Cultura religiosa
Nace la Orden de San Francisco
Desligado Francisco del mundo, rotos los vínculos de la carne y sangre, desposado con la Pobreza, la
Dama de sus pensamientos, y consagrado del todo al servicio de Dios, emprende la vida apostólica, a la que se sentía llamado por voz celestial.
Refieren los primeros biógrafos del Santo, que unos ladrones le robaron el vestido que el Obispo de Asís le había dado; y que en Gubio, un amigo supo le dio de limosna una túnica de ermitaño, que ciñó a su talle con una correa, dedicándose algún tiempo a reparar iglesias medio derruidas, acarreando él mismo los materiales para las obras. Todo este tiempo podemos considerarlo como el noviciado de la vida apostólica que iba a emprender.
Un día que asistía a la santa Misa en Santa María de los Ángeles, oyó leer al sacerdote aquellas palabras del Evangelio sobre la misión de los Apóstoles: «No queráis poseer oro, n¡plata, n¡dinero en vuestra bolsa; no llevéis alforja, n¡dos túnicas, n¡sandalias, n¡báculo.» Y saldando de júbilo al escuchar estas palabras, exclamó: «He aquí lo que busco, he aquí lo que anhelo con el alma toda.» Y descalzándose, arrojó bastón, cinturón y bolsa; se vistió una túnica cenicienta, y se ciñó al talle una áspera cuerda con nudos.
En aquel día nació en el alma de Francisco la Primera Orden franciscana.
Mas para emprender la vida apostólica, que era ya su ideal, necesitaba operarios y compañeros, y Dios se encargó de írselos proporcionando. Bernardo de Quintaval, rico propietario de Asís, fue el primero de sus discípulos; y cuando ambos se dirigían muy de mañana a la iglesia de San Nicolás, se les unió el canónigo Pedro Catáneo. Los tres oraron largo rato, y para conocer mejor la voluntad divina, consultó tres veces el santo Evangelio, como tenía de costumbre, saliendo las tres veces una página distinta, en la que Jesús da consejos a sus discípulos; y alzando Francisco las manos al cielo, exclamó: «He aquí, hermanos míos, nuestra Regla y nuestra vida y la de cuantos quieran vivir en nuestra compañía: id, pues,y haced cuanto habéis oído.»
Inmediatamente después de esto, Bernardo de Quintaval y Pedro Catáneo distribuían, en la plaza pública, a los pobres, cuanto tenían; y al anochecer, aquellos dos hombres opulentos no poseían sino la túnica tosca que Francisco les vistió.
Unos días más tarde, se reunieron a Francisco otros varios discípulos; y cuando llegaron a ocho, les ordenó el Santo Padre que fuesen de dos en dos a predicar a los hombres paz y penitencia en remisión de los pecados. Y los ocho, formando parejas, y colocados en figura de cruz, se dirigieron hacia la parte que les había tocado.
Al regreso de aquella apostólica excursión, fueron recibidos otros nuevos compañeros, hasta completar el número de doce; y al ver Francisco completo ya su nuevo apostolado, dice San Buenaventura, dispuso ir a presentarse con su compañía de hombres sencillos a la Sede Apostólica, para pedir con súplicas e instancias que la regla de vida enseñada por el Señor, fuese confirmada por la omnímoda autoridad de la Sede Apostólica. San Francisco fue el primer fundador de Ordenes religiosas que quiso cimentar su nuevo edificio sobre la piedra angular de la Iglesia de Cristo.
Regía entonces los destinos de la cristiandad el gran Pontífice Inocencio III, y a! ver llegar a sus plantas a aquel penitente, con sus pies descalzos y túnica pobre, le despidió de su presencia sin querer escucharle. Mas Francisco no se abatió por esto. Había soñado la víspera, dice el seráfico Doctor, que veía un árbol frondoso cargado de frutos, y tan alto, que no era posible alcanzar sus ramas; y como Francisco anhelase coger alguno, el árbol mismo se inclinó, ofreciendo sus dulces frutos a la mano, Y entendió Francisco que aquel árbol simbolizaba la voluntad del Pontífice, que por fin accedería a sus deseos.
