Índice del número 110
Agosto de 1929. Año 10. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm
- S. Luis Obispo de Tolosa. Portada
Rosas de caridad. Un episodio de la vida de San Luis obispo. Fr. Luis Mestre
Indulgencia de la Porciúncula. Fr. Francisco Lliteras, ofm
Cartas a Mariófila III. Página mariana. Fr. Mariano - La Eucaristía en la vida de la piedad cristiana III. Fr. Luis Colomer, ofm
Errores modernos. Fr. Juan Bta. Botet, ofm
S. Antonio y los pajaritos. Fr. Manuel Balaguer, ofm
A María Santísima en su gloriosa Asunción a los cielos. L. A
A un nuevo sacerdote. L. A - Amor filial. Leyenda infantil. Palmi
De la Santa Misa. José Mª Luca
Al Santísimo Cristo de la Agonía. Fr. Juan Bta. Gomis, ofm
Las apariencias engañan. Episodios misionales. Fr. Manuel Navarro, ofm - Postales antonianas.
Traslado de Purísima Chiqueta a su nuevo templo. P. Luis Ángel, ofm
De todas partes. Fiestas de san Antonio.
S. Luis Obispo de Tolosa de Tolosa

Luis Tristán de Escamilla. San Luis Obispo de Tolosa. Retablo de Cristo y la Virgen. Convento de Santa Clara. Toledo [Foroxerbar]
Su cuerpo se guarda y recibe culto en una de las principales capillas de la catedral de Valencia. Era heredero del Trono de Nápoles. Renunció este derecho en favor de su hermano e se hizo religioso franciscano para asegurar la conquista del Reino del cielo. Tenía 22 años cuando el Papa Bonifacio VIII le nombró Obispo de Tolosa, dispensándole el defecto de edad que estaba compensado por su "madurez de juicio, ciencia eminente, gravedad de costumbres y vida sin tacha". No había cumplido aún los 24 cuando voló al cielo este dechado de príncipes, de religiosos y de obispos. Su fiesta se celebra el 19 de agosto.
Rosas de caridad
Un episodio de la vida de San Luis obispo
Contrariado y mohíno más que de costumbre se quedó aquel día el cocinero de la real casa. Un momento había faltado de la cocina, y echaba de menos, al volver a ella, un hermoso capón que para el banquete de aquel día tenía ya aderezado.
Casos como este le venían ocurriendo a menudo desde algún tiempo, y de ello se había querellado ante el rey. Nadie sabía quién fuese el autor de aquellas desapariciones tan hábilmente efectuadas; pero todas las sospechas del cocinero recaían sobre el infante Luis, el segundo de los hijos de Carlos II de Anjou, rey de Nápoles y de Sicilia.
—¿Tienes de él alguna queja?, le había dicho el rey.
—Ninguna; Majestad. El infante tiene un corazón de oro, me encantan y embelesan su conversación y sus modales, soy feliz y no siento el trabajo cuando le tengo a mi lado, la bondad de su corazón le inclina a compadecerse de todas las necesidades y a interesarse por su remedio, se ha ganado las simpatías de todos; pero de aquí mismo arrancan mis sospechas. Le he oído hablar muchas veces de los pobres, está al tanto de los que vienen cada día a las puertas de palacio, me ha contado algún lance ocurrido durante su comida, sé que les ha dado alguna vez la ración que a él le tocaba, ¿no habrá creído que ésta era corta para tanta gente y habrá buscado un suplemento en la cocina?
—Guarda bien tus provisiones y vigila sobre ellas, le dijo el rey. Y, si burlando tu vigilancia llega a faltarte algo, dame aviso inmediato. Tal vez así hallaremos una pista segura.
Y el caso había llegado en circunstancias y horas que ponían en grave aprieto al cocinero. El plato desaparecido era obligado y no quedaba otro. El infante había estado poco antes en la cocina y había hecho notar la fruición con que los pobres comerían aquel plato que ellos necesitaban más que los comensales del rey. De vuelta a la cocina aún pudo el cocinero divisar desde lejos la silueta del infante. No cabía duda. Luis había tomado el capón para distribuirlo entre los pobres. El cocinero lo contó al rey y ambos se fueron en busca de Luis a quien hallaron saliendo de sus habitaciones, echada a los hombros su airosa capita, bajo la que podía adivinarse algo extraño que con cuidado y desembarazo procuraba disimular.
En tu busca venía, le dijo el rey su padre. ¿A dónde vas a estas horas? ¿Qué es lo que llevas ahí bajo? A ver si me lo muestras?.
