Nueva expulsión de enfermeras
en la leprosería franciscana de Mosimien

Con la salida de las nueve expulsadas de Mosimien, el 4 de octubre de 1951, aun quedaron en la leprosería seis europeos, entre los cuales, los superiores de ambas Comunidades, que debían presentarse como responsables de todo lo hecho allí durante los veinte y pico de años de existencia de aquel, benéfico establecimiento. De los remanentes, cuatro fueron despedidos el 3 de diciembre, y quince días más tarde despedían también la única monja que restaba, quedando sólo uno, y éste, sacerdote.

¿Cuál ha sido y es la condición actual de aquel centro benéfico desde la ocupación roja?

En lo religioso, firmeza de fe y general robustecimiento del fervor en medio de la persecución de las autoridades y la deficiencia de algún neófito; en lo sanitario, notable empeoramiento que presagia una próxima catástrofe en aquel centro de beneficencia.

Según las cartas recibidas de allí, a partir de la primera expedición de expulsados, parece que en los primeros días extremaron la prohibición de comunicación entre leprosos y europeos y la vigilancia para impedir los actos religiosos. Los leprosos no podían acercarse a la iglesia para oír misa, confesarse o comulgar y n¡para cumplir sus devociones particulares. A los Padres, sin embargo —que tenían su convento fuera del vallado de la leprosería—, se les permitía entrar en ella sólo para la asistencia espiritual de las monjas en su iglesia.

Cinco jóvenes muy fervorosas, de doce a dieciocho años, hijas de leprosos y propensas, por lo mismo, a la lepra, se incorporaron al equipo de enfermeras rojas para tener ocasión de acercarse a los enfermos cristianos, mantener su fe y reavivar su fervor.

Una de ellas, de dieciséis años, llamada Cecilia, más animosa que las demás, burlando, con mucho arte, la vigilancia, informaba secretamente al P. Superior de lo que pasaba en la Leprosería, y recibía de él instrucciones oportunas.

Un día le advirtió que dos leprosos se encontraban muy graves y deseaban recibir el Viático. ¿Cómo hacer? ¡N¡el Padre podía ir a ellos n¡ellos buscar al padre!... Después de deliberar, se encontró solución.

En cuanto a la confesión, se procuraría, a una cierta hora del día, acercar los enfermos a unas ventanas, bajo el pretexto de tomar un poco de sol y de respirar aire más puro. Al mismo tiempo, el Padre subiría, como para pasear, a la terraza de su cercano convento, desde donde dominaba los diversos pabellones. El enfermo, desde su ventana, manifestaría con algún gesto al sacerdote su deseo de confesarse y, golpeándose el pecho, daría señal de arrepentimiento, mientras el Padre, desde su atalaya, le daría la absolución.

Y así se hizo sin interrupciones. Faltaba resolver lo del Viático.

El P. Superior preguntó a Cecilia s¡se atrevería a llevarlo ella misma.

—Ciertamente —respondió ella—, y primero me arrancarían la vida que el Santísimo Sacramento.

También esta estratagema salió a las mil maravillas, por lo que el procedimiento pasó a ser regla general. Los Padres, desde su azotea, iban repartiendo absoluciones a los que desde las ventanas las solicitaban, y Cecilia, trocada en otro Tarsicio, recogía con cautela la teca con el pan eucarístico del lugar convenido donde el sacerdote la depositara, y con gran disimulo, como quien daba una medicina, distribuía la Santa Comunión entre los prenotados de cada día.

Con el tiempo, sin embargo, la situación mejoró algún tanto, según se deduce de las narraciones de los nuevos expulsados.

Parece que en una de las frecuentes conferencias o peroratas que hacían los nuevos apóstoles materialistas, repitieron por enésima vez su tan cacareada fórmula de que el comunismo proclamaba la libertad de religión y aun la fomentaba organizando la Iglesia autónoma.

