La Seráfica Provincia de Valencia y la Inmaculada

Pretender reducir a los límites obligados de un artículo lo que la rica tradición inmaculista de estos reinos de Aragón y Valencia debe a los franciscanos, es empresa poco menos que imposible. Con todo, intentaremos dar algunos como brochazos que marquen los hitos de la tradición y entronquen nuestro legítimo gozo, en este año centenario de la proclamación dogmática de la Inmaculada Concepción, con los sinsabores, entusiasmos y alegrías que nuestros antepasados experimentaron en las vicisitudes por que hubo de pasar este dogma antes de ser promulgado como tal por la infalible autoridad del Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854.

Honda raíz inmaculista en nuestros reinos

La cuna del reino de Valencia bien podemos afirmar que está hermoseada con la púrpura de la sangre de mártires franciscanos.

En los últimos días de agosto de 1221, según la opinión más autorizada, en la plaza pública, por orden de Zeit-Abu-Ceid, último rey almohade de Valencia, fueron decapitados los Beatos Fr. Juan de Perusa y Fr. Pedro de Saxoferrato, que vinieron de Teruel a predicar la fe de Cristo a los moros de este reino. En 1238, con el Rey Conquistador, entraban también en Valencia los religiosos franciscanos y empezaron a edificar su convento extramuros de la ciudad, en un lugar contiguo a donde años antes habían sido martirizados sus Hermanos de hábito. Hoy ese lugar es la plaza del Ayuntamiento.

Con estos principios no es extraño que en Valencia se celebraran pronto las fiestas de la Inmaculada, de la Visitación, así como que prendieran otras devociones que la Orden Franciscana llevó a todas partes desde sus orígenes: el Ángelus, la misa de los sábados en honor de la Inmaculada, etc.

Esta devoción a la Inmaculada Concepción fue la que con mayor tesón sostuvieron, defendieron y propagaron los religiosos franciscanos en estos reinos de Aragón, donde aparecieron pronto los frutos de su apostolado mariano inmaculista. Así, mientras en la Sorbona de París el inmortal Escoto, con dialéctica irrebatible defendía la prerrogativa de la Virgen, en estas tierras, bañadas con la transparente luz mediterránea, casi anticipándose al Doctor Sutil, procedente de las brumosas regiones del norte, el Doctor iluminado Beato Ramón Lull vertía su genio en chorros de luz y poesía defendiendo la Concepción Inmaculada de María (1). Este valioso magisterio del terciario franciscano mallorquín, junto a la constante y eficaz acción de los religiosos franciscanos, despertaron ardiente entusiasmo en todos los pueblos de la Corona de Aragón y en sus monarcas a favor del misterio de la Inmaculada.

Pragmática de Juan I de Aragón

Influenciado por este ambiente e inspirado, sin duda, por los franciscanos que eran sus confesores, el rey Juan I publicó una pragmática, fechada en Valencia, a 2 de febrero de 1394, que marca el triunfo casi definitivo en nuestros reinos de la opinión inmaculista.

En ella el piadoso monarca aragonés, después de recordar la fiesta de la Inmaculada que «cascun any la nostra Real casa y 'ls nostres predecessors, de gloriosa memoria, han acostumat ab devota alegría celebrar», así como la Cofradía que para venerar la memoria de la Inmaculada acababa de fundar, dispuso que la fiesta de la Inmaculada Concepción se celebrase anualmente en todos sus estados: "Disponem, ordenam y manam per tots nostres Regnes y terres a universos y singles feels cristians, aixi Religiosos, Clergues com seculars, aixi chichs com grans, que ab molta reverencia cascun any perpetuament celebren aquella... y ab riguroses penes prohibim y manam a tots los sermonadors de la paraula divina que ningú tinga atreviment de dir y proferir, en publicich ni en particular, cosa alguna que sia en perjuhí o derogado de aquesta pura e Inmaculada Concepció...» (2).

La importancia de este documento no necesita ponderación. Ni es de extrañar que surgiera en nuestros reinos, ya por esta época, el saludo del Ave María purísima, sin pecado concebida, como santo y seña de los devotos de la Santísima Virgen en el misterio de su Inmaculada Concepción...

