Cultura popular
¿En qué quedamos?
I.-
Tilín, tilín, tilín... «¡Señores viajeros, al tren!»
Comienzan desde el andén y desde las portezuelas las despedidas de ordenanza.
—¡Adiós, Marcelinita; que me avises con frecuencia de cómo va el lobanillo! Mira que tengo mucho interés en saber s¡se te ha puesto bien.
—¡Ah, hija! ¿Quién más interesada que yo? Ya te escribiré desde Málaga.
—Abur, don Pantaleón, no se le olvide mandarme las muestras del vino.
—Descuide, que lo haré en llegando a Málaga. Los tenemos de todos los precios, de cinco, seis.
—Tilín, tilín... El tren da un silbido, hace retroceder con estrépito algún tanto los vagones, y después comienza de nuevo su interminable carrera. Vamos camino de Málaga.
Yo echo una rápida ojeada para estudiar a los nuevos compañeros de viaje que han subido mientras daba por el andén algunas vueltas a pie firme. Nuevo no hay más que uno.
Los que venían ya conmigo en el departamento de segunda eran dos Hermanitas de los Pobres, que hablaban poco y rezaban mucho; un comisionista joven, que hablaba mucho y no rezaba nada, y además una tenienta coronela de caballería que se trasladaba con armas y bagajes a Málaga, en donde estaba su esposo de guarnición, y que traía como impedimenta: dos sombrereras, tres macetas de mustios claveles (como s¡en Málaga no los hubiese mejores), una jaula con una cotorra, tres niñas pequeñas, sin jaula, desgraciadamente, pero que aumentaban hasta cuatro el número de las cotorras, una cesta con vituallas y tres taleguitos, en uno de los cuales, a juzgar por los ayes que de él se escapaban y por los movimientos que hacía sin que nadie lo
tocase, se me figuró ser la jaula de algún enorme y pacífico gato.
El señor nuevo, que va a ser m¡protagonista, el que va a arrancar de mis labios la exclamación que me ha servido de texto, ha tomado posiciones cómodas en un rincón del departamento.
Es flaco, nervioso, de color apergaminado y bigote entrecano, chamuscado hacia los labios con el continuo pasar del humo del tabaco.
La cas¡coronela comienza a hablar en seguida.
—Vamos. Ya pronto llegaremos a Málaga, s¡Dios quiere.
—Y aunque Dios no quiera, señora —gruñe en voz baja el pergamino.
Primera bomba. Su efecto hace santiguarse a las dos Hermanitas de los Pobres, arranca un «¡Ave María Purísima!» de los labios de las tres cotorras, y el saco misterioso se conmueve a compás de un gemido.
—¡Eso es un desatino! —le contesta la militara, recogiendo el guante—. ¿Es que no cree usted en Dios?
— No, señora; m¡dios en este caso es la casualidad, el hado.
El comisionista, que ha estado mirando hacia el campo, se separa de la ventanilla y dice sin reparar en la conversación:
— ¡Hum! ¡Vaya una vía! Este trocito es un susto continuo.
—¡Qué! ¿Teme usted que descarrilemos?—le pregunta la coronela poniéndose muy pálida.
—No se asuste usted, señora; pero me han dicho que con tanto llover se temen hundimientos ahí por el Chorro.
—¡Jesús, María y José! A bien que llevamos un sacerdote; que nos perdone los pecados.
—¡Bah! ¿Y tanto le teme a la muerte creyendo en la otra vida!
Y el señor de los bigotes se sonreía al hacer esta pregunta.
—Oiga, ¿pero usted no le teme también a morir?
—En mí no es extraño ese horror. Yo no creo que haya después de la vida más que la nada, que es el vacío del ser, y todo ser tiene horror al vacío; pero ustedes que creen en eso del cielo...
—¡Jesús, pero qué vacío está el cerebro de este pobre hombre!
Y la señora comenzó a santiguarse a toda prisa, como s¡el descarrilamiento, quizá por el peso de aquel réprobo, fuese ya cosa segura.
II.-
En efecto, el tren comenzó a deslizarse con lentitud. No era la gallarda sierpe de antes, que se arrastraba por entre olivares, con seguros y elegantes giros, sino la prudente y cautelosa que teme asechanzas por todas partes.
