A propósito del séptimo centenario de la muerte de Santa Clara
La admiración de los siglos
Hace setecientos años que en Asís —el día 11 de agosto de 1253— moría Santa Clara.
Alma fuerte y delicada, forjada en una familia de guerreros, ella ha sabido imponerse a la
admiración de los siglos por su
singular personalidad. Con extremado tesón resiste a los halagos
del mundo y las amenazas de
los parientes. Con suavidad y
energía a la vez se opone a su
gran amigo el Papa Gregorio IX—que quería obligarla a aceptar
rentas temporales—, y vive todo
el tiempo de su vida religiosa,
42 años, en pobreza, penitencia,
trabajo, caridad y alegría.
El encanto peculiar de su virtud atrae lo mismo a las cortes reales y a los palacios de los príncipes que a las clases populares más humildes, juntándolos a todos en santa hermandad: y por doquier se veían surgir monasterios, verdaderos oasis de paz, de trabajo y de caridad, que contribuyen muy eficazmente a suavizar las violentas pasiones del medioevo y a hacer florecer la civilización cristiana.
De ahí que, con santa emoción y con pleno conocimiento de la importancia de la fecha, debamos prepararnos a celebrar este séptimo centenario de la muerte de Santa Clara.
Quisiéramos que no sólo para nosotros, los que militamos en las filas del Pobrecíllo de Asís, sino para el mundo entero, fuera el año 1953 el «Año de Santa Clara», no tanto por las solemnidades externas, cuanto por una meditación, sentida y eficaz, de su vida admirable y de sus preclaras virtudes.
Quisiéramos que en los franciscanos y en toda alma sinceramente cristiana creciese el deseo da conocer a fondo a esta alma admirable, que, en su fiel seguimiento de San Francisco, consiguió una originalidad peculiar en la práctica de las más bellas virtudes cristianas.
Su prócer desprecio del mundo, su ardiente amor a la Eucaristía, sus ansias de pobreza evangélica y su tierna y fecunda caridad, podrían impresionar con viveza y fuerte atracción a las disipadas, sensuales y egoístas almas modernas, de suerte que suscitaran en muchas deseos de perfección y de vida sobrenatural.
La gran Santa de Asís nos alcance del cielo el don de la gracia, que nos enseñe a enamorarnos de la austeridad evangélica, de suerte que la fascinación del mundo pierda en nosotros todos sus falaces destellos.
Fr. José Antonio Arnau, ofm
Min. Prov.
Parangon aleccionador
La "Ciudad Santa" de Xauen
Terminada la Visita canónica de la Provincia de Granada, los Superiores tuvieron la gentileza de invitarme a visitar la Misión de Marruecos. Fueron días sobrecargados de impresiones los que pasé en aquellas tierras. Y es que al otro lado del Estrecho se abre al cristiano todo un mundo nuevo. Nuevo en todos los aspectos, sobre todo en el ético. Por eso traté de aprovechar todas las ocasiones de ponerme en contacto inmediato con la vida musulmana. Para ello ningún lugar más a propósito que la «ciudad santa» de Xauen, y allí dirigí una de mis excursiones.
Protegida la población por una mole montuosa de importancia, sus moradores se creen más al abrigo de las influencias cristianas y europeas que en el resto del país. Allí pueden desenvolverse los moros más a sus anchas.
Su emplazamiento es en extremo pintoresco. Descansa , sobre la falda de una montaña, rica en manantiales. Alfombrada con el verde tapiz de sus huertas, semeja, en verdad, un oasis.
La parte española de la ciudad, presidida por la iglesia de la Misión, es talmente un jardín. La parte mora, en cambio, es su antítesis. Casas que más bien parecen chozas, sin otra ventilación que la puerta de entrada, que apenas puede atravesar una persona de regular estatura. Calles angostas, empinadas, tortuosas; verdaderos vericuetos.
La gente viste más que pobremente. Es sucia y harapienta. N¡conoce la cortesía, a no ser que pretenda conseguir alguna propina. Al cruzarse con nuestro grupo, no se preocupan les moros de tomar la derecha o la izquierda; echan por «la calle de en medio», metiéndose por entre nosotros.
Su porte, por lo general, es altanero. Caminan y miran con aire de superioridad. Parece leerse en sus rostros el desdén que les produce el cristiano y el coraje que les despierta la presencia de europeos en su «ciudad santa», que queda así profanada. Es como una protesta muda ante la imposibilidad de protestar abiertamente.
Al doblar el arco que comunica la parte nueva (española) con la vieja ciudad mora, nos encontramos repentinamente con un santón. Lleva la capucha puesta, un bastón largo en la mano y un rosario de cuentas colgado al cuello. Sorprendido por el inesperado espectáculo de tantos frailes juntos, nos vuelve las espaldas, como quien no quiere contaminarse con la visión de los monjes cristianos. Otro tanto hizo un alfaquí ciego, s¡bien con cierto disimulo.
Al pasar ante un grupo de moros que matan el tiempo echados en el suelo, un niño escupe. Es la señal del desprecio que siente por nosotros. Lo mismo noto luego con alguna frecuencia, s¡bien siempre se trata de niños, y también de niñas. Los mayores temen, sin duda, las represalias de las autoridades.
Me asomo a las escuelas moras, situadas junto a las mezquitas. Son, más bien que escuelas, unos corralillos. Lo niños se sientan en el suelo, cubierto de unas esteras, y leen unas tablillas donde hay reproducidos consejos del Corán. Noto la falta de niñas en las escuelas; pregunto al cicerone, y me contesta que las niñas no necesitan ir a la escuela, ya que no han de asistir a los actos de culto en las mezquitas.
