Consultorio religioso

Reverendo padre: Leo en un periódico esta noticia: «Un marido embriagado arroja a su esposa por el balcón». Sigo leyendo y me entero de que tanto él como ella eran jóvenes, de veintinueve años; que él era un borracho que daba malos tratos a su esposa, originando con esto graves escándalos, y que por fin terminó su luna de miel en tragedia. Esto me ha hecho pensar seriamente en m¡porvenir; esto es, s¡me convendrá abrazar más bien el estado religioso que el de matrimonio. Porque eso de casarse, y a los pocos meses verse tratada como una esclava por un hombre vicioso, es seguramente poco apetecible. La pido tenga paciencia conmigo, y ya que es usted tan bondadoso, acudo de nuevo, confiada, a ese consultorio para que me aconseje y me saque de estas dudas que me atormentan.

Parece que me quiere Dios para casada, porque me gustaría ser madre de muchos hijos; pero, s¡el esposo me sale un calavera de esos, capaces de arrojar a su mujer por el balcón, ¿qué hago? Por otra parte, también me inclino a ser religiosa, pues me gusta rezar, oír misa todos los días y comulgar; más aún, prefiero quedarme en casa ocupada en mis quehaceres domésticos antes que asistir a reuniones mundanas, y sobre todo, quiero salvar m¡alma, cueste lo que costare. ¿Qué consejo me da para que pueda yo saber qué es lo que quiere Dios de mí? Quiero cumplir su voluntad.

Por lo que usted me dice, tanto puede ser que Dios la quiera en el estado de matrimonio como en el de religiosa. El consejo que le doy es que encomiende mucho al Señor este asunto tan importante; que lea alguno de esos libros modernos, escritos en sentido católico, sobre el matrimonio, también el librito de San Alfonso Mª de Ligorio titulado La Vocación Religiosa, y, por fin, que elija usted un buen confesor, fijo, s¡no lo tiene ya, y que sea al propio tiempo su director espiritual. El es el llamado a orientarla en la elección de estado. Siga su parecer y no tema, aunque le aconseje el matrimonio, pues no es necesario, n¡siquiera probable, que su esposo haya de ser tan bruto que la eche por el balcón.

Correspondencia misional

Macao, 28 de agosto de 1950.
Muy Rvdo y amado P. Provincial Joaquín Sanchis
Valencia

Para hacer la crónica de este último período no necesito recoger las noticias recibidas de China, me basta el monoideismo que nos ha llevado en jaque todo este primer tiempo de las vacaciones estivas. Me refiero a la empresa nueva y algo arriesgada de tener que introducir en China y mandar a sus respectivas Misiones los quince seminaristas que han terminado su carrera eclesiástica aquí en el exilio.

Era algo nuevo, porque a los veinticinco que terminaban el año pasado les anticipamos el sacerdocio y cuando nosotros emprendíamos la segunda fuga los dejamos dentro de China ocupando posiciones que aun hoy defienden a la Iglesia de Dios contra viento y marea. Era, además, una empresa algo arriesgada, por la oposición de los nuevos gobernantes hacia la Iglesia. S¡ya miran de reojo y ponen dificultades a todo el que huido de China quiere reentrar en ella, ¿qué decir del elemento eclesiástico que ellos quisieran desterrar de su República popular?

Por eso se requería madura preparación y mucha prudencia y tacto en su realización, cosas ambas que el Señor se ha complacido coronar con el más feliz resultado.

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Lo que menor dificultad nos ha ofrecido ha sido disponer el ánimo de los expedicionarios; la esperanza de recibir el sacerdocio y el ejemplo de los compañeros que les habían precedido daban alas a su espíritu juvenil y a su celo apostólico, haciéndoles suspirar la hora de emprender la marcha en busca de sus primeras aventuras misioneras. Lo que requería más atención eran los trámites para el viaje.

Sabiendo que todo el que viaja en China sin su carnet, firmado por las nuevas autoridades, está expuesto a que cualquier oficial le exija una confesión pública de su vida, cuidamos de que cada uno hiciera su previo examen de conciencia que no comprometiera a nadie. Y como ellos debían presentarse como estudiantes (no eclesiásticos, naturalmente) les procuramos todo aquello que pudiera justificar sus afirmaciones.

