Índice del número 192
Del 1 diciembre de 1944. Director: Fr. José A. Arnau.
- Paz a los hombres de buena voluntad.
Virgen y madre. F. M. Morales.
Joven cristiana, mira a María. Predica el santo. Fr. Antonio de Padua.
En la plenitud de los tiempos. Estampas evangélicas. Fr. Rafael Fuster, ofm
Adviento y Navidad. Página litúrgica. Fr. Juan Mª Nadal, ofm.
- Cofradía de la Purísima Concepción. Origen. Fr. José Antonio Arnau, ofm.
La Nochebuena. Trinidad Aldrich.
Consultorio Religioso. Fr. Agnelo.
El Inmaculado Corazón de María. Fr. Luis Ángel, ofm.
Noticias.
P. Carlos García Badía in memoriam.
Paz a los hombres de buena voluntad
Tañerán también este año las campanas de Belén; pero su tañido sonará más bien a plegaria. Y es que, una vez más, el fragor de la guerra va a apagar aquellos sones dulces y armoniosos... También se asomará entre las nubes el ángel mensajero; mas los vapores densos de odio y venganza ocultarán el resplandor del cielo, como se apagarán la dulce voz angelical entre el estampido de los cañones... ¡Que desgracia la de la Humanidad de nuestros días, empeñada en lucha terriblemente fratricida! Ahora se cumple como nunca aquel lamento del profeta: "¡Qué amargo mal es dejar a Dios!"; porque descarriado y fuera de camino anda el mundo desde que abandonó la Ley Santa del Señor...
Está ya por reaparecer la estrella de Belén en el celaje de nuestra fe. Y mientras gozamos nosotros de la paz que nuestro invicto Caudillo ha sabido ganarnos y conservarnos, oremos para que todos los pueblos sean iluminados por el fulgor de aquella estrella y sea ya una realidad el mensaje de Nochebuena: "Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres de buena voluntad".
Virgen y Madre
La armonía de la Virginidad y Maternidad de María suspende el ánimo ante tanta belleza. La armonía, que es unidad superior y, por tanto, solución de contrastes y satisfacción cumplida del entendimiento Y de la voluntad, no es patrimonio de la rebeldía y de la soberbia, causas éstas de toda distinción y quebranto. La armonía es paz, es amor, es verdad, es luz y es vida; así como la rebeldía es descomposición y muerte. De ahí la fecundidad vivificante del catolicismo y la esterilidad corruptora del materialismo en el mundo.
La Iglesia Católica nos ofrece en este mes de diciembre esa armonía en los dogmas de la Concepción Inmaculada de María y de su Maternidad gloriosa misteriosamente relacionados. Todo es contraste armónico en estos misterios. El mundo no los concibe y brama y blasfema de ellos; pero sus blasfemias y bramidos no pueden interrumpir la resonancia cíe los cánticos en la Noche brillantísima (otro contraste armónico) del Nacimiento del Salvador del mundo, Dios y Hombre nacido de Virgen-Madre, unión hipostática de naturalezas diversísimas, a un tiempo Salvador y Víctima, adorado e pastores y de reyes.
Y para mayor abundancia de contrastes, la Iglesia dispone, como en otros tiempos, del año litúrgico, que para celebrar dignamente el resplandor y el gozo de estos misterios pascuales de Navidad, aurora de nuestra Redención, nos preparemos de antemano con el austero Adviento que nos haga merecer los tesoros de gracia que nos trajo el Divino Infante.
El franciscanismo ha puesto en estos amables misterios toda la simpatía y el fuego de su amor seráfico. Su lema «Paz y Bien» hace contraste con su pobreza de espíritu encantadora. Cuando todo el mundo busca su seguro de vida y su acomodo, en la posesión de los bienes materiales (que nada tienen de bien n¡de paz), y en opulentos enlaces matrimoniales, y en conciertos financieros, Francisco y su Orden, con desprendimiento heroico, se desposan con la Pobreza, enamorados de su humildad, y renuncian, como Cristo, a todo, en un mundo e ambiciones y codicias. Por eso el «Paz y- Bien» es el eco armonioso del cántico angélico Et in terra pax hominibus bonae voluntatis.
