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34. Desamortización de los conventos franciscanos en Zaragoza

La ciudad de Zaragoza fue uno de los lugares donde la Orden franciscana abre uno de los primeros conventos y donde Juan de Parente, compañero de san Francisco y su sucesor en el gobierno de la Orden, funda la primera Provincia franciscana en España y celebra su primer Capítulo, en 1226, al que asisten nuestros mártires, Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato.

Zaragoza disponía, al momento de la desamortización, los conventos de San Francisco, el Colegio de San Diego, en sus proximidades y con un huerto común con él, y en el arrabal, junto a la orilla izquierda del Ebro, casi a la altura del puente de Tablas, el Convento de Nuestra Señora de Jesús.            

Convento de San Francisco

La guerrea contra el francés había dejado maltrechos el Convento e Iglesia de San Francisco en Zaragoza. Hecha la paz, los religiosos proceden a restaurar las graves heridas inferidas en ellos. La pobreza del país, asolado por la guerra, y de la Orden en particular, no permite dar alas obras de recuperación la celeridad que exigía su restauración, con todo, las obras iban muy adelantadas cuando el decreto de desamortización de propiedades eclesiásticas, pone en manos de la Junta de enajenación de bienes convento, iglesia y la huerta de los frailes.

Primero fue el ejército quien ocupa sus estancias, concretamente el regimiento de Gerona, a cuyo fin se abaten tabiques y capillas recientemente restauradas. En 1839, ocupaba el edificio la Diputación y la Milicia Nacional y aún reclama el salón del convento la comisión científica, hasta que la Junta Superior de Gobierno adjudica a la Diputación el convento con sus dependencias, el día 19 de noviembre de 1839, en la persona de D. Joaquín Ortiz de Velasco, bien que la Junta de enajenación de bienes retiene los corrales, la “Casa de Jerusalén”, que quedaba aislada, y parte de la huerta de uso común de las comunidades del convento y el Colegio adjunto de San Diego,  medianera entre ambos edificios. El intento de convertir en polvorín la “Casa de Jerusalén” ocasionó no pocas diferencias y dilaciones, hasta que se da en establecerlo en Trinitarios.

En 1858, se procede a subastar las obras de conversión del convento en Palacio de la Diputación, que se reserva el uso del salón superior, que queda sobre la puerta principal del edificio, “con balcón y dos ventanas” que dan a la plaza, una sala adyacente y “el despacho contiguo”, y en la planta baja, una sala, el gabinete que media entre ella y el salón, y una habitación para el conserje. La Diputación entiende que hay que reservar una parte del edificio como virtual hospedaje de S.M. o miembros de la realeza, no sin establecer el oportuno arriendo a cargo del Gobierno de S.M.

A fin de costear las obras de rehabilitación y adaptación del edificio a las nuevas  ocupaciones. La Diputación procede entonces a la venta de 13 solares del convento en años sucesivos, con un primer lote de solares que miden 4.479,02 m2 , lo que permite reunir una recaudación de 196.002 Reales de vellón. Se trataba de una manzana que daba, al sur, con la plaza de los Baños, al este, con la calle de Santa Engracia, y al oeste, con la huerta de San Francisco y San Diego. Entre un conjunto de solares, se abrirá la nueva calle denominada Cinco de Marzo. Ocurre dicha venta en 1851.

En una segunda venta, en 1855, se subasta un solar de 342,34 m2 situado en el ángulo que forman las calles de Santa Engracia y la plaza de la Constitución.

Hay una tercera venta, en 1856, de un solar de 630.16 m2 , limitado por el Palacio provincial, lo anteriores solares de la segunda venta y la calle Cinco de Marzo.

Por el convento zaragozano pasaron figuras tan ilustres como fray Diego Murillo, fray Antonio Arbiol y fray Antonio Nassarre, que llenó de religiosa y magistral armonía las altas bóvedas que sus ojos ciegos nunca pudieron ver.

Colegio de San Diego

En junio de 1852, la Junta de enajenación de bienes declara la conveniencia de derruir la Iglesia del Colegio de San Diego, por su estado ruinoso y mal aspecto, previa la venta de los materiales aprovechables que pueda contener, y que daba a la huerta común de ambas comunidades franciscanas, la de San Francisco y la del Colegio. 

La huerta medía 9.535,72 m2 y se subasta su arriendo por 770 reales, en 1839. La Diputación solicita entonces dicha huerta para construir calles y manzanas de casas que dignifiquen y den más comodidad a la ciudad, de , o que resultará con el tiempo la Calle Cinco de Marzo y los edificios que dan al paseo de la Independencia. La calle Cinco de Marzo se prolongaría hasta la plaza de San Ildefonso.

En el Colegio habitó una comunidad algunos de cuyos religiosos ha dejado la noble memoria de su santidad. En él se estudiaba teología y artes. Algunos de los franciscanos más eximios hombres salieron de el para sumarse a las labores misioneras del descubrimiento y hubo quien, con toda probabilidad se educó en él, como fray Pablo Nassarre. ¿Qué fue del órgano que pulsaron sus sabias manos?

Convento de Nuestra Señora de Jesús

Sabemos que la guerra de la Independencia había dejado en muy mal estado el convento, como se deduce de observaciones que se contienen en los Desengaños místicos, del P. Antonio Albiol. Los esfuerzos por devolverle su integridad, desde 1814, no debieron resultar fáciles, por la pobreza del país, desolado y expoliado por las tropas napoleónicas. De muy poco sirvió todo aquel esfuerzo.

María del Carmen Sabrón se ocupa de las casas religiosas que como el Convento de Jesús quedaban situadas e n el Arrabal, en la margen exterior del río Ebro y que “constituía un pequeño núcleo situado principalmente entre la calle y camino a Juslibol y la calle Monjas, en la prolongación del Puente de Piedra.

Precisamente al este de la calle Monjas se hallaban los centros religiosos del Arrabal: cerca del Puente de Piedra, San Lázaro, Santa Isabel y la parroquia de Altabás; más alejado, casi en la línea del puente de Tablas, el convento franciscano de Jesús”.