Sorprendido el angelito con el inesperado encuentro, con las comprometedoras preguntas y con la actitud resuelta y algún tanto severa que en su padre observaba, se turbó de pronto; dos encendidas rosetas se pintaron en sus mejillas y, no conociendo aún el disimulo, apartó con la diestra el vuelo izquierdo de su capa mientras decía a su padre: Mírelo usted.
Tomó el rey con sus manos lo que el niño llevaba bajo el brazo y quedó sorprendido de ver un hermoso ramillete de flores. Las tocó con sus dedos, aspiró su perfume, volvió a mirarlas y olerías, se llenó su rostro de alegría e increpó con aire de triunfo al cocinero: ¿Qué te parece de tus sospechas? ¿Qué dices tú de esto?
—Majestad; yo no sé qué decir. Veo esas fragantes rosas cual si ahora mismo las cortasen del rosal. No entiendo de transformaciones de capones en rosas; pero... veo con mis ojos y no acabo de creer lo que veo.
—Anda, Luis prosigue tu camino —le dijo el rey acariciando a su hijo.
Besó Luis la mano de su padre y, más alegre que unas pascuas y ligero como un corzo, se dirigió a las puertas de palacio donde los pobres le estaban esperando.
—¡Albricias, amiguitos míos! Hoy tenemos fiesta y os traigo una buena comida. Mirad, mirad...
Y sacando el envoltorio que traía bajo la capa, comenzó a distribuir entre ellos el suculento capón que recibía cada uno con palabras de gratitud y muestras de afecto.
El rey, que había seguido ocultamente los pasos de su hijo, admiro la escena entre afectos de estupor y devoción; sintió crecer en su corazón el amor y veneración que profesaba a su querido Luis; le cubrió luego de besos y le dio amplia licencia para distribuir limosnas a los pobres y para procurarse en la cocina la comida que quisiera darles cada día. Desde entonces, las rosas de caridad llegaron por sus manos más allá de las puertas de palacio y perfumaron los tugurios de los pobres más desvalidos.
Indulgencia de la Porciúncula
—¿Qué me dice usted de la tan celebrada Indulgencia de Nuestra Señora de los Ángeles y el grande Perdón de Asís?
—Que es obra digna del genio inmortal y eminentemente altruista del glorioso Padre San Francisco, en quien encarnó y arraigó profundamente el espíritu de la verdadera caridad. De él canta la santa Iglesia que no quiso vivir nunca sólo para sí, sino que trabajó siempre, guiado del celo de la gloria de Dios, para hacerse útil a los demás hombres.
¿Dónde y cómo tuvo origen esta famosísima Indulgencia, y cuál es su naturaleza?
—Empezando por esto último, le digo que con ella, lo mismo que con cualquier otra igualmente plenaria, se condonan en absoluto todas las deudas personales, contraídas después del bautismo y correspondientes a pecados ya perdonados en cuanto a la culpa y pena eterna, que se cancelan en favor de los pecadores contritos y absueltos, aun las escrituras de castigos y purificaciones temporales por los reatos anteriores, y que a todos los así favorecidos se les restituye abundosamente la gracia bautismal tan pronto como Dios vuelve a mirarlos y a reconocerlos por hijos suyos. De esta suerte suben a la Patria bienaventurada, sin detenerse ni pasar por el Purgatorio, los que logran de Dios la inefable dicha de morir en el feliz y glorioso estado en que los encumbró esta Indulgencia, devolviéndoles la inocencia antes perdida.

También fue maravillosa por su origen. Brotó como chispa eléctrica del inefable contacto y consorcio íntimo de la caridad altruista de nuestro Santo Patriarca con la misericordia infinita de Cristo Señor y Dios nuestro, en la pequeña y clásica ermita de Santa María de los Ángeles en Asís, la cual le sirvió de cuna, y la rodeó y colmó de atenciones. Allí la Virgen Ntra. Señora preparó por sí misma, bendijo y avaloró con su amable presencia y merecimientos excepcionales, el fortísimo abrazo del amor de Francisco con el amor de Cristo, que dieron ser y vida a esta Indulgencia.
—¿Cuál ha sido su desarrollo y difusión por el orbe, desde su origen hasta nuestros días?