El mismo Papa tuvo aquella noche una visión. Soñó que la Basílica de San Juan de Letrán se tambaleaba próxima a desplomarse, cuando un pordiosero, semejante a Francisco, acudía y con sus hombros sostenía el templo.
Al otro día se presentó de nuevo Francisco al Sumo Pontífice, y al reconocer en él al pordiosero que en sueños se le había aparecido, confirmó al punto de palabra la Regla que el Santo le presentaba, diciendo a los Cardenales que le a| rodeaban: «He aquí verdaderamente al que, con obras y doctrina, sostendrá la Iglesia de Cristo.»
Así nacía, mis queridos antonianos, la Primera Orden del gran Patriarca y Fundador San Francisco. Mirad a este hombre extraordinario como lo vio Dante, como un astro resplandeciente, cuyos rayos de luz y calor habían de iluminar y abrasar todo el mundo; como un Pastor vigilante que había de conducir tantas ovejas descarriadas al redil de la Iglesia católica; como un Padre amantísimo de prole tan fecunda, que muy pronto había de llenar toda la tierra; como un Maestro muy experimentado en la ciencia de los Santos, que había de guiar tantas almas por el camino del cielo.
S¡necesitáis luz en vuestras dudas, decisión en vuestras perplejidades, consuelo en vuestras aflicciones, firmeza en vuestros propósitos, perseverancia en todas vuestras buenas obras, acudid a Francisco que tiene gracia especial para llevar almas a Cristo.
Y s¡amáis de veras a este Santo, enriquecido por Dios con tantos dones, os alcanzará la gracia de las gracias, que es la perseverancia final hasta el último ti instante de vuestra vida.
Perlas del cielo
El toque del Ángelus
El teatro estaba rebosante de público. Los palcos, las butacas, la platea, los pasillos, todo rebullía con el inmenso gentío entre el murmullo creciente y los gritos y llamadas de los inquietos espectadores; y en la modesta cazuela o gallinero se apretujaba el público estudiantil entreteniendo la fastidiosa expectación del comienzo del acto con chistes picarescos y graciosos que ensartaban a voz en grito, y que el público los reía de buena gana.
Era en honor del célebre Obispo de Ratisbona, Miguel Sailer, por quien se daba aquella función cuando aún él era profesor de su Universidad. Las localidades se agotaron, y lo más selecto de la nobleza, y hasta lo más vulgar del pueblo, concurrieron al teatro para testimoniar al sabio Sailer el respeto y amor que les merecía.

Fra Angélico. La Anunciación
Acababa de dar aviso el traspunte de que todo estaba dispuesto, y la campana del escenario dio el tercer toque como señal de que iba a empezar el primer acto.
La orquesta preludiaba con suaves armonías un canto bávaro, cuando se levantaba el telón presentando en escena a Mariela, la protagonista, muchachita de diez años, hermosa con todas las gracias de la raza sajona, rubia como la aurora, cayéndole sus cabellos de oro como dos trenzas de escarlata sobre su pecho, y coronando su nívea frente con los rizos y guedejas que se desprendían con gracioso descuido de la cofia de encajes que tocaba su linda cabeza. Ella miraba con el suave resplandor de sus ojos azules al público exaltado que la aplaudía con frenesí. Por fin se impuso el silencio; la orquesta apagó sus arpegios; el púbico enmudeció, ávido de escuchar a la niña que robaba con sus gracias sus afectos, y la niña, ya resuelta, se disponía a comenzar.
