Índice del número 209-910

Número extraordinario al ser declarado San Antonio Doctor de la Iglesia, de de mayo-junio de 1946. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

¡O proles Hispaniae!...

A San Antonio de Padua, honor y prez de las Espadas, Martillo de los herejes, Nueva luz de Italia, Arca del Testamento, Lirio de Pureza, Apóstol de la Paz, Amigo de Jesús, Amparador de los pobres, Consolador de los tristes, Taumaturgo admirable y Doctor Evangélico.

La Acción Antoniana, jubilosa por el nuevo honor con que el Vicario de Cristo le ha distinguido proclamándole Doctor de la Iglesia católica, le dedica este número especial y le pide su poderosa protección para ser digno instrumento suyo, con que él continúe desde el cielo su acción evangelizadora en esta sociedad herida por el error, deshecha por él vicio y destrozada por el odio de los hombres.

Carta apostólica "Exulta, Lusitania felix"

En la que declara a San Antonio de Padua Doctor de la Iglesia

Pío XII, para perpetua memoria.

Alégrate, ¡oh feliz Lusitania!; regocíjate, ¡oh Padua!, porque la tierra y el cielo os deben a vosotros un hombre tal que, a guisa de astro luminoso, no menos claro por la santidad de la vida y por la insigne fama de los milagros que por el esplendor de la doctrina, iluminó y sigue iluminando a todo el universo.

Antonio, nacido en Lisboa, capital de Portugal, de padres cristianos, ilustres por la virtud y por la sangre, se puede deducir de muchos y ciertos indicios que desde los primeros albores de su vida fue abundantemente enriquecido por la mano del Omnipotente con los tesoros de la inocencia y de la sabiduría. Todavía jovencito, habiendo vestido el hábito monástico entre los canónigos regulares de San Agustín, durante once años se dedicó con el mayor empeño a enriquecer su alma con las virtudes religiosas y su mente con la sana doctrina.

Elevado después a la dignidad sacerdotal por gracia del cielo, mientras que va aspirando a una vida más perfecta, los cinco protomártires franciscanos de las misiones de Marruecos consagran con su sangre los principios de la religión seráfica, y Antonio, lleno de entusiasmo ante tan glorioso triunfo de la fe
cristiana, sintiéndose inflamado de un vivísimo deseo del martirio, vestido el hábito franciscano, se dirigió gozoso con una nave a Marruecos y llegó felizmente a las playas africanas. Víctima, sin embargo, poco después, de una grave enfermedad, se vio obligado a subir otra vez a la nave para volver a la patria.

Desencadenándose entonces una fiera tempestad, y siendo lanzado de una parte a otra en alas del viento y de las olas; finalmente, por divina disposición, es arrojado en el extremo más remoto de Italia. Desde allí, desconociendo como desconocía el lugar y las personas, pensó dirigirse a la ciudad de Asís; donde entonces se celebraba el Capítulo general cíe la Orden de Menores. Llegado allí, con placer pudo ver y conocer al Seráfico Padre San Francisco, cuyo dulcísimo aspecto le llenó de consuelo y le hizo arder con nuevo ardor seráfico.

Habiéndose más tarde esparcido en derredor la fama de la celestial doctrina de Antonio, el mismo Seráfico Patriarca, llegando a conocerlo, le dio el oficio de enseñar la Teología a sus frailes, mandándole aquella suavísima patente: "A fray Antonio, m¡Obispo, fray Francisco le desea salud. Le agrada que leas a los frailes la sagrada Teología, con tal que no se extinga n¡entibie en ellos el espíritu de la santa oración y devoción como en las reglas se prescribe. Adiós."

Antonio cumplió fielmente el oficio del magisterio, y así debe ser tenido como el primer Lector de la Orden Franciscana. Enseñó primero en Bolonia, sede entonces primaria de los estudios; después, en Tolosa, y finalmente, en Montpellier, donde igualmente florecían los estudios. Enseñó a sus hermanos, recogiendo frutos abundantísimos, y, como ordenaba el Seráfico Patriarca, no dejó en nada languidecer en sí y en los demás el espíritu de la oración y de la devoción. Más aún, el amable santo de Padua procuró instruir a sus discípulos no sólo con el magisterio de la palabra, sino mucho más con el ejemplo de una vida santísima, conservando y defendiendo especialmente el blanquísimo lirio de la pureza virginal. Y cuánto fue estimado por el inmaculado Cordero Jesucristo este amor que.

