Índice del número 361-362
Abril-mayo de 1959. Año 33. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- La proclamación de la Patrona de Valencia. José Rodrigo Pertegás
El Poverello y Nagasaki. Antonio Cózar
Dos santos más en la Iglesia. Fr. Camilo Jordá, ofm
Dos misivas. Amón
Rimas gozosas. Poema. Vicente Monroy Alaguero, redentorista - Cristo en el mundo del trabajo. Retribución del trabajo
Familia y educación. Felipe Perles Martí
Canonización de los Beatos Carlos de Sezze y Joaquína Vedruna. Fr. Antonio Álvarez, ofm
Una graciosa balada. Fr. Bernardino Rubert, ofm
Cuando al deporte le llaman fútbol. Vicente M. Vicent - Sociedad se escribe con "u". José Mª Gimeno Tichell
Johni. Olga Bauzá de Lloréns
750 aniversario de la Regla franciscana. Fr. Jorge Sanchis, ofm
Noticias
La proclamación de la Patrona de Valencia
Desde tiempo inmemorial venía aclamándose a la Virgen de los Desamparados como Patrona de la ciudad y del reino, sin pararse a considerar que no había sido canónicamente declarada como tal; pero al hacerse públicas las lamentables cuestiones que como consecuencia de la Visita Pastoral decretada en 1877, surgieron entre la autoridad superior eclesiástica y la Cofradía, pensó el pueblo en la conveniencia de promover la tramitación del oportuno expediente para gestionar un asunto tan del agrado de todos los valencianos, que sin duda ninguna había de contribuir en gran manera a apaciguar los ánimos y a que se olvidasen las cuestiones que tenían divididos entonces a los católicos.
Un eximio valenciano, don Dámaso Tello, que para propagar la ardiente devoción que profesaba a la Santísima Virgen de los Desamparados había ya fundado distintas corporaciones religiosas en Zaragoza y en Valencia, se constituyó en campeón y portaestandarte de tan simpático proyecto, y desde las columnas del periódico «Las Provincias», de que era asiduo redactor, con frecuentes y entusiastas artículos consiguió no sólo promover al pueblo indocto y piadoso y formar tras sí una favorable y robusta opinión entre el público más ilustrado de la ciudad, sino que logró que la entonces muy floreciente Sociedad Valencianista Lo Rat Penat se interesara vivamente en el asunto, se procurase la eficaz cooperación de los valencianos influyentes en Roma y dirigiera atenta solicitud al Emmo. Cardenal Arzobispo para que promoviera el oportuno expediente y elevara humildes preces para que Su Santidad se dignase declarar canónicamente el Patronato de la Virgen.
En 1882 algunos valencianos entusiastas y fervientes devotos de la Virgen se propusieron dar inusitado esplendor a las fiestas de mayo...
Un año después, en 13 de junio de 1883, cuando la opinión de los valencianos era unánimemente favorable a la campaña periodística del señor Tello, es éste convocado a una Junta que celebró Lo Rat Penat, y allí explana con calor su simpático proyecto, hace ver que es de muy posible realización, y convencidos los que le escuchan, nombran una comisión especial ejecutiva, constituida por don Vicente Pueyo y A riño, don José Arroyo y Almela, presbítero y Vicepresidente de la Sociedad Valencianista, los eximios patricios don Teodoro Llórente y don Juan Antonio Montesinos y el iniciador de la idea don Dámaso Tello, los que comenzaron las gestiones particulares de esta Comisión, entablando una activa correspondencia epistolar con Mons. D. Silvestre Rongier, valenciano insigne que desde hacía un cuarto de siglo residía y desempeñaba elevado cargo en Roma, sin que se hubieran enfriado las cordiales relaciones de particular amistad con que desde antiguo distinguía a muchos de sus paisanos, el cual tomó con interés a su cargo la misión que Valencia le confió, dedicó a ella su actividad, diligencia y buenas relaciones, y en marzo del siguiente año pudo ya comunicar tan satisfactorias noticias, que Lo Rat Penat, juzgando seguro el éxito, dirigió atenta solicitud al Emmo. Prelado para que se incoara el oportuno expediente y elevar las necesarias preces a Roma pidiendo la declaración del Patronato de la Virgen para la ciudad y el reino de Valencia, y se le considera como el iniciador y portaestandarte de tan simpático proyecto se dirigió al Excmo. Ayuntamiento para que solicitara del Cardenal Arzobispo la misma merced, y valiéndose de su indiscutible influencia consiguió que las Diputaciones Provinciales de Valencia, Alicante y Castellón solicitaran lo mismo, haciendo notar todas ellas que éste era el sentir unánime de todos los pueblos que representaban.
