Cultura religiosa

Segunda Orden Franciscana

No se contentó San Francisco con fundar su Primera Orden, de cuyo origen y comienzos os hablaba en el número anterior; fundó además sus Ordenes Segunda y Tercera, cuyos hijos han llenado y llenan hoy gloriosamente todo el mundo civilizado.

Y no llegaríais a conocer bien la imagen del gran Patriarca de Asís si faltaran estas ligeras pinceladas sobre institutos tan beneméritos.

Rodeada de encantos y maravillas estuvo la cuna de la Segunda Orden franciscana. Una ilustre joven de la nobleza de Asís, hija de los condes de Sassoroso, llamada Clara, fue la primera hija espiritual de San Francisco, la cual rompiendo los lazos que la ataban al mundo, las riquezas, honores y comodidades de su palacio, trocó sus ricos vestidos y joyas valiosas por una pobre túnica de tosco sayal y voló a la pequeña ermita de San Damián, que había restaurado con sus propias manos el patriarca de los pobres. Siguió a Clara una hermana menor llamada Inés, otra hermana, Beatriz, una prima, Amata, su compañera y amiga íntima Bona, y por último, su propia madre Hortulana, reuniéndose todas ellas en aquella pequeña iglesia, y formando la primera comunidad de religiosas, bajo la obediencia de Clara, que fue su primera Abadesa.

Reinas y princesas de casi todas las cortes de Europa dejaban la púrpura y diademas reales para vestir el humilde sayal franciscano. Margarita e Isabel, esposa y hermana de San Luis, rey de Francia; Inés, hija de los reyes de Bohemia; Elena, hija del rey de Portugal; dos infantas de Castilla, fundadoras del convento de Clarisas de Toledo; Salomea, esposa del rey de Hungría, y Cunegunda, del rey de Polonia; y otras mil de real estirpe, llenaron los conventos con la fama de sus heroicas virtudes y desprecio del mundo.

Mujeres extraordinarias en belleza, talento y otras dotes naturales, escritoras insignes, glorias de las ciencias y las letras: Filipa Mareri, Margarita Colona, Clara de Montefalco, Catalina de Bolonia, Clara de Rímini, María de Jesús de Agreda, autora de la celebérrima obra titulada, «Mística Ciudad de Dios»; María de la Antigua, Ana de Cristo, Jerónima de la Asunción, Magdalena de la Cruz, Jerónima de Priego, y otras innumerables de que están llenas las páginas de la historia franciscana, dejaron el mundo para encerrarse entre las paredes de un claustro, y vivir sujetas a votos perpetuos y a una Regla austera, macerando sus delicados cuerpos con mortificaciones y penitencias que pasman con sólo nombrarlas.

Y sería imposible de todo punto contar las doncellas de todas las clases de la sociedad, que en todo tiempo y lugar han sacrificado su juventud, su hermosura, sus bienes, su vida toda en aras de su amor a Jesús, y se han sepultado en los monasterios de Clarisas, desconocidas y olvidadas del mundo, sólo conocidas y amadas por su celestial Esposo, y sólo por El consoladas y fortalecidas, para perseverar allí hasta el fin de su vida.

Una nota singular que ha distinguido siempre a las hijas de Francisco, desde su fundación, ha sido su amor a la pobreza evangélica, a imitación de su seráfico Patriarca.

Los mismos Sumos Pontífices creyeron que débiles mujeres no podrían soportar tanta rigidez ni pobreza tanta, y trataron de mitigar, en distintas ocasiones, la austeridad de la Regla en este punto; mas ellas, las monjas Clarisas, rehusaron siempre, con tesón edificante, toda modificación o dispensa del voto de pobreza. Y cuando el Papa Gregorio IX, movido de compasión, quiso dispensar y absolver a la misma Santa Clara del voto de total pobreza, respondió la Santa con entereza varonil: «Santísimo Padre, la única absolución que os pido y necesito es la de mis pecados.» Y no cesó la primogénita de San Francisco hasta conseguir una Bula Pontificia con el privilegio de pobreza evangélica perpetua para toda su Orden.