Pero ved que en ese preciso momento, el son argentino de una campana se dejó oír, repercutiendo por todo el ámbito del teatro los rumorosos armónicos de tres golpes o sonidos severos y acompasados: era el toque del Avemaría que sonaba en la torre próxima de la Catedral, y que invitaba a los fieles a la oración. Mariela perdió de momento toda aquella emoción que le causaba aquel público tan numeroso, y arrugo su candorosa frente como emocionada por un nuevo pensamiento? por una crítica resolución. Pero estaba va decidida, y las almas grandes no consienten dilaciones, y abrió de nuevo sus ojos grandes y azules para mirar al público con una sonrisa de candor, como para ganar su benevolencia, pues ella estaba decidida a dar el triunfo a su fe y a su amor, a María inmaculada.
Ella rezaba todos los días el Ángelus con singular devoción; pero entonces la sorprendió aquel toque misterioso en medio del escenario, y entre los vítores v aplausos de un público enardecido y ansioso de diversión; y s¡un alma tímida hubiera cedido ante el ridículo a que se exponía su devoción al quererla practicar en público, Mariela no se intimidó, y dirigiéndose a los espectadores con voz dulce y temblorosa, dijo: «S¡les parece, señores, antes de empezar la comedia rezaremos el Ángelus.» Y haciendo la señal de la cruz se arrodilló en medio del escenario, y juntando sus manos, con suma devoción rezó por tres veces en alta voz el Avemaría. Entre los inquietos y bullangueros estudiantes parece hubo quien quiso reír del atrevimiento de la rapaza; mas como el acto de Mariela era tan sublime, todos los asistentes se conmovieron, y descubriendo su cabeza los caballeros, y arrodillándose los que podían, todo el teatro en masa contestó en voz alta a la oración de la niña.
Conseguido este triunfo de su amor y de su fe, Mariela desempeñó a las mil maravillas el papel de protagonista, escuchando merecidos aplausos. Al final el sabio Sailer, derramando lágrimas de emoción y de gratitud, abrazaba a la niña y le decía: «Muy bien has desempeñado tu papel, querida niña; pero con tu valerosa confesión de fe has dado a todos un excelente ejemplo. Sigue haciéndolo siempre así, y el Señor te bendicirá, y serás feliz aún en este mundo.»

Millet. El ángelus
Mírense en este ejemplo los católicos timoratos que se avergüenzan de confesar públicamente su fe, y aprendan que las emociones de nuestra religión son tan sublimes, que donde se muestran con intrepidez subyugan y conmueven hasta a los más escépticos y degenerados.
Por tierras de Cafarnaum
Recuerdo
El día, en pleno | agosto, y en aquel rincón de la tierra, en Cafarnaum, había sido caluroso, asfixiante. Durante las horas de sol nadie se había atrevido a salir del destartalado hospicio, construido cas¡en su totalidad de madera y que, por consiguiente, quemaba, abrasaba.
Cuando al atardecer, el sol trasmonta ha las cimas más altas, todo el mundo se creyó un deber de expansión física pasearse por la orilla del lago de Genezaret, mientras las brisas marinas refrescaban las frentes y rizaban la cabellera de las aguas. Gozábamos de verdad y dábamos gracias a Dios; ¡nos parecía entonces tan bonita la vida!...
En eso v¡adelantar hacia el puertecito una batea menuda como barquita de estanque, y al llegar se levantó para descender a tierra una señora muy americana, con gafas grandes, cabello extremadamente peinado, donde, por un milagro de droguería, apenas asomaban las nieves, y boca contrahecha. Junto a ella pisó el suelo una muchachita rubia, de ojos muy expresivos y mirada candorosa, algunas veces ingenua, otras de golfillo travieso, vestido de seda sencillo y gracioso, ausencia absoluta de joyas, ligero escote y bastón en mano. No me pudo negar que era ella; días antes había comulgado de mis manos en el Santo Sepulcro de Jerusalén; ignoraba entonces que la debía encontrar en aquella tarde de céfiros y de aromas, a orillas del lago de Jesús.
