30. Franciscanos aragoneses en California
Sucesivas expediciones, en parte infructuosas, de penetración y descubrimiento en California, prepararán la paulatina presencia de los religiosos franciscanos en tan altas tierras. Habían puesto su empeño en ocuparlas para Castilla esforzados caballeros como el propio Hernán Cortés, a quien emulan, en sucesivos intentos, Grijalva o Francisco de Ulloa, como Tapia o Hernando de Alarcón, que se arriesga a internarse por el río Colorado hasta la actual Juma.
Acompañando al capitán Vizcaíno, intentan cinco franciscanos su primera misión en lo que sería la Nueva Andalucía. El propio Vizcaíno da minuciosa cuenta del afortunado encuentro con los nativos, que asisten en gran número a la entronización de la Virgen María en sus tierras rindiéndole callada veneración, en torno a un improvisado altar, danzando rítmicamente a su antigua usanza. Ocurría venturosamente este primer contacto evangelizador el año 1602.
Son dos los franciscanos que vuelven a formar parte de la siguiente expedición, el año 1697, fecha que marca el comienzo de una próspera evangelización, en la que se distingue la laboriosidad y sabio esfuerzo de los padres jesuitas, hasta la fecha de su expulsión por el rey Carlos III en 1767. Les suceden en tan difícil labor de reducción de indígenas franciscanos y dominicos.
Los franciscanos se encargan de evangelizar la Alta California, donde la Orden destaca, en años sucesivos, a un total de 141 religiosos.
Para nuestro propósito, son dignos de mención un grupo de eximios religiosos aragoneses:
Fray José Ramón Abellá
Nace en Montforte (Zaragoza), el día 28 de mayo de 1764, e ingresa en la familia franciscana en el Convento de Jesús (Zaragoza), el día 6 de marzo de 1784, donde profesa el 7 de marzo del siguiente año. Cuatro años de estudio le prepararon para recibir las ordenes propias del ministerio sacerdotal, que le habilitan para confesar y predicar. Regía como guardián el convento de San Antonio de Mora, cuando emprende su empresa misionera desde Cádiz, en cuyos archivos consta como persona de unos treinta años de edad, de regular estatura, cabello y ojos oscuros, amplia frente, labios gruesos. Cara suave y bien afeitada, con una antigua cicatriz en el mentón.
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Misión de Santa Bárbara. Fue construida en 1786 por los monjes franciscanos venidos de España en una colina en la ladera de las montañas de Santa Ynez. |
Parte de Cádiz en una expedición que cuenta con 22 compañeros más, y en Méjico ingresa en el Colegio San Fernando, centro formativo de misioneros donde se les imparten los conocimientos que les capacite para ejercer con eficacia su labor evangelizadora, y el año 1798, con siete compañeros, se le destina a Santa Bárbara, California, donde empieza a ejercer como misionero en San Francisco, hasta 1819.
Durante su estancia, hace un estudio detallado y escribe un informe sobre las enfermedades y mortandad de los indios, que envía al gobernador Pablo Solá, y funda en consecuencia una asistencia u hospicio que acaba por convertirse en misión.
A instancias esta vez del gobernador, redacta igualmente un informe etnológico sobre las costumbres de los nativos. En estancias de la misión, hospeda a viajeros tan eximios como Nikolai Petrvich Rezánov con su comitiva de 1806, Otto de Kotzebue, 1816, y Canúlo de Roquefeuil, 1817.
A fin de abrir nuevos horizontes, realiza sendas expediciones para explorar desconocidas tierras del interior (1811 y 1817), siguiendo, en lanchas, los ríos Sacramento y San Joaquín, acompañado en todo momento por fray Buenaventura Fortuny, de la misión de San José, y un destacamento de cincuenta soldados que manda el sargento José Sánchez. Exploran primero la bahía de San Pablo y dan los nombre de San Pedro y San Pablo a los dos cabos que la separan de la aneja bahía de Suisun y el estrecho Carquínez, antes de internarse por los dos susodichos ríos. Durante la expedición atienden a enfermos, ungen a los moribundos y contactan con tribus nativas, en cuyas rancherías consiguen descansar. Abellá dejó constancia de la expedición que concluye e1 día 30 de octubre.
En las primavera del año 1817, junto con fray Narciso Durá de la misión de San José, emprende una tercera expedición, bajo la tutela del teniente Luis Argüello, por el río Sacramento y su afluente San Joaquín a los que dan nombre, llegando, recorridas cuarenta leguas, a tierras de Clarkburg y Freeport. El regreso a San Francisco ocurre el día 26 de mayo.
Viaja también a la misión de San Carlos, fundada por fray Junípero Serra, y permanece allí, al servicio de la misión, desde 1819 a1833. Es aquí donde, al independizarse Méjico de la soberanía de España, Abellá se negará a aceptar la constitución de 1824, rebelde actitud que mueve al gobernador a que se le deporte, previa la entrega de un pasaporte, orden que no llega a cumplirse, dada la escasez de misioneros necesarios en California.
En 1834, quebrantada ya su salud y extremadamente empobrecido, sirve a los nativos como mejor puede en la misión de San Luis Obispo hasta 1841. Aún se trasladará a las misiones de la Purísima y Santa Inés, donde muere el día 24 de mayo de 1842. De él se dijo que “tenía un carácter sincero y piadoso, experimentado con los indios y solícito y paciente en sus trabajos”.
Fray Marcelino Ciprés
Nace en Huesca. Ingresa en la Orden en Zaragoza, en el Convento de Nuestra Señora de Jesús, junto al río Ebro, el año 1786, y estudia filosofía en el Colegio de Arte del Convento de San Francisco de Teruel, y teología en Tarragona, de donde parte para el Colegio de San Fernando, en Méjico.
Se le destina a la misión de San Antonio, de octubre de 1795 a 1804, donde ejerce una muy fructífera labor. En 1798 reside en Soledad, y durante una visita a San Miguel, vencido por la depresión y la tristeza de ver el declinar de las misiones por el desorden que infiere la independencia, al beber mezcal en un recipiente de cobre, el óxido le envenena. Estaba a punto de retirarse al arrastrar ya atisbos de disolución mental que le impedían realizar sus habituales obligaciones con total normalidad.
