Con motivo del Centenario

Alegrías del Espíritu

Esas mil y mil alegrías vanas, estupidas y no raras veces gravemente pecaminosas, que
con desmedido, loco y suicida afán mendigan los hombres de cuantas criaturas les rodean, halagan y
solicitan con mezquinos placeres, son efectivamente el reverso de las otras alegrías sólidas, verdaderas y perfectas de que sólo disfrutan los justos y santos de Dios. Las primeras, que nunca tienen caudal suficiente para calmar los anhelos del corazón, llámanse con toda propiedad alegrías carnales o sensuales porque se perciben por medio de las potencias sensitivas, sin intervención de la divina gracia. Mas las segundas, sencilla y magistralmente descritas por nuestro glorioso Padre San Francisco de Asís a su fif¡delísimo compañero Fray León, se denominan alegrías racionales o espirituales parque trascienden la jurisdicción de los sentidos externos, y son patrimonio exclusivo del alma cristiana que ha enfocado hacia Dios toda su actividad.

Se requiere estar ya muertos a sí mismos y enteramente desprendidos de todas las cosas criadas para gozar a satisfacción estas clásicas alegrías del espíritu. Prueba manifiesta de que sólo las encuentran quienes buscan con toda sinceridad y grande afecto de amor lo que naturalmente conduce a complacer, a bendecir y a loar a Dios en todo lugar y tiempo. Hay, pues, que obrar el bien por encima de todas las conveniencias creadas y cada vez influenciados por la gracia de Jesucristo, fuente perenne de dicha, de paz y de felicidad.

Son tanto más puras estas alegrías del espíritu, cuanto son también más señalados los triunfos y más brillantes las victorias que por la gracia de Dios se obtienen sobre los vicios y concupiscencias desordenadas de la carne, su enemiga irreconciliable. Por esto las almas nobles, sencillas y generosas, cuando llegan a percatarse bien de esta verdad trascendental, no sólo se aperciben convenientemente para repeler con celo y entusiasmo las furiosas acometidas de la naturaleza viciada que les declaró la guerra, sino que también se adelantan a sus ataques, embisten con denuedo y sostienen de cada vez con tesón más firme y arriesgado sus nuevas luchas.

Este ha sido siempre el carácter de los héroes de nuestra santa fe, de cuyas proezas espirituales y epopeyas gloriosísimas vienen tapizadas las historias eclesiásticas y las crónicas de las Ordenes religiosas, en demostración de que en todo lugar y tiempo hubo qaienes hicieron frente al enemigo hasta vencer o morir en la brecha.

Cada uno de estos atletas, alentados y confortados por la sobrenatural alegría que inunda sus almas en los combates que sostienen por Dios sus espíritus, sin torcer a la derecha n¡a la izquierda de su deber, a todo trance siguen a Cristo bendito hasta el monte de la mirra y del incienso, porque saben muy bien que Cristo crucificado y muerto por nosotros, es modelo, dechado y ejemplar de todos los que miran la cruz con profundo cariño, la toman intrépidamente y la estrechan entre sus brazos, la besan con efusiones de dulzura y la cargan sobre sus hombros como signo de eterna salvación.

Los que aún no han experimentado nunca estas alegrías seráficas tan propias del espíritu que tiene puesta en Dios toda su confianza, suelen juzgarlas incompatibles con determinadas enfermedades del cuerpo, reveses de fortuna, trabajos forzados, azotes, cadenas, cárceles y otras mil asperezas por el estilo, como las suponen también en la misma oposición absoluta con las graves penas interiores que de cualquier parte nos provengan. Son, sin embargo, muchas las razones que nos convencen de su posibilidad en todos estos eventos desgraciados, calamitosos y repugnantes a nuestra naturaleza sensible. Vemos, además, que conviven unos factores con otros en las almas de buen temple que van su camino hacia Dios con pie firme, sin mixtificaciones n¡cansancio de la voluntad racional, aunque a veces les sea preciso haber de andar descalzos sobre puntas muy agudas o tengan que pasar entre afiladas lanzas, espadas y bayonetas cruelmente enemigas, antes de la consecución de sus caros anhelos. Pueden citarse aquí inconmensurables pruebas de autoridad que corroboran esta doctrina consoladora, y tomarse a granel de la Sagrada Escritura, de las obras de los Santos Padres, de los libros eclesiásticos y de la tradición católica, que son arsenales repletos de esta suerte de argumentos.

