Nuestro viaje Roma-Yen-an-fú (China)

Un volcán visto desde el barco

En aquellos días, según contaban, uno de los volcanes de cierta isla de Oceanía estaba en erupción. A las seis del 27 de Septiembre se veían a lo lejos las llamas de un volcán que iluminaba las nubes y ofrecía un aspecto encantador. Al punto todos los marineros y viajeros salieron a verlo y quedamos estupefactos al contemplar tan extraña belleza. Después de estar algunos minutos mirándolo con vivo interés, apareció la luna cuya luz entremezclada con las nubes tradujo tal resplandor. En el resto de aquel día no se habló más que del hermoso volcán.

El hombre propone y Dios dispone

Uno de los trozos más difíciles de atravesar es el golfo de Tonkín, en donde todos los años abundan los naufragios. Nuestro barco, o sea el Havel, al pasar por allí sufrió una tempestad tan fuerte que retrasó su llegada a Hong-Kong veinte horas. Según los cálculos del capitán teníamos que entrar en este puerto a las nueve de la noche del 1 de Octubre y llegamos el día 2 a las cinco de la tarde. La noche y la tarde del 1 tuvimos truenos y lluvia en abundancia y las olas frecuentemente penetraban en la nave.

Fiesta de Santa Teresita

El 2 de Octubre, víspera de Santa Teresita, Patrona de los misioneros, divisamos a las once de la mañana, por primera vez los montes de China, cuya tierra han regado tantos misioneros con su sangre y sudores. La alegría que experimentamos fue inmensa. Por la tarde de ese mismo día a medida que nos acercábamos al puerto el panorama resultaba más atractivo. Por aquí y por allá se veían barcas pesqueras de forma muy especial; la parte anterior era muy baja y la posterior mucho más elevada y traían vela. Islotes había una infinitud; todos ellos eran de color verde amarillento y en ellos no se veía más que hierba; los más cercanos al puerto tenían fajas de tierra roja y algunas casas. Por fin entramos en Hong Kong a las cinco.

Al día siguiente, fiesta de Santa Teresita, celebramos la santa Misa por primera vez en China. ¡Qué dicha conmemorar el día de nuestra Patrona en la primera población que tocamos de la gran República! Terminada la Misa y dadas las gracias, con motonave nos dirigimos a la ciudad, pues estábamos algo separados.

Hong-Kong cuenta con un millón de habitantes, es posesión inglesa; su puerto, por la posición que ocupa tiene gran importancia; cas¡la totalidad de las naves que se dirigen a Extremo-Oriente hacen escala en él. La ciudad se halla principalmente en la falda de una montaña bastante elevada y hasta la cumbre hay casas esparcidas por todos lados. Vista desde el puerto ofrece durante la noche un aspecto admirable. Es una ciudad casi a la europea. Como en todas las grandes poblaciones chinas, se usan allí también los cochecitos de viajeros arrastrados por personas.

Visitamos la catedral, que es muy capaz y consta de tres largas naves de estilo gótico. Santa Teresita ocupaba el altar mayor, el cual estaba muy bien arreglado con ramos y macetas. Postrados a sus pies le pedimos nos alcanzase un fecundo apostolado. Comimos en la residencia episcopal con otros huéspedes, cuyo número ascendía a 30. De éstos, 15 eran chinos, quienes se dirigían a Roma a continuar los estudios eclesiásticos. Los restantes pertenecían a diversas nacionalidades e institutos religiosos y unos volvían de misiones y otros iban.

Después de comer visitamos la procura que tienen los dominicos españoles a cuatro pasos de la catedral y fuimos muy bien tratados. De allí volvimos al puerto, y ya en el Havel observé que las mujeres guiaban las barcas, dando órdenes de izar y bajar las velas, girando ellas mismas el timón.

Aquí en Hong-Kong no son pocas las mujeres que llevan el crío a la espalda. En el puerto v¡una cargada con su hijito del modo indicado, la cual dirigía una barca haciendo grandes esfuerzos.

El 4 de Octubre, festividad de Nuestro Padre San Francisco, a las 7'30 de la mañana abandonamos el puerto de Hong-Kong en dirección a la isla de Formosa.

Fr. Fabián Castellá, ofm

Yen-an-fú, 1932.

(Continuará.)


Episodios del negrito Marabá

VI. Planes de fuga

Djerua no durmió ya el resto de la noche, a pesar de haber calmado la tormenta; como he dicho, una idea fija la dominaba: la idea de escapar de aquella peligrosa selva y asegurar la vida de su negrito. ¡Estaba tan mono, tan tranquilo y sosegado, durmiendo allí, recostado en su regazo!...