El convento de Nuestra Señora de Jesús, que todavía da nombre al barrio resultante de su demolición y venta de propiedades, no corrió mejor suerte que el de San Francisco y el Colegio adjunto de San Diego.

La Junta de enajenación lo arrendó en 1838 en favor de un primer intento de convertirlo en posada pública, propósito que acabó de cuajar. Se procede entonces, cuatro años después, a subastar convento y dependencias, para lo que, a fin de facilitar su venta, se le divide en cuatro lotes: iglesia hasta el arco toral de la misma; el convento, aljibes y una parte del cementerio; el huerto; y un cuarto lote que comprende el crucero de la iglesia y la parte restante del cementerio, lo que abarcaba un total de 2.840 m2 de superficie el convento en sí, más 1,067 m2 el huerto.
Desde ese momento, los avatares del convento no cesan: en 1853 funcionaba en él una fábrica de cintas.

Al convento pertenecían otras partidas que aparecen citadas por distintos notarios, como algunas huertas cuya localización ignoramos, bien que una de ellas quedaba junto al huerto contigua al convento, y que fue adjudicado, en 1823, y  otro, en 2.365 reales, cantidad que unida a la del anterior, da un total de 17.635 reales. De otras huertas se sabe que disponían de utilidades muy concretas, tales como un pozo de hielo, la enfermería, un huerta tapiada con casa dentro de la misma.

En general cabe decir que, desde el decreto nefasto de Mendizábal hasta el de suspensión de bienes, en 1844, las ventas de bienes se suceden como si quemasen, y, contra lo que se pueda suponer, continuaron todavía después, e incluso ratificado el concordato con la Iglesia, se siguen dando casos de ventas, si bien en menor cuantía y proporción.

Los bienes de la desamortización no lograron reponer del todo las arcas públicas como se pretendió de atropellada manera ni llenaron otras expectativas puestas el capital que debían devengar. La venta a quienes disponían de capital enriquece como es fácil de comprender a la aristocracia y burguesía, pero no eleva en lo más mínimo el nivel social del pueblo llano. Tampoco se logró el objetivo soñado de que en lo sucesivo, el cultivo de la tierra favorecería a los campesinos, ya que no pudieron acceder a su propiedad. Pero sobre todo, se perdió una riqueza patrimonial incalculable, con la dispersión de archivos y bibliotecas, destrucción lamentable de un legado arquitectónico irreparable, y el trasiego desordenado de nuestra riqueza pictórica y escultórica, puesta a veces en manos extranjeras.

Los religiosos, dispersos, optan por incardinarse al clero diocesano y los más se agrupan en expediciones destinadas a tierras de misión como América, Filipinas, China, junto a los que prefieren establecerse en Tierra Santa o en Roma.

María del Carmen Sabrón, a quien en muy buena parte hemos seguido en este artículo, destaca en su obra Impacto de la desamortización de Mendizábal en el paisaje urbano de Zaragoza, la oportunidad a que dio lugar la enajenación de bienes para logros positivos como “la remodelación y transformación del paisaje urbano de las ciudades, por darse en ellas una mayor concentración de edificios religiosos, tales como conventos y sus respectivas huertas.” Y propone como ejemplo señero el que da lugar en Zaragoza a una de sus calles más espléndidas, “con la adquisición de los solares a ambos lados del paseo de al Independencia, que habían pertenecido a los conventos de San Francisco y San Diego y al Hospital de Nuestra Señora de Gracia, respectivamente”.   

La Provincia franciscana de Aragón no volvería a recuperarse ya nunca de aquel desastre, y en su día pasaría a depender y formar parte de la de Valencia. Sólo uno de sus conventos, el de San Francisco de Teruel, volvería a abrir su puertas a nuevos moradores conventuales, convenientemente recuperado de sus ruinas.

FAM

(Vide María del Carmen Sobrón Elguea, Impacto de la desamortización de Mendizábal en el paisaje urbano de Zaragoza, Zaragoza, 2004)

35. Otros franciscanos aragoneses en el
colegio de Ocopa

según el Libro de las Incorporaciones

            Del Libro de Incorporaciones del Colegio de Propaganda Fide de Ocopa, Lima, 1752, escrito por el P. Izaguirre y anotado en 1870 por el P. Julián Heras,  hemos podido obtener información complementaria muy valiosa, sobre religiosos aragoneses que dieron lo mejor de su vida en pro de la evangelización de América del Sur, desde el Colegio de Santa Rosa de Ocopa.

            Se trata de un valiosísimo libro documental que el capítulo celebrado en el Colegio el día 7 de noviembre de 1767, determino que diera constancia de las incorporaciones de religiosos al Colegio, anotando el día, mes y año de su incorporación. 

            El Colegio se erige con cédula real y bulas pontificias el año 1752. En principio, habitaban dicho Colegio 7 religiosos, cuatro de ellos sacerdotes y tres hermanos. Y ese año se incorporan al Colegio los religiosos de la misión que preside fray José Ampuero, natural de Aguilar de Campoo, procedente del Colegio franciscano de Sahagún, León, donde rigió los destinas de esa comunidad como guardián, y que rige los destinos de la casa de Ocopa como primer guardián de la comunidad misionera.

            Hubo dos remesas de religiosos que forman la primitiva comunidad, la de fray José Ampuero y la de fray José de San Antonio, que se volvería a España. “La Misión que alistó el P. José de San Antonio se componía de 60 padres y 27 hermanos. Divididos en dos grupos: el primero, presidido por el P. Ampuero llegó a Ocopa a principios de 1752; el segundo lo trajo el P. José de San Antonio en 1754. En 1768 llega otra expedición con 31 sacerdotes y 5 hermanos. Y en 1769, el Exmo. Sr Virrey dispone que los prelados puedan incorporar al Colegio a los religiosos Raimundo Piqueras. Tomás Piqueras y Valentín Arrieta.
           
