La hora de la sangre

Consigna anual para la campaña misional para el año 1953: Nuestra solidaridad con los mártires de las misiones

Aunque humanamente todo parece indicar lo contrario, al abrirse este año de 1953, la Iglesia se halla colocada en un alto vértice de esperanzas. La razón es clara. Jamás, simultáneamente, ha existido una conjura de persecución tan intensa y atroz como en esta hora. Esto quiere decir que Dios está más cerca de nosotros que nunca. Observando el mapa del mundo, la mancha roja de la persecución arranca de la línea Berlín-Viena y se extiende hacia él Oriente hasta las costas de China y de Manchuria. Esta persecución reviste todas las formas de lo demoníaco. Nunca Satán, con el poder de las tinieblas, estuvo tan cerca del mundo, y por eso afirmamos que nunca está tan cerca de nosotros Jesucristo. Esta convergencia de la potencia del mal con la gran hora de Jesucristo ya fue prefigurada claramente en la Pasión del Señor. El mismo lo advirtió: «Esta es la hora del poder de las tinieblas.» Efectivamente, así fue. Pero el tiempo es enemigo de Satán y aliado de Dios. Cada minuto que pasa es un minuto perdido para Satán y ganado para Jesucristo.

De una manera especial, los caballos del Apocalipsis trotan sobre los territorios de las santas Misiones. El Santo Padre aludía a la Iglesia Misionera perseguida en su encíclica «Evangel¡praecones»: «Tenemos noticia de que muchos fieles, por el mero hecho de mantenerse firmes en la fe, al igual que no pocas vírgenes consagradas al Señor, misioneros, sacerdotes indígenas y aun algunos Obispos, han sido arrancados de sus casas y despojados de sus bienes, y así van pereciendo de miseria en el destierro o se encuentran prisioneros en cárceles o campos de concentración, y aun algunas veces han sido horriblemente asesinados.»

Nosotros hemos de mirar a la Iglesia perseguida desde el único ángulo sobrenatural. Esta tremenda efusión de sangre moral y material, estas iglesias derruidas, este retorno a las catacumbas, es cimiento de gran esperanza, iQué aurora de conversiones, de pueblos ganados, de instituciones bautizadas por Cristo, no se estará incubando en las chabolas de los campos de concentración, en las casamatas infectas, en los hogares donde, con los labios del corazón, a espaldas de la policía, se reza el rosario a la Virgen María!

Estos prelados, estos sacerdotes, estos simples fieles acosados cercados, torturados son el gran contrapeso seguro contra esa otra Iglesia de Occidente, perseguida ladinamente por un incruento sistema de muerte lenta del espíritu cristiano, por medio de la frivolidad, de la ambición del dinero, de la sensualidad revestida de comprensión, de la falsa caridad, que en el fondo no es más que una política de buena vecindad.

Aunque parezca mentira, del Oriente nos ha de venir la ortodoxia segura para estos tiempos confusos. Es mucho más fácil que el Evangelio auténtico, «sine glossa», se salve detrás de los telones de acero y de las cortinas de bambú, que en las fáciles y placenteras componendas de pueblos, de políticos y de ridículos mesías del momento presente, cuyo mensaje son huecas palabras para encubrir, con polvillo de cristiandad, inconfesables cobardías ante la perenne Cruz de Jesucristo.

Porque, para desgracia nuestra, hay países y extensas zonas de cristianos que han escamoteado del Evangelio el Sermón de la Montaña. Pero los puros, los pobres, los hambrientos, los que sufren persecución por la justicia, son el cimiento de la obra misionera. Por eso nuestra esperanza, hoy día, proyecta sus reflectores sobre los tenebrosos campos de misión para buscar allí este ejército de famélicos, de hombres torturados, de mujeres en destierro, de familias destrozadas, de sacerdotes tendidos de bruces con un tiro en la nuca. Porque ellos son una garantía: son la seguridad de la sangre, sin la cual n¡los dólares, n¡los periódicos, n¡la radio, n¡el cine, n¡los congresos y asambleas cuentan nada en la estrategia de Cristo.

