San Diego de Alcalá

Celestial patrono de los hermanos franciscanos no clérigos

El día 13 de noviembre el calendario católico nos ofrece la simpática figura de San Diego de Alcalá, flor fragante del jardín franciscano, que hermoseó el suelo hispano en la segunda mitad del siglo XV, embalsamó la Iglesia de Cristo con el aroma de sus virtudes, la glorificó con los fulgores de sus milagros y levantó el ánimo de los pobres y menesterosos con su poderoso valimiento, mientras atraía también a los reyes de la tierra a postrarse ante su sepulcro, en demanda de su excelsa protección.

439_21Sí, todo eso hizo y fue el humilde leguito franciscano que, al atardecer del 12 de noviembre de 1463, en una pobre celda del Convento de Santa María de Jesús, de Alcalá de Henares, abrazado con ardor a la Cruz de Cristo, entregaba a Dios su pura alma, mientras que su cuerpo, sonriente, quedaba con nosotros como perenne testimonio de la eminente santidad del espíritu que lo habitó durante su carrera mortal, ya que, aunque muerto, ha continuado fragante e incorrupto, derramando bondades y sonrisas en torno a su sepulcro de Alcalá.

La iconografía sacra nos lo presenta preferentemente empuñando con su diestra levantada una cruz, como quien marca el camino seguro de la felicidad. También suele ofrecérnoslo sosteniendo con la mano izquierda el halda de su hábito, rebosante de frescas rosas, mientras alarga con la derecha un pan al pobre que, suplicante, tiene a sus pies. Con ello se nos quiere poner de relieve la virtud reina de la caridad que abrasó su corazón todo el curso de su vida mortal y que Dios vino en confirmar con patentes milagros, como aquel de convertir en fragantes y lozanas rosas los pedazos de pan que repartía con prodigalidad a los pobres, en la portería de su convento.

Ved ahí dos estampas sugestivas del santo, que con harta frecuencia se ven reproducidas al vivo, aún hoy, en los claustros de los conventos franciscanos, en multitud de hermanitos legos, sus hermanos especialmente por él patrocinados... ¡La Cruz de Cristo, la caridad, la suave fragancia de la silenciosa violeta de la humildad!... esas fueron sus perlas; no son otros los móviles que arrancan del mundo a tantos jóvenes y los empujan al claustro franciscano, para allí seguir de cerca las luminosas huellas de Diego de Alcalá, de Pascual Bailón, de Andrés Hibemón, de Salvador de Horta, de Félix de Cantalicio, de Benito de Palermo, de José de Cupertino y de tantos otros hermanitos legos franciscanos que lograron las cumbres de la santidad y escalaron los imperecederos honores de los altares.

En Alcalá —dicen los testigos— el cuerpo incorrupto de San Diego continúa emanando una suave y maravillosa fragancia. No es extraño, ya que son miles los hermanitos legos franciscanos que continúan en el mundo de hoy inmolando sus vidas como su patrono San Diego, en el ara de la Cruz de Cristo, por el amor de sus hermanos.

Fr. José Antonio Arnau, ofm

Imagen: Altar de San Diego en Santo Espíritu del Monte

 

El P. José Mojica pasó por Valencia

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Desde el escenario del "Olimpia" en
Valencia, el P. Mojica habló de su misión
vocacional al público que llenaba la sala
No sería justo que, a pesar del tiempo transcurrido, Acción Antoniana silenciase el paso por Valencia del Padre José Mojica. Aunque sólo sea para destacar so enorme popularidad. El Padre Mojica cosechó entre los valencianos sonrisas y gratitudes, porque supo convivir con el pueblo, dar gusto a todos en sus exigencias artísticas, llegar hasta los humildes para darles la mano y orar junto a los esperanzados a los pies de la Virgen María.

En Valencia el Padre Mojica despertó el interés general por su presencia en la capital. Motivó su viaje la inauguración o estreno en nuestra ciudad de una película que relata su vida. Más o menos como él mismo la ha referido en el libro que sirvió de base al argumento de la obra. Pero lo destacable no es eso. Lo destacable es que el Padre Mojica multiplicó su popularidad, supo estar entre los espectadores que le aclamaban, pulsó la guitarra y cantó las melodías que le hicieron célebre treinta años atrás. Esa es la verdad.

En una rueda de prensa atendió a los periodistas valencianos. Nada de cansancio. A sus setenta años permaneció horas y horas hablando para la radio, contestando preguntas de los informadores, «posando» para los fotógrafos. Y por si esto fuese poco, el día de descanso que le quedaba lo dedicó a peregrinar hasta Agres.

