Episodios del negrito Marabá (V)
Sediento despertar de Marabá
Al infernal griterío que daba el pueblo junto a la laguna al finalizar sus danzas voluptuosas las sacerdotisas de la serpiente, despertó Marabá. Su madre temblaba de terror, fija su mente en el recuerdo de los sacrificios humanos y en el fatal peligro que corrían ella y su gracioso Marabá. ¿Qué sería de ellos? Esta incertidumbre le aterraba, su extraña y tan crítica situación la dejaba sin aliento.
¿Qué sería de ellos?......
De estas lúgubres y sombrías reflexiones la sacó su hermoso nene, que después de observarla con ansiedad y atemorizado por los gritos de los Nagos, se dirigió a ella con recelo, y despacio y con sigilo, como s¡temiera ser oído, le dijo:
—Mamaíta, tengo sed.
Otro conflicto venía a provocar esta ansiedad sedienta del negrito. ¿Dónde buscar el agua y más en esos momentos en que todos sus enemigos estaban alrededor de la laguna?
Marabá parece que comprendió el peligro y la crítica situación de su madre, y no volvió a repetir su demanda, pero con sus ojitos revelaba su ansiedad, y sus labios extenuados y secos daban bien a comprender a Djerua el ardor que devoraba a su gracioso principito. Se abalanzó sobre él y lo devoraba a besos, y con frenesí le decía:
—Sí, vida mía, beberás; tu madre buscará el agua aunque le cueste la vida.
Quedó pensativa, como buscando un medio de saciar la sed de su hijo; y como sorprendida por un rayo de luz que vino a disipar su sombría reflexión, dejó al niño y salió fuera, inspeccionando con avidez todas las cercanías de la selva.
¿Qué es lo que buscaba?
El agua de las "Nepenthes"
Ella recordó que entre las lianas y trepadoras del bosque había visto otras veces una planta de singular complexión: era aquella a la que los naturalistas dan el nombre de Nepenthes bicalcarata, la cual precisamente en sus mismas hojas lleva cantaritos de agua que recoge en ese depósito, ya por la traspiración de la misma hoja, o por la humedad, por el rocío o por la lluvia.

Es realmente una curiosa planta trepadora de los países tropicales, que tiene una extraña expansión laminar del pecíolo en forma de copa, y la hoja hace de providencial tapadera de ese cáliz misterioso que el divino Hacedor de las cosas ha puesto en una delicada planta, para mostrar a los hombres que Dios es tan grande al modelar esos delicados manantiales, como lo es al sostener las aguas condensadas en la nube, al encerrarla en los inmensos depósitos ocultos en la tierra, al verterla entre misteriosos susurros por las cristalinas fuentes, al hacerla rodar por los caudalosos ríos y al tenerla encerrada en los linderos de la mar.
No puede uno menos que quedar sorprendido al contemplar esa rara planta; es como un árbol Noel del que penden una infinidad de cantaritos, pues cada hoja lleva el suyo, se desprende el pecíolo del tronco y comienza dilatado, cual s¡ya fuera la hoja, luego se adelgaza como un zarcillo, y después de retorcerse se vuelve a extender como lámina que se cierra sobre sí misma en forma de copa plantada, y sobre la boca de ese cáliz se extiende la hoja que al recibirla impide que caigan en el agua las suciedades, y así se conserva pura y potable.
Los salvajes cuando atraviesan la selva y no encuentran ninguna fuente para calmar su sed buscan esa planta bienhechora y sacian los ardores de su boca en los cantaritos de la Nepenthes bicalcarata.
Por eso no es extraño que a Djerua se le ocurriera buscarla en aquellos momentos tan críticos, en los que era imposible pensar en ir en busca de las fuentes, n¡mucho menos en las aguas de la laguna.
Su ojo avizor pudo distinguirla bien pronto, a no mucha distancia, y precisamente a la parte opuesta de la laguna, lo que hacía más fácil poder hacer provisión de sus aguas sin peligro de ser vista.
Tomó sin embargo Djerua todas las posibles precauciones, aunque era ocasión oportuna, porque toda la gente estaba embebida en la embriaguez de las fiestas de la laguna.
Recogió varios casquetes secos de las frutas más voluminosas, así del árbol del pan como de otros vegetales, y con cautela fuese en busca de la Nepenthes. Las copas estaban llenas de agua cristalina, que ella bebió con ansiedad, y después fue vertiéndola en los casquetes hasta colmarlos.