—A pesar de que no quiso el prudente Francisco documento ninguno de la Santa Sede en comprobación de la Indulgencia que el cielo y la tierra acababan de otorgarle, una vez constituido este Serafín llagado dócil y eficaz instrumento de la regeneración humana y de la glorificación divina que sin cesar fluyen de las entrañas de Cristo y de su fiel siervo asociado por Dios a obra tan santa, esta misma Indulgencia fue el reguero de pólvora divinalmente inflamada que prendió su fuego de amor y caridad en el corazón de los mortales, y se abrió paso libre para llegar con plétora de vida hasta nosotros.
Por su carácter verdaderamente cosmopolita, es la Indulgencia de todos los cristianos; la que desde su origen está remitiendo al cielo miles de miles de almas de todas las partes del mundo habitado; la que lleva impreso el sello de lo sobrenatural y divino en su primera concesión, en su constante desarrollo y en su preponderancia sobre la generalidad de las otras prácticas modernas.

—¿En qué estado de florescencia se encuentra hoy en la Italia que la vio nacer, y en las demás naciones católicas que de par en par le franquearon las puertas?
—A la vista de todos está que para ella no pasan los años ni le han salido las canas. Por esto fresca y lozana conserva en nuestros días, después de más de siete centurias de batalla sin tregua ni cuartel con los enemigos de las indulgencias y de las prácticas religiosas aquella sonada actualidad mundial que se ganó en buena lid aún en vida de su augusto y celoso promotor. No importa, pues, que haya transcurrido sobre ella mucho tiempo desde que se le extendió en Roma la partida de su bautismo, si no presenta todavía en sus mejillas ni en su frente limpia las arrugas precursoras de la vejez. Dígase en hora-buena, de esa riquísima Indulgencia, que es antigua, antiquísima; pero que nadie la moteje de vieja en la casa de Dios. Su antigüedad de más de siete siglos la torna más venerada, más dulce, más atrayente, más digna de todo aprecio.
Con los brazos extendidos la reciben todos los años los pueblos, las ciudades y las villas del orbe entero. De verdad la quieren los cristianos de las cinco partes del globo. Todos la buscan, piden por ella y la saludan con entusiasmo pío. Y nosotros podemos alegrarnos y bendecir y alabar a Dios viendo como las masas católicas, sin distinción de sexos ni de clases sociales, mediante ella y su virtud purificadora, remozan su fe y piedad en !os templos del Señor, durante el tiempo hábil para ganarla.
De aquí que en los días de esta plenísima Indulgencia la misericordia de Dios llena y cubre de paz y bien la universal tierra. San Francisco desde el cielo asiste a esa apoteosis de su obra, y cada año que pasa le acrecienta un gozo accidental al contemplarla tan perfecta y acabada.
—¿Son antiguas las concesiones de esta Indulgencia a otras iglesias fuera de la ermita de Santa María de los Ángeles en Asís, que es la primera entre todas las privilegiadas por derecho propio?
—El Sumo Pontífice Gregorio XV la hizo extensiva a las iglesias de Religiosos Menores y Capuchinos el año 1622; el Papa Urbano VIII la concedió también a las iglesias de la Tercera Orden Regular el año 1643, y la Santidad de Clemente X otorgó la misma gracia a las iglesias de los Menores Conventuales el año 1670. Otros Romanos Pontífices confirmaron después y robustecieron con su plena autoridad las concesiones precedentes para todas las iglesias y oratorios públicos de las Tres Ordenes regulares del Padre San Francisco, declarándolas perpetuamente valederas en dichos lugares, mientras fuesen ellos administrados por la Orden respectiva.
—¿En qué iglesias y oratorios puede ganarse en la actualidad, según las Normas Apostólicas del año 1924?
Únicamente en los que han sido autorizados por la Sagrada Penitenciaría Apostólica desde 10 de Julio del expresado año hasta la fecha. Mediante esas Normas se ha creado un derecho nuevo y a él hay que atenerse en todo lo relativo a esa Indulgencia de la Porciúncula. Lo primero que ha hecho ha sido revalidar las concesiones perpetuas, que radican en los templos franciscanos de cada una de las Tres Ordenes Regulares, y derogar las temporales, hechas a favor de iglesias y oratorios ajenos a las Tres Ordenes del Padre San Francisco, hasta que se pidan y obtengan de nuevo.

—¿Puede ganarse, sin necesidad de un nuevo rescripto, en las parroquias y demás iglesias y capillas seculares de las diócesis respectivas donde se halla debidamente establecida la Tercera Orden secular del Padre San Francisco de Asís?
