Índice del número 128
Febrero de 1931. Año 12. Director: Fr. Juan Alventosa, ofm
- Carnaval y Cuaresma. Editorial
A las madres cristianas. Fr. Dionisio Verdú, ofm
Consagración de una iglesia. Fr. Juan Bta. Botet, ofm
Las misas de san Gregorio. Fr. Francisco Lliteras, ofm
Cartas a Mariófila. Fr. Mariano
Hacia América. Fr. Buenaventura Meseguer, ofm
Florecillas de m¡pensil. A. Jacinto Margarita
Carnaval. Marcos Vidal - Como torbellino. Fr. José A. Arnau, ofm
La niña vuelve del cielo. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Milagro anual. Fr. Juan Bta. Gomis, ofm
Sección literaria. - En los jardines de Jericó. Fr. León Villuendas, ofm
Día y noche. Episodios misionales. Fr. Manuel Navarro, ofm
Desde el Perú. Fr. Atanasio Jordá, ofm
Noticias.
Carnaval y Cuaresma
La paz que el Rey de la gloria trajo a la tierra para los hombres de buena voluntad ha henchido de felicidad y de térnuras a las almas, que, durante el período que la Iglesia celebra las fiestas del nacimiento del Niño Dios, han vivido embebidas en la contemplación de sus gracias y de tan divinos recuerdos.
Para todo cristiano, que para en ello y se detiene en gozar de tan sublimes misterios, es una fuente de dulzuras y de gracias el recuerdo de la venida del Salvador; y parece que una ola de felicidad y de dicha ha invadido al mundo cristiano, que se siente rejuvenecido para emprender con más bríos el camino de la virtud. Mas toda ola de bien y de dicha humana repercute en los senos de la morada maldita del reino de Lucifer y pone en conmoción a los precitos y a los ángeles rebeldes que reaccionan también con más bríos para ahogar esa riada de felicidad de la tierra con la inmunda invasión de sus maldades; y el grito de rebelión vuelve a resonar en los antros infernales, y vuelve a enconarse Lucifer para ver restablecido su reinado sobre la tierra; y busca a sus adeptos, agita sus pasiones, reproduce las obscenidades del paganismo, que era su imperio, y conmueve a la tierra con los gritos subversivos y las danzas obscenas y voluptuosas del Carnaval.
Por eso la paz del Redentor se ve sorprendida todos los años por la farándula grotesca de máscaras indignas, con que los homb-es cubren sus rostros, como avergonzados de su nobleza y dignidad, y creen así amortiguarla y rebajarla para entregarse más libremente a sus torpes placeres y vicios y confundirse con los seres irracionales que no obran sino por el ciego instinto y por los apetitos de la carne. Son las hordas del furor satánico que esparce Luzbel por la tierra, para intentar otras mil veces hacer que reviva el imperio de la maldad en el mundo, y se esfuerza en reproducir aquellos infames y disolutos regocijos de las inmundas bacanales, con las que el paganismo hacía honor a sus ídolos, especialmente a Baco, emblema de la embriaguez y justificación de todas las obscenidades.
No es otro el origen de esas fiestas escandalosas del Carnaval. No habiendo podido impedir el demonio la destrucción del paganismo, y vencido y humillado por el reinado de Cristo, que trajo a la tierra la paz y el bien, se esfuerza en hacerle revivir con este resto de la gentilidad y con ese recuerdo de ¡as costumbres más sucias y abominables de los paganos; y los hombres obscenos, las mujeres disipadas, los jóvenes libertinos y los niños piecoces para el mal, alentados por el ambiente lúbrico y corrompido de la escoria que ha invadido la sociedad, se entregan al desenfreno de los vicios y de las mayores torpezas, y arrastran desgraciadamente en su avalancha de perdición a muchos cristianos incautos, que, aturdidos por la bulla y el tumulto de las músicas y bailes y deslumbrados por la facilidad del placer, siguen tras ellos, y, como ellos, se cubren con la máscara fatídica y se entregan con desenfreno al desorden, a la embriaguez y comidas propias de opulones, a los bailes obscenos, que son el oprobio de la religión, a las diversiones, a las torpezas y voluptuosidades que tantas almas arrastran al camino de perdición. Ese es el fruto del Carnaval.