San Antonio tenía a la pureza, no dejó de manifestarlo el Señor abiertamente, y aveces con milagros. Efectivamente, mientras nuestro Antonio, solo en su eremítica celda, estaba todo absorto con la mente en Dios y con los ojos vueltos a lo alto, he aquí que de repente, en un rayo de luz, se le aparece el Divino Niño Jesús, que con sus bracitos, apretándose al cuello del joven franciscano, mientras sonríe, llena de múltiples caricias a nuestro santo, que, ángel en carne humana, arrebatado en suavísimo éxtasis, va apacentando entre los lirios junto con los ángeles y con el Cordero divino. Los autores contemporáneos dan fe de la mucha luz que ha brillado en la doctrina de Antonio, juntamente con la predicación de la palabra divina, y con ellos los autores más recientes, que unánimemente celebran con altísimas alabanzas su sabiduría y exaltan hasta el cielo su robusta elocuencia.

Quien recorre atentamente los sermones del paduano en seguida descubre en él al peritísimo exégeta en la interpretación de las Sagradas Escrituras y al eximio teólogo en la definición de las verdades dogmáticas, lo mismo que al insigne doctor y maestro en el tratar las cuestiones de ascética y de mística; cosas todas que, como tesoro del arte divino de la palabra, pueden prestar no poca ayuda, especialmente a los predicadores del Evangelio, que forman como una rica mina de la que los oradores sagrados pueden extraer las pruebas, los argumentos oportunos para defender la verdad, para impugnar los errores, para combatir las herejías y para volver a llamar a los errantes al recto camino.

Y como además Antonio suele confirmar sus palabras con pasos y sentencias del Evangelio, con buen derecho se merece el título de Doctor Evangélico. Efectivamente, de sus escritos, como de fuente perenne de agua limpidísima, no pocos doctores, teólogos y sagrados oradores han sacado en el pasado, y también hoy pueden sacar, la sana doctrina, precisamente porque ven en Antonio al maestro y al doctor de la santa madre Iglesia.

Efectivamente, Sixto IV, en su carta apostólica Immensa, de 12 de marzo de 1472, escribe así: "El beato Antonio de Padua, como astro luminoso que surge de lo alto, con las excelentes prerrogativas de sus méritos, con la profunda sabiduría y doctrina de las cosas santas y con su fervientísima predicación, ilustró, adornó y consolidó nuestra fe ortodoxa y la Iglesia católica."

Igualmente Sixto V, en la bula apostólica de 14 de enero de 1486, dejó escrito: "El beato Antonio de Lisboa fue hombre de eximia santidad y lleno también de sabiduría divina.»

Además nuestro inmediato predecesor, Pío XI, de feliz memoria, en su carta apostólica Antoniana Solemnia, publicada el 1 de marzo de 1931, con ocasión del séptimo centenario de la muerte del santo y dirigida al excelentísimo Mons. Elías de la Costa, Obispo entonces de Padua y ahora Cardenal de la Santa Iglesia Romana y Arzobispo de Florencia, celebró la divina sabiduría con la que este gran apóstol franciscano se dedicó a restaurar la santidad y la integridad del Evangelio. Nos place recordar de la mencionada carta de nuestro predecesor también las siguientes palabras: «El taumaturgo de Padua aportó a la sociedad de su proceloso tiempo, contaminada por malas costumbres, los esplendores de su cristiana sabiduría y el suave perfume de sus virtudes. El poder de su poderoso apostolado se manifestó de manera especial en Italia. Este fue el campo de sus extraordinarias fatigas. Pero con esto no se quieren excluir otras muchas regiones de Francia, porque Antonio, sin distinción de razas y de naciones, abrazaba a todos en el ámbito de su actividad apostólica: a los portugueses, a los africanos, a los italianos y a los franceses; a todos, en fin, a quienes conociese necesitados de la enseñanza católica. Combatió después con tal ardor y con tan feliz éxito contra los herejes, es decir, contra los albigenses, cátaros y patarenos, que con razón se le ha llamado "martillo de los herejes".»