Fray Juan Figuer
Natural de Anento, Teruel, donde nace hacia 1742. Ingresa en Zaragoza, con 19 años, en la Orden franciscana y cursados los estudios pertinentes, parte hacia Méjico desde Cádiz. Se prepara en el Colegio San Fernando y sale suficientemente preparado muy pronto, y en compañía de 29 compañeros, se dirige a Tepic, donde han de esperar varios meses hasta que los recoge el barco San Carlos con el propósito de desembarcarlos en Loreto, en la Baja California, sólo que el barco es arrastrado hasta Acapulco y al virar de nuevo hacia el norte, encalla en Manzanillo. Reparado convenientemente el buque, embarca otra vez, ahora en compañía de fray Marcelino, y consiguen alcanzar por fin las costas de Loreto.
El fraile Pedro Palop, famoso compañero de fatigas y afortunado biógrafo del beato Junípero Serra, en función de presidente de la misión, destina a nuestro Figuer y otro religioso, un tal Senra, a la misión de Todos los Santos y más tarde a la Alta California. El año 1772 consta que fray Francisco Palou lo envía a fundar esta vez la misión de San Buenaventura, pasando por San Fernando de Velicatá y San Diego, acompañado ahora por fray Juan de Usón. La prevista fundación se retrasa más de lo previsto, y se le envía a San Gabriel, donde hay constancia que celebra bautizos de nuevos cristianos desde mayo de 1773 a 1774. Todavía se establecerá en la misión de San Luis Obispo, ese mismo año, formando comunidad con fray José Caballer y Pablo Mugártegui, donde, dos años después, recibirá a los expedicionarios de fray Juan Bautista Anza. Y otra vez a ponerse en camino para la misión de San Diego, difícil enclave por la inestabilidad, a veces hostil, de los nativos, que incluso se alzan en armas contra colonos y soldados españoles. Desmoralizados tanto él como su compañero fray Fermín Francisco de Lasuén, optan por abandonar San Carlos , ya que no abrigan demasiadas esperanza de pervivencia tranquila en la misión. Arriesgada decisión que equivalía a desandar heroicos caminos y alimentar desánimos, y es el propio fray Junípero quien intercede hábilmente haciéndole recapacitar, si bien el padre superior, Lasuén, con quien había edificado la iglesia y agrandado la misión, ya destruida con anterioridad en la insurrección india de 1775, decide abandonar. En San Diego moriría nuestro esforzado misionero, el día 13 de noviembre de 1784 y allí descansan sus restos mortales, no sin antes tener que desaprobar el nombramiento del alcalde local por el gobernador D. Felipe, en 1779. En 1804, exhumadas sus cenizas por Mariano Payeras, recibe sepultura en la iglesia nueva.
Fray Vicente Fuster
Fray Vicente es de Alcañiz, Zaragoza, donde nace el año 1742, y en Zaragoza hace su ingreso, muy joven, en el Convento de San Francisco, a la edad de 17 años. Desde Barbastro, diez años después, en compañía de un nutrido grupo de compañeros, se dirige a Cádiz para embarcarse a Méjico. El registro le describe como persona de contextura proporcionada, tez clara, de delgado perfil, cabello oscuro y barbilampiño. Ya por entonces, con 27 años, ejercía como predicador.
Ingresa en el Colegio de San Fernando el año 1770 y un año después embarcaba en el buque San Carlos, desde el puerto de San Blas, hacia Loreto, en la Baja California. Su valía se adivina en el pronto cargo de regir Santa María de los Ángeles y San Fernando de de Velicatá, a instancias de fray Francisco Palou. Y más tarde, la de San Diego, a donde llega, desde Velicatá, en un viaje que dura 27 días. Fue testigo de la sangrienta rebelión de unos 800 indios, que queman la misión y dan muerte a fray Luis Jaime, el año 1773. Él mismo escapa sin dejar de dar aliento al esforzado grupo que hace frente a los rebeldes. El día 29 de noviembre, hace entrega, en Carmelo, de un detallado informe de tan aciagos acontecimientos al Presidente Serra. De nuevo en San Carlos, se enfrenta al capitán Fernando Rivera Moncada, en defensa de un indio, Carlos, uno de los rebeldes, arrepentido, a quien el capitán apresa a la fuerza en la iglesia, contra la ley de asilo, lo que le merece la excomunión por parte del buen fraile.
Fuster ayudará a reconstruir lo que queda de los quemados archivos, con la ayuda de sus compañeros de comunidad, fray Fermín Francisco Lasuén y Gregorio Amurrio, quienes le proponen, en vano, a fray Junípero Serra, abandonar misión tan insegura y peligrosa y regresar a Méjico.
Trasladado posteriormente a San Gabriel, permanece en esta misión hasta el año 1779, fecha en que ha de sustituir a Amurrio en San Juan de Capistrano. Tampoco este lugar será definitivo. Todavía será elegido para morar en la misión de la Purísima, recién fundada por Lasuén, junto con el vasco fray Francisco Arroitía. Ambos han de correr con la construcción del convento y aledaños, amparados por una escolta militar llegada desde Santa Bárbara.
Una enfermedad pulmonar irá minando lentamente las fuerzas del austero franciscano, hasta el día de su muerte, ocurrida el día 21 de octubre de 1800. Sus restos descansan en el lado de la epístola de la iglesia de la misión.
Fray Francisco Hermenegildo Garcés
Fray Francisco se inicia en la vida, el día 12 de abril de 1738, en Morata de Jalón, villa zaragozana con una de las plazas más nobles de todo Aragón. Hace sus primeros estudios al cuidado de su tío, párroco de la aldea, Mosén Moisés Garcés, quien no adivinaría que tenía entre sus manos a uno de los más grandes descubridores futuros de América.
Con 15 años, ingresa en el convento franciscano de Calatayud, donde estudia teología, para ordenarse de sacerdote a los veinticinco. No tarda en presentarse, en Madrid, como voluntario, para emigrar a las misiones americanas, y es recibido por fray Juan Crisóstomo Gil de Bernabé, Comisario del Colegio Santa Cruz de Querétaro, Méjico, el año 1776.
La expulsión de los jesuitas el año 1767 deja en manos de los franciscanos de Querétaro las misiones de Sonora. Fray Francisco ha de emprender un largo viaje para hacerse cargo de la misión de San Javier del Bac, en las proximidades de Tucson, Arizona. Tres meses ha de retrasar la empresa en la misión de Tepic, hasta que zarpa, con un grupo de compañeros, en San Blas, el 20 de enero de 1768, en una travesía que dura tres meses, hasta alcanzar el puerto de Guaimas el día 30 de junio. Es la misión más septentrional de Pimeria, en tierras que habitan los indios apaches.