Al llegar a Gobantes se detuvo mucho tiempo y pudimos recoger impresiones para el resto del camino. Con las no interrumpidas lluvias los túneles aquellos, tan
peligrosos de suyo, estaban ahora requebrados y llenos de humedad. Varios de los viajeros se bajaron allí para no verse impelidos a bajar tal vez donde y cuando menos quisieran.
Al fin el tren volvió a silbar y se metió por el túnel, llegando a poco al apeadero del Chorro. Allí comenzaba el verdadero peligro.
Yo me fijé en las caras de mis compañeros y todas parecían cadáveres.
La mía supongo que no debía ser menos expresiva, y es que la cosa no era para menos.
Las tres cotorritas iban cosidas a las faldas de la madre, que las estrechaba contra sí, ocultando las tres cabecitas en su seno y diciéndoles con toda la fe que infunde el miedo:
— Rezad, hijitas mías, rezad. Y usted, Padre, rece, por Dios. ¿No tiene en ese libro negro ninguna oración contra los derrumbamientos?
De pronto el tren se paró y retrocedió unos pasos. Un ruido extraño, pero horrible, infernal, se dejó oír dentro del túnel y y un alarido unánime recorrió los vagones.
Todos creíamos que aquel era el último instante de nuestra vida, que la mole granítica de la sierra se había precipitado sobre el tren.
—¡Perdón, perdón, Dios mío!—gritaron las cuatro militaras.
Las dos Hermanitas se santiguaron y bajaron la frente, como diciendo: «Hágase, Señor, tu voluntad.»
El comisionista y el gato no sé lo que harían, pero el flamante ateo bien sé lo que hizo, que fue arrojarse a mis pies desencajado, trémulo, diciéndome con voz cavernosa:
—¡Padre, Padre, yo creo, yo creo en Dios! ¡Confiéseme, confesión!
¡Para oír confesiones estaba yo! Sin embargo recuerdo que alcé la mano y les eché la absolución a todos los presentes.
Todo aquello duró un instante, un abrir y cerrar de ojos. El tren, después de retroceder como un metro, siguió avanzando lentamente, y a poco la luz del día sucedió a las angustias de aquella noche, que todos creímos ser para nosotros la eterna de la muerte.
El susto había sido de lo mayúsculo. Un enorme bloque de tierra había caído por entre las grietas que forman los respiradores del túnel, y saltando de un lado a otro por las paredes del precipicio se perdió en los abismos del fondo, produciendo ruido infernal.
Alberto Risco, S. J.
Bien por mal
Vivía en Torrelavega un desgraciado vendedor de El Motín y Las dominicales del Libre Pensamiento, así como de El Cencerro.
No sabemos por qué aquel hombre había establecido su cuartel general junto a la casa del párroco, y apenas divisaba la teja de éste voceaba a todo pulmón su mercancía, añadiendo cuantas parrafadas insultantes se cocían en su mísero magín.
Tal vez buscaba soliviantar al párroco, hacerle salir de sus casillas... o, por lo menos, humillarle, avergonzarle...
Todo lo sufría el buen cura con calma, sin protesta, sin alterarse su ecuanimidad.
Pero, como "el mundo da muchas vueltas, y ayer se cayó una torre...", pasaron los meses y los años, y vino el día en que una mano temblorosa y una
voz débil llamaron a la puerta del párroco.
Se abrió para el visitante la casa de todos, y el tétrico aspecto de un hombre que agoniza en la más completa indigencia se ofreció a la vista del magnánimo pastor de almas.
¡Era el antiguo vocinglero de El Motín!...
Iba a pedir auxilio a su enemigo, al que vejara, al que zahiriera, al que ridiculizara un día y otro día, con burlas sangrientas, con insultos soeces...
Contó sus miserias, sus angustias, el abandono de los que se decían suyos.
Y el buen párroco no quiso oír más...
Requirió el manteo, se caló la teja, y sin ventilar un segundo la olvidada buhardilla donde su longanimidad arrinconara los añejos escarnios, ofreció al triste un retiro holgado y un buen sanatorio para su vejez ulcerada en el Asilo de Torrelavega...