Pio XIIN¡se puede callar aquí el grande y espléndido elogio que de nuestro santo hizo el Pontífice Gregorio IX, que después de haber escuchado la predicación de Antonio y de haber comprobado las admirables conversiones que obtenía, le llamó «arca del Testamento y arsenal de las Sagradas Escrituras».

Es digno igualmente de memoria el hecho de que el 20 de mayo de 1232, once meses apenas después de su preciosa muerte, al ser inscrito el taumaturgo de Padua en el Catálogo de los Santos, terminado el solemne rito pontifical de la canonización, el mismo Gregorio IX, en voz alta, entonó en honor del nuevo santo la antífona propia de los doctores de la Iglesia: «¡Oh, gran doctor, luz de la Iglesia santa, beato Antonio, amante de la ley divina, ruega por nosotros al Hijo de Dios!»

Y éste precisamente fue el motivo por que desde el primer momento empezó a tributar en la sagrada liturgia al beato Antonio el culto propio de los doctores de la Iglesia, y en el misal Secundum consuetudinem curiae Romanae se puso en su honor la misa de los doctores. Después esta misa, aun posteriormente a la corrección del calendario, introducida por el Pontífice San Pío V en el año 1570, nunca dejó de usarse hasta nuestros días en todas las familias franciscanas y ambos cleros de las diócesis de Pavía, de Portugal y del Brasil.

Por el mismo motivo de todo lo que hasta ahora hemos dicho, inmediatamente después de la canonización de Antonio, se ha impuesto la costumbre de presentar a la veneración del pueblo cristiano, en la pintura y en la escultura, la imagen del gran apóstol franciscano llevando en una mano un libro abierto, índice de su sabiduría y de su doctrina, y teniendo en la otra una llama, como símbolo del ardor de su fe y de su caridad. Por eso a nadie debe maravillar que no solamente a toda la Orden Franciscana, especialmente con ocasión de sus Capítulos y Congregaciones generales, sino también muchos ilustres personajes de toda clase y condición, hayan expresado muchas veces el vivísimo deseo de ver conservado y extendido a toda la Iglesia el culto de doctor que desde hace siglos se le tributa al taumaturgo de Padua, y habiéndose intensifica
do mayormente estos deseos con ocasión del séptimo centenario del feliz tránsito de San Antonio, en vista también de los extraordinarios honores que se le tributaban, la Orden de los Frailes Menores, primero a nuestro inmediato predecesor, Pío XI, y recientemente también a Nos, presentó ferventísimas súplicas para
que nos dignásemos contar a Antonio entre los santos doctores de la Iglesia universal.

Y como para expresar el mismo deseo concurrió también el sufragio, tanto de muchos eminentísimos Cardenales de la Santa Iglesia Romana, de Arzobispos y de Obispos, de prelados, Ordenes religiosas y religiosas Congregaciones, como también de otros doctísimos personajes eclesiásticos y seglares, y, finalmente, de miembros de Universidades, de Institutos y de Asociaciones, Nos hemos creído oportuno confiar al examen de la Sagrada Congregación de Ritos un asunto de tanta importancia. Ahora esta Congregación, mostrándose, como suele, dispuesta a seguir nuestras órdenes, eligió una especial comisión para que hiciese un cuidadoso examen de la proposición.

Por eso, habiéndose pedido y obtenido por separado, e impreso luego, el voto de cada uno de los miembros de la comisión, no faltaba más que interrogar a los miembros de la misma Sagrada Congregación s¡supuestas las tres condiciones que nuestro predecesor, de feliz memoria, Benedicto XIV, requiere en el doctor de la Iglesia santa, es decir, insigne santidad, evidente doctrina y declaración pontificia, juzgaba que se podía proceder a declarar a San Antonio doctor de la Iglesia universal.