En realidad, la mujer no tiene personalidad entre los musulmanes. Unicamente los hombres asisten a los actos religiosos. Las mujeres, no. Excepcionalmente se les permite ir una vez al año a la mezquita. Por eso no necesitan aprender a rezar, y, por consiguiente, huelga que vayan a las escuelas moras, donde lo único que se enseña son oraciones y consejos para una vida religiosa.
Esa degradación del sexo femenino se exterioriza en todos los órdenes de la vida. La mujer es vendida por su padre a un marido, a quien no conoce de antemano. Vive para trabajar y para servir a los caprichos y las pasiones de éste, que la puede maltratar y golpear a su antojo, como se pega a una bestia de carga. En verdad, la mujer musulmana viene a ser la primera bestia de carga de la casa, la «muía más hermosa», según frase ya estereotipada. El marido es el amo; la mujer, la esclava. En el taller-escuela de alfombras sólo v¡niñas, 'a mayor parte muy pequeñas. Eso es lo que se enseña a la mujer: trabajar.
Sin cultura, con los sentimientos religiosos ahogados, con sus cualidades naturales de delicadeza y bondad resecas por el agobio del duro bregar cotidiano y del ambiente de inferioridad en que se educa, sólo el miedo sostiene a la mujer mora dentro de las fronteras de una moralidad externa. De soltera, el miedo a los padres y a la ley. De casada, el miedo al marido. ¡Cuán claramente se revela aquí lo que la mujer debe a Cristo!
Oímos el sonsonete monótono de la oración de un alfaquí,y al acercarnos a la puerta de la mezquita con el ánimo de curiosear, un moro corre alborotado hacia nosotros, avisándonos que nos está prohibido el acceso al lugar sagrado.
Prosiguiendo nuestra excursión, llegamos hasta la fuente que desde lo alto de la ciudad la abastece de aguas. Bajo la sombra de los frondosos álamos departen en animado jolgorio varias parejitas españolas. Ellos, con aire y porte de despreocupación; ellas, más aún que despreocupadas, inmodestas. No pude menos de advertir el contraste. Las moras, cubiertas hasta los ojos; las cristianas, provocando con su descocada actitud y su descarado atuendo. No podía tener remate más desagradable aquel paseo tan lleno de sorpresas. ¿Acaso es esa libertad de los hijos de Dios que el Evangelio ha dado a hombres y mujeres; es ese el porte correspondiente a la dignidad que Cristo ha concedido al sexo bello?
Nota: Hacemos notar que esta visita se realiza durante el tiempo del Protectorado español de Marruecos, que se extendió desde el 27 de noviembre de 1912 hasta el 7 de abril de 1956.
El día 14 de diciembre
El Beato Nicolás Factor y la música
Al P. Nicolás Andrés
Providencialmente ha sido trasladada la fiesta del Beato Nicolás a un día más libre, y así poderle festejar y rendir los honores debidos a un Santo del Renacimiento español, que todavía es de actualidad su recuerdo y aun nos puede aleccionar como un Maestro de espíritu que lo fue inmortal.
Deseando yo, pues, contribuir a su fiesta, recorto esta olvidada página, de fuente indirecta, como un gallardete nuevo que ayude a otros más vistosos a lucir en su nuevo y alegre día de fiesta onomástica.
«El Venerable P. Fray Nicolás Factor, religioso observante del Seráfico Francisco, varón de calificada virtud y, por tal, amigo de San Luis Beltrán, vino a visitar este Santuario [la Cueva Santa de Segorbe] en compañía de una familia valenciana. Baxó a esta capilla, púsose en oración y, quando más embelesada estaba su voluntad en tiernos coloquios con esta Santa Imagen, le llamaron para comer los de su comitiva. No se dió el Venerable religioso por entendido. Bolvieron a llamarle con instancias tan inoportunas que le obligaron a dexar el cielo de esta capilla; subió, en fin, y les dixo: Yo aseguro que s¡vosotros oyéredes la música que a la Virgen le están haciendo en su Cueva, no tendríais tanta prisa de comer» (p. 110). «No extraño, señores, que este Venerable religioso quedara tan embelesado en oír la Capilla angélica en esta Cueva Santa, que no apeteciera la comida; porque, según Filón Hebres, s¡nuestros oídos tuvieran la dicha de percibir la suavidad y dulzura de la armonía que forman en su movimiento los cielos, nos arrebataran de forma los sentidos que, extáticos como Moisés en el Monte, passaran sin gustar el pan n¡beber agua. ¿Qué mucho, pues, que el Venerable Padre Fr. Nicolás no apeteciera la comida, quando en esta Cueva Santa oía no sólo la armonía de los cielos, sino la música de les ángeles?» (1).
No quiero prolongar más este articulito, seguro de que lo harán con gusto los músicos y factoristas y estañistas (el Beato era un Estaña rubio de Albaida) que lo lean, y lo pondrán en la colección del Beato Nicolás como músico (cantor, tañedor y crítico), y todo para honra y gloria de Dios Creador por su bella creatura la alada y misteriosa música que nos abre en flor los sentidos místicos y religiosos de la Creación (San Agustín).
(1) P. Miguel Pastor, O. P. Panegírico de la Virgen de la Cueva Santa, 8 de septiembre de 1724, impreso en Valencia por Joseph García en 1725. Al margen del relato: "Así lo atestigua un manuscrito de la Cueva Santa."
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