San Francisco y el lego

Iba San Francisco caminando un día
con el feliz lego que le acompañaba...
De cosas del cielo, como siempre, hablaba...
El campo era aroma, y el cielo reía...

San Francisco, viendo que era el mediodía,
"Hermano, comamos...", al lego mandaba.
Respondióle el lego que nada llevaba
de comer, mostrando la alforja vacía.

Dícele Francisco: "¡Oh, pobre ignorante!
¿No ves cómo el campo comida te ofrece
y esa clara fuente licor refrescante...?

De la yerba comen que abundante crece;
beben de la fuente... y, a Dios gracias dando,
Francisco y el lego siguen caminando

Pascual Gila

San Antonio, modelo de la Juventud Católica

"Que todos, pues, vuelvaan sus ojos con veneración a esta lumbrera de santidad, que es gloria de la Iglesia, y procuren componer su vida a imitación de sus obras y virtudes.

Aprendan de él los jóvenes, sobre todo los que se dedican a la Acción Católica, a despreciar los placeres de este mundo y a levantar su alma casta y piadosa a las cosas más nobles..."

(De la carta de Pio XI al obispo de Padua, con ocasión del año centenario 1932.)

¡Esto es "la Inquisición"...!

Aclarando conceptos

Es que yo a ese tío le hago una inquisición. Ese tío era un vendedor ambulante. Le parecía al tío José que era muy malo el trozo de mecha que le acabada de comprar y amenazaba con decírselo al mismísimo juez. El tío José, aunque tuerto, llevaba una gorra galonada y era, nada menos, que el alguacil del juzgado.

¡Qué inquisición, Señor, qué inquisición! Con el calos que hace y estos chiquillos no nos dejan dormir; lamentaba una vieja sarmentosa después de haber llenado de improperios y recriminaciones a un grupo de niños que agitaban con sus gritos el remanso amodorrado de las horas de la siesta en un día de verano.

Y la inquisición, para la gente de la calle, era, en tiempo rojo, el comité, y la aviación, y los soldados de Negrín, y las aportaciones voluntarias... y ahora, la cartilla de racionamiento, el recibo de la luz, el talón de la contribución y cualquiera de los males que pueden venirle a una español, incluso el llevar el reloj dos horas adelantado.

Y hemos llegado a esta opulentísima ampliación del concepto gracias al fácil manejo de un tópico malvado.

Unos políticos vendidos a la Internacional Masónica comenzaron en los principios del siglo una campaña de difamación contra el Santo Tribunal. Esta campaña culminó con la supresión del mismo y dejó, además, en el pueblo ese ambiente de incomprensión y rencor que aún pervive.

Quisiera, amigo lector, puesto que estamos en días de rehabilitación de la vieja y bien amada madre Patria, contribuir a este esfuerzo, llevando, por medio de ti, un rayito de luz a las mentes de esas pobres gentes que yo, y que en su ignorancia tienen también sed de verdad. Para ayudarte en tu bella obra de apóstol de Cristo y de España recordaremos brevemente lo que fue aquella institución tan denigrada.

Bien sabes que la Iglesia, sociedad perfecta, tiene sentido indiscutible a velar por lo que es elemento esencial en su vida: la fe. Este derecho lo ha ejercido siempre. Los apóstoles, primero, los santos padres y doctores con su ciencia y los obispos vigilaron siempre atentísimos para impedir cualquier infiltración de error y herejía entre los fieles.

Andando el tiempo las doctrinas vitales de nuestra fe impregnaron de sus esencias la vida social y política de los pueblos, y ya los últimos emperadores romanos legislaron contra la herejía para proteger al Estado.

La medida se hizo norma en cas¡todas las naciones que se formaron de los trozos del desgregado imperio, pero la aplicación de leyes contra los herejes, hechas con fines meramente políticos y por hombres puramente políticos, estaba expuesta al peligro de violencias, injusticias, venganzas y opresiones de todo género.

A remediar este mal acudió la Iglesia con espíritu de recta justicia y suave caridad cuando en el siglo XIII revivió el antiguo maniqueísmo con sus espantosos errores y monstruosas inmoralidades en las herejías de los cátaros y albigenses, contra las cuales tanto luchó San Antonio de Padua.

