Índice del número 180

Enero de 1936. Año 17. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm

Año nuevo, vida nueva (1936)

He aquí un nuevo año, cuyas puertas se abren prometedoras ante el mundo entero. El vertiginoso correr del tiempo que sin vacilar un instante hunde en el recuerdo del pasado los meses, los años y los días sin descontar las edades más gloriosas de la historia, en una palabra, todo cuanto en su estrado se presenta, despliega ante el horizonte de la vida, otro año, que llamaremos de 1936.

La estela que se inicia con su levantamiento marca convulsiones álgidas, ascensiones de risueña esperanza y rectificaciones en los contornos de un año que se ha identificado con la nada.

Al empezar un año nuevo, aurora de una vida nueva de aspiraciones, siéntense remozarse los espíritus abriendo ancho campo a la expansión de la inteligencia, se afianzan y empeñan en sus propósitos las voluntades, se patentiza y centuplica la estruendosa agitación en que la moderna sociedad anda sumergida para escalar el ideal, ya que la Humanidad es camino de ascensión, es vía de progresión infinita, de ensueños por el más allá.

Si dirigimos una mirada retrospectiva y deshojamos una a una las trescientas sesenta y cinco páginas en que se ha desarrollado el libro del año que finalizamos, tropezaremos desde el exordio hasta su epílogo con una ininterrumpida serie de auroras y ocasos de añoranzas e ilusiones que se tradujeron en decaimiento de espíritu.

Y puesto que la Humanidad es camino de ascensión; más aún, puesto que la vida religiosa es progresión de encumbramiento divino y ensalzamiento humano, ya que ser religioso es acercamiento a Dios, procuremos, caros lectores, franquear al logro del ideal, los portales de nuestro espíritu, para en el entrante año atesorar nuevos valores que sumados a los méritos de virtudes para la consecución del otro mundo de vida más perfecta y dichosa que constituye la esencia del catolicismo.

Francisco de A. Estevan

Santa Isabel

Carta del P. General de toda la Orden franciscana

sobre el Séptimo Centenario de la Canonización de Santa Isabel

A todos los hermanos y hermanos de las Tres Ordenes del Seráfico Padre San Francisco sujetos a nuestra jurisdicción: ¡Paz y Bien!

Con verdadero gozo presentamos a vuestro conocimiento la Carta que su Eminencia el Cardenal Secretario de Estado ha hecho llegar hasta Nosotros en nombre de su Santidad Pío XI, congratulándose con Nos y con todos los seguidores de Francisco, por la solemne celebración del Séptimo Centenario de la Canonización de Santa Isabel de Hungría, ínclita Patrona de toda la orden Tercera Franciscana.

Es notorio cómo la gloriosa e invicta Santa, una de las figuras más gloriosas después de Santa Clara da Asís, en el cielo del feminismo franciscano, fue elevada a los altares, en la fiesta de Pentecostés del año 1235, en Perusa, por el sumo Pontífice Gregorio IX.

La gran Santa

En efecto, habiéndola conocido personalmente, el Papa la distinguió desde el primer momento con un afecto especial, hasta el punto de guiarla como Padre y Director espiritual, sirviéndole de apoyo y aliento en las adversidades, particularmente en las vicisitudes de familia.

El mismo, cuando Isabel se hallaba ya lejos de las falsas ilusiones del mundo, la exhortó a refugiarse bajo la particular y segura protección del Seráfico Padre San Francisco.

Se apresuró Isabel a ejecutar el consejo del Pontífice, mereciendo por ello del mismo San Francisco, como prenda de especial protección, el manto usado por él en vida, que Isabel retuvo siempre como estandarte de la evangélica Pobreza.

Tanto amó la dulce Reina, menospreciadora del mundo, la franciscana pobreza de espíritu y de cosas, singularmente después de la muerte de su heroico y virtuoso esposo, que renunció toda esperanza en las criaturas y en las caducas riquezas.

En la Carta a Nos enviada por el Cardenal Secretario de Estado, exaltase de una manera especial, con grandes elogios, la caridad admirable de la ínclita Mujer hacia los pobres infelices; caridad que encendía el corazón de Isabel con la llama purísima de un amor, más que humano, divino.

Llena en tal modo del santo amor de Cristo, supo no solamente soportar con paciencia las propias adversidades, sino también amar al prójimo con la palabra y con la obra, más que a sí misma. Y por amor a Nuestro Señor Jesucristo, mientras se esforzaba en socorrer a los pobres, se gozaba, mejor dicho, se gloriaba en los propios dolores y penas, renunciando con desprecio y con toda el alma el reino de este mundo y el ornato del siglo.