Fray Francisco es un dechado de comprensión y amabilidad, lo que le facilita entrar en fácil contacto con los indios, que le acogen complacidos porque aprecian su evangélica cercanía, hasta merecer el amistoso calificativo de el viejo, bien que no rebasaba todavía los treinta años. Dos dimensiones cubren toda su ejecutoria misionera, el sentido de servicio a los nativos y su dedicación exploradora de tierras vírgenes. Sus valiosos informes pasaron de manos del Virrey Antonio María Bucarelli y Ursúa al mismo rey de España.
Sin otra compañía que su propio arrojo, emprende la marcha en agosto de 1769 adentrándose por entre los indios que pueblan el río Gila hasta llegar a territorio apache.
Un año después seguiría la misma ruta con motivo de haberse declarado una epidemia entre los niños, a los que atiende, cura y bautiza sin descanso. En 1771, a pesar de una inoportuna hinchazón de piernas, emprende otra expedición agotadora e interminable hasta alcanzar el río Colorado, en las inmediaciones de su desembocadura, desde donde regresa a San Javier, mientras ve cómo sus piernas han ido recobrando su vigor y sana naturalidad. Y así, reconfortado, todavía reanudará, en un nuevo intento, su arriesgado internamiento por aquellas desconocidas tierras hasta Caborca y Sonora. Desde Sonora precisamente es de donde Fray Junípero Serra y el Virrey determinan, en Méjico, que se estudie, en 1773, la viabilidad de una ruta que alcance el Pacífico.
Se le encomienda el cometido de abrir ese posible camino a fray Juan Bautista Anza, a condición de que le acompañen en tan ardua empresa Fray Francisco y fray Juan Díaz, quienes, reunidos en Tubac, emprenden la marcha el día 2 de enero de 1774 con toda la decisión del mundo, para llegar a la misión de San Gabriel, en California, veinte días después. Desde ahí, viaja a San Diego, se reúne con fray Junípero Serra, que venía de Méjico, y se trasladan juntos a San Diego. Llegaría de nuevo a Colorado y a san Javier.
Incansable descubridor, en 1775, se une a la expedición de Anza, en Santa Eulalia, y regresa deteniéndose en el rancho del jefe indio Palma, en las proximidades de lo será Fort Yuma. Es el día 3 de enero de 1776. Un mes más tarde emprende una nueva aventura por el río Colorado, acompañado de dos indios amigos. Es su exploración más ambiciosa, ya que alcanza el lugar hoy conocido por Needles; y desde allí, desviándose hacia el oeste, descubrirá lo que hoy es el río Mojave. Atraviesa el desierto que lleva ese mismo nombre, cruza el paso del Cajón, y ya en California, alcanza una vez más la misión de San Gabriel.
Consciente de la obra que España y la Iglesia estaban realizando en América, se su intrepidez le impulsa a adentrarse una vez más por tierras desconocidas, recorriendo el valle San Fernando, que hoy llaman valle Antelope, y la cadena montañosa Tehachapi, para llegar al valle de San Joaquín, antes de alcanzar el territorio de Bakersfield y los ríos Kern y White. Otra vez en el Mojave, por el este, se encamina al territorio indio Moqui, en el norte de Arizona.
No existía obstáculo natural alguno que impidiera detener el empuje de su afán descubridor y misionero. Y así es cómo, el día 4 de julio, se adentra de nuevo por el río Colorado, y lo recorre todo él invirtiendo dos esforzados meses en su trayecto, hasta dar en Fort Yuma, a finales de agosto. Enrique Oltra, a quien sigo muy estrechamente en todas estas biografías, resume los esfuerzos de Garcés diciendo de él que “estuvo ausente durante once meses, recorrió cerca de setecientas leguas y se entrevistó con 24.500 indios.
Hay un episodio singular que dará un giro imprevisto a toda la obra de Garcés, y es la disposición del el jefe indio Palma a aceptar el cristianismo. Es el momento que aprovecha el Comandante General Carlos Croix de establecer misiones y presidios a lo largo del río Colorado, siguiendo lejanas órdenes del rey. Por disposición del comandante, visita Gracés nuevamente a los indios yumas, que empiezan a dar muestras de su descontento ante la pretensión de ver invadidas sus tierras por gente extraña y a veces incómoda. Garcés avisa prontamente de la temeridad de mantener una política invasora que causa recelos en los indígenas, por lo que no conviene hacer oídos sordos a los primeros síntomas de su animadversión. Todo en vano; no consigue ver atendidas sus advertencias. Muy al contrario; soldados, colonos y misioneros se ponen impertérritos en marcha, enfilando sus carros por vericuetos sin cuento hacia el río Colorado. Lo alcanzan el otoño del año 1780 y se procede a fundar dos misiones allí mismo, la Purísima Concepción en Fort Yuma y San Pedro y San Pablo en Bicuñer, unas millas aguas arriba del río. Garcés y fray Juan Antonio se quedan en la segunda de estas dos misiones y otros dos frailes en la Purísima.
Los misioneros no tardan en comprobar la creciente hostilidad de los nativos ante el abuso de ver ocupadas sus tierras de siempre que siguen considerando suyas, y a los diez meses de dominio indiscriminado, dan por perdido de antemano todo lo que, no sin esfuerzo, se había logrado hasta ese momento. De nada sirven sus repetidos avisos a lo largo de diez meses de difícil misión, y ante el desastre ya inevitable que se avecina, se dedican ambos religiosos a preparar el ánimo de colonos y soldados, porque no les queda otro recurso que ponerse en las manos de Dios, preparados para enfrentarse con dignidad al previsible exterminio.
Garcés celebraba misa cuando los nativos se sublevan ruidosamente e irrumpen en la misión. Era el 17 de juli0o de 1781. La defensa se prolonga a lo largo de todo un día que pareció interminable, y ambos religiosos se multiplican para atender a heridos y moribundos. Unos indios amigos que se habían mantenido fieles a la fe recibida en el bautismo, se arriesgan a ofrecerles refugio, además de contar con el amparo del jefe indio Palma, que había dado orden de respetar a Garcés. Todo inútil: un indio da de pronto con ambos religiosos y la emprende a golpes con ellos hasta rematarlos.
Sus restos descansan en el Colegio de Querétaro. Así acababa una de las páginas más brillantes y heroicas de la historia de nuestros frailes en Estados Unidos. No por nada, títulos conmemorativos y monumentos a su memoria se alzan en Bakesrsfield, Arvin y Fort Juma.
Fray Florencio Ibáñez
El día 8 de octubre de 1757, con 17 años, entraba a formar parte de la Orden franciscana, en el convento zaragozano de Nuestra Señora de Jesús, fray Florencio Ibáñez, nacido en Tarazona. Bien dotado para la pintura y la música, ejerció como director de coro en San Francisco de Zaragoza y en el convento también de San Francisco de Calatayud. En el registro que se hace de él antes de partir para tierras americanas, se le describe como joven de buena complexión, delgado y barba rojiza. La expedición a la que se integra la forman treinta y nueve hermanos más.