La Orden Franciscana, que había recibido de su santo Fundador el patronato e María como abogada y Madre., hizo suya la defensa del misterio de su Concepción Inmaculada. Por eso cinco siglos y medio antes de la definición dogmática por Pío IX, el franciscano Juan Duns Escoto, el Doctor Sutil, por llamamiento del español Gonzalo de Balboa, a la sazón General de la Orden e Menores, acudió a París para intervenir en la controversia ordenada por Benedicto XI, con el fin de resolver la disputa que sobre la gracia y la limpieza original de María venían sosteniendo los franciscanos defensores del Misterio, frente a los teólogos de la Universidad de París. Y allí, ante cientos e doctores y sabios y de una ingente multitud e fieles, el joven hijo de San Francisco, luego de saludar a la milagrosa imagen de María con su célebre invocación Dignare me laudare te, Virgo sacrata..., fue refutando cada uno de los doscientos argumentos de sus impugnadores, pronunciando luego el suyo, decisivo, sutilísimo y contundente: Potuit, decuit, ergo fecit.
Cuenta la Historia que aquella ilustre asamblea, una de las más solemnes que ha presenciado el orbe literario, aclamó, conmovida, al humilde franciscano ; y al día siguiente el claustro de la ilustre Universidad de la Sorbona acordó en pleno celebrar todos los años la festividad del misterio e la Concepción Inmaculada de María.
Este acontecimiento quebró de raíz la disputa que durante dos siglos mantuvo apasionados a insignes teólogos. Desde aquel feliz argumento escotista, la defensa de la Concepción Inmaculada fue ya el honor de las Universidades, que, como un voto, la exigían a sus doctores; y ese mismo argumento movió hace noventa años a Pío IX a declarar dogma de fe la opinión teológica del franciscano Escoto.
De la devoción al Nacimiento del Salvador nos dejó el Padre San Francisco su invención de celebrarlo todos los años con pormenores que conmueven; tierna devoción la del «Belén» familiar, que mantiene el aroma de las más puras y delicadas costumbres de las familias cristianas. Con razón han exhortado siempre los Sumos Pontífices a las familias y a los pueblos a que imiten las virtudes franciscanas en la regeneración de la familia y de la sociedad , declarando Patrono e la Acción Católica a San Francisco de Asís por el soporte que con su Orden ofreció a la Iglesia en aquel depravado siglo xii¡y por la restauración que obró en la familia y en la sociedad por medio de su Venerable Orden Tercera de Penitencia.
F. M. Morales
Un comentario oportuno
Beat¡mundo corde
Al terminar m¡lectura no puedo menos de hacerme estas reflexiones: ¿Cómo es posible que las jóvenes católicas de estos tiempos, olvidando la majestad de Dios que cubre el velo de la hostia santa, vayan a recibirle con esos vestidos escandalosamente cortos y sin sentir repugnancia de introducirle en sus labios pintarrajeados por el carmín?
Más que una visita de amor, es un ultraje hecho al buen Jesús el entrar en los templos con vestidos inmodestos. Y no sólo en los templos, porque... ¿No es el mundo entero como un inmenso templo fabricado por la omnipotencia divina?
Ya sé yo que la joven que lea estas líneas se excusará alegando las exigencias e imposiciones de la moda.
Pero... ¿acaso hay mayor obligación que la de conservarse pura y salvar el alma?
El mundo se ha hecho tan exigente porque no ha hallado un alma fuerte y decidida que le haya dicho: «Vas demasiado lejos; yo no quiero seguirte.»
Debieran las jóvenes católicas decidirse ya, pues una cantidad inmensa de gloria será la recompensa de pequeños esfuerzos.
La plaga moderna es la inmodestia. Y sin embargo, en medio de este ambiente en que vivimos podría triunfar la honestidad de nuestras jóvenes sólo con que se lo propusieran seriamente.
¿Acaso no floreció la pureza en medio e una sociedad degradada que había entronizado la deshonestidad en los altares de sus dioses? ¿Se tropiezan ahora con más dificultades que en los primeros siglos del cristianismo, en los cuales tantas doncellas vertieron su sangre en defensa de su pureza?
Un esfuerzo, pues, s¡queremos disfrutar de la bienaventuranza prometida a los limpios de corazón.
Inmaculada
Predica el Santo
Joven cristiana, mira a María
Te has enojado porque tu amiga te ha dicho que tu vida carece de sentido. Con todo, tú no has sido con ella más propicia al decirle que la suya era sosa y aburrida.
