Sociología femenina

La Psicología de la mujer

Desde que el mundo moral y literario existen con las primeras floraciones de la conciencia del entendimiento, la mujer ha sido objeto, en todos los lugares y en todos los tiempos, de alabanzas y de diatribas tan arbitrarias, tan en pugna con los sentimientos de admiración, de delicada galantería que el hombre bien nacido siente por el otro sexo, como desprovistas de sentido de realidad. A nuestro humilde entender, ni los feministas ni los misóginos pueden resolver el problema establecido, por la excesiva parcialidad mostrada en los aspectos que de tal cuestión se derivan.

A raíz de haberse concedido a la mujer, en nuestro país, la facultad de votar, aunque de un modo restringido, se han exacerbado estas dos tendencias.

Bueno es que se le concedan a la mujer todos aquellos derechos compatibles con el lugar y estado que en la sociedad ocupa, y a los que es acreedora por su inteligencia, por su virtud y por su bondad; pero no olviden los que pretenden llevar las cosas a un límite poco prudente, que el hogar ha sido y será siempre el centro y eje del mundo femenino y la razón de tantos respetos y de tantas consideraciones.

Los imitadores de Gracián y de Schopenhauer —no en las bellezas de la forma, sino en las estridencias del fondo— olvidan ciertamente que la mujer es factor importantísimo en el mundo moral y social.

El espíritu del hombre decae y desfallece ante ciertas adversidades; sólo la mujer resiste los crueles embates de la existencia y se sublima ante los más crueles sacrificios, esfuerzos y sacrificios que anulados quedan ante la arrolladora presunción del otro. ¿No hubo, acaso, en todo anhelo, empresa, éxito del hombre, iniciación paciente, alentadora, tal vez máxima, gigantesca, pero siempre anónima y desinteresada ayuda por parte de la mujer? Por eso el triunfo de la Humanidad es el triunfo de la mujer, callado y recluido entre las paredes del hogar; pero triunfante al fin por el poder de su fe inquebrantable, la fe en algo externo e inmutable que taxativamente se halla en el individuo que no se entrega a él sin exigirle sacrificios sin tasa, largas luchas, grandes arrestos y rendido culto.

La mujeres maestra en reservas porque fue educada en el disimulo, y la astucia es el arma poderosísima de que se vale para triunfar de todas sus debilidades. Educad a una niña como se educa a un niño, sin límites, sin reservas, y veréis qué ricas espiritualidades emanan de su alma innata e inagotable de ternuras desbordantes, de bondades privilegiadas que tanto le caracterizan, germen de tantas abnegaciones, de tantos sacrificios. Si ahondamos en el estudio de su psíquica personalidad, nos encontraremos generalmente sorprendidos ante los meandros espirituales que se traducen en amores castos y afectos sinceros, en ambiciones santas y nobles por el bien de la especie, de la familia, de la sociedad, que en el hogar adquieren diversos matices, dando lugar a esas pequeñas fuerzas sociales que, en realidad, son grandes y poderosas.

Los hombres, preocupados en la seriedad de la vida, no tienen tiempo para entretenerse en lo que llamamos pequeñeces. Y sin embargo, estas pequeñeces, ¡cuán grandes, cuán molestas son! La mujer ha de administrar con economía, se ha de ocupar en faenas tan molestas, tan humildes, como privadas de recompensa. Si las mujeres limpiaran su educación de atávicos residuos; si eliminaran en su espíritu ciertas preocupaciones sociales; si en vez de pensar en modas ridículas y emplear el tiempo en otras zarandajas insubstanciales estudiaran más la esencia de las cosas y la psicología del marido, la vida conyugal sería más estrecha, más feliz: la aproximación de la mujer al marido sería completa.