—Los mismos Terciarios seculares, franciscanos capuchinos y conventuales, sí; pues para ellos son iglesias o capillas propias. Mas los otros fieles no, ni en general ni en particular. Para todos los que no sean Terciarios de San Francisco se necesita una nueva concesión. De lo contrario no ganarán esa Indulgencia aunque practiquen con ellos las visitas de la iglesia y pongan las demás obras requeridas. La razón está en que el Papa León XIII quitó la comunicación de ese antiguo privilegio con Hermanos Terceros que no vivan en comunidad ni emitan votos religiosos. Se comunica con los Terceros regulares, pero no con los seculares.
—¿Pueden ganarla los Terciarios seculares que viven o se encuentran en pueblos, ciudades, villas o aldeas, donde no existe la Tercera Orden secular de San Francisco, ni hay iglesias ni oratorios públicos de ninguna otra Orden regular franciscana, ni siquiera un templo o iglesia que haya obtenido el privilegio de esa singularísima Indulgencia?
En este punto nunca salen defraudados los Hermanos Terceros,porque en último caso el templo parroquial del lugar en que se encuentran, se convierte en iglesia propia de ellos, y a ella pueden acudir para las visitas reglamentarias y demás requisitos indispensables, ni más ni menos que si fuese iglesia de la Tercera Orden.
—Los que puedan ganar esa Indulgencia de la Porciúncula ¿cuántas visitas han de hacer y qué cosa han de rezar en cada visita.
— Basta una sola visita hecha en las debidas condiciones, pero pueden hacer otras y otras a gusto y devoción de cada uno, a condición de rezar cada vez que repiten esas visitas, por lo menos seis Padrenuestros con sus Avemarias y Gloria Patri. De modo que se gana tantas veces esta Indulgencia cuantas son las visitas hechas en debida forma en el templo indulgenciado.
Página mariana
Cartas a mariófila
I I I
Inolvidable Mariófila: Paz y Bien en Jesús por María. Recuerdo que en mi anterior te decía, que si querías contemplar a la Santísima Virgen en el sitial que le corresponde en el cielo por ser Madre de Dios, te remontaras sobre los más encumbrados Serafines y penetraras, si te era posible, en el trono de la Beatísima Trinidad y allí la verías sentada junto a su Hijo, formando parte de la Nobleza divina, como Hija del Padre, Madre del Verbo y Esposa del Espíritu Santo; pues, como dice nuestra Venerable Agreda en su inspirada obra «Mística ciudad de Dios», para considerar a esta Señora dignamente, siempre la debemos imaginar en la misma divinidad encerrada en su templo. Este pensamiento me ha sugerido a avivar en tu corazón la devoción y amor de la Virgen nuestra Señora,y serán las relaciones íntimas que tiene con las tres Personas de la Santísima Trinidad.
Este segundo motivo que con la gracia del Señor te voy a exponer aquí, amada Mariófila, es consecuencia del primero, como tú misma podrás apreciar, porque si la bendita Virgen fue elegida para Madre de Dios y concebir al divino Jesús por obra y virtud del Espíritu Santo, como nos enseña la Iglesia Católica, necesariamente debía estar relacionada y como emparentada, si me permites la palabra, con todas y cada una de las tres Divinas personas; pues como tú bien sabes, carísima, de ninguna otra pura criatura se puede decir que es Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo en el sentido que se lo aplicamos y lo es María Inmaculada.
En efecto, María es Hija de Dios Padre, no sólo por razón de ser criatura formada por el Todo poderoso como lo son todos los hombres, ni por las relaciones fundadas en la gracia habitual que hacen al alma hija adoptiva de Dios, sino también por la misión especialísima para que el Cielo la tenía destinada en el plan divino. María fue elegida y predestinada ab aeterno para Madre del Verbo encarnanado y corredentora del género humano,
y esta elección la pone a la cabeza de los
predestinados o hijos adoptivos de Dios,
siendo sus relaciones de hija para con el
Eterno Padre superior al de todas las
criaturas y de un orden divino, por lo cual Dios la llama su hija predilecta.
Pero donde mejor se ven las relaciones de afinidad entre la Santísima Virgen y Dios Padre, es en los puntos de semejanza de la divina Maternidad de María con la Paternidad de la primera persona de la Trinidad Beatísima, puesto que la generación eterna del Padre y la temporal de la Virgen nuestra Señora tienen por término al mismo Hijo, y tanto en una como en otra Jesucristo es engendrado de la misma substancia del que lo engendra, como dicen los teólogos, esto es, o de la substancia del Padre como Dios, o de la substancia de María como hombre. Además Jesucristo es el Hijo único del Padre, y el mismo Jesucristo es el Hijo de María.
