Tradiciones evangélicas

La multiplicación de los Panes

En la ribera occidental de¡lago de Tiberíades, cerca, por el norte, de Betsaida, y por el sur no lejos de Magdala, suben desde las aguas, donde sumergen sus acantilados dedos de los pies, una serie de colinas más o menos bellas, pero todas ellas con prolongados flancos, que, en los meses de verdor, semejan pintadas faldas de clásicas huertanas. Su vista desde el mar es encantadora, y los ojos se entretienen, con delicioso arrobamiento, en su belleza. Parece que el divino Sembrador de la hermosura haya ido depositando por aquellas regiones, a su paso, los gérmenes de una sonrisa inefable y eterna que, en forma de florecillas silvestres, abren con ingenuidad y placer no reprimidos, las corolas de sus labios rojos y ardientes como el fuego, o blancos y puros como la leche y la nieve.

Una de esas colinas, que desciende gradualmente, sin prisas, hasta el borde de un recodo tranquilo del lago es Tabigah, que significa siete fuentes, precisamente porque de ella brotaban siete abundantes manantiales, dos de los cuales, tal vez debido a ciertos fenómenos sísmicos o cataclismos internos del seno de la tierra, han desaparecido por completo, quedando, por consiguiente, sólo cinco, que se van deslizando uno tras otro, por unos mismos o diversos cauces, hasta mezclar, en solidaridad desinteresada, sus aguas con las del mar.

S¡hemos de creer la tradición, que desde antiguo nos ha localizado los hechos evangélicos en precisos y determinados sitios y no en otros, esa colina fue escogida por el Señor para escenario del más popular de sus milagros, del portento que más hirió la fantasía de la multitud que le seguía y que despertó, en sus favorecidos, deseos de proclamarle Rey para librarse de la opresión romana.

Multiplicación del pan

Multiplicación del pan

La tradición local, y la que desde antiguo van eslabonando con sus escritos los peregrinos de todos los siglos, más los restos inconfundibles de las antiguas construcciones sagradas que, en la cima de la colina, la antigüedad devota elevó para conmemorar la presencia del Taumaturgo divino, no permiten dudar de la antigüedad local. Sin embargo, es justo confesar que, del texto y contexto evangélico, nada claro y terminante se concluye; más bien el contexto parece nos quiere señalar, como escenario de la primera multiplicación de los panes, la llanura de El-Batyheh, en la parte oriental del Jordán, entre la desembocadura de este río y el wad¡Djebarich, el lago y las montañas del Gaulán, dentro de la tetrarquía de Felipe, el menos inquieto de los hijos del rey idumeo, y, por consiguiente, donde Jesús se debió retirar frecuentemente en la última etapa de su estancia en Galilea, huyendo de sus enemigos y aún del favor popular que no le dejaba tranquilo. Así lo cree el Padre Didón en su «Vida de Jesucristo» (c. IX), y otros modernos como antiguos expositores, y con el Evangelio en la mano, sus argumentos no son despreciables.

No obstante, no es m¡intención dirimir ahora una cuestión arqueológica y topográfica de las muchas que en Palestina se plantean a cada paso, y, por consiguiente, mis ojos y m¡imaginación allá se dirigen, a Tabigah, donde nuestros padres besaron las huellas del Señor.

Desde lo alto de la colina, hasta donde Jesús había arrastrado a la muchedumbre, el Maestro continuaba predicando incansablemente; el sol traspasaba ya las altas cumbres de la Galilea, y la noche se posaba rápida, sin preludios.

El crepúsculo en Oriente, dice el Padre Didón, y yo lo he observado tantas veces, es de corta duración; la noche surge bruscamente.

Los apóstoles se acercaron al Maestro y le hicieron observar que la noche se les venía encima, y que la gente necesitaría volver a sus casas para comer y dormir durante la noche.

—«Me da lástima esta gente—contestó Jesús.—Llevan tres días conmigo y no tienen ya de qué comer. Enviarles ahora a sus casas es lo mismo que hacerles perecer de hambre; algunos de ellos vienen de muy lejos. Dadles vosotros de comer.