Llegados al término de su viaje, vemos a nuestro personaje como morador habitual del Colegio de San Fernando de la ciudad de Méjico, entregado a quehaceres tan dispares como acompañar al órgano en los oficios de la iglesia y decorar los primeros libros de coro de que se tiene noticia en América, grandes ejemplares de piel que figuraban en el centro del coro para el rezo común de las horas, al mismo tiempo que se da a la predicación.
Achaques que hieren su salud le aconsejan trasladarse a la Provincia de Michoacán, donde se empleará como director de coro, al tiempo que da clases de latín en San Miguel de Allende, desde 1774 1hasta 1781, fecha en que se adscribe al Colegio de Santa Cruz de Querétaro. Es ahora cuando se da a labores propias del misionero que lleva dentro, dejándose llevar de su vocación evangélica de un sitio para otro, en Sonora: Dolores del Saric, San Francisco, Caborca, Atí, viajando siempre descalzo. Son diecinueve años de inquieta y abnegada labor, al final de los cuales vuelve a Querétaro y de allí a San Fernando, donde se había iniciado como trabajador de la mies.
No deja la vida conventual apague en él el fuego misionero que le leva de aquí para allá. Su segunda etapa se desarrolla en California, a cuyo puerto de Monterrey llega el 9 de agosto de 1801, en la fragata Concepción. Y de nuevo da rienda suelta a sus correrías misioneras: Monte Carmelo, San Antonio, San Juan, Soledad, donde, desde 1818 en adelante, acaban los registros conventuales que permitan rastrear sus pasos. Los últimos siete años de su vida, agudos dolores que van minando lentamente su salud, apenas si le permiten otra cosa que decir misa y algún que otro penoso servicio que a duras penas llevaba a cabo como mejor puede. En su extrema pobreza, sólo disponía de un único calcetín, que cambiaba de pie según se lo aconsejaba la intensidad creciente de sus dolores.
El 26 de noviembre de 1818, Dios lo rescató y envolvió con su mirada, para tenerlo cerca de sí. Sus restos fueron depositados bajo las gradas del altar de la iglesia, del lado del evangelio.
Fray Pascual Nuez Joaquín
En la villa de Luco, en la comarca de Daroca, vio la luz fray Pascual el 20 de febrero de 1785, y muy joven con apenas 15 años, ingresa en el Convento de San Francisco de Calatayud. Diez años después, a finales de marzo, zarpa de Cádiz para recalar en Méjico, en cuyo Colegio formativo de San Fernando recibe la instrucción previa establecida para conformarle como eficaz misionero.
En 1811, parte para California junto con otros cinco compañeros más, bien que han de detenerse en Acapulco por causa de la peste que asola las misiones. Navega por la Baja California hasta Loreto y desde ahí, por tierra, se dirigen a San Diego y posteriormente a San Gabriel.
Antes de que Comisario Prefecto de Misiones le nombre su secretario, visita y bautiza en San Juan de Capistrano. Ahora sus andanzas son constantes, de misión en misión, en sucesivas visitas canónicas acompañando a fray Vicente Francisco de Sarriá. Todavía toma parte en una expedición, en 1819, a la región que baña el río Colorado, a fin de pacificar a los indios mojaves, que habían dado muerte a varios neófitos pertenecientes a San Gabriel, sobre lo que deja un informe que recoge minuciosamente los hechos.
Quienes se han ocupado de su trayectoria misionera, destacan su dinamismo constante, su entrega a la difusión de la fe, su habilidad en el manejo de toda clase de asuntos, su austeridad que no mermaba la amabilidad con que traducía su acendrada bondad que hicieron de él un hombre querido de todos. Muere en San Gabriel, el día 30 de diciembre de 1821 y se le entierra en la iglesia de la misión. Se dice que era “alto, delgado, de tez blanca, cabellos negros y muy bueno para todos”.
Fray Ramón Olbé
Ateca, en la demarcación de Calatayud, es la tierra donde abre sus ojos a la luz del día 8 de febrero de 1786 e ingresa en la Orden a punto de cumplir los 16 años, en Zaragoza, el 1 de enero de 1802. Era todavía diácono cuando emprende la marcha a América desde Cádiz, en el buque Neptuno, el 29 de marzo de 1810. En junio de ese mismo año, está ya en el Colegio San Fernando de Méjico y se le destina a las misiones de California ese mismo año, viaje que queda interrumpido por la revolución mejicana y la peste que se ceba en Acapulco, donde reside hasta 1912, fecha en que prosigue su viaje por mar hasta La Paz, en la Baja California. De nuevo detienen su marcha en Loreto unas fiebres que no vence hasta 1812. Reanuda la marcha hasta el puerto de San Luis y por tierra llega a San Diego. Ejerce su ministerio en misiones como Santa Inés y Santa Bárbara, donde hace un valioso informe sobre las costumbres de los indios del que hace entrega al gobernador en diciembre de 1813. Las misiones de San Gabriel, San Luis y Santa Cruz gozarán de sus servicios desde esos años hasta 1821.
La trepidante actividad y el desarraigo de ir sin reposo de un lado para otro, desequilibra la frágil naturaleza del buen religioso, que se rompe en cada vez más frecuentes enfrentamientos con iguales y autoridades, lo que no mermó la eficaz entrega a su ingente realización misionera.
En 1818 reside en Santa Cruz cuando amenaza atacar la misión el pirata Hypolite Bouchard, por más que la bravata no pasó a mayores. Enfermo y achacoso, solicita regresar a Méjico. Desde San Diego, zarpa el día15 de noviembre de 1821 y el día 11 de abril del año siguiente ya figura en el Colegio de San Fernando, donde, intuyendo que su días se le van acabando, consigue de sus superiores regresar a su Provincia de origen, en España.
Fray Vicente Pascual Oliva
Fray Vicente es natural de San Martín del Río. Ingresa en la Orden en Zaragoza, concretamente en el Convento de Nuestra Señora de Jesús, al otro lado del Ebro, el día 1 de enero de 1799. Concluidos los estudios pertinentes, solicita ir a misiones y de hecho se embarca en Cádiz a bordo delbarco español Neptuno, el día 29 de marzo de 1810. Llega al Colegio de San Fernando el día 20 de julio de ese mismo año; ha invertido cuatro meses en tan largo viaje. Un año después emprende viaje hacia California, entorpecido por los avatares de la revolución mejicana y unas fiebres que le dejan postrado un cierto tiempo. Una vez repuesto de sus dolencias, prosigue el itinerario marcado, para lo que embarca en el navío Santa Catalina, para rendir viaje en Monterrey el 4 de agosto de 1813.
