Índice del número 180
Enero de 1936. Año 17. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- Año nuevo, vida nueva (1936). Francisco de A. Estevan
Carta del P. General de toda la Orden franciscana
El Templo cristiano. Breves lecciones de liturgia. Fr. Juan Bta. Botet, ofm
Episodios del negrito Marabá (XII). Fr. Manuel Balaguer, ofm
Mallorca. F. de Paula - La flor del almendro. Poema. Fr. Luis Ángel, ofm
La alquimia del Averno. Cuento. Emilio Latorre
Pacifismo. Ga-Re-Gar
Correspondencia de Palestina, de China, de Onteniente
Fr. Francisco Monzó Pérez, in memoriam
Año nuevo, vida nueva (1936)
He aquí un nuevo año, cuyas puertas se abren prometedoras ante el mundo entero. El vertiginoso correr del tiempo que sin vacilar un instante hunde en el recuerdo del pasado los meses, los años y los días sin descontar las edades más gloriosas de la historia, en una palabra, todo cuanto en su estrado se presenta, despliega ante el horizonte de la vida, otro año, que llamaremos de 1936.
La estela que se inicia con su levantamiento marca convulsiones álgidas, ascensiones de risueña esperanza y rectificaciones en los contornos de un año que se ha identificado con la nada.
Al empezar un año nuevo, aurora de una vida nueva de aspiraciones, siéntense remozarse los espíritus abriendo ancho campo a la expansión de la inteligencia, se afianzan y empeñan en sus propósitos las voluntades, se patentiza y centuplica la estruendosa agitación en que la moderna sociedad anda sumergida para escalar el ideal, ya que la Humanidad es camino de ascensión, es vía de progresión infinita, de ensueños por el más allá.
Si dirigimos una mirada retrospectiva y deshojamos una a una las trescientas sesenta y cinco páginas en que se ha desarrollado el libro del año que finalizamos, tropezaremos desde el exordio hasta su epílogo con una ininterrumpida serie de auroras y ocasos de añoranzas e ilusiones que se tradujeron en decaimiento de espíritu.
Y puesto que la Humanidad es camino de ascensión; más aún, puesto que la vida religiosa es progresión de encumbramiento divino y ensalzamiento humano, ya que ser religioso es acercamiento a Dios, procuremos, caros lectores, franquear al logro del ideal, los portales de nuestro espíritu, para en el entrante año atesorar nuevos valores que sumados a los méritos de virtudes para la consecución del otro mundo de vida más perfecta y dichosa que constituye la esencia del catolicismo.
Francisco de A. Estevan

Carta del P. General de toda la Orden franciscana
sobre el Séptimo Centenario de la Canonización de Santa Isabel
A todos los hermanos y hermanos de las Tres Ordenes del Seráfico Padre San Francisco sujetos a nuestra jurisdicción: ¡Paz y Bien!
Con verdadero gozo presentamos a vuestro conocimiento la Carta que su Eminencia el Cardenal Secretario de Estado ha hecho llegar hasta Nosotros en nombre de su Santidad Pío XI, congratulándose con Nos y con todos los seguidores de Francisco, por la solemne celebración del Séptimo Centenario de la Canonización de Santa Isabel de Hungría, ínclita Patrona de toda la orden Tercera Franciscana.
Es notorio cómo la gloriosa e invicta Santa, una de las figuras más gloriosas después de Santa Clara da Asís, en el cielo del feminismo franciscano, fue elevada a los altares, en la fiesta de Pentecostés del año 1235, en Perusa, por el sumo Pontífice Gregorio IX.
La gran Santa
En efecto, habiéndola conocido personalmente, el Papa la distinguió desde el primer momento con un afecto especial, hasta el punto de guiarla como Padre y Director espiritual, sirviéndole de apoyo y aliento en las adversidades, particularmente en las vicisitudes de familia.
El mismo, cuando Isabel se hallaba ya lejos de las falsas ilusiones del mundo, la exhortó a refugiarse bajo la particular y segura protección del Seráfico Padre San Francisco.
Se apresuró Isabel a ejecutar el consejo del Pontífice, mereciendo por ello del mismo San Francisco, como prenda de especial protección, el manto usado por él en vida, que Isabel retuvo siempre como estandarte de la evangélica Pobreza.