            Entre los religiosos fundadores, figuran algunos aragoneses, como Fray Francisco Sánchez, predicador, que fue destinado al Colegio de Chillán, predicador, fray Matías de San Diego, predicador, fray Ventura Vellido, confesor, y fray José Colás, hermano laico, que moriría en Ocopa  No todos los religiosos se quedan en el Colegio; algunos son destinados a Chillán y otros Tarija.            
            Entre sus primeros guardianes figuran fray Andrés Blanco, fray Manuel Becerril,  fray José López, fray Francisco de San José, etc.

            El Colegio de Ocopa, además de centralizar la obra misionera en la amazonía, contribuye a la fundación de otros colegios misioneras en Tarija y Chillán, y se hace cargo de las misiones de Chiloé. N o todo en la historia de Ocopa fueron éxitos misioneros; los indios miraron a veces con recelo la presencia y realización evangélica del mensaje de Cristo, y los religiosos hubieron de sufrir serias tarascadas del rechazo, ya en el Pajonal, ya en San Francisco de Manoa, donde entre otros religiosos muere de un hachazo en la cabeza el predicador apostólico fray Roque Aznar. Y como si de fichas de dominó se tratara, la rebelión se extiende a los indios conibos, que dan muerte a los religiosos conversores, entre quienes figura el aragonés fray José Jaime con algunos indios de Cajamarquilla. En total, en esta y otras revueltas, entre 1766 y 1767, fueron seis los sacerdotes y doce los hermanos laicos que dieron su vida por extender entre los nativos la fe cristiana. Los religiosos Roque Aznar y José Jaime habían llegado al Colegio , desde el de Chillán, donde eran moradores desde el año 1764.

            El Colegio de Santa Rosa de Ocopa, que fue durante tanto tiempo la ventana por la que la luz del evangelio iluminaba las oscuridades de la selva y llevaba los adelantos de la civilización a las tribus peruanas por los ríos de la amazonía, sufre las ligerezas y torpes interpretaciones de la historia por parte de los políticos, no siempre bien informados, o tan cortos luces a veces. El año 1821 se independiza Perú de la soberanía española. Bolívar, que identifica el Colegio de Ocopa con la condición española de los religiosos franciscanos que han venido habitando sus claustros desde su fundación, decreta el cierre del Colegio el año 1824. El resultado más lastimoso e inmediato es la pérdida de las misiones de Oriente y el abandono misionero de la selva en general, aún a riesgo de que toda esa región hubiera pasado a otras manos, no precisamente nacionales, a poco que lo hubieran intentado. Para proceder con mejor criterio, hubiera bastado con sustituir al personal con religiosos locales de la Provincia de los XII Apóstoles. Es hecho lastimoso es que, durante ese tiempo, desaparecen una buena parte de la rica documentación y bien surtida biblioteca del Colegio, material que pasa a manos “extrañas e incluso extranjeras”, observa el P. Julián Heras. Fueron las voces de alarma del arzobispo de Lima, la misma urgencia de corregir “el desacertado decreto de Bolívar” y “la conveniencia de defender las fronteras nacionales”, lo que conduce a la apertura del convento el 1836, para lo que se recolectan misioneros de procedencia europea.

            Es relevante la integridad de fray Manuel Trinidad Plaza, que se había incorporado al Colegio el 6 de octubre de 1799, quien permanece a solas, selva adentro, sin respaldo alguno desde fuera, durante todo este tiempo, manteniendo como mejor pudo el fuego misionero inculcado a los indios, ajeno a todo contacto con la civilización, situando en Sarayacu el centro de sus andanzas misioneras.

            La afluencia de nuevos misioneros viene a dar continuidad a la obra misionera suspendida por el ardor política de la revuelta. El esforzado misionero que fue fray Manuel T. Plaza es el eslabón que da continuidad a la esforzada obra con los nuevos misioneros.   

             
            Bien dice el Ministro General José Carballo que los franciscanos “hemos estado siempre en las fronteras de la evangelización”, porque “nuestro claustro es el mundo”

            Del Libro de incorporaciones entresacamos los datos referentes a religiosos aragoneses que pasaron por dicho Colegio.

Fray Manuel Gil

            Fray Manuel Gil nace en Balbuente, diócesis de Tarazona, donde los franciscanos disponían de convento. En América, reside en Tarija, y desde ahí pasa las misiones de Apolobamba y se le nombra Comisario de Misiones el año 1761. Un año antes, había entra hasta Manoa, en compañía de fray Valentín Arteta y fray Francisco de San José, para contactar con la nación seteba, en las proximidades del río Ucayali. Su compañero fray Francisco de San José dejaría escrita una relación de dicha expedición, titulada Viaje a Manoa que hicieron en este año de 1767 los PP. Fray Manuel Gil, Valentín Arteta y Francisco de San José. Dos años después consta que visita las conversiones de Huánuco y Cajamarquilla.

            Es uno de los misioneros que inicia su entrada, por el río Puzuzu, a las aldeas ribereñas del río Ucayali, si bien no consigue atraer la atención de sus pobladores indígenas. El año 1767, en compañía de los religiosos Francisco de San José y Valentín Arrieta, de nuevo a través del río Puzuzu, llega hasta la tribu de los conibos, atrevido intento que les pudo costar la vida, de todo lo cual dejó una relación testimonial. Según anota el P.Julián Heras, navegando por dicho río, “fueron sorprendidos por los conibos, que quisieron flecharles, pero cesaron al ser deslumbrados por un globo de fuego, como nos cuenta el P. Gil, testigo presencial”. Y todavía otra vez, ésta por el río Pachitea, trata de contactar con los indios amages, que habían apostatado, sin lograr dar con ellos.

            En ese año de 1767, accede al río Ucayali, por el Puzuizu, junto con e Fray Francisco de San José, a fin de pacificar a los indios ribereños, setebos, sipibos y conivos, que se habían rebelado y dado muerte a todos los cristianos, y apenas si consiguieron otra cosa que comprobar la inconstancia de los cristianos nativos.

Da por concluida su empresa en tan difíciles y arriesgados lugares, y regresa a su Colegio de Torija, donde, el año 1769, había dado comienzo a su obra misionera.

