Nuestro viaje Roma-Yen-an-fú (China)

(Continuación)

El mar Rojo y el océano Indico en un trago hasta Colombo

El 9, cuando nos levantamos, en lugar del hábito franciscano nos pusimos la sotana, y así fuimos hasta Tientsin, puerto final. Desde Tientsin hacia el interior de la China vestíamos traje chino.

Este día, al levantarnos, nos encontramos ya en el mar Rojo, y a las diez, divisamos el monte Sinaí, y trajimos a la memoria el paso glorioso de los israelitas a través de las aguas y el anegamiento de todo el ejército de Faraón. Como este mar se halla entre dos hornos, los desiertos de Arabia y del Sahara, aunque éste está algo separado, resulta que uno sale de allí medio asado. Allí vimos una infinitud de islotes sin vegetación, grandes bandadas de gaviotas y muchos delfines. El 14 lo dejamos internándonos en el océano Indico, en el que de vez en cuando, saltaban al vuelo centenares de peces voladores de diez a treinta centímetros de longitud.

 

ColomboEn Colombo

Alrededor de las nueve de la mañana del 20 de Septiembre entramos en el puerto de Colombo. Muy digno era de verse el trozo de muro que une el faro con la ciudad: las olas, embravecidas, de tal modo lo golpeaban, que al estrellarse se levantaban a una altura de más de veinte metros.

Ya anclada la nave, inmediatamente subieron a ella una infinitud de indios; todos ellos tenían color bronceado e iban descalzos. Unos vestían con taparrabos solamente; otros con unos faldones que cubrían desde la cintura hasta los pies, y otros llevaban además chaqueta o camisa. En la ciudad vestían también de alguna de las maneras indicadas.

El Hospital General de Colombo está confiado a las franciscanas misioneras de María. Fuimos a visitarlo y nos recibieron muy bien. Nos mostraron parte del grandioso Hospital, que consta de veinticinco grandes pabellones al aire libre, y el número de enfermos ascendía entonces a más de ochocientos. Las monjas pertenecen a diferentes nacionalidades y entre todas llegaban a sesenta. Tres religiosas españolas forman parte de tan benemérita comunidad. Dos de ellas las saludamos y eran una vizcaína y la otra segoviana. Los enfermos pertenecen a diversas religiones: al protestantismo, budismo, induísmo, mahometismo y catolicismo.

Visitando el Hospital entramos en la capilla y visitamos a Jesús Sacramentado, el cual siempre tienen expuesto y nunca lo dejan solo. Después nos llamaron a comer y nos trataron a cuerpo de rey.

La abundancia de cuervos que v¡en aquella ciudad me movió la curiosidad de preguntar a una de las madres por qué habían tantos, y me contestó: «En esta población la mayor parte de sus habitantes conservan gran veneración a los cuervos y se ofenden sobremanera s¡los matan, y sucede frecuentemente —añadió— cuando los niños de nuestro Hospital están comiendo el arroz van los cuervos y comienzan a picotear. Por eso durante la comida ponemos siempre un criado para impedir que se acerquen. Estos cuervos son más pequeños que los de nuestra querida España».

Teníamos orden del capitán de la nave que a las tres estuviéramos ya en ella, y guiados por un indio volvimos al puerto pasando por las principales calles de Colombo a pie. En aquellas calles, infectadas de cuervos, habían muchos cochecitos tirados por indios y capaces para un solo viajero. Algunos indígenas, vestidos con solo taparrabos, al vernos nos siguieron un buen trecho empeñados en que subiéramos en sus cochecitos, y para ganarse nuestra voluntad se sonreían ante nosotros. Los carros que por allí circulaban iban tirados por búfalos, y su cubierta era de una especie de paja, formando una bóveda muy grande con relación al carro.

Fr. Fabián Castellá, ofm

( Continuará)
Yen-an-fú, 1982.


Episodios del negrito Marabá

IV. Nuevos sacrificios. Las amazonas y las sacerdotistas

¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde que nuestros prisioneros del baobad se entregaron en manos del plácido Morfeo? ¿Quién es capaz de saberlo? N¡la misma Djerua pudo darse cuenta de ello. Se durmieron en la luz del día, y en la misma luz del sol volvían a abrir sus ojos. Sólo recuerda Djerua que el rugido espantoso del león le había despertado en la lobreguez de la noche; pero también le parecía aquello un sueño, que contrastaba con la dulce placidez de sus ensueños de gloria.