Acogida benévolamente por el Prelado la petición del pueblo católico de la ciudad de Valencia y de las tres provincias que componen su antiguo reino, elevó a Su Santidad las necesarias preces, y en abril de 1885 se recibió la noticia telegráfica de que, accediendo a los deseos de los valencianos expresados en las humildes preces que se le habían elevado, había ya declarado el Patronato canónico de la Virgen. Se recibió con extraordinario júbilo tan fausta nueva, se echaron las campanas al vuelo, recorrieron las músicas las calles de la ciudad y se organizaron grandes y solemnes festejos cívico-religiosos y literarios para ya el próximo día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Virgen y para los que le preceden y siguen.
El sábado 9, víspera de la fiesta, a las nueve de la mañana, salió procesionalmente y con toda pompa de la Real Capilla la imagen original de la Virgen, y después de recorrer varias calles en las que el pueblo entusiasmado, entre una inacabable lluvia de flores, tributó a la Señora el más rendido homenaje de amor, fue llevada a la Catedral, en la que entró por la puerta principal, siendo colocada en el altar mayor. El arcediano D. Godofredo Ros y Biosca celebró la misa que precedió a la promulgación de la Bula en que se declaraba canónicamente Patrona de Valencia y su reino a la Santísima Virgen de los Inocentes Mártires y Desamparados, y el Emmo. Cardenal Monescillo, que entonces regía esta diócesis, de pontifical y visiblemente afectado, dirigió al pueblo breves frases, terminando con un entusiasta a ¡Viva la Virgen!» Acto continuo se cantó el Tedéum, de Eslava, terminando con ello las funciones de la mañana.
El domingo día 10, propio de la fiesta, hubo misa de campaña en la Alameda, desfile de tropas en la plaza de la Catedral, solemne función religiosa en la que ofició de pontifical el Cardenal-Arzobispo y predicó el P. Lasquivar, de la Compañía de Jesús. Por la tarde, a las seis, se celebró la solemne procesión, en la que figuraban nutridas representaciones de todas las clases de la sociedad, centros literarios y católicos y las más salientes personalidades de la aristocracia, de la magistratura, de las órdenes militares, grandes cruces y Cuerpo consular. Oficiaba de preste el señor Arzobispo y presidían el Gobernador civil, el Capitán general y el Alcalde. En todas las calles de la carrera se repitieron las espontáneas y sinceras manifestaciones de júbilo y de amor que los valencianos profesan a su excelsa Patrona.
José Rodrigo Pertegás
El Poverello y Nagasaki
En el 750 aniversario de la Regla franciscana
Un viernes, cualquier viernes del año, incluso el día de Navidad si en ese día cae; exceptuado sólo el Viernes Santo. Un refectorio: largas mesas adosadas a largos bancos, pegados a las paredes desnudas, en un paralelogramo, cuyo lado frontal, según se entre, luce —único adorno— una desteñida oleografía de la Santa Cena. En la parte media del lateral derecho un púlpito. Encaramado en él, mientras la comunidad en el silencio más absoluto consume un humilde condumio, una voz joven canta con monotonía: «Honorio, Papa, siervo de los siervos de Dios... Los frailes llevarán sólo dos túnicas... No tendrán dinero ni pecunia... No montarán a caballo... Si el General no fuera útil al pro común de los Frailes...»