Por lo tanto: «S¡a nosotros no nos es dado el privilegio del testimonio doloroso, sí el deber y la alegría de la compasión amorosa y eficiente. Las oraciones, el trabajo, el sudor, las humillaciones y las limosnas de este año deben tener la ternura y el ardor de quien enjuga y recoge la sangre de los mártires, de quien da, aun con riesgo de la vida, un trago de agua al héroe sediento encadenado» (Pennisi).

San Bruno. RibaltaEl arte invita al silencio y a la oración

Ya este es tiempo de invitación al silencio, la oración y la penitencia, ante el cual siempre el arte ha elevado silenciosamente su inspiración en sus obras, que una invitación son a la oración y la penitencia, cooperando al deseo de la Iglesia.

Aquel siglo XVI y XVII valencianos en arte, en pintura, sus obras elevaban la mente y el corazón de los fieles.

Con valía extraordinaria, uno de los más fervientes pintores, Francisco Ribalta, realizaba sus maravillosas pinturas lleno de unción y brioso de técnica.

Este San Bruno —para la Cartuja de Porta-Coeli— es una magnífica muestra de la altitud de concepto y justeza de la representación modélica.

En el Museo de Valencia, es una lección integral de arte para todos; barroco y sugeridor de sentimientos espirituales.

 

 

 

 

 

 

 

De nuestras misiones en China

Las postrimerías de la Leprosería de Mosimien

Este último período de aquel establecimiento de caridad franciscana fue de corta duración —apenas dos meses—, pero rico de episodios.

Comenzó ya con un proceso o juicio popular, según el método de la justicia comunista.

— ¡Ya ajustaremos cuentas!, dijo el médico enfurecido.

Pero, ¿con quién..., s¡el delincuente —el Superior— se le escapaba de las manos a las pocas horas, expulsado por la suprema autoridad?

Eso no importa para la justicia al estilo rojo, que pide cuentas y castiga en los sucesores los delitos de los que precedieron. Los nuevos jueces habían quedado en posesión de los cuerpos de delito: uno era la soga aun pendiente del árbol, por la cual el Superior se había descolgado, entrando en la Leprosería, y había trepado al salir, escapando cuando se le buscaba. El otro era el mismo leproso que, cogido «in fraganti», declaró haber saltado la valla para ir a confesarse.

A éste, a fuerza de tormentos, le arrancaron algunas acusaciones contra el único Padre que allí quedaba, y con ellas prepararon el proceso para el juicio popular.

Este tenía lugar el primer día y en el mismo local de la iglesia donde el Padre tanto había predicado y orado. Al capítulo de acusaciones que le incriminaban respondió con santa franqueza.

Reconoció y confirmó una vez más haber calificado de horrenda injusticia los maltratos de que había sido víctima el inocente Obispo de Tatsicucú, y de infame calumnia y de increíble aberración acusar de asesinas a las monjas que habían recogido las criaturitas abandonadas. En cambio, negó absolutamente que él hubiese dicho a los leprosos que los rojos los matarían, y que él hubiese obligado, o invitado siquiera, al leproso a salir de la Leprosería e ir a confesarse.

Según el protocolo judicial comunista, el reo debe, de grado o por fuerza, reconocer y confesar su culpa por escrito, y como el Padre se negase a hacer tal cosa, pasaron a la violencia. Le dieron empellones, puntapiés, puñetazos, lo escupieron entre maldiciones, le mesaron la barba y, tirando de ella, lo arrastraron por el suelo algunos metros. El cerró sus labios a toda queja o lamento y observó silencio absoluto a las preguntas que le dirigían, por lo que sus jueces le interrogaron:

—¿Por qué no respondes?

—Cuando me tratéis como hombre —contestó escuetamente el Padre—, os responderé como tal. Aquella frase les amansó, y como tenían prisa en acabar aquel juicio y acabarlo en bien, ya que necesitaban de los buenos servicios del reo como electricista, se vino a una conclusión amistosa y de compromiso, en la que el imputado declaraba haber hecho mal recibiendo en su casa a un leproso fugitivo y prometía no hacerlo más. Así acabó aquel proceso sin pies n¡cabeza, cuyo veredicto queda aún en suspenso. Entretanto, los exilados continuaban su viaje, llegando la vigilia de Navidad a Hnkow, donde tuvieron la satisfacción de ver cómo 6.000 cristianos hacían su fervorosa comunión en aquella solemnidad y en las barbas de los mismos comunistas.