Pero ello era cierto; el león había conmovido a la selva, en aquella tétrica noche, con sus rugidos de cólera. Las fieras, atraídas por el tufo de carne muerta; merodearon por los alrededores de la tribu, y el graznido de los buitres las atrajo también hacia las playas de la laguna, pues la resaca de sus olas había dejado en la arena algunos cuerpos muertos de las víctimas sacrificadas en aquel día. Tigres, panteras, leopardos reñían con los buitres por el afán de arrancarse mutuamente las piltrafas, cuando sobrevino el león desde los más recónditos senos del bosque, dando rugidos, que rodaban por la selva como los espantosos retumbos del tronar de las tormentas. El pánico dominó de repente a la furiosa jauría de fieras que perturbaban el tranquilo vaivén de las aguas de la laguna; todas huyeron llenas de espanto a sus madrigueras, mientras el león se saciaba, compartiendo con ¡os buitres el macabro convite de la carne humana.

Entonces fue cuando Djerua despertó azorada por el rugido del león, y llena de temblor y sobresalto se acurrucaba más en la yacija para no verse apercibida por el león; mas ello fue sólo un instante, porque dueño ya del campo el rey de las fieras y saciada su voracidad, no tuvo ya empeño en rugir, y se volvió pausadamente a sus dominios interiores.

Y la princesa se volvió a dormir tranquilamente, hasta que el cuerpo descansó a saciedad.

Ya el sol brillaba con todos los esplendores de su luz y caían sus rayos, cribados por el follaje, sobre la selva, hasta destacarse algunos, como inquietas estrellitas, en el fondo oscuro de la morada salvaje de nuestros príncipes negros. Por ello conoció Djerua que ya estaba avanzado el día, y, dándose cuenta al punto de su triste situación, prorrumpió en un amargo llanto.

Marabá aun dormía, y podía su madre desahogar su corazón sin dar que pensar al pobre niño, cuya vida, cual la suya, tenía tan pocas probabilidad des de ser feliz y duradera; mas sus tristes reflexiones duraron poco. Un rumor de gritos salvajes comenzó a oírse por las orillas de la laguna. No cabía duda; se estaban realizando nuevos sacrificios humanos, en compensación, seguramente, de ella y de su hijo, víctimas preferidas para el terrible fetiche Osa, y que ella había sabido evadir milagrosamente.

¿Qué había ocurrido? Frustrados los intentos de encontrar a las víctimas desaparecidas, volvieron los jinetes a la tribu al rayar la media noche. Entonces el príncipe dio orden a sus amazonas que salieran a la requisa de víctimas; pero inútil es decir que n¡un alma respiraba fuera de las chozas. Mas no por eso se arredraron las ñeras amazonas; prendieron fuego en algunas chozas, y las mujeres, los ancianos y niños que las habitaban, salían para escapar del fuego y cayeron en poder de las amazonas. Ya tenían víctimas. En total: dos ancianos, cuatro niñas, tres mujeres y tres niños. Atados fueron conducidos al templo de la muerte, hasta esperar la vuelta del día.

Para dar más realce a la fiesta y reparar la ofensa que recibió el fetiche con la desaparición de sus víctimas preferidas, se organizaron maniobras militares de las amazonas y fueron llamadas las sacerdotisas de la serpiente ídolo. Las amazonas son mujeres que prestan el servicio militar, forman ellas el ejército permanente del príncipe. Se alojan en su palacio, el cual las mantiene ricamente, y ellas pasan allí el tiempo bebiendo, fumando y bailando. Están, no obstante, sometidas bajo la autoridad de la generala en jefe y la vigilancia del tolonu a una disciplina severa.

En los Nagos era entonces el cuerpo de amazonas un ligero y encantador batallón de jóvenes armadas no más que de arcos y de flechas, vestidas elegantemente con túnicas azules, cubierta la cabeza con el casquete blanco, que tiene bordado un caimán y un elefante, recordando la caza de elefantes y de caimanes, que se dedicaban en tiempos de ocio y de paz. Llevaban a sus espaldas la aljaba llena de flechas y en el brazo izquierdo la pulsera de marfil, por la cual debe deslizarse la flecha al salir despedida por el arco. Estas amazonas son las reclutas del ejército femenino, escogidas entre las jóvenes vírgenes de las mejores familias del reino y de cada tribu, y pagaban con la vida el olvido del voto de castidad que hacen al entrar en la guardia del rey.