Así era don Ceferino Calderón.
Ecos de las misiones
Nuestro viaje Roma-Yen-an-fú (China) II
(Continuación)
Embarque
El día 3 de Septiembre, jueves, a las seis veinte de la tarde, nuestro barco, llamado Havel, perteneciente a la compañía alemana Nordden-tscher Lloyd Bremen, sonó la sirena y momentos después comenzaba su marcha hacia Extremo-Oriente.
Como el Havel es barco principalmente de carga, esperábamos tener camarotes de calidad inferior y comida muy desabrida, como dicen que es la alemana, y quedamos admirados al ver sus excelentes camarotes y al probar las sabrosas y exquisitas viandas con que nos servían. Pasajeros, entre todos, éramos dieciséis, la mayor parte protestantes, pero en todo el trayecto se mostraron muy atentos para con nosotros, los religiosos. Aunque la totalidad de los oficiales eran también protestantes, sin embargo, el barco llevaba altar portátil y todos los días podíamos celebrar la santa misa.
Apenas dejamos el puerto nos reunimos los cinco franciscanos en un camarote y recitamos las preces de los viajantes como están en nuestro breviario romano-seráfico; por lo visto el Señor oyó nuestras súplicas, pues nos concedió un feliz viaje.

Estrecho de Mesina
Hasta Port-Said gastamos cuatro días medio. En el siguiente de nuestro embarque, por la tarde, tuvimos mar de fondo, y se formaban montañas y barrancos en el mar; nos acostamos, y en la mañana siguiente ya se encontraba bastante calmado.
El día 5, a las diez cuarenta y cinco, entramos en el estrecho de Mesina. Tanto la costa de Sicilia como la de Italia que
miran al estrecho nos gustaron de lo más, pues son muy bonitas. Atravesando el estrecho, tres barcos que venían del Oriente pasaron por nuestro lado. A las nueve de la noche del día 6 estábamos debajo de la isla de Creta, y desde la nave se veía una luz grande; según referían algunos navegantes era efecto de una selva entregada a las llamas.
El 8, de buena mañana nos desayunamos, y terminada nuestra refección abandonamos el comedor y nos vimos en las aguas amarillas del misterioso Nilo, las cuales, internándose en el mar, a una distancia de más de cincuenta kilómetros no se mezclaban con las aguas del Mediterráneo. Al menos estuvimos cuarenta y cinco minutos navegando por las aguas del Nilo sin divisar la costa. Por fin llegamos a Port-Said, y con motonave bajamos a tierra todos los pasajeros. Port-Said cuenta con unos 100.000 habitantes; sus casas diferentes de las nuestras, el gran silencio que reinaba en su calles, aquellos hombres vestidos con gorro y túnica larga y la ausencia de mujeres en las calles nos causó una impresión muy extraña.
Canal de Suez
A media tarde del 8 el barco comenzó a internarse en el canal poco a poco, y así lo atravesó. Junto a Port-Said hay una estatua dedicada al constructor del gran canal, Fernando de Lesseps. Mide de largo, desde el faro de Port Said a la entrada en la rada de Suez, 161 kilómetros. Longitud del canal en la rada de Port-Said, 6'5 kilómetros. Longitud del canal en la rada de Suez, 3'7 kilómetros. Anchura del canal sobre el nivel del agua, de
70-175 metros. Anchura de la parte navegable, 45-60 metros. Profundidad, 11-12 metros.

Canal de Suez
Cuando atravesábamos el canal comentamos la huida a Egipto de la Sagrada Familia, la cual, ¡con qué gran temor
pasaría por aquel lugar huyendo de la crueldad de Herodes, que buscaba matar al Niño! Para conmemorar tal acontecimiento recitamos las tres Ave-Marías.
(Continuará)
Fr. Fabián Castellá, ofm
Episodios del negrito Marabá
III.-
Ensueños de gloria
No hay nada más eficaz para acuciar el espíritu, para sacudir el sopor de la mente y para despertar la reflexión que la persecución y la desgracia. Cuando no se conoce el sufrir, regularmente se está en el Limbo, se Vive entre sueños e ilusiones y no se tiene noción de la realidad de la vida. Pero cuando llega el peligro, cuando nos invade la amargura de la tribulación, cuando estamos al abismo de la muerte, se despierta nerviosamente el espíritu y miramos la realidad con el brillo de la luz del relámpago. Quien en tales circunstancias no se despierta, es que es un memo sin sentido.