Fecunda soledad

Con la marcha de aquellos cuatro últimos expulsados, en la Leprosería quedaban dos europeos: un Padre veneciano y una Franciscana Misionera de María, alemana. Esta, sin embargo, venía despedida a los quince días, y, con ello, restaba sólo el Padre.

De su estado de ánimo en esta ocasión, nos habla bien claro la siguiente carta, escrita a uno de nosotros: «Le agradezco su recuerdo cotidiano ante el Señor. Jamás he experimentado como ahora la necesidad de Dios, pero en un sentido todo nuevo y distinto de antes. Dios es m¡vida, m¡fuerza, m¡luz, m¡todo. Es dulce, sí, sufrir por él; pero quedar solo, sin el consuelo de los cohermanos y pensar en su aflicción al verse lejos de la obra que tanto han amado, son cosas que no se pueden exprimir... Yo haré todo lo posible para quedar aquí como custodio de nuestros muertos y para mantener encendida la llama de la Fe por la que han dado su vida y su sangre nuestros Padres y Hermanos y ofrecido tantos sacrificios nuestros bienhechores... Ahora me llega la noticia de que mañana partirá la última religiosa que queda aquí. De una parte, estoy contento, pues para mí es más seguro y para ella un bien; pero, ¡pobre corazón humano! ¡Aún más solo! De ahora en adelante, nadie, ¿y hasta cuándo?...»

(Continuará.)

Fr. Gonzalo Valls, ofm

Reportajes de Irlanda

Impresiones sueltas

Entre tantas modalidades y maneras que tuve que alabar o aceptar sin protesta, había una costumbre que interiormente no perdonaba, cuando estuve con los irlandeses. No es que llegaran a insultarle a uno; nada de eso. Más bien se preponían halagarle.

Se dice «que lo mucho suele enfadar». Pues éste era nuestro enfado, el de m¡compañero el P. Carlos Sáez y el mío. Con cada persona que tropezábamos por vez primera habíamos de mantener el insulso y fastidioso diálogo, un tiroteo de palabras con que se llegaba a la agonía sin la muerte.

¿Le gusta a usted este país? ¿Cuánto tiempo está aquí? ¿Tiene frío? Estas y otras por el estilo eran las descargas verbales que se nos venían encima en cuanto divisábamos un rostro nuevo en disposición de saludarnos. ¡Ah, y que no se podía escapar uno!

Una de las veces que sentí más alegría fue cuando un irlandés me invitó a subir a su coche. Yo iba por la acera, dirección del Colegio donde residía, que quedaba a veinte minutos de la ciudad. Cuando dejé la última calle, quedó maniatado junto a mí un coche que antes embestía brutalmente las distancias. Me indicó el asiento el dueño y yo me metí en él sin más requerimientos. Creí oportuno adelantarle m¡nacionalidad. Aquel señor me miró y con una sonrisa me dijo que lo adivinaba.

— ¡Vaya! ¿Sabe usted que yo soy español?

—Por lo menos usted no es irlandés —me dijo—. Pero supuse que era español porque por aquí suelen venir alguno que otro. Además... su cara.

Aquella fue una de las pocas veces que no se me pidió de manera embarazada cómo transcurría m¡estancia en Irlanda. Pero yo era español, aunque m¡boca no dijera aquí estoy yo; eso era lo que me impresionó. Cuando me fijé, luego, en los irlandeses, llegué a concluir que también ellos eran irlandeses por encima de todos los pesares.

El irlandés es de una estatura mediana, relleno de carnes y de cabellos más que rubios, con reflejos a cobre, que se les disuelve por el rostro, dejándolos arrebolados. Los ojos, cas¡siempre verdigrises, poco expresivos. También es bastante común en ellos los lunares y pecas, como una pulverización de ácido. Es, sobre todo, su carácter frío, que equivale a decir irreactivo, reflexivo en demasía, aunado a un aprecio incondicional a lo español, lo que mejor define el tipo idiosincrásico del irlandés. En esto último les somos deudores a ellos de afectuosa correspondencia.