Para evitarse otra salida, que más tarde pudiera serle peligrosa, aprovechó la ocasión para proveerse de comida, y fue llenando el halda de su vestido de plátanos y dátiles y de naranjas dulces que halló a su paso.
Marabá que había seguido con sus ojos todas las maniobras de su madre, al verla venir se bajó del baobad por el tronco de la liana, como lo había visto hacer a su madre, y le salió al encuentro, bebiendo con avidez toda el agua de uno de los casquetes. Se guardaron los otros, y con la provisión de fruta volvieron a subirse a su guarida, y ya allí comenzaron a comer con algún sosiego.
La fiesta llegaba a su término en los mayores excesos de la borrachera. El aguardiente corrió con abundancia, el que muchos bebieron mezclado con sangre de las víctimas; y aquello, más que hombres, era una manada de fieras.
Nuestros amigos del baobad corrían entonces muy grave peligro, porque al disolverse la fiesta la gente se esparcía por el bosque, y ya bien cerquita se habían reunido un grupo de hombres y mujeres embruteciéndose con sus inmoralidades. Djerua tuvo gran cuidado de recubrir bien la entrada de su escondite con las hojas de la liana.
Noche tormentosa
Pronto desapareció el peligro, porque el tiempo se puso tormentoso, y unos cuantos relámpagos y truenos, aunque lejanos, atemorizaron a la gente y se refugiaron en sus chozas.
La noche se deslizó sobre el bosque sombría y brumosa, y siniestros relámpagos presagiaban una horrible tempestad. La lobreguez era inmensa; graznidos fatídicos se desprendían de las altas copas de los más tupidos árboles, donde se refugiaban los buitres, los cuervos, el búho y la lechuza. De vez en cuando se oían los aullidos lastimeros de las fieras que presentían la tormenta; y el rugido tenebroso del león se dejaba oír en la lejanía causando el pánico en todo el bosque. Con sordos rumores se removían las aguas de la laguna; pero lo que más atemorizaba a Djerua y a su negrito eran los silbidos estridentes que daban a los pies del baobad los áspides que también en su tronco tenían su madriguera.
No se hizo de esperar ya la tormenta; los truenos y relámpagos se percibían cercanos, como los ronquidos tenebrosos de un gigante que durmiera en los abismos de la selva. Una ráfaga impetuosa, resuello terrible del huracán, cruzó el bosque, haciendo bambolear y crujir a los colosos vegetales, y un relámpago siniestro forjado en los volcanes del sol explotó sobre el ambiente, alumbrando el bosque con más claridad que el día. Un estallido espantoso resonó allí mismo dejando rodar sus ecos de bosque en bosque hasta perderse en la lejanía, al propio tiempo que un copioso aguacero caía desprendido de las cataratas del cielo.
Por un grande espacio de tiempo reinó la tempestad imponente, como queriendo con su aguacero terrible y con el latigazo de sus rayos castigar y purificar a la tierra, aquella tierra maldita que se había empapado con la sangre de tantas víctimas humanas.
Djerua y Marabá temblaban de espanto acurrucados sobre la yacija de su madriguera. Creían morir, heridos por aquellos rayos fulminantes, y a cada relámpago, a cada trueno se estrechaban con frenesí cual s¡fuera el último momento de su vida.
Todo pasó, la tormenta había sosegado, y en la mente de Djerua sólo ardía una idea, sólo una ansiedad la agitaba: era el deseo de escapar, de alejarse de aquella morada salvaje.
Fr. Manuel Balaguer, ofm
(Continuará.)
Crónicas
De Zaragoza. Fecha memorable
Lo fue, sin duda, el día 2 del pasado Julio, fiesta de la Visitación de Nuestra Señora.
A pesar de las circunstancias críticas que corremos, la voz de Dios continúa sonando en los corazones de almas jóvenes, que llama a su compañía y santo servicio en el retiro del Claustro.
En el Colegio Pompiliano (paseo de Ruiseñores—Zaragoza) que dirigen las RRdas. MM. Escolapias. vistió el santo hábito la señorita María del Pilar Alfaro Sansoube, hija de nuestros amigos y suscriptores de Acción Antoniana don Felipe y doña Aurora, de Teruel.
Por demás está el decir que la ceremonia resultó brillante y simpática.
A las nueve hubo Misa con órgano y motetes, en la que recibieron la Sagrada Comunión las novicias y familiares y amigos que se asociaron a la fiesta.