Felipe le repuso:

—¿Dónde compraremos panes para tantos? Doscientos denarios no son suficientes.

— ¿Cuántos panes tenéis? —les preguntó Jesús.

—Cinco panes y dos peces.

Mas, ¿qué era aquello para tanta gente? Habían allí más de cinco mil hombres, sin contar las mujeres y niños.

—Traedme los cinco panes y los dos peces y haced sentar a todos por grupos de cincuenta.»

Los apóstoles obedecieron, y la multitud se desplegó en dos filas, sentándose sobre la fresca hierba de la colina, en grupos de cincuenta.

Se avecinaba la Pascua. Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos y los bendijo; los rompió en pedazos y los entregó a los apóstoles, para que ellos a su vez los ofrecieran a la multitud hambrienta. Los panes y los peces se multiplicaron en sus manos. Todos comieron y se saciaron, y recogiendo lo sobrante, se llenaron doce cestos. Todos quedaron maravillados, y unos a otros se decían: «Este es el Profeta que había de venir.» (Mt 14, 13-21; Mc 8, 1-9; Lc 9, 11 -18; Jn 1-13)

Ante un portento de tales alcances el mitismo y el racionalismo no pueden callar, y se creen en el deber de no transigir. Eso no, exclaman los primeros; los evangelistas no han hecho más que trasladar a sus libros una de tantas leyendas a prodigiosas que la fantasía oriental ha creado en derredor de la figura taumturga del Profeta de la Galilea. El pueblo, iniciado en la historia de sus profetas, y recordando que en el desierto los israelitas fueron alimentados meses enteros milagrosamente, y que fechos análogos se cuentan de Elías y Eliseo, revistieron de idéntica virtud a Jesús, atribuyéndole portentos de esta índole.
Bastará un pequeño razonamiento pata convencernos de la falta de razón que acompaña a los mitistas en sus afirmaciones.

No cabe duda que existe semejanza entre el relato evangélico y los hechos de Eliseo, Elías y los acaecidos en el desierto; sin embargo, un mito, una leyenda no brota n¡se engendra en un pueblo con tanta exactitud y con tan precisos detalles como el hecho que nos ocupa. Se enumeran matemáticamente los asistentes al ágape milagroso, y ninguno de los evangelistas, que no se copiaron y que se diferencian accidentalmente en otras circunstancias, perra en el exacto número de cinco mil hombres. ¿Cómo pudo ocurrírsele a todo un pueblo, del cual por diversas fuentes, según los mitistas, los escritores sagrados debieron tomar sus noticias, ese número de cinco mil, y no cualquier otro, que podría subir o bajar a merced de! capricho, del gusto y de la fantasía que concebía la leyenda? ¿Por qué se habían de formar grupos de cincuenta y a dos hileras? ¿Cómo es que se recogieron doce cófinos o cestos de junco, que los pescadores tenían para los peces, y no más o menos? Una leyenda forjada a capricho de un pueblo no se concibe matemáticamente exacta, n¡nos hubiera llegado, a través de tantos siglos, libre de la corrupción natural que sufren los hechos en manos de los escritores, cuando éstos se hacen eco de la tradición popular. A la luz de la razón es innegable la historicidad del relato evangélico.

Panes y peces

Los racionalistas, por su parte, se ven en la precisión de negar la verdad histórica de todo cuanto la razón no puede comprender n¡explicar. ¿Quieren ser ciegos? Dejémosles en su voluntario no ver.
Los que creemos acerquémonos a Jesús, que nos espera en la cima de la verde colina. Aquel mismo Dios que creó todas las cosas de la nada y que las multiplica infinitamente sobre la tierra, el que alimentó a los israelitas en el desierto, el que dio virtud a la oración de Elías para que las provisiones de la viuda de Sarepta no se agotaran nunca, el que dio virtud a Eliseo para que con veinte panes saciara cien hombres en tiempo de escasez, el que más tarde debía ofrecer esa misma virtud a los santos de la nueva ley, el que se llamó yo soy el pan de la vida; es el mismo que, sobre la colina del Sacramento Eucarístico, nos espera para que vayamos a espigar en sus trigales, a saciar nuestra hambre espiritual, olvidados por completo de las cosas de este mundo y de nuestro cuerpo, que nos dará por añadidura y con creces, aunque para ello tuviera que multiplicar los peces y convertir las piedras en panes, mil y mil veces.