Ante ese espectáculo tan desconsolador como increíble; ante esa locura de la gran parte de la humanidad, entre la que figuran tantos cristianos, la Iglesia Católica, madre y maestra de los fieles, conocedora como nadie de la naturaleza del hombre y de sus debilidades por la acción cofroedora del pecado, quiere oponer al torrente desbordado de las pasiones de estos dias, la magestuosa presencia del Dios sacramentado, que, expuesto solemnemente en las iglesias, invita y espera lleno de bondad a sus hijos, para que fortalezcan su fe y no se dejen arrastrar por los atractivos de las diversiones y placeres mundanos.
Inmediato al Carnaval está el tiempo santo de Cuaresma. Es la antítesis! de aquellas orgías diabólicas que a tantas almas arrastran a la perdición; es el triunfo de la virtud sobre el pecado; es la victoria de Cristo sobre Satán.
Por eso año tras año, sin interrupción, por espacio de veinte siglos, viene repitiéndose la Cuaresma con sus ayunos y austeridades, con sus multiplicadas oraciones y repetidos sacrificios, con sus misiones y predicación continua, con sus privaciones y penitencias. Institución admirable, tiempo precioso en que nuestra amadísima Madre la Iglesia Católica exige a los fieles lágrimas de contrición y actos de penitencia para satisfacer por nuestros pecados a la Justicia divina, y al propio tiempo abre de par en par las puertas por donde salen a raudales las gracias y las misericordias de Dios.
Para disponer nuestras almas e inclinarlas al arrepentimiento y a la penitencia, comienza nuestra Madre la Iglesia presentando a nuestra vista el recuerdo de la muerte con aquellas tan eficaces palabras: Memento homo quia pulvis es, et in pulverem reverteris. «Acuérdate hombre que eres polvo, y en polvo te convertirás». Y para alentarnos a esperar la misericordia de Dios hace resonar en el templo aquellas palabras que empleó el profeta Joel para convertir a su pueblo e inspirarle confianza en la divina misericordia. «Convertios a mí, dice el Señor, de todo vuestro corazón, en el ayuno, en las lágrimas y en los gemidos. Despedazad vuestros corazones y no vuestros vestidos... Haced resonar la trompeta en Sión, ordenad un ayuno santo, haced venir a todo el pueblo, advertidle que se purifique... El Señor es bueno y compasivo, paciente y rico en misericordia, y no se deja hacer vencer por vuestra malicia».
La Redacción.
Sección doctrinal
A las madres cristianas
Deformación y restauración
Oí decir poco ha que las madres pueden atisbar las más íntimas palpitaciones del corazón de sus hijos, adivinar sus más solapadas intenciones, descubrir las escondidas raicillas de donde brotan sus tendencias y defectos...
Me lo decía una señora inteligente, piadosa, modelo de madres cristianas, la cual exclamaba en tono quejumbroso: S¡hubiera buena voluntad en ¡as madres, ¡qué labor tan preciosa se haría en la mejora y rectificación de las costumbres!
No cabe duda que lleva mucha razón la mencionada señora.
El sol con sus cálidos besos abre las aterciopeladas corolas de las flores. Algo así realiza la madre con sus hijos. Con besos y caricias abre el dorado recinto de su tierno corazón, examina los tesoros de su alma, ve sus aficiones y tendencias nobles o viciosas y le sonsaca los más íntimos secretos... La madre tan sólo necesita para conocer perfectamente la psicología y temperamento de su hijo: querer, abrir los ojos y ver.
Según esto, nadie más apto que la madre para corregir los defectos e implantar virtudes en el alma de sus hijos.
Mas a poco que observemos echaremos de ver con tristeza que escasean en gran manera las que utilizan rectamente esta aptitud y perspicacia incomparable que la Providencia les ha dado de sondear el corazón de sus hijos y conocer su índole peculiar.
Son muy linces muchas madres para descubrir las bellas cualidades y condiciones de sus idolatrados niños y sin rebozo, n¡modestia las alaban y pregonan; sin embargo, parecen miopes y se ciegan cuando se trata de observar en ellos defectillos e incorrecciones inherentes a la naturaleza humana. No es preocupación asidua y constante de las madres observar las deformaciones que aparecen en el alma de sus hijos, n¡consienten siquiera en reconocerlas cuando alguien se las señala.
Con razón calificaríais de necia la conducta de un artista que, al contemplar su obra, desviando la vista de las partes menos regulares, se limitara a mirar y remirar las perfectas y acabadas. Tan vituperable es vuestro proceder.