Las sacerdotisas de la serpiente ídolo tenían sus chozas cerca del templo de las serpientes, donde se veneraban sobre un centenar de culebras de las especies inofensivas, que vivían libremente y tenían su guarida en aquel templo, al cuidado de los sacerdotes y sacerdotisas. Estas señoras solían ser en número de seis, iban adornadas con gran profusión de collares de ámbar y de coral, llevaban el pecho desnudo y la parte inferior del cuerpo cubierta de telas de seda de colores muy chillones. Eran estas sacerdotisas las esposas de la serpiente ídolo, pues los dos sexos concurren igualmente al servicio de la religión.

En ciertas épocas del año las viejas sacerdotisas recorren las calles de la población, llevándose las jóvenes de ocho o diez años que encuentran al paso y las conducen a su habitación. Estas niñas quedan sujetas a un noviciado más o menos largo, y cuando son núbiles se casan con la serpiente ídolo. S¡más adelante se casan con algún simple mortal, conservan siempre algo de su carácter sagrado, teniendo a sus maridos en completa sumisión.

Estas dos castas de mujeres extraordinarias concurrieron aquel día a la fiesta de la laguna.

Las sacerdotisas comenzaron la fiesta con un género de danza voluptuosa y extraña que terminaba en una explosión de gritos agudos y discordantes.

Después los sacerdotes de Osa clavaron en los árboles sagrados a los ancianos y a los niños escogidos como víctimas en la noche anterior; las vírgenes y las mujeres fueron sacrificadas en la laguna.
Una novedad se quiso introducir en la fiesta, era el simulacro de la caza de elefantes; para eso se proveyó de víctimas con algunos esclavos, que se sujetaron por diversos sitios del bosque. A una señal de la generala en jefe las amazonas, llevando un casquete con cuernos, se formaron en círculo, y a gatas, sin abandonar su carabina, avanzaron convergiendo hacia un mismo punto en que se suponía hallarse la manada de elefantes. Los elefantes, engañados por aquellos falsos cuernos, creen ver un pacífico rebaño de antílopes y no se espantan. Al llegar cerca, a una señal de su jefe se levantan las cazadoras y comienzan a tiros contra los elefantes, que en esta ocasión fueron los pobres esclavos,
que después fueron rematados, cuchillo en mano, por aquellas fieras amazonas.

Se acabó la fiesta con otras danzas voluptuosas de las sacerdotisas, y con un desfile majestuoso de movimientos lentos y acompasados de las amazonas al son de un canto dulce y monótono que recordaba las antiguas fiestas de Diana en Grecia y las danzas de los sátrapas en Persia.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

(Continuará.)

Ezzelino y San Antonio

I

Cuando en el mundo la virtud florece
en el pecho querúbico de un Santo,
Luzbel se irrita con furiosa rabia
a y quisiera a sus pies pulverizarlo.

No puede, y en su saña vengativa,
cruza los pueblos más velos que el rayo,
destroza los hogares y castillos
y siembra por doquier horrible pánico.

¿Cómo ejecuta tan terribles males?
Viviendo en las entrañas de un tirano,
haciéndole feroz como un lobezno
y con sus miembros y su fuerza obrando.

Tal fue Ezzelino, singular poseso
del más furioso espíritu satánico
que a pueblos y familias azotaba
con su delgado y restallante látigo.

II

¿Quién resistir podría tanta furia?
¿Quién detendrá sus destructores pasos?
Sólo Antonio, Martillo del Hereje,
derrumbará a sus pies a aquel malvado.

Corre a su encuentro con la faz serena,
por armas lleva el crucifijo en mano
y con voz taumatúrgica le increpa
su conducta tiránica afeando:

"Ezzelino feroz, hiena inhumana,
desecho de los hombres sanguinarios,
¿hasta cuándo por villas y ciudades
la sangre harás correr de tus hermanos?

La espada del Señor está suspensa
y pronta a darte el más terrible tajo,
pues los ayes de tantos inocentes
piden justicia contra ti, malvado.»

Sufrió paciente aquel Nerón la afrenta
al ver salir innumerables rayos
de las ojos extáticos de Antonio,
y que estaba a sus pies abierto el antro.

Confuso se retiró aquel maldito,
pues no pudo sufrir el latigazo
de la voz justiciera y poderosa
del valiente y famoso franciscano.

Fr. Juan Bautista Gomis, ofm

Hojas de la vida

El último y el primer amor

Las cuatro personas que componían aquella familia formaban como un bloque.

Con el transcurso del tiempo, Pablo y Justa, marido y mujer, no habían dejado entibiar el cariño inicial del matrimonio; antes bien, lo habían hecho extensivo a su hijo Jacinto, que crecía entre besos y caricias.

A poco de nacido el niño, se cobijó con ellos, y con ellos compartió alegrías y tristezas, la hermana menor de Justa. Marta, que así se llamaba la joven, trajo a su nuevo hogar la alegría de sus quince primaveras.