Otro rasgo característico de las religiosas Clarisas ha sido siempre su anhelo por el martirio. Y a punto estuvo la misma Santa Clara y sus compañeras de derramar su sangre por Cristo, sin salir del reducido convento de San Damián, pero Dios quiso premiar su fe con aquel prodigio, verdaderamente extraordinario, que realizó la Santa cuando tomó en sus propias manos la Custodia de Jesús Sacramentado e hizo huir despavoridos a los feroces soldados del emperador Federico II, que estaban escalando ya los muros del convento para profanarlo.

Ese ha sido siempre el espíritu que ha animado a las hijas del Serafín de Asís; y ese es también el espíritu que las anima hoy, después de siete siglos, viviendo desprendidas por completo de las cosas del mundo y tendiendo a la perfección de su estado con toda su alma.

Y ahí tenéis sólo una ligera pincelada sobre la ínclita Segunda Orden franciscana. Increíble parece que débiles mujeres hayan tenido fuerzas para realizar actos tan heroicos y hayan sido y sean ejemplares de austeridad y penitencia. Y no creáis que estos modelos de virtud los podemos admirar tan sólo en las páginas de la Historia; existen hoy modelos vivos que podemos contemplar en todos los claustros de religiosas Clarisas. No faltan hoy, como no han faltado nunca, religiosas de vida sobrenatural extraordinaria, de contemplación altísima, de mortificaciones que pasman, de comunicaciones íntimas y secretas con su Divino Esposo, de anhelos vehementes de derramar su sangre por la fe y salvación de! mundo.

Y no lo dudéis un solo momento: aunque son muchos los que dicen y creen que las religiosas de claustro no sirven para nada, y que son seres inútiles y parásitos que viven a expensas de los demás, tened la seguridad completa de que estas almas heroicas, con el sacrificio perpetuo de toda su vida, hacen una obra muy meritoria y agradable ante los ojos de Dios, y son beneméritas en alto grado a la misma sociedad que las desprecia, porque con sus cánticos y oraciones elevan diariamente un himno de alabanzas al Todopoderoso, y con sus ayunos y penitencias forman como un pararrayos que detiene el brazo airado de la Justicia Divina, e impiden que caigan sobre la tierra las terribles penas que por los pecados de los hombres tiene muy merecidas.

Fr. Juan B. Botet ofm.

Unión mística

A una Religiosa, en el día de su profesión solemne.

Desbórdate de gozo, Esposa amada,
arranca de tu alma enamorada
un himno sin igual,
pues hoy Jesús, amante idolatrado,
dulzura y bien, y amor inmaculado,
es tu Esposo inmortal.

¡Cuántas veces en noche solitaria
elevabas al cielo una plegaria
por tu adorado Esposo,
preguntando a las aves, auras, flores...
do tenía el Amor de los amores,
su albergue y su reposo!

Mas... ni ellas ni la luna plateada
que besaba tu frente nacarada
supieron responderte...,
y sólo de la fuente los murmullos
uniéronse a tus místicos arrullos,
pero... sin complacerte.

Tan sólo una avecilla que en su nido
atónita escuchaba tu gemido,
subió con raudo vuelo
a traer tus misivas al Amado,
que mora, de los Santos rodeado,
en el azul del cielo.

Jesús la escuchó. Y hoy, satisfecho
de las ansias que anidan en tu pecho,
te escoge por su Esposa;
y corona tus sienes de albas flores,
en prenda de los místicos ardores
de tu alma candorosa.

Hoy, Jesús, en tu tersa y limpia frente
estampa complacido un beso ardiente
impregnado de amor,
y te mece amoroso en su regazo,
en tu seno te estrecha, y un abrazo
te da con grande ardor.

Y te llama con voz muy regalada
dulce amiga, paloma inmaculada,
y Esposa virginal,
mientras pone en tu dedo nacarado
la insignia del amor más acendrado,
el anillo nupcial.

Cesen tus ansias y ayes inflamados,
no busques ya por campos ni por prados
a tu divino Esposo;
contigo está desde hoy, solemne día,
en el que te unes, llena de alegría
con Él, Dueño amoroso.