«Esta ceguera de los padres, más o menos voluntaria, afirma Mons. Félix Dupanloup, (El Niño, pág. 97) es de las mayores miserias que pueden aquejar a la primera educación, n¡es menos funesta la debilidad de los padres en corregir los defectos de sus hijos».
M. de Champign¡(De la Educación en familia) trae unas profundas observaciones que fielmente reflejan la actuación antieducadora de muchos hogares: «En los primeros años prodígase a los niños todas ias solicitudes, todos los cuidados y caricias,—y el niño así adulado y halagado se hace presto ingobernable,—y los padres impotentes se apresuran a encomendar a los cuidados de públicos instructores la difícil tarea de la educación, con tantos cariños comenzada, pero tan mal comenzada». ¿No estáis, acaso, incluidas, oh madres lectoras, en el número de las que tal obran?
Tratad de investigar, oh madres, todas las palpitaciones de la vida de vuestros hijos, las ideas que cruzan por su mente, los sentimientos de su corazón, ias tendencias de su voluntad, las exigencias nobles o malsanas de sus pasiones. No desdeñéis estudiar sus ruines tendencias y enfermedades espirituales que heredan del pecado original, y deforman sus almas con las taras de familia y maligno influjo del ambiente mefítico de la paganizada sociedad actual, que concurre a acentuar esta primitiva deformación.
Vigiladlo todo, el lado hermoso y el lado feo de la vida y del alma de vuestros hijos, para rectificar y corregir hasta los más insignificantes defectos.
A la juventud antonianaCultura religiosa
Consagración de una iglesia
Mis queridos Antonianos: Terminada la instructiva digresión acerca de las campanas, que no dudo os habrá gustado mucho, completemos la descripción de nuestros templos, que veníamos haciendo en los números anteriores de nuestra Revista.
Habréis oido hablar muchas veces, sin duda alguna, de la bendición y colocación de la primera piedra en colegios, escuelas, asilos, hospitales, universidades, y otros muchos edificios públicos. Y las iglesias católicas, por pequeñas que sean, son edificios mucho más importantes que todos estos que acabamos de nombrai; y por tanto, al empezar su construcción se bendice también su primera piedra y se celebra la bendición de todo el edificio con gran solemnidad, una vez terminado, siendo esta una de las ceremonias más solemnes y significativas de nuestra Sagrada Liturgia.
En la víspera de la colocación de la primera piedra de una iglesia, se pone una cruz de madera en el lugar donde se ha de construir el altar mayor, y a la mañana siguiente se bendice el espacio que ha de ocupar el nuevo templo, como también la primera piedra del edificio, que simboliza a Nuestro Señor Jesucristo, piedra fundamental de toda obra en este mundo.
Coloca el Prelado la primera piedra bendecida, y bendice además las zanjas abiertas donde se han de colocar los cimientos, rociándolos con agua bendita, y rezándose salmos y oraciones apropiadas al acto.
Después de esto, se invoca el auxilio del Espíritu Santo, para que se continúe la obra empezada sin ningún percance hasta su terminación.
Una vez terminada la fábrica del templo se bendice solemnemente por el Prelado, o por otro sacerdote delegado suyo, rociando los muros con agua bendita por la parte exterior, y mientras tanto se cantan las Letanías de los Santos: se bendicen luego las paredes por su parte interior, y dichas unas oraciones propias del acto, se celebra el santo sacrificio de la misa.
Algunas iglesias, además de bendecidas, están también consagradas, y la consagración de las iglesias es una ceremonia mucho más solemne que su bendición.
El Prelado que hace dicha consagración debe prepararse la víspera con el ayuno; y al día siguiente por la mañana, se encienden doce velas delante de doce cruces, señaladas en las paredes del templo, símbolo de los doce Apóstoles.
Se cierran las puertas de la iglesia, y en la parte de afuera se cantan las Letanías de los Santos, se bendice el agua, y se rocían con ella las paredes por la parte exterior, de arriba abajo y de derecha a izquierda. Luego el Obispo golpea con su báculo las puertas cerradas, sostiene una especie de diálogo con el diácono que se halla a la parte de adentro, y se abren las puertas del templo. Entran en la iglesia el Obispo y los ministros eclesiásticos que le acompañan y se canta el Ven¡Creator.