Finalmente, se exorta en la misma Carta a todos los Terciarios Franciscanos a no perder ocasión de atraer almas a Cristo y a contribuir con el propio esfuerzo en todas las demás formas de actividad, especialmente la Acción Católica; lo cual de todo corazón desea el Santo Pontífice Pío XI felizmente reinante.

Pío XI y la Tercera Orden

Todos sabéis, y lo habéis constatado diariamente con vuestros ojos, el aprecio que el Santo Pontífice siente por la Tercera Orden de San Francisco y el bien que de ella espera para utilidad espiritual de los fieles y apoyo de la Acción Católica, de la que, por eso mismo, debe todo Terciario ser un eficaz cooperador y propugnador.

Esta altísima estima del Sumo Pontífice por la Tercera Gran Familia Franciscana, viene comprobada por cuanto aquí brevemente hemos insinuado.

A) La inmortal Carta Encíclica Rite Expiatis», con la que Pío XI exhorta con insistencia a los Terciarios a seguir el espíritu de su vocación franciscana y, animados con tal espíritu, lanzarse, como en otro tiempo, por la vía del apostolado cristiano, propio de su misma vocación; en la misma se dirige también a todos los Obispos del mundo católico y les exhorta a fomentar con todas sus fuerzas la Tercera Orden Franciscana, ya sea con su propia solicitud pastoral, ya también por medio del Clero de sus Diócesis.

En la misma Carta expresa el Sumo Pontífice el deseo de «que todos aquellos que no sé hallan todavía inscritos en la Seráfica Milicia de la Tercera Orden, lo hagan cuanto antes, y que los niños, que por motivo de la edad no pueden formar parte todavía de esta milicia, se inscriban como "Candidatos Cordígeros", a fin de acostumbrarse desde jovencitos a esta santa disciplina.

De esta manera, por medio del augusto llamamiento, la Tercera Orden abre sus puertas a la infancia, la cual traerá a las Congregaciones Terciarias una nueva alegría y una vida nueva.

B) La Carta enviada a todos los Obispos de la Germania por el mismo Pontífice en 1931, con ocasión del Séptimo Centenario de la muerte de Santa Isabel de Hungría.

C) Los múltiples discursos, tan densos de saludables consejos, que Pío XI se ha dignado dirigir a numerosos peregrinos Terciarios, venidos a Roma a postrarse a Sus pies.

D) El máximo decoro que a la Tercera Orden ofrece el Sumo Pontífice, mientras se complace repetidamente en declarar que pertenece El mismo, desde la tierna edad, a la seráfica milicia del Padre San Francisco.

E) Las grandes esperanzas puestas por él en la Tercera Orden, como válido apoyo de la Acción Católica.

F) Los paternales consejos, sugerencias y directivas que, frecuentemente, se ha dignado hacer a Nosotros mismos en audiencias privadas, atentamente y con ánimo agradecido recibidos, y la augusta complacencia manifestada a Nos, cuando se dignó aceptar los dos volúmenes de la Revista Terziari Francescani d'Italia que tan magníficamente viene ocupándose de la vida espiritual de la Tercera Orden, cosas que alegran en sumo grado el corazón del Santo Padre.

Gratitud y correspondencia

Por tanto nosotros, Padres y Hermanos amadísimos, cuantos pertenecemos a la Familia del Beato Francisco, debemos estar agradecidos al Augusto Vicario de Cristo por haber invitado a los Terciarios a celebrar con gran solemnidad el séptimo centenario de la canonización de Santa Isabel. Para
celebrarlo dignamente, menester es que procuren venerar y honrar con la vida y con las obras a la gloriosa Patrona de la Orden.

No deben avergonzarse de imitar a la que se complacen en honrar. Y obrad de tal manera que un día vengáis a ser dignos soldados de aquel ejército que Pío XI llamó «filas nobilísimas de la Tercera Orden Franciscana».

Consejos y medios

Mas para que la Tercera Orden Franciscana pueda ser lo que Su Santidad desea, creemos oportuno sugeriros algunos consejos y medios de capital importancia con los cuales juzgamos por experiencia se puede aumentar la vida y actividad de la misma Tercera Orden.

Es menester, en efecto, que vuelva al primitivo espíritu para merecer bien, como ha hecho hasta hoy, de la sociedad civil y religiosa, y combatir esforzadamente las batallas del Señor, y que nuestros Terciarios puedan ser de nuevo saludados como lo fueron una vez «nuevos Macabeos».

Formar la conciencia de la propia vocación

I.—Por eso es de primera necesidad en todo Terciario crear la conciencia de su propia vocación y misión.

El primer artículo de la Regla presupone un serio examen para todos los que desean abrazar esta vida. Esto tiene una importancia capital; ni menos importante es que todo examinado, antes del noviciado, pase algún tiempo entre los postulantes para instruirse en su nuevo estado. Cuando el postulante esté bien penetrado del género de vida que desea abrazar, sea recibido al año de prueba del noviciado.