Fray José Orduña

Todo lo que sabemos del fray José es que procede de la villa aragonesa de Cosuenda recostada al pie de un castillo rocoso, en el campo de Cariñena, en cuya iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles debió recibir las aguas bautismales, y desde Aragón, cumplidos los estudios teológicos que conducen al presbiterado, pasa, ya en el Perú, al Colegio de Tarija. Cuál sea el itinerario misionero del buen franciscano, ha quedado en la humilde oscuridad del olvido, parada ceniza que tantas cosas oculta a la curiosidad del hombre.

Fray Francisco Sánchez

Pertenece a esa humilde corte de frailes oscuros de quienes nadie se ocupó de fijar sus andanzas misioneras. No consta ni en qué lugar de Aragón nace y dónde conforma su vocación franciscana. En el Perú, entra a formar parte de la comunidad del  Colegio de Chillán, en enero de 1758 “con patente de Comisario de Misiones, en lugar del P. Seguín”. Y cuando, siete años después, da por consumado su propósito misionero,  decide regresar a su Provincia aragonesa en 1765, sin conseguirlo, ya que durante la travesía Dios opta por darle otro destino junto a sí.

Fray Matías de San Diego

Natural de algún lugar del reino aragonés, hace su presencia por primera vez en América en la fundación del Colegio de Torija. Se le destina a las conversiones de Apolobamba, donde permanece varios años y el año 1765 se incorpora al Colegio de Ocopa. Figura durante algún tiempo en las conversiones de Huánuco y actuó igualmente  como misionero en el obispado de Huamanga. El año 1770 actúa como visitador en las conversiones de Cajamarquilla, y todavía durante ese año, se le instituye Procurador de las conversiones de Lima, en el desempeño de cuyo cometido vio la luz del Padre ya para siempre. 

Fray José Colás

Fray José es natural de Calamocha, una de las poblaciones más prósperas y populosas del valle del Jiloca, en Teruel. Fray José hubo de pasar de las temperaturas frías de su tierra a las cálidas de la selva peruana, en la fundación del Colegio de Tarija. Del Colegio sale, en compañía de su compatriota fray Manuel Gil, Comisario de Misiones, hacia las conversiones de Huánuco y Cajamarquilla, el año 1763, e igualmente en su compañía, entra en busca del contacto con los indígenas en plena selva baja por el único medio de locomoción, el río, en este caso el Puzuzu. Se incorpora al Colegio de Ocopa el año 1767, y tres años después, visita las conversiones de Huánuco, para regresar al Colegio el año 1780. Seis años después rendiría cuenta de sus arriesgadas empresas misioneras y la dura vivencia franciscana del evangelio, en las manos del Padre.

Profesos en el Colegio de Ocopa

En su Introducción al Libro de Incorporaciones, donde bebemos las noticias biográficas de esta relación, escribe el R. P. Julián Heras, que si bien en una primera época de la historia del Colegio de Propaganda Fide de Ocopa, los religiosos llegaban al Colegio ya formados, desde la independencia de Perú, se propicia la incorporación de jóvenes a los que hay que dar formación en el propio Colegio, faltos ahora del beneficio impagable de la ayuda que hasta entonces venía prestándole la Corona de España.

Entre esos jóvenes que maduran su vocación a la sombra de la vida conventual del Colegio, los hay procedentes del antiguo reino de Aragón, como vemos seguidamente.

Fray Baltasar de San Juan

Fray Baltasar de San Juan, natural de Fabuenca. Trasladado a la selva peruana, profesa en el Colegio de Ocopa el día 3 de enero de 1754, a la joven edad de 23 años, y ordenado sacerdote al tiempo de aprobar sus estudios teológicos, se ordena de sacerdote, para pasar al Colegio de Tarija.

Fray Francisco de la Virgen del Pilar

Nace en Zaragoza, donde los franciscanos disponían del Convento de San Francisco, anejo casi al Colegio de San Diego, y el de Nuestra Señora de Jesús, en la ribera del Ebro. Tenía 22 años cuando profesa en el Colegio de Ocopa bajo la condición de hermano laico. Ocupado en las insustituibles labores propias de su estado, no menos estimables que las de un sacerdote, se le destina al Colegio de Tarija, donde debió de permanecer largamente.

Fray Manuel Sola

Se sabe que es aragonés, bien que no aparezca citado el lugar de nacimiento. Los datos que nos llegan de él, como de la mayoría de misioneros, no pasan de ser telegramáticos, al no darnos señales, las más de las veces, que permitan perfilar las condiciones humanas del personaje. Llega al Colegio de Chillán antes de pasar al de Ocopa el año 1765. Actúa en la misión de Huancayo y en 1767 en las de Huánuco, donde permanece un cierto tiempo. Aparece también ayudando a la misión en el obispado de Huamanga y en Huancavelica. Se incorpora finalmente al Colegio de Torija el año 1769, donde desaparece el rastro de  su vida misionera.

Fray Francisco Gazo

No consta su lugar de origen. Desde Aragón se traslada a América el año 1736. Desde entonces, formado en el Colegio de Ocopa como era de rigor por 4espacio de un año, ejerce su espíritu misionero durante largos años en las conversiones de Pajonal y Sonomoro. Su espíritu organizador le hace merecedor del desempeño de numerosos oficios al servicio de la Provincia limeña de Los Doce Apóstoles, hasta que se incorpora de nuevo al Colegio el año 1767 por espacio de dos años, mas como no se concertaba  demasiado con su temperamento la tranquila vivencia conventual, resuelve finalmente volver  a la Provincia de Lima el año 1769.Y ahí suspenden las crónicas las noticias sobre su estancia misionera en Perú. Se sabe, con todo, que estuvo presente en el Pajonal durante la destrucción de las misiones del Cerro de la Sal, por un indio rebelde, abandonados los religiosos por los neófitos. 

