La entereza de Jesús y la cobardía de Pilato
Los cuatro evangelistas coinciden en que lo primero que habló Pilato a Jesús fue para preguntarle: «¿Eres tú el Rey de los Judíos?»
Dice San Mateo que Pilato sabia que lo que movió a los príncipes de los sacerdotes a entregarle a Jesús, acusándole de llamarse el Cristo o Rey, fue envidia. Y es el mismo evangelista el que detalla que la mujer de Pilato, estando éste sentado en su tribunal, le envió a decir: «No te mezcles en las cosas de ese justo, porque son muchas las congojas que hoy he padecido en sueños por su causa».
San Lucas, algo más explícito en relatar la escena del Pretorio, hace notar la insistencia del Presidente en salvar a Jesús y lo enojoso que le era aquel proceso, pues hasta aprovecha la ocasión aunque sin fruto, de remitirle a Herodes cuando supo que Jesús era galileo.
Pero S. Juan es en este pasaje el que nos da una información tan amplia y tan precisa, que cabe afirmar que fue testigo ocular, y que estuvo tan cerca del procesado y del juez, que pudo tomar fielmente las notas que admiramos en su Evangelio.
No menciona S. Juan la escena en casa de Herodes, donde Jesús dio aquella prueba de entereza tan llena de dignidad que relata San Lucas en el breve versículo 9.° del cap. 23 con estas sencillas palabras: «Le hizo (Herodes) muchas preguntas, pero Él no respondió palabra».
Herodes pretendía que Jesús hiciese en su presencia algunos milagros para holgarse con sus cortesanos, y lleno de despecho por aquel silencio que no esperaba, le trató de loco (¡santa locura!) vistiéndole una túnica blanca y le devolvió a Pilato.
La viveza y transparencia del diálogo entre Jesús y Pilato, tal como la refiere San Juan, no admite contradicción. Lo entienden los niños, pero los doctos en la ciencia jurídica no se explicarán jamás, s¡antes no aceptan el misterio de la Redención, por qué razón se afana Pilato, siendo el juez, en salvar al reo, y por qué razón se despreocupa Jesús, siendo el reo en salvar su vida y prestigio entre los hombres.
Se ha meditado mucho, aunque nunca lo bastante, acerca de la soledad de María en la tarde del Calvario; y, sin embargo, la soledad de Jesús desde Getsemaní hasta la calle de la Amargura en que se encuentra de nuevo con su Santísima Madre, con el discípulo amado y con las santas mujeres que se dolían de sus dolores, no suele aparecer con el relieve de los grandes misterios de la Pasión de Cristo.
Cada una de las escenas, angustias, afrentas y dolores por que pasó Jesús desde el Huerto de los Olivos hasta el pretorio, basta para rendir un espíritu por fuerte que sea. Pero Jesús parece como se olvida de Sí mismo, y asombra por la entereza con que responde a Pilato y por los destellos de sabiduría que brotan de sus labios.
Comienza el Presidente preguntando a los enemigos de Jesús:
¿Qué acusación traéis contra ese hombre? (Jn 18, 29). «Respondieron y le dijeron: S¡este no fuera malhechor no le hubiéramos puesto en tus manos. Les replicó Pilato: Pues tomadle vosotros, y juzgadle según vuestra ley. Los judíos le dijeron: A nosotros no nos es permitido matar a nadie. Oído esto, Pilato llamó a Jesús y le preguntó: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Dices tú eso de t¡mismo, o te lo han dicho de mí otros? Replicó Pilato: Qué, ¿acaso soy yo judío? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí ¿Qué has hecho tú? Respondió Jesús: M¡reino no es de este mundo: s¡de este mundo fuera m¡reino, claro está que mis gentes me habrían defendido, para que no cayese en manos de los judíos: mas m¡reino no es de acá. Le replicó a esto Pilato: ¿Conque tú eres Rey? Respondió Jesús: Así es como dices: yo soy Rey. Yo para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad: todo aquel que pertenece a la verdad escucha m¡voz».
Le dice Pilato: ¿Qué es la verdad? Y dicho esto salió segunda vez a los judíos y les dijo: Yo ningún delito hallo en este hombre. Mas ya que tenéis la costumbre de que os suelte un reo por las Pascuas, ¿queréis que os ponga en libertad al Rey de los judíos? Entonces todos ellos volvieron a gritar: No a ese, sino a Barrabás».
Como se ve, la tenaz porfía de Pilato no podía vencer el odio satánico de los enemigos de Jesús.