Nosotros sólo haremos uso ahora del que nos ofrece nuestro seráfico Padre San Francisco de Asís, quien, en la persona de su secretario y amigo Fray León, nos asegura a todos, bajo la autoridad de su palabra, que en sufrir con paciencia y cristiana resignación estas mismas contrariedades, tanto internas como externas, está la verdadera, la perfecta, la inmensa alegría del espíritu, que es la única a que debe de aspirar y por la cual debe afanarse todo buen cristiano. Requiere, por supuesto, nuestro Serafín en carne humana, que no atribuyamos nuestras penalidades a la mala voluntad de los otros n¡a sucesos fortuitos, sino que tas creamos justas y bien merecidas por nuestras faltas, evitando así las murrnuraciones y quejas en contra de la divina Providencia que prepara tales cruces a sus amigos, n¡en contra de los hombres que nos enclavan en ellas.

El cuadro de «Las Florecitas» que esbozó nuestro amantísimo Padre, aparece tan recargado de negras sombras, tan aterrador y espeluznante, que la frágil naturaleza humana lo rechaza con indignación, protesta contra él, sube en rabia, se enfurece y maldice hasta que escapa de las mallas de la tribulación. No así la gracia, que sufre pacientemente, de buen grado y por amor de Dios, los mismos contratiempos, y con ellos se llena de gozo, de paz, de júbilo y de perfecta y muy santa alegría, porque rinde pleito homenaje de fidelidad a su dulce Amado. Mas se verifican en ellos estos fenómenos tan admirables, no precisamente porque padecen martirios tan atroces durante su vida de amor, sino porque son dignos de padecerlos a honra y gloria de Cristo bendito, a quien sólo anhelan servir y atestimoniar la heroicidad de su fe y de su firme e inquebrantable adhesión.

Compatibles son, pues, en un mismo individuo los trabajos y enfermedades de toda especie, los desconsuelos y aflicciones interiores y las ofensas e injurias, aunque graves y humillantes, con los dulces e inefables consuelos, gozos y alegrías del alma cristiana. Se padece en la parte inferior y se goza en la superior, que es la principal en el hombre; sufre el hombre carnal y goza el espiritual, sin que en esto haya contradicción ninguna. Antes bien, sucede con harta frecuencia que de la redundancia de la alegría del espíritu, se alegra y goza también la carne, todo lo suficiente para no acordarse más de lo mucho que tal vez padezca, aunque sea horrible. Por esto se encuentran sujetos atrozmente atribulados y vejados de muchas maneras, que prorrumpen en jubilosas exclamaciones de una alegría espiritual que los transporta y arrebata en Dios, que es gozo, paz y alegría por excelencia. La inundación de gozo sobrenatural que del Espíritu Santo reciben entonces, supera en ellos y neutraliza por completo la acción del dolor sensible y de todo sufrimiento del yo humano, sea cual fuere.

Esta es aquella inexplicable sensación de placer y dulce bienestar con que Dios se hace presente a las potencias y sentidos de las almas sólidamente cristianas, una vez que han sabido negarse a sí mismas y morir a todo lo criado, con la buena, alegre y pronta voluntad que expresa nuestro santo Padre en la preciosa y aromatizada flor de la perfecta alegría; la cual, rebasando no pocas veces los límites del espíritu, es como aceite derramado sobre las potencias y sentidos de todos aquellos que voluntariamente se abrazaron con la cruz de nuestro divino Salvador, y en ella quieren vivir y morir.