Fr. Juan Alventosa, ofm

Desaliento

Perdóname, Dios mío, s¡abatida,
m¡alma llora infeliz, de angustia llena;
sin valor, destrozada por la pena,
no quiere ya luchar en esta vida.

¿Para qué?, —clama, de dolor transida—
s¡siempre he de arrastrar esta cadena?
¿Por qué tanto luchar para ser buena
s¡he de quedar en el final vencida?

Como talón de Aquiles, en m¡pecho,
está m¡corazón, que no resiste.
Al recibir la flecha, cae deshecho

y arrastra al alma en su caída triste.
Rotas las alas, al precipitarse
va no puede volar, ¡ha de arrastrarse!

Pepita Hernández Alfonso.

A Jesús crucificado

Por m¡amor en la cruz estás vertiendo
la purísima sangre de tus venas;
tus llagas, cual sangrantes azucenas,
clamando están por m¡pecado horrendo.

Desangrarse, mis ojos están viendo
tus pies benditos y tus manos buenas,
y en tu pecho a tus fibras de amor llenas
también la dura lanza las va abriendo...

Anegado, Señor, en tu martirio,
es ahora una llaga que da espanto
tu Cuerpo que antes fue candor de lirio.

Permíteme sobre El verter m¡llanto,
y tus llagas besar con tal delirio
que esos besos de amor me hagan un Santo.

Jesús Galbis.

Como la vida, la muerte

Es constante en su fe, no se arrepiente
cuando ve cerca su postrera hora,
el mortal que a Jesús humilde adora,
y en sus brazos descansa dulcemente.

Llega su fin y muere impenitente,
porque no vio la sangre redentora
de un justo juez que en todas partes mora,
el impío, el blasfemo, el maldiciente.

Cuando la Parca fiera nos rodea,
buscando ansiosa nuestra amada vida,
quien a Dios bien sirvió, tranquilo muere.

Y el que bueno no fue, serlo desea,
pues su alma pecadora ve perdida,
s¡es que existe un infierno que él no quiere.

Gaspar Mira.

De nuestro emocionario

Estas noches, amigo, son las hermanas buenas:
el silencio las unge con auras de quietud,
un ritmo nuevo encauza la sangre por las venas,
el amor es amado y es dulce la virtud.

Estas noches, amigo, destilan una glosa
de cosas olvidadas purificando el mal.
Dios va tornando lirio lo que sangraba en rosa
y junto a cada peña nos brinda un manantial.

Hermana aventurera, inquieta y buena hermana
que amaste la locura para ser más humana,
¿adónde fue el encanto de una loca ilusión?

Deja hablar al silencio de esta noche tranquila
inclina la mirada y advierte cómo brilla
un manantial de estrellas junto a tu corazón.

José Corts Grau

Ex colegial de Onteniente.

Vibraciones de m¡lira

Lira delicada...

Más de una vez, sentado cabe el rumor de cristalina fuente, que corría entre dulces requiebros, bajo la sombra de un oloroso pinar, m¡alma, reconcentrada en su interior, ha permanecido absorta largo tiempo, en profundas reflexiones.

En esos momentos de intima calma, n¡el murmullo suave de fontana pura que serpenteaba graciosamente por su cauce de plata... n¡el susurro que producía el aura al jugar por entre la espesura de fresca arboleda... n¡los trinos del ruiseñor que interrumpían de vez en cuando el silencio augusto y misterioso que por allí reinaba, tenían atractivos suficientes para cautivar m¡espíritu, que anegado en un mar de dulzura, no sentía ningún accidenté extraño o peregrino, como dijo tan lindamente el poeta lírico Fr. Luis de León, y continuaba ensimismada meditando esta estrofita que brotó de m¡plectro en otros tiempos más risueños:

El corazón humano
es delicada lira,
do brotan notas tristes
y notas de alegría (1).