Su actividad misionera es un continuo peregrinaje de misión en misión, cubriendo laboriosas necesidades que van desgastando las jóvenes energías que requiere la entrega constante e irrequieta obra evangelizadora. Un año en San Carlos, otro en San Fernando, unos apretados meses en San Francisco, San Antonio, San Juan Bautista y Santa Cruz, un año cumplido repartido entre San Miguel y Santa Inés. En San Diego es donde finalmente su estancia se dilata más tiempo, concretamente desde 1820 a 1846, bien que hay un inciso en que sirve en la misión de San Luis, para dar fin a sus días, dos años después, en la misión de San Juan de Capistrano, por más que hay registros de su estancia incidental en San Gabriel, en los años 1831, 1932 y 1833.
La revolución arruina las misiones y el religioso no es capaz de superar su propia decadencia y decaimiento. De la magnitud del desastre dan fe la drástica reducción del número de cabezas de ganado y ovejas, en San Diego, que pasan de las 3.000 y 10.000, respectivamente, a sólo cuatro vacas, cuatro terneros y un toro. Los indígenas de la misión, se rebelan, y apenas quedan cien almas a las que hay que atender, sumido el religioso en una inmensa pobreza.
Ya en San Juan de Capistrano, su enfermedad transcurrió con presteza, como para acortar la inmensa tristeza de quien asiste impotente a tanta desolación y ve cómo cae a trozos la obra ingente de toda una Orden, que no dudó en darlo todo y ver cómo se desangraba el corazón de sus mártires y el esfuerzo descubridor de su propia patria.
Es doblemente comprensible que su conciencia le impidiera jurar la Constitución mejicana de 1826 y la consiguiente indignación el gobernador José María de Echeandía.
El día 20 de julio de 1846, la bandera de los EE.UU. era izada en la plaza de la ciudad.
El día 29 de enero de 1912 era sepultado en la iglesia de San Juan, en el lado de la epístola.
Fray Miguel Francisco Sánchez
Nace en Báguena, Teruel, en 1738 e ingresa en el Convento de San Francisco que tiene la Orden franciscana en Calatayud el año 1757. Destinado al Convento de Teruel, donde, como en las demás comunidades, se reciben y comentan las andanzas de otros religiosos conocidos de la Provincia aragonesa, es aquí donde responde a su vocación misionera ofreciéndose como voluntario. No era el único turolense que se ofrecía a tan alta empresa. Forma parte en Cádiz de un nutrido grupo de treinta religiosos que dirige fray Rafael Verger. Y zarpan hacia Méjico en 1769. Comienzan la formación específica que reclama la acción misionera en el Colegio de San Fernando de Méjico, el año 1770.
Fray Miguel era entonces un joven de buen ver, cara redondeada y piel blanca. Y cumplido este requisito previo, sale con otros diecinueve religiosos hacia la Baja California, sólo que el barco que le debía llevar a Loreto desde San Blas, ha de desviarse hacia el sur, de modo que desde Manzanillo ha de completar el viaje a pie por Sinaloa hasta Tamasula, donde otro barco los lleva hasta su destino, que alcanzan el día 24 de noviembre. Desde Loreto, fray Francisco Palou lo destina a la misión de Todos los Santos, donde se da a su ministerio evangelizador hasta 1773, cuando han de traspasar la misión a los Padre Dominicos, y ha de trasladarse a San Fernando de Velicatá junto con fray Pedro Cambón, centro distribuidor de mercancías de las que han de hacerse cargo, y donde han de permanecer todo un año presionado por el presidente de la misión dominicana y las trabas burocráticas que impone el propio gobernador. En agosto, pueden al fin emprender viaje a San Diego y seguidamente a Monterrey, escoltados por José Francisco Ortega. Un año después, en 1775, aparece ejerciendo su ministerio en San Gabriel, donde dará fin a su estancia en la Baja California en 1792.
Queda constancia de su inquieta andadura en sucesivas misiones, como San Juan de Capistrano, Santa Clara, San Luis, San Carlos, Soledad, San Antonio, San José, San Francisco, y de nuevo, en San Gabriel, el año 1797, donde tranquilamente reside ya hasta que pone el último soplo acezante de su ajetreado aliento en las manos bondadosas del Padre, el día 27 de enero de 1803.
Es fácil adivinar que no fue tanto su trayectoria viajera cuanto la vivencia de su vocación evangelizadora, lo que llena de sentido el incansable itinerario espiritual de sus más altos desvelos.
Fray Ramón Usón
Fray Ramón nace en Caspe, Zaragoza, y en el Convento de San Francisco de Zaragoza profesa la forma de vida que santificó con su ejemplo Francisco de Asís. Hace su entrada en 1752 y templa su espíritu en la observancia de la vida franciscana en el convento de Mora, Teruel. Es allí donde nace en su ánimo la vocación misionera, y en compañía de otro treinta y nueve religiosos, embarca en Cádiz, en 1769, hacia el recién estrenado Nuevo Mundo, presididos por fray Rafael Verger.
Su obligada estancia en el Convento de San Fernando de Méjico comienza en 1770, aún bajo la mirada de fray Rafael Verger. Se le describe como un joven de regular estatura, marcado ásperamente su rostro por la viruela, y la barba un si es no es rojiza.
Ese mismo año dejaría el Colegio y a bordo del buque San Carlos, parte del puerto de San Blas, en febrero de 1771, hacia Loreto, que es la socorrida ruta marinera para llegar a la Baja California.
Su trayectoria misionera no difiere demasiado de la que han venido siguiendo sus predecesores. Fray Francisco Palou, organizador insuperable de la evangelización de California, le destina en principio a la misión de San Javier, para pasar seguidamente a la Alta California al año siguiente, 1772, viaje que realiza a pie, camino de Velicatá, hasta alcanzar en noviembre la misión de San Diego. Desde ahí hace sucesivas salidas a San Gabriel, San Luis y San Antonio, y el año 1774, embarca en Monterrey para regresar nuevamente a San Diego. Enfermo de los ojos y sin hallar lenitivo alguno que remediara su dificultosa visión, zarpa en agosto, a bordo del buque El Príncipe, en Monterrey, camino de Méjico.