Fr. Bernardino Mª Rubert ofm

Onteniente.

Armonías seráficas

El Año franciscano

En el pasado artículo intenté poner de relieve la gran compenetración existente entre el espíritu franciscano y las criaturas todas.

Nacía del amor al desprendimiento y a la renuncia, por el cual fuera de servirse de las cosas como de esclavas, se las elevaba a la altura de compañeros y concertantes en el gran himno que debemos elevar a Aquel de quien procede toda paternidad.

Debemos dar un paso más. Tiene el espíritu franciscano otra sublime armonía que entre otras muchas vamos a señalar: el atractivo de la sencillez y naturalidad.

Desde que el hombre se rebeló contra Dios, el orgullo ha quedado siendo el patrimonio más nefasto de la raza humana. No hay hombre que no sea llevado a mal traer por el hálito pestilencial de la soberbia, que como en su fuente misma enturbia el agua, y daña en su misma raíz, y desvía el rayo de luz en su origen, a nosotros nos impide el propio conocimiento, y todos los asuntos que intervenimos los miramos con el falso cristal con que nosotros mismos nos contemplamos. Dirigimos los pasos tan sagrados de nuestra vida por los falsos derroteros que el orgullo nos muestra, y en nuestro trato con los demás, no solo nuestro mal ver nos arrastra, sino que también viendo o vislumbrando la desaconsejada orientación de los demás, la explotamos en favor de nuestras sutiles susceptibilidades. Todo ello en el trato humano provoca aquel desasosiego y malestar, aquel fondo de mentira que todo lo invade y hace que los más hábiles y políticos floten entre la turba de incautos y timoratos.

El Maestro Divino nos exhorta en el Evangelio a que seamos prudentes y avisados como serpientes, sencillos y sinceros como palomas. Para ello ninguna cosa resuelve tan a maravilla este difícil problema de la prudente sencillez, como la humildad tan amada de San Francisco.

El hombre verdaderamente humilde y que sabe tenerse en su justo concepto y aprecio, contempla a cuantos le rodean desde un punto de vista muy real y justo. Desvanecida la espesa trama que tan hondamente estorba y oscurece al vano y soberbio, para que éste, comenzando por sí mismo, nada vea en su propia realidad y valer; el humilde desde el fondo de su verdadera estima, escondiéndose a sí mismo, observa la majestuosa marcha de todos los acontecimientos, tanto de los que dependen del orden físico, como de los del orden moral, y en esta sublime grandiosidad, en su regularidad e interdependencia ve la mano de la Providencia, que todo lo dispone para nuestro bien.

La humildad, para ser verdadera, no tiene que quedarse en las alturas de la inteligencia, sino descender a la planta baja del corazón. De la primera manera hay muchos. Creen que son humildes porque reconocen la grandeza de las obras de Dios y comprenden que ellos en medio de tantas maravillas son seres impotentes y como ceros a la izquierda. Ninguna fuerza tiene la humildad así para la vida práctica y la prueba está en que en rozarles por las mientes que con una sencilla palabrita se les hiere el amor propio, pierden la serenidad y todo el contrapeso con que aparecían como hombres de razón y prestigio. En cambio, cuando la humildad desciende a la región donde la vida práctica tiene su fundamento, al corazón, el verdadero motor de nuestra vida, se posee una calma y serenidad paradisíaca que ningún contratiempo puede alterar. Inteligencia y corazón se han compenetrado, la humildad ha llegado entonces a ser verdadera y a hacer arraigo en la vida.

Así es la sublime humildad del franciscano espíritu. El Seráfico fundador no sé qué influencia divina tenía, que logró infundir en su gran familia esta confianza profunda en la divina Providencia. Por la santa pobreza hizo herederos a sus hijos de la más alta riqueza, pues de la mesa de la divina Largueza les proveyó confiadamente de todo lo necesario, y por la santa humildad estabilizó como roca la paz en su corazón, y sus hijos, con esa fuerza interna de la paz y seguridad en la protección celestial, se presentan ante el mundo siendo la admiración de su falsedad y mezquindad, y acaban por imponerse con la divina Fortaleza de su sencillez y nobleza de corazón.