Podrán las fantasías ricas y exuberantes de los poetas, en sus horas de ensueños, y en los momentos sublimes en que la bella inspiración con sus labios de rosa dibuja en sus frentes de nácar un beso puro, ardiente, inspirador...; podrán, repito, los poetas en esos mágicos instantes en que sólo viven para el arte, para la poesía y el amor, sobre el corazón humano, concebir halagüeñas imágenes, idear símiles preciosos, plasmar sobre el papel estrofas originales por sus concepciones arrobadoras.

Para mí el corazón humano, más que leve barquichuelo que hoy surca felizmente el agitado mar de la vida y mañana zozobra al empuje de las olas con riesgo de anegarse en sus aguas, para quedarse más larde, rotas sus velas y remos, sumergida en lo profundo; para mí el corazón humano siempre será una... lira.

Una lira, sí, pero de cuerdas finas, sutiles, delicadas, como obra perfecta del más sabio Artífice, que al crear al hombre, en un arranque de amor, no sólo le agració con ¡Os dones más excelsos de su poder y ciñó su frente con la dorada diadema de Rey y Pontífice de la creación, sino que puso en lo íntimo de su ser una delicada lira, el corazón; y le dotó de un arco de plata, la voluntad, para que arrancara de ella, según fuera contrariada o favorecida, notas tristes y notas te alegría, pero siempre notas impregnadas de gracia, suavidad y ternura.

Y la voluntad, que es el arco de plata, al ser herida por un accidente extraño, roza fuertemente sobre la lira delicada del corazón, y deja escapar notas tristes.

Hoy es Jesús, que con la punta de su cruz ensangrentada, golpea las almas puras, y como efecto de ese golpe divino, cual s¡fuera suspiro de amores, beso de amante o flor del Calvario, surge la tribulación cristiana, que tiene la poderosa influencia de purificar y convertir a las almas en hostias puras de santidad. Mañana es... una risueña ilusión que se desvanece como la espuma al llegar a la playa, en donde lanza rumorosa cadencia que impresiona a las almas amantes...; una flor bella, arrogante, de hechizos arrobadores, que se deshoja en la plenitud de su vida y momentos antes de entregar para siempre su amor...; un bien acariciado por mucho tiempo, y que breves momentos de anclar en el puerto la navecilla conductora de ese bien, es presa de las olas que la sumergen bajo la azulada superficie de los mares...; un contratiempo de la vida que derriba al suelo los suntuosos palacios fabricados en sus mentes soñadoras. Y esa cruz, esa ilusión, esa flor, ese bien, ese contratiempo, ejercen poderosa influencia sobre el arco de plata, el cual, al rozar sobre la lira del corazón, lanza notas tristes.
Pero en los jardines no sólo hay espinas, sino que las rosas afortunadamente existen con más abundancia y son las que les dan, con sus colores y aromas, gracia, belleza y encantos.

Lo propio sucede con el corazón humano, pues no sólo vierte notas tristes, sino que el gozo, la alegría, el regocijo son, por dicha nuestra, tos que más veces hacen vibrar la lira del corazón.

Una sonrisa hechicera que retoza sobre unos labios de grana, mientras murmuran palabras encendidas de fuego...; un beso dibujado sobre una frente de nácar; perfumada con aromas embriagadores...; un amor perecido que resucita de nuevo al calor de un pecho abrasado, como flor marchita que renace al sentir en su cáliz la frescura de la perla de rocío...; una lágrima pura que cae como bálsamo de vida sobre un corazón triste y atribulado...; una consolación divina en un alma que ve cerrados los horizontes de la gracia...; un trozo de gloria, radiante de luz, que se abre a los santos en sus deliquios de amor...; una aurora risueña, envuelta entre tules de rosa v carmín, que ofrece en lontananza espléndidos rosicleres y fúlgidos albores de dichas y bienes...;son otras tantas mágicas fuerzas que hacen vibrar dulcemente las delicadas cuerdas de esa lira sutil, de donde brotan notas dulces, suaves, armoniosas, notas de alegría que llegan y vivifican hasta lo más íntimo de nuestro ser.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

(1)«Pétalos de rosa». Poesías inéditas.

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