Nochebuena

En todos los ámbitos del mundo cristiano resonará, al finalizar el día 24 del corriente, el mensaje de la noche grande entre todas las de la humanidad civilizada: la noche de Belén, la noche en que vino al mundo, en medio de la mayor pobreza material, el Redentor de los hombres. Dios, hecho hombre vara cumplir la promesa dada a su criatura desde el día de su caída original, nació allí, en el oscuro establo, dando así a la humanidad, su primera y más sublime lección: la lección de la humildad y la pobreza, virtudes que son esencialmente necesarias para la verdadera finalidad del hombre.

Quisieron también los ángeles del cielo asociarse al júbilo producido por la ansiada venida del Mesías, de secular expectación, y fueron ellos los que proclamaron, como heraldos del mismo Dios, el mensaje de la noche de la natividad de Cristo: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad." Y desde aquella hora gloriosa hasta hoy, esa proclama queda sellada como fórmula única y real para la verdadera e integral paz que tanto anhelan los pueblos e individuos. La paz integral del hombre no está solamente en la quietud de las armas, sino en que antes esa paz reine en los corazones humanos para que, desbordando de los mismos, irradie a toda la sociedad.

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Pero la paz proclamada y prometida en una noche como ésta, dos milenios hace en Belén, está condicionada a que ella sea el resultado de la glorificación de Dios... Pensar que puede haber paz sin esa glorificación, es pensar en algo vano e imposible. No hay paz en el corazón del hombre cuando en él no se glorifica a Dios, es decir, cuando ese corazón no da testimonio de Dios, acatando y obedeciendo sinceramente a su ley, que es lo mismo que traducir en obras los imperativos de ese mandato de glorificar a Dios.

Esta es la lección que la humanidad ha de recibir en cada una de las conmemoraciones de esta noche de paz y de amor. S¡tal lección hubiera sido comprendida y realizada, ¡cuántas horas amargas y tremendas se habría ahorrado! Tengamos, pues, presente, al conmemorarla este año en la quietud del hogar y adentrándose en nosotros mismos, el hondo sentido que encierra esa conmemoración.

Otra cosa importante nos enseña "Nochebuena", y es que el nacimiento del Divino Niño en Belén, s¡fue el cumplimiento de la promesa solemne de Dios Padre al hombre incurso en el pecado, es también la constante permanencia de ese mismo Dios entre los hombres, completándose de esta suerte la sublime expresión del amor de Dios a su criatura, que se abre en Belén y culmina en otra noche no menos sublime: la de la última Cena. Al dejar, con la institución de la Eucaristía, su cuerpo y sangre perennemente entre los hombres, les dejó también la más segura prenda de amor a la par que el medio más real y más sublime para que la glorificación de Dios en las obras pueda ser realizada por el hombre aun dentro de la flaqueza y las debilidades de la humana naturaleza.

Vivamos, pues, en este momento angustioso del mundo, las horas de esta noche | sublime, llamándonos todos y cada uno a la reflexión y a la meditación de nuestra actitud frente al mensaje de Belén, a fin de que sepamos ajustar nuestra vida y nuestra obras a ese mandato angelical de glorificar a Dios y seamos merecedores de aquella paz prometida a los hombres de buena voluntad.

De nuestras misiones

Tranquilidad entre la borrasca

Muy R. P. Provincial. Muy amado Padre: Me parece haber leído de San Francisco de Sales que en una terrible tempestad, al atravesar el lago da Lucerna, mientras la tripulación se manifestaba desesperada al ver en peligro su vida, el Santo contemplaba tranquilo y sonriente los vaivenes de la nave, creyéndose como mecido en ella por los brazos de Dios... El caso parece se repite ahora en el ánimo de los misioneros, que superabundan en paz y alegría mientras externamente arrecia la persecución. Ya le dije en m¡última correspondencia cómo el Espíritu Santo, en medio de la tribulación externa, iba preparando internamente sus víctimas para el día de su martirio o de su sacrificio. Al extenderse la lucha, también la gracia amplifica e intensifica su acción sobre las almas. La persecución se ha enfurecido en estas últimas semanas.

Entre los encarcelados, sé de veinte franciscanos y de unos ocho obispos que sufren los horrores de la prisión.

Uno de esos obispos, chino, después de haber llevado en jaque durante seis meses a sus perseguidores, que en vano buscaban su paradero, habiendo finalmente caído en sus manos, lo arrastraron a la cárcel cargado de cadenas, y con esposas en sus manos lo pasearon por la ciudad entre la algazara del populacho.

A otro, primero, le obligaron a vender su Seminario y su Residencia episcopal para pagar las enormes tasas impuestas a la Iglesia, y luego, irónicamente; le dieron hospitalidad en la cárcel, por carecer de casa donde habitar. Un tercero, desde su calabozo, ha podido hacer llegar a sus misioneros una carta en que dice lacónicamente: «Me tratan pasablemente, pero doy por cierta m¡expulsión de China.»