Entonces, algunos católicos interrumpieron al autorizado orador diciendo: «S¡así es, podemos ir libremente a la iglesia a cumplir las devociones que nos impone nuestra fe.

Aquel charlatán, cogido inesperadamente en su palabra y no pudiendo contradecirse, tuvo que declarar que era permitido mientras no se opusiese al reglamento de la casa, el cual mantenía en pie la prohibición de tratar o conversar con aquellos europeos imperialistas y enemigos de la patria.

Desde aquel día comenzaron las leprosos a frecuentar la iglesia con asiduidad, especialmente cuando los Padres hacían alguna función religiosa a las monjas. Irritados los amos por aquel creciente fervor de los hospitalizados, fueron creando sistemáticamente impedimentos para entorpecer aquellos actos públicos de piedad.

Hasta entonces, el primer acto oficial de la casa tenía lugar a las siete y media de la mañana, pero como muchos se levantaban antes para asistir a la misa que el Padre celebraba para la Comunidad y en ella recibían la comunión, de la noche a la mañana se cambió el horario; en adelante, el primer acto común se haría a las seis, hora de la misa...

Pero hecha la ley, hecha la trampa: una monja enfermiza fingió no poder asistir a la misa de Comunidad, y así el otro padre se reservaba celebrar más tarde para la enferma, a la hora en que los leprosos, por estar libres, podían acudir sin estorbos.

No obstante, quedando firme la prohibición de hablar con los europeos y, por lo mismo, la imposibilidad para los enfermos de hacer sus confesiones secretas, se continuaba el expediente de hacerlas por señas, desde las ventanas, de parte de los enfermos, y desde, su terraza, los padres. Pero cierto día, un extraño se dio cuenta de la existencia de aquel teléfono sin hilos, y habiéndolo denunciado a las autoridades, éstas ordenaron que nadie se asomara a las ventanas.

Era, pues, necesario buscar otra solución a aquel punto, tanto más que algunas conciencias requerían expansionar sus cuitas con el sacerdote... Pero ¿cómo hacer, con tanta vigilancia como se ejercía sobre los europeos? Por fin se encontró un medio, aunque arriesgado. El P. Superior era electricista, y en un ángulo del establecimiento había levantado un pequeño edificio, donde montó una dínamo generadora de fluido para toda la Leprosería. Como los nuevos amos no entendían de ello y temían las descargas eléctricas, se veían en la frecuente necesidad de recurrir al Padre para arreglar los inconvenientes que ocurrían y que él mismo cuidaba de preparar con ardid para menudear sus visitas. Ese cuchitril, por lo retirado y poco frecuentado, se encogió como confesionario. Allí acudía el Padre, en días previamente señalados, a altas horas de la noche, y hacia allí se dirigían con disimulo los que querían purificar sus conciencias.

La cosa se deslizaba suavemente, como una seda, pero no le faltó su nudo y su percance, con el correspondiente susto.

En una noche de insomnio, uno de los oficiales quiso darse un paseo, llegando hasta la misma central eléctrica. Los que fuera esperaban su turno para la confesión, al darse cuenta de la proximidad, avisaron al padre del peligro. Este se acurrucó debajo de un catre que allí había, mientas los penitentes se sentaban al borde del catre y con sus piernas péndulas ocultaban al escondido, entablando una conversación para despistar al visitador. El oficial, oyendo el rumor, entró en la habitación, pero nadie se levantó, a imitación de Raquel, que, sentada, escondía les tesoros que había robado a Labán. El intruso terció en la conversación, alargándose más de lo que todos deseaban, especialmente el padre, que en su escondite contenía incluso la respiración. Por fin se marchó el indeseado y el padre pudo volver ya tranquilo, aunque molido, a su celda.