Un documento de la policía portuguesa testificaba su permanencia en Macao durante dieciséis meses. Una Escuela Media y Superior que antes ocupaba el local en que nosotros vivimos se dignó considerar como alumnos suyos a nuestros estudiantes, y así les extendió sendos diplomas en que se les declaraba poco menos que laureados (honoris causa) en Filosofía, Literatura, Historia China, Lenguas, etc. Y para que todo fuera en consonancia las proporcionamos la indumentaria o uniforme de dicha Escuela: pantalón corto, medias hasta la mitad de la pantorrilla, calzado esportista, blusa o camisa azul con media manga y casco ecuatorial. En dichas piezas se procuró disimular algunos bolsillos donde esconder el mucho dinero rojo que necesitaban para sus largos viajes y que la ley sólo permitía llevar en moneda extranjera para cambiarla en el interior a precio reducido. A esto ellos mismo cuidaron de añadir su pipa o su provisión de tabaco y cigarrillos, cosas prohibidas dentro del Seminario.

Aunque hubieran podido ir todos juntos siguiendo el mismo itinerario y separándose a la hora y lugar oportuno según su destino, creímos más conveniente imitar a Jacob, cuando volvía de Mesopotamia, dividiéndolos en cuatro turmas o grupos para que, s¡una era desgraciada, se salvaran las demás. Los del norte, que iban a Pekín, y T'ai-yan-fu formarían dos expediciones distintas, pasando por el centro de China y dejando allí sus compañeros del Hupeeh. La tercera expedición nuestra iría al Nordeste (Tsinanfu) pasando por Sangha¡a donde debía dirigirse, la cuarta, de los Marianistas que habían convivido con nosotros en el mismo atrio todo el tiempo. Para no llamar la atención de los oficiales rojos que iban en las naves que debían llevar a Cantón a nuestros jóvenes viajeros, establecimos no acompañarlos al puerto, sino despedirlos dentro de casa, como se hizo.

En cada salida había comida y refresco de despedida; después, visita de todos juntos a la iglesia para implorar la bendición de Jesús, de su Madre y del Ángel Custodio sobre los itinerantes, y luego, abrazo fraterno, de adiós (tal vez hasta la eternidad) y últimas recomendaciones nuestras: —En los peligros y lances apurados, encomendaos a la Santísima Virgen. Escribid durante el viaje y a vuestra llegada.

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Ellos marcharon en los días prefijados y nosotros quedamos en espera de sus noticias y orando por ellos. N¡un solo día se interrumpieron aquellas oraciones hasta que tuvimos aviso de haber llegado todos a su destino.

A los pocos días nos llegaba una carta de los primeros expedicionarios desde Cantón, ya comunista, contándonos las peripecias de su primera jornada, la más difícil, al tener que pasar la frontera. Según ella, en el trayecto tuvieron hasta cuatro exámenes o juicios personales, con otros tantos registros minuciosos del bagaje. Se superaron, felizmente, aunque con miedo. El último lo hizo la policía de Cantón antes del desembarque.

El oficial parecía gastar pocas bromas y obraba con tal escrupulosidad que el decano de nuestro grupo viéndose perdido encargó a los compañeros rezaran a la Virgen les protegiera. Entretanto el policía registró las maletas y al ver los libros cogió uno de líos que le llamó la atención, era el breviario, lo examinó y hojeó con curiosidad, y luego acercándose a los nuestros y apuntando con el dedo les dijo: —Vosotros sois católicos y misioneros. Viéndose ellos descubiertos, respondieron temblando, aunque con entereza: Sí, lo somos. —No temáis —añadió en seguida el policía abajando la voz—; también yo soy cristiano. Y entreabriendo un poco su guerrera a la altura del pecho les hace ver la medalla de la Virgen que llevaba colgada del cuello. ¡... ! La respiración contenida por algunos instantes estalló en un suspiro de gratitud a la Madre del cielo. —Cerrad las maletas, pero id con cuidado, añadió el oficial cristiano, mientras trazaba sobre los bultos las señales de la registración.

Ante revelación tan inesperada la caridad fraterna les hizo pensar en los que vendrían después y llenos de confianza... —s¡eres cristiano —le añadieron—, te recomendamos otros compañeros que pasarán por aquí estos días. —Lo siento —repuso él—, pues yo tengo mis horas de servicio; pero perded cuidado: haré lo posible. Rezad un Ave María por mí.

