En el Albernia
Es de noche..., fulgor enrojecido ¡Francisco está con Cristo en la montaña! ¿Cómo no han de quererse con terneza ¡Manos divinas por m¡amor terrenas! ¡Señor, dame esas rosas purpurinas ¿Sólo con ellas mis amores pagas? |
Llevan tus pies benditos dos heridas. Y al ir por el desierto Jesús clavó en Francisco la mirada... Clavó Francisco en su Jesús los ojos... |
J. M. Sanz

José Benlliure. Bajando del Monte Alvernia
Bajando del Albernia
Terminada la Cuaresma de San Miguel del año 1224, después de realizada en su cuerpo la mística transformación en Jesucristo crucificado, Francisco, con Fr. León, desciende del Monte Albernia montado en humilde jumentillo de un devoto campesino.
Dos años vivió aún, pero su mente más estaba en Jesús que en su cuerpo. Con todo, el cuerpo llagado de Francisco no dejaba de ser el estandarte vivo de Jesús muerto, que respirando incendios de amor, prendió en los mortales nuevas ansias de perfección evangélica...
«Como los grandes señores, para ostentación y muestra de su grandeza, y para que se sepa de qué cosa descienden y la nobleza de su linaje, ponen sus armas en un dosel muy rico y de gran precio; así, preciándose Cristo tanto de Redentor de los hombres, y habiendo tomado por arreas sus llagas, entre todos los hombres del inundo escogió para dosel, en que estuviesen estampadas y honradas, a nuestro Padre San Francisco; no por algún artífice o artificio, sino por su propia persona y ruano hechas.»
Fr. Juan de los Ángeles
El poder de la Santa Cruz
Era una tarde de los primeros días de septiembre. De una casa de aspecto corriente, situada en una retirada calle de Lyón (Francia), van saliendo uno a uno, disimuladamente, cierto número de caballeros, que en sus actitudes y gestos no pueden ocultar una impresionante sombra de misterio.
No hablan n¡saludan, pero a prudente distancia se van parando y esperando unos a otros, y formando grupos de dos, tres o cuatro, se dispersan por diferentes direcciones de la ciudad. Se hablan con palabras de sentido oculto. Se entienden con miradas chispeantes. Disimulan con sonrisas calculadas. Frotan sus manos con la fruición de quien va a obtener ruidoso triunfo.
Para el profano pasan inadvertidos. En cambio, quien conoce las tenebrosidades de su actuación siente espeluznante escalofrío; el distintivo que ostentan y el rictus peculiar de su semblante le hace presentir la proximidad a un espíritu extraño y funesto.
Aquella casa, diríamos anónima por su aspecto y situación, tenía una magnífica sala, que era, sencillamente, un templo luciferino. Los caballeros de la narración acababan de asistir a una sesión solemne de culto satánico. Han oído melodías de dulzor fatalmente apasionante ; han recitado fórmulas de evocaciones infernales y han cantado ditirambos demoníacos. Así se prepararon para ser dignos de recibir el mensaje infernal. Efectivamente, lo recibieron directamente del mismísimo Satanás. La consigna y mandato que llevaban era tajante: «La fiesta que la Infame (así llaman a la Iglesia de Cristo) dedica a exaltar la Cruz del Galileo ajusticiado debe tener su réplica contundente; la prensa, las conversaciones privadas y hasta la acción violenta, s¡se ofrece el caso, deben desprestigiar la insignia afrentosa hasta desterrarla de
la faz de la tierra. Dentro de pocos días volvería a verles para recibir los homenajes de su fiel servicio.»
***
Uno de aquellos caballeros, llamémosle Mr. X, había quedado solo. Caminaba ensimismado, reflejando la terrible y misteriosa lucha que llevaba entablada en su espíritu.
