Índice del número 177
Octubre de 1935. Año 16. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- La disminución de la natalidad. Arturo Fosar Bayarri
Franciscus vir catholicus et totus apostolicus. Fr. Rafael Fuster, ofm
¡San Antón! ¡San Antón! ¡San Antón!... Leyenda. A. Jacinto-Margarita
En la fiesta de la Raza. Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm
Las genuinas glorias de la Raza. Fr. Juan Alventosa, ofm
Crónica. - Semblanza Misional del Venerable Padre Antonio Margil de Jesús. Fr. Francisco Lliteras, ofm
Fortaleza de la fe. Francisco López Delgado
El comunismo en la provincia de Shens¡(China). Fr. Fabián Castellá, ofm
P. José Pineda Cuello, in memoriam
P. José Puigcerver Capó, in memoriam
Bibliografía.
La disminución de la natalidad
En los países anglosajones la propaganda de estas ideas ha revestido modernamente otra forma. Dos mujeres, Mrs. Stopes en Inglaterra y ¡Mrs. Sanger en Norteamérica, se han erigido en apóstoles de las nuevas doctrinas, que con el nombre de Birth-Control, viene a significar etimológicamente «limitación voluntaria de la concepción», pretenden moderar los excesos de los neomalthusianos respetando en apariencia las conveniencias sociales: su programa abarca el estudio y propaganda de los medios científicos de limitar la natalidad. Para ello mítines y conferencias se siguen sin interrupción, existiendo revistas especialmente dedicadas a este asunto, como la Birth-Control News y clínicas destinadas a propagar gratuitamente la enseñanza de medios anticonceptivos entre las mujeres casadas. Algo análogo ocurre en los Estados Unidos, habiéndose fundado 7 ligas y 5 clínicas además, en Alemania, Suecia, Holanda y Oriente y reunidos en Congresos internacionales de Neo-malthusianismo y Birth-Control: al 6.° celebrado en Nueva York en 1928 asistieron 600 delegados de 16 países distintos.
Los partidarios del Birth-Control o limitación voluntaria de los nacimientos, pretenden que de ese modo se aumenta la felicidad conyugal por desaparecer las dificultades que lleva consigo una familia numerosa, crece la salud y dignidad de la mujer que puede escoger el momento de ser madre y se tiende a restablecer el equilibrio entre las diferentes clases sociales; pues contra lo que es conveniente, las clases inferiores de la sociedad aliadas de la pobreza se reproducen más que las superiores; de este modo se obtiene una selección artificial que proporcionará los más halagüeños resultados.
Todo esto son alegatos hipócritas, para defender en nombre de la Economía o de la Medicina el placer egoísta, el desenfreno de las pasiones eróticas, el placer por el placer, invirtiendo el orden establecido por Dios. No hay nada inútil en la creación, y al unir el Creador el placer a la satisfacción de ciertas inclinaciones materiales, exige que aquél vaya unido a su fin natural: no hacerlo así es un desorden, un pecado que ha de tener su sanción en esta vida o en la otra, pues Dios es paciente porque es eterno. Además, en nombre de la Medicina no se puede defender el Birth-Control, porque, como dice el doctor Guchteneere, es falso pretender que la maternidad, función normal y fisiológica del organismo femenino, sea al repetirse causa ordinaria de enfermedad y muerte, y las estadísticas demuestran que las madres de familias medianamente numerosas (seis hijos) viven más que las que no llegaron a ese número.
Y en cuanto al aspecto económico, predicar la limitación de los nacimientos para remediar la pobreza es como apunta Chesterton con fino humorismo caso análogo al de tener que proporcionar sombrero a diez niños no teniendo más que ocho sombreros. Obrando con cordura debería considerarse cosa fácil obligar al sombrerero a fabricar dos más, castigándole por su injustificada tardanza, en caso necesario.
«Pero—añade— el espíritu moderno propondría que cortando la cabeza a dos niños no tendrían más necesidad de sombrero, y habría bastantes con los que ya teníamos. S¡se les sugiere que las cabezas son de más valor que los sombreros, os dirán que esas sutilezas son pura metafísica y que la pretensión de que el sombrero esté hecho para la cabeza y no la cabeza para el sombrero, es un dogma que ya pasó a la historia...; el prejuicio secular que prefiere la vida de los niños al acomodo sistemático de los sombreros; todo ello es despreciado cuando no ignorado.
El espíritu moderno tiene una lógica implacable: al verdugo toca remediar las faltas del sombrerero.» Y efectivamente, aunque debería combatirse la miseria con una más equitativa distribución de la riqueza se pretende hacer algo semejante a lo antes dicho. Sin pensar que todo hombre normal produce mientras vive una cantidad de riqueza superior con mucho a la que consume y es un elemento de la fuerza de su nación. Así ha podido decir Mussolin¡recientemente: «Urge edificar la paz, mas para ello son indispensables los pueblos jóvenes y fuertes. Sólo son fuertes los pueblos que procrean. La disminución de la natalidad es una causa de la crisis. El niño es un consumidor. Creer que los pueblos numerosos se empobrecen constituye un monstruoso error».