Sepan los Maestros y Maestras, encargados de la instrucción de los novicios, que una sola conferencia al mes no basta para inculcar en el corazón de los Novicios ida manera de vivir franciscanamente en el mundo», ni el espíritu seráfico de ¡a Regla de la Tercera Orden.

Deben, pues, cuanto les sea posible, cumplir fiel y eficazmente sus deberes después que se hubiesen preparado oportunamente para educar a sus discípulos.

Pero los Terciarios, acabado el año del noviciado y hecha la profesión de observar la Regla, no deben abandonarse a si mismos, sino que es necesario acompañarlos, ayudarlos, exhortándolos paternalmente a cumplir sus promesas á fin de que la reunión que se debe tener cada mes imprima en su corazón aquel sentimiento de fraternal convivencia que el Sumo Pontífice quiere que reine en el alma de todos los Terciarios con la paz del Señor.

La Sede propia

En estas reuniones mensuales no han de faltar nunca las exhortaciones, instrucciones religiosas y oportunas explicaciones de la Regla, si verdaderamente se quiere que los nuevos hijos de la Familia Terciaria conserven tenazmente cuanto prometieron guardar.

Mas todo esto exige que toda Congregación tenga su propia sede, que puede ser ya una casa, ya una sala a propósito para la Junta, donde los Terciarios puedan recogerse cómodamente y donde se conserve el Archivo de la Congregación, la Biblioteca y todo lo que convenga. Así los Terciarios pueden ver y saborear cuán dulce es vivir y habitar ¡untos los hermanos.

Otros medios útilísimos

Además de la reunión mensual y Visita canónica que debe hacerse en tiempo fijo, hay otros medios útilísimos para dar vida y vigor a la Tercera Orden. Son éstos:

a) Los Congresos provinciales, regionales y nacionales de Directores de Congregaciones locales anunciados y celebrados como «Semanas de la Tercera Orden».

b) Las escuelas o cátedras de cultura franciscana.—c) Los Cursos especiales de preparación para propagandistas de la Tercera Orden.—d) Los Congresos de Terciarios cultos para la publicación oportuna de revistas y diarios que propaguen el espíritu franciscano, y de esta manera vengan a ser fervorosos apóstoles franciscanos por medio de la imprenta.—e) Las celebraciones religiosas en determinadas ocasiones y las frecuentes peregrinaciones de los Terciarios según el uso y costumbre de los lugares, en circunstancias especialmente extraordinarias.

Es necesario evitar que estas solemnes manifestaciones religiosas tengan solamente apariencia exterior; deben encaminarse a fomentar en sí y en los otros el espíritu de sincera fe y cristiana caridad según el espíritu de la Regla.

Recomendaciones especiales

III—Jamás podremos recomendar bastante las cosas siguientes: 1) Los Ejercicios espirituales, que deben practicarse en cuanto sea posible en riguroso silencio y en lugar solitario.—2) La asistencia a la santa Misa y Comunión cotidiana para confortar y fortalecer el espíritu.—3) Un día de retiro espiritual cada mes.—4) Ejercicio cotidiano de meditación y examen de conciencia.—5) La vida de unión con Dios, objeto de las aspiraciones de todo Terciario.—6) Lectura frecuente de las obras ascéticas franciscanas y vidas de Santos; manjar verdaderamente suave y sustancioso que sirve para robustecer admirablemente la vida de todos los Terciarios.

Mas porque no todos pueden hacer lo mismo, es necesaria la dirección de un maestro docto y celoso que muestre a cada uno lo que conviene para su provecho, lo que debe leer, a fin de evitar que se repitan aquellas palabras de Jeremías: «los niños piden pan y no hay quien se lo distribuya».

Si, pues, la Tercera Orden no vive conforme hemos indicado sumariamente, jamás será fuerte, sino que quedará flaca y débil, dispuesta a toda enfermedad.

Vida seráfica y vida interior

Pero Nos consideramos felices de poder afirmar que en la Tercera Orden franciscana hay hombres y mujeres que poseen aquel espíritu que animó los primeros Terciarios y alimentó la vida espiritual de su gloriosa Patrona Santa Isabel.

Estos, en efecto, viven y se desarrollan según aquel mismo espíritu, y aunque viven corporalmente entre los hombres, con el corazón y espíritu forman parte de los ciudadanos del cielo.

Ni faltan quienes han escogido un especial régimen de vida bajo la dirección de un sabio director. Sabemos, además, que en muchas naciones se desarrolla y multiplica todos los días más y más, entre los Terciarios y Terciarias, una intensa vida de espiritualidad franciscana.