Parecía caminar sin orientación n¡destino determinado. Se diría que una fuerza extraña le guiaba por donde no pensaba. Era ya anochecido y acertó a pasar por delante de la Catedral. Entró en ella. El aspecto de la misma era impresionante. Inmenso gentío llenaba sus anchas naves. Los suaves acordes .arrancados al magnífico órgano catedralicio invadían el ambiente y producían elevadas emociones en los fieles. El coro ha entonado, en melodía gregoriana, el himno litúrgico Vexilla regís prodeunt, que corea de manera emocionante la numerosa concurrencia.
Mientras, el Cardenal-Arzobispo, con toda la pompa pontifical, traslada procesionalmente la Vera-Cruz de su capilla al altar mayor y la expone a la adoración de los fieles. Se rezan preces, que se alternan con cánticos sagrados.
Mr. X, que al entrar no pudo ocultar la impresión de desprecio hacia aquella muchedumbre arrodillada ante la Cruz, que él detestaba en su corazón, fue poco a poco dejando ver en su semblante el cambio que la escena producía en su ser. Emociones encontradas. Una verdadera lucha de dos espíritus radicalmente rivales.
Terminados los cánticos, se hace silencio y aparece en el púlpito la esbelta silueta del Padre Jandel, religioso dominico, quien con elocuencia arrebatadora y fervorosa convicción habla del poder de la Santa Cruz contra las maquinaciones de Satanás. La función termina con la adoración de la Vera-Cruz, y los fieles marchan, alegres y efusivos, a sus casas.
***
Mr. X espera a la puerta de la Catedral. Al salir el Padre Jandel se le acerca y le dice:
—Señor, ¿cree usted en lo que acaba de predicar?
—S¡no lo creyese —le respondió el Padre— no lo predicaría. Yo no enseño sino lo que creo. La virtud de la señal de la Cruz está reconocida por la Iglesia y por eso la predico con toda seguridad.
—¿De verdad?—, repuso maravillado Mr. X.
—Como lo oye, señor.
—Pues yo no lo creo. Por eso le propongo que haga usted una prueba sobre lo que acaba de predicar.
El Padre Jandel, algún tanto intrigado, con amable sonrisa, le dijo
—Usted dirá, señor.
—Sepa -dijo Mr. X— que muchas noches se reúnen conmigo varios amigos en tal calle y tal número, y en ocasiones solemnes viene el demonio en persona a presidir la reunión. Venga usted conmigo una noche, yo le esperaré en la puerta, dirá la consigna y entrará. Ya allí, cuando yo le indique, disimuladamente usted hará la señal de la Cruz y veré s¡es verdad cuanto ha dicho.
***
El Padre Jandel, aconsejándose debidamente y obtenida la aprobación del Cardenal De Bonald, a la sazón Arzobispo de Lyón, aceptó. Pasó dos días en oración y mortificaciones, al cabo de los cuales llamaba en la puerta de Mr. X. Nada podía descubrir en él a un religioso. Iba vestido de seglar. Sólo ocultaba en su pecho un Crucifijo y en el bolsillo un Rosario.
Debidamente puestos acordes para no ser descubiertos, se dirigen a la casa misteriosa, y bien pronto se ve sorprendido el Padre Jandel, por el aspecto deslumbrador del salón. Las butacas están cas¡en su totalidad ocupadas por caballeros de distinguido porte. Allí en medio hay un sillón vacío sobre un pequeño estrado; ostenta en el respaldo signos misteriosos. Suenan melodías selváticas y dulzonas que encrespan sus nervios; se oyen las invocaciones de costumbre y, a los acordes ditirámbicos de ritual, aparece el personaje misterioso que ha de presidir desde el sillón del estrado. En esta ocasión no salió suave, acicalado y sonriente, como de costumbre, sino hosco, con ojos centelleantes y cabellos encrespados. Da sobre la tarima una terrible patada que estremece el salón. Aprieta los puños, cruje los dientes y da un grito que más bien parece aullido
-i¡Traición!! ... ¡¡Traición!! ...
Los asistentes se miran llenos de pavor. Mr. X toca con el pie al P. Jandel. Este, disimuladamente,, saca el Crucifijo y con él hace la señal de la Cruz sobre todos.