En la sesión ordinaria celebrada en el Vaticano el día 12 de junio de 1945, los eminentísimos Cardenales encargados de los asuntos de la Sagrada Congregación de Ritos, después de que nuestro amado hijo Rafael Carlos Rossi, Cardenal presbítero, Secretario de la Sagrada Congregación Consistorial y ponente de esta causa, hubo hecho sobre ella la debida relación, y después de haber escuchado también el parecer de nuestro amado hijo Salvador Natucci, Promotor general de la fe, dieron su propio consentimiento.

Siendo esto así, Nos, con nuestra espontánea y buena voluntad, secundando el deseo de todos los franciscanos y de todos los demás citados más arriba, por el tenor de la presente carta, de ciencia nuestra y con madura deliberación y con la plenitud de la potestad apostólica, constituimos y declaramos a San Antonio de Padua confesor, doctor de la Iglesia universal, sin que puedan obstar las Constituciones y Ordenaciones apostólicas de cualquier otra cosa en contrario. Y esto establecemos, decretando que la presente carta deba ser y permanecer siempre firme, válida y eficaz y surta y obtenga su pleno y entero efecto, que así y no de otra manera se deba juzgar y definir; como desde este momento declaramos inválido y nulo todo cuanto por ventura se intente contra las predichas disposiciones por cualquier persona o autoridad a sabiendas o por ignorancia.

Dado en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el día 10 de enero, fiesta de los Protomártires Franciscanos, el año 1946, VII de nuestro Pontificado.

Pío P. XII

Carta encíclica del Ministro General OFM, Valentín Schaaf

Con ocasión del nombramiento de San Antonio de Padua Doctor de la Iglesia en el Directorio franciscano www.franciscanos.org

El primer Lector de la Orden

Corría el año 1222. Un rumor de asombro, esparcido desde Forlí por los conventos de la Romaña, había llegado a oídos del P. San Francisco, que moraba en Asís. Su corazón, abrasado en amor de Dios y sediento de llevar ese fuego interior a todo el mundo, hubo de estremecerse de alegría. Su secreto anhelo se veía al fin cumplido. La frase que espontáneamente le subió del pecho a los labios lo demostraba: "Al fin —dijo— tenemos un Obispo." El Seráfico Padre no era enemigo del saber. Lo que le desazonaba es la ciencia que no cura de convertirse en vida de amor de Dios, en «espíritu de santa oración y devoción, al cual todas las cosas temporales deben servir», como nos amongsta en la, Regla hablando del modo de trabajar [Capítulo 5º de la Regla de los Hermanos Menores].

El quiere que sus frailes «en la predicación que hacen sean examinadas y castas sus palabras, para provecho y edificación del pueblo, anunciándoles los vicios y las virtudes, la pena y la gloria con brevedad de sermón, porque palabra abreviada hizo el Señor sobre la tierra» [Capítulo 9º de la Regla de los Hermanos Menores]. Y la palabra abreviada a que aludía nuestro Padre era nada menos que Jesucristo, expresión suma del amor de Dios y centro del amor santo de todos los corazones. ¿Cómo no había de querer que sus hijos predicasen con palabras examinadas y castas, puesto que habían de ser ellas el alado vehículo que las pusiese en el corazón de los hombres? ¡Cuántas veces y cuán fervorosamente pediría a aquel Amor que no es amado, debiendo serlo de todos, que le enviase una inteligencia prócer metida en un alma de fuego, según Dios, para que instruyese a sus frailes en el arte divino de mover los corazones al amor de Jesús crucificado, que, es Camino, Verdad y Vida!

Cuando tuvo noticia del tesoro de ciencia que el cielo le enviaba engastado en la profunda humildad de aquel frailecito extranjero, hundido hasta entonces, desde 1221, en la soledad del ermitorio de Montepaulo, y por providencial casualidad descubierto en Forlí, le vino a la lengua la exclamación recordada, e hizo suya el Santo la sugerencia de Fr. Graciano y otros religiosos de nombrar al joven predicador maestro de Teología de los frailes que se preparaban al sacerdocio. Su pluma escribió esta memorable patente o licencia en favor de aquel joven de veintisiete años, que encerraba tanto saber en tan rara humildad: «A Fr. Antonio, m¡obispo, salud en Cristo. Pláceme que leas a los frailes la sagrada Teología, cuidando que por este estudio no se apague en t¡n¡en los otros el espíritu de la santa oración y devoción, como se contiene en la Regla. Adiós.»