No pretendo terciar en vuestra diferencia. N¡me interesa decidir cuál de las dos tiene razón. Quiero, sí, hacerte reflexionar y levantar tu ánimo, para que mires horizontes más elevados, anchos y luminosos, en que tu espíritu se robustezca y domine el mezquino ambiente que le oprime...

¡Vida sin sentido!... ¡Vida sosa y aburrida!... ¡De cuántas jóvenes de hoy puede decirse que su vida no merece otro calificativo! Porque, a la verdad, a poco que se observe el ideal práctico de la joven moderna, salta a la vista su vaciedad e intrascendencia.
Diríase que una inconsciencia suicida la guía y lanza al torbellino de la sida, sacándola de su órbita femenina, donde brilla naturalmente con sus otes y encantos, para degradarla en lucha dispar con el hombre... Y s¡se reconcentra en sí, parece mirarse tanto que se convierte en centro egoísta, en ídolo devorador o en inconsistente llama ele vanidad.
Es que la vida sólo tiene sentido cuando se mueve en la ruta marcada por el dedo e Dios ; cuando se desenvuelve al dictado de la Voluntad Divina, norma suprema ele su destino.
La joven moderna se refina mucho, siente mucho y se mueve mucho. Yo diría, más que nunca; pero descentrada, en el vacío. Por eso se agota, se cansa, siente hastío, desilusión de vivir, agobios de vértigo. Para librarse e tal pesadilla se echa en brazos de un «snobismo» exótico y malsano, buscando en la novedad extravagante la nota que excite nuevos estímulos de vivir o que la aturda o adormezca en estúpida ilusión...
¡Vano recurso! ... La vida sigue su camino ; al fin el propio destino se presenta implacable y la solución se impone, no según el propio capricho o los dictados del azar, sino conforme a la norma señalada por la voluntad de Dios, quien ha depositado en el corazón humano gérmenes ele valor eterno que piden ser desarrollados, y que no lo pueden, s¡no es bajo el calor del único Sol de Justicia: Cristo, nuestro Dios.
La joven moderna cree poder vivir impunemente suy ¡da, olvidando su condición e cristiana, y se equivoca enormemente. A nadie más que a ella le hace daño este olvido. Jesús fué su dignificadory continúa siéndolo.
Sus encantos, sentimientosy actuaciones, so pena de caer en la esterilidad, desvanecerse o trocarse en ponzoñosas influencias e ambiente, deben ser bañados por los rayos e luz y de amor del Corazón de Cristo.
Sus encantos deben exhalar aromas de cielo; sus sentimientos ser conductores de vida inmortal; su actuación, fecunda lluvia de bienes eternos. Para que así sea, debe imperiosamente estar adherida a Cristo, como el sarmiento lo está a la vid, porque sin El nada se puede. hacer en orden a la felicidad eterna..
El inmortal Pontífice Pío XI, hablando a las Hijas de María, de Roma, plasmó en frases lapidarias el ideal vivo de la joven cristiana.
«Esta -dijo- debe ser: Angélicamente pura, eucarísticamente piadosa y apostólicamente atractiva.»

Joven lectora, no te desalientes. Lo sé y comprendo muy bien. El mundo en que vives no te ofrece ambiente adecuado para llevar a sazón ese ideal que te encanta.
Pero tú abre los ojos a la fe y el corazón a la caridad. Bien pronto te verás frente a horizontes nuevos e inmensos...
La figura de María Inmaculada será tu estrella, tu estímulo y tu madre. Mírala bieny síguela...
Ella te introducirá en la mansión de la vida fecunda, eterna y feliz que tu corazón buscay anhela.
Fr. Antonio de Padua
Estampas evangélicas
Con la plenitud de los tiempos
(El nacimiento de Jesús)
El hecho es el más trascendental de cuantos registra la historia de la Humanidad, y su mejor comentario es el sencillo relato evangélico. A San Juan debemos unas pinceladas del todo sublimes que permiten vislumbrar la generación eterna e Jesús, Hijo e Dios. Su pluma, mojada sin duda en el pecho de Jesús, nos ha revelado algo del misterio insondable del Verbo, viviendo la mismísima Vida e Dios en el seno del Padre.