* * *
El remedio al cáncer de la civilización que comentamos no puede ser simplemente económico, como pretenden en Suecia. Por muchas ventajas económicas que se ofrezcan no serán bastantes para compensar las molestias que proporcionan los hijos. Y sólo desde el punto de vista económico, se puede pensar como la escritora norteamericana Mrs. Sanger: «¿Por qué tener hijos y no un coche?»
Lo referente al matrimonio, como todos los actos humanos, está regulado por la Moral, que exige rectitud en los medios y en los fines. Según ese pequeño código de Moral que se llama el Catecismo, el fin del matrimonio es criar hijos para el cielo; luego todo lo que se aparte de ese fin es prostituir una institución elevada por Dios a la dignidad de sacramento en la Ley evangélica.
Esto que es cosa clara para los católicos, va siendo olvidado por algunos, defensores de las ideas comentadas y su práctica, nacidas y arraigadas en países protestantes. Y no es raro oírles cuando se combate su egoísmo desde el punto de vista religioso, que «Dios no se mete en esas cosas»; sin duda piensan como el poeta inglés Browning, que Dios está en su cielo. Todo esta bien en el mundo. (God's in his heaven. All's righl with the world)». Pero El que lo ha creado y ordenado, no lo abandona en su Providencia y no puede dejar sin castigo las violaciones del orden.
En cuanto a pretender vivir felizmente, sólo con egoísmo es vano empeño. La felicidad completa es imposible de alcanzar en esta vida, pues nadie puede eliminar de ella el dolor. Y como «la vida es milicia» en frase de Mussolini, debe lucharse para llevar una vida digna, con todas las contrariedades que la misma ofrece. Y en vez de una vida egoísta que busca la comodidad y el regalo, es mejor vivirla llena de nobles propósitos y deseos de superar molestias y dolores, con ánimo esforzado. «Los niños son las rosas del jardín de la vida», y cuantas más tiene un jardín, mayor placer nos produce su contemplación.
Y s¡«dulce es la luz—como cantó Eurípides—dulce el espectáculo de la mar tranquila, o el de un río sin riberas, o el de la tierra adornada por la primavera...; no hay espectáculo más dulce que ver después de las tristezas de una vida solitaria, cómo van creciendo hijos queridos al lado del hogar». Y bello es después de vencer las asperezas de la vida, poder dejar en la tierra una corona de hijos, que le sean de méritos para conseguir la misericordia de Dios en la otra vida.
Arturo Fosar Bayarri
Francisco, varón católico y todo apostólico
Es la Edad Media la que le vio nacer; aquella época que asistía al ocaso de una civilización secular, minada ya en sus cimientos y próxima a hundirse entre estruendos de odios y rivalidades. Aquel aborto de bajas pasiones llamado feudalismo sembraba por doquiera el horror y espanto, socavando los mismos cimientos de la sociedad cristiana. Y es precisamente entonces cuando en ese horizonte, preñado de negros nubarrones, nació un sol que, según la frase de Dante, había de disipar tantas sombras y aliviar muchos males:
Non era anchor molto lontano dal orto,
Ch'el cominció a far sentir la terra
Della sua gran virtute alcun conforto.
Francisco nace soñador como un poeta y guerrero, como heraldo de Cristo a quien debía predicar como un San Pablo medioeval. Paz es su lema, amor su ideal. Y en pos del Poverello se agrupan las gentes que olvidan sus malquerencias para abrazarse todos en el amor fraternal. «¡Ah, que el amor no es amado!», va repitiendo, con aire de endecha, por los campos y poblados. Y ved como al son mágico de esta cantilena vuelve la paz a los pueblos y hogares, mientras ceden los odios personales. Ya no se oyen gritos bélicos n¡cantos de batalla, n¡alistarse las gentes en los bandos militares. Es que el incendio de aquel pecho enamorado ha prendido en otros v de un pueblo trasciende a otro, uniendo a todos con el ósculo santo. Las luchas, y antagonismos sociales han cedido sus dominios a la fraternidad universal.
* * *
Ya el viejo Continente es presa de tal incendio seráfico y Francisco sigue soñando como un juglar. En su alma sigue vibrando una nota que dice: el amor no es amado; y al impulso de ese amor cruza los mares
raudo como un águila, para posarse en el Oriente, en el Calvario, donde ya no ondea el lábaro santo... Es toda una cruzada la que acaudilla el Poverello, una cruzada de amor. Y al saludo de paz que lleva Francisco a aquellas tierras orientales cesan el estrépito de armas y el galopar de jinetes... Aún está caliente la sangre de los últimos guerreros que se batieron con lanza y espada. Todavía se ven cubiertos de ignominia los cuernos de Hattin, donde la espada de Buillón fue humillada por el alfanje de Saladino... Los cruzados de la cuerda han vencido con el amor y continúan en sus posiciones después de siete siglos pregonando el celo todo apostólico y católico de Francisco.
Leyenda
¡San Antón! ¡San Antón! ¡San Antón!...
III
—¡Caracoles, tío Atanasio! ¡Y qué caballo tan templao y tan remajo que tié usted!
—¿Qué s¡es majo? —contestó henchido de gozo nuestro hombre—. Cómo que en toda la población n¡en miles de leguas a la redonda no hay otro que se le asemeje un dedo.