Desde entonces fue San Antonio Lector o Maestro oficial de Teología de los estudiantes franciscanos en Bolonia, primero, y luego en Tolosa y Montpeller. Allí mostró aquella su ciencia de las Sagradas Escrituras, ante la cual el Papa Gregorio IX llamó al Santo Doctor Arca del Testamento, y de allí se esparcieron por la Orden aquellos gérmenes de doctrina que, andando los años, fueron espléndida cosecha teológica en los grandes maestros de la Orden, desde Alejandro de Halés hasta Raimundo Lulio, pasando por los dos más eminentes, San Buenaventura y el Beato Escoto.

Como muy bien hace notar nuestro Rmo. P. General en su bella encíclica del 15 de febrero de este año, con motivo del Doctorado de San Antonio, el Santo fue el engarce de la doctrina agustiniana, entonces vigente en las escuelas, con la poderosa tradición filosófico-teológica, que nacida del espíritu de San Francisco, se convirtió en luz de doctrina en la brillante serrie de doctores que comienza en el maestro Alejandro. Hubo de ser, pues, San Antonio como el sembrador de las que fueron luego las grandes enseñanzas teológicas de la escuela franciscana, y además, fue el vigoroso propulsor de las delicadísimas devociones que brotaron del corazón ardiente del Seráfico Patriarca y prendieron vivaces en el pueblo cristiano rodando los siglos, tales como la del Sagrado Corazón de Jesús y la del Inmaculado de María, la del nombre de Jesús y la de su Preciosísima Sangre.

En San Antonio, sabio y santo eminente a la vez, se fundieron en unidad viviente la ciencia agustiniana y el espíritu seráfico, y en él se halla la semilla vivacísima ele la bellísima interpretación teológica, que culmina en Escoto, de la abrasada intuición del mundo y de la vida que tuvo y vivió el Seráfico Padre en el amor de Jesucristo crucificado, que le daba la clave para mirar con ojos celestialmente iluminados la naturaleza como obra de Dios y los dolores de la vida tocados por el amor misericordioso que vive en Jesucristo.

Ya la grande inteligencia de San Agustín había fijado el centro de la vida en el amor y el centro del amor en Dios. Pero profundamente influído por la doctrina platónica de las ideas que él cristianiza, vueian con frecuencia por el cielo radiante de su espíritu las ideas de la Hermosura y de la Verdad, que en Dios son El mismo, como centros de gravitación de la criatura a Dios, como, sin duda, es así. Pero San Antonio, al entrar en la Orden Franciscana, después de diez años de vida religiosa y de estudios entre los Canónigos regulares de San Agustín en Lisboa y en Coimbra, no halla una cosa nueva que desdiga de lo que ya sabía, sino un muy fino modo de ver esto mismo que es vida del alma y la impele con toda su fuerza a Dios. El centro de atracción dominador en el Seráfico Padre, como el punto incandescente por donde el inmenso ser de Dios toca el corazón creado y lo atrae a Sí con fuerza gozosamente triunfadora, es Jesucristo crucificado. N¡el amor de Dios puede dar más excelsa muestra de sí, n¡el hombre hallar en Dios expresión más entrañablemente conmovedora, concreta y vigorosa que ese dulce Amor crucificado, que derretía en lágrimas de ternura al Seráfico Padre y le causaba hondo agudísimo dolor ver que el Amor no es amado.
San Francisco no se metió en filosofías n¡tuvo el pensamiento de desenvolver en sistema teológico esa su manera sencilla y profunda de vivir el Evangelio; pero dejó entre sus hijos su ejemplo eficacísimo, tlue no sólo fue estímulo perenne de santidad entre ellos, sino raíz de esa generosa teología cristocéntrica del amor que pervive en inmarcesible fecundidad en su Orden.

San, Antonio, primer Lector o Maestro oficial en ella, fue un eminente continuador de esa vida y el iniciador sabio de esa excelsa doctrina.