Marabá era un nene, pero avispado y listo como el solo. Mas acostumbrado desde que brilló su razón a los agasajos, holgura y mimos de su choza de príncipe, no había experimentado aun el sufrir n¡pudo reflexionar sobre la realidad de la desgracia y del peligro del morir, a pesar de haberlo tantas veces presenciado en los horribles sacrificios de sus fetiches. Pero la cosa había cambiado inesperadamente, y ahora era él una de las víctimas reservadas para el sacrificio. Por esto al verse en uno de aquellos cestos, que él tantas veces había visto arrojar a la muchedumbre, se dio cuenta del peligro y reflexionó seriamente sobre su situación, y se dio por convencido de que iba a morir.
Esta reflexión de relámpago causó en él el fenómeno del mutismo, y no abrió ya su boca desde que se vio atado con su tierna madrecita, a la que vio llorar desconsolada.
Mas también ahora habla cambiado la cosa, y puesto a reflexionar entraba en el convencimiento de que el peligro se alejaba.
Por esto cuando se vio aposentado en el tronco del baobad y vio que los enemigos huían de aquel lugar, se atrevió a hablar para preguntar a su madre.
—¿Mamaíta, ya no nos matarán?
—Hijo mío—respondió la madre—, tal vez no; pero ¿quién sabe? Mas ahora no
pienses en ello, y descansa y duerme, que la mamaíta te velará; ahora estamos seguros.
—Pues, en ese caso, sepas que tengo hambre.
— Verdad es, hijo mío, y yo también; pero descansa que tenemos aquí la comida a la mano.
Así era, en verdad, porque junto al baobad crecía el artocarpo o árbol del pan, y bien cerca crecían plataneros y palmeras cargadas de grandes trenzas de dátiles maduros.
Djerua, después de mirar recelosa por entre el ramaje de la liana y convencerse de que no había peligro y que los áspides se habían alejado, se deslizó con ligereza y pronto volvió con un racimo de plátanos y con el fruto carnoso y ya maduro del árbol del pan.
Los dos comieron hasta saciarse. Bien pronto los vapores de la comida y la acción sedante de la nutrición del plátano calmaron los nervios de su cuerpo excitado, y el negrito Marabá sintió que el sopor le dominaba y dobló su cabeza en el seno de Djerua. También la princesa comenzó a sentir la placidez de Morfeo y cabeceaba, comenzando a evaporarse su espíritu por las regiones paradisíacas de los gratos ensueños que presagian la gloria y la libertad. Mas de vez en cuando el sobresalto aun la excitaba con impertinentes interrupciones de aquel dulce dormitar, y así el descanso no era grato. Se decidió, pues, a dormir en forma. La hojarasca y algunos helechos allí recogidos le brindaron buena yacija, sobre la que recostó a Marabá, ya dormido como un lirón.
Ella, presa aun de algún recelo, miró unos momentos por la selva hacia la laguna, salió aun del escondite para mirar con más detención alrededor, e insensiblemente, con un gesto de resignación, como quien se entrega en manos de la suerte, o mejor dicho, en cristiano, confiándose a la Providencia, volvió a entrar, y resueltamente se tendió sobre la yacija, estrechándose con Marabá. Unos minutos después dormía plácidamente.
El ángel de los buenos sueños tendió sus alas vaporosas, de neblina celestial sobre aquel hueco salvaje y veló el sueño de la princesa y de su niño Marabá. ¿Por qué no?

Los ángeles son blancos, purísimos, bellos y tiernos, con su gracia celestial; pero también Dios los ha puesto como ángeles custodios de los negritos, que también son hijos de Dios. Su Providencia vela por todos: ella los libró del sacrificio, ella les condujo al baobad, y ya de tiempo tenía prevenido aquel hueco del árbol y aquella yacija para darles un refugio y un sueño reparador. Por eso el ángel de los buenos sueños acudió por la orden de Dios, y tendió sobre ellos sus sus doradas alas.