Acuérdense los Directores y Padres espirituales de tener especial cuidado de aquellos Terciarios de ambos sexos que son llamados por singular vocación a una más alta perfección cristiana y seráfica.

Es una verdad, que la vida llamada ((interior», más bien que excepción, debería constituir la vida ordinaria del cristiano; el esfuerzo para hacerse cada día mejor a fin de acercarse más a Dios es necesario a toda alma fiel. ¿Quién puede vivir una vida espiritualmente inerte sin retroceder? Mientras permanece en nosotros la gracia del Señor, debemos esforzarnos para que crezca este don inestimable que reside en nuestra alma. Por esto, será más perfecto aquel que más generosamente corresponda a la gracia con el amor y abandono en Dios.

(Continuará)

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Breves lecciones de Liturgia

El Templo cristiano

Para comprender bien la Sagrada Liturgia, hemos de empezar por conocer lo que es el Templo, con todas sus partes, que es el lugar en donde principalmente toda la Liturgia se desarrolla. Por esto debemos saber lo que es el templo cristiano, las partes de que consta, sus adornos su mobiliario y su bello y profundo simbolismo.

Hablemos, pues, hoy de lo que es el Templo y de su necesidad e importancia.

¿Qué es el templo cristiano? El templo cristiano es el lugar santo en donde se celebran, privada y solemnemente, todos los actos del culto católico. El Templo es el mismo Dios, como dice el evangelista San Juan: «El Señor Dios Omnipotente es su templo». Templo vivo de Dios es también el corazón humano, como dice San Pablo a los fieles de Corinto: "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el espíritu de Dios habita en vosotros?» Pero en sentido estricto la palabra templo significa el lugar destinado para el culto público de Dios, y desde la más remota antigüedad, en todas las edades y en todas las religiones, hallamos templos o lugares dedicados a celebrar los ritos y ceremonias de su culto.

Mas ¿para qué el Templo?, dicen algunos. ¿Qué necesidad tenemos de encerrarnos en un lugar limitado para adorar a Dios y rendirle el homenaje de nuestro culto? ¿No es acaso el Universo el mejor templo, que tiene por bóveda el cielo azul, por luminarias los astros, por altar el corazón del hombre y por alfombras los verdes campos, que con sus árboles y plantas, flores y frutos cantan los atributos divinos?

Realmente la Naturaleza toda, con sus encantos y maravillas, es un hermoso templo que invita al hombre a postrarse ante el Creador, y a cantar sus glorias y alabanzas. «Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento publica las obras de sus manos», dice el Real Profeta.

Mas esto no basta; el Universo, con todas sus maravillas, no es suficiente para mover al hombre a recogerse en su interior y a que adore debidamente al solo Dios verdadero. La sola contemplación de la Naturaleza hizo al hombre idólatra y politeísta, convirtiendo en dioses a cada uno de los seres y fuerzas del Universo. Por esto los gentiles adoraron y adoran hoy a los astros y a los ríos, a los árboles y a los animales, con todos los fenómenos de la Naturaleza que se presentan ante su vista. Y era necesario que el hombre recogiese sus sentidos y facultades espirituales, y que reconociese y adorase al único Autor del universo, al que con su Bondad y Omnipotencia había sacado todas las cosas de la nada. Y para esto era necesario el templo: un lugar santo, con un altar, donde el hombre adorase y ofreciese sacrificios a su Dios y Señor. Y por esto, indudablemente, quiso Dios que su pueblo escogido tuviese un templo, un lugar sagrado, adaptado en un principio a las circunstancias de su vida de peregrinación por el desierto, hasta que llegase a la tierra prometida.

Y esto fue aquel pequeño templo portátil que le mandó Dios construir: el Tabernáculo, colocado en medio de su campamento, y en el que se hallaban reunidos los símbolos de la presencia y asistencia de su Dios Omnipotente: o sea, el Arca de la Alianza, las Tablas de la Ley, el vaso lleno de maná, la vara florida de Aarón y los dos querubines con sus alas extendidas sobre el Tabernáculo. Todo esto recordaba constantemente a los hijos del pueblo de Israel los beneficios y portentos de su Dios Misericordioso y Omnipotente, Sabio y digno de todo honor, adoración y alabanza. Así evitó Dios que su pueblo cayese en la idolatría, error ciego en que se hallaban sumidos todos los demás pueblos que lo rodeaban.

Y el mismo Dios santificó luego el templo suntuoso de Salomón, y manifestó visiblemente que lo llenaba con su gloria, en aquella nube misteriosa que lo cubrió todo, cuando le fue consagrado por todo el pueblo con su rey Sabio y Poderoso.

