Vibraciones de mi lira

Ardores seráficos

Cuantas veces ha cruzado, como rayo fugaz, por mi mente la sugestiva palabra ardor, otras tantas mi fantasía ha remontado su vuelo a las alturas de lo ideal, y ha descrito, con mágicos pinceles, en el lienzo de mi inteligencia, hermosas imágenes, impregnadas de ternura, de poesía y amor.

Ardores... Su dulce recuerdo pinta en mi fantasía ardorosa al astro rey, que después de haberse asomado sobre la cima de las montañas más altas y haber desplegado las trenzas de su fulgente cabellera sobre el horizonte, con las cuales despierta a las avecillas que descansan dulcemente en sus nidos de amor, y a las flores, que estrechan en su cáliz la perla de rocío que les deposita la aurora como ofrenda preciosa, cual gigante atleta recorre majestuoso y orlado con diadema de luz, su carrera grandiosa y triunfal, hasta que sube victorioso a su cenit, desde donde envía llamaradas de fuego, vivos rayos de luz, intensos ardores, que dan vida, movimiento y amor.

Apenas pronuncian mis labios esa mágica palabra ardor, mi mente soñadora evoca una inmensa hoguera, que encendida en medio de frondoso pinar, arde con suma vehemencia, devora cuanto se le acerca, reduce a pavesas lo que se introduce en ella, produce devoradoras llamas y arroja por doquiera vivos ardores...; un poderoso volcán, que a impulsos de la erupción que experimenta en su seno, arroja por su cráter torrentes de lava encendida, la cual lo abrasa todo con sus vehementes ardores.

Y el astro rey, la inmensa hoguera, la fragua potente y el volcán abrasador, describen en mi fantasía ardorosa la imagen bendita, hechicera y evocadora de mi santo Padre San Francisco.

El fue astro rey, que después de haber asomado en el siglo XIII su disco esplendente por las risueñas vegas de Asís, alumbrando con sus vivos destellos las inteligencias de la edad medieval, ha recorrido por espacio de siete siglos y con pasos de gigante su camino triunfal, hasta llegar en este año, que es el séptimo centenario de su muerte dichosa, al cenit de su esplendor y de su gloria, habiendo abrasado a las almas de todos los fieles con los ardores de su corazón lacerado.

Su pecho divino fue inmensa hoguera de amor, que no sólo derritió en los albores de su conversión a Dios las imperfecciones de su corazón terreno, sino que supo caldear las almas de los cristianos con las chispas que brotaban de su pecho encendido, chispas que todavía abrasan a las almas de hoy con los vivos ardores que emanan de su alma purísima.

Francisco fue ardiente fragua de amor, en donde se forjó su corazón encendido, que sólo latía bajo la dulce influencia del hálito de Dios, y esos santos de temple divino, que, fieles imitadores suyos, no querían morir, para experimentar de este modo, aquí en la tierra, los dulces efectos de la tribulación, de la amargura, del padecer, para sentir vivamente los ardores del amor sacrosanto.

El fue potente volcán, que impulsado por la fuerza que sentía en su pecho, arrojó por su boca ardores inflamados de amor, que al llegar hasta el mismo corazón de Jesucristo, éste no pudo menos que bajar en forma de serafín al monte Alvernia, para rasgar con la la lanza de su amor el pecho, las manos y pies de un siervo predilecto, y convertir su cuerpo transfigurado en cráter poderoso, por donde pueda arrojar torrentes de lava de amor y vivos ardores que abrasen a las almas.

Estas imágenes preciosas son las que evoca mi mente al pronunciar la mágica palabra ardor, imágenes inefables que están impregnadas de vivos ardores, de ardores seráficos, de ardores de amor.

Fr. Bernardino Rubert, ofm

Onteniente, Septiembre 1927.