Fray Eugenio Morós

Fray Eugenio nace en el caserío de Cuancaburna, Tarazona, perteneciente al arzobispado de Zaragoza, y concluidos los estudios que le capacitan para ser ordenado como sacerdote, embarca en Cádiz el día 9 de febrero de 1781 hacia América. Se incorpora al Colegio el día 27 de abril del año siguiente, después de un largo viaje. Y cumplido el trámite obligado de iniciarse en los conocimientos que faciliten su labor misionera, se inicia en ella en las provincias de Tarma y Huanuco, pertenecientes al arzobispado de Lima, y como predicador, consta que predicó varias cuaresmas. El año 1794, ya curtido en la ardua labor evangelizadora, se le nombra maestro de novicios y ejerce como vicario el año 1795. Se incorpora finalmente a la Provincia de los Doce Apóstoles de Lima el año 1795.

Fray Manuel Sobreviela

Sobre fray Manuel Sobreviela, cuya sumaria reseña aparece en al apartado 31 de Documentos,   fray Julián Heras, en la nota nº 120,  completa los datos que trae el Libro de las Incorporaciones, de Ocopa, ya citado, destacando la singularidad misionera y organizadora de fray Manuel, con el siguiente comentario que cito literalmente:

 “El P. Sobreviela es sim duda alguna, juntamente con el P. Girbal, cuyos nombres van siempre unidos, uno de los misioneros más célebres de Ocopa. Con su sabio gobierno del Colegio y de las misiones se granjeó los más fe4rvientes elogios y en su tiempo llegaron las misiones de Ocopa a un gran esplendor, que desgraciadamente habría de durar muy poco, pues eran los años preemancipatorios y es la época de los levantamientos y rebeliones que anunciaban ya la independencia del Perú. No debemos olvidar, empero,  que el P. Sobreviela contó con óptimos colaboradores entre los religiosos, a quienes upo darles sabias y minuciosas instrucciones en cada una de sus expediciones. Tuvo también el apoyo incondicional de Intendentes y Virreyes. “Los hechos que más glorificaron su nombre -dice el P. Izaguirre- fueron sus proyectos y programas de colonización, la apertura de caminos, sus artículos en el “Mercurio Peruano”, publicación a cuyo renombre contribuyó eficazmente y por último, el mapa del Oriente, que trabajó con los mayores cuidados que pudo y que produjo tan grata impresión en los hombres de saber, dentro y fuera de Perú”. El P. Sobreviela juzgaba y lo mismo pensaban otros misioneros de Ocopa, como el P, Álvarez de Villanueva, que las misiones de Ocopa no podrían progresar, si no se unía la industria, el comercio y la apertura de caminos a la obra del misionera. Los PP. Pallarés y Calvo dicen de él: “Elegido prelado de este Colegio, recibieron tanto incremento las misiones de fieles e infieles, gracias al talento de este Guardián, que bien podemos asegurar que este Colegio desde su fundación no ha tenido jamás tantos pueblos de conversiones ni un número tan considerable de almas bajo su cuidado”. La comunidad de Ocopa en su tiempo se componía de 85 religiosos, de los cuales 50 estaban empleados en las misiones. Igualmente destinó 12 misioneros para que durante tres años recorrieran los arzobispados de Lima y Trujillo predicando misiones. Cuando iba a emprender alguna expedición, se cercioraba primero de la que ya otros habían escrito anteriormente, sobre todo de los informes y relaciones existentes en el archivo de Ocopa. Además consultaba con personas que hubieran conocido la región, como repetidamente dice en sus diarios. Luego él personalmente visitó todas las misiones que estaban a su cargo, comunicando este mismo espíritu a sus misioneros, sobre todo al P. Guirgal. De ahí la frase muy consoladora para el P. Sobreviela y sus colaboradores del Virrey La Croix al Consejo de Indias: “Estos documentos no dejan qué desear en la materia, ellos presentan a la vista cuanto se puede apetecer para adquirir un perfecto conocimiento de aquel tan vasto terreno, lo que de él ocupamos y al pie en que se hallan las conversiones, como también los individuos destinados a esta benéfica obra” (Izaguirre, VII,343). Sin embargo, no le faltaron detractores, pues existen escritos, aunque inéditos, de algunos religiosos que le antecedieron en el gobierno de Ocopa y que eran del partido opuesto en el famoso capítulo guardianal de 1787, como ya lo vimos en otra parte (nota 87). Pero ello en nada empañó su merecida gloria. “Pero lo que hace el P. Sobreviela -dice Raimondi- más acreedor a la consideración de los geógrafos, es el m apa que hizo de la región de la Montaña que lleva por título: Plan del curso de los ríos Huallaga y Ucayali, y de la Pampa del Sacramento”. Etc.

Fray Agustín Sobreviela

Sobre fray Agustín, hermano de Manuel Sobreviela, cuya reseña figura ya en Colegios de Propagan Fide, en el apartado Documentos, nº 31, decíamos que como explorador y misionero dejó constancia de sus andanzas en torno a la visita que gira a las conversiones montañosas de Huanta y Huamanga y la reducción de San Buenaventura, en 1790, y en 1798 sobre la expedición a Jauja por el Valle y Pampa de Monobamba.

Fray Juan Hera, citando al P. Izaguirre, nos da los títulos de tales diarios, que tenemos a bien dar a conocer aquí, como son: Diario de la visita que hizo a las conversiones de las montañas de Huanta y Huamanga y de la reducción que con el nombre de San Buenaventura de Quiempiric se estableció en las montañas y márgenes del río Apurimac, 1790 (una copia de este manuscrito existe en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Lima), y Diario de la entrada que hice a las montañas y fronteras de Jauja para reconocimiento del Valle y Pampa de Monobamba, 1789. Cf. Izaquirre, Libro de Incorporaciones de Ocopa,1752, VI, 284, 317, 355; VII, 32.

Fray Ramón Aynoza

Nace en Calaceite, perteneciente entonces al arzobispado de Tortosa. No se sabe en qué conventos se formó hasta llegar al sacerdocio. En América, una vez cumplido el tiempo que está establecido, sale de Ocopa hacia las misiones de Chiloé y se desincorpora de Ocopa en 1806, si bien vuelve a incardinarse a la obediencia del Colegio en mayo de 1809, para desincorpora otra vez el día 13 de ese mismo año. De nuevo trabaja en Chiloé, donde encuentra la muerte. 