Ecce Homo. Rafael Berenguer
Pilato, hombre que por ser cobarde era muy tirano, apeló a un recurso bárbaro, pues tomando a Jesús le mandó azotar para mover a compasión a los judíos, y mostrándole ya con la corona de espinas les dice (Jn 19, 4):
He aquí que os lo saco fuera para que reconozcáis que yo no hallo en él delito ninguno. Ved aquí al hombre (Ecce Homo). Luego que los pontífices y sus ministros le vieron, alzaron el grito, diciéndole: Crucifícale, crucifícale. Les dice Pilato: Tomadle allá vosotros y crucificadle, que yo no hallo en él crimen. Y respondieron los judíos: Nosotros tenemos una Ley, y según esa ley debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios. Cuando Pilato oyó ésta acusación se llenó más de temor. Y volviendo a entrar en el pretorio, dijo a Jesús: ¿De dónde eres tú? Mas Jesús no le respondió palabra. Por lo que Pilato le dice: ¿A mí no me hablas? ¿Pues no sabes que está en m¡mano el crucificarte y en m¡mano está en salvarte? Respondió Jesús: No tendrías poder alguno sobre mí s¡no te fuera dado de arriba. Por tanto, quién a t¡me ha entregado, reo es de pecado más grave».
«Desde aquel punto Pilato aún con más ansia buscaba como libertarle. Pero los judíos daban voces diciendo: S¡sueltas a ese no eres amigo de César; puesto que cualquiera que se hace Rey se declara contra César. Pilato oyendo estas palabras, sacó a Jesús consigo y se sentó en su tribunal y dijo a los judíos: Aquí tenéis a vuestro Rey. Ellos empero, gritaban: Quita, quítale de en medio, crucifícale. Les dice Pilato: ¿A vuestro Rey tengo yo de crucificar? Respondieron ellos: No tenemos Rey sino a César».
Terminemos con San Mateo, 27, 24:
«Con lo que viendo Pilato que nada adelantaba, antes bien, que cada vez crecía el tumulto, mandó traer agua, se lavó las manos a vista del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo: allá os lo veáis vosotros. (La ceremonia de lavarse las manos para protestar inocencia no era romana sino judía). A lo cual respondiendo todo el pueblo, dijo: Recaiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó en sus manos para que fuese crucificado».
No puede negarse que Pilato tenia plena seguridad de la inocencia de Jesús. Hasta cuatro veces lo reconoce porfiadamente en breves momentos con sobresalto de su conciencia; sabe que sólo es la envidia lo que mueve a los fariseos contra el Justo; y a pesar de la advertencia de su mujer para que no se mezclase en las cosas de aquel hombre, cede ante la insidia de los judíos.
En aquel proceso celebrado a voz en grito, en pleno día, y cuya resonancia es recogida por todos los ecos de la Historia, están representados todos los poderes humanos, condensados en el poder religioso, en el poder civil y en el pueblo. Cuando esos poderes se desvían de la Verdad, caen necesariamente en el deicidio, en la tiranía y en la revolución tumultuosa.
Desde aquel día en que la Historia se parte en dos tiempos, todas las catástrofes, todas las tragedias y dramas religiosos, políticos y sociales que han presenciado y presenciarán los siglos, sólo son una repetición de aquel proceso infame y de aquella sentencia inicua.
F. M. Morales, T. F.
La Vía Sacra
Hermosas y de singular eficacia para todos los cristianos, especialmente para los que hacemos profesión de seguir a Jesús más de cerca por el camino de la santa Cruz, son las lecciones de eterna sabiduría que nos da nuestro amado Salvador, subiendo al monte Calvario cargado con los pecados de todos los hombres.
Su silencio, tan profundo como prolongado, nos habla a todas horas con soberana elocuencia. Cautivan nuestras almas y no poco nos aficionan a su sacratísima persona esos dolores tan intensos y esa muerte tan cruel y despiadada que tolera y sufre por cada uno de nosotros, sin abrir su boca siquiera para defenderse n¡para justificar de algún modo su conducta, toda ella prodigio de inocencia y de virtud.
