Índice del número 83

Mayo de 1927. Año 8º. Director: Fr. Francisco Lloréns, ofm

Temas para el IV Congreso Nacional
Terciario-franciscano Ibero-Americano

que ha de celebrarse en Madrid los días 15, 16, 17, 18 y 19 de Junio de 1927, en conmemoración del VII Centenario del Tránsito al Cielo de San Francisco

La V. O. T. y la paz interior

I. ¿Qué es la paz? «La tranquilidad en el orden». La Regla de la V. O. T. Franciscana es el mejor plan de vida espiritual para lograr la paz interior del alma. Conveniencia de que los novicios de la Orden Tercera se informen de ello v medios prácticos de lograrlo, en particular mediante el examen sobre sus obligaciones como Terciarios, antes de profesar la Regla.

II La V. O. T., escuela de hombres pacíficos. Necesidad de examinar la vida de los candidatos al hábito de la V. O. T. Deber de los Directores de mantener vivo el espíritu de paz entre los miembros de la Venerable Orden Tercera.

III. La guerra religiosa encierra en sí anegación. Frente a ella, la V. O. T. sienta el principio de la paz en la inteligencia, por la vida de fe y obediencia incondicional a la Santa Sede. El Terciario Franciscano, conforme al ejemplo del Seráfico Padre, debe ser hijo de la Santa Sede, devoto del Papa y obediente a los Prelados. Medios prácticos de inculcarlo y de lograrlo.

IV. La V. O. T. es, al decir de los Papas, verdadera Orden, y exige a sus profesores espíritu de orden, que es fuente de paz. Medios prácticos de recordar a los Terciarios que no son meros Congregantes de una Cofradía piadosa, sino de una Orden religiosa fundada para personas que viven en el mundo. Deber de los Directores de velar por el alto prestigio de la V. O. T.

V. No es posible gozar del bien de una paz interior sin un espíritu de humilde obediencia. El amor propio y el espíritu de independencia son los grandes enemigos de la paz interior. Los Directores deben recordarlo frecuentemente a los Terciarios, informarse de su vida espiritual, velar por su aprovechamiento en la virtud y reprenderlos caritativamente si es preciso. ¿Cómo lograrlo prudentemente?

VI. Necesidad de inculcar a los novicios la finalidad pacificadora de la Venerable O. T. de San Francisco y medios prácticos de instruirlos en esta doctrina.

VIL La paz interior es hija del espíritu de sacrificio. La V. O. T. Franciscana, como verdadera Orden de penitencia, es segura norma y vida de sacrificio. Los Directores tienen el deber de enseñarlo a los Terciarios, y éstos el de meditarlo. Daños que se siguen a la Venerable Orden Tercera de la laxitud en este criterio.

VIII. «¡Dios mío y todas mis cosas!» decía San Francisco y deben repetir sus hijos. La paz interior es hija de la confianza en Dios y enemiga de la ambición. Espíritu de abandono y confianza en Dios propio de todo Terciario franciscano.

IX. El lujo excesivo y la superflua elegancia son brecha en la conciencia, luto, hambre y guerra en el hogar, desorden social, ruina en la paz. Necesidad de instruir a los Terciarios en esta doctrina; medios prácticos de corregir estos abusos; severidad necesaria en los Directores para no tolerarlos, sobre todo, cuando se refieren, singularmente en la mujer, a la modestia cristiana.

X. Sabiduría de la Regla de la Venerable O. T. al prescribir esta doctrina conservadora de la paz de la propia conciencia. Necesidad de sostener con tesón en los actuales tiempos este precepto de la Regla. ¿Qué medios más convenientes, enérgicos y prudentes a la vez, podrían adoptar los Directores para lograr su fiel cumplimiento?

XI. La piedad para con Dios y la gratitud a sus beneficios son virtudes necesarias a todo buen Terciario. Expresión de ambas en este precepto de la Regla. ¿Cómo mejor inculcar a los Terciarios el deber de santificar la mesa, orando en familia, unidos?