Y otros días las brillantes metáforas del P. Cornejo que nunca pensó hacer «historia», sino el poema de las gestas franciscanas, con armonías periódicas, que el mismo Góngora envidiaría. Y los «Arrullos de Paloma», la enésima paráfrasis 'del canto más sublime que al Amor pudo entonar el Alma enamorada, pues es la inspiración del «Amado». Y las visiones terroríficas de «lo Temporal y lo Eterno»...
Y entre aquellas tan hoy confusas voces, ¡ay!, callaron muchas para siempre, la prosa amazacotada impresa en papel arroz, en múltiples sitios papel ratonado, que como reliquia de imperio y huella de santos, se guarda en el archivo de Pastrana, teatro un tiempo bien aireado de las dos grandes mujeres entre los gigantes de la época de Felipe el Prudente: La Princesa Tuerta y «La fémina inquieta y andariega».
En esa prosa se dan al detalle las primicias en el conocimiento de los europeos, de la existencia de una dinastía quince veces centenaria, de un imperio incontrastable a las fieras oleadas del Mar del Emperador, en cuyas dos orillas se afincan como únicas banderas la del Sol en su cuna y el morado Pendón castellano.
Francisco, el Poverello de la Umbría, cruza a sus Hijos al eterno estilo: «No llevaréis alforjas, ni báculo, ni menos "moscas" —léase dinero—. Id a anunciar a Cristo al extremo mundo». Y fueron al Magreb; penetraron en el siglo XIII tan hondamente en el Islam, que ni las mesnadas felices de Godofredo lograron internarse más. Y su victoria fue tan rotunda que el efímero reino de Jerusalén, línea casi ilegible hoy en la historia, no admite parangón con el sayal franciscano tan familiar a los musulmanes como sus cherifs, y en quieta, respetada y amable convivencia.
Al hacerse, no ya ancha, sino sol Castilla, no por el trotón cidiano, sino por los «archiargonautas» de los Pinzones, los Atlantes de Almagro, los cíclopes de Balboa y, de modo sublime, por el lucífero Elcano —stetit et mensus est terram— en carrera prima los hijos de Francisco, «incendios derramando», se lanzan a la conquista de las almas.
Cuando se fija el hito postrero en el mundo descubierto, tocando los límites, por el camino del Mare Ignotum en las Islas, que por nombre ostentarán el del más grande Rey que han visto los siglos —el Rey que por encarnar a España como España carga la cruz de la «Leyenda Negra»—, allí posan sus plantas los hijos de Francisco y fundan la Provincia de San Gregorio Magno de Filipinas.
«Cuando habléis con los indios —dice la Doctrina de Novicios de la Provincia— no bajéis los ojos..., tratadlos con amorosidad, porque son como los niños...»
Aunque mucha era la mies y pocos los segadores, como aquella es suave y florida, no ofrece más dificultad que el físico cansancio de la siega.
Monumento a los protomártires en Nagasaki (Gaudium Press)
Fr. Pedro Bautista y sus compañeros, con cartas de nuestro Sr. D. Felipe se presentan cabalgando en sus naos y se entrevistan sin miedos ni dubitaciones ante el Emperador, sus ministros y, lo que es más peligroso, «sus bonzos» (léase monjes).
Y comienzan su predicación y logran conversiones que, si vistas con indiferencia en principio, luego causan tan honda impresión que acuerdan cortar de raíz la nueva doctrina, improvisando un amplio y nuevo Calvario en Nagasaki.
Han pasado cinco siglos.
En el Martirologio de la Iglesia Católica el Fr. Pedro Bautista y sus compañeros españoles y japoneses figuran así: «San Pedro Bautista y Compañeros mártires». Esos se llaman los Protomártires del Japón.
La prensa mundial, reseñando los recientes festejos con motivo del casamiento del heredero del reino —ya dos veces milenario— señala entre los asistentes invitados de más relieve en el reino de Hiro-Hito a su Ministro de Justicia —católico—.