—Aunque no lo diga, eso de su peso se cae. ¿Qué no se ve? S¡no hay más que mirar... ¡Y qué gordo, y qué bríos que tic en tóo él! S¡debe de dar gusto verlo trabajar, con su cabeza tan realta y su aire de casta real.
—Y además da gusto verlo por lo trabajador; es una ardilla. ¡Y leal, y noble, y fiel! Estoy contento y pagao con m¡rubio caballo. ¡Arre, Rubiales!
Y allá fue al galope el caballo con jinete, gallardo como el que más, potente cual el indomable de Alejandro, garboso y esbelto como el de los trovadores de tiempos medioevales, qué con la misma majestad paseaba por la población a su dueño cuando al abrevadero lo llevaba que labraba un bancal de muchas hanegadas en tiempo de la sementera.
¡Obra maestra, vamos, de la diosa Epona, que el encanto era de todos!
—¡Cristo, s¡estoy yo pagao con m¡Rubiales! Como que no lo vendo aunque el hambre nos mate a tóos los de casa. ¡N¡por esas; no, señores!
Pero sus interlocutores no lo oían ya, que atrás quedaron con sus flacuchos jumentos que no había quien los hiciera andar, cuanto menos seguir al fogoso alazán.
Pasaba esto justo y cabal el día mismo en que Equis celebraba la festividad más saliente, que es la del Patrón tutelar, al que seguían otros días festivos costeados todos por el Ayuntamiento. Y en días de fiesta los dueños de casa van de buena mañana a que abreven los animales.
Ya estaba de vuelta y cerca de la suya el tío Atanasio, y vanidoso en todo, como lo era, soltó a todo pulmón un nuevo ¡Arre, Rubiales!, cuyo fin él se sabía.
El efecto fue que la tía Bienvenida salió más que corriendo al balcón pa ver...
¡Remecachis y qué contenta se puso al ver a su señor tan garboso con su pantalón y blusa nuevos, y sus nuevas y blancas alpargatas de cáñamo, y su sombrero de ancha ala hecho loo un caballerete, montao con donaire hasta allá en el hermoso caballo de su propiedad!...
¡Hasta las lágrimas se le caían de puro gozo!
¡Es que no había en el pueblo—dejando aparte el caballo que eso tóo el mundo lo sabía que no se encontraba otro de su gallardía—un caballero más majo, n¡más arrogante, n¡de igual empaque, ni... n¡más giieno tampoco! ¡Señor suyo, señor suyo con la manía endiablada que se le había metido sesera adentro de no creer en la verdadera vida...! De poder cambiarlo, ¡entonces sí que estaría orgullosa, entonces! ¡A ver quién como ella en el pueblo!... ¡Ah, pero...! ¡S¡lo tenía que traer a su mismito camino! ¡Ya sabía, ya sabía a qué atenerse! «Hoy es San Antón. ¡Las cosas que le he de pedir! ¡Con lo amable que es San Antón para sus devotos! ¡Nada, al cabo de poco la paz del cielo en m¡casa con la redención del hereje, estoy segura como s¡lo viera dinde ahora! ¡La mismísima mano de San Antón lo ha de pescar el día menos pensad!»
—Atanasico, Bienvenidico!
—¿Qué nus manda usted, madre?
—Ala, pimpollos, que están tocando el segundo pa la Misa mayor, acabarse de vestir aprisa, que yo estaré en un periquete.
—Mujer, deja los chicos, que se vienen conmi...
—S¡es a Misa, noragiiena; pero s¡no...
—¿Y te parece a tú que voy yo a dir a misa?
—¡Hombre! Hoy día del Santo Patrón, ¿serías capaz, tendrías tripas de no dir de verdad?
—Anda, y con fuertes agallas que digo que no, y que no. De manera que ya lo sabes.
Y pa no armar otra de las gordas, deja a las güenas que salga con la mía.
—¡Hombre de Dios! ¿Vamos ahora a tirarnos los trastos a la cabeza? ¿Ahora, después de la finura que has tenido al llamarme al balcón?...
—Ahora y en la hora. ¿Estamos? Y eso de «hombre de Dios» tengo que dirte que n¡de Dios n¡del demonio. De mis señores padres y pare usted de contar. Acabarse de ponerse guapos, pichones del alma, y vamos con el padre por esas eras a tomar el sol, que hace un sol más regüeno que regüeno.
¡Y a fe que no da gusto tomar el solecico en este mes de Enero!
—No le hagáis caso, ángeles de m¡corazón. Vosotros con mí a Misa. ¿Entendéis?
Y ya tienen ustedes a los nenes metidos en un brete de marca mayor.
Arriba, les decía la madre. Abajo, rectificaba el padre, y ellos como Quevedo; n¡bajaban n¡subían hasta que Dios puso su Santa Mano.
Al fin la buena causa venció, como siempre vencía, como siempre vence, como siempre vencerá, pese incluso a aquellos que saben mucho o nada saben conjugar el verbo vencer.