¡Oh sublimes armonías del espíritu franciscano! Verdaderamente la paz y el bien son el legado sublime que has heredado del humilde Pobrecillo.

Fr. Gerardo Boluda, ofm

Perlas del cielo

Limosna de corazones

Ante la vasta inmensidad del océano y arrullada por las ondas sosegadas del río Tajo se alza la hermosa ciudad de Lisboa, reflejando sus torres y fortalezas en las aguas hirvientes del mar, y cubriendo sus moradas con la tenue neblina que elaboran silenciosas las aguas tranquilas del río. Entre la erguida catedral de Lisboa y la abadía de San Vicente se levantaba un suntuoso palacio, noble morada de los Bullones, que de antiguo ejercían los más altos cargos de la ciudad.

Comenzaba a despuntar el sol entre las brumas del mar, cubriendo sus dorados reflejos toda la inmensa llanura de las aguas, y en el palacio de los Bullones, reclinado sobre el pretil de una terraza, se veía a un pequeño niño contemplando esas grandezas de la creación y alzando de vez en cuando sus ojos al cielo como para bendecir a Dios, que es el Autor de tantos prodigios. Era este niño Fernandiño, el hijo de los Bullones, que más tarde había de llamarse San Antonio de Padua, con cupo nombre y siendo fraile franciscano llenaría el mundo con la fama de sus prodigios. Pero ved que el niño Fernando deja de contemplar el imponente espectáculo de la salida del sol, porque otro espectáculo más tierno comenzó a llamarle la atención. Un niño extremadamente hermoso, subiendo desde los arenales de la playa había penetrado en la ciudad y parecía caminar en dirección a su palacio. Aunque hermoso, era de aspecto pobre, y llevaba sobre los hombros un saquito como para pedir limosna; y Fernando, al ver que se acercaba, bajó precipitadamente a la puerta de la casa en el momento mismo en que el hermoso niño llegaba. Iba Fernandiño a ofrecerle su óbolo de limosna, y al verlo el gracioso niño, mirándole con inefable ternura, le dijo:

—No, mi buen amigo, no es eso lo que yo busco: yo pido limosna de corazones. —Y mostrándole aquel saquito que levaba cargado sobre sus hombros, vio Fernando que, efectivamente, aquel saquito estaba lleno de corazones inocentes.

—Pues, ¿qué quieres de mí? —le preguntó enardecido el futuro Antonio de Padua.

— Quiero tu corazón —le respondió el hermoso niño—, y que me ayudes en la conquista de corazones para adornar con ellos el cielo.

El niño prodigioso desapareció, dejando sumido al pequeño santo en un mar de delicias inefables y ardiendo en las ansias de ganar almas y corazones para el cielo.

Por esto la característica de San Antonio de Padua durante toda su vida es el celo por la salvación de las almas. Este es el blanco de todas sus acciones; ésta es la mayor aspiración de su vida: ganar almas para el cielo. Por eso, cuando contemplamos su imagen y vemos entre sus brazos al dulcísimo Niño Jesús, y que uno y otro nos miran con inefable ternura, parece que en el fondo de nuestra alma escuchamos su voz misteriosa que nos dice: «Hijo mío, dame tu corazón

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Figuras bíblicas

María Magdalena

Mulier quae erat in civítate peccatrix. (Lc 7,37)

Mucho se ha escrito, más de lo necesario, sobre la personalidad de la pecadora, a quien Jesús perdona porque ha amado mucho. No hay autor que teniendo ocasión no trate largamente este asunto. Unos la quieren diferente de María Magdalena, y de la hermana de Lázaro y Marta; otros identifican la pecadora con la hermana de los amigos de Jesús, Marta y Lázaro; otros, en fin, quieren que la "Magdalena, ardiente enamorada del Maestro, la pecadora y la María de Betania sean una sola, idéntica mujer. Todos aducen razones, argumentos, citas; cada uno se cree dueño de la verdad; todos apelan a la confusión con que han tratado este punto los evangelistas, y yo afirmo, convencido, que los evangelistas están más, mucho más claros sobre este particular que ninguno de los numerosos autores que así se expresan. Con el Evangelio únicamente a la vista, vamos a tratar sucintamente y con claridad el asunto.

aPredicaba Jesús por la Galilea en los días del año comprendido entre la segunda y tercera Pascua de su vida pública. Esto es evidente.