Tanto amó la dulce Reina, menospreciadora del mundo, la franciscana pobreza de espíritu y de cosas, singularmente después de la muerte de su heroico y virtuoso esposo, que renunció toda esperanza en las criaturas y en las caducas riquezas.
En la Carta a Nos enviada por el Cardenal Secretario de Estado, exaltase de una manera especial, con grandes elogios, la caridad admirable de la ínclita Mujer hacia los pobres infelices; caridad que encendía el corazón de Isabel con la llama purísima de un amor, más que humano, divino.
Llena en tal modo del santo amor de Cristo, supo no solamente soportar con paciencia las propias adversidades, sino también amar al prójimo con la palabra y con la obra, más que a sí misma. Y por amor a Nuestro Señor Jesucristo, mientras se esforzaba en socorrer a los pobres, se gozaba, mejor dicho, se gloriaba en los propios dolores y penas, renunciando con desprecio y con toda el alma el reino de este mundo y el ornato del siglo.
Finalmente, se exorta en la misma Carta a todos los Terciarios Franciscanos a no perder ocasión de atraer almas a Cristo y a contribuir con el propio esfuerzo en todas las demás formas de actividad, especialmente la Acción Católica; lo cual de todo corazón desea el Santo Pontífice Pío XI felizmente reinante.
Pío XI y la Tercera Orden
Todos sabéis, y lo habéis constatado diariamente con vuestros ojos, el aprecio que el Santo Pontífice siente por la Tercera Orden de San Francisco y el bien que de ella espera para utilidad espiritual de los fieles y apoyo de la Acción Católica, de la que, por eso mismo, debe todo Terciario ser un eficaz cooperador y propugnador.
Esta altísima estima del Sumo Pontífice por la Tercera Gran Familia Franciscana, viene comprobada por cuanto aquí brevemente hemos insinuado.
A) La inmortal Carta Encíclica Rite Expiatis», con la que Pío XI exhorta con insistencia a los Terciarios a seguir el espíritu de su vocación franciscana y, animados con tal espíritu, lanzarse, como en otro tiempo, por la vía del apostolado cristiano, propio de su misma vocación; en la misma se dirige también a todos los Obispos del mundo católico y les exhorta a fomentar con todas sus fuerzas la Tercera Orden Franciscana, ya sea con su propia solicitud pastoral, ya también por medio del Clero de sus Diócesis.
En la misma Carta expresa el Sumo Pontífice el deseo de «que todos aquellos que no sé hallan todavía inscritos en la Seráfica Milicia de la Tercera Orden, lo hagan cuanto antes, y que los niños, que por motivo de la edad no pueden formar parte todavía de esta milicia, se inscriban como "Candidatos Cordígeros", a fin de acostumbrarse desde jovencitos a esta santa disciplina.
De esta manera, por medio del augusto llamamiento, la Tercera Orden abre sus puertas a la infancia, la cual traerá a las Congregaciones Terciarias una nueva alegría y una vida nueva.
B) La Carta enviada a todos los Obispos de la Germania por el mismo Pontífice en 1931, con ocasión del Séptimo Centenario de la muerte de Santa Isabel de Hungría.
C) Los múltiples discursos, tan densos de saludables consejos, que Pío XI se ha dignado dirigir a numerosos peregrinos Terciarios, venidos a Roma a postrarse a Sus pies.
D) El máximo decoro que a la Tercera Orden ofrece el Sumo Pontífice, mientras se complace repetidamente en declarar que pertenece El mismo, desde la tierna edad, a la seráfica milicia del Padre San Francisco.
E) Las grandes esperanzas puestas por él en la Tercera Orden, como válido apoyo de la Acción Católica.
F) Los paternales consejos, sugerencias y directivas que, frecuentemente, se ha dignado hacer a Nosotros mismos en audiencias privadas, atentamente y con ánimo agradecido recibidos, y la augusta complacencia manifestada a Nos, cuando se dignó aceptar los dos volúmenes de la Revista Terziari Francescani d'Italia que tan magníficamente viene ocupándose de la vida espiritual de la Tercera Orden, cosas que alegran en sumo grado el corazón del Santo Padre.
Gratitud y correspondencia
Por tanto nosotros, Padres y Hermanos amadísimos, cuantos pertenecemos a la Familia del Beato Francisco, debemos estar agradecidos al Augusto Vicario de Cristo por haber invitado a los Terciarios a celebrar con gran solemnidad el séptimo centenario de la canonización de Santa Isabel. Para
celebrarlo dignamente, menester es que procuren venerar y honrar con la vida y con las obras a la gloriosa Patrona de la Orden.