Lo miraba con ansiedad, y después de un ardiente beso siempre repetía lo mismo: "Sí, es preciso que lo salve a toda costa, no quiero que sea víctima de los sangrientos fetiches; huyamos de esta maldita tierra".

Pero, ¿cómo escapar entre tantos peligros? He aquí la idea que la obsesionaba sin descanso, y mil proyectos destilaban por su mente febril, y mil planes descabellados que no se les veía salida n¡probabilidades de éxito.

La laguna seguía agitando sus olas con un rumor penoso y melancólico, como el atleta, que después de la lucha, sigue jadeante y forzado el aliento, hasta que llegue el completo reposo. Mas Djerua, como aun seguía en su interior tormenta, no reparaba en ello, y sin embargo allí estaba el elemento salvador. Una tardía ráfaga del pasado huracán vino a agitar con más fuerza las aguas de la laguna, y aquella alza de rumores fue un rayo de luz que vino a herir compasivo la sombría mente de la princesa y rasgó el manto de tinieblas que la envolvía para que viera; y miró a la laguna y exclamó llena de luz: "¡Qué boba estoy! ¡S¡ahí tengo la salida!"

Las piraguas sagradas

Y la laguna, las piraguas sagradas, el río Ogun, el canal de la barra abierto por el crecimiento de las aguas, la fácil navegación por la crecida de la corriente, la llegada a los pueblos de la costa, algo más humanos que aquellas tribus sanguinarias, la acogida fácil en la casa de los blancos, aquellos blancos que ella había ya visto alguna vez con su cruz y sus divinidades tan benignas y compasivas, y sus pueblos lejanos a través de los mares, donde tal vez pudiera llegar, para estar bien lejos de tan crueles enemigos que la buscaban para el sacrificio y para la muerte cruel de su Marabá, aquel niñito que era su gloria...

Este recuerdo le impulsaba a darle ardientes besos que a veces le despertaban con sobresalto, pero ella se cuidaba de volverle hacer dormir para que no le estorbara sus maquinaciones.

Niño con piragua

Todo esto pasaba por la mente de Djerua con rapidez febril, con ansiedad indefinida, con vaivenes y zozobras que le robaban el sueño y la agitaban con un resuello calenturiento y morboso.

Ella miraba a lo lejos con sus ojazos abiertos y sin pestañear, con ese mirar de atrofia que mira y no ve nada, pero despertó por fin con una sacudida nerviosa, efecto de un relámpago de luz en la mente, y se levantó azorada, como una fiera herida, que busca de un salto el portillo de salvación. Bajó cautelosamente por el tronco de la liana, y recelosa y a tientas tomó la dirección de la laguna.

¿A dónde va?

Obedece ciegamente a la idea que la domina y su objeto no es otro sino acercarse a la laguna, para cerciorarse de que las piraguas sagradas estaban allí amarradas en el puertecillo de los fetiches.

Las piraguas eran pequeñas y ligeras embarcaciones formadas de grandes troncos de árboles y vaciados a fuego, según el procedimiento invariable de los negros, y era el vehículo ordinario en las lagunas y ríos de la Costa de los Esclavos. Algunas de ellas estaban consagradas al fetiche Osa, dios de las lagunas, de las que sólo podían hacer uso los sacerdotes y los príncipes. Y más arriba, en una ensenada que formaba la ribera, estaban recogidas y amarradas como en un puerto, para que no se las llevara la corriente.

Eso buscaba Djerua, asegurarse de que las piraguas estaban allí para dar comienzo a su plan de huida, navegando por la laguna.

Mas su acecho era sumamente peligroso.

La noche aun envolvía con sus negras sombras a la tierra, y las fieras, apaciguada la tempestad, habían salido de sus madrigueras para saciar su voracidad con los restos humanos de las víctimas sacrificadas. A los pocos pasos ya la hicieron detenerse los sordos aullidos de los tigres y panteras que reñían por sus piltrafas en los linderos del bosque que fueron aquel día teatro de los sacrificios. Acercarse allí era buscar la seguridad de ser devorada por las fieras.

Con todo, no se contuvo, y adelantó un poco más, ocultándose a cada avance tras el tronco de algún árbol corpulento. Por fin los primeros tintes de la aurora comenzaron a desvanecer las sombras y a dar relieve a los objetos de la tierra, y ella miró con avidez en dirección del puertecillo de las piraguas, pero en vano; desde allí no podían verse. Subió a uno de los árboles y tampoco lograba distinguir nada. Un bosquecillo de plátanos formaba ante el puerto una tupida barrera que no podía franquear la vista; era preciso llegar hasta aquellos platanares para cerciorarse de lo que buscaba.

Ir hasta allí era muy expuesto, porque después de amanecer la aurora el día irrumpe de momento, y con seguridad podía ser sorprendida por los negros más madrugadores que solían ir de buena mañana a pescar en la laguna.