En noviembre, fray Francisco Panyagua, guardián de San Fernando le destina a San Antonio y emprende el viaje desde San Blas a San Diego en el mes de junio de 1775, aunque a finales de año, sus achaques le imposibilita prolongar por más tiempo su cargo de capellán de la misión. El Virrey Antonio María Bucarelli y Ursúa informa al Consejo que el buen fraile arrastra su enfermedad desde 1770 y se le había dado permiso para trasladarse desde San Fernando a Zacatecas, donde permanece, posiblemente hasta su oscura muerte, bien que su memoria se pierde entre legajos desde entonces. FAM.
(Vide Enrique Oltra-Valentín Martínez, Aragón en América,Valencia, 2000)
31. Franciscanos aragoneses en Florida
No resulta nada fácil señalar en el mapa de las nuevas tierras descubiertas por los españoles un lugar donde no figure y se adviertan las huellas primerizas de un franciscano. En muy buena parte, Francisco evangelizó América, él, misionero en Tierra Santa antes que nadie.
Abre esta serie fray Antonio Esteban
Fray Antonio Esteban
Poco es lo que sabemos de este oscuro franciscano. Es aragonés de anónima natividad, que elige voluntariamente el curso de su vocación misionera. Sí figura como guardián de el Convento de San Agustín, en Florida, el año 1747. Su valía se muestra en la sucesiva elección para ejercer cargos de responsabilidad y gobierno, porque vuelve a aparecer ejerciendo como definidor de dicha Provincia, y consumada la rebelión de Timacúa, acompaña al gobernador, D. Diego de Rebolledo.
Ahí se pierde el rastro de su vida misionera, que las contrariedades del momento no facilitaron en demasía.
Fray Cosme Borruel
Es una do las figuras más eminentes de la Orden en América, donde transcurre prácticamente toda su vida, ya que desde Zaragoza, donde nace, es llevado a tierras mejicanas niño aún. Estudia humanidades y filosofía con los padres jesuitas y recibe la órdenes sacerdotales como presbítero secular. Su recia formación teológica que hizo de él un notable predicador, aconseja al obispo franciscano de Guadalajara, Sr. D. Manuel de Mimbela y Morlan, ponerlo al frente del seminario de dicha localidad. Viste el hábito franciscano atraído por la amable santidad de san Francisco, en el Colegio Apostólico de Nuestra Señora de Guadalupe, en Zacatecas. Son años de madura vocación que se vierte en la predicación de la palabra y la publicación de alguno de sus sermones más señeros, entre los años 1728 y 1734. Como misionero, aparece en las conversiones de San José y del Espíritu Santo, en Texas, los años 1736 y 1737, en compañía de fray Miguel Núñez de Haro, probado misionero, de quien se sabe que ya había estado en Texas en 1717, donde había misionado entre los nativos, en los conventos de San Antonio y San José.
No se sabe en qué extrañas circunstancias se desligó del Colegio de Zacatecas y se incorpora a otro instituto religioso cuya identidad y fecha se ignoran.
Fray Baltasar Carnicer
Nace en la noble ciudad de Alcañiz, Teruel, y toma el hábito cuando contaba diez y seis años de edad, y todavía con las mieles del diácono en los labios, cruza el charco para pisar Nueva España, donde recibe las órdenes ministeriales del sacerdocio, antes de incorporarse al Colegio Apostólico de San Fernando de la ciudad de Méjico.
Cinco años después, aparece ya en la Alta California, al servicio del Convento de San Francisco, para pasar después al de San Miguel, donde consta su presencia en los años 1797, 1798 y 1800. Antes de esta última fecha, ya había prestado sus servicios, años 1798 y 1799, en localidades como San Carlos y Carmelo, donde no llega a congeniar con los naturales de lugar. Justamente el año 1800 sufre un envenenamiento junto con otros compañeros, ocasionados por la ingestión de mezcal, ya descompuesto, que había permanecido un tiempo en recipientes de cobre, revestidos interiormente con latón, materiales proclives a la formación de óxido cuproso. Fray Francisco Pujol muere entre dolorosísimas convulsiones y espasmos; la robustez de fray Baltasar le ayuda a salir dificultosamente con bien, y se salva in extremis.
Regresa a al Colegio de San Fernando en 1808, donde continúa su labor hasta 1820, fecha en que, con cincuenta ajetreados años a sus espaldas, da en regresar a su maltrecha y todavía no recuperada España de Fernando VII, donde se pierden los últimos pasos de su vida.
32. El colegio de Ocopa después de la Restauración
La guerra de la independencia peruana arrastra tras de sí el cierre del Colegio de Ocopa, situado en la inmediaciones del río Marañón, donde venían formándose los misioneros llegados de España para ejercer su cometido con eficacia y feliz adaptación al medio y costumbres del país. Ocurre este hecho de la apertura del Colegio el día 23 de noviembre de 1824. Serenadas las aguas de la revuelta independentista, regresan de nuevo los primeros misioneros en 1838, justo el año de la exclaustración española que dicta Mendizábal. La dispersión de religiosos por sus casas, favoreció el movimiento posterior de hallar un nuevo campo de cultivo, emigrando a países de misión, como Filipinas, China o la selva peruana.
Es éste un período no falto de obstáculos que entorpecen no poco la labor misionera. Cambian las condiciones de trabajo, ahora sin el respaldo de la corona española, que a veces se agravan hasta sufrir persecución los religiosos por el hecho de ser españoles. No deja de ser, con todo, un período esplendoroso por las inestimable labor desarrollada y el número de religiosos que afluyen, hasta alcanzar unos 205 religiosos, de muy diversa procedencia, catalanes, cántabros, aragoneses y algún que otro italiano
Entre ellos figura un inestimable número de franciscanos aragoneses, como fray Baltasar, de Gelves, fray Gaspar García, hermano laico, fray Melchor Vera, natural de Ágreda, en Castilla, fray Francisco Jasá, del mismo Teruel, etc., entre los que descuella por su empuje emprendedor el inconmensurable fray Vicente Calvo.
Fray Francisco Jasá
Nace en Calaceite, Teruel. Toma el hábito en el Convento de San Francisco de Calatayud, el día 17 de septiembre de 1828. Estudia filosofía en Alcañiz y en Zaragoza durante año y medio, porque la exclaustración le obliga a recluirse en su casa con sus padres. Mantiene, no obstante, viva y perseverante su vocación, de modo que cuando fray Andrés Herrero recluta voluntarios para emigrar a las misiones peruanas, se suma al grupo de esa primera expedición que abriría de nuevo las puertas del Colegio de Ocopa, donde, con el tiempo, él mismo enseña filosofía y teología a los jóvenes aspirantes.