El desorden hizo de Italia y Sur de Francia un verdadero caos. Se atacaba la justicia, la propiedad, la autoridad, la familia; las bases de la sociedad se estremecían, y la sociedad, por reacción natural, se defendía ferozmente. El delito de herejía estaba considerado por un delito más horrendo que el de lesa majestad. El pueblo se adelantaba frecuentemente a la misma autoridad para reprimirlo y se entablaban luchas en las calles, batallas campales, asesinatos espantosos.

Gregorio IX, el gran pontífice que fue íntimo amigo de San Francisco y de San Antonio; el que tuvo el gozo de cononizar a los dos santos, creó un tribunal eclesiástico especial, distinto del ordinario de los obispos, al que avocó el derecho exclusivo de conocer, juzgar y sentenciar los supuesto delitos de herejías, para desterrar así las matanzas en masa y los consejos de guerra. Características de este tribunal, al que se llamó tribunal del Santo Oficio o de la Inquisición, fueron: una mayor suavidad en el trato de los reos, un procedimiento legal escrupulosamente aquilatado y una inquieta preocupación , sobre todo, por librar del castigo de las leyes civiles a los inocentes y arrepentidos.

La acción de este tribunal fue de eficacia magnífica en los países para los que fue creado. Se extinguió la herejía y, como consecuencia, renació la paz y el bienestar social.

A semejanza de él, cuando fue necesario, se creó en España la Inquisición Española, de la que, Dios mediante, hablaremos en el próximo número

Fr. Rafael Reig doménech, ofm

Página misional

La Sierva de Dios Madre María de la Pasión.
Fundadora de las Franciscanas Misioneras de María.

Elena de Chappotin de Neuville nació en Nantes el 21 de mayo de 1839. Sus padres, admirables cristianos, supieron darle una educación recta, que más tarde había de disponerla a una vida tan fecunda para la gloria de Dios y la salvación de las almas.

M. María de la PasiónEstaba dotada Elena de las más preciosas cualidades; se veía rodeada, halagada por el cariño de los suyos, nada le faltaba; pero Dios quiso robustecer su alma al calor del sufrimiento, purificando como el oro en el crisol aquel corazón donde Él solo debía reinar sin ningún otro rival.

La muerte hizo bien pronto presa en el círculo familiar, arrebatando a las dos hermanas de Elena, y esta penas prematuras imprimieron en su juventud un sello de austeridad, que la condujeron poco a poco al desprendimiento de todo.

Decidida a realizar su vocación misionera, Elena se vio, no obstante, obligada a permanecer en el mundo retenida por el deber que le impuso el nuevo luto, la muerte repentina de su madre. En 1864 pudo consagrarse a Dios con el nombre de María de la Pasión, y poco después partió para la India.

Un vasto campo de acción se le ofreció entonces a su celo. Las Obras adquirieron cada vez más desarrollo bajo su dirección, tan prudente como acertada; conocía cómo por intuición las necesidades del alma pagana y atendía a ellas con todas las iniciativas de su inteligencia y de su corazón.

Pero según los designios de Dios, María de la Pasión no debía limitar su horizonte a las solas fierras indianas, el mundo entero se ofrecía a los entusiasmos de su alma de apóstol. En 1876 fue a Roma. Con la bendición del Santo Pontífice Pío IX recibió la autorización para fundar un Instituto exclusivamente consagrado a las misiones.

En 1882 obtuvo, para ella y para su familia religiosa, la adopción de la Orden Seráfica. El P. Bernardino de Portogruaro, Ministro general, la ciño con el cordón franciscano y acogió al joven Instituto en la V.O.T., tan fecundo ya en frutos apostólicos.

Según el plan trazado por la fundadora, las F. M. M. reparten su vida entre la oración y el trabajo. Consagradas a la adoración diaria del Santísimo Sacramento expuesto, sacan de la contemplación a los pies de Jesús el celo apostólico y la abnegación de la caridad. Se ocupan solícitas en el alivio y remedio de todas las miserias y flaquezas humanas: casa cuna, escuelas, orfelinatos, talleres, refugios, hospitales, dispensarios, leproserías; no hay miseria alguna que escape a su actividad, n¡nada que sea rechazado por duro y penoso que sea.

Pero existe otro ideal de caridad, para la cual Madre María de la Pasión convidaba a sus hijas. Compenetrada de las necesidades de los tiempos por la expiación del mal y por el triunfo de las causas santas, las F. M. M. se ofrecen como víctimas por las almas. La Iglesia, privilegio muy raro, sancionó este holocausto.