XII. La paz se ahuyenta del alma por la culpa grave, se recupera con la Confesión, y con la Eucaristía se consolida y robustece. Necesidad de practicar, diligentemente, en las OO. TT. este precepto de la Regla. Manera de lograr la mayor y más regular asistencia de los Terciarios a las Misas de Comunión.

La V. O. T. y la paz en la familia

XIII. La familia cristiana, regida por las máximas de la Regla Terciaria. Fruto principal de tal régimen: la paz del hogar. La vida moderna, relajando la familia, destruye el hogar: La Regla de la Venerable O. T. es programa de cristiana vida pacífica de familia, unida con el cordón franciscano. Aspecto familiar, vida de familia, de la Regla de la V. O. Tercera Franciscana.

XIV. Los excesos de la comida y bebida perturban siempre la paz del hogar. Sabiduría de este consejo de la Regla de la V. O. T. y aprecio en que debe ser tenido. ¿Cómo inculcarlo más y mejor a los Terciarios?

XV. Trastornos y disgustos acarreados a las familias por las muertes ab intestato. Prudencia de este precepto de ¡a Regla terciaria. Cuidado que se ha de tener en cumplirlo oportunamente. El Director debe recordarlo, instruyendo a los Terciarios sobre la finalidad pacificadora del mismo.

XVI. El buen ejemplo, sostén del hogar cristiano y fuente abundosa de paz y felicidad. ¿Cómo y en qué principalmente debe darse?

XVII. Poder admirable de la lectura en la formación moral del hombre. Conveniencia y necesidad de lecturas franciscanas en el hogar del Terciario para la adquisición del espíritu cristiano y franciscano de paz y amor. ¿De qué medios podrán valerse los Directores de la V. O. T. para que los Terciarios se suscriban a revistas y demás lecturas franciscanas?

XVIII. Maléfica y destructora influencia de las lecturas menos cristianas o de moralidad dudosa en los hogares. Capital importancia de este precepto de la Regla para la paz de las familias. Cuidado que se debe poner en su cumplimiento. Actuación de los Terciarios contra las malas lecturas.

XIX. Interés grande que deben poner los Terciarios en la asistencia a la reunión mensual, como medio de fomentar la mutua unión y caridad. Medios prácticos de que pueden valerse los Directores para la concurrencia y éxito de estas reuniones mensuales.

XX. La vida de la familia cristiana tiene acabad norma de virtud en la Regla de la V. O. T. Los Terciarios, padres de familia, deben enseñarla a sus hijos con la palabra y con el ejemplo, como medio de feliz y pacífica unión.

La V. O. T. y la paz social

XXI. La libertad es orden, sumisión a la ley. La V. O. T., escuela de fraternidad, enseña la verdadera libertad y fraternidad humanas, sentando así las inconmovibles bases de la paz social. La Venerable Orden Tercera entre los obreros, Conveniencia de divulgarla entre ellos.

XXII. Valor positivo de la Tercera Orden para evitar las luchas sociales. Su espíritu eminentemente pacificador. Historia. Ideales: caminos para lograrlos.

XXIII. El Padrenuestro es el mejor programa y fórmula de pacificación para el Terciario. Espíritu del Padrenuestro. Deber de recordarlo a los Terciarios, a ejemplo de San Francisco.

(Concluirá.)