En estos días las noticias de la Roma vaticana comunican las grandes solemnidades, realzadas por presidirlas nuestro Santo Padre Juan XXIII, con motivo de la aprobación por Honorio III, hace siete siglos y medio, de la Regla de los Frailes Menores.
De esos frailes que sin alforjas, sin báculo, con sólo dos túnicas, calzando pobres sandalias, sin montar soberbios caballos, penetraron en el Magreb el Aksa —la cueva del león—, en el siglo XIII, y fueron a ser Protomártires en el imperio más impenetrable y milenario del mundo.
«Mis palabras —dice Sidna Iesu, el dulce Rabbi— no pasarán.» Y en otro lugar: «Quien se humilla será ensalzado.»
Antonio Cózar
Desde al 12 de abril
Dos santos más en la Iglesia
La fecha del 12 de abril de 1959 será para nosotros, como españoles y como franciscanos, doblemente grata y de eterna memoria.
En tan fausto día el Papa Juan XXIII, felizmente reinante, realizó, entre la suntuosidad y pompa que para tales actos estila la Iglesia, su primera función de canonización inscribiendo en el Catálogo de los Santos a los Bienaventurados Carlos de Sezze, franciscano, y Joaquina de Vedruna, terciaria franciscana y fundadora del Instituto benemérito de las Hermanas Carmelitas de la Caridad, de cuyas biografías damos a continuación una síntesis.
San Carlos nació en Sezze, antigua y graciosa ciudad del agro Pontino, en la provincia de Roma, a 35 km. al noroeste de Velletri, el 22 de octubre de 1613.
Había aprendido apenas a leer y escribir en la escuela pública, cuando, por varios motivos, hubo de interrumpir sus estudios para ponerse a guardar un rebaño.
Frecuentaba la iglesia de los Padres Franciscanos de Sezze, pasando largos ratos ante las imágenes de los santos españoles San Pascual Bailón y San Salvador de Horta, Hermanos legos de la Orden Franciscana, que le atraían singularmente. También pasaba bastante tiempo ante el altar de la Santísima Virgen, cuyo Santo Rosario rezaba diariamente y a la que consagró desde muy niño su pureza. Pero, sobre todo, se entretenía en grandes deliquios ante Jesús Sacramentado, a quien recibía en su pecho siempre que podía.
Cierto día sus compañeros le gastaron la broma de vaciarle la bota de vino llenándosela de agua; a la comida bebió él y pasó la bota a su vecino, que, ante la inmediata carcajada en que prorrumpieron todos, se negó a beber. Entonces él la ofreció a su hermano Francisco, quien, para no desairarle —pues era sabedor de la broma— bebió y exclamó al instante admirado: «¡Verdaderamente es exquisito!», e hizo que los demás bebieran, confesando todos con estupor que era más excelente que el anterior.
A los diecisiete años de su edad pidió y obtuvo la admisión en la Orden Franciscana en calidad de Hermano lego. Después de su santa profesión, hecha el 19 de mayo de 1636, se dio a vivir totalmente su vida religiosa, haciendo sucesivamente y con la mayor perfección los oficios de sacristán, cocinero, hortelano, portero, limosnero, etc., en los diversos conventos en que moró. Todo lo cumplía humilde y sencillamente, no teniendo otro ideal que reproducir en sí los ejemplos luminosos de los santos legos que le habían precedido en la Orden Franciscana, como San Pascual Bailón, San Diego de Alcalá, San Salvador de Horta, el Beato Andrés Hibernón (todos españoles) y otros muchos más elevados al honor de los altares: una vida en apariencia muy simple y sencilla y humilde, pero muy preciosa, sobre toda ponderación, a los ojos de Dios. Jamás se veía harto de oración y penitencia; la mayor parte de la noche la pasaba en sublime contemplación y mortificando su cuerpo.
El Señor le adornó con extraordinarios dones y prodigios. En cierta ocasión, no teniendo nada para once huéspedes que se presentaron en el convento inesperadamente, le fue a visitar una persona con una abundante ración de carne. Otra vez en que había distribuido entre los pobres que acudían a la puerta del convento todo el pan que halló en él, a la hora de la comida se presentó ante él, estando cerradas todas las puertas, un señor con una cantidad de pan más que suficiente para saciar a todos los religiosos, desapareciendo como había entrado.