¿Quién lo iba a creer? Rodeados de peligros, en una madriguera de víboras, buscados con odio y con afán por sus verdugos, allí donde anidan las fieras que rugen por aquellos contornos, allí, en fin, donde tan fácilmente podían encontrar la muerte, les da la divina Providencia la vida y les rodea de ángeles para que guarden su sueño, y soñaban sí, soñaban la princesa y el niño, olvidados por completo de los inmensos peligros de que estaban rodeados. Y por un contraste singular, como ironía de la suerte, los que estaban al borde de la muerte soñaban en las glorias y grandezas de la vida.
Marabá, transportado a una región de
esplendores y de luz, se veía vestido con un ropaje sacerdotal ofreciendo incienso, no a los fetiches de su tribu de rostro horrible y facciones ensangrentadas, sino a un Dios de gloria y de luz rodeado de ejércitos de espíritus angélicos, que hasta a él mismo le hacían reverencia.
Djeruna, la princesa de Goudun, soñaba en un inmenso jardín, lleno de lirios y de amapolas, donde revoloteaban unas grandes mariposas de alas de púrpura y e oro, que con sus cantos melodiosos todo lo llenaban de placer. Por el jardín se paseaba una hermosa señora, acompañada de vírgenes muy bellas, vestidas con ropajes de luz, y entre ellas algunas princesas de negra faz, como ella, que recibían los honores de aquel ejército de bellezas del Edén. En el centro del jardín una hermosa cruz se alzaba llena de resplandores, y sus rayos de luz llegaban asta el cielo. Al pie de ella veía muchos jóvenes que parecían los sacerdotes de aquel altar, y entre ellos estaba Marabá, aquel negrito de sus amores...
¿Serían estos dulces ensueños presagios que les daba el ángel de paz para el resto de su vida? ¿Quién sabe? Dejémosles reposar tranquilos en sus ensueños del Edén.
Fr. Manuel Balaguer, ofm
(Continuará.)
Cuestión de un clavo
Se daba una misión en una parroquia del Canadá. Los misioneros predicaban con celo apostólico; mas no todos correspondían a sus esfuerzos. Entre los rebeldes a la acción de la gracia se encontraba un herrero que vivía junto por junto de la iglesia. Azuzado por sus compinches, al llegar la hora de los sermones era cuando con más furia golpeaba el hierro, armando un ruido endiablado que estorbaba no poco a los buenos misioneros.
La misión iba ya tocando a su fin. Un día uno de los misioneros fue a tomar su crucifijo al que tenía mucho cariño; mas se le había saltado un clavo y se desprendió el Cristo de la cruz y cayó en tierra. Lo tomó reverente el buen padre, y mientras estampaba un beso en la imagen del crucifijo, vino a su mente una inspiración. Sonrió satisfecho, tomó su sombrero y salió, encaminándose a la herrería.
—Buen hombre —dijo sin más preámbulos al herrero—, vengo a pediros un favor. Me han dicho que sois muy hábil en vuestro oficio; a ver s¡os servís arreglarme este crucifijo, al que tengo mucho cariño.
El herrero al ver entrar en su taller a un cura había arrugado el entrecejo; mas al oír sus atentas frases fue perdiendo su aspecto brusco y contestó:
—Bien, no tengo inconveniente en servir a usted.
—Entonces dejaré aquí m¡crucifijo.
—Como usted guste.
Y el misionero se marchó.
Aquella noche el herrero ya no estorbó con sus martillazos el sermón. Al día siguiente, cuando el misionero bajaba del púlpito, un obrero le siguió hasta la sacristía. Era el herrero le dijo:
—Padre, aquí tiene usted su crucifijo.
Y ahora tenga la bondad de confesarme.
—De mil amores, amigo mío —contestó el misionero.
Y en un ángulo de la sacristía escuchó la fervorosa acusación que de sus culpas hizo el arrepentido obrero.