No deben avergonzarse de imitar a la que se complacen en honrar. Y obrad de tal manera que un día vengáis a ser dignos soldados de aquel ejército que Pío XI llamó «filas nobilísimas de la Tercera Orden Franciscana».
Consejos y medios
Mas para que la Tercera Orden Franciscana pueda ser lo que Su Santidad desea, creemos oportuno sugeriros algunos consejos y medios de capital importancia con los cuales juzgamos por experiencia se puede aumentar la vida y actividad de la misma Tercera Orden.
Es menester, en efecto, que vuelva al primitivo espíritu para merecer bien, como ha hecho hasta hoy, de la sociedad civil y religiosa, y combatir esforzadamente las batallas del Señor, y que nuestros Terciarios puedan ser de nuevo saludados como lo fueron una vez «nuevos Macabeos».
Formar la conciencia de la propia vocación
I.—Por eso es de primera necesidad en todo Terciario crear la conciencia de su propia vocación y misión.
El primer artículo de la Regla presupone un serio examen para todos los que desean abrazar esta vida. Esto tiene una importancia capital; ni menos importante es que todo examinado, antes del noviciado, pase algún tiempo entre los postulantes para instruirse en su nuevo estado. Cuando el postulante esté bien penetrado del género de vida que desea abrazar, sea recibido al año de prueba del noviciado.
Sepan los Maestros y Maestras, encargados de la instrucción de los novicios, que una sola conferencia al mes no basta para inculcar en el corazón de los Novicios ida manera de vivir franciscanamente en el mundo», ni el espíritu seráfico de ¡a Regla de la Tercera Orden.
Deben, pues, cuanto les sea posible, cumplir fiel y eficazmente sus deberes después que se hubiesen preparado oportunamente para educar a sus discípulos.
Pero los Terciarios, acabado el año del noviciado y hecha la profesión de observar la Regla, no deben abandonarse a si mismos, sino que es necesario acompañarlos, ayudarlos, exhortándolos paternalmente a cumplir sus promesas á fin de que la reunión que se debe tener cada mes imprima en su corazón aquel sentimiento de fraternal convivencia que el Sumo Pontífice quiere que reine en el alma de todos los Terciarios con la paz del Señor.
La Sede propia
En estas reuniones mensuales no han de faltar nunca las exhortaciones, instrucciones religiosas y oportunas explicaciones de la Regla, si verdaderamente se quiere que los nuevos hijos de la Familia Terciaria conserven tenazmente cuanto prometieron guardar.
Mas todo esto exige que toda Congregación tenga su propia sede, que puede ser ya una casa, ya una sala a propósito para la Junta, donde los Terciarios puedan recogerse cómodamente y donde se conserve el Archivo de la Congregación, la Biblioteca y todo lo que convenga. Así los Terciarios pueden ver y saborear cuán dulce es vivir y habitar ¡untos los hermanos.
Otros medios útilísimos
Además de la reunión mensual y Visita canónica que debe hacerse en tiempo fijo, hay otros medios útilísimos para dar vida y vigor a la Tercera Orden. Son éstos:
a) Los Congresos provinciales, regionales y nacionales de Directores de Congregaciones locales anunciados y celebrados como «Semanas de la Tercera Orden».
b) Las escuelas o cátedras de cultura franciscana.—c) Los Cursos especiales de preparación para propagandistas de la Tercera Orden.—d) Los Congresos de Terciarios cultos para la publicación oportuna de revistas y diarios que propaguen el espíritu franciscano, y de esta manera vengan a ser fervorosos apóstoles franciscanos por medio de la imprenta.—e) Las celebraciones religiosas en determinadas ocasiones y las frecuentes peregrinaciones de los Terciarios según el uso y costumbre de los lugares, en circunstancias especialmente extraordinarias.
Es necesario evitar que estas solemnes manifestaciones religiosas tengan solamente apariencia exterior; deben encaminarse a fomentar en sí y en los otros el espíritu de sincera fe y cristiana caridad según el espíritu de la Regla.