Al fin, los pequeños, abandonando el estropajo que fue lo primero que encontraron a mano para taparse los oídos, de ser necesario, se pusieron la marinera y enardecidos, ¡palabra!, siguieron a la madre, como Cleobis y Bitón acompañaron a la suya al templo a ofrecer sacrificios.
Ya solo en casa y derrotado empezó a monologar nuestro hombre:
—¡Güeno, no sé lo que van a sacar de Misa esta gente mía! ¡Con San Antón, con San Antón que además de bobos va a tornar tarumbos a todos!
Y miraba a la puerta de la iglesia, que daba enfrente de su casa.
Vio en el umbral un monje y, ¡tate!, San Antón debía ser.
—¡Eh, San Antón! Pero hombre, qué gracia tan salá tié usted pa pescar... Mire usted, mire usted qué manera de entrar gente. ¡Huy, huy! ¡Ah, pues lo que es a mí no me coge! Ya pué tener maña, ya, San Antón, que lo que es a mí no me coge y no me coge.
Se dio cuenta, sin duda, el Santo que el tío Atanasio le hablaba desde su balcón y se volvió a él con la mano tendida.
Bajó nuestro hombre, sí, la mar de cortés, pero llegado que hubo delante del Santo, le dijo sin otro preámbulo:
—M¡mujer eso dice, que entre ella y usted me han de coger por una parte o por otra. Y yo, ¿sabe lo que le digo, señor San Antón?, que n¡siquiera de la mano me coge usted, menos ella que está por debajo de m¡autoridá.
Y le contestó San Antonio con dulcísima voz:
—¡Día vendrá que con avidez tomarás esta mano que ahora rechazas por no entrar en este templo donde hoy se me honra con creces!
En seguida desapareció el Santo, sin que la aparición n¡la desaparición causara en aquel incrédulo la menor impresión de sorpresa n¡de preocupación.
IV
Se aguaron las fiestas. ¡Y poco contentos que estaban los labradores de Equis! Como que venía de perlas la providencial lluvia, no precisamente porque la sequía fuera acentuada n¡muchísimo menos; pero, vamos, querían agua y el Santo Patrón accedió a la demanda colectiva, tan generoso como siempre. Y esto les halagaba la mar y morena.
Por de contado uno de tantos en celebrar de veras los chaparrones a granel era el tío Atanasio. ¡Cuánto tiempo que él esperaba sazón para poder labrar sus viñas! ¡Con lo que le gustaba el vino y sin poder remover la tierra por no llover! ¡Y la cosecha no dejaría de ser escasa!
En esto, nuestro hombre no faltaba de razón por mucho que se empeñara en desmentirlo Medritina.
Y unos días después, cuando la tierra estaba en punto y hora de recibir la reja, hacia sus viñas se dirigió montado en su brioso corcel, más fogoso ese día por cuanto que ya iban para ocho, lo menos, que se llevaba descansando debido a las fiestas y a los aguaceros.
Y como siempre, tía Bienvenida le acompañaba para ayudarle en todo aquello que menester fuera.
El sol rielaba magnífico por el azulado firmamento, modulaba el ramaje de los árboles deliciosa sinfonía, se oía de vez en cuando con exquisita complacencia el trino-poesía del tierno poeta ruiseñor, y ora en barrancos, ora en montículos el ganado lanar que por esos parajes apacentaba balaba con desmesurada intermitencia.
Llegaron nuestros protagonistas al pie de una montaña no muy empinada en cuya falda se veía un buen trozo de terreno con vides sin hoja alguna.
Podadas que fueron éstas y aparejado que estuvo Rubiales para labrar, comenzó tío Atanasio la tarea por el peligroso terreno.
Peligroso por el declive que formaba, que rodando hasta el valle irían pronto Rubiales y su dueño al primer brinco exagerado que se le ocurriera dar al forzudo y juguetón animal.
Andaba la tía Bienvenida recogiendo sarmientos o bien las hierbas que arrancaba la reja, la mar de sandunguera, lanzando alguna que otra cantá al aire que mucho alegraba el pintoresco y silencioso paraje, cuando de repente vio que el alazán no obedecía al dueño; que éste le gritaba, le tiraba de las riendas en vano; que en la lucha se rompió un lado del aladro; que dio el caballo media vuelta arrastrando al tío Atanasio, el cual no soltaba por nada del mundo las bridas; que en un nuevo arranque impetuoso del animal cayó por tierra el labriego yendo a parar, desgraciadamente, debajo del vientre del caballo en el preciso momento que éste se erguía en una pieza apoyado en las patas traseras...
Presintió instantáneamente que las pata-zas delanteras que hendían el aire con férreo poder aplastarían sin ningún género de dudas a su marido haciéndolo tortilla al primer golpe.
Y con el corazón oprimido y el semblante completamente desencajado, y toda ella hecha un temblor acelerado de nervios, gritó, con voz descompasada que atroné) los espacios, hizo correr a los rebaños y un gran revuelo produjo entre los alados:
—¡San Antón...! ¡San Antón...! ¡San Antón...!