Fr. Luis Colomer, ofm

Disputa del Sacramento

Disputa del Sacramento. Apóstoles y Santos Padres de la Iglesia Triunfante, san Antonio entre ellos. Fresco (770 x 500 cm aprox.) Raffaello Sanzio, 1509 que se conserva en la Stanza della Segnatura, una de las cuatro Estancias Vaticanas

Doctor Evangelicus

Pío XII, por su reciente decreto por el que declara a San Antonio Doctor oficial de la Iglesia, pone sobre la frente de nuestro Santo la auréola de la sublimidad de doctrina, que viene como añadida a la auréola de la santidad que, por obra de Gregorio IX, embellecía ya la figura de nuestro Santo desde el momento de su canonización en 1232, año que sigue a su muerte Con esta declaración la Iglesia confiere nuevo esplendor a la ya simpática y atrayente personalidad de San Antonio.

San Antonio. Colegio San Antonio. CarcaixentNo hemos de creer, sin embargo, que la idea de un San Antonio Doctor haya entrado en nuestros tiempos como cosa nueva y desconocida hasta ahora. Este hecho viene preparándose desde tiempos muy remotos. En el momento de la canonización del Santo, cas¡a raíz de su muerte, es el mismo Gregorio IX el que entona con este motivo la antífona O Doctor optime, propia de los Doctores, qce continúa cantando el coro.

Esta distinción honorífica con que el Sumo Pontífice honra a nuestro Santo en la celebración de esta solemnidad, muestra a las claras el elevado concepto que tenía de la excelencia de su doctrina. El aprecio y estima de la sabiduría del Santo no le vino solamente de la fama, ya entonces muy difundida, de la sublimidad de su doctrina diseminada por la predicación; fue el mismo Gregorio IX quien pudo apreciar y, medir la profundidad de la formación teológica de nuestro Santo al escuchar de su propia boca la divina palabra predicada ante su presencia en 1228, con ocasión de la cual el Sumo Pontífice, hondamente impresionado, lo saludó llamándolo Arca del Testamento.

Este acto de Gregorio IX fue desde el primer momento el sentir de la Iglesia, y como tal, no quedó como un episodio aislado sin ulteriores consecuencias, sino que desde este instante quedará permanente en la misma, tomando cuerpo en la liturgia del Santo. En efecto, se ordena para la celebración de su misa la liturgia propia de los Doctores. El oficio rimado del Santo, compuesto por Julián de Spira en 1232-1234, queda todavía rezagado al tomar las partes no propias del Común de Confesores, hasta que en el Capítulo General de Padua de 1307, ordena Gonzalo Hispano, General de la Orden, la adaptación del Oficio a la misa de Doctores. En el sentir, pues, de la Iglesia, manifestado por su magisterio ordinario San Antonio es Doctor, y como a tal se le reza en cuanto al oficio y a la misa.

S¡bien no sé tiene noticia de que en tan largo período de tiempo se haya hecho petición alguna para obtener una declaración oficial y solemne del Doctorado de San Antonio, puestas así las cosas era forzoso que tarde o pronto llegara. En efecto, en el Capítulo General celebrado en 1856 fue la primera vez en que los Padres Capitulares determinaron elevar esta petición a la Santa Sede. Estos votos se renovaron en el Capítulo General de 1927. Finalmente, en el Capítulo General de 1933 se acordaron ya todos los procedimientos a seguir para llegar a este venturoso resultado, que culmina con el decreto de Pío XII, en el que oficial y solemnemente se declara a San Antonio Doctor de la Iglesia.

Doctor Evaugelicus es el apelativo con que el Santo Padre define este Doctorado; apelativo atinado y luminoso que hermana una vida de santidad y una doctrina admirable, consagradas ambas en toda su plenitud a la diseminación de las enseñanzas evangélicas, con la prodigiosa germinación de las mismas y abundantes cosechas en las almas que el grande Apóstol del Evangelio recogía.