Pero, más que la cárcel, lo que mayor molestia causa a los cautivos son los frecuentes interrogatorios y juicios populares a que se les sujeta. Para ellos tienen mucho cuidado de preparar el ánimo del pueblo por medio de intensa propaganda contra el reo en la prensa y en la radio, acusando de crímenes que sólo existen en ¡a imaginación o en la vida de los mismos propagandistas.

En los juicios —según la costumbre china—, el reo no se sienta en el banquillo, sino que se arrodilla ante los mandarines que deben juzgarlo.

Se me ha informado de un Obispo que en uno de aquellos juicios permaneció hasta ocho horas arrodillado y postrado ante sus verdugos, y cuando daba alguna respuesta que molestaba a los jueces, la chusma alborotada se lanzaba contra el acusado, le mesaba las barbas, le escupía en el rostro, le golpeaba y le cubría de oprobios, profiriendo contra él las frases más soeces.

Cas¡diariamente se hacen redadas, de las que los gorris creen enemigos del régimen, y como tales vienen reputados los nuestros por el mero hecho de ser católicos. Estos encarcelados son luego eliminados en masa para dar cabida en la prisión a las nuevas presas, que su odio va haciendo entre el pueblo libre. ¿Cuántos son los cristianos y sacerdotes chinos que así han sucumbido? Se ignora, porque se impide tiránicamente toda comunicación; pero hay obispos que ignoran el paradero de sus misioneros. ¿Estarán muertos? ¿Estarán ocultos? Nada se sabe. Sólo se tienen algunas referencias —horribles, por cierto— por medio de los misioneros extranjeros que, en número siempre creciente, llegan a Hong-Kong expulsados de China, y en su mayor parte después de un período más o menos largo de cárcel o de concentración.

Aquí hemos tenido la visita de dos de estos obispos franciscanos alejados violentamente de su grey. Uno, después de cas¡veinte años de misionero, terminados en seis meses de -dura cárcel; el otro, con treinta y nueve de misión y dieciocho meses de encerramiento en su estrecha habitación, donde una anciana ciega le preparaba comida, con la limpieza que es de suponer para que se le quitaran todos los ascos y repugnancias.

Con ese terrorismo para infundir miedo y con las adhesiones que ellos propalan haber conseguido de muchas Diócesis, para engañar a los incautos, los rojos han vaticinado diversas veces el fin de la Iglesia Católica en China; pero es muy posible que se acrediten de pseudo-profetas, como lo han hecho ya de apóstoles de la mentira. Ciertamente que s¡no consiguen su intento no será por falta de tirria en los perseguidores, sino por la asistencia de una fuerza sobrehumana que hace invencibles a las víctimas.

Un discípulo nuestro, que hace cuatro meses ha vuelto a su misión, donde será ordenado en el próximo junio, nos escribe en data reciente con las siguientes noticias:
«Los cristianos más significados han sido encarcelados; ocho misioneros, arrestados; el Obispo se prepara para ir también a la cárcel; las Franciscanas Misioneras de María, chinas, dispersadas, y las europeas, van de juicio en juicio, acusadas de asesinas de inocentes, por el gran número de muertos que figuran en los registros de la Santa Infancia. Y, luego, añade: «Se ha publicado aquí que la Diócesis N. ha capitulado bajo la presión de los rojos, firmando el documento da la triple autonomía de la Iglesia china. No sé lo que habrá de verdad en todo ello, pero le puedo asegurar que aquí sacerdotes y cristianos formamos una sola alma y un solo corazón, y que amamos entrañablemente a Jesús Nuestro Redentor, a nuestra Madre la Santa Iglesia y a todos sus legítimos representantes. Rueguen mucho por nosotros para que, con fortaleza y constancia, luchemos contra el diablo y sus ministros, defendiendo nuestra sarta Fe.» Y luego, aplicando a sí mismo el texto del Salmista, añade: «Aunque cayere en el valle en tinieblas, no temeré, porque Dios está conmigo.»

Otro misionero, y éste español, después de hablar de las grandes tribulaciones que les afligen, añade: «No obstante, los cultos marianos del mes de mayo, muy concurridos y con un fervor nunca visto. La gente pone su confianza en la «Auxilium Christianorum» y la invoca con la seguridad de que no quedarán defraudadas sus esperanzas. Así sea.»

Una Franciscana Misionera de María —hoy en la cárcel— escribía el otro día: «Este año, el Señor nos regala con abundancia de gracias; aunque tienen forma de cruz, están llenas de indecible suavidad para el alma. Al sentirse crucificada con Jesús, la misma prolongación del martirio es una nueva prueba de su predilección.»

Otro misionero dice: «Vale la pena el vivir esta hora para dar testimonio de Cristo y ser objeto del odio con que se le persigue a Él.»

Finalmente, otro, y éste de nuestra Provincia, dice «que experimenta como nunca la consoladora verdad de la Comunión de los Santos».

La lucha, como se ve, es encarnizada. ¿Quién la vencerá... ? Nuestras plegarías en la retaguardia sostengan a ¡los valerosos soldados que combaten en el frente.

Afectísimo,

Fr. Gonzalo Valls, ofm.