Recomendaciones especiales
III—Jamás podremos recomendar bastante las cosas siguientes: 1) Los Ejercicios espirituales, que deben practicarse en cuanto sea posible en riguroso silencio y en lugar solitario.—2) La asistencia a la santa Misa y Comunión cotidiana para confortar y fortalecer el espíritu.—3) Un día de retiro espiritual cada mes.—4) Ejercicio cotidiano de meditación y examen de conciencia.—5) La vida de unión con Dios, objeto de las aspiraciones de todo Terciario.—6) Lectura frecuente de las obras ascéticas franciscanas y vidas de Santos; manjar verdaderamente suave y sustancioso que sirve para robustecer admirablemente la vida de todos los Terciarios.
Mas porque no todos pueden hacer lo mismo, es necesaria la dirección de un maestro docto y celoso que muestre a cada uno lo que conviene para su provecho, lo que debe leer, a fin de evitar que se repitan aquellas palabras de Jeremías: «los niños piden pan y no hay quien se lo distribuya».
Si, pues, la Tercera Orden no vive conforme hemos indicado sumariamente, jamás será fuerte, sino que quedará flaca y débil, dispuesta a toda enfermedad.
Vida seráfica y vida interior
Pero Nos consideramos felices de poder afirmar que en la Tercera Orden franciscana hay hombres y mujeres que poseen aquel espíritu que animó los primeros Terciarios y alimentó la vida espiritual de su gloriosa Patrona Santa Isabel.
Estos, en efecto, viven y se desarrollan según aquel mismo espíritu, y aunque viven corporalmente entre los hombres, con el corazón y espíritu forman parte de los ciudadanos del cielo.
Ni faltan quienes han escogido un especial régimen de vida bajo la dirección de un sabio director. Sabemos, además, que en muchas naciones se desarrolla y multiplica todos los días más y más, entre los Terciarios y Terciarias, una intensa vida de espiritualidad franciscana.
Acuérdense los Directores y Padres espirituales de tener especial cuidado de aquellos Terciarios de ambos sexos que son llamados por singular vocación a una más alta perfección cristiana y seráfica.
Es una verdad, que la vida llamada ((interior», más bien que excepción, debería constituir la vida ordinaria del cristiano; el esfuerzo para hacerse cada día mejor a fin de acercarse más a Dios es necesario a toda alma fiel. ¿Quién puede vivir una vida espiritualmente inerte sin retroceder? Mientras permanece en nosotros la gracia del Señor, debemos esforzarnos para que crezca este don inestimable que reside en nuestra alma. Por esto, será más perfecto aquel que más generosamente corresponda a la gracia con el amor y abandono en Dios.
(Continuará)

Breves lecciones de Liturgia
El Templo cristiano
Para comprender bien la Sagrada Liturgia, hemos de empezar por conocer lo que es el Templo, con todas sus partes, que es el lugar en donde principalmente toda la Liturgia se desarrolla. Por esto debemos saber lo que es el templo cristiano, las partes de que consta, sus adornos su mobiliario y su bello y profundo simbolismo.
Hablemos, pues, hoy de lo que es el Templo y de su necesidad e importancia.
¿Qué es el templo cristiano? El templo cristiano es el lugar santo en donde se celebran, privada y solemnemente, todos los actos del culto católico. El Templo es el mismo Dios, como dice el evangelista San Juan: «El Señor Dios Omnipotente es su templo». Templo vivo de Dios es también el corazón humano, como dice San Pablo a los fieles de Corinto: "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el espíritu de Dios habita en vosotros?» Pero en sentido estricto la palabra templo significa el lugar destinado para el culto público de Dios, y desde la más remota antigüedad, en todas las edades y en todas las religiones, hallamos templos o lugares dedicados a celebrar los ritos y ceremonias de su culto.
Mas ¿para qué el Templo?, dicen algunos. ¿Qué necesidad tenemos de encerrarnos en un lugar limitado para adorar a Dios y rendirle el homenaje de nuestro culto? ¿No es acaso el Universo el mejor templo, que tiene por bóveda el cielo azul, por luminarias los astros, por altar el corazón del hombre y por alfombras los verdes campos, que con sus árboles y plantas, flores y frutos cantan los atributos divinos?
Realmente la Naturaleza toda, con sus encantos y maravillas, es un hermoso templo que invita al hombre a postrarse ante el Creador, y a cantar sus glorias y alabanzas. «Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento publica las obras de sus manos», dice el Real Profeta.