El fin y los medios que tuvo en vista la fundadora dicen bastante de la fe y del generoso amor que su alma contenía. Dios dio a su obra una fecundidad admirable: y cuando el 15 de noviembre de 1904 moría, rodeada de sus hijas, en el convento de San Remo, el Instituto contaba ya con 86 casas y 3.000 religiosas, repartidas hasta por las regiones más salvajes y apartadas (1).

El Instituto cuenta actualmente con 341 casas y más de 8.000 religiosas.
El Noviciado de España está en Pamplona (Navarra).

Más aún, cuando en 1900 estalló una persecución en China, siete F M. M. marcharon al martirio cantando el Te Deum, y obtuvieron para su familia religiosa el bautismo de sangre. Madre María de la Pasión pudo ver en eso la consagración de su obra. Dios había aceptado el holocausto.

En 1905, en ese mismo Tai-uen-fu donde fueron inmoladas, las mártires, expiraba en olor de santidad la humilde Sor María Asunta, dando a la regla que la había formado el más elocuente de los testimonios: el testimonio de sus virtudes.

Siempre humilde, María de la Pasión solía repetir: «Fue la obediencia y no yo quién fundó el Instituto.» Podía decirse, con toda verdad, que esta virtud tan eminentemente religiosa fue el alma de su vida y la fuente de gracias incalculables de una maravillosa fecundidad.

No menos admirable era su caridad, amaba a Dios con todo el ardor de su corazón, y por un doble efecto de esté único amor se deba a las almas. Son innumerables los desgraciados para quienes esta caridad fue fuerza y luz. De su persona irradiaba para todos una influencia divina, y nadie se apartaba de ella sin llevar consigo un don del cielo. Toda la vida de Madre María de la Pasión fue la realización de su divisa preferida: Verdad y caridad.

Definiciones con sal

¿Que es un presidiario?
Un hombre que buscando un reloj se ha encontrado con una cadena

—Papá, ¿qué quiere decir derroche?
—Derroche, hijo mío, es como cuando uno se pone corbata llevando barba larga.

"Música" es el arte de hacer ruido molestando lo menos posible.

"Dibujo", el procedimiento mejor para ensuciar con arte y buen gusto.

San Francisco de Asís
patrón de la Acción Católica

La Acción Católica no cabe la menor duda que, en su actual modalidad, es el movimiento suscitado por la divina Providencia, en el seno de la Iglesia, para promover el Reino de Cristo en la sociedad moderna.
El sujeto que encarna con carácter predominante este movimiento y resulta por ello agente de esta obra cristianizadora, lo constituyen los seglares. Mas no todos cualesquiera, sino su porción más selecta en el orden religioso y, por lo mismo, con aspiración constante a mayor perfección cristiana.

No se olvide que es una participación en el apostolado jerárquico y que este apostolado, para ser divinamente fecundo, no puede en ningún momento prescindir de la realidad permanente de Cristo en lo que es su Obra. De donde el que se sienta llamado a participar en él, debe, ante todo, procurar esta compenetración vital con Jesús, para así «ir y dar fruto abundante y permanente; pues sin Él -Jesús- nada se puede hacer.»

De ahí que la parte técnica y organizadora de ese movimiento providencial debe ser tal que no extinga lo más mínimo, en los sujetos activos, ese espíritu de vida cristiana, «al cual, como dice San Francisco, todas las cosas deben servir.»

Por eso el inmortal Pío XI, verdadero organizador y propulsor de la Acción Católica, en todas las ocasiones que se le ofrecen, habla a los «amados hijos que militan en las filas de Acción Católica», y les exhorta a que se posesionen de sus luminosas lecciones, las conviertan en vida propia espiritual y las difundan después entre los hermanos, para ir así dilatando el Reino de Cristo. En una palabra: han de aspirar a ser cristianos selectos; vale decir, de intensa vida cristiana.

Ahora bien; es norma de la Iglesia poner al frente de cada una de las organizaciones que fluyen de su seno, a un Santo, para que ejerza sobre ellas el respectivo patronato espiritual. El Santo Patrón será un intercesor especial ante Dios, y, sobre todo, con el ejemplo de su vida, un modelo vivo para orientar las actividades de los miembros que las integran. ¿Tiene la Acción Católica ese patrón celestial? Desde sus elementales orígenes se lo asignaron ya los Sumos Pontífices. Y el Santo escogido para modelo de vida cristiana en los miembros de Acción Católica, es San Francisco de Asís.