De antemano se ha esparcido en el suelo de la iglesia ceniza, y sobre ella traza el Obispo con el báculo el alfabeto griego, siguiendo una diagonal que va desde la parte izquierda a la derecha, atravesando todo el templo, y luego traza el alfabeto latino siguiendo otra diagonal desde la parte derecha a la izquierda, cortando la primera en forma de aspa.
Bendice luego el Obispo el agua llamada gregoriana, compuesta de agua, sal, ceniza y vino, y con ella rocía las puertas, el pavimento y las paredes de la iglesia. Además el Obispo unge con el santo crisma la primera piedra que cubre todo el altar, y el sepulcro o hueco donde coloca las Reliquias de los Santos Mártires; unge también las doce cruces trazadas sobre las paredes por las cuales se distinguen las iglesias consagradas de las que no lo están, y con esto queda la iglesia consagrada, celebrando a continuación el mismo Obispo el santo sacrificio de la misa.
Ya veis, mis queridos antonianos, cuán solemnes y significativas son todas las ceremonias de la bendición y de la consagración de las iglesias.
Vuestro afmo. amigo,
Las misas de San Gregorio
(Conclusión)
obligación contraída s¡dice la misa de la fiesta ocurrente, porque ha de estarse a la voluntad expresa de los testadores y devotos que las encargan, con tal que sea racional su petición». Las del treintanario se dirán, pues, por los formularios de Requiem, siempre que se pueda, ya que ésta es la disciplina actual.
El formulario más propio para estas misas es el cuarto, asignado para las misas cotidianas de difuntos. Sólo cuando, durante el curso de estas misas, ocurran días privilegiados respecto del difunto o difunta por quien se aplican, se dirán por otro formulario anterior, tomándose el que mejor le corresponda. Las de los tres primeros formularios son siempre de rito doble, se dicen con una sola oración y con la secuencia ob'igada, sean o no cantadas. Las cotidianas, que son las del cuarto formulario, admiten el rito doble y el simple, s¡bien se dicen de rito simple cas¡todas las veces, con tres oraciones de rúbrica y la secuencia a voluntad del sacerdote celebrante. Es, sin embargo, de obligación en las cantadas y en las de rito doble, aunque se digan rezadas.
Por s¡ocurre haber de celebrar alguna de estas misas cotidianas de rito doble durante el treintanario de San Gregorio, ponemos aquí los únicos casos en que tienen lugar: 1.° Cuando se dice el día de todos los difuntos; 2° En los traslados del os restos de una a otra sepultura; 3.° S¡forma parte de nocturnos o de oficios de difuntos, cantados o rezados con rito doble y en unidad de sufragios para las almas de unos mismos fieles, y 4.° Todas las veces que debieran de celebrarse por los formularios anteriores y son cecucientes los sacerdotes que en uso de su derecho toman el formulario de las cotidianas. En todos los demás casos son de rito simple, se digan o no cantadas.
Véase ahora el catálogo de los días privilegiados para estas misas de difuntos: 1.° El día de su muerte o del entierro del cadáver; el día aniversario de su muerte, tanto en sentido estricto como en sentido lato; los días 3.°, 7.° y 30.° de la muerte del difunto cuyas son las misas; el día en que se dice la primera misa en sufragio de un difunto o difunta después de recibir la noticia de su muerte; el día del traslado de los restos de un sepulcro a otro sepulcro, y los otros días en que juntamente con la misa de Requiem se reza o canta con rito doble un oficio o nocturno de difuntos, en sufragio de una misma alma. Los demás son días ordinarios.
No hay que confundir estas misas gregorianas de un historial tan limpio y glorioso, con las 48 de otra partida que falsamente se atribuyeron también a San Gregorio papa, sin que él tuviese parte ninguna en tal institución. Jamás contaron los fundadores anónimos de estas otras misas con el beneplácito n¡aprobación de la santa Sede, sino que obraron siempre a espaldas de ella. La santa Iglesia las examinó después, durante el pontificado de Urbano VIII, por los años de 1628, y las reprobó y prohibió al notar que estaban llenas de novedades que no convenía circularan entre los fieles.