Los ecos sucesivos repercutieron terribles en el ambiente, los repitieron a poco y con el mismo orden los montes, y luego reinó un segundo de terrorífico silencio concentrando!a naturaleza sus alientos vitales para mirar también al rabioso caballo a punto de aplastar a su indefenso amo, hecho una bola bajo sus patazas de hierro, cual s¡la misma naturaleza se hubiera percatado del inmenso drama que inminentemente parecía iba a realizarse.
Mas... Como s¡el animal enfurecido hubiera visto delante de sí al ángel, espada en mano. que impidió el paso de la burra de Balaam o, mejor todavía, como s¡delante de él se hubiera detenido San Antonio de Padua con la Sagrada Forma en la mano y!e mandase adorarla en aquella posición, el caballo se mantuvo encabritado hasta realizarse el prodigio que a continuación se verá: (1)
Un monje apareció ante el aturdido labrador, que continuaba en el mismo sitio que fuera a caer, con la mano extendida ofreciéndole su apoyo.
Ávidamente se asió a ella el marido de tía Bienvenida, que lo fue llevando cautelosamente, hasta ponerlo fuera del alcance de las descomunales herraduras.
—¡Atanasico de m¡alma!...
—No ha sido nada, ya ves, Bienvenida.
—¡Ay, Señor mío Jesucristo, lo que pasa aquí s¡no llego a llamar...!
—Chica, lo que es San Antón esta vez sí que te ha escuchao... Pero... ¿aónde está? ¡Eh...! ¡San Antón, San Antón, venga usted, que le tengo de dar las gracias.
Pero el Santo milagroso, que en efecto él era quien acababa de salvar a nuestro protagonista, desapareció tan misteriosamente como se había aparecido.
—Me ha escuchao como siempre, hombre, como siempre —siguió tía Bienvenida que igualmente se dio cuenta del estupendo cuanto particular milagro—. Lo que pasa que los incrédulos están ciegos la mayor parte de las veces, y...
—Bueno, mujer. Mira, dame una miaja, s¡te paece, el rosario aquel que yo eché una noche de malas pulgas al fuego...
—¿Pa qué lo quieres?
—Anda, pues pa besarlo y dale asina las gracias a San Antón que me ha salvao... ¡Vaya s¡es él el que me ha salvao! ¡Como que con mis propios ojos he visto cuando me daba su mano pa que me agarrara sin miedo!
Mientras a los labios se llevaba el rosario, lleno de veneración, el héroe de la tragedia precedente, daba gusto ver con qué alegría se secaba tía Bienvenida las lágrimas con la punta de su grosero delantal.
La paz había vuelto al medio y ahora todo sonreía con dulzura sin igual como alabando la bondad inmensa del Sumo Hacedor...
V
El primer domingo después del acontecimiento antes narrado, le decía muy humilde el tío Atanasio a su mujer:
—¿Qué blusa me pongo pa ir a Misa con tú y con los chicos? ¿La más nueva?
—La más nueva, sí. ¡Ah! Y las alpargatas mejores, que hoy es fiesta gorda en nuestra casa. Tan gorda como la pueda ser en el cielo.
—¿Qué sabes tú lo que pasa en el cielo?
—¡Vaya s¡lo sé con tantísimas veces como me ha dicho a mí la vecina, esa tan sabia, que hay más alegría en el cielo cuando un pecador vuelve la cara arrepentido a su Padre que s¡entraran en el mismo día no sé yo cuantos, de tantos como son, justos. ¡Y este día lo esperaba yo con candileja! ¡Ay Santo bendito que te he de poner un par de velas en el altar... y otras cosas que no digo!
Por la noche encontró nuestro hombre en la taberna al cacique Quironeo, y le dijo en son de chunga:
—¡S¡no te bebes una copa que yo te pago, no eres hombre!
Quironeo se la bebió entre halagado y aquiescente.
—Va otra, Quironeo, que te la pago también.
Y el cacique repitió, imaginándose que ya se le rendían homenajes a sus radicales ideas...
Cuando creyó el tío Atanasio que estaba en paz con él, se dispuso a abandonar la taberna.
—¡Ah! Se me olvidaba. ¡Yo voy por las-derechas en las próximas elecciones!
Y salió la mar de campechano y muy engreído de su nueva suerte. ¡Palabra!
Eran las ocho de la noche cuando el neófito llegó a casa, cenando con su familia en santa paz y dicha completa.
Así siempre siguió su vida con gran alborozo íntimo de tía Bienvenida, que ya tenía al jefe de familia hecho, sí, un hombre en toda la extensión de la palabra, dando buenos ejemplos y educando a sus hijos según anhelara.
A. Jacinto-Margarita
(1) Rigurosamente histórico lo que va hasta aquí del presente capítulo.
En la Fiesta de la Raza
En su drama Don Carlos, pone Schiller en boca del rey Felipe II la exigente demanda: Stolz will ich den Spanier, altivo quiero al español (III, 1). Con ello no hace el poeta otra cosa que recoger la apreciación que su pueblo hizo de aquellos valientes caballeros españoles que en el primer período de la Edad Moderna corrían como amos y señores por toda Europa, apreciación plasmada en aquel proverbio alemán: Stolz wie ein Spanier, altivo como un español. La fiesta de la Raza nos brinda una buena ocasión para unas consideraciones sobre este punto. Y no es que participe yo de los excesivos entusiasmos de un pueblo europeo que parece quiera elevar la raza a la categoría de divinidad. No, no creo los tiempos propicios para que vuelva a entrar en vigor la prueba de la pureza de sangre, pues son muy contados los individuos que no lleven en sus venas una compleja mezcla de elementos étnicos.