Primero, Benedicto XV, fundador de la Acción Católica Italiana, en el año 1916; luego, en 1923, cuando Su Santidad Pío XI revisó los estatutos de Acción Católica Italiana y los aprobó para toda la Iglesia, implícitamente reconoció este patronazgo; y, finalmente, en la Encíclica Rite expiatis, de 20 de abril de 1926, lo proclamó solemnemente, urgiendo, en consecuencia, a los fieles que se consagran a la Acción Católica, «a unir su voz con la de los numerosos hijos de San Francisco, para recordar y glorificar sus hechos, sus virtudes y su espíritu

Así lo entienden los comentadores de los documentos pontificios sobre Acción Católica, entre ellos P. Carlos Dabín, S. J. y doctor Eugenio Beitia. Así se puede comprobar en el índice alfabético del tomo XVII de Acta Apostólica Sedis, y lo confirma la Indulgencia Plenaria que los miembros de Acción Católica de todo el mundo pueden ganar en el día de San Francisco de Asís.

¿Consecuencias? No son difíciles de sacar. Podríamos sintetizarlas en una Volver la mirada a Francisco de Asís y aprender en él la manera de llevar el Evangelio a la vida. Eso viene a decir Pío XI en la Encíclica Rite Expiatis:

«Es menester que nuestros hijos, los que trabajan según nuestros mandatos en el campo de Acción Católica, obren de acuerdo con la numerosísima Orden Franciscana, a fin de que los fieles cristianos abracen el mismo linaje de santidad que practicó San Francisco, tan ajustado a la pureza y sencillez de la doctrina evangélica.»

Fr. José Antonio Arnau, ofm

[Ver nota biográfica del P. José A. Arnau]

El que la hace, la paga

Amenidades para gente menuda

Había en una comarca un brujo que se disfrazaba de pobre e iba por las casas pidiendo limosna y robando jóvenes hermosas. Nadie sabía adónde las llevaba, porque no volvían a aparecer jamás.

Un día, vestido de pordiosero, con su saco al hombro, en el que, al parecer, guardaba las limosnas, llamó a la puerta de un hombre que tenía tres hijas muy hermosas y buenas mozas.

Pidió un poco de comida, y al salir la mayor para alargarle un pedazo de pan, sólo con tocarla la obligó a meterse saco.

En seguida echó a correr y la llevó a su casa, situada en medio de un sombrío bosque.

En la casa todo era magnífico; el brujo dio a la moza un soberbio almuerzo y todos los los goces que podía desear, y le dijo:

—Aquí vivirás contenta, porque tendrás todo cuanto desee tu corazón.

Pasados algunos días, le dijo:

—Me tengo que marchar, y he de dejarte sola una temporada; toma las llaves; puedes andar por toda la casa y verlo todo; sólo en la habitación que abre esta llave pequeña es donde te prohibo entrar, bajo pena de muerte.

Al mismo tiempo le dio un huevo, y dijo:

—Guárdame rigurosamente este huevo y llévalo siempre contigo, porque s¡se perdiese sucedería una desgracia muy grande.

La joven tomó las llaves y el huevo y prometió cumplir fielmente sus órdenes.

En cuanto el brujo se marchó, visitó la casa de arriba abajo; las habitaciones estaban cuajadas de plata y de oro, y le pareció no haber visto nunca tanto lujo.

Al fin llegó también a la puerta prohibida y quiso pasar; pero la curiosidad no la dejaba tranquila. Miraba la llave, que era como las demás; la metió en la cerradura, apretó un poco, y de repente
se abrió la puerta. ¡Pero qué espectáculo se ofreció a su vista al entrar en la habitación!

En medio de ella había una fuente muy grande manchada de sangre, en la que yacían mujeres despedazadas.

Se asustó de tal manera ante aquel espectáculo, que el huevo que tenía en la mano se le cayó en la fuente; lo sacó de nuevo y trató de enjugar la sangre, pero sin resultado; por más que lo lavaba no desaparecía la mancha.

Poco después el hombre volvió de su viaje, y las cosas primeras que pidió fueron las llaves y el huevo.
La joven se las entregó temblando y el brujo comprendió en seguida, por las manchas encarnadas, que había entrado en el cuarto prohibido.