El haber confundido estas 48 misas de autor desconocido, con las 30 del papa San Gregorio, dió márgen a varios autores católicos para decir injustamente que ese treintanario estaba condenado en la iglesia de Dios, con ser esto ajeno a la verdad histórica. Pueden aducirse, como prueba de lo que aquí afirmamos, algunos decretos de la Sagrada Congregación de Ritos. Entre ellos el 460, al número 5, dado sólo para Roma, y el 555 que se dió para todo el orbe católico, y el 477, al fin del cual consta expresamente que la referida prohibición de la Santa Sede no recayó jamás sobre las 30 misas del treintanario sólo aplicable a las almas de los ya difuntos, sino sobre otras 48 que nunca habían sido aprobadas y que podían celebrarse indiferentemente para difuntos y para vivos, según fuese la voluntad de los interesados.
Página mariana
Cartas a Mariófila
(Continuación)
Con la clara inteligencia de María, con su habilidad y valor sin igual, con la plenitud de la gracia, el amor ardentísimo a Dios y el celo grande por su mayor gloria que siempre la animaban ¿cuán perfectas no serían todas sus obras? Escusado es decirte Mariófila del alma, que ninguno de los Santos ha podido rivalizar en perfección con la Santísima Virgen en ninguna de sus obras. Grandes y heroicas fueron las obras que hicieron los santos Apóstoles y el gran Bautista y el Patriarca san José y el perfecto imitador de Jesucristo N. P. San Francisco, pero la bondad inmensa de las obras de María nadie la ha podido n¡podrá alcanzar. Guiada por el Espíritu Santo y libre del pecado original y de sus fatales consecuencias, siempre y en todo hizo lo mejor, siempre y en todo obró lo más perfecto, como era lógico en la que había de ser prototipo y ejemplar de santidad.
Y no te parece,carísima, que por todas estas obras tan perfectas y santas de la Virgen Inmaculada aumentarían sobremanera sus méritos y gracias delante de Dios? Quién podrá medir, pues, la excelsitud e infinidad de los méritos de Nuestra Señora? ¿Quién podrá apreciar su valor? Los Santos Padres agotaron, digámoslo así, los epítetos significativos de grandeza suma al hablar de las méritos que María Sma. alcanzó con sus obras. N¡te debe extrañar a t¡el ver tal crecimiento de gracias y méritos en una pura criatura, s¡consideras que esa mujer fuerte es la Madre de Dios, cuya dignidad es cas¡infinita y cuya santidad comienza en las cumbres más elevadas de la gracia; gracia que Ella secundó siendo toda su vida un admirable progreso de virtudes, hasta poner su asiento sobre todos los coros de los Santos y Angeles del cielo.
Allí tienes,amada Mariófila, a tu Reina y Señora, a tu Madre y Abogada. Junto al trono del mismo Dios la verás con un cúmulo innumerable de gracias y méritos propios, y que con los méritos infinitos de su Hijo Smo., que en cierto modo podría llamar también suyos, por ser su Madre, forman su herencia con la cual podrá favorecerte largamente en todas tus necesidades de alma y cuerpo. ¿Qué motivo más poderoso, pues, no es este para que te abandones en sus brazos y te pierdas en su corazón por medio de un amor puro, de una devoción sincera y de una confianza sin límites?
Todo esto te desea y pide a la Señora tu afmo. en Jesús por María.
Fr. Mariano.
Hacia América
(Conclusión)
A nosotros nos esperaba ya en el puerto nuestro buen amigo el Sr. Jaime Brotóns que nos acompañó al Convento de San Francisco primeramente y luego a todas partes donde tuvimos necesidad de ir. ¡El Señor y N. P. San Francisco le paguen tantos favores como le debemos! En dicho Convento nos esperaba ya el P.Bernardo Verdú que estaba en aquellos días predicando allí la Novena de N. Padre San Francisco y preparando el pasaje para volver a España. Nos sirvió de gran consuelo encontrarle allí y estar unos días con él.
También me alegré mucho de ver y dai» un abrazo al P. Hermenegildo Costa que me preguntó desde el más anciano hasta el más joven de todos los religiosos de Ntra. Provincia, conocidos por él. No sabía todavía que había fallecido el R. Padre Rafael Brotóns y lo sintió muchísimo cuando le d¡esta noticia.
Cuatro días estuvimos en el hermoso convento de San Francisco de Buenos Aires, donde fuimos tratados como de familia por aquellos buenos y atentos religiosos. Desde el coro de aquella rica Basílica oí cantar la Sabatina como se canta en los conventos de N. S. Provincia de Valencia y otro canto popular de todos
conocido, era el «Oh María, Madre mía, Oh consuelo del mortal» etc. que llegó a conmoverme profundamente.