Los últimos momentos de Numancia. Los soldados romanos quedan asombrados ante el valor indomable de los numantinos. Cuadro de Alejo Vera. (De Soria, n¡te la imaginas)
Por otra parte, s¡la raza aria es el prototipo del homo sapiens, cosa de que tanto se pavonean dichos "racistas", no es menos cierto que tan arios son los pueblos latinos como los germanos, s¡bien España, debido a las muchas invasiones de que ha sido teatro, ofrece una mayor diversidad de elementos raciales.
Pero s¡no soy de los exagerados «racistas», tampoco he perdido m¡fe en la raza, y esto por la sencilla razón de que, además del factor sangre, que puede haber perdido su primitiva pureza, entra en la constitución de la raza el factor clima. El clima impregna, da un colorido especial a la sangre, y de ambos factores resulta el carácter del pueblo, el genio de la raza. La primitiva sangre ibera puede haberse prestado a mil intercambios con los nuevos pueblos que se llegaron a nuestra península; pero condiciones atmosféricas semejantes, exigencias vitales parecidas han moldeado los componentes étnicos y han constituido lo que llamamos raza española.
¿Su rasgo distintivo? Creo que s¡al vocablo stolz se le despoja de lo repugnante que en sentido de orgullo encierra en sí, no anda el proverbio alemán muy equivocado. He traducido stolz por altivo, pero altivo en su sentido más humanó y caballeresco, como carácter íntegro, arrojado hasta lo imposible cuando se trata tanto de una acción heroica como de cumplir un deber de fidelidad; pero que no sé dobla ante nadie s¡está en juego su honor y dignidad, n¡claudica por hombre alguno de los principios de su conciencia. En cualquier página de la historia de aquellas épocas en que el desaliento aun no se había apoderado de la decayente España, hallamos modelos que encarnan este ideal. Hojeémosla por unos momentos.

Los españoles acuden en ayuda del Imperio Bizantino amenazado por los turcos. Entrada triunfal de Roger de Flor en Constantinopla. Cuadro de Moreno Carbonero. (De Fotolog)
Al Cid Campeador se le destierra injustamente de Castilla por un año. Herido en su fe de caballero contesta el Cid altaneramente a Alfonso VI: «V. M. me destierra por un año, pero yo me desnaturalizo por cuatro». Pasa algún tiempo, el Cid ha alcanzado celebridad, ha conquistado nuestra bella Valencia; mas no ha olvidado el juramento de fidelidad prestado al Rey de Castilla. Y ante Alfonso VI se presenta un día Alvar Fañez, enviado por el Cid, con doscientos caballeros. "Señor—dijo el emisario—, Rodrigo Díaz nos envía a que en su nombre besemos la mano a V. M. como vasallo a su señor natural. Y en reconocimiento del señorío remite a V. M. estos doscientos caballos así ricamente enjaezados". De esta manera correspondía el Cid al monarca que lo desterrara.
En la contienda entre Aragón y Francia por la posesión de Sicilia, amenaza el conde de Foix al almirante del aragonés, Roger de Lauria, con la noticia de que su señor podía armar más de trescientas 'galeras antes de un año. Y el gran almirante le contesta con valentía: "Ya sé que las podrá armar, y aun más; pero s¡el rey de Francia arma trescientas, yo, en honor de m¡señor Rey de Aragón y Sicilia, armaré ciento, n¡más n¡menos; ciento me son bastante para oponerme a todo el poder de Francia, y yo os juro que con ellas me basta para que ninguna galera n¡nao surca el mar sin previo guiaje del Rey de Aragón, y no sólo nao o galera, sino que ningún pez se atreverá a asomarse sobre el mar como no lleve grabado en su cola el escudo de Aragón". Efectivamente, Aragón quedó dueña del Mediterráneo.
La reina Isabel la Católica buscaba un hombre a quien pudiese confiar el delicado problema de su dirección espiritual. Acertó un día confesarse con el gran Cardenal Mendoza. Siguiendo la costumbre de los monarcas, tomó Isabel asiento junto al del confesor. Este lo observa, y sin vacilación le dice: «Majestad, en estos momentos soy yo el juez, vos el reo. Con vuestra condición de penitente cuadra mejor que os postréis de rodillas». Isabel se arrodilla, su pecho se dilata como ante una revelación, y llena de gozo exclama: «Ahora he hallado el Director de conciencia que necesitaba m¡alma». Dos almas grandes, netamente españolas, acababan de encontrarse; su contacto no pudo menos de despertar mutua simpatía.