Mas aquel templo portátil de los israelitas, y el mismo templo de Salomón, no fueron sino símbolos e imágenes imperfectas de lo que había de ser el templo cristiano, con el verdadero Tabernáculo que encierra al Dios tres veces Santo y contiene el maná celestial; con el altar donde se inmola diariamente la verdadera Víctima, única agradable y satisfactoria al Dios Justiciero; con la cruz que le recuerda constantemente el sacrificio del Calvario; con las imágenes de la Santísima Virgen y de los Santos, trasuntos de la Santidad de Dios; con la pila bautismal, iniciación y principio de la regeración cristiana; con el púlpito, el confesonario y todas las demás partes interiores del templo, que invitan en todo tiempo al cristiano al recogimiento, a la gratitud y a la adoración, al examen de su vida, al dolor de sus pecados, a la emulación y práctica de las virtudes sobrenaturales y, sobre todo, a la unión íntima con Dios por medio de la gracia y de la Sagrada Eucaristía.

Ved ahí los efectos maravillosos del templo cristiano: efectos que nunca pudo producir, con tanta viveza y eficacia, la sola contemplación del Universo y de las fuerzas y maravillas de la Naturaleza.
Además el templo es y ha sido siempre un lazo social que une a todos los fieles, grandes y pequeños, ricos y pobres, patronos y obreros, en un mismo lugar para participar de unas mismas gracias y de unos mismos Sacramentos, y para cumplir el deber más sagrado y obligatorio que tiene el hombre de adorar y dar debido culto a su Dios Creador y Redentor Divino.

Destruir el templo sería destruir el culto, y destruir, por tanto, la Religión y la misma Sociedad, pues la Religión es necesaria e imprescindible a todo hombre, privada y socialmente considerado.

Y de todo esto deduciréis lógicamente cuán impíos e insensatos son todos los que afirman y sostienen que no deben levantarse templos a Dios y que deben ser derruidos los que existen, pues con ello intentan destruir el sentimiento más íntimamente arraigado en el corazón humano, que es el sentimiento religioso.

Son, pues, necesarios los templos, más o menos grandes, más o menos suntuosos, donde se reúnan convenientemente los fieles cristianos para dar culto digno, respetuoso y solemne al verdadero Dios, Creador del Universo y Redentor de todo el género humano.

Fr. Juan B. Botet, ofm


Episodios del negrito Marabá

XXII.- El ghelaba. Comercio de esclavos. La caza de muchachos. Hacia la choza del ghelaba.

Debió llamarnos la atención en el número pasado la insistencia de Tochenú por retener a su lado al negrito Marabá. ¿Qué ocurría en aquellos últimos días de la recolección para andar con ese recelo? Tochenú había advertido, por indicación de un operario, la presencia de un ghelaba por aquellos alrededores, y esa es la preocupación que le hacía velar por la seguridad de Marabá, y al propio tiempo le hacía concebir sus planes para ahuyentar tan fatídica alimaña.

El ghelaba no es otra cosa sino un negrero, un hombre infame que se dedica a la caza de esclavos y al comercio de esta mercancía, como pudiera dedicarse al tráfico de los ganados.

En muchas comarcas del África, el hombre, la mujer y aun mucho más los muchachos, estaban destinados a trocar su libertad nativa por la esclavitud que se les impone; y la esclavitud se impone no por un derecho, ni por una necesidad, sino simplemente por la fuerza.

Basta que uno se halle alejado de sus parientes o de sus paisanos para que merezca perder su libertad; otro más fuerte que él o mejor armado, o más astuto podrá sorprenderle, le atará de pies y manos, y con la clava en la mano le dirá: Tú eres mi esclavo. No es ningún derecho, es sencillamente la ley de la fuerza mayor que ha venido a fomentar y establecer esta industria que se ejerce públicamente por aquellos que se dedican a esta profesión de cazar esclavos para el comercio. Tal es la profesión del ghelaba.

Donde quiera hubiese esperanza de poder negociar la mercancía de esclavos allí se veía surgir altiva y poderosa la execrable ralea del ghelaba, tipo infame que vive de las lágrimas, de la libertad y de la sangre de criaturas humanas.

Hay ghelabas o negreros al por mayor, como los jefes de tribus o reyezuelos de la montaña; los hay entre los árabes del desierto, los turcos de Egipto, y hasta entre los tunecinos civilizados. Tales ghelabas en el interior del África, se dan aires de príncipes; escogen sitio a propósito para hacer prosperar su comercio; fundan allí inmensos establecimientos—que llaman zelibe—, con almacenes de carne viva, a cuyo alrededor vigila una soldadesca negra. Negocian en grande escala, vendiendo o adquiriendo a centenares los esclavos, como manadas de ganado mayor, con otros traficantes de igual categoría; o movilizan estos rebaños humanos, como ejércitos en pie de guerra, contra las tribus indefensas, a las que no cabe más elección que la muerte o las cadenas de la esclavitud.