Fr. Francisco Lliteras, ofm

Impresiones de viaje

Perlas de Amor

El astro-rey nimbado de esplendores
y cual gigante atleta,
brioso ha recorrido,
ya la mitad de su triunfal carrera,
esparciendo los fúlgidos cabellos
de su brillante y luminosa trenza
sobre montes y valles,
sobre la artística y feraz Valencia,
arrogante sultana
de amorosas leyendas,
que de sus rosas, nardos y claveles
y olorosos jardines satisfecha,
desflora de sus labios virginales,
sonrisas hechiceras,
como signos de amor
a los que parten de su fértil tierra.
El formidable monstruo,
esa rabiosa fiera,
de corazón de fuego,
de arterias, huesos y costillas férreas,
pretende menear
su arrogante cabeza;
lanza un rugido fuerte y prolongado,
desata en humo espeso sus melenas,
y arranca victorioso de la vía
al convoy largo que detrás ostenta.
Al ímpetu veloz
de esa valiente fiera,
arranca presuroso
por llanuras inmensas,
dejándose allá lejos
a la gentil y artística Valencia
con sus bellos jardines perfumados,
con sus torres altivas e iglesias,
con su elevado e ilustre Miguelete,
que aún muestra su cabeza,
y admiramos de paso, alegres cuadros
de singular belleza,
hermosos y floridos panoramas,
perspectivas risueñas...
Por un lado, las ondas de los mares
do zozobran graciosas barquichuelas,
con su eterno y monótono murmullo
que a todos nos hechiza y nos recrea.
Por el otro, montículos cubiertos
de aromáticas hierbas,
colinas recamadas
con sus musgos de seda,
barrancos por do corren
las aguas de las sierras,
que hundidas entre montes
apenas se contemplan.
Más allá se divisan oasis bellos
de vergeles sembrados de azucenas,
llanuras dilatadas,
campos, jardines y risueñas vegas
plantadas de olorosos naranjales,
que con su fruto de oro y sus esencias,
transportan a las almas soñadoras
a regiones excelsas.
M¡tierno corazón se siente herido
por amorosa flecha...
palpita... se conmueve...
muy extraña impresión experimenta...
y obediente a su voz
dirijo hacia allá lejos la cabeza...
¡Ah! mis ojos contemplan admirados,
entre árboles frondosos y palmeras,
una visión sublime...
la dulce y sugestiva silueta
de la regia ciudad villarrealense,
do v¡la luz primera
y adormecido fu¡en graciosa cuna
con los arrullos de m¡madre tierna:
vislumbro el campanario elevadísimo,
do en los días de plácida inocencia
contemplé alegre, desde sus alturas
bellos paisajes de la Plana inmensa:
admiro agujas y cimborios
de la mole soberbia de la iglesia,
do en los tiempos risueños de la infancia
al Señor elevé plegarias tiernas.
Y ante su vista hermosa, halagadora,
emanan de mis ojos dulces perlas,
perlas de amor, fraguadas en m¡pecho
durante la existencia
de más de siete años
que he pasado, sin ver su silueta:
perlas de amor, que henchido de alegra,
hov le ofrezco al besar su fértil tierra.

Fr. Bernardino Rubert, ofm

De nuestro emocionario

Cómo se ponía el sol
en aquellas tierras muertas,
sin un gorjeo en los aires,
sin una flor en las peñas.

Venía de mis jardines,
mis jardines de Valencia,
y aquel ritmo era otro ritmo
y aquella puesta otra puesta.

Ascendía por los llanos
hacia las rocas cimeras,
senderos medio perdidos,
¡oh, mis ya perdidas sendas!

Y el sol descendía humilde,
sin que un poeta lo viera,
sin que un labriego entonara
su tranquila cantilena,
como se apaga la vida
antes de advertir su quiebra,
¡los ojos de aquella novia
que floreció en nuestra senda!

Por los caminos perdidos
vagaban vuestras leyendas,
Dios y los siglos tendían
su voz sobre aquellas tierras
y el alma ensanchaba el vuelo
hasta las cimas roqueras:

...¡Mujer, qué tierras tan hondas
para el amor y la pena!

José Corts Grau
Teruel, Junio 1927.

Perlas del cielo

La carta de un mártir

No hay ocupación más noble y más grande en el mundo que el ministerio de salvar almas y llevarias a la verdadera fe. Por eso sólo bajó Dios a la tierra, y por salvar a las almas subió al Calvario y murió en la Cruz. Es, pues, un ministerio de sacrificio, de heroísmo, de cruz y de martirio, que en la cruz clavado murió el primer salvador de las almas. Por eso sólo debemos considerar como un héroe a todo misionero que, desprendido del mundo y de todos sus atractivos, se entrega en cuerpo y alma a salvar a los demás; o más bien, como un santo que, enardecido en el amor de Dios, todo lo soporta y todo lo vence y todo lo sacrifica por las almas, que son de tanto precio, que por salvarlas derramó Cristo toda su sangre. Sólo el amor de Dios, pero un amor ardiente y activo, es capaz dar tanta fuerza y valor a esos héroes, y sólo ese amor es el que les da tanto placer y gozo en el fruto de su trabajo, alcanzado cas¡siempre a costa de innumerables penalidades.

Ved al misionero en medio de la barbarie, cas¡siempre sólo de gente civilizada, en medio de las selvas, bajo un tugurio de cañas, comiendo mal, durmiendo entre mil penalidades y peligros, luchando por instruir a gente salvaje, desconfiada, de carácter inconstante y a veces de fieros instintos, y lejos de su patria, de sus hermanos, de sus padres, de sus amigos, sin más amor que el del cielo, sin más esperanza que la eterna gloria.

Sin embargo, el misionero se siente feliz, porque Dios es su recompensa, y como sólo obra por el amor de Dios y por la salvación de las almas, su felicidad está en gozar de Dios y en ver crecer sus cristiandades, que son su familia, sus hijos de la fe que con tantas penalidades y trabajos engendran para Jesucristo. Tengo en m¡poder un testimonio de esta felicidad del misionero, y lo recuerdo y lo quiero dar a la publicidad precisamente en estos días del mes de Agosto, que es el primer aniversario de su martirio, del martirio de un incansable misionero, que como muchos de ellos ha dado fin a su vida de celo y de heroísmo siendo martirizado por los bárbaros soldados de la China.