Ilmo. D. Fr. Francisco Eximénez

Grande fue en Valencia y su reino la influencia de este sabio franciscano en todos los órdenes —social, cultural y religioso—. A él encargaba, en 1399, el Consejo General de Valencia que redactara las normas o estatutos sobre la enseñanza pública; asimismo se colocaron todos sus escritos para instrucción de los fieles en los centros oficiales de la ciudad, y entre ellos estaba Vida de Jesucrist, en que enseña la doctrina de la Inmaculada Concepción, y además Tractat de la Concepció de la Verge María (3), todo él, aunque de cortas dimensiones, consagrado a la defensa del mencionado misterio.

Con este magisterio y con el no menos eficaz llevado a cabo por otros celosos religiosos predicadores populares, se explica el entusiasmo que produjo la noticia de que en el Concilio de Basilea se había definido el dogma de la Inmaculada: "A 14 de agost de dit any (1440) —dice Mosén Fco. March— feren gran festa els Frates Menors y bailaren per la Ciutat, perque havien guanyat en lo Consili de Basilea que la Sagrada Verge María no era concebuda en pecat original; y de allí avant fon manada la festa seua" (4).

Sor Isabel de Villena

Esta ilustre religiosa clarisa del Real Monasterio de la Trinidad, de Valencia, tuvo también, en la segunda mitad del siglo XV, enorme influencia en la vida cultural religiosa de Valencia. Como franciscana no podía menos que poner al servicio de la causa inmaculista sus preclaras dotes de nobleza, inteligencia y literarias.

En su célebre libro Vita Christi, escrito en valenciano, dedicó dos largos capítulos al misterio de la Inmaculada Concepción. También a ella se debe una de las formas más atrayentes en que se representó el misterio de la Inmaculada, es a saber: la Virgen de pie sobre la luna, vestida de blanco con manto azul, las manos juntas al pecho; sobre ella el Padre Eterno y el Hijo coronándola, y el Espíritu Santo, en medio, en forma de paloma; por los lados, como enmarcándola, diversos emblemas bíblicos de las prerrogativas de. la Virgen.

Esta forma fue reproducida en varias pinturas del tiempo de la venerable. Bajo la misma forma, en 1484, la Santísima Virgen se apareció a la Beata Beatriz de Silva, fundadora de las Religiosas Concepcionistas, y recibió su consagración artística con el pincel de Joan de Joanes en 1554, al hacer el retablo para la iglesia de San Bartolomé, de Valencia.

Al espíritu de la Venerable Sor Isabel de Villena se debe también que una de sus hijas espirituales, Sor Damiana de Mompalau, al trasladarse al convento de Santa Clara y Santa Isabel, de Valencia, como Abadesa y Reformadora, erigiese en la iglesia una nueva capilla de la Inmaculada con artístico retablo de los más renombrados escultores de la época (Forment...); fundase en dicha iglesia, en 1500, la primera Cofradía de la Purísima establecida en Valencia, y que cambiase el titular de la iglesia y monasterio por el de la Inmaculada Concepción o Puridad de María.

Desafortunado sermón con felices consecuencias

Un incidente desagradable vino a poner de manifiesto la firmeza con que Valencia profesaba la Inmaculada Concepción. En 1530 cierto maestro de Teología llamado Mosén Moner, tuvo el atrevimiento de predicar desde el púlpito de la Catedral conceptos desfavorables a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen.

El pueblo valenciano, que se gloriaba de tener entre Los Privilegios Reales del Reino y Ciudad de Valencia la pragmática de Juan I, de cuyo contenido ya se ha hecho mención, no pudo recibir con agrado tales manifestaciones; antes al contrario, se llenó de santa indignación, por lo que las Autoridades tuvieron que aplicar al atrevido maestro la sanción que la dicha pragmática imponía para tales casos, o sea el destierro para siempre de los reinos. Además se organizaron solemnes cultos en honor de la Inmaculada como acto de desagravio; todos los predicadores de la palabra divina, así como los maestros y doctores de la Universidad, hicieron voto y juramento de tener, defender y enseñar la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen: Tenebo, tuebor, praedicabo atque docebo Beatissimam Virginem Mariam, praeveniente spiritus Sancti gratia, absque ulla peccati originalis labe fuisse conceptam» (5).