Acababa el Maestro de resucitar en Nain al Hijo de la viuda, cuando, de regreso hacia el lago de Tiberíades, se encontró con los emisarios de Juan Bautista, preso a la sazón de Herodes en el castillo de Maqueronte; siguiendo su camino habitual hacia Cafarnaúm por las orillas del lago, acertó a entrar en la ciudad de Mágdala, donde un fariseo, Simón, le invitó a comer consigo. El Maestro aceptó la invitación. Comenzado el banquete, una mujer, pecadora pública, in civitate peccatrix, penetró en la casa y, por detrás, postrándose a sus pies, los limpió con sus lágrimas, los enjugó con sus cabellos y los perfumó con ungüentos preciosos. Jesús la perdonó todos sus pecados porque ella había amado mucho y se fue en paz. El evangelista San Lucas (c. VII), que es el único que nos cuenta este hecho, no nos dice quién fuese esta pública pecadora.

No obstante, San Juan, en su capítulo XI, nos habla de María, la hermana de Marta y Lázaro, muerto y sepultado de tres días, y a quien el Maestro venia a resucitar, que era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con sus cabellos. Como este hecho es anterior al que el mismo evangelista nos cuenta en su capítulo siguiente, y que tuvo lugar durante la semana después del domingo de Ramos, es perfectamente creíble, más todavía, es cierto que se refiere a aquella pecadora que en Mágdala ungió los pies del Señor con bálsamo, los lavó con sus lágrimas y los enjugó con sus cabellos. La analogía de este doble relato, de San Juan el uno, de San Lucas el primero, nos confirma en la creencia, seriamente indiscutible, de que fuese una, eminentemente la misma, María de Betania la pecadora de Mágdala.

Mas el mismo San Lucas (c. VIII), y con él los demás evangelistas, repetidas veces nos hablan de una tal María Magdalena, devota y fervorosa adicta de la persona del Maestro, a quien acompañó de continuo, con otras santas mujeres, durante sus correrías apostólicas, sirviéndole y administrándole. Esta María era de Mágdala, así nos lo aseguran los hagiógrafos y ese es el valor literal del texto griego.

Todavía más: nos refieren que el Señor la libró de siete demonios, expresión simbólica de su mala vida pasada, de abandono a la voluntad del demonio. ¿Hay derecho a considerar a María Magdalena diversa mujer de aquella pecadora que en Mágdala fue libertada moralmente de los demonios? Pues bien, no olvidemos que aquélla la hemos identificado con María, la hermana de Lázaro y Marta, y que, por consiguiente, las tres son una sola.

Razones de conveniencia íntima y psicológicas nos obligan a creer así.

San Lucas, que en el capítulo VII nos refiere la conversión de la pecadora, no nos habla de María Magdalena más que a partir de ese día, evocando, al nombrarla, su pasada vida, con el beneficio de Jesús que la desató de la tiranía diabólica mediante el perdón de sus pecados.

Además, en la María Magdalena que en el día de la Resurrección del Señor (Jn 20) va con frascos de perfumes y aromas al sepulcro, a ungir al Maestro, y que, al no encontrarlo, llora, y al hallarlo se arroja a sus pies para desahogar sus ansias en fuertes besos de amor, ¿no vemos los mismos, exactamente iguales caracteres psicológicos de aquella pecadora fervorosa y ardiente de Mágdala y de María de Betania, igualmente fervorosa amante de Jesús, que en semejante ímpetu de generosidad, humildad y desprecio de sí misma sabe lograr la defensa del Maestro?