Su madre era nacida en Washington, ella en California. Era rica y Dios le había prodigado generosamente sus gracias. Sus ganas de figurar y ser conocida la impulsaron hacia la pantalla y actuó de protagonista en varios films. Sin embargo, era una buena muchacha: bastó un consejo de su madre para abandonar el estudio y renunciar a la gloria, bastante vulgar ya, de ser una estrella más. En resumidas cuentas, viajaban con afán de conocer y distraerse por Tierra Santa con sentimientos de verdadera peregrinación.
Les serví de guía por entre las ruinas, y en el momento de traspasar los umbrales de la Sinagoga, que todavía se conservan, desenterrados y tales como los pisó innumerables veces el divino Maestro, la madre se arrodilló y besó el suelo, como queriendo imprimir un ósculo ardiente en las huellas del Señor; la niña la miró con extrañeza y no se arrodilló.
—Padre, convenza a m¡hija que debe ser buena; no siente piedad, no ama a Dios. En parte tuve yo la culpa, pues cuando era pequeña no la corregí como debía, y se dio a la vanidad; es muy caprichosa, y presumida, y... me hace sufrir mucho.
Se sonrojó la muchacha y me miró confusa.
—No se confunda, le tuve que decir. Sea buena, siga los consejos de su madre y no se arrepentirá.
Y cayendo sobre el suelo, postrada más que de rodillas, besó repetidas veces la fría losa, absorbiendo con sus besos sus mismas lágrimas. Lloraba...; al levantarse, ayudada del brazo de su madre, con los ojos nublados por las lágrimas, me pareció otra...; murmuraba unas palabras que no entendí...
...La barquichuela comenzó a alejarse de regreso al hotel de Tiberíades; la tarde acababa de cerrar los ojos del incansable astro rey, y en el fondo, las luces rojas de Tiberíades comenzaban a guiñar sus ojos embrujados, mientras la rubia muchachita, al borde de la barca, abría, con sus dedos sobre el agua, un surco... Creía que jugaba, cuando la v¡llevarse el pañuelito blanco a los ojos, volverse con insistencia hacia atrás, hacia el bosque de palmeras que adornan el puertecito, donde continuaba todavía yo de pie, y con expresivos gestos me decía adiós... Se alejó más y más, y la volví a ver jugando con el agua. Pensé s¡escribiría sus propósitos de una nueva vida sobre aquel libro abierto del lago de Jesús, y levantando m¡mano derecha dibujé en el aire una cruz sobre ella; sentía deseos de hacerla feliz.
* * *
Han transcurrido cas¡tres años desde aquella tarde y confieso ingenuamente que llegué a olvidar aquel recuerdo. ¡Tantas y tantas otras emociones se han sucedido desde entonces!...
El día 17 del pasado Febrero recibí una carta desde California. Venía dentro de uno de estos sobrecitos perfumados, largos, con forro sutil y de color. La carta no es larga, pero sí emotiva, y dice así:
«Amado Padre Alventosa: Por Godofredo Schiller he sabido que V. se encuentra en España (Valencia, Onteniente). ¡Cuánto bien! Le creí muy solo en aquellos bosques y ruinas de Cafarnaum y me apenaba su recuerdo.
M¡madre y yo volvimos encantadas de nuestro viaje a Europa y Tierra Santa. Sobre todo recuerdo aquella tarde de Cafarnaum. ¡Cómo la recuerdo! M¡madre dice que desde entonces yo soy buena. Yo también lo creo así. Aquella tarde se lo prometí a Dios, de veras, y cuando besé tierra por donde pasó el Señor, sentí unos estremecimientos como nunca en m¡vida. Sí, m¡madre lo afirma y yo también lo digo: soy buena desde entonces.
Me case. Pablo es un chico muy bueno. Trabajó conmigo en San Francisco, en la pantalla. Cuando yo lo dejé él también abandonó el estudio. Era protestante; hoy es católico y mejor que yo. El recuerdo de Cafarnaum y de Tierra Santa ha hecho el milagro; por eso yo le he prometido llevármelo de excursión la próxima primavera por Tierra Santa. No dejaremos de besar las ruinas de Cafarnaum. ¿Todavía cimbrea el viento las copas de las palmeras? ¡Qué ideal!... Aquello es sagrado, allí está Dios.