Habían transcurrido algunos años después de este feliz encuentro. La sede de Toledo se hallaba vacante por muerte de Mendoza, e Isabel piensa proveerla en la persona de Fray Francisco Jiménez de Cisneros, al que por indicación del propio Cardenal había elegido la Reina por confesor. El Papa accede al deseo de S. M. Católica. Ya con el documento pontificio en las manos, llama Isabel al humilde fraile franciscano, y le habla de esta manera: «Ahora, Padre mío, mirad lo que en esas bulas dispone S. S.». Cisneros, que no podía presumir su contenido, comenzó a leer el título: «A nuestro V. hermano Fray Francisco, electo Arzobispo». Se sobresaltó el santo religioso; pero sin perder la serenidad añadió: «Estas letras, señora, hablan con el Arzobispo de Toledo, no conmigo; n¡pienso yo hablar a V. M. en toda m¡vida».
Y dirigiéndose a su secretario le intimó: «Tome el báculo y sígame, porque nos conviene salir de Madrid con toda diligencia».
Fácil sería enriquecer este anecdotario con las ilustres figuras de Guzmán el Bueno, doña María de Molina, Hernán Cortés, el Gran Capitán, Santa Teresa de Jesús y tantos otros de que abundan nuestros anales. ¿Pero qué? Bastaría acercarnos a un humilde campesino español para admirar ese temple de hierro, esa fuerza de voluntad indomable y esa dignidad personal que hacen de todo buen español un caballero. Bien supo Calderón retratar esas almas populares en la figura del alcalde de Zalamea, un villano, sí; pero villano que no se amilana n¡siquiera ante aquel rey «que hacia temblar la tierra cada vez que daba un paso», pues verdad es —decía— que
«Al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar;
pero el honor es patrimonio del alma,
y el alma sólo es de Dios.»
Las genuinas glorias de la Raza
No fueron tanto las que conquistó el genio español en los campos de batalla y en el descubrimiento y civilización de un nuevo mundo, como las que impulsó el sentimiento religioso y estimuló la fe de nuestros mayores. Innegablemente, no son menores las glorias de la cruz que las de la espada, y tan dignos exponentes son, de las legítimas grandezas españolas, los santos como los héroes. Mirando atrás, vemos que las joyas de las humanas grandezas se prendieron en nuestra corona, pero sobre todas ellas y como remate de la misma se alzó la cruz. Querer escribir sobre las genuínas glorias de la Raza, sin ocuparse del alma religiosa de nuestro pueblo que las estimuló y las conquistó, sería un fatal desconocimiento de nuestra historia, llena toda ella de religiosas gestas, aureolada con los esplendores de la santidad y teñida con la sangre de nuestros mártires y misioneros.
Por una vez que en Sagunto se encendió la hoguera para los defensores de la patria, los siniesrtros resplandores de miles de hogueras brillaron en las plazas de toda la península, para sacrificar en ellas a los héroes del cristianismo. Es verdad que en la Vasconia los invasores alzaron cruces para los indómitos hombres de la España vieja, a quienes la tiranía no pudo domeñar; pero en las luchas por la defensa de nuestra religión, los patíbulos se alzaron en todos los pueblos de la patria, y a ellos subían con un gesto digno de la raza los que morían por Dios. Doquiera se construyeron templos y se erigieron altares en su honor, y en cada lugar se elevó, un campanario, una santa torre, como brazos de la España cristiana, que no se levantan en alto sino para tocar el cielo.

Rendición de Granada. Los Reyes Católicos recibiendo las llaves del último baluarte musulmán en España. Cuadro de F. Padilla. (De Periodista digital)
Y en la epopeya más grandiosa que registran los anales de la Humanidad, que es la del descubrimiento y colonización de las Américas, debida al genio español, con Colón primero, y con los guerreros después, partieron nuestros misioneros, que con la cruz y el rosario ofrendaron a Dios más gentes que .súbditos logró Castilla. Y a través de los siglos, los que rompieron sus vínculos con la Metrópol¡no lo hicieron con Dios, a Quien gustosos continúan sujetos por la fe; siendo en muchos países americanos las huellas impresas por las sandalias de los misioneros en pampas y serranías los exclusivos vestigios que quedan de aquella dominación; las iglesias los únicos edificios que se mantienen en pie de nuestro pasado colonial, y la lengua en que rezan sus oraciones la que de su boca aprendieron.
Francisco Solano, Luis Beltrán, Antonio Margil, Junípero Serra, los Mártires del Plata, Toribio de Mogrovejo y con ellos Rosa de Lima, el dulce retoño de santidad que nuestra sangre produjo en los reinos del Perú, son los santos y venerables apóstoles de aquellas tierras, que no fueron con el afán aventurero de conquistar glorias n¡tesoros, y, sin embargo, los que lograron que aun España hoy, al pronunciar sus nombres, sea recordada con veneración y cariño. Ante sus imágenes y en sus templos, aquellos hombres que sacudieron nuestra soberanía, queman aun hoy el incienso de la gloria, voltean festivas las campanas, inclinan su cerviz, doblan sus rodillas y alzan sus brazos y sus ojos pronunciando una oración, para que desde el cielo la madre España, por sus hijos santos, continúe siendo la que les lleve a Dios.