Nos enternecen las lágrimas de esa víctima sacrosanta hasta anegarse en ellas por completo nuestro afligido corazón. Nos purifican después, alientan y robustecen nuestra flaca voluntad en el bien comenzado, esos múltiples regueros de su preciosísima sangre, los cuales, al tiempo que indican la ruta seguida por el amante más fino que han visto los siglos, nos estimulan a tomarla también para nosotros, y aproseguirla hasta el fin de nuestra peregrinación por este mundo. Sacamos, además, de esas miradas sublimes, con que la víctima de nuestros pecados afea y pone de manifiesto nuestras ingratitudes e infidelidades para con Jesús paciente, confusión y vergüenza de nosotros mismos, con una verdadera detestación de nuestro indigno proceder en su divinal presencia, suprema garantía de nuestro retorno inmediato a las obras de la gracia que tan por entero nos eleva y dignifica.

Jesús encuentra a su Madre. Rafael Berenguer
Cuando en ese viaje de ascensión de Jesucristo al monte Calvario consideramos como cosa propia las penas y aflicciones, los dolores y desconsuelos de este divino Cordero de Dios que expía en su carne inmaculada las iniquidades de todos los hombres, pronto nos sentimos va con bríos, con pujanza y valor sobre humanos, no sólo para confundir nuestro humilde sacrificio con el supo, sino también para llegar de un salto a la muerte mística y al sepulcro de todo lo terrero, que es a donde nos llama y en donde nos
espera Jesús nuestra delicia y nuestro amor. Así acontece que la invicta paciencia del Verbo encarnado, sostenida en medio de tan graves injurias, de afrentas y baldones tan nuevos e inauditos, arrebata y extasía m¡corazón cas¡de súbito, y de él se adueña a veces al extremo de calmar y desbaratar las torpes rebeldías de nuestro amor propio, y de mortificar y corregir la protervia de nuestro carácter excesivamente orgulloso, tenaz y rebelde. Obrado esto, nos conduce en seguida, sin género ninguno de violencia, por los caminos de la abnegación, de la justicia y de la santidad, que nos habían parecido antes totalmente impracticables.
Con esta facilidad tan pasmosa aprendemos a sufrir las rudas penalidades de esta vida, a olvidar por completo las injurias, a perdonar generosamente los agravios, a ir por nuestro pie gozosos al sacrificio, y a procurar la destrucción y el formal aniquilamiento del yo humano, sin proferir palabra ninguna de queja contra nada n¡contra nadie, cada vez que nos acercamos a Cristo bendito y subimos con El al monte de la mirra y del incienso, con ánimo de ser también allí nosotros crucificados. Entonces, las múltiples y variadas estaciones de esta vía sacra, se tornan escuelas del divino Redentor de los hombres, donde el Verbo eterno, hecho carne por nosotros, nos entrega su sangre, su vida y sus merecimientos, con el fin de granjearnos la corona inmortal de su gloria que de otro mido no ceñirían nunca jamás nuestras sienes.
En esta vía sacra se halla la fórmula de oración más eficaz delante de Dios, la que mejor se adapta al estado actual del alma humana, la que nos hace sentir más intensamente el amor y el dolor almacenados en el corazón de Cristo Jesús, la más rica en indulgencias plenarias y parciales por obra y gracia de los Romanos Pontífices, la que mejor nos sostiene y conforta en la desgracia y contradicción de los hombres, hasta dar sabor exquisito a los mismos contratiempos, pesares y reveses de fortuna de que viene apelmazada la vida de los desterrados hijos de Eva en este triste valle de lágrimas.
Aquí se encuentra, a disposición de los amadores de la cruz y del sacrificio cristiano, la panacea que suaviza con más acierto las asperezas sociales, civiles y domésticas, que nunca faltan en este mísero mundo; la que más pronto nos dulcifica el olvido interesado, la negra ingratitud, la injusticia manifiesta, el abandono culpable y el cruel desamparo de parte de aquellos que más debieran de estar con nosotros y asistirnos más solícita y delicadamente, por demandárselo tal vez la buena correspondencia, la virtud de la equidad u otro deber muy sagrado que quizás desempeñan.
Es la práctica devota más favorita, la más acariciada, la más querida de los cristianos de vi-da interior que mucho padecen, de los corazones lacerados por el infortunio, de las almas que sufren cruz y martirio en este penoso destierro, bregando noche y día con dirección a su celeste patria; como es también la más oportuna para atraer dulcemente a los pecadores y convertirlos a Jesucristo, laque disipa más radicalmente nuestras tibiezas en el servicio del Señor, la más conducente a caldear nuestros pechos en el amor y estima del augusto Crucificado, la más ingeniosa para substraer nuestras almas y apartarles de los vicios, pecados y concupiscencias desenfrenadas, al objeto de acrecentar en ellas las virtudes cristianas, y de excitar en las mismas los ardorosos anhelos de una muy alta perfección ascético-mística.