Fray Mateo Gil y Aznar

Fray Mateo es un religiosos turolense nacido en la villa de Orrios. Cabe que algo tenga que ver en su formación el convento de San Francisco de Teruel, entonces colegio de Filosofía y Artes. En Ocopa figura como discreto de la comunidad franciscana el 17 de octubre de 1804. Ejerce como visitador de la Tercera Orden de Huánuco en julio de 1810. Se desincorpora del Colegio de Ocopa en noviembre de 1812 para incorporarse a la Provincia de Lima.

Fray Antonio Aragonés

Natural de Codoñera, en Zaragoza, era todavía estudiante de estudios superiores o corista cuando parte hacia América y concluye sus estudios en Santiago de Chile, donde se ordena de sacerdote a primeros de febrero de 1804. Pasa a Ocopa, y consta que se desincorpora del Colegio en enero de 1815.

Fray José Lasala

Nacido en Egea de los Caballeros, Zaragoza, al igual que fray Antonio Aragonés, sale hacia América en compañía suya, cuando aún está cursando los estudios propios de la carrera eclesiástica, que concluye también en Santiago de Chile, donde se ordena a primeros de febrero de 1804. Figura como discreto de Ocopa el 30 de julio de 1810 y presidente de Hauylillas el 30 de julio de 1813.

Era  Colector desde 23 de enero de 1815. Tres años después, el día 17 del mes de marzo de 1818, se embarca al frente de una expedición en Cádiz con un grupo de religiosos, y llega al Colegio el 5 de enero del año siguiente. 

No concuerda con estos datos los de otra expedición que se le atribuye, con la que trasladaría una expedición de religiosos desde Cádiz, el 18 de mayo de 1818, para llegar a Ocopa el 11 de diciembre del mismo año.

Se le nombra Prefecto y Comisario de misiones el 12 de enero de 1822.

Fray Vicente Treja

Paisano de Fray José Lasala, nace en Egea de los caballeros, y estudiante como él, cruza el océano hasta recalar en Santiago de Chile, junto con los coristas fray Antonio y fray José. La ordenación ocurre en las mismas fechas de primero de febrero de 1804, y desde ahí divergen sus ocupaciones misioneras, porque fray Vicente es enviado como cura a M uña, en el mes de enero de 1805. Se desincorpora del Colegio y se incardina a la Provincia de Cuzco, en enero de 1814.

Fray Nicolás Burillo

Fray Nicolás viene al mundo en la villa de Hijar, donde los franciscanos tenían un famoso convento, hoy lastimosamente derruido que santifica con su ejemplaridad fray Pedro Selleras, y a cuya sombra debió de crecer su vocación franciscana. Una vez en América, se le destina, desde Ocopa, como cura, a las conversiones del pueblo de Sión, en el mes de diciembre de 1805. Se desincorpora en enero de 1814 para incardinarse a la Provincia de Lima. Es todo lo que nos dice de él el Libro de Incorporaciones. 

Fray José López

Nace en Mora, en la provincia de Teruel, situada hacia el sur de la capital, donde los religiosos disponían como convento del antiguo castillo del Señorío de los Fernández de Heredia. Desde Ocopa, es destinado a las islas de Chiloé el día 31 de diciembre de 1905.

Fray Andrés Benedid

Fray Andrés Benedid, natural de villa de Pina, situada en la depresión del río Ebro. En la selva peruana se le encomienda visitar a las fraternidades de la Tercera Orden, como consta el día 13 de julio de 1819. Figura igualmente como discreto del convento de Ocopa desde el día 12 de julio de 1822.

Fray Francisco Grau

Nace en la Villa de Ráfales, Teruel, próxima al río Tastavins, y sólo se nos dice de él que concluye su vida misionera en Lima, donde muere el año 1813.

Fray Rafael Cases

Este oscuro religioso sólo nos ha dejado la noticia de que es natural de Castelserás, antigua población de origen ibérico, situada en las proximidades de la confluencia de los ríos Mezquín y Guadalope, perteneciente al arzobispado de Zaragoza. De su estancia en Perú, sabemos que pasa por el Colegio, como era preceptivo. Lo demás queda velado por la oscuridad de su vida misionera.

Fray Manuel Usón

Fray Manuel nace en Gelsa, perteneciente al arzobispado de Zaragoza, situada en la depresión del río Ebro. Ahí concluye su historial conocido. Es fácil imaginar sus andanzas evangelizadoras por los ásperos caminos que ellos sí hacían al andar por la selva inextricable, estrenando gentes, ríos y paisajes.

Fray Vicente Melero

Nace en Mezquita del Abad de Tangue, en el obispado de Teruel. Y es uno de tantos misioneros de modesta biografía, que se dieron a la labor misionera sin hacerse notar. Es todo lo que de él se sabe.

36. Escritores franciscanos

El historiador franciscano fray José Antonio Hebrera recoge en su Crónica un conjunto de escritores franciscanos, anteriores a la división de la Provincia Franciscana de Aragón en otras tres, que antes eran ya Custodias dependientes del régimen central de Zaragoza.

Fue en el Capítulo Provincial celebrado el año 1557 en el Convento de Jesús de  Barcelona, bajo la presidencia de fray Antonio de Almeida, en ausencia del Ministro General fray Andrés de la Ínsula, donde se determina que las tres Custodias de Aragón, Cataluña y Valencia se independicen, formando otras tantas provincias, dado el creciente número de conventos que iban poblando el territorio cristiano. Lo aconsejaba así el distanciamiento de sus límites más extremos, con la consiguiente dificultad de  comunicación y mantenimiento de la disciplina regular entre los religiosos. 

Hasta esas fechas, era ya notable el número de religiosos que se acreditaron como hombres de letras y escritores de nota. No era para menos: la expresión literaria comienza con el mismo Francisco de Asís, que alaba a Dios en su famoso Cántico de las Criaturas, convocando a todas las criaturas en un fraterno coro universal.

Los laudes, a imitación de ese himno laudatorio, serían desde entonces la práctica poética de los escritores franciscanos que crea escuela, la Escuela de Umbría o de los Laudes, donde fray Jacopone de Todi se acredita de singular manera. La distingue el cultivo del sentimiento amoroso y el de la consideración de las cosas, daría pie a la escuela italiana del dolce estil nuovo, donde bebe el famoso terciario franciscano y eximio escritor Dante Alighieri.
 