... .. ... ... ... ... ... ... ... ...
Un rayo no hubiera dado un resultado tan inesperado, tan repentino y estrepitoso.
Las luces se apagaron, las butacas se amontonaron en confuso estrépito ; en breves segundos la estancia quedó desierta.
Pasado el terrorífico torbellino, el Padre Jandel se ve tranquilo y solo ; siente que a sus pies hay alguien. Es Mr. X, que está arrodillado y le dice
—¡Creo, creo! Padre, pida por mí.
Al día siguiente el Padre Jandel le oía en confesión y le reincorporaba al seno de la Iglesia.
Fr. Fidelis
NOTA DE LA REDACCIÓN. El nervio de la narración que antecede es rigurosamente histórico.
Nota del webmaster. Fr. Fidelis creo que es un seudónimo. No sé quién se esconde tras él
Aclarando conceptos
Esto es la Inquisición
Cas¡todos los discursos pronunciados en la España roja por aquellos esporádicos oradores melenudos, de pistolón, en mangas de camisa y a veces de camisa sin mangas, llevaban al final el mismo gastado disco: «Todo español consciente aportaría sus fuerzas, su entusiasmo, su dinero y su colaboración íntegra para acabar, de una vez para siempre, con los espadones, latifundistas, clérigos, señoritos y toda la ralea que durante siglos habían formado la España negra e inquisitorial.»
Sobre todo esto, la España inquisitorial. Les dolía el recuerdo de aquella España que fue y les enloquecía la posibilidad de que volviera a ser. Porque ellos no eran España. Y la Inquisición española fue la gran defensa de España en los siglos que lo fue de verdad.
Setecientos años, ríos de sangre, las vidas de sus mejores caudales numerosos, retrasos en la cultura y sacrificios sin cuento empeñó la madre España en la obra titánica de vencer y dominar a los discípulos del Corán. Una lentitud tan grande, en obra tan amada y con tanto vigor emprendida por los españoles, fue, en gran parte, debida a la acción disgregadora y' malvada de los judíos, que infiltrados en los países cristianos, dueños del dinero, emboscados en puestos de las administraciones reales y, a veces, en las mismas cortes de los reyes, obispos, condes y caballeros, sembraban la división, entorpecían la economía y saboteaban con sus poderosos medios toda gran empresa.
Culminada la obra de la Reconquista con la ocupación de Granada, fue afán inquieto de los Reyes Católicos consolidar y dar firmeza eterna a la lograda unidad política nacional, trabándola fuertemente con el vínculo eterno de la única eterna fe.
Los delitos contra la fe eran delitos contra España, y había que dotar a la nación de un poderoso medio de defensa contra una vida recién creada, que se anunciaba pujante, pero que se podía frustrar.
Gran número de moros y judíos seguían viviendo en España. En la conciencia popular reposaba un viejo sedimento de odio, que de vez en cuando se agitaba en incoercibles impulsos de venganza. Por prestigio de su autoridad, por razón de policía, por derecho de gentes, los Reyes no podían dejar a aquellos vasallos suyos a merced de las pasiones de las masas.
Solicitaron los Reyes, y concedió el Papa franciscano Sixto IV, la institución del tribunal del Santo Oficio o Inquisición, con bases algo distintas de las que tenía en los otros países y en el mismo Aragón.
La oposición fue ruda, por parte sobre todo de los judíos conversos, que según una crónica del tiempo, «habían logrado gran empinación e lozanía, e muy grandes riquezas e vanagloria, haciéndose sabios, e doctos, e obispos, e canónigos, e frailes, e abades, e contadores, e secretarios de los mismos reyes, siempre a punto de predicar la ley de Moyses». Intrigaron en la corte, ofrecieron cientos de maravedises, y el santo maestro de Epila, Pedro de Arbués, delegado en Aragón del primer inquisidor general, el incorruptible Fray Tomás de Torquemada, fue cosido a puñaladas en una celada que le prepararon.