Mientras la sociedad moderna no conceda a la mujer más vastos horizontes para el desenvolvimiento de todas las libertades, la psicología de la mujer será siempre un producto de actos reflejos. Porque no son las mujeres, somos los hombres los que determinamos sus destinos, y en el espasmo de nuestras pasiones acrecentamos su ruina o proporcionamos los primeros jalones para su infelicidad; y así fue siempre la condición humana, a despecho de todos los cálculos deliberados y de tantas disquisiciones literarias y filosóficas que se han escrito sobre este tema. Si la mujer es buena, tuvo mucha parte en esta bondad el hombre; si mala, el hombre fue causa de muchas iniciaciones. Con su egoísmo de sexo ha procurado introducir en el corazón de las mujeres ciertas protervias, y la educación perversa, el torpe ejemplo, la refinada seducción, fueron germen de todas las virtudes que cayeron y de todas las miserias que al bien no se elevaron.

La mujer es tanto o más perfecta que el hombre. La mujer es de genio vivo, de trato franco y amable, apta, laboriosa, de formas perfectísimas modeladas con seductor idealismo. No tiene gustos dispendiosos, inclinaciones viciosas; en el aseo de su casa cifra su orgullo; es sobria y modesta, no se embriaga. La virtud y la bondad son las notas características de su alma, y en cuanto a trabajadora... ¿no se afana en muchos casos para alimentar al hombre?

Con tan estrecho lazo nos ató Dios a sus corazones, que en toda alegría y en toda tristeza, en todo éxito y en toda tragedia del hombre, hay siempre una mujer con los brazos abiertos para avivar nuestro regocijo o para endulzar nuestra aflicción. Mujeres son nuestras pequeñas hermanitas: unas niñas que corren, que cantan alegremente, que nos acarician con pía ternura, que nos sonríen, y al sonreírnos esparcen sobre nuestras almas claridades de sol. Mujeres son nuestras novias y nuestras esposas: seres ideales, divinos, que nos hacen enloquecer, que ríen cuando nos contemplan alegres, que lloran cuando nos ven tristes, las que endulzan nuestras existencias, las que abren horizontes indefinidos e infinitos a la necesidad de expansión de nuestras almas. Mujeres son nuestras madres: mujeres graves, honestas, llenas de amor y de sacrificios; mujeres que nos tenían entre sus brazos, nos mecían, nos cantaban y ayudaban a enderezarnos por la ruta de la existencia; mujeres que ahora nos besan en la frente y nos adoran; mujeres que al ser madres, lo son todo: el universo entero.

¿La mujer puede ser la felicidad del hombre? ¡Quién lo duda! Pero la felicidad depende de nosotros mismos, porque todos llevamos dentro, en nuestro espíritu, algo de ella. La cuestión estriba en la acertada elección de compañera. Por eso el hombre debe buscar a mujer honesta y paciente, para que reine la virtud y la tranquilidad del hogar; hermosa, para que embellezca su existencia; más pobre que él, porque si es más rica—no nos referimos solamente a la riqueza material, sino también a la intelectual, a la moral, —en todo disgusto familiar le echará en cara su pobreza. ¡Cuántos hombres han perdido la energía, la dignidad al casarse con una mujer rica siendo ellos pobres!

Con todo lo dicho y cuidando de imponer en el domicilio cierta suave autoridad, procurando que el hombre lleve siempre los pantalones, conseguiréis encerrar la felicidad entre las cuatro paredes de vuestra casita.

Algún escéptico preguntará: «¿Es que la felicidad se halla en este pícaro mundo?» La felicidad absoluta, no; pero la relativa, sin duda alguna.

¿Qué dónde se encuentra? Esto ya es más difícil de contestar. El otro día me dijo un amigo en secreto dónde se hallaba; pero ya se me ha olvidado.