Cuando hubieron terminado el herrero añadió al padre, sonriendo:
—¡Ay, padre! Lo hizo usted con mucha picardía, pero no le falló el golpe. Puedo asegurar a usted que en cuanto me v¡con el Cristo en las manos me puse a temblar. Me pareció como s¡me hablara y me reprochará m¡mal proceder. Yo no sabría decir cómo fue, pero es el caso que me sentí cambiado por completo. Padre, he sido un miserable; pero tengo la esperanza de que aquel Jesús que murió por nuestro amor tendrá piedad de mí.
La conversión del pobre herrero fue sincera, y vivió en adelante y murió como un buen cristiano.—
Pepín
Notas de interés
Asociaciones franciscanas
Los Terciarios Franciscanos de Budapest han fundado una Asociación que tiene por objeto ayudar a los pobres necesitados. Gracias a las limosnas espontáneamente ofrecidas, la asociación se ve crecer y aumentar de día en día. Su actuación es tanta que tal vez llegue a suprimir la mendicidad en las calles.
En Detroit (Estados Unidos) está también funcionando otra institución parecida a la de Budapest. Tiene por fin principal esta benéfica Asociación alimentar a los pobres sin trabajo. En el espacio de seis semanas los Hermanos Terciarios de Detroit han podido sustentar a 20.000 personas. La aristocracia y las personas pudientes de la ciudad, católicos y protestantes, se creen con la obligación de ayudar a tan beneficiosa obra.
Por lo visto para algo sirven en la sociedad las instituciones religiosas.
Reverso del cuadro
El comunismo nos ofrece en contraposición a la caridad cristiana otros cuadros de horrores y de miserias.
Más de nueve millones de niños en Rusia, famélicos y errantes, viven abandonados, formando tristes caravanas, sin abrigo y sin hogar. Sólo un reducido número de estos desgraciados niños tienen cabida en los asilos; los demás van a guarecerse en los quicios de las puertas, entre los escombros, en los basureros, en los muladares, viviendo en la más espantosa mezcla los niños de uno y otro sexo, los grandes con los pequeños, los enfermos con los sanos.
Como se ha querido borrar la religión y se ha desterrado a los hombres de bien, no tiene cabida n¡puede expansionarse la caridad cristiana, y en cambio esos niños desgraciados saben todas las maldades, conviven en el vicio y tienen la noción escueta, implacable de todas las miserias y de todos los horrores. No han llegado en su mayoría a la pubertad y están ya familiarizados en el crimen. ¡Pobres niños de Rusia! Esta es la obra del comunismo soviético, ese comunismo que se quiere implantar en España y para lo que se envían tantos millones que estarían más bien empleados alimentando a tantos niños que perecen en la miseria.
Pero eso lo sabe hacer sólo la caridad cristiana. ¡Pobres niños de España cuando se vean arrastrados por esa ola fatídica de destrucción, de impiedad y de salvajismo!
Así es la libertad y fraternidad rusa.- Mártires de su revolución
Ha fallecido un sacerdote católico que fue detenido en Kief el año 1928 y deportado a Arkangel, donde ha vivido martirizado con mil sufrimientos e inauditas privaciones.
De igual manera vive agonizando lentamente entre martirios, en la Siberia, el Obispo Malecki, de 72 años. Hay además en Paroslan trescientos sacerdotes católicos, y en las Islas Solovietkg otros tantos, sometidos a durísimos tormentos. ¿Es esto lo que pretenden imitar en nuestra desgraciada patria, juguete vergonzoso del comunismo ruso?
El tiro por la culata
Un periódico sectario de París, deseoso de proporcionar ventajas a sus lectores para aumentar su número, anunció que todos los días, a una hora fija, habría en el local de la redacción cierto número de abogados dispuestos a contestar gratuitamente a cuantas consultas se les hiciesen. Desde el primer día todos los que se les presentaban les hacían esta pregunta:
—Somos antiguos religiosos (o religiosas); vuestro periódico, después de haber contribuido a que fuésemos expulsados de nuestros conventos y a la expoliación de nuestros bienes, agrava nuestra situación difamándonos continuamente. ¿Podríais indicarnos los medios legales de hacernos justicia, consiguiendo la reparación debida a ciudadanos ultrajados y expoliados?
Los abogados no sabían qué contestar y la empresa periodística tuvo que despedirlos, exclamando: "¡Por esta vez el tiro nos salió por la culata!"
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