¡Dios mío, Dios mío!.. ¿Por qué no advierten los mortales la suma riqueza de esta inapreciable joya que tenemos todos al alcance de nuestras manos?.. ¡Señor, que la vean!
Miradas fecundadas
S¡existe un corazón puro, generoso, desinteresado; un corazón tierno sobremanera, en el que se den cita los afectos más íntimos, las alegrías más dulces, y las tristezas más crueles y amargas, es sin duda alguna el corazón de madre.
Es tan dulce y regalado este nombre, y evoca en nuestra mente tales imágenes, que apenas lo pronunciamos, nuestra imaginación evoca, como por encanto, los caracteres más puros y generosos que puede ostentar el corazón humano. Ternura, delicadeza, sentimiento y emoción aparecen tan íntimamente enlazados, con el hilo dorado del amor, que tienden a constituir, por sí solos, la personificación propia de la maternidad.
Mas no es extraño. El divino Creador quiso presentar un tipo fiel y exacto de las puras exquisiteces del espíritu: quiso manifestar las fuentes inhexaustas del sentimiento delicado y de las hondas é íntimas emociones del alma: y para realizar sus deseos, no halló otro ser más apto n¡encontró un tipo más fiel para convertirlo en fuente purísima de sentimiento y en lira delicada de emociones, que la madre, cupo corazón sumamente sensible y tierno, es el receptor de todos los sentimientos más puros, ya que como ánfora perfumada, encierra los afectos más tiernos y regalados, las alegrías más íntimas y delicadas, los suspiros más fragantes y amorosos, y la amargura más acibarada y cruel. La madre es cierto que experimenta inefables consuelos, pero apura también con más frecuencia, hasta las heces, el cáliz amargo del dolor.
Aún cuando no hubiera en la historia de la humanidad mujer alguna que corroborara m¡aserto, bastaría presentar para ello la excelsa figura de la mujer y madre más tierna y santa, la de la Virgen Santísima.
María, como extraordinaria figura que debía ser sublimada a los honores de la maternidad, no sólo fue adornada con la gracia original, y con todos los dones del poder divino; no sólo fue dotada de un corazón "puro, tierno y amoroso como madre que debía ser, sino que la Trinidad Beatísima volcó en el vaso perfumado de su corazón, todas las ternuras y delicadezas de que es capaz el ser humano, todos los afectos y sentimientos generosos que pueden anidar en el corazón, toda la sensibilidad pura y exquisita que requería una madre de Dios para un hijo que es hombre y Dios a la vez, y sentir al vivo las alegrías, los consuelos, las penas y amarguras de Jesús.
De ahí que la Virgen, para identificarse completamente con su divino Hijo, con quien le unían los indisolubles lazos del amor experimentara los más agudos y penetrantes dolores, pero con mucha más intensidad y frecuencia que las alegrías, ya que Jesús, en su vida apenas dejó dibujar en sus labios una sonrisa, y sin embargo el dolor fue su fiel compañero que no le dejó un momento hasta que en sus brazos y en lo más alto de la Cruz exhaló el último suspiro. Por eso María ante el dolor amargo de Jesús, fue presa de tantas y tan intensas torturas, sobre todo al verlo camino del Calvario.
Inmensos fueron, en verdad, los dolores de la Virgen desde que Simeón, con palabra profética le dijo que una espada atravesaría su pecho; pero desde que Jesús se despidió de ella en el Cenáculo para entregarse a la muerte, su corazón fue horriblemente despedazado por las más acibaradas amarguras. Como inocente tortolilla que no cesa de exhalar tristes y hondos arrullos de dolor, la Virgen, recogida en el Cenáculo, se siente desfallecer de pena, mientras sus ojos se convierten en fuentes de lágrimas y su imaginación píntale, con vivos colores, las dolorosas escenas de Jesús ante Anás, de Caifás, de Herodes, de Pilatos y sobre todo la de la flagelación, coronación de espinas y la del «Ecce Homo».
Ante estos amargos recuerdos, la Virgen, impulsada por fuerzas vehementes, abandona el Cenáculo y atraviesa las calles de Jerusalén para poder estrechar contra su pecho al Hijo de su amor. Con honda amargura, reflejada en su rostro, can mirada fija y penetrante, con cierta agilidad y modestia en sus pasos, María recorre la ciudad buscando a su Hijo a fin de abrazarlo, y de esta manera aliviar y compartir consigo el dolor inmenso que le embarga. Oye ya los recios clarines de los soldados, y más adelante entre innumerable muchedumbre, ve relucir el acero de las espadas que custodian la divina persona de Jesús. El amor le impulsa a abrirse paso por entre la gente, y sus ojos, como s¡quisieran salirse de sus órbitas, arrasados en lágrimas, se vuelven inquietos hacia su idolatrado Hijo, que ya divisa más cerca.