El campo de sus operaciones lo varían ya cerca o ya lejos, según la facilidad del negocio, del que se cercioran por las noticias que les dan sus secuaces sobre la plaza más rica y más en oportunidad para el comercio.

El ghelaba en medio de su rebaño de esclavos es como un león en un redil de ovejas; es señor de vida y muerte; sus palabras son siempre órdenes; las órdenes, amenazas armadas de látigo y tormentos. El ghelaba rico y sedentario, para ir renovando su ganado de esclavos, se vale de otros ghelabas ambulantes a quienes gratifica y anima a hacer correrías y les compra sus frutos.

Estos forman otra clase de traficantes en carne. Parten bien armados, montados en un buey o en un asno, con un surtido de telas, y se van en busca de negocio o de presa. Si se presenta ocasión, el ghelaba, valiéndose de fraude o violencia, encadena al que encuentra sin defensa: cuando no consigue esto, negocia con su mercancía, vendiéndola a cambio de esclavos.

Estas horribles cuadrillas de salteadores y robadores de hombres pululan por todos Sos senderos del África y se encuentran sus huellas por todos los desiertos; siendo también frecuente encontrarlos en acecho por los alrededores de las casas o chozas de campo y en las cercanías de los poblados, sentados a la puerta de su choza o durmiendo a la sombra de algún tamarindo, casi siempre envueltos en una nube de humo de tabaco, sumidos en la placidez del ocio, pero ojo-alerta para avizorar a la infeliz, víctima que se acerca indefensa a sus dominios.

Más detestables que todos estos negreros son aquellos otros que se dedican especialmente a la caza de niños. El ghelaba de muchachos se le ve solitario por los senderos con unos sacos debajo del brazo y con un cuchillo grande en la mano. Se esconde en los matorrales, o espera oculto detrás del tronco de algún árbol, y cuando se acerca algún muchacho, se arroja sobre él y lo apresa, atándolo de pies y manos, y lo mete en el saco, y si resiste, le golpea con el cuchillo, hasta herirle si es preciso, y con un saco o dos de esta carga sobre su espalda corre con presteza a depositarlos en su choza.

De este género era el ghelnba que había hecho su aparición por los alrededores de las posesiones de Tochenú. Un operario lo había visto ocultarse tras los árboles de los linderos del bosque por donde solía ir Marabá en busca de las deliciosas frutas de la cola, y no cabía duda que le había echado el ojo, y esperaba el oportuno momento de atraparlo y meterlo en el saco.

La Providencia velaba sobre él para librarle de aquel funesto peligro y preparaba también el castigo de aquel horrible monstruo de la humanidad que trataba de enriquecerse y de vivir a costa de las lágrimas y de la libertad de los infelices niños.

La recolección del vino y del aceite de palma había llegado a su, fin, y las piraguas, en muchos y repetidos viajes, habían ido transportando la cosecha a la casa de Tochenú; era, pues, necesario partir todos y dejar ya la choza del bosque de palmeras. Pero no partieron todos. Tochenú había vuelto a Katuna para acompañar a las mujeres y a Marabá, pero también para buscar un refuerzo y desarrollar su plan que con sus hombres había tomado antes de partir. El plan era dar caza al ghelalu y poner en libertad a todas sus víctimas.

Cuando ya habían partido las mujeres hacia Katuna, Gouldor, Güezo y los demás operarios se dieron a la caza de los antílopes con ánimo de inspeccionar el terreno y reconocer la morada del ghelaba. A poco rato de haberse internado en el bosque se detuvieron, porque unos gritos desesperados llegaban hasta ellos, y pareciéronles de algún muchacho que lloraba con desesperación. Efectivamente, sin ser vistos, pudieron observar, ocultos entre los árboles, las operaciones del ghelnba. Cerca de un sendero que venía a cruzarse con el camino del lago, y al pie de unos árboles, había una mujer medio escondida que esperaba la llegada del negrero. Este, que ya denunciaba su llegada con los gritos del muchacho, apareció al momento cargado con un saco que se removía con furia; descargó la presa, que era un robusto niño, que gritaba con desesperación, le dio una tanda de golpes con el cuchillo y ya más aquietado lo entregó a su mujer que, tomándolo por los pies, lo cargó a su espalda y echó a correr con presteza por el sendero que se internaba en el bosque mientras el ghelaba volvía a repetir sus operaciones de la caza de niños.