Un cercano canturreo la hizo estremecer de miedo; eran unos esclavos que pasaban cerca en dirección de la laguna; se agazapó entre la maleza y cuando hubieron pasado, andando a gatas se volvió a su madriguera.

Ya Marabá estaba despierto y acechándola desde su guarida, pues despertó con pánico de verse solo, y comenzó a buscarla con la vista, sosegando al verla cerca, junto al tronco de un grande árbol.

Pasaba el día, bien provistos ellos en su baobad de frutas y de agua, pues el aguacero había llenado todos los casquetes y calabacines que estaban por el suelo esparcidos, y la fruta estaba a la mano y aun tenían provisión de ella.

Djerua no cesaba de aguzar su imaginación para ver el medio de preparar la huida. Una idea se le ocurrió que a ella misma le causaba hilaridad por lo peregrina.

Un árbol raro

Previno de todo ello a Marabá, dándole instrucciones para que se mantuviera quieto mientras ella obraba. Se fue a los más cercanos plataneros, y al cabo de poco volvió cargada con un montón de sus grandes hojas. Con ellas revistió todo su cuerpo, acoplando las hojas y atándolas a sus piernas y cuerpo con los tiernos zarcillos de las plantas trepadoras. Alrededor de su cuello ató varias hojas en alto, quedando su cabeza oculta en el centro del penacho, de donde las grandes hojas se arqueaban del mismo modo que en el platanero. Quedó toda ella convertida en un verdadero árbol, pero un árbol raro que podía cambiar de sitio.

Hecho esto, comenzó a andar pausadamente, parando de trecho en trecho para observar. Cualquiera que la hubiera visto no hubiera sabido distinguir fácilmente el engaño, y caso de verlo andar, presos de terror fanático, hubieran huido sin intentar detenerse para examinarlo.

De este modo llegó hasta el bosquecillo de plataneros que interceptaban la vista de las piraguas. Puesta allí, se plantó como otro platanero, y pudo observar a su gusto y con toda detención el estado de las piraguas. Eligió la que le convendría tomar, y tan bien fijó en su mente todos los detalles, que a ciegas hubiera podido volver para realizar su plan.

Había conseguido cuanto deseaba, sólo quedaba volver a su guarida y esperar la noche, para volver a pasarla en el platanar.

PiraguaVolvió a desandar su camino del mismo modo. Se entregó luego al descanso, despojada de su ser vegetal, y cuando el sol comenzaba a declinar, retirando los últimos vellones de su luz de las más elevadas copas de los árboles, ella y Marabá comieron su frugal cena, y cuando las sombras de la noche adormecían a la tierra, en medio de un vasto y sepulcral silencio, bajaron del baobad, y con quietud y cautela se trasladaron al platanar. Para prevenir el peligro de las serpientes y de otras alimañas se encaramaron sobre los altos racimos de los plataneros, hasta esperar la hora oportuna.

La salida de la piragua

Antes de amanecer, cuando ya las guineas comenzaban su cacareo, ya estaban de pie Djerua y Marabá, cargados con racimos de plátanos, y ligeros como un rayo pasaron a la piragua escogida, rompieron las amarras y a navegar. Pero el chapoteo de sus remos despertó al terrible lama del fetiche Osa.

Fr. Manuel Balaguer, ofm
(Continuará.)


La ola negra

La marcha de los tiempos permanece secreta para nosotros. Sin embargo, volvemos la vista atrás y nos instruimos y adquirimos confianza. La sociedad, como el mar, unas veces está tranquila y otras alborotada. Las aguas que un día, rugientes, se tragan una barca de pescadores, al día siguiente aparecen hermosas y serenas, reflejando el azul del cielo.

En España corren los cristianos un temporal deshecho. Más furioso los han corrido en otras naciones. Cierto día un alcalde suprime el crucifijo de la escuela; otro alcalde aprisiona a un sacerdote por acompañar un entierro; otro considera que el Quijote es poco laico, y lo prohíbe en las escuelas; otro impone multas a las señoras por el delito de llevar colgado del cuello un crucifijo; otro impide la peregrinación a un santuario...

Es un pequeño terremoto que echa abajo unas cuantas casas; es una ola maléfica que hace zozobra algunas barquillas.

Nos sentimos heridos, pero las heridas se cicatrizan; nos sentimos encadenados, pero las cadenas se rompen. La Divina Providencia no ha escatimado a los hombres el combate, la enfermedad y la miseria; mas la fe baja del cielo, nos salva y nos corona. Sin la fe n¡se salvan los pueblos n¡los individuos. La Historia nos dice que todas las grandes épocas de la Humanidad han sido épocas de fe. La experiencia nos enseña que nuestro carácter declina el día que perdemos la fe. El comerciante incrédulo fía su paño con más confianza al creyente que al impío. El escéptico ríe del que entra en la iglesia, pero da la mano de mejor gana que al que blasfema.