A pesar de todo, y gracias en gran parte a la voluntad recia de la santa reina Isabel y a la actitud enérgica del gran franciscano, gran español y gran Cardenal Cisneros, el Santo Oficio quedó organizado y comenzó a funcionar.
Sus actuaciones sí fueron de rigor, de inflexible rigor, pero también de aquilatada y escrupulosa justicia, como lo pedía el fin para que fue instituído y las circunstancias en que desenvolvía su actuación.
Su eficacia fue admirable, y su finalidad, mientras su espíritu no fue desvirtuado, perfectamente lograda.
La España de la Inquisición, precisamente, es la España una, apretada, compacta, recia, dura y poderosa que descubre mundos que les da riquezas y cultura; que resiste sola la acción disolvente de las doctrinas luteranas; que gasta sus energías para defender de ellas a otras naciones de Europa; que asombra al orbe con el esplendor de su poder; le deslumbra y adoctrina con la luz de la ciencia de sus sabios ; le fascina con la belleza que crean sus artistas, y le edifica con las virtudes de sus santos.
Por todo esto, cuando la envidia de las naciones extranjeras se cuajó en odio contra España, fue el Santo Tribunal, aquel poderoso órgano de defensa nacional, lo primero que se intentó destruir. Logrado esto plenamente en las Cortes de Cádiz, el desplome de la grandeza nacional vino ya rápido, inevitable y estrepitoso.
¿Hubo lamentables injusticias? Cierto, pero menos y menores, incomparablemente menos y menores, que en cualquier otro tribunal de aquel tiempo, de todos los tiempos y de todos los países. Las tremebundas leyendas de crueldades atroces y los fantásticos números de procesos, sentencias y condenas, tienen su
origen en la Historia crítica de la Inquisición española, de R. Llorente, antiguo secretario del Santo Tribunal, vendido al rey intruso José Bonaparte y miembro activo de la masonería. Para que no se le pudiera acusar de falsario hizo quemar los archivos. Afortunadamente, se salvaron los documentos pertenecientes al distrito de Córdoba, uno de los mayores de los doce en que estaba dividida la Inquisición española. Estos documentos arrojan las siguientes sumas: Quemados vivos, 5 ; en efigie, 73 ; condenados a confiscación de bienes, 71 ; relajados al brazo secular, 31 ; total, 180 víctimas en trescientos -treinta y un años de actuación en la región de Córdoba del terrible Tribunal de la Inquisición.
Con razón escribe Menéndez y Pelayo: «La ponderada efusión de sangre fue mucho menor que la que en nuestros días emplea cualquier gobierno liberal y tolerante para reprimir una conspiración militar o un motín de plazuela.»
En un solo año, dice el protestante Cobbet, hizo morir más víctimas la reina Isabel de Inglaterra que la Inquisición española en toda su existencia.
Y no es posible la comparación con las crueldades y número de víctimas inocentísimas de los treinta y dos meses de Comités de Salud Pública y Tribunales Populares.
La espontaneidad conquista simpatía
Lo interesante en las reuniones es la espontaneidad. Por eso quienes más éxitos obtienen en las mismas y conquistan mayor número de simpatías son precisamente los que revelan poseer esa espontaneidad.
La vida de sociedad, la frecuentación de amistades, relaciones, clubs, etcétera, no impone obediencia a normas artificiosas. Es éste un error generalizado que conviene disipar. En las mencionadas actividades no rigen otras reglas que las de urbanidad y educación. Todavía se confunde la corrección con el trato ceremonioso, con el estiramiento. La corrección no es afectada, sino algo que se va formando en el interior de cada uno, tan sencillo como un ademán, un gesto, porque constituye la exactitud y propiedad de ese gesto y de ese ademán.
La afectación no debe tomarse jamás por indicio de perfecta educación y don de gentes, porque quienes mejor saben conducirse son los menos afectados. Los modales y las frases afectadas son simulación pura, que no puede engañar.