Luego, el P. Luis María Torres, franciscano, del Colegio de Teruel, dirigió la palabra a las novicias glosando en hermosa y elocuente plática las palabras del Evangelio Optiman partera, procediendo luego a la bendición e imposición del santo hábito.
La nueva novicia tomó el nombre de Sor María Luisa de Jesús Crucificado siendo apadrinada por sus tíos don José Alfaro y doña Felisa Ramos.
A las Reverendas Madres y muy especialmente a los señores Alfaro-Sansoube nuestro saludo y felicitación por tal acontecimiento, y hacemos votos por la perseverancia de su hija en el estado elegido para su santificación y alegría de todos.
De Cullera. Mes de María
En el Santuario de Nuestra Señora del Castillo, a pesar de la ausencia de las religiosas, se ha celebrado el mes de María y con bastante solemnidad los domingos, dándole todo el esplendor que era posible.
Un grupo de jóvenes acudía los domingos para tomar parte en los cantos, amenizando la función con escogidas composiciones.
La música en el templo
La música ha vivido y progresado con la vida y progreso del hombre.
En toda época y momento histórico, ya en las ceremonias litúrgicas como en las festividades populares y en las íntimas expansiones de la vida familiar y doméstica, aparece tan esencialmente unida la música a los actos humanos que nos sería suficiente un conocimiento exacto de los valores musicales para reconstruir íntegras las escenas de los primitivos pueblos.
H. Riemann explica la razón de este fenómeno: "Es la música, ante todo, expresión de sentimientos, manifestaciones de nuestra vida psíquica en una forma que ineludiblemente, sin posible resistencia, nos fuerza a compartir los sentimientos expresados." Es la expresión más enérgica que brota del pecho oprimido, del espíritu que bate sus alas pollos espacios del placer, o las repliega entumecidas por las lágrimas del dolor. Sentimiento sutil, escapa, el mayor número de veces, al poder aprisionador de la conciencia, toca en el centro del alma y pulsa los resortes de las pasiones todas.
El poder expresivo de la música lo encontramos, caracterizado y explícito, en el libro De Música, escrito por San Agustín en el siglo IV: "S¡no puedes expresar con palabras lo inefable y no puedes callar ¿qué has de hacer sino jubilar, para que tu corazón se alegre sin palabras, y para que la inmensidad de tu alegría no se halle limitada por las sílabas?" (E. Li. Chavarri, Historia de la Música, t. I., pág. 29).
La Iglesia Católica, madre solícita, que ha recibido de su divino fundador el encargo de tutelar por el bien espiritual de sus hijos, ha comprendido como ella misma, más que ninguna sociedad perfecta, el imperio seductor de la música. Ha estudiado su intervención eficaz en los actos de la vida social, y no ha vacilado en introducirla, para levantar los ánimos de los fieles, en los sagrados recintos del Templo.
S¡volvemos nuestra mirada más allá de la Cruz, encontraremos un pueblo que ha cultivado, con preferencia suma, el divino arte de la música. Es el pueblo hebreo, el pueblo elegido por Dios para cantar las verdaderas grandezas del Hacedor. La Sagrada Escritura ofrece copioso arsenal de cánticos, himnos y salmos, compuestos para el culto divino, los cuales debían cantarse con acompañamiento de instrumentos músicos: sustitución en aquel entonces del órgano de nuestras iglesias.
La profecía de Daniel recuerda algunos instrumentos de la época: la trompeta, la fiesta, la cítara, la zampoña, el salterio y la sinfonía. Y es el salmo 136 que describe aquella escena patética de los Judíos cautivos en Babilonia, no pudiendo experimentar gozo alguno, embargados por recuerdos nostálgicos. Habían colgado sus liras de los sauces de la ribera del Éufrates, respondiendo con desgarrador acento a la insistencia de sus dominadores: "¿Cómo hemos de cantar las alabanzas del Señor en tierra extraña?"
Bajo los reinados de David y Salomón contaba el Templo a su servicio 4.000 cantores y músicos, divididos en varios coros.
Los primeros siglos del Cristianismo no fueron favorables al desarrollo de la música religiosa. Los fieles cristianos, perseguidos en sus mismas personas por los feroces emperadores romanos, tuvieron que renunciar a la contemplación bella del firmamento, y enterrarse en el seno de la tierra, donde entonaban sublimes cantares que a los mismos moradores celestes llenaban de asombro.
Pasados aquellos años de continuas persecuciones para la Iglesia, se abre un nuevo período de esplendor que le permite resarcirse de todos sus males.
Fr. Vicente Pérez, ofm
(Continuará)
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