Se acercaron cuanto les fue posible a aquella morada diabólica, siguiendo la dirección de la mujer; y vieron que junto a la vivienda del monstruo se desplazaba otro grande cobertizo, en cuya puerta, la misma mujer, con un látigo, azotaba a un muchacho que porfiaba por salir de aquel antro, en el que se percibían los gritos de otros niños que lloraban.

Averiguado todo esto volvieron a la choza de las palmeras para entregarse al descanso.

Aún no apuntaba el sol por la cima de los más altos árboles del bosque ya había llegado Tochenú con un pelotón de hombres armados y estaba ya en la choza de las palmeras trazando el plan de batalla. Cautelosamente se fueron desenvolviendo en dirección a la choza del negrero para cercarla, lo que fácilmente efectuaron sin ser vistos, y permanecieron ocultos en espera de la salida del ghelaba, pues era conveniente cogerlo por sorpresa y evitar la lucha, que pudiera resultar sangrienta si aquel bandido se percatara de que estaba cercado de enemigos. El sol comenzó ya a brillar con esplendor por el bosque, y en la vivienda del negrero no daban señales de vida, prueba de que habría vuelto muy entrada la noche de sus correrías. Al poco rato se vio ya salir a la mujer fatídica con una especie de caldero que contenía un bodrio negruzco, dirigiéndose a la cuadra de los esclavos. Era aquello la comida que les traía, pues era la hora del desayuno.

No tardaría en salir el infame ladrón de niños que ya se le oía rezongar por la vivienda. A una señal fueron estrechando el cerco, dispuestos al asalto. La caza del monstruo les iba a ser más fácil de lo que pensaron.

Mallorca

Rumbo a la isla

Creerán algunos que La Acción Antoniana desenvuelve su actividad y propaganda en el ámbito de las provincias levantinas. Y no hay tal.

En Septiembre del pasado año, en un reportaje de Teruel, dijimos que esta revista tiene lectores en todas las regiones de España y ahora afirmamos que también se lee fuera del territorio peninsular, llevando en sus páginas el nombre acogedor de la sin par Valencia unido al suave y místico aroma de las virtudes del Taumaturgo de Padua. A primeros de mes van nuestros paquetes en busca de sus habituales lectores: unos, por tierra; otros, por mar; que igualmente nuestros suscriptores ultramarinos gustan de encontrar en estas columnas efluvios de fe, consuelos de esperanza y ardores de caridad, envueltos en el áureo cendal de una lectura amena y sana. El vapor correo de Mallorca mensualmente lleva a bordo centenares de ejemplares de esta publicación para distribuir en los pintorescos y recatados pueblos de la isla dorada. Entre ellos, citaremos sólo dos: La Puebla y Porreras.

La Puebla (en mallorquín Su Pobla), villa eminentemente agrícola, de 7.092 habitantes, perteneciente al partido judicial de Inca, situada en terreno llano al N. E. de la isla y a 10 kilómetros de la bahía de Alcudia. Sus feraces campos, con multitud de instalaciones a motor para extraer el agua subterránea rinden al año miles de toneladas de patatas y de celebradas habichuelas (mongetes), teniendo además en sa marjal, plantaciones de arroz y una pequeña albufera, cuyo cañizo lo aprovecha una fábrica de papel de estraza. Pues bien: La Puebla tiene medio centenar de suscripciones a La Acción. Hay que advertir que es uno de los pueblos de más religiosidad de la isla y contamos con un corresponsal llamado don Miguel Aguiló Bonin, apellidos de crédito y queridos para los que escribimos estas páginas.

Porreras, otra villa de 4.917 habitantes, en el partido judicial de Manacor, con ricas alhajas y ornamentos en su iglesia parroquial y celebrado santuario en el cerro de Montesión, recibe igualmente su paquete a nombre de otro buen amigo, cuyo apellido tiene el recuerdo de virtudes ejercidas con
heroica resignación: Don Sebastián Forteza.

Los demás números de La Acción Antoniana que van rumbo a Mallorca se desparraman por la capital y pueblos de la isla, acogidos con cariño por sus bondadosos lectores.

Mallorca a la vista

Bien merece la pena un madrugón para contemplar por vez primera la isla desde alta mar. Yendo desde Valencia, a las cuatro de la madrugada ya se divisa a lo lejos Mallorca, por las pupilas y guiños de sus faros encendidos y la silueta de sus montes que se perfilan a medida que avanza el día y el barco se acerca a la costa. Espectáculo sugestivo ver surgir de entre las olas del mar aquel macizo peñascoso que se bordea a pocos metros de distancia, desfilando a simple vista Estallencs, la Dragonera, San Telmo, Andraitx, Cap de Llamp, Camp de mar, Santa Ponsa, isla del Toro, cabo Caláfiguera y al doblarlo, las baterías del castillo de San Carlos y la inmensa bahía de Palma con sus arrabales a ambas orillas, el castillo de Bellver con sus pinadas, la torre de Porto Pi y al fondo el blanco y escalonado caserío de la capital, entre el que destaca a su derecha un macizo de piedra dorada... es la Catedral.