Mar a dentro

—Barquichuela, dónde vas?
bogando con ilusión?
—Mar adentro, marinero,
voy a entonar mi canción.
—¿Y hacia dónde, barquichuela,
te encaminas?
—Voy en busca de emociones
peregrinas.
Voy a cantar madrigales
con acentos de ilusión;
quiero arrancar a las aguas
el arpa y el corazón.
—Barquichuela, ¡si supieras!
—¿Qué me dices?
—Que no quiero que te vayas.
—¡Infelice!
—Gustaría que quedaras,
por lo mismo que te quiero.
—Déjame partir contenta,
no lo impidas, marinero.
—Barquichuela, ¡si supieras!
—¡No me inquietes!
—¿No ves? Se crispan las olas.
—Son juguetes.
—Van enarcando sus lomos,
vecina la tempestad.
—Allá me apresuro, marcho,
¡Eso es un canto verdad!
Y cuando choque furiosa
con la ola,
quedará bajo mi quilla
espuma sola.
—Barquichuela, eso son sueños,
créeme, tengo razón.
—No te creo, marinero,
que los sueños sueños son.
Y yo sé que aunque enfurezca
mar bravía,
su furor no es más que dulce
melodía.
—Llega el agua al arrecife,
se rompe contra la peña.
Si te quieres estrellar,
anda, corre, canta y sueña.
—Marcho, adiós, voy a correr
y a cantar.
¡Si supieras lo bonito
que es el mar!

Fr. Juan Alventosa, ofm

Falló el más firme punto de apoyo

Las aves se apoyan azotando el viento para remontarse a las alturas; los peces rozan al blandir con su cuerpo el líquido elemento para cruzar los mares; las bestias afirman su pie en la tierra para evolucionar por ella; todos, en fin, en su incesante carrera, encuentran el punto de apoyo que es fundamento y base de su progreso y crecimiento; la innata limitación de los seres creados les impone la necesidad de algo en que apoyarse para dar cumplimiento a la incesante aspiración del «plus ultra» de que nos ha dotado el Criador.

El hombre, igualmente, para ejercitar sus potencias, busca un punto de apoyo que las levante y sublime a su propia perfección. La voluntad, que es la reina de todas, no se mueve hasta que aprecia en los objetos algún bien que la halague; la inteligencia sólo se interesa en la ley de causalidad que todo lo explica; los sentidos perciben el contacto de todos los seres en el movimiento mecánico, que es su fiel mensajero, y el cuerpo mismo, tan inerte, se aprovecha de la energía química que le presta la naturaleza.

La ley, pues, del punto de apoyo y su necesidad, es general para todos los seres. La fuerza interna del progreso la lleva dentro cada ser en la medida que le marca la naturaleza, pero que influye enormemente en ella el punto de apoyo de que se sirve y de cuya virtud se apropia. El comerciante, por ejemplo, saca de las mercaderías la ganancia que le vanagloria, el orgulloso saca de sus talentos el placer que le devora, el militar se apoya en el valor para cubrirse de gloria, y de cualquier futilidad se aprovecha el hombre para exprimirla en su propio provecho.

Pero vayamos a lo positivo. El problema religioso es fundamental en la vida, de tal manera, que realmente no hay más problema en la vida que el que resuelve las cuestiones de ultratumba. Este problema tiene su cifra y compendio en la adquisición de la santidad, que es la mayor o menor copia del modelo que Dios nos ha mostrado en el Hombre-Dios. Las distintas perfecciones de éste son otros tantos objetivos a alcanzar y también otros tantos puntos de apoyo que nos conducirán a la perfección. Imitando su amor a los enemigos, su pureza, su apostolado, su oración, su benignidad, etc., adquiriremos la santidad de conformación con Él.

Jesús es tan perfecto, tan sublime ideal de perfección, que le basta al alma para adquirir un sublime grado de santidad, tomar una de sus virtudes por modelo.

Hubo, no obstante, un Santo en el mundo que no se avenía a copiar sólo un aspecto del divino Modelo. Su ardor inconcebible le llevaba a sacar copia completa de tan portentoso ejemplar. Se enamoró tan finamente de Jesús, que no quería ser ya más Francisco, sino copia viva y exacta de Cristo en toda su amplitud. Este ardor, digno de un serafín del alto cielo, llevaba a Francisco loco de amor. Noche y día revolvía piadoso en su mente este tan sublime pensamiento, cuando aún Jesús, que verdaderamente quería estampar su figura en él, le inspiró que abriese el libro de los Evangelios al azar. Lo abrió y salió el capítulo 19 de San Mateo. Mientras leía, Dios se encargó de grabar con buril de fuego en lo más profundo de su corazón el versículo 21, que dice: «Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y ven y sígueme.»