Por fortuna, no sucedió nada desagradable. Fue una aventura molesta; un susto sin consecuencias.
Las nuevas autoridades cuidaron también de levantar a los leprosos, y aun a los neófitos poco fervorosos, contra los cristianos, sirviéndose de ellos como espías; pero los cristianos tenían como consigna ser los primeros en cumplir el reglamento de la casa para que nadie les echara en cara alguna inobservancia. También la celosa Cecilia fue tomada de mira, pero ella continuaba siempre valiente su apostolado de buena enfermera, de cristiana ejemplar, de caritativa samaritana con los que sufrían y de puente de comunicación entre los cristianos y los sacerdotes.

***

Por lo que se refiere al aspecto sanitario, la Leprosería empeoró muchísimo. Bastaba ver el registro de defunciones.

En tres meses de dominación roja habían muerto unos cuarenta leprosos, mientras antes apenas llegaban a veinte en un año. Y no podía ser de otra suerte, pues, les obligaban todos los días a una gimnasia forzada, mientras ellos necesitaban el reposo, y los hacían desgañitarse con sus himnos y cantos comunistas, siendo así que a los leprosos aun el hablar les hace mal.

Además, la cura médica era poco menos que inútil o nula. Los enfermeros temían el contacto de los leprosos y para la medicación de sus llagas usaban unos bastoncitos o pinceles para aplicarles desde lejos un ungüento. Los vendajes y las inyecciones para calmarles los dolores quedaren suprimidos como superfluos Los rojos alardearon varias veces haber descubierto un específico para acabar con la lepra. A juzgar por los efectos obtenidos en Mosimién, parece poseen un bonito procedimiento para acabar no ya con la lepra, sino con los leprosos y las mismas leproserías. ¡Pobres enfermos! en qué manos han caído! Viendo los amos frustrados sus planes, ya que no lograban arrancar la fe de los leprosos n¡la simpatía de ellos hacia los europeos, sus caritativos enfermeros resolvieran desentenderse de ellos, y así, una orden de las autoridades provinciales, recibida el 2 de diciembre, decretaba la inmediata expulsión de cuatro, nominalmente indicados, de los seis europeos. Quedaban, por lo mismo, un padre italiano y una hermana franciscana, Misionera de María, alemana. ¿Por qué?... No hubo más contestación: «Así lo ordenan los superares.» La noticia se esparció rápidamente.

Les nuevos expulsados, instruidos por lo acaecido con los primeros despedidos, prepararen sus pequeños paquetitos con el indispensable Viático, un él aun pudieron traer consigo, como reliquia, el Crucifijo misionero de nuestro Fr. Pascualet.

Antes de salir aun ocurrieron dos hechos que conviene consignar por las consecuencias que dejaren.
Cuando aquel mismo día, a altas horas de la noche, el P. Superior expulsado se dirigía a su acostumbrado confesionario, observó que se encendieren las luces de un pabellón, desde cuyas ventanas, con lámparas a mano, se iba explorando, los alrededores como buscando a alguien. Creyéndose descubierto, se echó panza a tierra para no ser el blanco de aquellos reflectores. Terminada aquella búsqueda, el Padre volvió a su casa y allí encontró a un leproso que, habiendo saltado la valla, le esperaba para confesarse. Era a este fugitivo y no al Padre intruso a quien buscaban en aquellas pesquisas luminosas.

Al día siguiente, terminada la misa, un leproso entró en la sacristía para confesarse. A los pocos instantes, el médico rejo quiso abrir improvisadamente la puerta para sorprender lo que allí se hacía. Chasqueado al encontrarla cerrada por dentro, se enfureció, golpeando y gritando como un energúmeno. Cuando terminada la confesión, el Padre abrió la puerta, aquél se precipitó dentro apuntándole con el revólver y preguntando: "¿Qué hacías aquí?". "Ejercer un ministerio religioso", respondió tranquilo. Y como continuara aquél amenazándolo, añadió: «Mátame s¡quieres, pero n¡los pocos momentos que me quedan de estar aquí dejaré de cumplir m¡deber de sacerdote católico...»

Una hora después salía para el destierro con los otros tres expulsados. Era el 3 de diciembre de 1951.