Uno de los días que pasé en Buenos Aires hubo varias peregrinaciones al Santuario de Ntra. Sra. de Luján, Patrona de la República Argentina y que dista de Buenos Aires unos 50 kilómetros.
Los Hermanos Maristas llevaron a sus alumnos y exalumnos, que se cuentan por millares, a dicho santuario y pidieron al R. P. Guardián de San Francisco, fueran dos Padres Franciscanos con ellos para confesar a los jóvenes universitarios. Nos dijo al P. Bernardo Verdú y a mí, s¡tendríamos gusto de ir, y allá fuimos los dos en el tren especial de la peregrinación. Cumplimos nuestro cometido, vimos la iglesia que es muy grande, y hermosa me pareció la devoción de los millares y millares de fieles que allí nos reunimos para ponernos bajo la protección de la Sma. Virgen. ¡Bien por los argentinos!
De Buenos Aires no será menester que escriba nada, pues todo el mundo sabe que es una ciudad cosmopolita y moderna, donde hay dos millones de habitantes y tanto abundan los autos y tranvías que, al atravesar las calles, se ve uno en peligro inmediato de ser atropellado, s¡no tiene uno mucha serenidad y lleva los ojos muy abiertos.
En esta ciudad me despedí de Fr. Ramón que iba destinado a Villa-Mercedes y poco después partí yo también para Serrano; con 14 horas de tren vine de Buenos Aires a este pueblo en formación, sin ver más que una llanura inmensa de pastos, mucho ganado lanar, vacuno, caballar y de cerda, y algunos pueblecitos y casas de campo.
Llegué por fin aquí donde tuve el consuelo de ver y abrazar a todos y cada uno de los religiosos de esta Comunidad que me recibieron con más atenciones de las que 70 merezco. ¡Dios se lo pague y les bendiga! Como todos los religiosos de aquí eran ya antes conocidos míos y hablo con ellos no sólo el castellano sino también el valenciano me encuentro como s¡estuviera en uno de nuestros colegios de la Provincia Seráfica de Valencia.
Están ahora celebrando aquí el Mes de María el primer día que oí cantar a los niños del Colegio, que por cierto tienen muy buenas voces, me conmoví hasta derramar lágrimas;sobre todo al oir cantar aquellos versos que tantas veces cantaban los colegiales de Onteniente en los afros que allí pasé: Salve Maríaoh iris de paz, quien en Vos con fía se salvará... M¡patria os ama y a Vos aclama. No solamente los niños españoles sino también los argentinos aman a la Sma. Virgen. ¡Bien estoy a su lado!
Fray Buenaventura Meseguer, ofm
(Concluirá).
Florecillas de m¡pensil
¡Pastorcillo, Pastorcillo!
—Temprano dejas la morada y al prado te diriges, tierno Jesús. Pues qué ¿el crudo invierno no te amedrenta? ¿No temes que el rocío tus plantas roce con su congelante y la lastime?
—Soy Pastorcillo.
—¿Eh?
—Tengo m¡rebaño que guardar.
—¿Tú? No vayas a la campiña. Desierta está de flores; mas, de espinas tan poblada, que...
—El deber me manda no parar mientes en la yerma soledad de que me hablas, n¡reparar en esas espinas que abundan.
—¡Tu deber, tu deber de pastor! Y cierto es que el rebaño anda disperso y que acaso más que nunca de Tí necesite.
¡Pastorcillo, Pastorcillo! Ves adelante, adelante que queriéndote querer bien, no sé cómo te quiero al intentar detener tu paso. Sigue, sigue tu senda, Pastorcillo, que tus huellas yo he de seguir para recoger en el caiiz de m¡corazón esas sonrisas de cielo que en tus labios retozan, y s¡una espina llegara a herirte, cuantas lágrimas te hiciera derramar.
—¿Como?
—¡Por s¡lloras lo digo!
—No lloraré yo por el dolor que pudiera producirme esa espina.
—Pastorcillo, que me dejas perplejo. ¿Otras espinas que esas hay, pues?
—Las hay.
—Conociéralas yo y al delante de ellas me plantara hasta conjurar cualquier traición que contra Tí tramaran.
—Las conoces.
—Pastorcillo, Flor exquisita de todas las mieles habidas y por haber, que me parece a mí que no, que no las conozco.