Gaspar Mira López

Perlas del cielo

La perla de Mariola

Desde la más remota antigüedad ha sido siempre muy celebrada y famosa la sierra de Mariola. Se alza en el extremo occidental del Norte de la provincia de Alicante, hundiendo sus picachos entre las nubes como para alimentar su seno de abundosas y frescas aguas que luego vierte por sus laderas, dando vida a las graciosas fuentecillas y a los rumorosos riachuelos que fecundan los fértiles valles de Onil y Biar, de Polop y Barchell en Alcoy, las ricas huertas de Cocentaina y el pintoresco valle de Agres. Debe, además, su renombre a las plantas medicinales, ya famosas desde Plinio, escritor naturalista romano, que pondera sus virtudes curativas, y que no han dejado hasta hoy de ser la panacea de las gentes campesinas y aún de los moradores de las ciudades, que las buscan con avidez.

El Montacbrer

Tiene su mayor picacho en el término de Cocentaina un enorme promontorio llamado Moncabrer, que se eleva a 1.386 metros sobre el nivel del mar, y aparece como un gigante centinela que, encumbrado sobre los demás montes, domina toda la región, hasta las crestas nevadas de la sierra. Pero sobre todo esto, tiene Mariola otro tesoro que atrae en la actualidad a todas fas gentes de las comarcas vecinas, y ese tesoro es un santuario donde se venera una imagen milagrosa de la Madre de Dios: es la Virgen de Agres.

En la vertiente septentrional de la sierra, sobre las rocas que sirven como base o estribos de Mariola, se levanta la pintoresca villa de Agres, y en un recodo del monte, sobre una de las varias ondulaciones de la sierra que en rápidas vertientes desciende hasta el profundo fondo del valle, se destaca, como un nido colgado entre las rocas, el santuario de la Virgen, famoso en toda la región por los muchos y grandes milagros obrados allí por la venerada imagen de la Madre de Dios.

Refiere la tradición que esta imagen vino huyendo del incendio de la iglesia de Santa María de Alicante, ocurrido el 31 de Agosto de 1484, y al alborear del siguiente día se apareció sobre un frondoso árbol al pastorcillo Gaspar Tomás, que en el recinto de un vetusto castillo árabe apacentaba sus ovejas. Le dijo la Virgen que bajase al pueblo para notificar la prodigiosa aparición, y para que fuese creído, le restituyó en el mismo instante un brazo que le faltaba. Desde la aparición milagrosa de esa veneranda imagen no han cesado los prodigios y las gracias del cielo en ese delicioso rincón de Mariola, que guarda como en rica concha la más graciosa perla de la piedad cristiana. La sacristía del santuario ostenta varios cuadros y miles de exvotos que dan testimonio de los prodigios de la Virgen de Agres.

En ella hay un cuadro que representa el hallazgo de una niña de cuatro años perdida en el monte; y como en ese suceso tuve que intervenir por encontrarme entonces en aquel convento, tengo la satisfacción de relatarlo.

Era la noche del 4 de Julio de 1914. Todo reposaba en el silencio; los venerables religiosos de la Comunidad dormían tranquilamente, con la paz y sosiego que da a los justos la dulce armonía de una buena conciencia; en el santuario sólo la lámpara oscilaba con inquietas llamaradas, como movida por el suave aleteo de los santos ángeles que velan a los pies del trono de la santa imagen; pero de pronto, lejanos rumores comenzaron a oírse por el sendero que conduce al castillo, y al poco rato el tintineo argentino de una campanilla quebró el silencio del claustro al resonar por sus bóvedas sombrías, despertando a los religiosos con la ansiedad de lo que pudiera ocurrir a aquellas horas. Era la campana de la portería, y abierta la puerta, hombres amigos suplicaron al Padre superior que se descubriera la santa imagen de la Virgen y se encendieran cirios para implorar su protección para una niña de cuatro años que se había extraviado, sin saber su paradero, y con la agravante de que su madre yacía enferma ya varios días, y la pérdida de su niña podría causarle grave trastorno. Se hizo cual se pedía, y aquellos hombres, entre los que estaba el padre de la niña, volvieron a sus pesquisas, recorriendo por las laderas del monte para encontrar a la niña.