Lamenta muy certeramente Fray José Antonio de Hebrera (Crónica de la Provincia Franciscana de Aragón, l. I. Cap. 37, pág. 143), que no hayan llegados hasta nosotros obras famosas en su tiempo, pertenecientes a autores felicísimos, por no existir todavía la imprenta, que con la edición de manuscritos, habría facilitando su conservación. Hebrera nombra a un determinado número de escritores cuya fama ha preservado sus nombres y el título de sus obras. Tales son:

Fray Antonio Asensio Andrés

seguidor de la doctrina del Doctor Sutil Juan Duns Escoto, que figuró como notable discípulo suyo, consumado teólogo y “metafísico agudísimo”. La dulcedumbre de su lenguaje le valió el título de Doctor Melifluo. Fecundo escritor, ha dejado 4 libros sobre las Sentencias de Pedro Lombardo, 12 sobre la Metafísica, uno sobre Las Divisiones de Boecio, otro sobre los tres principios, 8 sobre la Física, 3 sobre la Lógica de Aristóteles, uno sobre los Seis Principios de Gilberto y uno más sobre las Perhiyermenias. Su fama alcanzó cotas de muy alta celebridad, por los años de 1320.

Fray Gilberto Rubio (alias Rubion). Discípulo de Duns Escoto, se erige pronto en teólogo eminente, cuya independencia de criterios no le deja adscribirse ni a la escuela escotista ni a la nominalista de Guillermo de Okan, bien que siente gran veneración por la eminencia de su maestro escocés. Escribe una “copiosísima” obra sobre los cuatro libros de las Sentencias, como era preceptivo en toda cátedra que se preciase. Eran los años de 1333, cuando ejercía como Ministro Provincial de Aragón. Es muy explícito y definitivo el elogio que le dedican eminentes maestros de la Sorbona, que llegaron a decir de él que “no parece sino que a toda la escuela puso la última mano”.

Fray Sertorio de Valencia.

Escribe unas Compilaciones sobre Sagrada Escritura y más aún sobre La Ciudad de Dios, de san Agustín, que merecieron el elogio de los cronistas. Desarrolla su actividad en to0rno al año 1325.

Fray Tomás Jordán.

A él se debe un libro sobre la fundación del Convento de San Francisco de Zaragoza, que el P. Hebrera consultó agradecido. Fue teólogo y catedrático de Escritura en la Universidad de Lérida por los años de 1399.

Fray Juan Marbrés.

Su conocimiento sobre el Derecho Canhónico le vañiço el mote de el canónico. Nace en Cataluña, como él mismo confiesa. Fue discípulo de Juan Duns Escoto y florece en filosofía, teología y ambos derechos. Escribe cuatro libros sobre las Sentencias, un libro titulado Lecturas Magistrales, otro sobre Questiones disputadas, ocho que versan sobre la Física de Aristóteles, y uno más sobre Questiones Dialécticas. Todo esto por los años 1329.

Fray Juan Bassols.

La disputa sobre su posible origen escocés desdice el incuestionable apellido catalán que le define como tal. Discípulo de Escoto, sentía el maestro tal predilección por él, que al subir a la cátedra para impartir su enseñanza, en verle exclamaba: Ya está aquí el auditorio. Se acreditó como elegante orador y profundo teólogo, que ha dejado cuatro libros sobre las Sentencias, de marchamo escotista, otro sobre Miscelánea Filosófica y Médica, allá por los años de 1313.

El venerable fray Poncio Carbonell.

Fue eminente predicador y maestro de san Luis, obispo de Tolosa, y ha escrito con admirable sabiduría la Postila, sobre Sagrada Escritura, “assumpto bien memorable y disputado en nuestra religión”, todo un florilegio donde encadena argumentos y autoridades con profusión. Vive en torno al año 1288.

Fray Anfrido Juntero.

Famoso teólogo que hace llamar para su servicio el papa Juan XXII a Aviñón, integrándolo en la junta que organiza de cardenales, arzobispos, obispos y maestros procedentes de varias órdenes, a fin de debatir la posible dispensa del voto de pobreza “en particular y en común”, a los religiosos conventuales. Ha dejado un libro discretísimo sobre la pobreza de Cristo y sus apóstoles. Florece en torno al año 1320.

Fray Francisco Jiménez.

Famoso polígrafo nacido en Gerona en torno al año 1349, toma el hábito en el Convento de San Francisco de Valencia, donde vivió largos años, y donde había estudiado filosofía y teología, admirable en santidad y sabiduría, que llena su curiosidad en las universidades más famosos de momento, como las de Colonia, París, y Oxford, y a quien tuvieron en gran estima personajes como la reina Dª María de Luna, mujer de D. Martín de Aragón. Fue obispo de Elna, Patriarca de Jerusalén y comisario apostólico de la cruzada que organizan els Jurats de Valencia para alejar la piratería de sus costar. Su dedicación a la pastoral y estos otros menesteres no le impidieron dejar de “estudiar, predicar y escribir”. Los años de estancia en Valencia que van de 1383 a 1409, son los que desarrolla una actividad literaria más intensa. Hombre de polifacéticos saberes, dejó una abundante producción literaria, de la que cabe destacar algunos libros como, en catalán, una Vita Christi de la que se haría muy pronto una traducción a la lengua francesa, y de manera incansable, una Doctrina Cristiana, El Pastoral, Regiment de la Cosa Pública, a petición de los jurats valencianos, obrita muy discreta que traza qué normas hay que seguir para el buen gobierno del reino valenciano. Son famosísimos los que titula Primer y Segón del Crestiá, Dotzé del Crestiá, Libre dels Angels y el Carro de les Dones, entre bastantes más. Su legado cultural sólo es comparable al de Raimundo Lulio. Muere en Perpiñán el día 14 de noviembre de 1415, según Hebrera, bien que otros apuntan otras fechas.

Fray Arnaldo Claramonte.