Sus dotes de gobierno quedan reflejados en los cargos que se le encomienda la obediencia, como discreto o consejero del convento y sucesivamente vicario, lector o maestro de filosofía y escritor del Colegio. Muere a muy temprana edad, el 5 de mayo de 1862, templado por Dios con una dolorosa enfermedad, en la que dio pruebas de su virtuosa paciencia y conformidad con la voluntad divina.
Fray Melchor Vera
Nacido en la castellana ciudad de Ágreda, toma el hábito en Zaragoza, y estudia durante dos años filosofía en Cariñena, hasta que la exclaustración interrumpe sus estudios. Fiel a su vocación, elige entonces el camino del mar, siguiendo el ejemplo de otros religiosos exclaustrados y se integra en las misiones de Perú. Completa en el Colegio de Ocopa su formación y recibidas las órdenes pertinentes, se dedica a trabajos propios de la evangelización en la selva y las predicación cuaresmal. Desde Ocopa, le encomiendan la fundación, en 1860, del Colegio de Cuzco, ejerciendo en él como presidente in capite. Moría un año después, tras larga y trabajosa enfermedad, si bien en el necrologio provincial señala como fecha de su óbito el día 4 de junio de 1868.
Fray Enrique Antonio Portolés
Se sabe que había entrado como donado o aspirante a vestir el hábito de la Orden, como simple y humilde hermano laico, en Alcañiz. Es fácil colegir que es víctima igualmente de la exclaustración, porque profesa en el Colegio de Ocopa el día 17 de agosto de 1854. Un año después entraba, en compañía del fray Vicente Calvo, en la montaña de Sarayacu. Es el comienzo difícil de su colaboración misionera, pero ahí se pierden las huellas de su apostolado, que imaginamos largo y fructífero.
Fray Pablo Bastarrás
Natural del Gelsa, aparece en las misiones del Perú ejerciendo el noble oficio de predicador de la fe y enseñanza del catecismo, en las misiones de Huancayo, Jauja, etc. Es, por tanto, uno de los religiosos que ve truncada su vida retirada en algún convento aragonés, por imperio de la arbitrariedad de Mendizábal.
Ocupó los cargos de discreto de convento el año 1846, en sendas ocasiones, y posteriormente de vicario en 1849. Y finalmente recae en él la elección de Comisario Colectador, por renuncia de Fray Pedro Boronat y por encargo del venerable Discretorio, ese mismo año. Se traslada para tomar las riendas de su cargo al nuevo Colegio de los Descalzos, donde entregará su alma a Dios el 19 de marzo de 1854, herido de muerte por el látigo letal de la fiebre amarilla
Fray Jesús del Pilar Hernández
Natural de Mallén, apenas cumplidos los 13 años, llega en la expedición que comanda el P. González, como simple aspirante, al Colegio de Ocopa, cerrados los centros de estudios en la Provincia aragonesa desde 1835. Hace allí el noviciado, profesa e inicia los estudios eclesiásticos de filosofía y teología. Ordenado sacerdote en Huánuco, 14 de septiembre de 1876, de manos de Monseñor Teodoro del Valle, se entrega de lleno al ministerio sacerdotal confesando, predicando, a lo largo de 15 años.
Durante ese período de tiempo ejerce durante seis años como Prefecto de Misiones, desde 1891, lector de teología, maestro de novicios, profesor de quechua, la lengua nativa de los indios, bibliotecario y escritor o cronista del Colegio.
El uso correcto de lenguas nativas como el quechua, el amuesha y el campa, le facilitó comunicarse con más cercanía con los indígenas, entre quienes adquirió notoriedad por tierras de Huánuco, Huancavelica y Ayacucho.
Da por concluidos sus días en las manos del Padre, el día 7 de enero de 1931, en el mismo convento donde había sido ordenado sacerdote, en Huánuco, a los 78 años de edad.
Fray José de la Cruz Fontova
Nace en Caspe el 11 de abril de 1875. Cerrados los conventos de Aragón, mientras otras provincias rehacen su antigua organización religiosa, inicia su vocación franciscana en la Provincia de Cantabria, donde hace el noviciado y profesa solemnemente, antes de integrarse en el Colegio de Ocopa, el año 1903, afiliado a la Provincia peruana, y se ordena de sacerdote ocho meses después. Todo lo hizo como con prisas. Su estancia en las misiones es más bien breve, ya que solicita regresar a su Provincia dos años después.
Fray Vicente Calvo
Lugar aparte requiere la memoria de fray Vicente Calvo. La biografía de fray Vicente requiere muchas más páginas de las que caben en nuestro propósito de ofrecer este pequeño conjunto de reseñas misioneras. Abreviando mucho, podemos decir de él que fue un intrépido explorador y misionero de inmenso pulmón, que cuenta sus día por empresas.
Ve la luz primera de sus días en tierras aragonesas de Tarazona, en la villa Saviñán. Por las fechas de su estancia en la selva peruana, es fácil colegir que fue también el ahínco depredador de Mendizábal quien le encamina a tan lejanas tierras. En Perú, se acreditó como predicador cuaresmal en el obispado de Lima y ocupó cargos como vicario en 1848 y por tres veces Prefecto de misiones. Se incorpora a los Descalzos en 1868, en Lima, y rendido por la enfermedad, se inclina en las manos del Señor a quien había servido sin reservas, en Ica, el día 21 de mayo de 1873.
Cuantos han escrito sobre él se admiran ante la magnitud de las empresas que emprendió de modo que sus expediciones obtuvieron enorme resonancia en toda la República Peruana, ya que con ellas “abrió la época de las exploraciones modernas en la selva del Perú”, donde siguió con denuedo, una y otra vez, el curso ignoto de los ríos del oriente peruano dando a conocer un mundo hasta entonces desconocido por el hombre.
Cabe recordar su expedición al los ríos Pachicha y Mairo (1855), acompañado por el gobernador D. Antonio Iriarte, con sus dos ayudantes, y fray Felipe Martínez, para lo que disponían de ocho canoas, una lancha y cincuenta hombres armados. La exploración choca muy pronto con la hostilidad de los indios cunibos y los feroces cashibois. Fray Vicente logra pacificar a unos y contacta sin mayor dificultad con los otros. Ocho días después, llegaban a Sarayacu.