Pero es a San Lucas a quien debemos los pormenores más tiernos del Nacimiento de Jesús como Hombre. Helos aquí:
... Y estando allí (en Belén se cumplieron los días en que debía dar a luz María. Y dio a luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales,y lo recostó en un pesebre porque no había lugar para ellos en el mesón. Había a la sazón unos pastores en aquella comarca que estaban velando... ",he aquí que apareció junto a ellos un ángel del Señor y la claridad de Dios les cercó de resplandor, y tuvieron gran temor. Mas les dejos el ángel: «No temáis, porque he aquí que os anuncio un grande gozo que será para todo el pueblo. Es que os ha nacido el Salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David. Ved aquí la señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre.» En este instante se juntó al ángel (mensajero) una tropa numerosa de la milicia celestial, que alababan a Dios y decían: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.»

Conocido es de sobra este pasaje e todo el mundo cristiano, pero su lectura tiene siempre nuevos encantos. Su recuerdo va necesariamente unido al nombre de Belén, y Belén dice siempre alegría. Alegres son sus moradores y los mismos contornos ofrecen el panorama más gracioso de toda la Judea, ya que el terreno, poblado de frondosos olivos y ricos viñedos, va bajando en semicírculo desde la ciudad hasta la fértil llanura de Beth-Sahur, más conocida por el campo de los pastores. Bien hizo resaltar San Jerónimo la perfecta conformidad geográfica con el significado etimológico de su nombre: Beth-legem = casa del pan, significado que se presta por demás a ser explotado simbólicamente, como lo hizo la tradición, aplicándolo a Jesús, el verdadero Pan del cielo bajado aquí precisamente.
Belén, siempre encantadora, lo es de manera especial cuando amanece el 24 de diciembre. La carretera de Jerusalén a Belén se ve constantemente cruzada por innumerables vehículos. Nutridos grupos e peregrinos del país y extranjeros prestan una animación extraordinaria a la ciudad de David y sugiere a la imaginación soñadora una mirada retrospectiva a veinte siglos de distancia, cuando el decreto de Quirinio, gobernador romano de estas regiones, ocasionaba otra animación extraordinaria en esta misma ciudad. Ahora es la basílica del Nacimiento el motivo y el centro de todas las peregrinaciones. Belén, tierra de Judá, ya no serás pequeña entre las ciudades de Israel desde que Jesús nació en una cueva y fue reclinado en un pesebre... ¡Afortunado lugar escogido por Dios para hacer su manifestación personal entre los hombres!: Dios, que había hablado repetidas veces por boca de los profetas y por la pluma de los hagiógrafos, nos habló Últimamente —según dice San Pablo— por medio de su Unigénito Hijo... Este es el gran acontecimiento que culmina en la plenitud de los tiempos.

Es 24 de diciembre. El sol ha rebasado el meridiano y empieza a declinar el día cuando van agrupándose las muchedumbres en la plaza de la basílica del Nacimiento. Se diría que la gente espera algo, algo así como una consigna de fiesta... En tal expectación sale de la basílica la numerosa Comunidad franciscana y aguarda unos minutos en religiosa formación; y he aquí la consigna: un clérigo del Patriarcado latino de Jerusalén hace su aparición en la plaza montado a caballo y empuñando, a manera de estandarte, la cruz patriarcal. Y al momento son lanzadas a todo vuelo las campanas de la basílica, cuyo sonido se ha corrido por toda la gente como una descarga eléctrica. Un poco más y llega el Patriarca de Jerusalén, que es aclamado por el público y saludado por las campanas, que voltean sin cesar. La banda infantil del orfelinato franciscano se ha sumado a la alegría, mientras la schola cantorum saluda al Prelado con el canto de ritual y parte la procesión hacia la basílica. Los cordones de la policía son ya incapaces de contener el desbordante entusiasmo de la gente, que se apresura a penetrar en la basílica... Y sigue la primera parte de la fiesta litúrgica, las Vísperas, cantadas con toda la solemnidad pontifical: Rex pacíficus magnificatus est... El ambiente de la basílica es el mejor comentario a este antífona que inicia la liturgia de Navidad.
