Santa Clara salva su convento

Los sarracenos habían devastado casi toda la Italia, llegando hasta la ciudad de Asís. Estaban ante las puertas del convento donde vivía Santa Clara con sus religiosas.

Santa ClaraAdentro ya se oían los gritos de los salvajes y los golpes que daban a la puerta para echarla abajo.

¡Qué no podrían esperar de aquellas hordas las santas mujeres!

En este supremo instante Santa Clara y sus compañeras están de rodillas en la capilla delante del altar, pidiendo fervorosamente protección y salvación.

El tumulto alrededor del convento es cada vez más grande; y va parecían triunfar los enemigos, cuando la santa, inspirada por una luz del cielo, se levanta, se acerca al altar y toma la custodia con el Santísimo en sus temblorosas manos.

Así se dirige, acompañada de todas las monjas, en procesión rogatoria, hacia la puerta, que ya estaba por ceder.

La abren y Santa Clara se adelanta, mostrando la custodia a los enemigos. Estos al ver el Pan consagrado dejan caer sus armas; unos huyen y otros caen como muertos.

Jesús había salvado al convento de Santa Clara de la profanación y destrucción.

 

Comentario

Y eso que han hecho rogativas...

Si no recuerdo mal, me parece ha sido Azorín quien ha escrito en alguna parte que la causa del profundo arraigo y larga pervivencia de la cultura islámica en Valencia hay que buscarla en la gran afinidad que existe entre el estandarte y turbante verdes de Mahoma y el verde tierno de la huerta. Bueno... Como un imponderable más... pase.

El caso es que un tranvía me llevaba hacia uno de los bellos pueblos de esa huerta verde como el estandarte del profeta. Era temprano. Unos asientos por delante iban: un obrero industrial que quizá había sido elemento activo y agitador hace algunos años; una huertana de verdad, no de juegos florales o fiesta fallera, y un huertano también de verdad, vejete, seco, alegre y... algo piropeador.

Al rato me llegó algo de la conversación que entre los tres tenían.

El labriego iba a regar y le preocupaba la acequia: ¿llevaría, no llevaría agua? ... No llevaba agua... Con los días que no he regado y lo seco que está todo, comentaba, se me van a perder las cosechas.

Pero su gesto no era amargo. ¿Estoicismo ibérico? ¿Fatalismo islámico? ¿Resignación cristiana?

El obrero, con aires de polemista, aprovecha la ocasión... «Y eso que han hecho rogativas. No ha estado mal la cosa: salieron pidiendo agua, y en vez del agua se suelta un pedrisco que por poco acaba con lo que quedaba.»

Huerta valenciana

«Es que —intervino la huertana— les ha salido mal la cuenta; como el Zaragozano señalaba agua en esos días mandaron las rogativas para tener éxito, pero como el calendario se equivocó, pues...»

Llegó m¡ parada y ya no pesqué más; pero es bastante.

Es bastante para que nos demos cuenta de lo hondo que han calado y lo mucho que han carcomido en las almas sencillas, mejor, incultas por abandonadas, las payasadas, piruetas y sarcasmos volterianos, y lo lejos, por consiguiente, que se encuentran estas pobres almas de aquella fe de carbonero, ruda si queremos, pero recia, sincera, tenaz, que fue patrimonio de las generaciones pasadas; que como un fermento bendito obraba maravillas de reacciones salvadoras, aun en los corazones más pervertidos.

Cuando el Señor dispensaba el favor conforme a lo pedido, se rendían en gratitud y correspondencia generosa a la bondad que así les complacía. Si la gracia era denegada, acataban reverentes las disposiciones infalibles de la Providencia y pensaban y sentían que la negación divina respondía a un plan justo que castigaba los pecados o a un plan misericordioso y paternal que preveía y preservaba de horrendos males. Y quedaban gozosos porque la plegaria les había acercado a Dios, y con este acercamiento se sabían honrados y, además, fortalecidos.

Y estaban en lo cierto, y con esa certeza, que nutría una profunda formación teológica, vivían una vida espiritualmente robusta, inquebrantable, en la adversidad, sin olvidos ni indiferencias egoístas y pecaminosas en la prosperidad.

Dichosas aquellas generaciones. Dichosas también las gentes de la nuestra que, dotadas de fina espiritualidad, saben captar el verdadero sentido de un acto, como aquél de la rogativa y procesión penitencial, en que la sola presencia de la Madre y Reina de Valencia con hábito penitente, hizo caer en muchos corazones la lluvia beneficiosísima del dolor que purifica las conciencias y del amor que hace que en ellas germinen, florezcan y fructifiquen las semillas del bien.

Fr. Rafael Reig, ofm.

[Nota biográfica del P. Rafael Reig]

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