Agres celebraba la fiesta de la Virgen del Castillo. Una fiesta popular y multitudinaria, en la que toman parte todos los pueblos de la comarca. El domingo elegido por el Padre Mojica coincidió con la peregrinación de Onteniente. Mezclado con la gente subió la empinada cuesta hasta el santuario. Se arrodilló al pie de la Virgen, saludó a los fieles y celebró la Santa Misa.

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Con el P. Rector y el P. Eloy de Prado a los
pies del altar de la Inmaculada

El pueblo, arrodillado en su torno, pudo contemplar el gesto sereno del Padre Mojica en el altar; su majestuosa sencillez al bendecir a los que le rodeaban. Luego la alegría de la comunidad por tenerle cerca, su gozo por poder guardar un recuerdo de su visita, perpetuado en una fotografía de conjunto.

A la vuelta entró en Onteniente. En el Colegio «La Concepción» pudo contemplar las frases que él mismo escribió en el libro de visitas hace muchos años. Comió con la comunidad. Y cantó. Dedicó a sus compañeros de Orden algunas canciones, que los frailes aplaudieron con entusiasmo.

Y habló con el señor Obispo de Teruel, fray León Villuendas Polo. El Padre Villuendas es ejemplo permanente de resignación cristiana. Ciego total, soporta con alegría la cruz que Dios le dio. Sonríe siempre. Hasta tiene buen humor. El Padre Mojica tenía lágrimas en los ojos cuando le abrazó.

El Padre Mojica se ha ido lejos. Con todo su trabajo atiende a las vocaciones tardías. Es también una labor ejemplar. Ha dejado entre nosotros la fragancia de su amistad, de su compañía siempre encantadora, de su conversación admirable, de su trato cordial. El ejemplo de su humildad y de su obediencia. Es un fraile franciscano de arriba abajo.

E. B.

Agres

El P. Mojica encabeza la peregrinación a la Virgen de Agres. El P. Director del Patronato de la Juventud Obrera de Onteniente, P. Víctor Canet, con su equipo de altavoces, dirige el rezo del Santo Rosario camino del Santuario. Esta peregrinación, organizada por dicho Patronato, la forman los Terciarios Franciscanos de la Comarca y devotos de la misma.

Desde Santo Espíritu del Monte

Agres

Los días 7 y 8 de septiembre fueron de profunda alegría para este grupo de jóvenes franciscanos. Unos, los más, venidos del Seminario Menor de Benisa, el día 7 vistieron el hábito franciscano, y con esta ceremonia dieron comienzo a su año de noviciado los hermanos. Los otros, el día 8 profesaron. En ambas ceremonias ofició el P. Provincial, Fray Pacífico Sendra.

Agres

Estos cinco franciscanos, acabado el año de noviciado, emitieron La profesión religiosa de votos temporales el día 8 de septiembre. Juntamente con su Maestro, P. Juan Mª Nadal y Fr. Juan Antonio López Sancho, Fr. Rigoberto Donat Sanmartín, Fr. Juan Gabriel Cabrera Sendra, Fr. Francisco Gómez Olmo y Fr. Juan José Colomer Barber.


Historia apócrifa

IX. De cual era el tema de nuestras conversaciones

Cuando nos llegó la noticia del primer fraile expulsado de la Orden, hubo un revuelo de curiosidad y extrañeza. Nadie de nosotros conocía personalmente al fraile, un tal fray Reinaldo de Foligno, pero nos interesó el motivo de medida tan tajante. Al primer pronto, todos anticipamos que se trataba de algo verdaderamente serio. Después, nos admiró saber que se le había despedido por triste. Nada más que eso. Por triste.

Por Rufino supimos algo más. Supimos que Francisco no perseguía la tristeza por sí misma, sino por lo que en más de una ocasión representa. Rufino fue también quien nos previno sobre el modo como había que juzgar las aparentes extravagancias de Francisco. Según él, muchas de las anécdotas que se referían sobre Francisco, no tenían valor en sí, sino en cuanto eran signo y consecuencia del modo como Francisco interpretaba las cosas del espíritu.

Fray Hugo dio la razón a fray Rufino.