José Barreira

José Benlliure. Misa en la ermita

LA SEMANA GRAFICA, popular e irreprochable revista semanal ilustrada, honra de Valencia, que en poco tiempo ha sabido colocarse a la cabeza de publaciones similares, y que a la baratura de precio une todos los primores del arte en su bella presentación, estupenda y completa información gráfica y brillante redacción literaria, ha tenido para LA ACCION ANTONIANA una delicadeza que nunca podrá agradecer, pero siempre se honrará en manifestar. Casi todos los clichés que ilustran el presente número de esta humilde revista han sido cedidos galantemente por los propietarios de «La Semana Gráfica», y en números sucesivos iremos ilustran do LA ACCION con hermosos y grandes fotograbados la misma procedencia. Un millón de gracias, pues, a la excelente «Semana Gráfica».

a

José Benlliure. El sermón

La verdad es que este número aparece ilustrado con interesantes reproducciones de cuadros de autores valencianos: Valencianas, de José Pinazo, Soledad de José Barreira, Haciendo bolillos, de José Benlliure, Coro de la catedral de Valencia, de Martín Vidal, Alquería de las naranjas, de Ricardo Verde, La Virgen del amor hermoso, cuadro llamado de Saxoferrato, que se conserva en la Catedral de Valencia, Barraca de Benetuser de Francisco Paula.

También se incluye una foto de la capilla de Loreto y San Francisco, con retablo de Juan de Juanes. Está en el claustro alto del monasterio de Clarisas de Játiva. Y se señala que esta vez el cliché es de Sarithou Carreres.

Lástima que la impresión de aquel momento no nos permita escanear tales tesoros. [Nota del webmaster]

Comentarios de vulgarización jurídica

Continuando, muy apreciadas lectoras, con la tarea que impuesto nos habernos de apostillar en pro o en contra las once peticiones que el Club de Señoras «Lyceum» formulara al presidente de la Comisión de Códigos, y habiendo ya en dos anteriores artículos expuesto nuestro sentir referente a las peticiones de que si la patria potestad se debe ejercer en común por el hombre y la mujer durante el matrimonio, y que si la viuda que contraiga segundas nupcias debe conservar la patria potestad sobre sus hijos del primero o anteriores matrimonios; así como respecto a que si se debería reconocer sin limitaciones la facultad de la mujer soltera o casada para ser testigo en los testamentos, formar parte del consejo de familia, ser tutor, protutor, curador, albacea, etc., vamos a seguir desentrañando las sucesivas peticiones, correspondiendo ahora el turno a la 3ª que, al pie de la letra, así dice:

«Administración y gobierno en común de los bienes gananciales, con prohibición de ambos cónyuges, de hipotecar o enajenar bienes inmuebles y valores industriales y públicos sin el consentimiento del otro.»
La materia es tan amplia, tan varia y tan compleja que no se requeriría sólo uno, sino muchos artículos para abarcarla. Todas vosotras, sin excepción, sabéis qué es la sociedad de gananciales. El civilista español señor Manresa así la define: «Una sociedad constituida mediante el matrimonio entre el marido y la mujer, por virtud de la cual ponen en común los frutos de sus bienes privativos y su trabajo e industria, y hacen suyos, por mitad, al disolverse la unión, las ganancias o beneficios obtenidos indistintamente por cualquiera de los cónyuges durante el matrimonio.»

Legalmente, es un régimen supletorio en defecto de capitulaciones matrimoniales.

Así, pues, serán bienes gananciales:

La esencia del régimen de gananciales es —cual afirma el catedrático señor Valverde— «el respeto a la propiedad peculiar de los cónyuges y la formación de un capital común, que esté principalmente destinado a levantar las cargas matrimoniales. Lo que aporten el marido y la mujer al matrimonio, será del patrimonio exclusivo de cada cónyuge; pero los resultados de producción, las ganancias obtenidas y las adquisiciones posteriores, bien por un origen común de riqueza, bien por resultados del trabajo de cada uno de los cónyuges,forman un capital social y común," constituyen una propiedad colectiva, que pertenece a la nueva personalidad formada por el matrimonio».

Y don Eduardo de Hinojosa dijo del régimen de gananciales «que es el que se armoniza mejor con la importancia que ha adquirido en nuestros días la fortuna ¡nobiliaria; y es el más favorable a la mujer, porque estimula en mayor grado su colaboración en el acrecentamiento del patrimonio social, y garantiza mejor su porvenir al disolverse el matrimonio».