Es para mí, y como tal la miro y la venero, la carta de un mártir que de las remotas regiones de la China tuvo a bien escribirme como testimonio de núestra amistad. Dice así:

Shia-K¡28 de Mayo 1915.
Rdo. P. Manuel Balaguer, ofm.

M¡caro Padre en Cristo: Hace muchos meses que deseaba escribirle, en contestación a su atenta de tiempo anterior; pero ya por fin hallé un intervalo de corta duración, robado a mis quehaceres ordinarios. El ministerio apostólico trae de por sí negocios sin número, y absorbe toda la atención y estudio que tan santa obra precisa.

Le doy a gracias sin fin por el grato recuerdo que todavía conserva de mi.

Yo sigo bien, siempre haciendo misión a estas mis ovejas. Tengo a m¡cargo ocho Misiones de antiguos cristianos, y otras tantas que, con la ayuda del Señor, paulatinamente se van abriendo. Grande es la obra que los misioneros están realizando en estas incultas regiones, pues sus habitantes viven la sombra del más grosero paganismo y de semibárbara civilización. Gracias sean dadas al Altísimo, muchos consuelos tengo en medio de tantas penalidades, pues en el presente año he recibido a la religión cristiana un gran número de conversiones, y fundando por ello siete u ocho Misiones. ¡Dios sea en todo loado!

S¡de vez en cuando me escribe noticias de esa m¡amada patria, tendrá en mí un corazón grato y reconocido.

Salude en ocasión dada a m¡familia y a todos cuantos de mí se acuerden.

Reiterándome su menor hermano que efusivamente le saluda y le abraza en nuestro Santo Padre San Francisco, y es seguro, atento servidor y amigo,

Fr. Aurelio Maiques, ofm

Esta es la carta que yo llamo de un mártir, porque precisamente en estos días de Agosto del año anterior dió fin a tantas penalidades y trabajos y a tantos consuelos divinos en medio de sus tareas, siendo bárbaramente asesinado por los soldados de China cuando fue en busca del peligro para proteger a sus pobres ovejas y mantenerlas firmes en las prácticas de la fe.

La memoria del Padre Aurelio Maiques siempre será grata a los que tuvimos la dicha de alternar con él. Era una de esas almas candorosas sin hiel n¡maldad en el corazón, de esas almas que inspiran siempre simpatía, menos a los prudentes según el mundo, que avezados a la doblez y al engaño, recelan de la sencillez de un alma buena y con aíre protector les dan tormento con sus importunas precauciones y sus peligros imaginarios, pues ignoran que a las almas candorosas las guarda Dios, y son su mayor peligro y tormento los hombres farisaicamente prudentes que las acechan con recelo y las fustigan por sus candorosos actos; y es tal vez que los candores de un alma ingenua causan enojo a las artimañas de un alma falaz y llena de doblez.

No era, pues, el alma candorosa del Padre Aurelio para vivir entre las falacias del mundo y entró en la Orden de San Francisco, y no satisfecho aún, n¡saciadas las ansias de su espíritu de sacrificio en la vida del claustro, se quiso dar del todo a Dios y corrió a las Misiones de la China, viviendo en ellas por espació de diez y seis años, sin otra preocupación que salvar almas y cuidar con inmensos sacrificios de mantener siempre viva la fe de sus chinitos; de aquellos numerosos cristianos que al impulso de su celo iban engrosando las filas del cristianismo. Un compañero suyo de misión nos dice que «era el Padre Maiques queridísimo de todos los que le trataban por la candidísima ingenuidad de alma y
agradabilísimo trato. Fué siempre excelente misionero, conocedor como pocos de la lengua difícil del país, y muy instruido en literatura china, en cuya lectura pasaba la mayor parte de sus ocios.» (Revista Franciscana, núm. 933, página 315.)

En esas meritísimas tareas de celoso misionero le sorprendió la revolución china, y estando en Tongijuenfang temió por sus ovejitas los cristianos de Tao-li-Tsun y se fue allí a protegerles con su presencia y evitar los desmanes de la soldadesca; pero fue él la primera víctima. El día primero de Agosto del pasado año invadieron un grupo de soldados su vivienda, y al saber que era un sacerdote católico, a pesar de la mansedumbre con que les ofrecía su casa y reclamaba respetuosamente trato, la emprendieron a tiros con él, dándole muerte; mas aún tuvo tiempo el santo mártir para arrodillarse y perdonar a sus enemigos y pedir a Dios perdón para ellos. El cielo demostró con un prodigio que su entrada en la gloria era una entrada triunfal, pues como un eco de los himnos de gloria que entonaron los bienaventurados era el son de la campana de aquella iglesia, que comenzó a tocar ella sola mientras el alma del santo mártir penetraba en el Paraíso y recibía la corona de eterna felicidad.