De este tan preciado y fuerte vínculo, dice un autor, no pudo menos de surgir unión estrechísima y misteriosa entre Dios Padre y la Santísima Virgen, como la hay entre amantes esposos que tienen todo su corazón puesto en un mismo hijo. Por este solo hecho, mi cara Mariófila, las relaciones de María como hija de Dios Padre, no solamente son superiores, sino únicas y que jamás las podrá tener ningún hijo de Adán.
Y qué diremos de las relaciones de la Virgen nuestra Señora con la persona de Dios Hijo? Una sola frase te lo dará bien a entender, mi cara Mariófila. María es la Madre verdadera del Verbo encarnado, o sea del Hijo de Dios hecho hombre, porque lo engendró en sus purísimas entrañas, lo amamantó con su leche, lo meció en sus brazos y le prodigó todos los cuidados y ternuras de la más cariñosa y buena de las madres para con el mejor de sus hijos. Los lazos, pues, que unen a Cristo y María son lazos de consanguinidad, es decir que la carne de Cristo es carne de María, como dice un Santo Padre, y la sangre que circula por las venas del Hombre Dios, es sangre purísima de la Virgen sin mancilla, porque es su verdadera Madre.
Como Dios, el Verbo divino no tiene madre en el cielo, y como hombre, no tiene padre en la tierra; pero como Hombre Dios tiene un padre que es el Padre eterno, y una madre que es la bienaventurada Virgen María. ¡Misterios insondables de nuestra santa fe que solo podremos comprender en la otra vida!
Pero además de las relaciones de consanguinidad entre Jesucristo y su Madre bendita tenemos también las de afinidad íntimas y divinas como las otras por razón de la misión corredentora que le fue confiadas la Santísima Virgen, pues Jesús y María, como enseñan los teólogos proceden de un mismo decreto de Dios por el que fue determinada la redención del hombre. De manera que así como es imposible separarles en la mente divina, así será siempre imposible, dice un autor, separarlos en su vida, en sus sacrificios por la realización de la misma obra, en la mancomunidad de sus oficios y destinos providenciales, en la ternura y comunicaciones de su vida íntima y familiar y ni aun siquiera en la gloria, en la cual el trono de María está al lado preferente del de Jesús.
¿Podrás reunir, mi cara Mariófila, en ninguna otra criatura relaciones iguales en excelencia e intimidad con el Hijo de Dios cual las tiene la Virgen nuestra Señora? Por fuerza hemos de confesar que no, porque este privilegio sólo estaba reservado para la Reina de los Ángeles.
Pero María es también la Esposa del Espíritu Santo y por este motivo le unen con él las mismas relaciones de afinidad divina que tiene con el Padre y con el Hijo. Es cierto que todas las almas santas son esposas del Espíritu Santo por antonomasia, no por la gracia de Dios que en Ella fue tan pletórica de vida, que ya el Ángel la pudo saludar llena de gracia, al anunciarle la divina encarnación, sino por la realización de tan alto misterio en sus purísimas entrañas por obra y virtud de este adorable Espíritu.
No faltaron las relaciones íntimas y amorosas, ni la comunicación de bienes y aun la entrega de sí mismos que exigen los desposorios en estos divinos esposos; sabido es que en la Encarnación la Santísima Virgen hace entrega de su cuerpo al Espíritu Santo cuando dice: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra, y el Espíritu Santo le hizo concebir a Dios hecho carne. Desde este instante y aun antes, ni un solo pensamiento tuvo María que no fuera para Dios, porque María da amor por El, y el Espíritu Santo derramó en Ella su divinidad cuanto una criatura puede recibirla, como dicen los Santos Padres, y le comunicó, como a su fiel esposa,sus dones inefables.
Nada te diré, mi cara Mariófila, de su correspondencia ternísima de espíritus divinamente enamorados que tan sabiamente nos describe Salomón en el Cantar de los Cantares, a donde te remito para que lo leas, pues cuanto en este libro se dice se aplica místicamente al Espíritu Santo y María. También tú, carísima, eres esposa del Divino Espíritu, cuando la gracia de Dios habita en tu alma, ¿Por qué pues, no le haces entrega, por mediación de María de todos tus bienes naturales y sobrenaturales, y avivas tu espíritu para que se derrita de amor en presencia de su Amado? ¡Tan bien que serias correspondida por tu divino Esposo!