Nacemos engendrados en la fe, venimos al mundo sellados por la mano de Dios, y nuestra decadencia principia así que intentamos borrar el sello divino. Nuestro corazón tiene ansia de fe. El pobre marinero, cuando advierte que el barco se hunde, pide socorro al cielo. Todos lo pedimos igualmente cuando nuestra vida se resquebraja y nos vemos abandonados de los hombres.

Bajemos la cabeza y dejemos pasar la ola. Pronto se calmará la mar y lucirá el sol.

Lo que tengo ante los ojos alienta m¡esperanza. Llego a este pueblo de Francia después de dos años de ausencia, y observo que la fe ha crecido como los árboles. Más respeto a la creencia, mayor devoción. En este tiempo se han levantado dos templos, uno en la playa de Cap Bretón, otro allá enfrente, en la de Hostsegord. En la patria de Voltaire se construyen iglesias. En la de Santa Teresa se queman. Se alzan en las encrucijadas de las carreteras estatuas del Sagrado Corazón de Jesús, sin que ninguna mano sacrílega intente derribarlas. Ayer he visto en la iglesia una muchedumbre que se acercaba al altar para recibir la comunión.

Hace siglo y medio el que pretendía comulgar subía a la guillotina.

Con razón se dice que los días se suceden, pero no se parecen. Todavía después de aquellos aciagos han oscurecido el cielo algunas nubes. Dos gobernantes sectarios se obstinaron en herir la conciencia religiosa de su patria. Mas ésta sopló sobre las nubes y volvió a lucir el sol.

La mujer francesa es quien ha logrado ahuyentar los espíritus malignos. Esta mujer francesa, tan calumniada por novelistas sórdidos, guarda en el fondo de su corazón el tesoro de la piedad cristiana.

A la mujer española le toca hacer lo mismo. Esperemos de ella la regeneración espiritual de nuestra nación.

Cuando los discípulos del Crucificado huían del lugar del suplicio, solamente las mujeres permanecieron, intrépidas, al pie de la cruz. Hoy que los católicos españoles titubean o se esconden, las mujeres aparecen tranquilas, cruzan de su cuello el santo crucifijo y se exponen impávidas a los insultos y a los brutales atentados de la barbarie imperante.

No hay que pedirles valor, pero sí prudencia. Que no se dejen engañar. Que no escuchen el reclamo melodioso de los que buscan su amparo para lograr ambiciones políticas y satisfacer mezquinos intereses personales.

Santas mujeres españolas, poned vuestros ojos en el cielo; no miréis a la tierra. Dejad que se hundan los tronos de barro. Salvad el trono de Dios.

Armando Palacio Valdés

Cap Bretón-sur-Mer.

Alter Christus. El Serafín llagado

Otro Cristo habéis sido
por la penitencia, oración y amor,
venciendo la materia en rebeldía.
Tomando a Cristo por modelo y guía,
su espíritu se irradia con matices de dolor.
De su divino ejemplo, formas en tu corazón un sacro nido.
Opones al desprecio y a la violencia,
el escudo de humildad y de paciencia.

Cual ave que abre su clausura,
tu espíritu se esparce y rompe la envoltura.
De caridad tu alma rebosaba
del ingente amor que te abrasaba.
Buscabas la pobreza y el dolor,
al pobre, al mísero pecador.

Con destellos fervorosos
se consagra a servir a los leprosos.
De ellos es la suma providencia,
son hermanos, cristianos por excelencia.
Tanto era el amor que de su corazón rebosaba
que después de amar a Cristo con altivo encendimiento
amaba a la Humanidad y efluvios de su amor le derramaba.

Aun quedaba en su pecho un sedimento
de cariño y afecto para todos otros seres,
a los que prodigaba su cariño y sus quereres,
desde el sol que alumbra los cielos y la tierra
hasta el gusano que en el limo se encierra.

Protege a la pobre oveja sencilla,
a la inocente y amorosa tortolilla,
al cordero que va al sacrificio
y sirve de comida y beneficio.

Su amor y fraternidad
llega hasta el lobo voraz,
a seres inanimados,
a los árboles, al fuego, al agua cantarína
a los montes y prados.

Y por permisión divina
para los más altos fines,
uno de los serafines resplandeciente y alado
le imprime las llagas de Cristo crucificado.

Los hechos puros de las almas sencillas
se llaman franciscanas florecillas;
el lema del loquillo de Belén
es: Hermanos, Paz y bien.

Salustiano Losada Cortina