El mentado autor Manresa expone los diferentes sistemas relativos a la sociedad de gananciales de la siguiente manera:

La ley española acepta el segundo de los sistemas expuestos, concediendo al marido una situación de privilegio contraria a la lógica y a la justicia. No pocos autores abogan, tendiendo al perfeccionamiento de nuestro régimen de gananciales, en pro del tercer sistema, al que otorgamos nuestro modesto voto y con el que casi concuerda la petición del Club «Lyceum» que comentamos, y decimos casi porque, como habréis advertido en el enunciado de la petición, demanda el mentado Club «la administración y gobierno en común de los bienes gananciales», es decir, que el marido y la mujer, ambos, sean los administradores, cuando lo procedente, por comodidad para la mujer y dignidad del marido, es que sea éste solo el administrador, si bien con las cortapisas garantizadoras de que en el tercer sistema queda hecho mérito.

La cuarta petición del Club de Señoras «Lyceum» se halla redactada en estos términos:

«Que el sistema aceptado en las capitulaciones matrimoniales pueda ser cambiado por otros que estimen los cónyuges más en armonía con las condiciones y circunstancias de la vida matrimonial, siempre que. lo soliciten ambos cónyuges, sin que este cambio pueda tener efecto retroactivo.»

Ya hemos dado a entender que las capitulaciones matrimoniales no es obligatorio celebrarlas y que en su defecto, es decir, cuando no se conciertan, hay que atenerse al régimen de gananciales.

Pero por el hecho de ser un contrato bilateral—esto es, en que intervienen dos partes: marido y mujer—entendemos que debe ser esencialmente anulable y modificable cuando ambas partes contratantes así lo estimen de consuno. El Código español mantiene la intangibilidad, una vez celebrado ya el matrimonio, de las capitulaciones matrimoniales, con el fin de salvaguardar así los derechos de los terceros y acreedores, evitando con ello las simulaciones fraudulentas a que quizá diera lugar la mala fe de los cónyuges, inconveniente que podría obviarse con facilidad estableciendo, cual en otros países ya existe, Registro especial de Capitulaciones matrimoniales.

No quisiéramos finiquitar, amables y estimadas lectoras, la presente charla sin narrar, para aquellas de vosotras que la ignorasen, la siguiente anécdota que recuerda haber leído en cierta ocasión quien estas líneas se complace en dirigiros.

Se hallaban unas sufragistas norteamericanas visitando al Kaiser Guillermo II, y con toda vehemencia exponían en su conversación al emperador alemán la preponderancia cada vez mayor que en la actual sociedad correspondería adquirir a la mujer, quien debiera entender de omni re scibili et quibusdam aliis.
El césar germánico, al oírlas, les manifestó que él, como su esposa, era partidario, para la mujer, de las cuatro kas.

—¿Las cuatro kas?—preguntaron las yanquis.

—Sí, las cuatro kas —insistió Guillermo II—, y cómo se advierte que ustedes desconocen el alemán: kinder, kleider, küche y kirche.

Es decir, en español: los hijos, los vestidos, la cocina y la iglesia.

Sin perjuicio de todas las reivindicaciones que en estas charlas defendemos, estamos absolutamente de acuerdo con el pensar del kaiser Guillermo II.

Hasta el mes que viene, Deo volente.

Joaquín María Aracil Barra.

Sones de plegaria

Bañado por las luces del ocaso,
sentado bajo un olmo me encontraba,
recreado por los cantos de las aves
y oreado por las auras perfumadas.

Y escuché entre los ecos de las aves
de humana criatura el tierno son,
que entre suspiros, lágrimas y llantos
preludiaba este cántico de amor:

«¡Dios mío!, como caen en invierno
los blanquísimos copos de la nieve,
así también sin número han caído
sobre mí alma tus gracias y tus bienes.»