Quiera Dios que alma tan santa muestre al mundo los esplendores de su gloria con nuevos prodigios, y merezca nuestro respeto y veneración su protección eficaz y el auxilio de la gracia para imitarle.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Relato histórico

San Antonio en la Alameda

El poder de San Antonio y la valiosa protección con que atiende a sus devotos le dan facultad para presentarse en todas partes, y por eso no es extraño verle intervenir en la Alameda de Valencia en un día de grandísimo concurso.

Era la tarde de un domingo, el 3 de Julio del presente año. La Alameda estaba concurridísima. Millares de personas buscaron aquella tarde solaz para sus cuerpos en las frescas y sombrosas avenidas de aquel grandioso parque valenciano. Entre la multitud tan abigarrada y entre aquel confuso reír y charlotear de gente regocijada y alegre, había un grupo de simpáticas y bonísimas señoritas, las bellas sobrinitas de doña Sofía Reig, que ansiosas de expansión habían acudido aquella tarde con su tía para regocijarse en la Alameda. De pronto se interrumpe su charla y paran todas formando corro alrededor de Adelita: ésta había dado un grito de sobresalto y había languidecido, sombreado su rostro por la pena. De uno de sus pendientes habíase desprendido el valiosísimo brillante que lo adornaba, y ella, casualmente, se acababa de dar cuenta de su pérdida.

Todas, instintivamente, miraron a tierra con el ansia de encontrarle; pero entre tanta multitud ¿cómo era posible dar con él? ¿Y dónde, cómo y cuándo se había desprendido? Pero había que buscarlo, que no era cosa de abandonar sin más n¡más objeto de tanto valor, y a buscarlo se dedicaron todas por los sitios donde habían paseado, tropezando a cada paso con la multitud que las empujaba con su proceloso vaivén. La noche vino a sorprenderlas en su infructuosa tarea de buscar el brillante perdido. ¿Y qué iban a hacer, cansadas de vaguear por la Alameda, y entumecidos sus ojos y agotada su luz de tanto mirar a la tierra? Era cosa tan difícil como buscar una gota caída en el inmenso mar, y la bondadosa tía, aunque apenada, tuvo que dar la orden de marchar a casa a cenar. Adelita dejó de mirar a tierra, pero clavó sus ojos en el cielo, y sus labios musitaron cierta plegaria de la que nadie se apercibió; pero ella, con el corazón esperanzado, sonrió vagamente, como sorprendida por un rayo de luz, y siguió más tranquila al grupo que la precedía.

Se cenó entre los mil comentarios del brillante perdido, y por fin volvieron a decidirse para volverá salirabuscarlo. Tal vez al estar más solitario aquel sitio, la luz de los focos dejaría ver los reflejos del brillante, y allá se fueron.

Los focos de la Alameda alternaban a aquellas horas uno encendido y el otro apagado, y el concurso de paseantes era muy reducido. Y volvieron a dar vueltas y revueltas, siempre mirando a tierra, con el anhelo de descubrir algún reflejo de luz; pero en vano. Ya la vista se enturbiaba y la noche adelantaba su paso. Doña Sofía tuvo que decidirse a interrumpir las infructuosas pesquisas del brillante, y dijo: «Chiquitas, es necesario volverse a casa, que ya es muy tarde y esto es imposible. Demos la última Vuelta y a dormir.» Del corazón atribulado de Adelita brotó un murmullo de reconvención y queja, no a su tía, sino a San Antonio, en quien había confiado, y con pena brotó de sus labios esta frase: «Tanto que le he prometido a San Antonio y no me ha hecho el milagro!» Emilieta, que junto a ella buscaba con afán la piedra preciosa, la interrogó:

—¿Pero qué promesa le has hecho a San Antonio?

—Cien pesetas para sus pobres—respondió Adela.

—¡Qué lástima —dijo Emilieta—, que San Antonio no quiera aprovechar esa limosna. Busquemos por última vez.

Y volvieron a buscar. De pronto Adelita se inclina a tierra: el lugar estaba oscuro, era bajo uno de los focos apagados; ella sintió cierta conmoción que la obligó a inclinarse, y todos corrieron hacia ella preguntando con ansiedad: «¿Lo has hallado?» «Yo no sé, respondía toda conmovida Adelita; pero esto parece el brillante.» Y todas vieron en sus manos la piedra preciosa que había perdido. Cómo y de qué manera pudo encontrarlo, San Antonio lo sabe, que allí se lo estaba guardando, y para que a nadie atrajera con sus briilos, estaba con las facetas vueltas a tierra para no poder brillar, y sólo su dueña vióse impulsada por el Santo para inclinarse a cogerlo. Así que pudo exclamar con la piedra preciosa en sus manos: «S¡buscas milagros, mira...»