Abandonó al punto Francisco todos los bienes habidos y por haber, se quedó verdaderamente desnudo de todas las cosas y se lanzó cual verdadero y codicioso atleta, con todo el fervor de su noble y caballeresco espíritu, a la conquista del ideal. Pero a todo esto, ¿dónde estaba su punto de apoyo, si Francisco abandonaba todas las cosas? ¡Ah! su amor seráfico, su espíritu realista, sus ansias vivificantes de amor, no le permitían ir por partes o aspectos en la copia, iba directamente a estampar toda la figura al vivo. Para ello, con una sublime sabiduría, que atontados y absortos contemplan aún los más sublimes genios, se desprendió de todas las cosas, dio un adiós a todo absolutamente y no quiso poner la más leve mirada en cosa alguna de este mundo, cual enamorado de sublime beldad que no osa parpadear apenas, por no restar lo más mínimo al íntimo goce del espíritu.

¿Para qué necesitaba el punto de apoyo el regio e imperial espíritu de San Francisco, que todo le era estorbo en su sublime carrera triunfal hacia su Amado? Sin embargo, hemos dicho antes que es universal la necesidad, que nuestra propia limitación nos impone, del punto de apoyo. No quebrantó, pues, Francisco esta ley; pero nada menos que se apoyó en el mismo apoyo de Cristo Nuestro Salvador, en su desnudez, en sus llagas y en su Cruz, que le sirvieron, por voluntad del Padre, para atraer todas las cosas a Sí. Se abrazó enérgicamente con Cristo en la Cruz y estrechó con el de Jesús su propio corazón, lejos, muy lejos de todo apoyo material y humano, flojo y deleznable.

Y como fue tan grande el esfuerzo que hizo para abrazarse con Cristo, despertó al mundo de su letargo, y éste, viéndole con él en uno transformado, elevó su mirada y corazón a las alturas que tan óptimos frutos de santidad produjeron en la celebración de su glorioso Centenario, que desgraciadamente finaliza el 4 de Octubre.

Fr. Gerardo Boluda, ofm

Perlas del cielo

Las Hnas. Blancas del Tibet

Es el Tibet una grande región del Asia central comprendida en el imperio chino, separada del Indostán por la gran cordillera del Himalaya, cuyas cimas alcanzan la altura de 8.000 metros. Cualquiera creerá que las cuevas y las excavaciones de las rocas de aquellos montes servirán de madrigueras a los animales dañinos y a las fieras feroces, y nadie pensará que puedan ser el abrigo de los seres humanos los más desgraciados. Pero la caridad cristiana que por doquiera va en busca de los desvalidos, ha seguido el rastro del dolor y ha podido comprobar que las cuevas del Tibet son las madrigueras que dan abrigo a los pobres leprosos.

La lepra es la terrible plaga de los tibetanos, y cuando un individuo cualquiera es herido por la lepra, al momento es arrojado de la choza familiar, que se cierra inexorable para el desgraciado, que se ve en la precisión de huir al monte para buscar abrigo entre las fieras. No es posible concebir la horrible vida de amarguras que tortura a esos infelices; pero han hallado por fin a los piadosos samaritanos que les ofrece el cristianismo para curar sus llagas, y esos samaritanos son las religiosas blancas, las heroicas Franciscanas Misioneras de María.

Como palomas mensajeras del amor divino se han esparcido estas religiosas por toda la tierra, y en la China tienen también numerosas casas; entre ellas está en el Tibet la interesante Misión de Ta-tsien-lu. Allá lejos, en la montaña, han levantado estas heroínas su campamento para suavizar el dolor y llevar almas al cielo. Un día los infelices leprosos se vieron gratamente sorprendidos por la presencia de esas divinas hadas de la caridad. Dos religiosas, con su hábito completamente blanco como los albores de su alma pura, subían penosamente por los vericuetos intrincados de los montes del Tibet: iban a curar las llagas de un pobre leproso que yacía moribundo en una cueva, y a limpiar su alma con las aguas bautismales para que al morir pudiera penetrar en la gloria.

Pronto un rayo de esperanza comenzó a brillar entre los infelices leprosos, y cundió esta voz por las madrigueras del dolor: «Allá en la cabaña grande hay vírgenes que tienen piedad de todos los desgraciados, religiosas blancas que cuidan y curan.» Algunos leprosos al oír esto se aventuraron a acercarse al pequeño convento de Ta-tsien-lu, y absortos y conmovidos vieron que aquellas santas vírgenes se prestaban con inmensa caridad a limpiar sus llagas.