Después de supremos esfuerzos, inmensas injurias y atropellos dolorosos, ocasionados por la soldadesca, María logra ponerse delante de Jesús. El Hijo y la Madre se cruzan hondas miradas, y como consecuencia de estas miradas fecundas, en aquel momento, Jesús y María, sin decirse una palabra se quedan anegados en inmenso mar de dolores.
La mirada de la Virgen es ciertamente fecunda, pero lo es de dolor. Aquella faz disfigurada, aquellos lívidos ojos, aquellos cárdenos labios, aquella cabeza de espinas coronada y sangrienta, aquel rostro dolorido producen en el alma de la Virgen Santísima tan aguda pena, que según dice un Santo hubiera al momento dejado de existir por la intensidad de su dolor, a no haberle reservado Dios otras amarguras más crueles. Por su parte la mirada de Jesús también produce fecundos frutos de amargura. Volver sus ojos benignos en el semblante de su Madre y contemplarlo desfigurado por la acción del dolor, es suficiente para que su corazón sea taladrado con una de las espadas más agudas que atravesaron su pecho, pues con aquella mirada contempla y ve las amarguras que siente su Madre ante su dolorida visión, y admira toda la inmensa acerbidad de su dolor. Verdaderamente estas miradas, para el corazón de María y Jesús son muy fecundas, pero lo son de amargura, de pena y dolor.
Reina de los mártires
Difícilmente puede darse a conocer la pena y amargura de una madre en la muerte de su hijo único, y s¡esa madre es la Sma. Virgen María ¡oh! entonces no sólo es difícil, es absolutamente imposible.
Al pintarnos los Evangelistas el negro cuadro de los dolores corporales del Salvador, ponen ante nuestros ojos muchos detalles, aunque no tantos como quisiera saber nuestra devoción, en lios que nos confirman que Jesús fue aquel «varón de dolores» predicho por los profetas y que en El se cumplieran aquellas palabras de la Santa Escritura: «Desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza no hay en El parte sana». Intentan también darnos a conocer la gran pena de su alma y nos dicen que en el Huerto de Getsemaní principió a entristecerse y a temblar y a afligirse de tal manera que sufría angustias de muerte, hasta pedir al Padre Celestial que pasara de Él aquel cáliz tan amargo, s¡esa era su divina voluntad; pero al tratar de pintarnos los dolores de la Sma. Virgen, parece no se atreven y prefieren cubrir con el velo de! silencio la aflicción de aquella dolorosísima Madre.
Solamente el Discípulo amado a quien Jesús confiara el cuidado de la misma y quien debía saber muy bien sus interioridades, da una pincelada diciéndonos que «junto a la cruz de Jesús y en pié estaba su Madre» dejando lo demás a nuestra consideración. Aquí se han pasado horas las almas amantes de la Sma. Virgen y de verdadera y sólida piedad; en esta meditación se ha encendido el fuego de su amor divino y ¡qué de afectos piadosos, han sentido en ella! Estos días en que todo nos convida a meditar la Pasión y Muerte de Jesús, no nos olvidemos de la Virgen que no puede separarse de su lado. Mirémosla abrazada en el Calvario a los pies de su Hijo y orando por nosotros, acompañémosla en sus penas y amarguras, consolémosla en sus tristezas, enjuguemos sus lágrimas y s¡eso no podemos, lloremos juntamente con ella.
¡Oh cuan triste y afligida —fue aquella bendecida— Santa Madre del Señor!
Nuestra Sta. Madre la Iglesia le aplica aquellas palabras del profeta Jeremías en sus lamentaciones: Magna est velut mare contritio tua. Grande es como el mar tu aflicción. ¿Y en qué se funda para ello? Muchas razones se pueden alegar para probar que el dolor de la Sma. Virgen en la Pasión y Muerte de su divino Hijo fue grande y amargo como el mar.