Acabábamos de rezar, como ya teníamos por costumbre, los padrenuestros correspondientes a la hora canónica de sexta. Habíamos salido a la puerta del convento y nos sentamos en la Piedra. La Piedra llamábamos, de las dos de moler, a la más grande. La otra por inútil se había quedado sin nombre. Fray Juan iba hacia el bosque por ramas secas para hacer lumbre, mientras fray Basilio preparaba algo que comer.

—El hombre triste es incapaz de cosas grandes —decía con su habitual sabiduría fray Hugo—. No está triste quien ha renunciado a las zalamerías de este mundo, sino el que aún las desea y no las alcanza. No hay para el corazón losa más pesada que el ansiar y no peder. La persecución del halago es el venero de todas las maldades y todos los pesimismos.

—En definitiva —colegí yo—; hay que ser austeros.

—¡Hay que ser austeros!

—Yo sé que hay que ser austeros y alegres, a la vez. Procuro ser lo uno y lo otro. Pero no sé cómo relacionar dos cosas tan distantes —confesó Basilio.

—No creas que hay distancia sensible entre lo uno y lo otro. Mira, Basilio, hay una fórmula mágica para probarlo. Mete la mano en tu propia intimidad. Saca a meditación cualquier defectillo que guardes acurrucado en las vísceras de tu alma. Sacúdelo con sincera reflexión y búscale las raíces. Siempre aparecerá, pegajoso, zalamero, el fermento oculto de una tendencia básica hacia el propio agasajo. El vicio es falso y no se nos muestra con su légamo de repugnancias, hedores y náuseas de hastío. Hace uso, para captarnos, de todas sus gaterías y angulemas.

—Por ejemplo, el orgullo.

—¡El orgullo! Orgullo es pretender que los demás tengan de nosotros mejor opinión de la que nos corresponde y, por lo tanto, fingir ser más de lo que somos para crear en los otros una opinión más alta de la que nos conviene. La careta y afeite con que intentamos encubrir la auténtica palidez de nuestra mezquindad, es la hipocresía. La hipocresía es la armadura del orgullo.

Entre los mimos que relajan más placenteramente la musculatura espiritual del hombre, pocos como el halago de sabernos sobre un tablado más alto de lo que toca. Nada tan blando como el éxtasis de la lisonja.

Y ya tienes ahí, como contrapartida, la compensación obligada al equilibrio, y el equilibrio lo ha de establecer la austeridad, la aspereza de la sinceridad.

Es de todo punto necesario renunciar al halago de la opinión ajena y descubrir y percatarnos de quienes somos.

—Qué empinado programa, fray Hugo —opuse yo.

—Muy empinado, porque el que ha estado largamente representando esta comedia llega a adentrarse y compenetrarse tanto con el fingido personaje que no existe en sí, que hasta piensa, ríe, estornuda y sueña como él, viviendo su propio engaño. Esto es trágico, porque la sombra del personaje real escamoteado, orillado, escarnecido, se venga persiguiéndonos y denunciando el fraude con implacable resentimiento, al punto que este constante injuriarnos hace herida y ensombrece nuestra intimidad. Es el lastre amargo de tan grave mentira; esa es la tristeza que condena Francisco.

—No había pensado yo nunca en eso —admiró fray Basilio.

—Hay muchas cosas en las que apenas si pensamos, Basilio —intensifiqué yo. Fray Hugo prosiguió:

—Date cuenta, Basilio, cómo la solución, el desenlace feliz, es siempre el mismo: la austeridad, una cruda y pronta austeridad. Huir de opiniones ajenas, huir de la propia estimación, y colocarnos sinceramente, desnudos, ante Dios para descubrir la opinión que El tiene de nosotros, la única verdadera. Quien desee en su presencia saberse a fondo, hallará en El espejo fiel y humilde réplica. Y, francamente, la alegría de la verdad, autoriza todas las asperezas y todos los sinsabores.

—Fray Reinaldo —apoyó Rufino— no debió de hallar entre nosotros lo que él pretendía encontrar. Tal vez quiso, como es frecuente, concertar cosas opuestas, como ser bueno sin dejar de ser quien era. Fray Francisco me consta que solía llamarle fray Mosca.

—¿Por qué?

—Las moscas no trabajan. Vuelan y vuelan sin descanso, sin preocupaciones, y sólo tocan tierra para libar desperdicios, para alimentarse. Un fraile no puede componer la bondad con la pereza.