«Nada era, ¡Señor!, antes que Tú
mandaras a la nada que existiera
animara al ser que hoy me vivifica
dándome movimiento y existencia.

«¡Señor!, yo reconozco que soy polvo,
polvo y nada que arrastra y lleva el viento,
mas... goza de una luz que me descubre
la verdad de las cosas y los tiempos.»

«En lo hondo de mi ser siento una fuerza
que me arrastra insensible hacia lo bueno,
trocando mi existencia en un edén
de amores puros y de amores lleno.»

«¡Señor!, yo debo a Ti mi ser entero,
mis nobles facultades y potencias
y los sentidos que abren de mí espíritu
al mundo externo las secretas puertas.»

«Alas... otro don divino e inapreciable
de tu munificencia he recibido,
tu misma vida, santa, inmaculada,
que me hace imagen fiel del Ser divino.»

«Balbucea, ¡Señor!, mi torpe lengua,
se resiste impotente a expresarlo,
tal es la dignidad y la grandeza
a que hoy a mi persona has encumbrado.»

«¡Señor!, entre millares me escogiste
para abrir los canales de la Gracia,
que en el suelo a las almas santifica
y en dioses las transforma en tu morada.»

«Poder me has dado a mi sobre tu Cuerpo,
¡a mí... que tantas veces te he ofendido!
le ungiste con tu óleo sacrosanto
para que sea siempre tu Ministro.»

Se perdió el eco de la humana voz,
imperan de la noche las tinieblas,
sólo se oye el susurro de las auras
que a los árboles, tímidas, cimbrean.

Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm

A mi carísimo hermano Fr. Bernardino Mª en el día de su primera misa, 17 de abril 1927

Con motivo del centenario

Mi Dios y mi Todo

Difícil habría de sernos encontrar otra frase-jaculatoria de tanta enjundia espiritual y lastre teológico-místico, como la que figura a la cabeza de estas líneas, fue habitualmente usada, sentida y especializada por el Serafín encarnado que se llamó después Francisco de Asís, fruto bendito de los consortes doña Pica y maestro Pedro Bernardón.

En labios de este augusto Patriarca, no fue ella una simple exclamación de fugaz y deslumbrante efecto, ni la plegaria obligada del humilde asceta que aún necesita estimularse a sí propio en la práctica de las cristianas virtudes si quiere escalar la perfección de la santidad. Mas tampoco lo decimos todo al compararla con el correr veloz y siempre alegre del alma religiosa, sedienta de luz y de amor, que diligentemente busca a su Amado y por él pregunta a cuantos topa en su camino, ansiosa de hallarle pronto y de abrazarle una y muchas veces contra su pecho.

Aquí se trata de algo más. Esta jaculatoria tan familiar al Padre San Francisco, envuelve una admiración enteramente sobrenatural, cuyo verdadero significado trasciende la capacidad ordinaria 'de nuestra corta inteligencia. Por esto no puede ser comprendida la fuerza de su expansión interior más que de aquéllos a quienes guía, mueve e ilumina de semejante modo la bondad de Dios, que tan sentidas notas arranca del pecho de sus criaturas.

Estudiar, pues, su contexto, sondear las profundidades del espíritu que la tonifica, conocer a fondo su carácter y asimilarnos la mística doctrinal que irradia, nos parece el medio más adecuado y la puerta de más fácil acceso para entrar en el estudio, conocimiento, amor e imitación del seráfico Padre San Francisco.

Vertida al idioma ritual de la santa Iglesia, la vemos transformada aquí en el «Deus meus et omnia» de la frase latina que, sobre expresar el mismo concepto de la italiana, es más conocida y está más en boga entre los grandes místicos de todos los países habitados.