Su complexión dulce, tierna y delicada. Su amor de madre para con N. D. Redentor a quien veía padecer y morir en medio de agudos dolores. S¡David al saber la muerte de su ingrato hijo exclamó con aquellas palabras que son toda una elegía: ¡Hijo mío, Absalón; Absalón, hijo mío; quien me diera morir por ti;! ¿qué diría la Sma. Virgen y cómo se ofrecería a morir por su Jesús que era el más amable y hermoso de los hijos y de los hombres? Ser Jesús su Hijo único según la carne y verlo morir a su lado clavado en una cruz y suspendido en ella. La inmensidad de este dolor la podemos ponderar recordando aquellas palabras del real Profeta, cuando llorando la muerte de su fiel amigo Jonatás dice: Como una madre ama a su hijo único, así te amaba yo.
Saber como ella sabia que su Hijo era al mismo tiempo su Padre, su Maestro, su Señor y su Dios y por consiguiente digno de un amor infinito. Es la misma inocencia y no obstante le ve insultado, abofeteado, escupido, azotado, coronado de espinas, sentenciado a muerte, crucificado a vista de todo el mundo y en medio de dos bandoleros, y espirando abandonado hasta de su Padre Celestial sin tener siquiera donde reclinar la cabeza. Ver que en aquellos momentos supremos en que tanto sufre su Hijo no le puede aliviar n¡dar ningún consuelo: no puede enjugar sus lágrimas, n¡limpiar su sangre, n¡arrancar los clavos de sus pies y manos, n¡las espinas de su cabeza, n¡darle un sorbo de agua cuando oye que dice con los labios ardientes y la lengua pegada al paladar: Tengo sed.
Considerar la soledad en que se encontraba después de muerto Jesús. ¡Con qué tristeza volvería a su casa la tarde del primer Viernes Santo después del entierro de su Hijo! Es verdad que Jesús le dejó por hijo a S. Juan Evangelista, pero: qué cambio! exclama S. Bernardo, a María se le da el discípulo por el Maestro, el siervo por el Señor, el hijo de Zebedeo por el Hijo de Dios, un puro hombre por el Dios verdadero. Todas estas razones y otras que podríamos enumerar, se pueden reducir a una fundamental que es el ardiente amor que sentía en su alma por Jesús.
Era con Él como una misma cosa y así como había participado de sus alegrías y triunfos, cuando le vio aclamado por las gentes de corazón recto y agradecido, así participaba ahora de las ignominias y dolores que le causaban sus acusadores y verdugos. Podía decir mejor que S. Pablo: Estoy clavado con Cristo en la cruz. Muero mártir de amor y dolor viendo morir a m¡Jesús. No traspasan materialmente mis pies y manos los duros clavos que se clavaron en el sagrado cuerpo de m¡Jesús, n¡me abrió el corazón la cruel lanza del soldado, pero los clavos y la lanza traspasaron m¡alma y fueron para m¡la espada de dolor que el anciano Simeón me profetizara un día. «Oh vosotros los que pasáis por el camino, considerad y ved s¡hay dolor semejante al mío».
Razón sobrada tiene la Iglesia para llamar a la Sma. Virgen Reina de los mártires y más sufriendo como sufría sin consuelo de ninguna clase. Fueron tan grandes los dolores de la Virgen que según S. Bernardo, repartidos entre todas las criaturas que pueden sufrir, morirían al momento.
No dudo que los que leéis estas páginas sois devotos de María. Pensemos con frecuencia en los dolores de nuestra Madre y compadezcámosla en sus aflicciones y será esto prueba de nuestro amor.
Fr. Buenaventura Meseguer, ofm
La Verónica y Jesús
Han pasado los siglos, y la memoria del drama del Calvario, con todas las escenas y figuras que tuvieron lugar y que en ellas formaron parte, vive potente y vigorosa. La Cruz de Cristo extiende sus amorosos brazos sobre la sociedad humana y es el símbolo de la religión nuestra, sellado con la sangre del divino Maestro, única enseña de verdad y eje de la Historia. Los pueblos antiguos miraban al Oriente, Jerusalén era su esperanza, allí el Salvador redimiría el mundo. Pero al cumplirse los tiempos la santa ciudad tenia en su recinto las furias infernales desencadenadas, el pueblo arrebatado de ira se apoderó del Justo.
¿Qué mal le había hecho? Días antes supo aclamarle como Mesías, recibirle con ramos de olivo y tenderle los mantos a su paso para rendirle homenaje de Rey. Hoy entre risas y burlas le arrastra por la calle de Amargura, rodeado de hombres y mujeres, jueces y magistrados, en tumultuoso acompañamiento, de cuyo seno parten sin cesar gritos de muerte: aunque seguramente nada destrozaba más intensamente el corazón de Cristo como el abandono de sus propios discípulos que acababan de jurarle fidelidad, y a quienes había hecho partícipes del pan de vida en la última cena. Junto a esta huida, había que sumar la traición de uno de los doce y la negación del príncipe de los apóstoles.