Ardiendo en amor por la salvación de los infieles, pidió y obtuvo el debido permiso para ir al Japón, pero al punto de marchar cayó gravemente enfermo, teniendo que desistir luego de satisfacer sus ansias de misionero, lo cual fue para él un gran sacrificio que ofreció asimismo por la conversión de los pobres infieles.
Un día en que iba pidiendo limosna por las calles de Roma de puerta en puerta, entró en una iglesia y, puesto de rodillas a oír una misa, cuando más absorto estaba considerando los divinos misterios, he aquí que un rayo luminoso salido de la sagrada Hostia en el momento mismo de la Elevación, fue a herir su pecho sobre su mismo corazón. Por esto se le apellidó desde entonces «Serafín de la Eucaristía» y fiel hijo del Serafín Llagado San Francisco de Asís y émulo de la seráfica virgen española Santa Teresa de Jesús, la del corazón transverberado en Alba de Tormes, de la que era muy devoto
También le dotó el Señor con el don de la ciencia infusa. El, que no había aprendido más que a leer y escribir apenas, según hemos dicho, nos ha dejado, por el mérito de la santa obediencia, un tesoro de escritos místicos que causaron verdadera maravilla a los más insignes teólogos de su tiempo, que lo parangonaron con los más sublimes místicos, como la doctora española Santa Teresa de Jesús, el doctor, también español, San Juan de la Cruz, la Beata Ángela de Foligno, etc. Y las fuentes que consultó para componer tan admirables escritos nos las dice él mismo, a saber: «La Comunión frecuente, el ayudar varias misas cada día, la meditación asidua de los misterios divinos y el amor sincero a Jesús Crucificado». De estas fuentes divinas inexhaustas es de donde sacó a manos llenas el humilde e iletrado lego franciscano los tesoros de ciencia que le han hecho digno de la admiración de los siglos.

San Carlos de Sezze (De Evangelio del día)
Además del don de milagros, le concedió también el Señor el del conocimiento del futuro: predijo que serían Papas Alejandro VII, Clemente IX, Clemente X y Clemente XI, que le invitaron varias veces, siendo Cardenales, a su mesa para gozar de sus iluminados conceptos. Al Papa Clemente IX le dijo, además, que el día de la Epifanía se volverían a ver juntos y . para siempre. Y, en efecto, habiendo fallecido S. S. Clemente IX el 9 de diciembre de 1669, falleció el 6 de enero de 1670, después de haber recibido, arrodillado en tierra, a su divino Amor Sacramentado y confortado con la milagrosa aparición del divino Salvador en compañía de la Santísima Virgen y de un escuadrón de ángeles y santos, el humilde y glorioso lego franciscano, al que desde hoy todo el mundo puede invocar devota y confiadamente: ¡San Carlos de Sezze, ruega por nosotros!
Su fiesta, el 7 de enero.
* * *
Santa Joaquina de Vedruna nació en Barcelona el 16 de abril de 1783, hija de Lorenzo de Vedruna y Teresa Vidal.
Desde su infancia mostró una finura de sentimientos nada comunes. Poco más tarde se reveló como alma de temple excepcional: docilidad, amor al trabajo, a la pureza y a la oración.
El 24 de marzo de 1799 contrajo matrimonio con el joven Teodoro Mas, que compartía con ella no menos su posición social que su profunda fe cristiana. En su santa unión, que se manifestó como modelo de esposa y madre, la bendijo el Señor con ocho hijos.

Santa Joaquina de Vedruna (web de Santa Joaquína)
Al enviudar, tras haber luchado su buen esposo contra las huestes invasoras de Napoleón, el Señor, valiéndose del santo religioso P. Esteban de Olot, O. F. M. Cap., le marcó la senda, por ella nunca soñada, de la fundación del Instituto de las Hermanas Carmelitas de la Caridad, dedicado a la formación de la niñez y juventud y a la beneficencia. Vistió el hábito de la T. O. F. el 12 de agosto de 1825, fiesta de Santa Clara de Asís.