Desde el primer día no solamente no fue ninguna carga, sino mejor un auxiliar indispensable en los quehaceres domésticos y una segunda madrecita para el infante.

Corrieron felizmente unos doce años; de pronto, un golpe brusco de la fatalidad vino a truncar aquella placidez normal y en espacio relativamente corto hubieron de sufrir todas las calamidades imaginables.
El Banco donde guardaban los ahorros del trabajo constante de toda su vida quebró fortuitamente, dejándoles en la más espantosa de las miserias.

Justa, ya muy delicada de salud, no pudiendo sobreponerse al desastre, enfermó gravemente. Todos se desvelaron en cuidarla, pero de una manera especial su hermana, que n¡de día n¡de noche se separó de la cabecera de la cama.

La pobre enferma sintió que pronto iba a dejar este valle de lágrimas y con él a los seres queridos.

—Marta —balbuceó al oído de su hermana—, prométeme que nunca te separarás de m¡hijo... ¡Ay!, porque Pablo todavía podría volverse a casar... Y s¡viniera aquí otra mujer... ¡Pobre hijo mío!...

No pudo seguir, porque expiró.

Pablo, su hijo y su cuñada, pasados los primeros transportes de dolor, se fueron a vivir en una desmantelada buhardilla y, olvidando holguras anteriores, procuraron hacer frente a las más imperiosas e ineludibles necesidades.

El niño Jacinto, haciéndose cargo de las difíciles circunstancias que atravesaban, aprovechó sus adelantados conocimientos en dibujo y, guiado por su tía, se dedicó a pintar pequeños cuadros, que vendía a un comerciante de los alrededores, y con su producto engrosaba en algo no despreciable el mezquino sueldo que ganaba su padre en un modesto empleo conseguido cansando a todos sus viejos amigos.

Pasaron años. Dos, tres...

Marta era el alma de aquella casa. Trabajadora, cariñosa, seria, sin otras preocupaciones que el régimen de la familia, sin otros afectos que Jacinto y su padre...

Parecía que allí todos habían de estar satisfechos; sin embargo, Pablo se mostraba cada día más huraño y taciturno. Como huyéndoles, se escondía en su solitario cuarto y a solas lloraba. Lloraba su amor muerto... O quizás un nuevo amor, su amor postrero, que no se atrevía a confesar por miedo de verse rechazado.

Se veía solo, sin que una voz femenina murmurase a su vera aquellas palabras tiernas que tanto añoraba su corazón.

Un día u otro, su cuñada se casaría y les abandonaría para seguir al preferido, al intruso. Y quedarían él y su hijo; cas¡un viejo y cas¡un niño, a merced del tiempo, solos, completamente solos...
Y Pablo lloraba...

Antes no llegase este final, habría de casarse de nuevo. ¿Pero con quién, s¡no conocía a ninguna mujer, s¡él no .podía ya querer a nadie? A no ser que... Un día, mientras estaba en esas meditaciones, fue sorprendido por Marta y el niño.

—Papá —le preguntó Jacinto—, ¿por qué estás triste?

—Disgustos que uno pasa.

—¿Por qué no nos los comunicas para compartirlos?

—Son cosas mías.

—Parece que nos huyes y tiíta llora.

—Pues ella tiene la culpa.

—¿Yo? —exclamó admirada Marta.

— Sí, tú. Porque pienso que el mejor día te marcharás y nos abandonarás.

—¿Por qué he de marcharme? ¿Por qué he de abandonaros?

—¿Por qué ha de ser, sino para casarte? Te casarás el día que menos pensemos y antes que llegue este la he de preocuparme del porvenir mío y del de Jacinto.

—Es que yo no puedo abandonar al niño. Me lo pidió m¡hermana moribunda.

—N¡yo tampoco. Es m¡hijo. No puedo permitir que te lo lleves.

—Papá; todo se puede arreglar.

—¿Cómo?

—¿Cómo?

—Pues muy sencillo: casándose los dos...

Pablo y Marta se miraron. El se puso amarillo como el trigo y ella colorada como una amapola.

El chico cogió la diestra de cada uno y las juntó, diciendo:

-¿Sí? ¿Verdad?

—S¡ella quiere...

—S¡tú quieres...

—Era m¡sueño...

—Era m¡única esperanza...

— Será m¡último amor.

—Es m¡solo y primer amor.

—Será nuestra felicidad—exclamó el niño besándoles con frenesí.