Mas esto no basta; el Universo, con todas sus maravillas, no es suficiente para mover al hombre a recogerse en su interior y a que adore debidamente al solo Dios verdadero. La sola contemplación de la Naturaleza hizo al hombre idólatra y politeísta, convirtiendo en dioses a cada uno de los seres y fuerzas del Universo. Por esto los gentiles adoraron y adoran hoy a los astros y a los ríos, a los árboles y a los animales, con todos los fenómenos de la Naturaleza que se presentan ante su vista. Y era necesario que el hombre recogiese sus sentidos y facultades espirituales, y que reconociese y adorase al único Autor del universo, al que con su Bondad y Omnipotencia había sacado todas las cosas de la nada. Y para esto era necesario el templo: un lugar santo, con un altar, donde el hombre adorase y ofreciese sacrificios a su Dios y Señor. Y por esto, indudablemente, quiso Dios que su pueblo escogido tuviese un templo, un lugar sagrado, adaptado en un principio a las circunstancias de su vida de peregrinación por el desierto, hasta que llegase a la tierra prometida.
Y esto fue aquel pequeño templo portátil que le mandó Dios construir: el Tabernáculo, colocado en medio de su campamento, y en el que se hallaban reunidos los símbolos de la presencia y asistencia de su Dios Omnipotente: o sea, el Arca de la Alianza, las Tablas de la Ley, el vaso lleno de maná, la vara florida de Aarón y los dos querubines con sus alas extendidas sobre el Tabernáculo. Todo esto recordaba constantemente a los hijos del pueblo de Israel los beneficios y portentos de su Dios Misericordioso y Omnipotente, Sabio y digno de todo honor, adoración y alabanza. Así evitó Dios que su pueblo cayese en la idolatría, error ciego en que se hallaban sumidos todos los demás pueblos que lo rodeaban.
Y el mismo Dios santificó luego el templo suntuoso de Salomón, y manifestó visiblemente que lo llenaba con su gloria, en aquella nube misteriosa que lo cubrió todo, cuando le fue consagrado por todo el pueblo con su rey Sabio y Poderoso.
Mas aquel templo portátil de los israelitas, y el mismo templo de Salomón, no fueron sino símbolos e imágenes imperfectas de lo que había de ser el templo cristiano, con el verdadero Tabernáculo que encierra al Dios tres veces Santo y contiene el maná celestial; con el altar donde se inmola diariamente la verdadera Víctima, única agradable y satisfactoria al Dios Justiciero; con la cruz que le recuerda constantemente el sacrificio del Calvario; con las imágenes de la Santísima Virgen y de los Santos, trasuntos de la Santidad de Dios; con la pila bautismal, iniciación y principio de la regeración cristiana; con el púlpito, el confesonario y todas las demás partes interiores del templo, que invitan en todo tiempo al cristiano al recogimiento, a la gratitud y a la adoración, al examen de su vida, al dolor de sus pecados, a la emulación y práctica de las virtudes sobrenaturales y, sobre todo, a la unión íntima con Dios por medio de la gracia y de la Sagrada Eucaristía.
Ved ahí los efectos maravillosos del templo cristiano: efectos que nunca pudo producir, con tanta viveza y eficacia, la sola contemplación del Universo y de las fuerzas y maravillas de la Naturaleza.
Además el templo es y ha sido siempre un lazo social que une a todos los fieles, grandes y pequeños, ricos y pobres, patronos y obreros, en un mismo lugar para participar de unas mismas gracias y de unos mismos Sacramentos, y para cumplir el deber más
sagrado y obligatorio que tiene el hombre de adorar y dar debido culto a su Dios Creador y Redentor Divino.
Destruir el templo sería destruir el culto, y destruir, por tanto, la Religión y la misma Sociedad, pues la Religión es necesaria e imprescindible a todo hombre, privada y socialmente considerado.
Y de todo esto deduciréis lógicamente cuán impíos e insensatos son todos los que afirman y sostienen que no deben levantarse templos a Dios y que deben ser derruidos los que existen, pues con ello intentan destruir el sentimiento más íntimamente arraigado en el corazón humano, que es el sentimiento religioso.
Son, pues, necesarios los templos, más o menos grandes, más o menos suntuosos, donde se reúnan convenientemente los fieles cristianos para dar culto digno, respetuoso y solemne al verdadero Dios, Creador del Universo y Redentor de todo el género humano.