Unas horas e descanso, y la noche marca el punto álgido de la fiesta: el Christus natus est nobis..., lanzado polifónicamente a los aires, es como el toque e atención de Maitines. Ha empezado la gran solemnidad y la emoción va en crescendo hasta el momento en que el Patriarca entona el Gloria in excelsis Deo... y el precioso Niño de Belén aparece sonriente sobre el altar... S¡a la emoción religiosa del momento se une la que inspira el cuerpo diplomático de Jerusalén, que asiste en pleno a la ceremonia, se dará cuenta el lector que la Nochebuena en Belén es algo de cielo, indescriptible en toda su grandiosidad... Y el eco de aquel cantar angélico de Belén se ha propagado a todos los rincones de la tierra, donde sigue vibrando en todos los corazones cristianos el Gloria a Dios en las alturas...
«El heroísmo no es menos necesario en las batallas sostenidas por la causa de las virtudes cristianas que en el campo de batalla. Los principios de Cristo —fe en Dios, obediencia a su Ley, confianza en la justicia y en la caridad— son principios de un amor que todo lo abarca.» (Palabras de Pío XII)
Página litúrgica
Adviento y Navidad
Adviento
En la naturaleza se ha operado una mutación de escena; el paisaje otoñal ha desaparecido y el frío, mensajero del próximo invierno, se deja sentir en nuestro cuerpo. También el resplandor e la liturgia ha cambiado, sumergiendo nuestro espíritu en grave meditación y decorando el culto de un ambiente de santa tristeza. Ya no se oyen en el templo las armonías festivas del órgano n¡el himno triunfal del «Gloria», y en cambio, el color morado e los ornamentos sagrados nos habla de penitencia, y el Benedicamus Domino, en vez de la despedida Ite, Missa est, al final de la Misa, nos invita a prolongar nuestra oración.
La Iglesia siente la luz de Belén, e iluminada por su divino fulgor, ve, de un lado, el gran amor de Dios, y de otro la malicia de su pecado. Por eso su oración de Adviento es gemido y deseo, llanto y anhelo, dolor y esperanza.
Durante cuatro semanas se prepara la Iglesia para recibir la gracia de la Redención. La voz de Isaías nos despierta de las preocupaciones terrenas: «Pueblo de Sión, mira que el Señor vendrá a salvar a las naciones, y hará el Señor oír la gloria de su voz en la alegría.» (Is 30,30). San Pablo concreta este pensamiento: «No andéis solícitos de cosa alguna; mas con mucha oración y ruegos, con hacimientos de gracias, sean manifiestas vuestras peticiones delante de Dios». «Vuestra modestia sea manifiesta a todos los hombres porque el Señor está cerca.» (Fil. 4, 4-7) Juan el Bautista nos invita a la penitencia: «Preparad el camino del Señor ; enderezad sus senderos.» (Lc 3,4). Y finalmente, la Santísima Virgen nos exhorta a disponer rica morada en nuestra afina para celebrar con ella el divino Nacimiento: Ecce ancilla Domini...l
Navidad
El anhelo por la venida del Emmanuel, del Rey, del Libertador y Redentor, va creciendo cada día en el Adviento por la firme esperanza en la promesa e Dios. A medida que se acerca Navidad la Iglesia va olvidando el temor, enjugando sus lágrimas y llenándose de gozo. El último domingo no puede disimular el gozo que le embarga, y en la Vigilia dilata su pecho exclamando: «Hoy sabréis que el Señor vendrá y nos salvará, y mañana veréis su gloria.» (Intr. y Grad.)
Tímidos los pueblos primitivos, cuando llegaba el solsticio de invierno, temiendo les iba a faltar la luz del sol, se desbordaban en alegría al crecimiento de la nueva luz, celebrando con tal motivo la fiesta del Natalis Invicti, del Nacimiento del Invencible. Sobre las ruinas de aquel error se levantó nuestra fiesta como viva realidad. "Cuando un profundo silencio reinaba en todo, y la noche, siguiendo su curso, se hallaba en. la mitad de su camino, tu omnipotente Palabra, Señor, vino del cielo desde el real trono." (Intr. Dom. infr. oct.) A las tinieblas del error y del pecado sucedió la aparición del divino «Sol e justicia», Cristo Dios Nuestro.
Triple Navidad
Desde el siglo y una de las características de esta solemnidad es la celebración de tres Misas por el mismo sacerdote: una a media noche, otra al rayar el alba y la otra en pleno día. Con estas tres Misas se nos indica el triple Nacimiento e Jesús: en el seno del Padre, en el seno de la Virgen Madre y en el seno del alma por la gracia.