Fr. Manuel Balaguer, ofm

En el lago de Tiberíades

...Era una noche de luna

Los que hemos pasado un verano en Tiberíades, o en cualquiera de las inmediaciones del lago, sabemos lo que es deshacerse, consumirse, derretirse de calor. Este no se puede concebir n¡mayor, n¡más intenso.

La noche es lo menos desagradable. Ya no se siente el calor del día; las brisas han refrescado el ambiente, y s¡no fuera por los mosquitos se pasaría deliciosamente. Claro está, que a condieion de no encerrarse antihigiénicamente en una habitación, sino, más bien, de dormir en una azotea, o de cualquier manera, a la intemperie.

...Era una noche. El bajel nocturno navegaba por el océano del firmamento con todo su esplendor; sólo de vez en cuando, muy raras veces, un velo, como de seda, venía a interponerse momentáneamente entre mis ojos y la luna; con ella no brillaba en el tranquilo cielo más que un grupito, muy insignificante, de estrellas y el lucero; las demás, quizás cansadas de su ordinaria tarea, holgaban aquella noche, por creer innecesarios sus servicios para los hombres; tal vez dormirían, quizás iluminaran otros mundos...; sea lo que fuere, es bien cierto que aquella noche se ausentaron de nuestro cielo.

Las cuerdas del arpa del Kinnor no tañían, y el lago, a lo largo, parecía un ángel durmiendo en su cuna. Uno de los criados, un muchachote armenio, de ojos grandes y de mirar ingenuo, canturreaba por lo bajo, dando la última mano a todo, para tumbarse a descansar. Era un buen chico, rabiosamente fiel, que huyendo de su país durante la matanza general de armenios en la post-guerra, a pie, caminando de continuo, con la ansiedad de no perder la vida en manos de cualquiera que se le antojara, llegó por aquellas partes, y fué recogido caritativamente por el Superior franciscano de Cafarnaum.

El pobre muchacho no callaba, antes bien crecía en intensidad su monótono y lánguido canturrear, característicamente cromático, sin ritmo n¡tonalidad definida...; me incorporé y le v¡de pie, en actitud suplicante, mirando al lucero... Tuve piedad de él, me dió lástima. Dicen que el lucero suele curar a los que penan. Pensé que, tal vez, aquel muchacho sufría mucho con el recuerdo de algún ser querido que dejó allá en su tierra amada y perseguida, hollada y profanada, y que mirando a la estrella de los enamorados, le estaba canturreando con sus íntimos cantares, sus penas, sus cuitas, sus secretos...

—¿Dónde duermes?

—Bajo, sobre una red que he suspendido entre dos árboles.

—¿Cuándo vas a dormir?

—En seguida.

—Hombre, demasiado pronto. Siéntate aquí, cuéntame cosas de tu país, dime cómo van las cosas ahora, ¿han mejorado?

—¿A mí me lo pregunta? No sé absolutamente nada; ustedes leen, ustedes deben saberlo todo; yo ignoro la suerte que corren los míos.

—Pero, ¿quiénes son los tuyos?

—Mis tíos, mis primos, m¡familia, ¡m¡madre!

—¿No sabes nada de tu madre?

—Nada. Antes vivía de m¡trabajo, estaba privada y no me pudo seguir; la quise acompañar hasta la muerte s¡nos llegaba, pero para librarme, para salvarme, me engañó, me hizo salir de casa y ya no pude volver. Mis hermanos, m¡hermanita de ocho años, no sé... la quería tanto, ¡pobrecita!; s¡vivirá... ¡dónde estará!...

Y llevándose inconscientemente la mano a los ojos se fue a dormir; suspendido entre dos árboles, sin tocar la tierna, que tantos abrojos le producía, y mirando al cielo, claro y sin nubes, es de adivinar que continuaría contando sus penas al lucero toda la noche, aún en sueños.

Al acomodarme para dormir me d¡cuenta de que a pocos metros, entre las ruinas silbaban los alacranes, se arrastraban las víboras y otros animalejos, y oí el maullar de un gato feroz, que la emprendía seguramente con una serpiente que se había de cenar. En el cielo continuaba la luna evocando el tráfico oriental de los cadáveres, y el lago dormía en toda su extensión como un angelito en su cuna.

Fr. Juan Alventosa, ofm

Informaciones

Nota. Este mes es muy grande esta sección de la que sólo vamos a copiar un apretado resumen.