Con esto viene a ser la Universidad de Valencia la primera de España que hizo tal voto y juramento.
Paralelamente a esta actitud entusiasta de la gente docta, la fe sencilla del pueblo se vio asimismo estimulada por la predicación y prácticas de los religiosos y sacerdotes de la opinión piadosa.
Del Beato Nicolás Factor se dice que predicaba con tal fervor y decía cosas tan sublimes del misterio de la Inmaculada Concepción, que los oyentes salían conmovidos y dispuestos a dar su vida en defensa de tal prerrogativa de María.

Por otra parte, de entonces arranca la costumbre de empezar todos los sermones con estas palabras: «Sea ante todo bendito y alabado el Santísimo Sacramentó del altar y la Purísima Virgen María, concebida sin pecado original.» Esta práctica la vemos propagada por los franciscanos, quienes, además, solían estampar esta alabanza al principio de sus cartas (6). A principios del siglo XVII es tan general entre los religiosos que el P. Juan Giménez, Provincial de los Descalzos de San Juan Bautista, de Valencia, ordena en letras circulares que, tanto al comenzar los sermones y cartas como al despertar en los conventos, a Maitines y a Prima se salude al Santísimo Sacramento y a la Purísima Concepción de María Santísima con las consabidas palabras (7).

Esta práctica prosperó tanto no sólo entre nuestros religiosos, sino también entre los sacerdotes de otras Ordenes y seculares, que en 1662 el rey Felipe IV la impone en forma categórica a todos los predicadores de la Corona de Aragón, "ya que es costumbre universal" en dichos reinos. Al año siguiente extiende el mismo Rey este mandato a todos sus dominios (8).

Es del caso hacer notar que aun en nuestros días se conserva esa fórmula para despertar a los religiosos franciscanos en los conventos de esta Provincia Seráfica. Y de la extensión y profundidad de su apostolado da una pálida pero significativa idea el hecho de que aun en nuestros días en las regiones de la América española, en que por escasez de sacerdotes o por lo inaccesible del lugar conservan los fieles lo más rudimentario y fundamental de los antiguos misioneros, entre las pocas oraciones que saben aquellas gentes sencillas figura indefectiblemente el Bendito y alabado sea el Santísimo, etc. (9).

Relacionado con esto podemos también afirmar, como práctica franciscano-valenciana, la estrofilla cantada que se suele intercalar en el rezo de la Estación al Santísimo. Sabido es el origen franciscano de dicha Estación, que ha venido a ser práctica general de toda la Iglesia.

Bien podemos decir que aquella desafortunada intervención del indiscreto predicador trajo felices consecuencias y aumento de alabanzas a la Virgen en el misterio de su Concepción Inmaculada.

Uno de los más preclaros defensores de la Inmaculada Concepción que por esos tiempos (siglo XVII) hubo en nuestro reino de Valencia fue, sin duda alguna, el Venerable P. Antonio Sobrino, religioso de la Provincia de Descalzos de San Juan Bautista, de Valencia, donde moró la mayor parte de su vida en el convento de San Juan de la Ribera.

Este religioso fue incansable en su apostolado mañano inmaculista. Aparte de ser promotor y divulgador eficaz de prácticas marianas, como la esclavitud —él se firmaba siempre esclavo indigno de María—, escribió un substancioso libro, intitulado Diez diálogos sobre la Inmaculada Concepción, impreso en Salamanca en 1612. Su argumentación es tan sólida que fue juzgada digna de ser vertida al latín y enviada a Roma, en embajada especial del Rey de España al Papa Paulo V, para impetrar del Santo Padre la pronta proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción.

El mencionado Pontífice, por Decreto del 31 de agosto de 1617, impone silencio a la opinión contraria, mandando bajo penas severísimas que nadie en adelante se atreva a enseñar en público de cualquier modo que la Santísima Virgen tuvo pecado original.