Lo ocurrido fue esto. La niña Rosario Bodí Castelló, de cuatro años, al atardecer de aquel día estuvo jugando con otras niñas por las afueras del pueblo, en el sitio denominado la Torreta. Al comenzar a anochecer, las otras niñas se volvieron a casa; pero a Rosarito se le ocurrió el recoger florecillas que vio por un ribazo y la sorprendió la noche, quedando sola. Entonces quiso volver a casa; pero en vez de tomar la dirección del pueblo, tomó la del monte; y anda que andarás se fue internando en la sierra, pasando precipicios, barrancos, pinares y otros mil peligros, sin ocurrirle ningún mal. Su padre, y con él un centenar de hombres, la buscaron toda la noche por varias direcciones; pero inútilmente, y llegada el alba, muchos de ellos se fueron a trabajar.

Angelino Puerto, que la estuvo buscando con su padre, al amanecer se fue a unos maizales que tenía cerca de Alfafara, y al comenzar su trabajo quedó sorprendido al escuchar la voz de una niña que no veía; pero llegaba desde el monte y la oía decir: «Yo quiero ir a mi madre, yo quiero ver a mi madre.» Siguió al momento la dirección de esa voz, pues creyó que era la niña perdida, y comenzó a subir y a internarse por el monte, y después de haber corrido cerca de dos kilómetros oyendo de vez en cuando la misma voz, encontró un pastorcillo, que no supo darle razón de nada al preguntarle si había visto a una niña, o si era él quien hablaba, repitiendo aquellas voces. Viéndose defraudado y ya a tanta distancia que no parecía posible haber llegado la niña, se sentó sobre una roca, y al encender un cigarrillo oyó la misma voz ya muy cerca, y fijándose bien reconoció a la niña, que jugando con las florecillas de una hondonada del monte iba siguiendo camino hacia la fuente de la Tosca, que está en lo alto de la sierra, cerca de Alfafara. Corrió Angelino, y tomándola en sus brazos la llevó a su padre, que aún la estaba buscando por las afueras de la villa.

Otro día, después de haber dado las gracias a la Virgen, salimos con la familia por los mismos lugares que anduvo Rosarito toda la noche, pues por las huellas de sus pies pudo trazarse casi todo el recorrido; y confieso que quedamos pasmados al ver los peligros que atravesó. Uno era un precipicio de grande altura y peña cortada que sólo daba paso a un estrecho sendero, y al extremo de aquel acantilado, sobre una roca, se encontró su delantal, y decía ella que había allí dormido. Pasamos junto a un estanque lleno de agua, y allí, decía Rosarito que vio a una señora que la acariciaba y le decía que no llorase, y también confesaba que no se había hecho de noche, y había mucha luz por donde iba.

Llegamos por fin al sitio del hallazgo y sacamos una fotografía, de la que se reprodujo ese cuadro que en la sacristía del santuario recuerda este prodigio y da testimonio de la gratitud de sus padres y de ella misma, que es hoy una robusta y agraciada joven, que recuerda con fruición la protección poderosa que tuvo para ella la graciosa morenita, la rica perla de Mariola, la Virgen milagrosa de Agres.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Valencia artística y monumental

El pintor Ribalta

El pintor Ribalta, obra del escultor Castellonense Juan Adsuara, 1937
Ante esta soberbia "materia creada por el temperamento varonil, genial de Adsuara, parece como si la devoción que sentimos por Ribalta se acreciera hasta lo infinito.
Y es que la emoción estética que emana de sus cuadros es la misma que experimentamos al contemplar la señorial arrogancia de esta escultura que ha de embellecer una de las vías de Castellón, la ciudad hermana... (en la foto que hemos encontrado ya está colocada en un jardín)

Lo taronger trovador

(Poesía que ha obtingut lo primer accésit a la Flor Natural en els Jocs Florals celebrats el 27 de joliol en la ciutat d'Alzira)

DEPRECACIÓ

Permitiume, alcirenyos d'ardenta fantasía,
qu'en esta nit serena de mágica poesía
en que ostenteu les tróves de vostra inspirado,
al so de l'armonía que surt arrobadora
de vostra dolça citra que vibra hengisadora,
arranque jo també tendrá cançó.