Abandonemos preconcebidos pareceres; estudiemos atentamente los hechos evangélicos con imparcialidad y rectitud, con las únicas ansias de acertar, y me asiste la convicción de que, con el Evangelio en las manos, hallaremos más que razones suficientes para conseguir una certidumbre moral y racional de que la pecadora de Mágdala, la María de Betania y María Magdalena, son una sola mujer, eminentemente una, María Magdalena.

La tradición local así nos lo indica, y esto de por sí, en Palestina, es argumento de máximo valor. La tradición cristiana desde San Gregorio es unánime, y la Iglesia Católica prácticamente esto resuelve cuando celebra sólo una fiesta a Santa María Magdalena, y en su oficio y Misa aduce hechos y frases de todas las Marías en discusión. Creemos y defendemos, pues, esa común y única María Magdalena.
Datos complementarios de su vida poseemos pocos, y los que el Evangelio no nos proporciona, no pasan de ser leyendas más o menos verídicas.

Todos los biógrafos de María Magdalena convienen en suponerla rica y hermosa, descendiente de una noble y opulenta familia. Ciertamente que el perfume que ella, repetidas veces, derramó sobre los pies del Maestro, eso mismo nos permite creer. Sólo el derramado en casa da Simón el leproso, en Betania, valía unos trescientos denarios, casi doscientas cincuenta pesetas [¡del año 1927! Nota del copista]. Tal lujo, largueza y generosidad difícilmente se lo hubiera permitido una mujer pobre. Poseemos otro dato, quizá más valioso, para llegar a esta misma conclusión. A la muerte de Lázaro, acudieron a casa del difunto para acompañar a sus hermanas en la soledad, muchos judíos, en expresión de San Juan (9, 19). Ahora bien; esta costumbre judía no era observada más que con los ricos, y por consiguiente, a esta categoría pertenecerían las hermanas de Lázaro, cuando aún después de tres días, todavía era frecuentada su casa de amigos y plañideras.

Ignoramos dónde nacería. Algunos quieren que fuese en Betania, otros en Jerusalén, muy pocos en Mágdala. Lo admisible es que, muertos sus padres, los tres hermanos se repartieran sus bienes, quedando María con los del castillo de Mágdala, donde tuvo lugar, tras una vida desarreglada, su famosa conversión. San Antonio dice que el padre se llamó Syr y su madre Eucaria.

Después de la muerte y gloriosa ascensión del Señor, la tradición nos añade que los tres hermanos navegaron, abandonados a la providencia, en una barca, que el viento condujo a las costas de la Galia, donde María Magdalena, después de ser un ángel en la tierra, voló al cielo a juntarse con su Amado.

Fr. Juan Alventosa, ofm

Mis dos amores

A mi querido San Antonio y a ti, madre, que me diste el ser,
os dedico este artículo, en prueba de agradecimiento y cariño.

He oído decir en varias ocasiones, que «pobre importuno, saca mendrugo»: en busca, pues, de la realidad de tal adagio, aquí me tienes de nuevo después de innumerables veces, ¡oh mi querido San Antonio!, a suplicarte me des la salud de la que carezco.

Yo no dudo que tú te habrás ya cansado de oír tantas veces mis quejas, mis peticiones y mis impertinencias; pero... más me canso yo, que soy la que sufro este prolongado martirio. De manera que si quieres que te deje en paz, ya sabes lo que has de hacer; y puesto que Dios te concedió el poder de obrar los más estupendos prodigios, obra en mi favor esta gracia. Favoreciste y realizaste, hasta con tus enemigos, repetidos milagros, y yo que siempre he sido constante devota tuya, ¿seré desoída en esta natural petición que, sinceramente dirigida desde lo íntimo de mi corazón antoniano, espero con ansia conseguir? ¡No me hagas quedar mal, mi querido protector San Antonio, y ya que me honro propagando tu devoción siempre que está a mi alcance, que vean todos tu poder, tu recompensa y tu agradecimiento!