Para Francisco, desde los floridos años: de su alegre y expansiva juventud, va fue ella un desahogo natural, espontáneo y de reconocida necesidad en medio de sus grandes apreturas místicas y de los jubilosos incendios del amor transformante y unitivo con que el Amado de su alma le derretía y abrasaba las entrañas hasta herirle y llagarle más y más en el corazón. Así y todo, con frecuencia no podía sufrir tales excesos de bondad ni soportar en su espíritu el cúmulo de finezas divinas con que la caridad de Dios le regalaba durante estas contemplaciones místicas tan levantadas, mayormente en los últimos años de su santa y ejemplar vida.

«Mi Dios», exclamaba él en primer término. El Dios mío, el Dios de mi alma, el Dios de mi corazón, la parte de mi herencia, la razón única de mi ser, el fin último de todo mi obrar, el todo de mi existencia, la corona y complemento de mi felicidad. A ti solo quiero, contigo solo me abrazo, a ti solo serviré y amaré. Y porque eres tú todo mío y soy yo todo tuyo, lo que no seas tú me causa hastío, me tortura e! alma, me sabe a triste y cruel muerte.

«Todas mis cosas», añadía después. No porque quisiese él otras cosas fuera de Dios, sino porque con su dulce Amado las tenía y poseía todas. Era Dios para nuestro Padre San Francisco a manera de un espejo divino, en el que veía y admiraba a todas las criaturas del universo mundo, a manera de un precioso y rico maná llovido del cielo, que sabía a todos los manjares; a manera de un magnífico tesoro que contenía toda suerte de riquezas; a manera de un mar de divinas dulcedumbres y de un insondable abismo de paz y bien, donde se sumergía y anegaba su bendita alma, cual si fuera aquél su elemento propio.

Algo de esto expresó el delicado pincel de Murillo al representara tan santo Patriarca abrazado con Cristo crucificado y en aptitud de hollar el mundo entero, que empuja hacia atrás con uno de sus pies. Con este brillante gesto de su imagen se ha puesto de alto relieve el soberano desprecio que de las riquezas, placeres y honras hizo siempre el glorioso San Francisco, a partir de la vez primera que le habló el Cristo de la iglesia de San Damián, y que con él se abrazó interior y exteriormente.

Tampoco vendrá fuera de propósito recordar aquí la hermosa y edificante es cena de la renuncia absoluta de sus derechos a la hacienda de sus padres y a los vestidos con que cubría su desnudez, cuando el autor de sus días se mostró con él tan excesivamente avaro, que hubo necesidad de que lo amparase el Obispo de Asís y lo cubriese con su propio manteo, para que no sufriese menoscabo su honestidad ni muriese de hambre.

La consideración de su fraternal abrazo con Jesucristo, y del de la naturaleza divina con la humana en la persona del Hijo de Dios, le absorben por completo, le extasían, le elevan y trasportan a mundos desconocidos, desde donde le parece más inconmensurable la infinita grandeza del Creador, y a su vez más imperceptible la extraordinaria pequeñez de sus criaturas. Sube don todo de punto esta jubilosa admiración de Francisco cuando descubre con luz infusa el inefable nexo de la eterna e infinita Caridad con que se abrazan y juntan entre sí ambas naturalezas en el Verbo encarnado. Las contempla unidas en él con el abrazo de su unión hipostática, que es la más perfecta de las uniones posibles, y ve como el Omnipotente consolida esta divina unión y sella esta nueva amistad con el beso de su toca y el abrazo de su amor, que ya nunca jamás tendrá fin en el tiempo ni en la eternidad.

Juntamente con estas bodas místicas planeadas, bendecidas y rubricadas por el, amor hipostático, admiraba también San Francisco domo el amor misericordioso, elevante, unitivo y transformante que nos constituye sus amigos, sus hermanos y coherederos, en virtud de la oculta y gratuita participación de la naturaleza increada que nos torna dioses en Jesucristo, dejaba tendido, a modo de lazo de unión fraterna, el grandioso y magnífico, puente de la Caridad soberana, que vemos y admiramos igualmente nosotros entre lo finito y lo infinito, entre lo temporal y lo eterno, entre la mísera criatura y su augusto Creador, a que no hay cosa comparable.