Cuando el 28 de agosto de 1854 moría en la misma Ciudad Condal, víctima del cólera morbo, su Congregación Religiosa contaba con 26 Casas, donde sus primeras Hijas espirituales daban pruebas de una solidez y espíritu de sacrificio nada comunes, por lo que ya desde el año 1870 mereció la aprobación de la Santa Sede.
El Papa Pío XI dijo de ella: «Las niñas y las adolescentes hallarán en la hija de los señores de Vedruna un modelo encantador de pureza y de piedad; las esposas y las madres, un prodigio de cariño y de abnegación; las viudas, de caridad y penitencia, y las fundadoras, de prudencia y de abandono heroico en las manos del Señor.» En religión se llamó Sor Joaquina de San Francisco de Asís.
Hoy cuenta el benemérito Instituto de las Hermanas Carmelitas de la Caridad con más de 3.000 religiosas repartidas en unas 190 Casas de enseñanza y beneficencia en España, Iberoamérica, Estados Unidos, Italia, India, Japón, Congo Belga, etc.; ascendiendo actualmente a 142.500 las educandas y personas asistidas por las insignes Hijas de la nueva Santa en sus buenos colegios y hospitales.
Felicitamos sinceramente a todas las Religiosas Carmelitas de la Caridad por la solemne canonización de su santa Madre Fundadora, y a ellas nos unimos de corazón diciendo a coro: «Santa Madre Joaquina, que escogida por el Altísimo para ser acabado modelo de todas las virtudes en los diferentes estados donde la divina Providencia quiso colocarte, por la fidelidad con que correspondiste a la gracia y por el alto grado de santidad a la cual esta fidelidad te elevó, impétranos el ardor de tu corazón para amar a Dios y al prójimo y tu sublime resignación a la adorable voluntad divina, para que de las tristes vicisitudes de esta vida pasemos a las alegrías eternas del cielo. Así sea.»
Su fiesta, el 22 de mayo.
Fr. Camilo Jordá, ofm
Dos misivas
O sólo dos fragmentos, ya que no nos cumple el espacio para ofrecerlas enteras,
cosa que nos disgusta por ser de tan subido interés.
Pero léelas bien, no lo hagas con prisas.
«A la señorita Solita Martínez. X. X.
»Mi entrañable Solita:
»¡Cuánta falta me haces! Al verme sin ti lloro de rabia muchas veces. Desde tu ida que vivo envuelta en la mayor soledad. He tenido que ceder a las exigencias de mamá. ¡Por favor, guárdame el secreto! Quieras que no, me echaron de novio a Luis Carrilo, una bestia vieja cargada de billetes, a quien no sé cuándo voy a querer. La cuestión es no quedarse soltera. Hay que casarse con quien sea. ¡Cuánto te envidio! ¿Sabes lo que importa en nuestros días estar de novia? Perdona, aunque te sea un poco molesto, que te hable crudo. Debo sincerarme contigo, pues no tengo a nadie de confianza. ¡A nadie! ¡Qué solita estoy y qué amargada!
»Estoy en un atolladero sin salida... Déjame llorar... Ten piedad de mí. He perdido el tesoro de la pureza. ¡Qué rabia! Desde el primer día de mi noviazgo que llevo la terrible lucha, siendo vergonzosamente vencida. Desde el apretón de manos, al beso y al abrazo, hasta... Preciso descansar, perdóname, querida. Dirás que soy una desvergonzada, como cualquiera que por la calle me vea. ¡Y no! Yo odio esa mi conducta, me odio a mí misma de verdad. Me veo precisada a coserme de su brazo, a ser sobada, estrujada... Cuando la conciencia me azota, que es con harta frecuencia, sufro horrores. ¡Quién pudiera volver atrás! Valía más la libertad que disfrutaba cuando estábamos juntas que la libertad de ahora. He de seguir adelante, maldita de mí, siendo una miserable muñeca del millonario de mi novio en el cine, en la calle, en los puestos apartados... Sí, soy una muñeca para que se juegue conmigo como se quiera...