Se me olvidaba: el cielo nos ha enviado una niña. Es muy bonita, le parece a Pablo. ¡Ella no será mala como su madre!...
No le olvida, Mary
Fr. Juan Alventosa, ofm
Onteniente, Abril 1927.
Armonia dolcissima
Poesía recitada por el alumno de la Brigada menor, Joaquín Mora, en la velada celebrada el día 7 del pasado Febrero en el Colegio La Concepción de Onteniente, en obsequio del Padre Rector, Fray Ricardo Pelufo, ofm, con motivo de su onomástico.
Com alegre'l rossinyól «Felicitáis sempiternes |
Ell vos alcance de Deu Ell derrame 'n abundancia, Es ésta, Pare Rector, Molt fácil qu'al contemplar Pero jamay posará Mes nosotros, agraits |
El año franciscano
San Francisco de Asís
El mundo entero celebra ahora el Centenario de aquel extraordinario varón que desde Asís irradió al mundo con los esplendores de sus virtudes de humildad, de fe, de pobreza y de santidad.
En las reales Academias de Madrid se han dado ciclos de conferencias por sabios eminentes; en los templos católicos se celebran solemnidades grandes, y otras entidades festejan a su modo el acontecimiento. Valencia, ciudad artista y culta, no había, pues, de constituir una excepción.
Valencia lega a la posteridad un monumento bibliográfico digno de la causa franciscana; un libro extraordinario que reproduce sesenta y cuatro cuadros de José Benlliure y otros tantos comentarios del Padre Torró. Y no sólo han rivalizado pintor y literato en las ilustraciones de la obra, s¡que también el fotograbador Vilaseca y la tipografía del Carmen en la reproducción y estampación de los gráficos en este infolio de trescientas páginas estampadas primorosamente a tres tintas en papel couché.
Quien no conozca la literatura del Padre Torró, le bastará con leer algún párrafo, unas solas líneas del texto para saborear los más sublimes pensamientos, el sentimentalismo exquisito, la galanura de estilo y una delicadeza de expresión que cautiva y exige esfuerzo para interrumpir la lectura del libro. Inspirándose en cada cuadro del artista, aporta anécdotas o pasajes de la biografía del Poverello de Assis¡a la consideración del lector, sin fatigarle con una exposición cronológica de hechos encadenados a un relato que en otra forma sería, quizás, menos grato y atrayente.
No menos compenetrado con la vida del santo fundador, está el autor de los gráficos. La obra de Benlliure no es de las que se improvisan; las ilustraciones de este libro gigante, son la labor de toda una vida de artista, que la hizo ignorando para qué fin la hacía; y providencialmente ha tenido adecuada realidad en el año del Centenario, en la obra de la Tercera Orden. Y Valencia, que fue la cuna de la imprenta en España, se coloca hoy a la cabeza de las demás ciudades del Reino enriqueciendo su pabellón con un libro que, bajo todos conceptos, resulta una verdadera maravilla.
Cuando Benlliure era director de la Academia de Bellas Artes española en Roma, fue a ver a Sorolla a su casa de Assisi, y tal efecto le causó aquel lugar, que Sorolla se la vendió, confesándole que no era aquél el lugar de su ambiente. Benlliure, por el contrario, supo pronto asimilarlo, saboreó en su alma grande aquel misticismo, aquella triste poesía de recuerdos sublimes que alcanzó a expresarla con toda la magnificencia del sentimiento y del Arte.
Y ¿qué voy a decir, ¡pobre de mi!, del concurso del artista de los pinceles y el de la pluma y el de la estampación? Que en honor y gloria de San Francisco de Asís se han congregado un puñado de valencianos entusiastas, y su arte y su talento ha cristalizado en un libro del que no se me ocurre decir más que: buscadlo, vedlo y admiradlo como yo.
Carlos Sarthou Carreres.
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