—Las conoces, te digo, como las conocen todas las florecillas humanas de m¡Jardín.
— A lo mejor estarán en tu mismo Jardín. ¿Eh?
—Entre ellas y con ellas crecen.
—¿Y son, Pastorcillo?
—Perfumes hay de esas mis florecillas que falsamente me son brindadas: ¡una espina!
—¿Una dices? ¿Luego, más quedan?
—Hermosuras se ostentan que dicen para mí cultivarse y luego pasa el demonio y se las lleva sin que resistan... ¡otra espina!
—¿Infinidad de ellas hay, entonces?
—Tú lo has dicho: espinas de esa índole las hay sin cuento y precisamenteson las que dan miedo, las que me hacen temblar...
—Pastorcillo, Pastorcillo que siento cuanto sientes. Detén unos segundos el paso, descansa al pié de esta encina y escucha: ¿Adonde vas?
—Soy pastor, te he dicho.
—¿Y buscas?
—Mis ovejas.
—¿Y son?
—Las almas.
—¿Y de ellas quieres?
—¡Amor!
—¿Temes de ellas?
—La hipocresía.
—Esto en tus ovejas ¿puede darse?
—Puede darse.
—¿Tan villanas las hay entre las tuyas?
—No faltan de esa casta.
—¿Y eso, qué hace a tu alma?
—Llorar amargamente tan sólo de pensarlo.
—Sonrían tus labios, Pastorcillo amado, no dejes que tan pronto el dolor cruce tu rostro y grabe en tu frente de cielo el plieguede la melancolía. S¡una encuentras que te hace traición, que su amor no te da, yo te amaré por ella y por mí.
—Bien. Mas ¿s¡de esas son mil las que encuentro, qué?
—Por mil y una yo te amaré, Pastorcillo. Y mis votos emito, para que halles de estas promesas que acabo de hacerte, con las almas íntegras, más, muchísimas más que las almas acaban de poner en tu semblante la huella profunda de la preocupación amarga.
Sigue, ya Pastorcillo mío, que mientras andas detras de tu amado rebaño yo quiero quedar aquí adorando la huella que tu cuerpo al sentarse dejó y empezándote amar por mil y una, Pastorcillo de m¡vida.
A. Jacinto Margarita.
Páginas de la vida
Carnaval
Ya llega Carnaval, el eterno payaso de la vida, que con sus excentricidades pone una risa ridicula en la humanidad que sigue la farsa grotesca de los placeres mundanos.
Ya viene Carnaval y con él ¡cuántas libertades, cuántos atrevimientos se cometen bajo la máscara, la careta grotesca y el traje de oropel!
La humanidad frivola y coqueta espera con un ansia febril la llegada de Carnaval, porque en esos días vestida de seda y oro, bajo una orgía de luces y destellos bacanales, danza al compás de una música exótica y saborea en la copa de los placeres el néctar que la embriaga y pone en sus labios una carcajada estridente que deja un sabor de locura y frivolidad en el ambiente de la vida moral, de la vida cristiana.
Por eso, al contemplar en esos días de reminiscencias paganas, cómo en los salones de las sociedades culturales, en las reuniones familiares, en nombre de la libertad, los hombres ofenden audazmente a la virtud, a la honradez, a la honestidad de las costumbres; corno la juventud gasta sus energías envuelta en un ambiente sáíurado del mal; cómo los padres, faltos de carácter, de voluntad trazan con un gesto de debilidad la escena del lavatorio de Pilatos que lleva consigo las fatales consecuencias del drama del Calvario, esto es, ofender a Cristo: siente el corazón católico, cristiano práctico, una amargura que cristaliza en lágrimas, porque los que deben amar a Dios se olvidan de Él.
¿Será mucho pedirte, lector cristiano, que en estos días de diversiones, de agravios, de ofensas al Corazón inmaculado de Cristo, te acerques al Sagrario y reces por los que no rezan, por los que le ofenden?
Mira el contraste sorprendente que ofrece, en esos días de Carnaval, los salones de baile y la oscura capilla de la Comunión de tu parroquia y s¡tienes corazón, s¡de veras amas a Jesús, desplegarás tus labios y musitarás una plegaria que sirva de lenitivo a los dolores de Jesús y a la vez sea como gota de miel que endulce las amarguras del Justo.
Marcos Vilar.
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