«Con una gran fortuna por delante, y quizá envidiada por muchas, y qué desgraciadita soy. Tú eres la única que me puede comprender...
»Por favor, Solita mía, ruega mucho por mí a la Santísima Virgen. Preciso de tus oraciones. Ya ni me acerco a comulgar —¡qué maldición!— ni a sincerarme con el Padre. ¿Por qué? Le tengo miedo. Si voy le tengo que mentir. Por favor, pide mucho por mí, Solita Sufro mucho, mucho, aunque sonría al exterior. Aunque las convulsiones del placer me ahoguen la respiración...
«Mira, Solita, por caridad, lo que sufre tu Mirenchu.»
* * *
«A la señorita Mirenchu Regúlez. X.
«Dilecta en Jesús:
«¡Cuánta pena me dejó tu carta! Yo aquí tan alegre, tan feliz, tan dichosa y tan libre para amar a Jesús. Me has desazonado, queridita Mirenchu. Te tengo lástima, pobrecita. Vas por un resbaladero del que creo no te podrás librar. Dios quiera tardes en perder ese odio que a ti misma sientes. Odio que no sentirías de no comprender la encerrona en que te metieron. ¿Por qué no miras arriba, pobrecita? ¿Qué hiciste de aquella medalla de la Virgen que con tanto fervor besabas, prometiéndole amor? Y... ¡hasta te dejaste a Jesús...! Urge que vuelvas a ser valiente.
Y que te sobrepongas y vuelvas al Padre y le cuentes tu desgracia. Recuerda que es muy comprensivo y que, como otras veces, te dará luz. Cuéntaselo todo, ¿eh? Pero que no quede en eso sólo. Le has de hacer caso y le has de obedecer. Animo, Mirenchu.
»Me dices con pena que perdiste la pureza. Pues mira, has perdido el más valioso tesoro de la mujer. Mucho has perdido. ¡Mucho! Pero si te decides a volver al buen camino, aún no está perdido todo. Mirenchu, por favor, ¡ pícate en tu dignidad! Ahora eres una vulgar mujer que carece de propia voluntad. Eso no. En tu sitio. Y... pronto, lárgale la papeleta del casamiento rápido. ¡Que acabe la ocasión! Mientras tanto a dar buen ejemplo y a pensar que ¡¡te mira Dios!!
«Desde hoy tendrás mis oraciones, mis penitencias y sacrificios. Y por ti, con tal de que vuelvas a ser buena como antes, ofrezco mi vida a Jesús. No me importa la vida. Lo que importa es que tú no te condenes. Y sepas que ser una novia mala para Jesús nunca se justifica, porque el día de mañana puedas ser una ejemplar y buena madre. Mirenchu, por lo que te quiero, por la Virgen y por Jesús, apenas recibas ésta te vas a estarte con el Padre. Si no lo haces así no esperes ni mis letras ni mi recuerdo. Y transmítele de mi parte al Padre los más delicados saludos. Y... ¡contéstame... que lo has hecho... por mí y por Jesús!
«Mirenchu, llora, que las lágrimas rejuvenecen. Yo lloro contigo tu pena.
«Recuérdate en Jesús y María, tu amiga Solita.»
Amón
Rimas gozosas
Contadme cuentos de estrellas Habladme de excelsos montes Ensalzad los anchos mares Celebrad las claras fuentes O leedme cuentos de aves, Decidme de bellas flores; Brillantes sueños dorados Leyendas de caballeros Cuentos de hadas encantadas Pero no, habladme de Aquella, |
la que de niño aprendí, La que tiene azul el manto, Aquella en quien se recrea La que copia el mundo entero La que al querube extasía, Tota Pulchra, yo te canto, Si presentida sois tanto, Ya lo dijisteis Vos misma, Renuncio a todo por verte, Habladme, habladme de Aquella, |
Vicente Monroy Alaguero
Redentorista
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