En la Pasión de Cristo, están reflejadas la veleidad con la ingratitud, y la mísera condición humana, que tantas enseñanzas nos presta, y a tan instructivas consideraciones nos invita; s¡bien, con la tristeza y el dolor, no dejan de brillar raros de luz que confortan nuestra alma. El ejemplo de las santas mujeres y la figura de la Verónica, cuando en su compasión desafiando el qué dirán, la ira del tumulto, atenta sólo al generoso impulso de la conciencia que manda no recata sus sentimientos; llega hasta el Señor y limpia con sus tocas la sangre y el sudor que fluye a su rostro en precio de redención.
Muchos fueron sin duda, los que sintieron el impulso de esta santa mujer, pero lo debió ahogar el temor y una falsa prudencia, el cruel egoísmo que en pasividad se traduce, porque es lo más cómodo vivir indiferentes ante el mal ajeno. Era temerario exponerse a las turbas y arrostrar las iras de la soldadesca; pero en la Verónica pudo más la exaltación de su compasión, de ese sentimiento que es el alma toda de la mujer, y que surge en la ruda carrera de la vida, para templar en momentos supremos de amargura y de desengaño el desfallecimiento; con él, Dios, ennobleció su alma de madre, como destello de su misericordia.

La Verónica. Rafael Berenguer
Porque, decidme ¿qué valen los cariños de la vida, cuando no prestan fe y esperanza al corazón? La Verónica, fue para Jesús compasiva como una madre, como una santa, como algo que está sobre todo, como el cielo en nuestra vida; por ello dejó Cristo impreso su rostro en las tocas, al querer ella mitigar sus dolores; y así también grabó los estigmas de las sagradas llagas en nuestro Padre San Francisco, cuando en 1242 quiso sentir cuantos sufrimientos le fueran posibles en memoria de la Pasión. Lo mismo debe quedar impreso el espíritu de Cristo en las almas fervorosas al recibir el fruto de la Redención en la comunión sacramental y conmemorativa.
El ejemplo de la Verónica debe ser siempre preferido por el que ama de verdad a Jesús, huir del respeto humano y confesar a Cristo, llevar impreso en el corazón el espíritu de Jesucristo, para que todos los actos, pensamientos y palabras, puedan ajustar su finalidad al cumplimiento de la ley, preceptos de amor, que con amor paga la misericordia infinita de Dios.
Rafael Berenguer, ofs

Cristo en la cruz. Héctor Rubio.
Letrilla espiritual
A Cristo crucificado
«Bien hacen tus ojos Eres m¡alegría, «Bien hacen tus ojos «Bien hacen tus ojos |
para no perderte M¡espíritu y vida «Bien hacen tus ojos No ignoro que gozas «Bien hacen tus ojos |
Perlas del cielo
El jilguerillo de la Cruz
Como un canastillo de flores arreglado por la mano de Dios en la inmensa y variada superficie de la tierra, se mostraba el risueño valle de Esdrelón, en cuya luz pura y tibia de la mañana se miraban, reverberando sus gracias y bellezas, las colinas y los montes de la Galilea. A un extremo del valle y faldeando la sierra, reposaban una multitud de casitas blancas con sus terrazas verdeantes por sus tupidas enredaderas; era Nazaret, la ciudad de los divinos ensueños, el jardín de los lirios blancos, la perla de Galilea, la dichosa ciudad que oculta en el seno de sus hogares los sublimes misterios de Jesús, el recuerdo de sus candores, de sus juegos inocentes, de sus pueriles empresas, de sus divinas misericordias, de sus encantos, de sus hechizos, de sus amorosas conquistas con que robaba los corazones.
Al otro lado del valle, frente a Nazaret y al pie de un otero de frondosa vegetación, se alzaba coquetona y risueña otra casita sola, sombreada por tupidas higueras, y resaltando su blancura entre las matas abundantes de esfodelia y los campos verdosos de trigo, de cebada, de trébol y zahina, salpicados todos ellos por los brillantes colores de las anémonas, de los lirios y amapolas. Era la casita dichosa donde José y María y el Divino Niño, solían ir algunas tardes a holgarse con las bellezas del campo, y dar solaz a sus cuerpos fatigados por el asiduo trabajo. Lía y Nacor, eran los amos de aquella casita blanca y de sus bancales, y Noéma era su única hija; amigos íntimos y lejanos parientes de la Sagrada Familia tenían sumo placer en recibirles y obsequiarles, y se sentían atraídos y enamorados de inmensa ternura.