No puntege la citra com vosatros, poetes,
que sou de la bellesa mags, creadors i atletes,
i arranqueu de llurs còrdes notes que fan somniar;
pero en mon cor conserve una hermosa poncella
deis jardíns i horts d'Alzira, qu' s, com l'amor, vermella,
i m' ha fet de la lira estes notes polsar.

CAPVESPRE

El astre-rey abaixa de l' altura
orlada sa testa altiva de débils resplandors;
el mar son llit d' espuma li oferíx ab dolqura,
i al contemplar el jorn que 's mor, natura
exhala el postrer himne de puríssims amors.

Els rossinyols ocults entre 'l ramage,
ja no aixequen al cél dolça tonada...
soletat misteriosa impera en el boscage...
sols es interrumpida per un remor llunyá.

Penetre 'n la boscuria
perfumada d' esséncia i d' olors fins;
mos passos s' encaminen enllá on s'ou la canturia
que semeja cant d' angels, suspirs de serafíns.

I quant més m' aproxime al lloc per mí anhelat,
més s' agranda el rumor,
i sent que surt d' un taronger daurat,
que al jugar en ses fulles la brisa rumorosa
li fa polsar la citra, brollant d' ella, armoniosa,
esta cançó anyorada, de célica dolçor.

CANÇÓ

Com s' obri la poncella ais rajos de l' albada,
cobejant en son cálçer les perles de rosada,
que rient li desglossa, com llàgrimes d' amor,
així surtí festívol, de les mans poderoses
de Deu amorosíssim, amb esséncies flairoses
i ornat de fulles verdes, d' azahar i de fruits d' ór.

Recórde encara alegre, com somni sens memoria,
els jorns plens de ventura, de ma primera historia,
passats entre delicies del florit Paradís;
acariciat per Eva i per les mans divines,
i regat ab frecuencia per aigües crlstalines
de cuatre rius, ma vida n' era dijós encís.

Deu contemplá ses obres (pérles de gran valía,
que brillen en la térra com rica pedrería)
al aguaitar rientse, al inméns horitzó;
i veixgué entre planures sembrades d' açutzenes,
de gesmils i de roses, i flors de moltes menes,
a Alacant, a Valencia, i també a Castelló.

Al veure ses campinyes i hórtes rialleres,
plantades de geranis i roses falagueres,
sens contemplar en elles al taronger daurat,
me trasplantá a ses hórtes: a l' hermosa Valencia,
a Alacant joganera, perfumada d' esséncia,
i a Castelló festiva, Paradís benhaurat.

Acariciat pels besos, ardents i carinyosos,
qu' el Rey de les altures, ab rajos lluminosos,
m' enviava rient-se, com suspirs de son cor,
he vist passar els segles en aqüestes planures,
cubértes d' alhelíes i variades verdures,
donant-los fresques fulles, azahar i molts fruits d' ór.

L' hermosa Castelló, Regina subirana
qu' estén lo seu realme per la florida Plana,
m' ha oferit amorosa les aigües del Millar;
ses planures vessantes de flaira olorosissima,
i del LLIDO i la GRACIA la Vérge amorosissima,
a qui vullc en deliri i corone d' azahar.

Alacant, agraída m' ha ofrenat ses palmeres
plenes de dolços dátils. I Valencia, praderes
catifades de roses i ses millors ciutats,
i sobre tot lo Turia, que baix mos péus murmura
llegendes amoroses d' acordada dolçura,
i la VERGE ancorada deis FILLS DESAMPARATS.