Este Decreto fue recibido por los religiosos de nuestros conventos con singular entusiasmo. Nuestros cronistas tienen el gusto de contarnos muchas le las expansiones jubilosas de que se dejaban dominar cada vez que la cuestión inmaculista conseguía de la Sede Apostólica un grado más cercano a la definición última.

Con ocasión del mencionado Decreto del Papa Paulo V, el cronista de la Provincia franciscana de San Juan Bautista dice: «...Fiestas extraordinarias se celebraron en nuestro convento de San Juan de la Ribera, de Valencia, con repique de campanas, luminarias y chirimías, cosa que por ningún acontecimiento se hizo jamás en nuestra Provincia. Y así, cuando la gente toda de la huerta, alquerías y lugar del Grao vieron tan extraordinaria demostración, pusieron luego ellos en sus terrados muchos faroles y luminarias, y hicieron músicas, y los que no tenían otro instrumento hacían son en las azadas y los legones, hiriéndolos con algún hierro, que no causaba poca devoción oír tan festiva melodía y ver todo el llano con tantas lumbres, que parecía un cielo estrellado en la tierra» (10).

Mayor entusiasmo, si cabe, hubo en los años de 1622 y 1661, en que los Sumos Pontífices Gregorio XV y Alejandro VII expidieron sendos documentos en favor de la doctrina de la Inmaculada Concepción, puntualizando ya el contenido doctrinal y su formulación casi definitivamente.

Refiriéndose al Decreto de Gregorio XV, el citado cronista nos cuenta que al tenerse noticia del mismo, el P. Antonio Sobrino se encontraba en la cama casi moribundo, y tanto fue el gozo que cobró fuerzas y se arrojó a tierra, «y entre agudos dolores comenzó a hacer gracias al Señor dando a todos los religiosos el parabién y diciéndoles: "Alégrense, Hermanos, que ya no falta más de un puntico para la definición deseada. Con esto moriré contento, que ya no se dirá en el Oficio de Nuestra Señora: Sanctificacio tua, sino Concepcio tua."

Asimismo en toda Valencia se hicieron extraordinarias fiestas para celebrar la Bula del Papa Alejandro VII.
Otros defensores fueron: P. Cristóbal Moreno, P. Pedro Manrique, P. Buenaventura Álvarez, P. Juan Giménez, P. José Sánchez, P. Francisco Esquerrer, P. Vicente Sabater, P. Francisco Hernández, P. Diego Bernabeu, P. Félix Molina, P. José Gimeno, etc. Todos ellos escribieron tratados más o menos extensos, muchos de ellos traducidos al latín, en defensa de la Inmaculada.

Junto a éstos podíamos enumerar una lista interminable de otros religiosos de nuestra Provincia que escribieron sermones y opúsculos en plan devoto y divulgador entre el gran público de los simples fieles.
Si a los datos que anteceden añadimos la acción de los franciscanos, decisiva en muchos casos, con respecto a las decisiones de muchos pueblos en favor de la Inmaculada Concepción, no podemos menos que afirmar que en la historia de las vicisitudes porque ha pasado el reconocimiento del misterio de la Inmaculada Concepción, la Provincia franciscana de Valencia ha llenado una página brillante, cuyo reflejo no ha podido menos que influir en la entusiasta acogida que los valencianos dieron a la definición dogmática de tan inefable misterio.

Fr. José Antonio Arnau, ofm

(1) R. Lull, De Inmaculata Beatissimae Virginis Conceptione. Barcelona, 1901.
(2) Chabás, El Archivo, I, 279. Espasa, XIV, 921.
(3) Archivo Ibero-americano, XX (1922), núm. 60, pág. 211.
(4) Francisco March, Memories, t. II, pág. 56. Nótese que la definición de Basilea carece de valor dogmático por estar el Concilio formalmente separado del Papa. Con todo, contribuyó en gran manera a afianzar en el pueblo la que venía llamándose piadosa creencia.
(5) Cristóbal Moreno, De Concep., V, pág. 369.
(6) Panes, Crónica, I, pág. 780.
(7) Ibídem, pág. 516.
(6) Militia Inmac. Concep., pág. 1209.
(9) Este hecho está registrado por experiencia propia, constatada con la de otros misioneros de Méjico y Argentina.
(10) Panes, ibídem, pág. 781.