—En ese caso —medió fray Basilio, mordisqueando una sonrisilla irónica entre sus dientes—, en ese caso, propongo una consecuencia. Fray Juan ha ido por leña y aún no ha vuelto. Si alguno de vosotros le acompaña, facilitará la faena. Yo me quedo preparando estas cosas. Tengo algunas verduras, arroz y pescado seco. Por detrás de la casa, entre las cañas, corretean las tres gallinas que nos dio Pedro Parini. A ver quién de vosotros busca si han puesto algo.

Fray Hugo sonrió. Nadie sabía quién había sido él, antes de ingresar en religión. Pero, sin duda, había sido personaje importante. Estas cosas de fray Basilio le hacían gracia.

En alabanza de Cristo. Amén.

Fr. Ángel Tancredi, ofm

Objetivos de la revista

Es preciso atender la formación humana, profesional e intelectual de los creyentes. Otras atenciones de carácter benéfico e intelectual completan sus objetivos.

El P. Bernardo Llopis nos habla de los propósitos de nuestra Revista.

La caridad en la calle. ¡Ahí es nada la frase! Caridad, tantas veces olvidada en todas partes. Caridad, apenas practicada dentro y fuera de la familia y de la sociedad. Por eso hablar de caridad, en su sentido más amplio, es tarea difícil y hemos de concretarla a un objetivo determinado: el de nuestra revista.
No se trata de la entrega de un donativo, una medicina o un vale para ropa. Tiene un sentido más amplio el propósito actual. Y para que nos hable de él acudimos al Padre Bernardo Llopis, que es quien va a llevar adelante la feliz idea. Le pregunto:

—Dígame, Padre Bernardo. ¿En qué va a consistir la tarea de ACCION ANTONIANA?

—Verá usted. Pretendemos ayudar a quienes lo necesiten, pero de una forma objetiva y concreta. Por ejemplo, atendiendo a la formación intelectual y profesional de la niñez.

—¿De qué modo?

—Yo ya cuento con algunos casos de niños que merecen toda la ayuda posible, y que carecen de medios. Merecen la ayuda por la honestidad de sus familias y por su propio valer. Son niños distinguidos en sus estudios primarios, niños que cursarían una carrera con buenas notas, pero cuya educación profesional no es posible por pertenecer a familias indigentes. Sabemos cuánto ayuda el Estado en estas tareas; pero el Estado no lo puede hacer todo. Podemos y debemos ayudarle. Nosotros, por nuestra parte, haremos todo lo posible por que sea así.

—¿De qué modo, Padre?

—Ya le he dicho que cuento con casos concretos de muchachos inteligentes cuyas posibilidades se pierden. Podemos establecer becas de estudio y otorgarlas, luego de una escrupulosa selección, a quienes más las merezcan.

—¿Quién sostendría estas becas?

—Dios nos ayudará. Llamará al corazón de los lectores para que nos presten su colaboración. Y la ayuda llegará, sin duda. Cuando muchas personas conozcan las circunstancias familiares y personales de estos niños, no dudarán en volcar su caridad espléndida en beneficio de ellos. Son seres desvalidos, olvidados de la sociedad, hijos de familias que todo lo necesitan. En otros casos son niños inadaptados, a los que es preciso sacar de su ambiente actual. En fin; nos proponemos realizar una gran labor. Vamos a comenzarla. El resultado pronto lo podremos comprobar.

—¿Se limitará esta acción caritativa a los niños?

—Tenemos ante nosotros un amplio campo de trabajo. Pero comenzaremos con los niños. Hay seres que vuelven a la sociedad luego de haber purgado sus culpas y la sociedad no los admite; están en un grave peligro de perderse definitivamente. Hay otras personas que desean de corazón volver a una vida digna. Todos hallarán ayuda en nosotros. Pero todo eso vendrá; por de pronto, estos pequeños que nada tienen y todo lo necesitan, deben contar con nosotros desde ahora mismo. Buscaremos las becas necesarias; prepararemos los documentos precisos. Realizaremos las gestiones que hagan falta, para que puedan comenzar cuanto antes. Un día estos niños, hoy abandonados, serán médicos, ingenieros, abogados, profesionales de la mecánica o la electrónica. Y todo habrá sido posible merced a la caridad de nuestros lectores, a la caridad en la calle.

La idea está lanzada. El Padre Bernardo madurará sus propósitos, concretará datos y referencias y en el próximo número nos explicará con claridad la situación y circunstancias de esos primeros elegidos por ACCION ANTONIANA para desarrollar esta bella acción. La caridad está en la calle y a todos nos alcanza el deber de servirla.

Rex