Pero entre les ciutats que m' ofrena Valencia,
no n' hi ha cap tan grandiosa ni enlaira tant d' esséncia
brollá de la poncella de virginal azahar,
com la ciutat d' Alcira, que sembla esposa estimada
ab garlandes de roses i d' azahar coronada
i adormida del XÚQUER ab el dolç murmurar.

Qué jolius trascurrixen els jorns de ma existencia
en l' artística Alcira i en la gentil Valencia,
qu' ostenten per catifa roses de fins olors!
Assí tohom m' ancora. Lo sol sa testa altiva
aixeca per les sérres orlades de llum viva,
per amorós besarme ab fulgéns resplandors.

En son breçol gitada, la lluna solitaria
m' adormix falaguera ab nocturna plegaria,
que semeja epopeya de cantars oriental.
Les tímides estréles me miren carinyoses
de sos ulls oferint-me les llágrimes precioses
de més valor i estima qu'els riquíssims coráls.

Els ventijols s'engrunsen en les branques fiorides
que ostenten abundancia, de pur azahar reblides,
mentres jolius me canten i enflairen lo bláu cél.
També m' anyora i canta la petiteta abella,
qu' en dolços bessos xucla del azahar la poncella
per a fer, solitaria, riques bresques de mél.

Quan primavera alegre ses sonrises dasglóssa,
els aucells en llurs picos pórten palles i bróssa,
busquen per estes rames un lloch per fer son niu.
Oh!, i en qué joia admire a la tendrá mareta
que a sos fillets entona joliva cangoneta,
mentres élls amorosos l¡ contesten: piu!, piu!

La flor de l' inocencia me visita riallera,
buscant entre estes branques la pressa falaguera
que tant els enamora i en ella els fa somiar...
Mes, ay!, cuántes vegades, al tindre ja gojosos
en ses mans petitetes els aucellets hermosos,
alçant lo vol s' escapen i en pena els veig plorar.

Sota d' aqüestes fulles d' eséncies perfumades,
deleitant-se a la sombra, he vist moltes vegades
a la jove alcirenya parlar amb son amat.
Qué suspirs tan encessos!, qué canturies brolláven
dels seus córs Amorosos!, en quin goig se miraven!
Cértament que teníen lo cor d' amor nafrat.

Pero qui més anyora de tots aquesta térra
es l' hermosa barraca que junt a mí s' aférra,
servint-ne de morada als pobres llauradors.
Resignacio, paciencia i pau..., virtuts cristianes
en la barraca creixen com ses flórs més bledanes,
puix la creu obri en ella sos braços protectors.

OFRENA

Callá el taronger la dolga veu
sepultant en la nit son cant hermós.

Ni l' aura rumorosa
que descansava amant sobre les flórs,
ni els aucellets dormits entre'l brancatge
oixgueren la tendríssima canço,
que semblava suspirs de serafins
ocults en el boscage delitós.

Rónegament la lluna inmaculada
qu' espargía sos rajos protectors,
i jo, sentat en la espesura umbría,
oixguerem la canturía del tarongers flairós.

La lluna l' ocultá dins deis seus cofres
de riquísima plata, com joia de valor,
i li ofrená, reblida d' entusiasme,
un sonrís abrassat de purs amors.

Mes la citra anyorada
del meu tendrissim cor
l' arreplegá en ses córdes armonioses
com l' himne patriotic i gloriós
del Regne de Valencia, on s'enclóu nóstra Alzira,
jardí sembrat de tarongers i flórs,
per a ofrenár-vos-lo radiant de joia
a vosatros, trovaires i jolius rossinyols,
qu' en esta nit de tendrá poesía,
la falaguera nit deis Floráls Jócs,
heu arrancat de vóstra dolça citra
un cant triunfal de Fe, Patria i Amor,
i un bes a la Regina, la graciosa alzirenya,
que voltada de mágics resplandors
i entré dolçes sonrises, vos oferix gojosa
lo seu Realme i sa Cadira d' ór.

Fr. Bernardino Rubert, ofm

Ontinyent, joliol de 1927.

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