Desde Roma el P. León Villuendas nos cuenta que ha tenido lugar el VII Congreso Eucarístico Diocesano de Roma; que el 23 de junio se entrego el capelo cardenalicio a unos cardenales recién nombrados; que el 24 del mismo mes tuvo lugar la ordenación episcopal del P. Pascual Robinson, ofm; el 14 de julio celebró su onomástico el Hno Ministro General, Buenaventura Marrani. No cuenta la siguiente noticia que le afecta a él.

Nombramiento.—Nuestro activo corresponsal en Roma, reverendo P. León Villuendas, ofm, Lector general de Teología, ha sido nombrado Presidente del Colegio Internacional de San Antonio.
El P. Villuendas sabe cuánto se le quiere y se le considera en esta redacción, sin que en este afecto entre el agradecimiento a las bondades que de él siempre hemos recibido. Se le quiere por ser modesto y sabio, prudente y discreto, buen amigo de sus amigos. Pero este cariño no debe ser obstáculo para decir que su nombramiento no nos ha sorprendido, sabiendo las generales simpatías que no sólo en la Curia generalicia de la Orden Franciscana, sino también en los centros eclesiásticos de Roma cuenta el Padre Villuendas.

Al felicitarle y augurarle un buen gobierno, nos felicitamos, porque en honor de la Seráfica Provincia de Valencia recae tan acertado nombramiento.

Rogamos a nuestro ilustre amigo y querido hermano que las ocupaciones de su nuevo cargo no le impidan continuar honrando estas columnas de La Acción con las amenas y bien escritas crónicas que desde Roma saboreamos todos los meses.

Desde Real de Gandía. Cuentan las fiestas en honor el Beato Carmelo Bolta, franciscano mártir, beatificado el 10 de octubre pasado. Del 7 al 10 de julio se hicieron fiestas y se colocó una estatua en la iglesia parroquial de ese su pueblo natal.

Desde Játiva. Celebración del Centenario de San Francisco. Predicación de los PP. Juan Pons, Benjamín Reig, Juan Jover (guardián de Cocentaina) y Juan Bta Gómis.

Desde Biar. Primera misa cantada de Fr. Pacífico Torres, franciscano, en su pueblo natal. Era el 26 de junio. Cantó el coro del Colegio La Concepción de Onteniente, del colegio de Benisa y la escolanía de Agres y de Cocentaina. Predicó el P. Juan Bta. Gomis. El misacantano presidió el matrimonio de su hermana Beatriz y D. Cristóbal Díaz.

Desde Cullera. Novenario del 25 de junio al 3 de julio a la Patrona, Virgen de la Encarnación (del Castillo). Predicaron el P. Rafael Brotóns los primeros 3 días y los restantes el P. Manuel Balaguer.

Desde Teruel. Fiestas para celebrar el Centenario de San Francisco. Se adornó la fachada del edificio, entonces colegio internado San Antonio. Las pareces laterales del templo se adornaron con cuadros de Vicente Pastor, artista de Valencia. Predicó el quinario el P. Luis Urbano. Se trasladó la imagen de San Francisco a la catedral para celebrar allí el día 4 de octubre con el mismo predicador. Tras la eucaristía se devolvió procesionalmente la imagen a la iglesia del convento. Presidía la procesión el P. Luis Amigó, capuchino, obispo de Segorbe, el P. Provincial, Luis Fullana, los rectores de los colegio de Onteniente y Teruel, PP. Ricardo Pelufo y Cipriano Ibáñez. Por la tarde hubo una velada literario musical.

Desde Carcagente. Fiestas centenarias

Toda la prensa de la región valenciana se ocupó con elogio de los extraordinarios festejos que a últimos de Junio presenció esta hermosa ciudad con ocasión de conmemorarse el VII Centenario de la muerte de San Francisco. El P. Francisco Ferrer, Superior del Colegio de Padres Franciscanos, confeccionó un programa atractivo que hizo volcar sobre esta población gran parte de la Ribera, dando a Carcagente un movimiento y vida inusitados.

Los días del 22 al 26 de Junio se celebró triduo misión en las iglesias de la ciudad.

El día 27, a las ocho de la mañana, fue la llegada del regimiento infantería de Otumba, de guarnición en Játiva, que fue objeto de un recibimiento y despedida grandiosos. En la Misa de campaña, aplicada en sufragio de las almas de los soldados de dicho regimiento que en África murieron por la gloria de España, don Agustín Gap, Terciario franciscano, arrebató a la concurrencia con su patriótica oración. Terminada la Misa, y entre los vibrantes acordes de las bandas de trompetas, tambores y música militar, las señoritas antonianas impusieron a los jefes, oficiales y soldados el distintivo del Centenario. El reverendo P. Francisco Ferrer impuso una corbata a la bandera del regimiento antes de comenzar la Misa.