Estas relaciones y afinidades de María con las tres Divinas Personas de que venimos hablando, mi cara Mariófila, le dan tanto mérito a la Virgen nuestra Señora y la colocan tan alta en el trono del Altísimo que algunos Santos Padres llegan a decir de Ella que es el complemento de la Beatísima Trinidad, no porque Esta fuese incompleta en sí misma, pues en Ella está la plenitud del ser, y, por consiguiente, la de toda perfección y bondad, sino porque la Trinidad por la Maternidad de María se ha dado más a conocer a nosotros, puesto que en ella se hace más ostensible la acción de cada una de aquellas divinas Personas.
Así, pues, el Padre, como discurre un autor, que, aunque desde ab aeterno tiene Hijo, no gozaba de autoridad sobre él, porque en todo Padre e Hijo son iguales, en virtud de la Maternidad divina el Hijo se hace inferior a El, tomando la naturaleza humana, adquiriendo Dios autoridad sobre Dios mismo y ensanchando, casi de un modo infinito, la esfera de su potestad.
El Verbo, muy de conformidad con su carácter de hijo, adquiere por la Maternidad de la Santísima Virgen una filiación temporal, por lo que puede dar a su Padre, no ya la gloria y el servicio que le negaron los hombres, sino la gloria que puede dar Dios a Dios mismo.
La Santísima Virgen, prestando su consentimiento para que en Ella tomara el Verbo la naturaleza humana dio al Espíritu Santo ocasión para que El, infecundo ad intra, porque es el término de toda la fecundidad divina, fuese principio activo fecundizante de la naturaleza humana del Verbo, puesto que por su virtud María concibió al Hijo de Dios. De modo que así como el Espíritu Santo es complemento de la Beatísima Trinidad, así la Santísima Virgen complementa ad extra al Espíritu Santo, siendo, por lo tanto, María, bajo este punto de vista, último complemento de la Santísima Trinidad». (S. Román T. Mariana, P. I. C. 4.a).
Hermosas son las palabras que el beato Luis de Montfort nos dejó escritas en su Tratado de la verdadera devoción a ¡a Santísima Virgen, al hablar de esta divina Persona. «El Espíritu Santo, nos dice, que es estéril en la Divinidad, puesto que no produce a ninguna persona divina, se ha hecho fecundo por el recurso de María, con quien se ha desposado. Con Ella, en efecto, en Ella y de Ella ha producido su obra maestra, que es un Dios hecho hombre, produce todos los días hasta el fin del mundo a los predestinados, miembros del cuerpo de esa cabeza adorable, y he aquí por qué, cuanto más habitualmente encuentra Él en su alma a María, su querida e inolvidable esposa, tanto más activo y poderoso se muestra para producir a Jesucristo en esta alma y a esta alma en Jesucristo».
Tú eres una de esas almas predestinadas, amada Mariófila, a juzgar por el fuego de amor a nuestra Señora que arde en tu corazón. Pues si quieres que el Espíritu Santo produzca en tu alma a Jesucristo y la haga crecer en gracia y santidad, cuida de dar pábulo a esa llama de amor mariano, pensando, hablando y obrándolo todo con María, en María, por María y para María, como te diría el mismo Beato Montfort, es decir, que de tal suerte viva habitualmente en ti la Virgen nuestra Señora, que en la hora que el Espíritu Santo te visitare la halle en posesión de tu alma y por Ella te haga especiales mercedes.
Dispensa, carísima, si me he alargado en esta carta más de lo regular; pero creo que lejos de cansarte te habrá dado un buen rato regalándote con su lectura, por ser asunto muy excelente y de gran lustre y alto honor para nuestra Reina, motivo por el cual debes amarla y venerar la sobre todas las cosas después de Dios.
Te lo pide muy de veras por Jesús y María tu affmo, en el Señor,
Fr. Mariano.
Sumario. Segundo motivo para amar
a la Santísima Virgen.—Razón de este
motivo.—María Hija de Dios Padre y relaciones que de ello surgen.—Relaciones
de consanguinidad de María con Dios
Hijo.—De dónde proceden principalmente las de su afinidad con el mismo.—La
Esposa del Espíritu Santo por antonomasia.—Sus relaciones y comunicación de
bienes.—Mérito que dan a María las relaciones con las tres Divinas Personas.—
La Santísima Virgen complemento de la
Trinidad.—Cómo haremos producir en
nosotros la gracia de Dios.- Conclusiones.
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