Sobremanera activa y eficaz fue la obra del santo Doctor en el ministerio de la predicación, pero todo su obrar no quedó circunscrito en este solo apostolado. Tuvo, además, nuestro Santo otra actividad, que s¡bien menos conocida, no fue menos eficaz e interesante: el magisterio escolástico en la cátedra. No faltan en las fuentes primitivas del siglo xiii, y principios del xiv, testimonios abundosos y de no escasa importancia que nos hablan de la actividad escolástica del Santo Doctor desde el momento en que recibió la carta de San Francisco en que le nombra primer Lector de la Orden para el «estudio» recientemente fundado en Bolonia. Solemnes conventus, nos dicen estas fuentes, ilustró con su prodigiosa ciencia teológica, entre los cuales cabe citar, además de Bolonia, Montpellier, Tolosa y, según el testimonio de Bartolomé de Pisa, también Padua.

Lástima que no hayan llegado a nosotros los escritos escolásticos del Santo Doctor, que indudablemente los redactaría, como han llegado los escritos de parte de su predicación con las dos colecciones de Sermones Dominicales y Sermones in Solemnitatibus.

San Antonio, pues, ilustró con su celestial sabiduría las cátedras de Teología de los «estudios» más distinguidos de la Orden, al propio tiempo que su palabra, insinuante y fascinadora, diseminaba por todas partes la semilla del Evangelio, esclareciendo conciencias, desbaratando errores y llevando las almas a Dios.
Teólogo profundo y maestro experimentado, al par que pregón incansable del Evangelio, he aquí los dos aspectos de la actividad doctrinal de nuestro Santo, que no escapó a la perspicacia de la Iglesia ya desde los primeros instantes después de su muerte. Aquel sentir que la Iglesia había tenido de la sabiduría de nuestro Santo, y que había manifestado con su magisterio ordinario durante siete siglos, lo declara ahora oficial y solemnemente por boca de su supremo oráculo Pío XII, saludando al Apóstol paduano con el honorífico título de Doctor Evangelicus.

Fr. León Amorós, ofm

El hereje burlado

Aunque se llame a San Antonio Martillo de los herejes, no se crea que se portaba con ellos con dureza y acritud. Todo lo contrario, se les mostraba siempre amable y complaciente, por lo que se abría a la confianza de ellos, quienes le invitaban muchas veces a comer. El Santo aceptaba Mas no siempre los herejes procedían de buena fe. Una vez de intento se le convidó a comer en viernes.

Llegada la hora de la comida se sirvió un rico pollo asado. El hereje pidió mil disculpas al Santo, pues había sido una equivocación; apero después de todo no tenía nada de particular —dijo—, ya que Jesús en el Evangelio dice: Comed de lo que se os ponga delante»

El Santo sonrió y accedió cortesmente a comer. Terminada la comida y despedido el Santo, el hereje, lleno de satisfacción, tomó los huesos del pollo dejados por San Antonio en el plato y, envueltos en una servilleta, se los llevó al Obispo, para demostrarle cómo el tan celebrado predicador quebrantaba las leyes de la Iglesia.

Pero su pasmo fue grande al desenvolver la servilleta ante el Obispo, pues no apareció otra cosa que espinas y escamas de pescado.

San Antonio de Padua, maestro de las Divinas Letras

Las páginas de La Acción Antoniana informaron a sus lectores, con motivo del séptimo centenario de la muerte de San Antonio, el año 1931, sobre los proyectos de una comisión creada en tal ocasión para trabajar por conseguir la declaración del santo paduano doctor de la Iglesia. Quince años han transcurrido desde aquella fecha, y lo que entonces eran planes, es hoy una grata realidad. Sobre la frente nimbada de la gloria de los santos, de Antonio brilla va también la aureola de los Doctores de la Iglesia. S. S. Pío XII parece haber entrevisto la alegría universal resultante de este acontecimiento, cuando encabezaba el documento pontificio con las palabras de júbilo: «Exulta, Lusitania felix...»

Pío XII ha declarado a San Antonio Doctor de la Iglesia con el distintivo de evangélico. Pero ¿acaso, dirá alguien, no será esto un rasgo generoso del Pontífice, inspirado por su simpatía y devoción al Santo más popular del mundo?

Exagerado podrá haber parecido a alguien la declaración pontificia, pero quienquiera que se sienta católico no podrá menos de ver en ella un acto del magisterio ordinario de la Iglesia, a que se debe todo respeto y veneración. Basta, además, leer el documento pontificio para ver la ponderación y aplomo con que se suele proceder en estos casos antes de sentar una afirmación.