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Llegada a Carcagente de los señores Fontán, capitán general; Álvarez Rodríguez, gobernador civil y Marqués de Sotelo, alcalde de Valencia

A las cinco de la tarde se organizó una gran cabalgata formada por gigantes, cabezudos, heraldos a caballo, ocho artísticas carrozas, representando diferentes episodios de la vida del Santo, grupas y asistencia del regimiento, banda de La Unión y dos más.

El día 28, por la mañana, gran fiesta religiosa, cantando las glorias del Santo el P. Samuel Leal. A las seis, en el teatro de Apolo, tuvo lugar la velada literaria y artística, en honor del Seráfico Padre San Francisco. Un programa selectísimo, un discurso como siempre, elocuente, del abogado y gran orador don Manuel Simó, otros de los PP. Arnau, Leal y Alventosa y señores Gap y Martínez; poesías por el P. Ángel y señor Bolinches, y selecta música.

Al día siguiente, todo Carcagente aparecía engalanado, especialmente las calles contiguas al Colegio.
A las siete, Misa de Comunión general por el P. Luis Fullana, Ministro provincial y académico de la Real Española. A las nueve, recibimiento a las autoridades valencianas por el Apuntamiento, Clero, Comunidad de Padres Franciscanos, colegios, Junta organizadora del Centenario, autoridades locales y la banda de música «La Unión».

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Detalle de la procesión. La imagen de San Francisco saliendo de la iglesia parroquial el 29 de junio de 1926
El gobernador civil, señor Álvarez Rodríguez, descubriendo la lápida que rotula la calle de San Francisco

Atronadores cohetes anunciaron la llegada de los señores Fontán, capitán general, con sus ayudantes; gobernador, señor Alvarez Rodríguez, con su distinguida esposa y señor Peiró, secretario del Gobierno civil de la provincia; excelentísimo señor Marqués de Sotelo, alcalde de Valencia; Barrios, presidente de la Audiencia; Sánchez Ocaña, general de Estado Mapor, coroneles y representantes de los Cuerpos; señor Muga, representante de la Diputación provincial; señor Lamo de Espinosa, por el Apuntamiento de Valencia; señor Pardo, alcalde de Alcira, con el secretario del Apuntamiento; jefe de la guardia civil; don Patricio Gil, jefe de policía, etc.

Hechas las representaciones y saludos de rigor, se trasladaron al círculo de «Unión Patriótica» en cuyos amplios salones y acompañados de elegantes señoritas de la distinguida sociedad carcagentina, les fué servido un espléndido lunch. Presentóse acto seguido el excelentísimo y reverendísimo señor Obispo de Segorbe, y después fueron a la parroquial, donde éste ofició de pontifical y asistieron todas las autoridades citadas y las locales.

El muy reverendo Provincial de los Escolapios Padre Calasanz Rabaza, elogió las glorias del Patriarca de Asís de manera magistral peculiar en él. Se cantó la Misa de Perosi, a gran orquesta.

Terminada ésta, se procedió a descubrir la lápida rotuladora con el nombre de San Francisco de Asís a la calle que del ex convento desemboca en el paseo Reina Victoria. Reinando tal entusiasmo, que no es posible poderlo resumir en esta crónica.

A las dos, tuvo lugar el banquete con que la Comunidad de Padres Franciscanos obsequió a las autoridades de Valencia y de la alegre ciudad de la Ribera.

Se sentaron a la mesa, a más de todas las citadas autoridades valencianas, la señora del Gobernador y las señoras que componen la Junta del Centenario, el académico Padre Fullana, el alcalde de Carcagente don Sebastián Hernández, el párroco señor Faus, superior Padre Francisco Ferrer, don Lucas Estades, don Modesto Noguera y otros hasta 80 invitados. Delicados orfeones fueron cantados al terminar la comida.

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Una de las carrozas alegóricas que precedieron a la procesión

El tiempo pasó fugaz hasta la hora de la solemne procesión. Esta, tras interminable filas de devotos con banderas y estandartes de Ordenes Terceras de la región y todo cuanto de piadoso encierra esta ciudad, fué presidida por las autoridades de la provincia. Terminada, fueron obsequiados todos los invitados con un espléndido lunch por el excelentísimo Apuntamiento.

Satisfechísimos deben estar los señores don Lucas Estades, don Modesto Noguera y especialmente el Rdo. P. Francisco Ferrer, verdaderas almas e incansables organizadores de los festejos del Centenario, a quienes felicitamos efusivamente por el éxito de sus afanes y desvelos y haber proporcionado a Carcagente tan brillantes fiestas.

El corresponsal

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