Todo, menos trabajar
—Sí, nos mudamos de casa. No te lo avisé antes porque no habían instalado todavía el teléfono.
—¡Se mudaron otra vez ! ¿No estaban contentos con el departamento?
—(Vacilante.) Sí, pero... Surgieron unas dificultades con el dueño de la casa, un individuo que sólo piensa en el dinero. Nos atrasamos un poco, ¿sabes? Un par de meses, como ocurre siempre después del veraneo, y ese hombre intratable...
—(Comprensiva.) ¡Oh, sí, ya me imagino lo que sucedió! Nosotros también tenemos ese problema. ¡S¡no fuera por el tío rico de mamá, que nos dio su garantía! ...
—En eso, ustedes tienen suerte...
—(Sin entusiasmo.) Hasta cierto punto... ¡Siempre nos está reprochando el haber tenido que..., hacerse cargo de las cosas!
-(Suspirando.) ¡Lo mismo que nos ocurrió con el primo de papá! Es un estanciero riquísimo, pero se puso furioso cuando nos vimos obligados a recurrir a él por segunda vez. Nos dijo las frases más hirientes que s¡creíamos que nos iba a mantener... ¡Mantener! Es una palabra demasiado ofensiva, ¿verdad?
—(Indignada.) ¡Insoportable!
—Y después de todo, como dice papá, ¿para qué están en la familia los que han tenido más suerte y han hecho fortuna?
—¡Naturalmente! ¡Es un deber moral!
—¡Pues trata de hacérselo comprender!
—(Con tristeza.) Nosotros estamos atravesando por una época bastante difícil. ¿Te enteraste de que ya no tenemos el auto?
—¡Oh, qué pena! ¡Un coche tan bonito!
—Sí, es lamentable... Pero..., ¡se lo llevaron!
—¡Ah!
—Se nos juntaron las mensualidades del tapado de Indianlamb de mamá; de los tres trajes y el sobretodo de papá ; de m¡bolero de zorros, y de otras cositas por el estilo... y nos quedamos sin el coche. ¡No quiero pensar en lo que dirá la gente!
—(Compasiva.) ¡Es terrible! ¿Y tu cuñado no pudo ayudarles?
—¡Oh, no! La pobre Marta vive angustiada... ¡Están en una situación trágica! El no gana sino quinientas pesetas... ¡y sólo la habitación les cuesta trescientas por mes!
—¡Pobre Marta ! ¡Qué mala suerte! ¡Lástima que un muchacho de tan buena familia como Esteban no haya podido conseguir un empleo con un sueldo decente!
—¿Qué quieres? ¡Es una época atroz! ¡Las familias distinguidas se ven obligadas a vegetar en la mediocridad! ¡Apenas lo necesario para vivir!
—Yo me pregunto a veces adónde iremos a parar... ¡El mundo se está volviendo inhabitable!
—Ya ves lo que sucedió con m¡hermano. Quedó cesante, ¿y por qué? iPorque el pobrecito tuvo mala suerte en las carreras y no pudo reponer lo que había tomado, con la intención de devolverlo! Y menos mal que el asunto permaneció oculto, gracias a la influencia de nuestra familia.
—(Con hondos suspiros.) ¡En qué días estamos viviendo! ¡Ya n¡el nombre se tiene en cuenta! ¿No se atrevió un advenedizo a decirle a m¡primo «No me importa de quién desciende... Es inútil, y lo despido!»
—(Horrorizada.) ¡Qué barbaridad! Asombra pensar en lo incomprensiva que es la gente... Hace poco fu¡a pedirle un pequeño favor a una amiga, y me dijo, muy irónicamente, s¡no se me había ocurrido la idea de trabajar...
—(Espantada.) ¡Trabajar! ¿Empañar el brillo de nuestro nombre? iNunca, nunca! ¡Más vale seguir soportando esta vida de estrecheces, incomprendidas, maltratadas!
—(Con lágrimas en la voz.) Tienes razón... ¡Todo, menos trabajar!
—