Un día llegó a las puertas de la choza una enferma, casi exánime, que en la flor de su edad había andado vagando de cueva en cueva. Una religiosa la halló allí casi extenuada de debilidad y de dolor y la introdujo para darle alimento y curarla. Llena de asombro la joven leprosa pensó en otra viejecita que se estaba muriendo en la hendidura de unas rocas, y lo indicó a las Hermanas; y ello nos da a conocer un prodigio de la protección de la Virgen Santísima.

Se preparó una camilla y, provistas de vendajes y otros remedios, dos misioneras blancas, acompañadas de un guía y de un criado, marcharon hacia el lugar que había indicado la joven leprosa. El tiempo era desapacible, el vendaval hacía mugir a las que, sombrías y tristes, sentían caer sobre sí los copos silenciosos de la nieve; y entre aquel frío intenso caminaba la comitiva hacia el risco lejano que abrigaba a la moribunda. La nieve entraba en remolinos en la vivienda de la pobre mujer, que yacía helada sobre un montón de harapos; pero respiraba, aún tenía vida. Con grandes precauciones se vendaron de momento sus llagas, y puesta en la camilla y bien abrigada volvieron a emprender el camino hacia la choza de las Madres blancas. ¡Qué cuidados y cuántos esfuerzos fueron precisos para reavivar una chispa de vida en los miembros ya inertes de la pobre moribunda! Por fin abre los ojos, y acechan las religiosas el momento para hablarle de Dios...

«¿El buen Dios?, dice sorprendida y gozosa la moribunda. ¿El buen Dios?... Sí, creo en Él, creo en Él. Ya sabía yo que hay un solo Dios verdadero y hay también una Virgen que es su Madre. Todos los días le rezo el Avemaría para que me salve, para que no me abandone.»

Y estupefactas las religiosas la oyeron contar que un día derramaron el agua bautismal sobre su frente, y que era por lo tanto hija de la Iglesia, Su fe en Dios no se había extinguido, a pesar de vivir entre los infieles, y en su éxodo doloroso y cruel por las cuevas y madrigueras del Tibet el recuerdo de una Virgen pura y santa Madre de Dios, pudo aliviar su tortura, suavizando su destierro la armonía tierna y dulce que brotaba de sus labios y repetían los ángeles cuando ella rezaba el Avemaría. La pobre leprosa
vio con alegría que la Virgen a quien rezaba la llevó a puerto de salvación. Al día siguiente, recibidos los Sacramentos que le administró un Padre de la Misión su alma feliz voló al cielo como uno del tantos lirios que las Monjas blancas envían a la gloria para hermosear los jardines del Esposo de las almas.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Reformas de interés en nuestro colegio de Onteniente

Con motivo del Centenario Franciscano en nuestro colegio de Segunda Enseñanza de la Inmaculada Concepción, de Onteniente, se ha decorado la iglesia, dorado el templete del altar mayor, levantado un campanario gótico, esbelto y elegante, muy en armonía con el estilo y gusto de la iglesia, y de la fachada, también recientemente decorada. Y finalmente, se le ha levantado al claustro un piso, decorado con exquisito gusto renacentista, y revestido la escalera principal, que da acceso a los pisos superiores y a las dependencias, clases y dormitorios, con precioso baldosado de mármol blanco, siendo el zócalo de la misma de lo más exquisito que la cerámica de Manises ha producido.

a
b
Fachada
Claustro

Tan importantes reformas son obra de! arquitecto de Alcoy, don Vicente Valls, ex alumno del Colegio, habiendo sido encargado de la dirección de las mismas el reverendo P. Bernardino Cervera, profesor y secretario del Colegio, para quien no serían bastantes cuantas alabanzas le prodigáramos. Largos meses de calor y de frío tiene pasados el P. Cervera en una tarea tan delicada, tan difícil y no menos penosa. A su ingenio se deben de manera especial, el claustro, el campanario y la fachada, y las dos fotografías que publicamos son el mejor elogio del mérito del P. Cervera. Es también el P. Ricardo Pelufo digno de
mención, como de la gratitud de cuantos nos interesamos por las mejoras del Colegio de La Concepción. Durante el trienio de su rectorado se han iniciado y terminado reformas de tanto interés para Onteniente y para cuantas familias confían sus hijos a nuestro Colegio.