Lo español es un artículo apreciado y cotizado en Irlanda. S¡lo hubiéramos sabido antes, nos hubiéramos ganado algunos halagos en el aeropuerto de Dublin, donde tomamos tierra. Pero les hablamos en francés a los oficiales de la base y hubieron de creer que éramos franceses o qué sé yo qué pensarían de nosotros. Lo cierto es que los gestos de recibimiento no fueron muy simpáticos. Sin embargo, cuando volvimos y, enterados aquellos mismos que nos recibieron de que éramos españoles, nos acariciaron con una irlandesa sonrisa y unas palabras comunicativas en inglés. Aquello cambiaba.

Y cuando ya respirábamos a gusto entre los irlandeses, nos holgábamos con las palabras ditirámbicas o las frases efusivas dedicadas a nuestra nación, recogidas en los autobuses de la ciudad, en el paseo o en alguna visita. Por esos mismos días se hospitalizó a un marinero, español que se hirió trabajando en uno de los barquitos que parten de Vigo. Piense cada cual la manera cómo obsequiarían a aquel mudo muchacho dolorido, que me decía a mí cuando iba a visitarle para sacarle de su ostracismo, que s¡supiera decir algunas cosas en ese lenguaje «endiablado», a gusto se quedaría con ellos toda la vida, pues jamás había recibido mayores muestras de simpatía y de amor por parte de los hospitalizados y la gente que servía en el hospital.

Entre las cosas que les deleita está nuestra música, valiente y gozosa en la jota y coloreada y señera en el flamenco. No se cansaban nunca de oír nuestro folklore, sobre todo en la música, pues es la manifestación artística a la que no se le puede levantar ninguna valla: es siempre internacional. S¡hubieran podido saborear nuestra poesía o nuestra charla, de seguro que les hubiera encantado, pues también en éstas anda suelto el carácter español. Carácter que, visto desde aquel país y por decirlo con pocas palabras, aparece exultante, vivo y bravo, donde se pueden escenificar en cualquier hora los valores esenciales y humanos: un dolor sangrante y una estruendosa carcajada —los dos flancos sobre los que se resuelve el amor en el quicio de la vida

Fr. David Cervera, ofm

Antiguo convento de San Francisco de Valencia en 1840.
Ocupaba el sitio que hoy es la Plaza del Ayuntamiento

Consultorio religioso

¿Es pecado cambiar la voz al confesor para que no la conozca?

El confesor, para cumplir con su oficio, no necesita conocer al pecador, sino los pecados, que son la materia de la absolución. Por lo tanto, no supone falta el simular la voz, con tal de declarar todos los pecados mortales.

Podría ser pecado en el caso que se hiciera de propósito por quien tuviera costumbre de cometer un pecado y con la intención de engañar al confesor para conseguir la absolución, que de otro modo se le negaría.

¿Cómo llama Dios a las almas a abrazar el estado religioso?

Las llama de muy diversas maneras; y de ordinario, muy suavemente, incitándolas a abrazar una vida más piadosa, a alejarse de las vanidades del mundo; les hace experimentar a veces el vacío del amor de las criaturas, y, por felices coincidencias, las va poniendo en contacto con personas que secundan los planes de Dios y les facilitan la entrada definitiva en religión.

¿Qué espíritu debe nutrir al que viste el hábito de la Venerable Orden Tercera de San Francisco?

Los Terciarios Franciscanos tienen hábito propio: consiste en el escapulario y el cordón. El escapulario significa el espíritu de pobreza y penitencia que deben informar toda la vida del Terciario, y el cordón, la pureza que el Terciario debe practicar en toda su vida.

El novicio debe sentirse feliz de vestir —aunque simbólicamente— el mismo hábito que vistieron San Francisco y otros muchos Santos. Debe amarlo, pensando que este hábito le defiende de muchos peligros, le hace participante de muchas gracias y privilegios y atrae sobre sí las bendiciones de Nuestro Seráfico Padre San Francisco.

Dice la Biblia que Dios hizo todas las cosas y le parecieron buenas. Entonces, ¿por qué muchas resultan peligrosas para el alma?

Porque no usamos de ellas como Dios manda. Ahí tiene la razón..

Fr. Agnello