Fr. Gonzalo Valls, ofm

Predica el Santo

Sumisión a la voluntad de Dios

El Hijo de Dios, que bajó del cielo y se vistió de nuestra carne, haciéndose verdadero hombre, para redimirnos con su preciosa sangre y para enseñarnos el camino del cielo e instruirnos con su ejemplo, una de las cosas más principales que nos enseñó fue que tuviéramos entera conformidad con la voluntad de Dios en todas las cosas. Y esto no solamente nos lo enseñó de palabra, cuando al enseñarnos a orar dijo: «Así, pues, habéis de orar vosotros: Padre nuestro que estás en les cielos, santificado sea tu nombre; venga a nos el tu reino, hágase tu voluntad, así en él cielo como en la tierra» (Mt 9, 10); sino que también confirmó esta doctrina con su ejemplo, diciendo: «Porque yo he bajado del cielo, no para hacer m¡voluntad, sino la voluntad de m¡Padre que me envió» (Jn 6, 38). Y el Jueves de la Pasión, en aquella oración del huerto, aunque el cuerpo y el apetito sensitivo naturalmente rehusaban la muerte, y así, para mostrar que era verdaderamente hombre, dijo: «Padre mío s¡es posible, pase de mí este cáliz»; como la voluntad siempre estuvo muy pronta y deseosa de beber el cáliz que su Padre le enviaba, añadió luego: «Pero no se haga, Señor, lo que yo quiero, sino lo que vos queréis» (Mt 26, 39).

S¡queremos, pues, ser verdaderos cristianes, ordenemos el ejercicio de nuestra voluntad de modo que quede rendida a la de Dios. Porque, como dice San Agustín: «El cuerpo ce Cristo no puede vivir más que del espíritu de Cristo.»

¿No estaban grabados en tablas de mármol los mandamientos dados al pueblo judío? Pues dejemos que se graben también en nuestro corazón de igual, manera las disposiciones santas de la voluntad de Dios, y entreguémonos a él sin reserva alguna. A esta total entrega a la voluntad divina nos dará ánimo y valor recordar los auxilios que Dios nos concede para ello y los cuidados que se toma el Señor por cada uno de nosotros, los rasgos de su amor que le hacen venir con frecuencia a nuestro corazón para alentarnos con santas inspiraciones, con buenos consejos y con tantos otros medios eficaces, que ninguna cosa puede acontecer en el mundo sino por voluntad y orden de Dios, y, sobre todo, que nuestro aprovechamiento y perfección consiste en esta conformidad con la voluntad divina, pues dice el Apóstol: «Lo más alto y lo más perfecto es la caridad y amor de Dios.» Pues bien; lo más alto y más subido y más puro de ese amor de Dios y como la nata de él, es conformarse en todo con la voluntad de Dios y tener un querer y no querer con su Majestad en todas las cosas.

Aceptemos los designios de Dios; aceptemos como enviado por él cuanto ocurra durante el año que acaba de comenzar y siempre; así los acontecimientos de carácter público como las circunstancias particulares que tocan a nuestra persona, y aun las consecuencias de nuestros propios actos. Evitemos toda preocupación y cerremos nuestra alma a toda inquietud. Persuádamonos bien de que no serán nuestras habilidades n¡nuestros desvelos los que harán prosperar los negocios que tengamos a nuestro cargo. Después de haber hecho lo posible de nuestra parte, para su buen resultado, dejémoslos en las manos de Dios. Dejémosle hacer de nosotros y por nosotros todo lo que quiera, con la absoluta seguridad de que todo será para nuestro bien. Sigamos con fidelidad y confianza todas, las indicaciones de la voluntad de Dios; permanezcamos suspensos de su mano, pues aun cuando esté oculta, no la retirará para abandonarnos. Así es como nuestra voluntad será buena, como lo es la divina, y vendrá a nuestras almas aquella paz bendita que anunciaron los ángeles, la noche del nacimiento del Príncipe de la Paz, a los hombree de buena voluntad.

Fr. Antonio de Padua