del Congreso Nacional de Terciarios Franciscanos, por el P. Juan R Legísima, ofm, pág. 262. Madrid, 1915.
- (6) Opúscula Sanct¡Francisc¡Assisiatis, por el P. Ludovico Cavalli, Litaníae, pág. 63. Lión, 1637. En adelante citaremos esta colección con las tres primeras palabras de esta nota.
- (7) PIO XI. Encíclica sobre el VII Centenario de la muerte de S. Francisco (1926).
- (8) Ibídem.- Fr. Franciscus, alter Christus. Conferencia del Nuncio en España, hoy Cardenal Tedeschini, en San Francisco de Asís, Turno de Conferencias organizado per el Colegio de Doctores. Madrid, 1327.
- (9) Oficio de San Francisco en el Breviario Seráfico, antífona de Vísperas.
- (1O) S. Buenaventura. Legenda Major, c. XII, n. 1.
- (11) P. Hilarino Felder. Los Ideales de S. Francisco, t. 1, e. IX, pág. 261. Versión española. Pamplona, 1926.
- (12) Oficio, antífona de Laudes.
- (13) Opúsculo; Epístola II, págs. 5-1,05.
- (14) Ibídem, págs. 105-6.
- (15) Oficio, antífona de Laudes.
- (16) Ibídem.
- (17) Hechos, 1, 1.
- (18) Oficio, Himno de Maitines.
- (19) P. Cavalli, Dedicatoria en Opúscula Sanct¡Francisci.
- (20) Ibídem.
- (21) P. Juan Tirelo, In Lauden Opusculorum Patris Francisco, Epigramma.
- (2) Analekten, LII-L 888.
- (23) Ibídem.
- (24) Jn 6, 64.
- (25) Opúscula, Epístola I, pág. 98.
- (26) P. Cavali, Dedicatoria en Opúscula Sanct¡Francisci.
- (27) Opúscula Sanct¡Francisci, Litaniae.
- (28) O de S. Pedro, IV, 10.
- (29) 1 Tes 1, 7; Filip 2, 7.
- (30) Opúscula, pág. 87.
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