Se sabe de él que fue hombre doctísimo. Como demuestra haber merecido la “Laurea Parisiense”, con letras del papa Juan XX.

Fray Pedro Tomás.

Siguiendo la estela de Escoto, como la mayoría de escritores  de aquella época, nos deja un Tratado de Formalidades, otro de Esse Intelectuali y un tercero sobre la Concepción Inmaculada Concepción der la Virgen, Nuestrta Señora. En la Historia de la Religión, se hace eco de su nombradía su autor Toriniano, quien anota que este último tratado lo dedicó a un infante de Aragón.

Fray Guillermo Górriz,

edita, en Tolosa, el año 1486, un libro que llegaría a cobraría notable celebridad titulado Scotus Pauperum, super Quator Libros Sentenciarum, que dedica al arzobispo de Zaragoza, D. Alonso de Aragón.

Fray Pedro Tierra.

Fue uno de los custodios de Cataluña y escribe un libro calificado por Hebrera como precioso, prueba de que lo tuvo en sus manos y lo saboreó, titulado Supplementum Privilegiorum Ordinis Minorum.

37. Religiosos franciscanos de la Familia Real aragonesa

Los reyes aragoneses dieron siempre claras muestras de predilección por la fidelidad con que la Orden Franciscana vivía y enseñaba a vivir el evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, desde la austeridad, su proximidad al pueblo  y el sentido de servicio a los demás, en todos los confines de la Corona. Se explica que no sólo aplaudieran y favorecieran la obra evangélica de los seguidores de Francisco de Asís y el asentamiento de conventos y eremitorios en tierras aragonesas, sino que fueron no pocos los miembros de la familia real que optaron ellos mismos por dar de lado a los honores palaciegos para seguir la norma de vida que acreditó el santo asisiense, en aquellos conventos que les fueran asignados por la obediencia. De ellos, la memoria franciscana perpetúa con especial cuidado la ejemplaridad virtuosa de quienes destacaron por su vida edificante. Algunos de ellos gozan incluso de la venerabilidad que otorga haberse incoado con general aplauso la causa de su beatificación. Todos ellos llevan en su nombre como distintivo de su personalidad la pertenencia al reino de Aragón.

Ya en 1304, fray Jaime de Aragón toma el hábito franciscano, y a lo largo de su vida lo ennoblece con la estrechez con que vive el desprendimiento que reclama Jesús de sus seguidores, destacable sobre todo en quien era el primogénito del rey D. Jaime II de Mallorca y de la reina Dª. Esclaramunda de Foix. Parecida suerte corre el venerable D. Felipe, hermano suyo, que accede al sacerdocio y toma el hábito de la Orden Tercera. Y aun hay un sobrino suyo que lleva su mismo nombre, fray Felipe de Aragón, que prestigió su santidad con una vida austera merecedora de la declaración de venerable, al ser introducida la causa de su beatificación, por los años de 1342.

Fue igualmente declarado venerable fray Pedro de Aragón, hijo de los reyes D. Jaime II y Dª Blanca, “varón de conocida santidad”, por los años 1380. Hermano suyo y venerable como él fue D. Juan de Aragón, arzobispo de Toledo, de Tarragona y Patriarca de Alejandría. Su devoción por la pobreza evangélica de san Francisco, le induce a tomar el hábito de los terciarios, por los mismos años que fray Pedro.

Venerable fue declarado igualmente fray Juan de Aragón, que profesó y recibió su ordenación sacerdotal en el Convento de San Francisco de Zaragoza. Se le considera el verdadero apóstol de Bosnia y Croacia, desde donde los franciscanos aragoneses irradian su actividad evangélica hacia los pueblos del este europeo. No estuvo falto el santo misionero de hechos prodigiosos que prestigiaron la obra de Dios entre sus oyentes. Eran los años de 1373.

Hacia 1383, acredita sus saberes teológicos fray Guillén de Aragón, a quien Hebrera reputa como “Theólogo profundíssimo”, que alcanza altas cotas de celebridad durante el reinado de Pedro IV.

En Sicilia, en torno a 1428, florece en santidad otro noble aragonés, fray Andrés Aragón, cuyo distintivo real habla igualmente claro de la calidad de su estirpe, reuniendo en sí a un tiempo la doble nobleza de la sangre y del amor a Cristo.

El nombre de Francisco reincide en una serie de ellos, ya que es el honorable nombre del santo fundador. Y así, el venerable fray Francisco de Aragón, llamado también de Campobasso, ya que sus restos descansan en el convento situado en dicha localidad, alcanzó notoriedad por la estrechez de vida a que sujetó la suya, por los años de 1480.

También lleva ese nombre fray Francisco de Aragón, a quien por eso mismo se dio en conocerlo por el Brisiano, dado que en el convento franciscano de Brisia yacen sus restos sagrados. Vive cerca del año 1493.

Fray Francisco de Aragón se llama también, apellidado de Domocalena,  otro religioso igualmente noble, del que se guardan los restos en el convento franciscano de dicho lugar, y que alcanzó altísima consideración de hombre santo, notable sobre todo por la “asperíssima penitencia” con que disciplinó sus pasiones, y a quien Dios no dudó en señalar con la nobleza de sus prodigios, por los años de 1498.

Hay un tercer fray Francisco de Aragón, llamado por eso con el mote de el Indiano, que se le aplica por haber intervenido en la fundación del convento de Lima, y de quien se sabe que había nacido hacia 1540.

Merece la pena, finalmente, señalar la figura de Peregrín de Aragón, ya que, como fray Juan de Aragón, fue predicador apostólico de Bosnia y Croacia, y obispo de Espalatro, en Dalmacia, por los años de 1403. A ellos se debe que desde esas lejanas tierras de Europa se llevase la fe a pueblos situados más al este europeo, labor que desde antiguo seguirán ejerciendo con especial dedicación los franciscanos de Aragón, razón que explica su ausencia, más tarde, en la aventura americana del siglo XVI.

(Cf. José Antonio Hebrera, Crónica de la Provincia Franciscana de Aragón, Madrid, 1991, pp. 95 y ss.).