—Ya que contra m¡voluntad has entrado en el aposento —dijo—, entrarás otra vez contra la tuya. Tus días han acabado.

La tiró al suelo y, agarrándola por los cabellos, la arrastró hasta el cuarto, le cortó la cabeza, la despedazó, y con su roja sangre regó el suelo. Luego la arrojó con las demás a la fuente.

—Ahora iré por la segunda —dijo el brujo—. Y se marchó de nuevo, disfrazado de mendigo, a pedir limosna a la casa.

La segunda hermana salió con un pedazo de pan, y el brujo la agarró, como a la otra, sólo con tocarla.

Pero no le fue mejor que a su hermana; también cedió a su curiosidad, entró en el aposento y, al regreso del brujo, tuvo que morir.

Entonces el brujo fue por la tercera; pero ésta era lista y astuta.

Después que al marcharse el brujo le dio las llaves y el huevo, guardó primero este último cuidadosamente; luego fue a ver toda la casa, y por último, entró en el aposento prohibido.
¡Dios, qué cuadro! Sus dos hermanas queridas estaban despedazadas en la fuente. Pero ella juntó todos los miembros y ajustó al cuerpo la cabeza, brazos y piernas. Y cuando ya no faltaba nada, empezaron a moverse los miembros y se juntaron; las dos jóvenes abrieron los ojos, vivas y sanas otra vez.

¡Cuánto se alegraron de volver a la vida! No dejaban de acariciarse y besarse.

Luego sacó a las dos y las escondió.

El hombre, a su regreso, pidió las llaves y el huevo, y como no vio señales de sangre, dijo:

—Tú has sabido sufrir la prueba; tú serás m¡esposa.

Pero el brujo había perdido su poder sobre ella, y tenía que hacer lo que la joven le mandaba.

—Bien —contestó ella—; pero antes quiero que lleves sobre tus espaldas a m¡padre y m¡madre una cesta llena de oro, mientras yo preparo aquí todo para las bodas.

En seguida, entrando en su cuarto, donde tenía escondidas a sus hermanas, le dijo:

—Llévate la cesta, y para que no te pares en el camino a descansar, miraré por la ventana y estaré al cuidado.

El brujo, cargado con la cesta, marchó; pero tanto le pesaba, que le caía el sudor por el rostro y temía morirse abrumado por el peso.

Entonces se sentaba para descansar un poco; pero una voz salida del cesto, gritó:

—Mirando por m¡ventanita veo que estás descansando. ¡Anda!

Creyendo que le hablaba su prometida, se puso en marcha, y otra vez que quiso sentarse, oyó gritar:

—Estoy mirando por m¡ventana, y veo que descansas. ¡En marcha!

Y siempre que se paraba gritaban, y tenía que seguir andando, hasta que por fin llegó, con el oro y las dos jóvenes, a casa de sus padres.

Entretanto la prometida preparaba todo para las bodas.

Tomó una calavera con dientes, la adornó y la llevó a la guardilla, donde la colocó en la ventana.
Luego convido a los amigos del brujo para las bodas, y después se metió en un cubo con miel, abrió el colchón de plumas de la cama y se revolvió en ellas, con lo que tomó el aspecto de un pájaro extraño, para que nadie pudiera conocerla.

Y saliendo de la casa encontró a una parte de los convidados, que le preguntaron:

—Pájaro extraño, ¿de dónde vienes?

—Vengo de casa del brujo.

—¿Y qué hace allí la novia?

—Ha barrido la casa de arriba abajo y está asomada a la ventana de la guardilla.

Luego encontró a su prometido, que volvía a su casa, y éste le preguntó

—Pájaro extraño, ¿de dónde vienes?

—Vengo de casa del brujo.

—¿Y qué hace allí la novia?

—Ha barrido la casa de arriba abajo y está asomada a la ventana de la guardilla.

El prometido, mirando hacia arriba, vio la calavera adornada, y creyendo que era su prometida, la saludó. Pero al entrar en su casa con todos los convidados, llegó la fuerza armada que habían mandado las hermanas.

Cerraron todas las puertas de la casa para que nadie se escapase y le prendieron fuego, de manera que el brujo murió asado con toda su comitiva.

Como el oro no se evapora, de entre las ruinas de la casa se sacó lo suficiente para enriquecer a todo el pueblo, y no hay que decir que la familia de las tres mozas fue la mejor librada, y que todas ellas hicieron excelentes casamientos.