En una segunda expedición, parte de Sarayacu para alcanzar Huánuco y regresa por el río Maino, en 1858. El objetivo era descubrir el antiguo sendero de Pozuzo, que no consigue alcanzar después de varios intentos navegando por el río Mairo primero y por el Pozuzo después. Inesperadamente le sorprende la época de las lluvias. Desbordados los ríos, la fragosidad de las aguas acrece intensificando la peligrosidad de los turbiones, y ocurre que desde la desembocadura del río Pozuzo en el Palcazu, se precipitan tumultuosamente por estrechos montañosos que hacen fluctuar las canos. Aún así, fray Vicente, acompañado por fray Felipe y cuatro hombres, atraviesa el río Huallaga, pasa a Chasuta, hasta alcanzar Tingo María. Prosigue desde ahí la travesía hasta Huánuco, donde descansa 10 días. Dirige luego la exploración por Panao, Challa, donde se le agregan cuatro exploradores, y Muña. Pasan por Pozuzo, y “sorteando el río Huancabamba, llegan al río Mairo sanos y salvos”.
Hay una cuarta expedición con que se abre una senda entre los ríos Mairo y Pozuzo y, hasta alcanzar Ocopa por Huánuco y el Cerro de Pasco; una quinta expedición que persigue explorar los ríos Tamaya y Cayaría; y una sexta en 1860, en la que zozobraron y se salvan in extremis por la gracia de Dios.
La expedición de 1866 cuenta con medios técnicos como la navegación a vapor por los ríos Ucayali, afluente del Amazonas, Pachitea y Palcazu, hasta llegar al Mairo. No será la última, y en todas, la experiencia y la intrepidez de fray Vicente es un aval de éxito seguro.
Tan ahincada actividad haría pensar que dio de lado a sus obligaciones misioneras, obsesionado con adentrarse por lugares desconocidos. Muy al contrario, su dedicación al ministerio sacerdotal hace de él el evangelizador “de los cunibos, de los cashibos, protector de los remos y amahuacas, y se acredita como hábil pacificados de nativos, que recibían a exploradores y misioneros con hostil y lógica prevención.
Un determinado número de poblados son igualmente obra paciente de fray Vicente, como los de Pacha y Challaria.
FAM
(Vide Enrique Oltra- Valentín Martínez, Aragón en América, Valencia, 2000)
33. Fr. Maseo Company, arquitecto
Fray Maseo fue un hermano laico a quien Teruel debe la construcción del actual Convento de San Francisco, erróneamente atribuido a D. Antonio Munguió, arquitecto oficial del Illmo. Ayuntamiento de Teruel. De que él fuera quien dirige las obras de demolición del antiguo y ruinoso convento para dejar en condiciones de nueva edificación el solar resultante, no se sigue que fuera él quien dirigiera las obras del actual convento, como se ha sugerido.
Fray Maseo es un arquitecto especializado en obras de destino conventual y religioso, al punto que declinó obras de otro cariz que no respondían a su vocación de dignificar el culto o la vida conventual.
Trazar un índice de todas su obras, según la evolución de sus realizaciones, cada vez más ligeras y depuradas, desde un propósito religiosos de interpretar las aspiraciones espirituales más delicadas de la devoción para con el diálogo íntimo con Dios, es una tarea que requiere meticulosidad y un estudio técnico muy singular que rebasa nuestro propósito. Bástenos con enumerar algunas de sus obras, en un momento en que la Provincia franciscana de Valencia, de vuelta del exilio exclautrador, hubo de reconstruir iglesias, conventos y colegios.
Fray Maseo se inicia como religioso franciscano, en el Convento de Santo Espíritu del Monte, donde realiza las pruebas del noviciado, el año 1888, cuando se cumplían los diez años de la restauración provincial. Allí mismo diseña y dirige la dignísima construcción de la ermita del huerto, llamada de los novicios, dedicada a la Virgen, “ejemplar gótico florido de buen gusto que dirigió con seguridad y acierto”. Es como sus credenciales que le abren el camino para colaborar y dar nuevo impulso a las obras del convento de Onteniente, ya en construcción, que consigue modificar para mejorar su hechura. Se hace cargo entonces de edificar el nuevo convento de Pego e inmediatamente el de Segorbe. La fama de su competencia se extiende por toda la provincia, de modo que solicitan sus servicios religiosos de otros institutos y párrocos diocesanos.
En su producción arquitectónica se advierte su preferencia por el estilo gótico, como el más apropiado para la expresión piadosa del culto, frente a otros órdenes que carecen de significación por sí mismos. En su evolución, se nota una evidente propensión a dotar a la estructura de sus obras de una mayor austeridad que sugiera la levedad del vuelo de la oración y la mente a Dios. Beniganim (el asilo), Barcelona (ábside de San Antonio), como exponente de la depuración que va imprimiendo al gótico , Villena (colegio y capilla de los salesianos), Altea (capilla de San Justo), el Grao de Valencia (colegio y capilla de las Hermanas Terciarias y parroquias como las de Beniarrés, Alquería de la Condesa, Benialí, y conventos franciscanos como los de Lérida y Teruel, son algunos los edificios donde ha dejado la impronta de su buen hacer.
En el Convento de San Francisco de Teruel procuró armonizar el estilo gótico de la iglesia adjunta con la seriedad austera del ladrillo de que se surte el arte mudéjar representativo de la localidad. Es un edificio neogótico, próximo al arte modernista del momento. En su interior las estancias y habitaciones de los religiosos reproducen el plano común de todos los conventos franciscanos: un claustro interior al que dan las dichas estancias. En el ángulo izquierdo, una amplia escalera que da al claustro superior, y en el ángulo opuesto, otra más humilde que comunica dicho claustro con la sacristía y la iglesia. En la planta baja quedan situados cocina y refectorio, de una lado y recibidores, en la parte anterior. En el claustro superior, las habitaciones de los religiosos.
Las obras no estuvieron exentas de alguna incidencia. En ausencia del fraile arquitecto, uno de los arcos de las bóvedas del claustro inferior, por la inexperiencia de los albañiles en tan delicado quehacer, se viene abajo. Hubo que rehacer la obra y reforzar algún que otro arco, lo que explica la desigualdad del piso superior, en el extremo del ala derecha del claustro.
Ignoramos qué fue de la antigua sala y cuál su localización, donde, en su día, se recuperó de sus achaques, el rey Jaime I, agotado y enfermo, de regreso de la conquista de Murcia, de paso por Teruel. Los religiosos, complacidos, dejaron constancia de aquel episodio haciendo pintar minuciosamente todo el proceso de su restauración, en las paredes de la habitación, con instantes sucesivos en que el febril monarca, según propia confesión, recibe una visión de San Luis, quien, sobre los remedios prestados por la piadosa botica conventual, acaba por propiciar una cura completa a tan noble paciente. El monarca, agradecido, fundaría una capilla donde diariamente se celebraran misas en agradecimiento a San Luis., rey de Francia que hacía tres años había sido canonizado y a quien el rey profesaba profunda devoción.
AM
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