Navidad eterna
S¡bien Navidad, en expresión de nuestro gran poeta español Prudencio, es «la sonrisa de un Niño divino sobre la faz del mundo», la Iglesia nos recuerda que ese Niño, recostado sobre unas frías pajas, es el Verbo e Dios, «Dios de Dios, luz de luz», engendrado antes de todo tiempo.
La Liturgia, «la flor más delicada del dogma», no pierde de vista, en el marco festivo de esta solemnidad, el fondo grandioso del misterio. Ella contempla extasiada la generación eterna del Verbo y presenta a sus fieles al Verbo de Dios hecho carne. En la Misa de media noche ya en el Introito recoge aquellas admirables palabras del Real Profeta: «El Señor me dijo: "M¡hijo eres tú; hoy te he engendrado".»
Navidad histórica
Aunque la liturgia contempla en el Recién Nacido al Hijo e Dios eterno, no deja e gozarse con la vista del Hijo de María, que tiritando e frío nació a media noche en un destartalado portal de Belén.
Sublime es contemplar en el débil Niño al Dios eterno, pero no menos admirable es considerar al Eterno hecho «Hijo del Hombre» por nuestro amor: «Por nosotros los hombres y por nuestra salud ha descendido y se encarnado por obra del Espíritu Santo, en las entrañas de la Santísima Virgen y fue hecho hombre.» (Credo.)
¡Cómo sonríe la liturgia ante la cuna del Recién Nacido! ¡Cómo se goza en el Evangelio de la Misa de madrugada narrándonos los pormenores del divino Nacimiento, el canto de los ángeles, la oración de los pastores, la contemplación absorta de María ante su Hijo y su Dios!
Navidad mística
El introito de la tercera Misa de Navidad nos indica claramente el fin redentor de la Encarnación «Un niño nos ha nacido y un Hijo se nos ha dado.» Y en el invitatorio de Maitines se dice: «Cristo ha nacido para nosotros; venid, adorémosle.»
La liturgia no es sólo dogma, sino fuente e espíritu y vida, y así el misterio del nacimiento de Cristo se ha de realizar en el seno de nuestra alma. Cristo nace en el tiempo para que nosotros nazcamos para la eternidad. El se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios. S¡queremos celebrar bien la fiesta de Navidad detestemos el pecado y abramos las puertas de nuestro corazón a la divina gracia. Lloremos y oremos con la Iglesia en Adviento y luego cantaremos jubilosos el Gloria in excelsis Deo.
Una respuesta de Fenelón
Fenelón, obispo de Cambray, fue preguntado por un íntimo amigo suyo s¡podía comunicarle el secreto que tenía para estar siempre contento.
—Sí —le contestó—, puedo enseñaros m¡secreto con gran facilidad. En nada más consiste que hacer uso recto y moderado de los ojos.
Su amigo le rogó se explicase más claro.
—Gustosísimo —replicó el obispo—; en cualquier estado que me hallo, ante todo miro hacia el cielo y recuerdo que m¡principal ocupación y cuidado aquí es buscar cómo encontrarme allí. Entonces vuelvo la vista a la tierra y hago que piense m¡mente en la pequeña porción de ella que ocuparé cuando me lleven a enterrar. Finalmente, miro alrededor de mí, dentro del mundo, y observo cuánta multitud de gente hay que, bajo muchos respetos, son más infelices que yo. De este modo aprendo dónde está la verdadera felicidad, dónde acaban todos nuestros cuidados, y entonces veo cuán poca razón tengo para quejarme.
El nacimiento de Jesús
El hielo de la noche decembrina
es finísima arista punzadora
que hiere el rostro de Nuestra Señora
cuando al establo de Belén camina...
De inmensa confusión al peso inclina
la davídica frente... Portadora
es de Dios humanado, ¿y a aquella hora
y... ¡allí!... va a dar a luz la Luz Divina?...
Mas... ¿qué sol nuevo, oh, noche, te colora?...
¿Qué nuevo día sus canciones bellas
viene entonando en misteriosa Aurora?...
Esa Luz que oscurece las estrellas
es Luz del rostro de Nuestra Señora...
Duermen las almas... ¡Dios viene por ellas!...
Pascual Gila
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