Franciscanismo

Con el nombre de «Franciscanismo» se conoce en el mundo religioso el espíritu que San Francisco de Asís comunicó a su obra, y que, inoculado en la sociedad seglar, permite distinguir con líneas inconfundibles la privilegiada porción que se enorgullece con el fragante mote de Franciscana.

Puede decirse que el franciscanismo tiene la especialidad o característica de haber generalizado un grado superior de perfección cristiana en la vida social; no sabiendo si afirmar que por el espíritu de San Francisco el instituto religioso se ha socializado o la sociedad se ha constituido en instituto religioso y observante.

Porque la obra insigne del Pobrecito de Asís no es su penitente y seráfica Orden de Menores, ni su segunda Orden de Clarisas, fundamentadas ambas en tan estrecha austeridad y atadas con tan heroicos votos de pobreza, castidad y obediencia, que, supuesta la edad en que fueron instituidas, la acreditan de obra eminentemente santa, hasta merecer el asombro de la Santa Sede. Su obra magnífica es la Venerable Orden Tercera de Penitencia, Orden seglar, que hace posible la vida perfecta en la sociedad y la sociedad en la vida perfecta, sin que ésta ni aquélla padezcan mengua ni quebranto.

Si nos fuese dado en este día de la fiesta del Santo el don de estar a un mismo tiempo en todo el mundo franciscano, aún los más devotos quedarían asombrados ante la porción incontable y pasmosa difusión de las Terceras Ordenes diseminadas por todos los lugares de la tierra; y al menos devoto le bastaría penetrar desapasionadamente, y no muy hondo, en la psicología de esas masas, que suman millones, para notar en ellas un sello sobrenatural que las marca con carácter peculiar; un espíritu fraternal fundamentado en el único fundamento estable de la sociedad humana: la caridad de Cristo, que hizo de Francisco su imagen viva y prolongada.

El franciscanismo es eminentemente democrático en la pura acepción de la palabra; es popular, es la «religión» de las masas, la «religión» del campo, de la aldea, de la familia, entrañablemente amada por las clases humildes; y es de un efecto conmovedor la familiaridad natural y francamente cristiana que se observa entre «hermanos» de posición social distante, que en otros aspectos de la vida no se confunden, y aquí se estrechan y se abrazan como Cristo y Francisco se abrazaron.

Ni la miseria ni la ostentación caben en el franciscanismo; la primera se disuelve en la caridad, convirtiéndose en la santa pobreza, que es la posición social de Cristo; y la segunda tropieza con la humildad y la modestia, que es el lujo de los santos.

La Tercera Orden Franciscana viene a ser en el mundo como un oasis o región dichosa donde, a manera de laboratorio, se practica la paz social, base y fundamento de todo progreso noble y fecundo. No es una congregación religiosa con carácter determinado, de las que nacen por la fuerza lógica de los tiempos para luchar en un sector cualquiera, y de las que forman legión los Terciarios; es la sociedad en pleno ejercicio, donde la caridad suple con el sacrificio y el esfuerzo de los de arriba las necesidades y flaquezas de los de abajo, y donde el amor acorta las distancias y funde las castas para formar la sociedad cristiana.

Por eso ha fracasado y fracasará siempre toda tentativa de organización social determinada, por noble que sea, en la Venerable Orden Tercera Franciscana; no por ser contrario, sino por ser distinto su espíritu seráfico. Penitencia, amor, caridad, pobreza... he ahí su ideario.

El que quiera amar con transportes de santos delirios; el que ambicione los exquisitos y regalados dejos de la santa pobreza, muy superiores en su placer actual, aun prescindiendo de sus causas y sus efectos, a los placeres que ofrece lo que ha dado en llamarse el gran mundo; el que sueñe en saborear las delicias de la fraternidad humana en el seno de la paternidad divina; el que aspires conseguir el secreto de la perfección individual y de la paz de la familia, que le sirva de salvoconducto para atravesar todas las capas sociales, y una flexibilidad que le permita acomodarse a todas las circunstancias de la vida sin menoscabo de su dignidad de cristiano, que ciña a su cintura y cuelgue de su cuello el cordón y el escapulario franciscano, que imprimen carácter, después de haber sujetado a su memoria, con el imperdible de la fe, las ordenanzas del opulento Pobrecito de Asís, contenidas en su «regla» sencilla v practicable.

F. M. Morales.