Ya en el caso en que me encuentro lo ves, puesto que a pesar de tantas tribulaciones, sufrimientos y enfermedades que tengo, me conservas en cambio a mi querida madre, que es la gracia, la recompensa y la felicidad más grande a que puede aspirar todo mortal.

¿Qué sería yo en estas circunstancias de prueba tan pesada, sin ese ángel encarnado en mi madre, que posee el consuelo, el cariño, el amor más intenso, desinteresado y puro que se puede concebir?... Ella es el bálsamo que cicatriza mis heridas, el sedante más eficaz de mis dolores, el consuelo de mis penas; sus caricias, sus besos y amor purísimo, me producen más bienestar que la morfina que me inyectan para mis dolores. ¡Qué días y qué noches ha sufrido por mí, llenas de tristeza, de tribulación, de sinsabores y de impresiones!...

Mi madre es quien si yo gozo, goza conmigo, y si lloro y sufro, sufrimos las dos... Así es que entre la protección de mis dos amores, San Antonio desde el cielo y mi buena madre en la tierra, poseo un consuelo tan grande, que lejos de quejarme de la enfermedad, debo dar gracias a Dios continuamente y decirle:—Vengan, Señor, tribulaciones, contradicciones, sufrimientos, dolores y enfermedades, que todas estas miserias humanas las sufriré con resignada paciencia, velando por mí San Antonio y mi madre, que, como yo, es devota del Santo Paduano.

En una palabra: es el único ser humano que sacrifica su vida por la mía; su amor es el amor verdadero; es el amor que brota espontáneamente del corazón. Por eso no te extrañarás, mi querido San Antonio, que así como tantas veces te demuestro a ti lo mucho que te quiero y mi agradecimiento por los beneficios que de ti recibo, manifieste también a mi madre que me dio el ser, el amor que por ella siento como hija agradecida.

¡Oh qué buena es mi madre!, y hasta si me permites, amado lector, te diré que es la mejor de todas. Ella es la que me inculcó y fomenta la devoción intensa que profeso al milagroso Taumaturgo; y cuando la prueba del sufrimiento colma la medida de la paciencia y soy tan débil que me resisto a sufrir con resignación, ella es la que ilumina mi inteligencia con la base firme y segura de la fe, y me hace concebir la esperanza más sublime y la más halagadora, como es el premio que de ello puedo adquirir. Mi madre es quien en tales ocasiones me recuerda la devoción a nuestro Santo Paduano, que no desampara jamás a sus devotos y me ayuda a implorar su auxilio tan necesario en esos momentos; y sus labios balbucean, al unísono con los míos, el responsorio a San Antonio, que he repetido más veces que cabellos tiene mi cabeza.

¡Qué consuelo experimento cuando extenuadas mis fuerzas por el dolor y abatida por la tristeza, estampo un beso y dirijo la mirada a la medalla de San Antonio que pende de mi cuello, y a los cuadros con la misma imagen bendita que adornan las paredes de este aposento, testigo fiel de tantos sufrimientos, y entre tan grata compañía y la de mi buena madre que, solícita e incansable, vela continuamente por mí, respiro un ambiente seráfico-antoniano que convierte este recinto de dolor en un edén anticipado.

He terminado ya lo que me propuse al intentar escribir este artículo, aunque abusando algo de la paciencia y benevolencia tuya, amable lector; pero he logrado demostrar la devoción constante que profeso a nuestro querido San Antonio, el amor intenso que hacia la madre que me dio el ser siento, y las peticiones que por ella y por mí espero conseguir.

Y tú, mi protector San Antonio, atiende mis súplicas; pon ya fin a mis sufrimientos y dame la salud, si me conviene, y sobre todo, consérvame a mi madre: sea ella quien cierre mis ojos y recoja mi último suspiro; y sea en sus mejillas en donde estampen mis labios el último beso.

Todo esto espero alcanzar de Dios por tu intercesión, santo mío, y ya que El nada te niega, hazle presente mis anhelos en este mes en que celebramos tu festividad, y suplícale que no se lleve a mi madre sin arrancarme a mí antes la vida, para que junto a ti la espere yo en la gloria.

Lolita Marco Pandos
Antoniana