Pedro de Ribas

Los pájaros del rey Salomón

(LEYENDA ARMENIA)

Era una de aquellas mañanas primaverales del Oriente, en las que el firmamento sereno y diáfano se une con suave armonía al verdor de los campos tapizados de flores de los más vivos y variados colores. El sol, que aparecía espléndido y majestuoso envolvía en su manto de brillantes resplandores toda la Naturaleza, formando del cielo y de la tierra como un pabellón donde cada ser saltaba de contento con una vida nueva y exuberante invitando a los hombres a admirar y a bendecir las obras del Dios Creador.

El rey Salomón, que conocía las bellezas encantadoras de la creación y había descubierto sus más profundos secretos, deseoso de contemplar tanta magnificencia y atraído de la suavidad del aíre, salió a recrearse por los regios paseos de sus inmensos jardines, llamando a los grandes de la Corte a fin de que por especial favor le hiciesen compañía.

Pájaros

El clima templado, los efluvios de las flores, el suave murmullo de las aguas serpenteando por cristalinos arroyuelos, el dulce gorjeo de las aves, que volando por los enramados cantaban canciones de amor, todo deleitaba a la regia comitiva, gozando de aquel encanto delicioso. El rey Salomón, conocedor de los misterios ocultos de la Naturaleza, gozaba más que ninguno, y cuanto era dado a la mente y al corazón del hombre.

Después de un corto paseo, los egregios personajes se sentaron a la sombra de una palmera majestuosa cargada de dátiles pendientes de largos y gruesos racimos. En las palmeras vecinas se oía un continuo pío, pío de los pajarillos que sacaban las cabecitas fuera de sus nidos. En una palmera de enfrente se pavoneaba una picaza, que apoyada en la más alta de las ramas entonaba una canción.

Aquel cántico improvisado llamó la atención de los compañeros del rey. Salomón, interrumpiendo su silencio, les preguntó s¡entendían el lenguaje de la marica. Y como ninguno supiese responder, el sabio rey les explicó que la picaza, con su canto estridente, decía: Me he comida, medio dátil y estoy contenta.

Levantándose todos de sus asientos y prosiguiendo su paseo vieron dos tortolitas, que volando fueron a posarse sobre las ramas de un olivo, y aquí, cambiando mutuamente sus miradas, cantaban con
ternura una canción sencilla y apasionada. El canto lastimero de aquellos pájaros grises conmovió el corazón del monarca, preguntando a su séquito por el significado de aquel canto; pero su respuesta fue el silencio. Entonces el rey les explicó así el canto de las tórtolas: "Una dice: La vida es bella; y la otra responde: Como la rosa."

Un rumor que salía del vecino bosque de mirtos, jazmines y rosas atrajo la atención de los paseantes, y se aumentó más su asombro al oír cómo versificaba un pájaro, que con su voz sonora hacía repercutir dulces notas de armonía por todos los lados del bosque, vistiendo de gala las plantas y las flores. El rey Salomón se sintió extasiado más que sus compañeros y, contemplando el canto del mirto, exclamó: «Sí, es bella, es bella; es verdadera la canción del mirto. El canta: No hay rosas sin espinas

El tiempo pasaba, y el sol, que con sus primeros rayos había llenado de alegría el jardín, dejaba ya sentir su calor, que despenó del sueño a dos cigarras que, asidas al tronco de un carcomido oleandro, se pusieron a cantar su pesada canción. La monotonía del canto, lejos de ser fastidiosa al hijo de David, le hizo más atento, como s¡quisiera penetrar más profundamente el significado del canto, y después de un instante dijo: «Digan lo que quieran los que gozan y los sabios del mundo, quieran o no, a cada placer de la vida, y a cada honor que se recibe, hay que repetir la canción de la cigarra: Vanidad de vanidades, vanidad de vanidades, todo es vanidad».

Pájaros

De El rincón silvestre

Los grandes de la corte, entregados a estos pensamientos, seguían silenciosos a su rey, que con paso lento y mirada fija se dirigía a su palacio rodeado de frondosas plantas. La profunda meditación en que andaban sumidos fue interrumpida con el rodar por los aires de un pájaro grande. Instintivamente todos alzaron la cabeza para mirarle. Era un cuervo que con su fuerte graznido repitió por tres veces su canción. Un velo de tristeza cubrió el rostro de los grandes de la corte, en cambio, el rostro de Salomón irradiaba de alegría, y extendiendo sus brazos hacia el cuervo, exclamó: «¡Oh, qué bello es tu canto! El es la esperanza de los hombres, porque tú dices: ¡Mortales... temed a Dios, y seréis felices...!"