De hecho todas las cuatro expediciones superaron felizmente aquel escollo, por lo cual, los que precedían, añadían como posdata a su carta: ¡Albricias! Los compañeros han llegado sin dificultad.

Todos pasaron por Cantón donde debían tomar los trenes respectivos, y se hospedaron en la residencia episcopal, previamente avisada por nosotros. «Se nos ha acogido —escribían nuestros peregrinos— con verdadera caridad cristiana. ¡Cómo descansa el corazón y respira a plenos pulmones cuando encuentra amor de hermanos! Procurador, Viceprocurador y hasta el mismo Arzobispo se desvivían por nosotros.
A medida que ellos se internaban en China sus cartas tardaban más en llegar a nosotros.

A los quince días nos vinieron sus escritos: Hankow, de los unos, y desde Shangha¡de los otros. Aquellos nos hablaban de las impresiones allí recibidas; alegrías de reabrazar a los coristas franciscanos, sus compañeros de clase y saludar a sus profesores, todos los cuales quedaron en Hankow cuando nosotros salimos dieciséis meses antes; tristeza al ver la mitad de nuestro Seminario ocupado por la Santa Infancia desde que ésta fue despedida de su casa, y al encontrar que el Colegio de la Inmaculada —Convento franciscano— era, en su mayor parte, cuartel de soldados rojos.

Los de Shanghai, en cambio, nos hablaban de las molestias soportadas en sus setenta horas de viaje en un tren incómodo, sentados apenas en unos taburetes y llevando consigo un seminarista enfermo desde más de un año. Menos mal que a éste le dio por dormir, de manera que al llegar allí estaba más arriscado el enfermo que los sanos.

En cuanto a los novicios Marianistas llegaban también a Shanghai, término de su viaje, molidos como los nuestros; pero el P. Jesuita chino que les hacía de Superior y Maestro daba señales de cabeza trastornada. De hecho en el andén de la estación se subió sobre una caja y comenzó a predicar a los viajeros con los ojos desencajados y con frases sin sentido n¡orden. Un novicio se dio cuenta de ello y, habiéndolo invitado en buenas formas a bajar de su improvisado púlpito, lo puso en un tax¡y lo llevó a su casa, donde después de muchas horas de dormir se levantaba normal y campechano. La responsabilidad y preocupación por aquellos jóvenes, el cansancio por tan largo viaje y los tres días y noches sin tomar un minuto de sueño, habían extenuado sus nervios.

Después de uno o dos días de descanso en Hangha¡o en Hankhow, nuestros expedicionarios reanudaron su viaje en la última y larga etapa de su itinerario. A principios de agosto todos, y cada uno, estaban ya en el lugar de su destino como nos manifestaban sus cartas. Sus obispos y superiores se nos mostraban gratos por haberles salvado aquellos jóvenes indígenas que hoy, sobre todo, constituyen un elemento preciso en las misiones. Los seminaristas, por su parte, elevaban su himno de gratitud a Dios por haberles llevado al término de su viaje.

En cuanto a nosotros, aquí quedamos con la tristeza de ver que se vacía nuestro Seminario, pero con la alegría de llenar la China de nuevos misioneros.

Fr. Gonzalo Valls, ofm

Noticia

Primera misa

La celebró solemnemente cantada, el día 6 de febrero del año en curso, en san Lorenzo de Valencia el P. Domingo Jordá Moscardó, ofm, dando en ella la Primera comunión a su hemanito Enrique.

Fr. Eduardo Camallonga RicoLo apadrinaron D. Enrique Vallbona Martí y Dª Isabel Coco Delgado. Ocupó la sagrada cátedra el P. José Antonio Arnau.

La enhorabuena al neomisacantano y a sus familiares.

Profesión simple

Tuvo lugar el 28 de enero en Santo Espíritu del Monte. El Hno Eduardo Camallonga estuvo apadrinado por su condiscípulo de Universidad D. Pascual Nieto y por su hermana Carmen. Recibió su profesión el P. Provincial, asistiendo a la ceremonia el P. Rector del Colegio de la Concepción, en cuyo centro cursó los estudios de bachillerato el neoprofeso.

Reciba, pues, Fr. Eduardo Camallonga, lo mismo que sus familiares, la enhorabuena más sentida, que la Acción Antoniana le dedica en sus páginas.