Razón había, pues, muy sobrada para que prendiese en el corazón de este Serafín el fuego inextinguible de esta misma Caridad y se propagase muy aprisa por. todo su ser de entusiasta enamorado, hasta hacerle exclamar una y muchas veces: «¡Il mió Dio e il mió tutto!» «¡Dios mío y todas mis cosas!», «¡Dios mío y todo mi bien!» Con lo cual su alma y corazón se tornaban ascuas de amor.

Este mismo espíritu de caridad para con Dios , y para con los hombres, es el que caracteriza al grande y extático Francisco de Asís ya desde su primera juventud; espíritu que transmitió después a las tres Ordenes religiosas por él fundadas en el total desapropio de bienes terrenos y sobre la base sólida de la virtud de la santa humildad. Es tan parecido este espíritu al que nos trajo a la tierra nuestro divino Salvador, que se adapta como el a todos los tiempos, a todas las personas y a todos los climas del globo. Por esto se dice de Francisco y de sus hijos que son los más grandes bienhechores de la humanidad, como el franciscanismo es la continuación del cristianismo en medio del mundo para la salvación de los mortales.

¿Dónde encontrar otro espíritu que nos ofrezca tantas garantías de una pronta, segura y permanente restauración social cristiana, así para la familia como para los pueblos que andan hoy tan fuera de camino y van a su propia destrucción? Que retornen al espíritu de pobreza y de humildad predicado por Jesucristo y vivido por el Pobrecillo de Asís y sus benditos frailes, y con esto se verán salvos. El Papa León XIII de feliz y santa recordación, en varias de sus Alocuciones sagradas, al igual que en otros documentos pontificios y pastorales de los Obispos, se abona esta misma sentencia. Del espíritu franciscano ha de venir, pues, el saneamiento de las costumbres privadas y públicas, si se quiere mejorar rápidamente la sociedad actual, y darle la plenitud de perfección de que harta necesidad tiene y por la cual suspiran todos.

Fr. Francisco Lliteras, ofm

Al P. Luis Fullana

Con motivo de su elevación a la Real Academia de la Lengua, recordando su historia sobre Cocentaina», por la cual se le nombró hijo adoptivo de la misma.

En contestano suelo, en sus ruinas,
a la margen del Serpis perezoso,
remanso embriagador de hurí amoroso,
lanzó al viento canciones peregrinas.

Que, adormeciendo sus glorias genuinas,
convirtieron su cuna en lecho y foso,
hasta que tú con mano y genio airoso
las levantaste así de sus ruinas.

Bien mereces que un pueblo agradecido
tus glorias cante hoy, pues tú las suyas
del sepulcro del olvido has sacudido.

Por eso no está bien que aun rehúyas
esquives su saludo, ya que has sido
el gran devoto de las glorias suyas.

Fr. Juan Alventosa, ofm

Cocentaina, Abril 1927.

A María Santísima, "Virgo clemens"

Ya que tú eres mi estrella, norte y guía,
La más risueña aurora, dulce encanto,
Fragua que abrasa en el amor más santo...,
Protege mi pureza, noche y día.

A ti, «Virgen clemente», a ti, María,
Dirijo con placer mi dulce canto...
¡Tiéndeme muy afable tu azul manto
Porque viva desde hoy con alegría!

Néctar melifluo, al aire estás flotando
Y salud duradera al hombre dando
Con ansias de nardo, lirio y rosa...

Tus virtudes, Señora, van llenando
El purísimo ambiente y hechizando
A tu hijo con sonrisa deliciosa.

Antonio V. Plá Boluda, Pbro.

Benigánim, Abril 1927.