Lía había ya muerto cuando Jesús dejó la ciudad para entregarse a su vida evangélica; y Noéma siguió algún tiempo a María en las primeras misiones de Jesús por los pueblos de la Judea; pero la ancianidad de su padre y sus precisos cuidados le obligaron a retenerse por completo en la casita del valle. Mas su corazón iba tras Él subyugado por sus divinos encantos; y cuantas veces había ocasión, preguntaba por aquel que tanto amaba su alma; y se nutría de sus recuerdos, de sus noticias, de la fama de sus milagros; y entretenía sus ocios, cultivando en su jardincito los lirios blancos que tanto agradaban al buen Jesús.
Pero ¿qué es lo que pasaba en Judea? Ya mucho tiempo que Noéma no tenia noticias de Jesús, y su alma desfallecía de pena. ¿La habría olvidado el Maestro? Por otra parte vagos rumores corrían de vez en cuando por la Galilea, y tristes presagios anunciaban la persecución de que era objeto Jesús. No había duda; los escribas y fariseos le odiaban y trataban de darle muerte. Noéma había enviado un emisario para adquirir noticias del buen Jesús, y fue precisamente en los días trágicos que precedieron a su pasión; y María la hizo sabedora, por medio del emisario, de todo cuanto ocurría. Noéma lloraba desolada, y hubiera corrido a Jerusalén s¡la enfermedad de Nacor, su padre, no la hubiera retenido; pero tan funestos presagios, la pusieron en la mayor desolación.
Sentada se hallaba una tarde junto al jardincito de sus lirios y un espectáculo aterrador vino a sorprenderla. Un espantoso terremoto la hizo caer en tierra, mientras debsas tinieblas habían oscurecido todo el valle. Noéma temblorosa y llena de terror dijo convencida: Ha muerto el Maestro; y cayó sin sentido. Al atardecer, el lúgubre canto de un jilguero la hizo volver en sí; y vio con espanto que el jilguerillo estaba manchado con sangre, y en su pico llevaba una larga espina también toda ensangrentada.
¿Qué misterio era aquel? y ¿qué anuncio funesto le daba la triste avecilla? Decid por Dios, jilguerito, qué ha sido de m¡Maestro? Entonces el jilguerillo dejó caer la espina a los pies de Noéma, y al tocar
tierra creció al momento transformada en una planta misteriosa. Era la pasionaria; su rara flor llevaba todos los emblemas de la pasión del divino Maestro; y elevada en espíritu Noéma, pudo ver en visión todos los misterios de la pasión dolorosa de Jesús.
El jilguerillo fue el enviado del Señor. Por los alrededores del Calvario tenia su nido; y al sorprenderle la tragedia espantosa de la pasión pudo observarlo todo; mas luego sintió una fuerza que le impulsaba a volar sobre la cruz, y posó sobre la cabeza sacrosanta de Cristo; y una vez allí, sintió el afán de arrancar aquella espina clavada en la divina frente; y con sus esfuerzos para arrancarla posaba su cabecita sobre las heridas, y por eso quedó teñida de sangre. Lo demás ya lo sabéis; voló por el impulso de Dios y llevó la espina y la pasionaria a la enamorada Noéma.
Sobre el calvario
Y a hace siglos. Nos cuenta la Historia Inconsciente pidió su sentencia Poco luego Dios mismo subía ¡Desde entonces que fue condenado |
Pues los montes se hicieron pedazos, que los muertos, devueltos a vida, y se ocultó la luz de los cielos ¡Desde entonces que fue condenado |
¡Padre, perdónalos!
Cárdeno el labio, muerta la mirada,
en un palo clavado un hombre yace;
la chusma, burla de él a sus pies hace,
diciéndole cruel y despiadada:
«Oye tu, nazareno ¿dó olvidada
dejaste la virtud que ora deshace
el templo, ora tres días lo rehace?
¿Qué es de ella que no está ya en t¡lograda?
¡Triste de ti! Hijo de Dios te has hecho,
bájate de la cruz que te esperamos;
ya ves, del suelo a t¡corto es el trecho...»
¡Pasmaos cielos! ¡Escuchad humanos!
¡qué respuesta se fragua en aquel pecho!...
«Padre perdónalos»; son mis hermanos.
Fr. Manuel Reig González
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