La capital

Kellermann ha dicho que «Palma es un presente del Mediterráneo. En los crepúsculos, al atardecer, se asemeja a un crisol de oro».

Bellver

Castillo de Bellver en Palma de Mallorca

Palma es ciudad cosmopolita que cuenta 90.000 habitantes. En su recinto se hablan todos los idiomas europeos, pues además de las colonias extranjeras allí avecindadas (la inglesa cuenta 20.000 súbditos, con su diario Palma Post) es obligada ruta de turismo y raro es el día que no recala en su puerto un trasatlántico, con centenares de turistas, que visitan la Catedral, la Almudaina, la Lonja, el Ayuntamiento y la Diputación, Bellver, Formentor, Valldemosa, Miramar, Lluch, las cuevas, etc., valiéndose de la magnífica red de ferrocarriles y carreteras que tiene la isla y de la prodigiosa abundancia de hoteles confortables.

La parte antigua de la ciudad es notable por sus callejas estrechas, limpias, pavimentadas de grandes losas, con casonas aristocráticas, palacios medievales, templos monumentales y rincones románticos. Las antiguas murallas han sido derribadas para dar lugar a ensanches, en armonía con la edificación moderna e importancia de la isla y su capital, levantándose en ellos bellos edificios oficiales para los fines a que se destinan.

Tiene tranvías eléctricos, paseos magníficos, comercio animado, industria floreciente y ¡cosa rara! no se conoce el paro obrero. Las costumbres y los trajes tradicionales son pintorescos.

Psicología mallorquína

Santiago Rusiñol retrata en estos cortos renglones el modo y manera de ser de la isla y de sus naturales:

"Lector amigo: si padeces neurastenia, o te imaginas que la padeces, que ya es padecerla; si estás atolondrado por los ruidos que nos ha traído la civilización, por este afán de ir más aprisa y llegar antes a donde nada tenemos que hacer; si los negocios te han llenado de números el sitio en que debieras tener lo que llamamos imaginación; si los cines te han estropeado la mecánica de la vista, y aquel bailoteo se te ha hecho crónico y el desasosiego ya no te deja vivir y quieres gozar un poco del reposo que merece en esta vida quien no ha hecho daño a nadie, sígueme a una isla que te diré, a una isla donde siempre reina la calma, donde los hombres nunca llevan prisa, donde las mujeres no envejecen nunca, donde no se malgasta ni palabras, donde el sol se detiene más que en ninguna parte y donde hasta la señora luna camina más despacio, contagiada de pereza.

Esta isla, lector, es Mallorca. Es esta isla más latina que todas las otras; una tierra en la que sin dormir, se puede reposar y soñar».

El francíscanismo de la isla

Sólo daremos estas notas aisladas. El doctor iluminado Beato Raimundo Lulio, cuyo sepulcro glorioso se venera en la iglesia de San Francisco de Palma. La antigua Provincia Seráfica de Mallorca, con conventos en los pueblos importantes de la isla, Provincia que dio hijos tan eminentes como Fr. Antonio Llinás, fundador de los Colegios de Misioneros, y Fr. Junípero Serra, fundador de la ciudad de San Francisco de California; esta Provincia, que desapareció en 1835, ha sido sustituida por la de los Terciarios Regulares, muy floreciente.

El monumental convento e iglesia de San Francisco de Palma, asterístico en todos los guías de turismo; en su iglesia se enterraba toda la nobleza mallorquína, y su claustro está declarado monumento nacional. El recogido monasterio de Santa Clara de Palma, poético rincón de leyendas populares. El Instituto de Religiosas Terciarias Franciscanas, que tienen casas en todas las poblaciones de la isla. Y las fervorosas y disciplinadas Hermandades de Terciarios seculares, hoy existentes en la mayoría de las localidades. Los Padres Terciarios Regulares fomentan el fuego sagrado del franciscanismo en la isla con una amena y religiosa revista mensual, que lleva el significativo título de El Heraldo de Cristo.

Nostalgia

Dicen en Mallorca que se entra y se sale llorando de ella. Se entra con lágrimas al verse rodeado de mar en ambiente reducido.

Y se sale igualmente llorando, porque al apreciar las bellezas que encierra y lo amable que saben hacer la vida los naturales de la isla a todo el que con ellos convive; se cobran afectos que ni borra el tiempo ni la distancia amortigua, y en el sentimiento de la partida prometen todos volver a la isla de oro y de nácar, como vulgarmente se la nombra.

F. de Paula