Y esta fue siempre la España auténtica, la de los mártires más gloriosos, como Lorenzo y Vicente, Valero, Eulogio, Hermenegildo, Justo, Pastor y Dominguito del Val, Engracia y Eulogia, en los primeros siglos, y en los siguientes, una legión entera que, partiendo de España, recorrieron el mundo entero, portadores de una fe que sellaron con su sangre, y fueron fundamento de mil pueblos cristianos, diseminados por todo el haz de la tierra. Por dos veces nuestros mártires regaron abundosamente las tierras del Japón y de la China, y Francisco Javier, aunque no dio su sangre, fundó con sus sudores la iglesia de Dios en aquellas apartadas regiones. Y así como mártires, es nuestra España patria de santos, timbre esclarecido de nuestra noble progenie. Sus nombres no cabrían en un libro voluminoso.
Pero ¿cómo podríamos silenciar al ínclito fundador de la Orden de Predicadores, Santo Domingo de Guzmán, de quien Balines dice que s¡la Iglesia no le levantara altares la tierra entera le erigiría estatuas? No menos glorioso es el otro español, fundador de la ínclita Compañía de Jesús, San Ignacio de Loyola, contra cuya obra se estrellarán los siglos malvados y las hordas del mal. Español fue también el humilde apóstol de la caridad, San Juan de Dios, cuyos hijos continúan siendo los ángeles humanos cabe el lecho de los enfermos y tullidos. Y de esa misma raza heroica, los ilustres fundadores de la Orden de la Merced, para la redención de cautivos, Raimundo y Pedro; el reformador de la Orden Seráfica, portento de penitencia, San Pedro de Alcántara, y el Beato Claret, que en estos modernísimos tiempos es padre de una gloriosa legión de apóstoles. Del sexo devoto, Teresa de Jesús llena por sí sola, con su vida, escritos y andanzas, las páginas más gloriosas de la Iglesia española, y madres de vírgenes fueron Beatriz de Silva y la Santa Madre Micaela del Santísimo Sacramento, no consignando entre las fundadoras más que a las que merecieron los honores del altar.
Mas no es menos esclarecida la España de los Concilios de Toledo, que es la misma de los teólogos, como Ildefonso, Isidoro, Osio de Córdoba, Leandro de Sevilla, Suárez, Vitoria, los salmanticenses y los no menos formidables que participaron en los concilios de Trento y del Vaticano. La de los místicos como Juan de Ávila, fray Luis de León, fray Juan de los Ángeles, Osuna, Raimundo Lulio y el príncipe de todos ellos, San Juan de la Cruz. Es la España que nunca fue más grande que cuando se sentó en su trono el rey San Fernando, la reconquistó Pelayo, bajo la protección de María, la gobernaron los Reyes Católicos o tomó sus riendas el santo cardenal Francisco Jiménez de Cisneros.
Esta es la España que vio llegar al sepulcro del Señor Santiago, por todas las rutas del universo, bordón en mano, siguiendo el camino de Santiago, tachonado de estrellas en el cielo, a los peregrinos sin número del ideal y del espíritu. Es la misma que cimentó el valor de su Raza sobre el invicto Pilar de Zaragoza, y que, siendo eminentemente mariana, se cobijó desde Begoña hasta Sevilla, desde Valencia a Portugal, bajo el manto de la Virgen Inmaculada, que fue el pendón glorioso que enarbolaron en todo tiempo los santos, españoles, las más genuinas y legítimas glorias de la raza.
Fr. Juan Alventosa García, ofm.
Crónica
Nombramientos
Han sido nombrados Rector del Colegio de la Concepción de Onteniente, el P. Luis Mestre; presidente de la Residencia de Cocentaina, el P. Juan María Carbonell; vicario de Santo Espíritu del Monte, el P. Pascual Fortuño; vicario de Onteniente, el P. Bernardino Cervera; vicario del convento de Pego, el P. Antonio Ribera; vicario del convento de Segorbe, el P. Antonio Berenguer, Prefecto de estudios, el P. Plácido García.
Sea enhorabuena.
Reapertura
El día 6 del pasado Septiembre se reintegraron los Padres Franciscanos a su antiguo convento de Agres, reinando con este motivo gran entusiasmo en la fiesta celebrada el día 8 a la Virgen del Castillo y asistiendo numeroso concurso de la villa y pueblos comarcanos.
Agradecimiento
Lo manifestamos públicamente a la Junta Diocesana de la Exposición Misional por el magnífico lote de ornamentos, ropas, alhajas, cuadros y utensilios sagrados que este año, al igual que el anterior, ha regalado a la Comisaría y misiones pobres confiadas a los Padres Franciscanos de la Seráfica Provincia de Valencia.
En nombre propio y en el de los misioneros agradecemos la caridad y atención.
Buen viaje
Con rumbo a la Argentina y destinados a la Comisaría Provincial de aquella República se embarcaron el 25 del pasado Septiembre los PP. Miguel Alonso, Camilo Jordá y Nicolás Antón.
Lleven feliz viaje y que consigan mucho fruto en aquellas lejanas regiones.
El colegio de la esperanza
Como en años anteriores, ha vuelto a abrirse al público este acreditado Colegio de Segunda Enseñanza que en Segorbe está confiado a la dirección y administración de los Padres Franciscanos de aquella ciudad.
El Colegio, con pensión módica, admite alumnos internos, medio pensionistas y externos.
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