Convengamos, pues, en que lo único que ha hecho la declaración pontificia es revelar un aspecto muy poco conocido de San Antonio: su ciencia eminente. Todo el mundo conocía al santo de los pobres, al santo de los milagros...; pero eran muy contados los que conocían al santo sabio, y sin embargo, nada más real que esto, según consta por la declaración pontificia.

Pío XII se basa en una tradición ininterrumpida de siete siglos, tradición que habla muy alto de la ciencia extraordinaria de San Antonio, destacando su fisionomía peculiar. San Antonio es, según la tradición secular, eminente en la ciencia de las Divinas Letras.

Gregorio IX constituye el primer testimonio de esta tradición, con las frases de elogio tantas veces repetidas por los biógrafos del Santo.

Junto con el testimonio de Gregorio IX, debe ir el del Beato Lucas Belludi, compañero de San Antonio en las tareas apostólicas. Decía este siervo de Dios que las frases encomiásticas del citado Pontífice, referentes a la ciencia bíblica del Santo, nada tenían de exageradas y excesivas.

A partir de entonces, así la liturgia como la iconografía, siempre han hablado de la ciencia divina de San Antonio, aparte de otros muchos testimonios autorizados, entre los cuales no es el menor el de sus obras.
Las obras de San Antonio conservadas hasta nuestros días se reducen a sus sermones, poco conocidos por lo raro de los ejemplares que quedan. Llama en ellos la atención, en primer lugar, la extraordinaria abundancia y variedad de pasajes bíblicos, entretejidos todos en una perfecta unidad de criterio y de doctrina. Bastará citar el sermón del domingo I de Adviento, en donde se cuentan más de 183 pasajes de la Sagrada Escritura. Y en este uso de las Divinas Letras se advierte pronto su preferencia por el Nuevo Testamento, muy de acuerdo con la doctrina tradicional reflejada en aquel viejo refrán, repetido en las escuelas medievales, Novum Testamentum in Veter¡latet, Vetus in Novo patet (El Nuevo Testamento está latente en el Antiguo; el Antiguo está patente en el Nuevo). «Por esto —dice Pío XII—, por el uso tan frecuente del Nuevo Testamento, especialmente de los Evangelios, es por qué le cuadra perfectamente a San Antonio el título de Doctor Evangélico.»

San Antonio, maestro en las Escrituras Santas, sabe muy bien cuál es su eficacia en la enseñanza y en la predicación, según el inspirado consejo y exhortación de San Pablo a su buen discípulo Timoteo: «Toda Escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena.» De acuerdo con este aviso paulino, ponía San Antonio a sus sermones un prólogo, en el cual, entre otras cosas, dice: «...Y he hecho esto para gloria de Dios, para edificación de los lectores y de aquellos que oirán leer estas páginas.»

Y ya en este empeño de procurar la gloria de Dios y la edificación del prójimo, no para nuestro Santo Doctor hasta hacerse todo para todos, rasgo, por lo demás, muy evangélico y paulino para ganarlos todos a Cristo. Esto es lo que resalta de aquellas palabras del Santo en el mismo prólogo: «Siendo, por otra parte, los lectores y oyentes de nuestros días tan delicados que sólo se interesan por aquello que hallan expuesto de un modo elegante; con estilo cultivado y con método nuevo, para no exponer al menosprecio la palabra de Dios y para la edificación de los fieles...» De estas palabras parece deducirse que San Antonio trata de introducir un nuevo método en su enseñanza y predicación, para interesar más a los oyentes o lectores y obtener más abundante fruto en las almas.

Nuevo parece, desde luego, el elemento litúrgico introducido en sus sermones como fuente doctrinal y resorte para animar la vida espiritual. Los Santos Padres cuentan también entre las fuentes de interpretación bíblica de San Antonio, por la abundancia del espíritu que en ellos vivía. N¡descuidaba, por último, el recurso que le suministraba su conocimiento nada común de las ciencias naturales, cual en la Edad Media podía lograrse.

En resumen: s¡tratáramos de reducir a sistema el método doctrinal y exegético de San Antonio. podríamos distinguir los siguientes elementos:

San Antonio no se pierde en especulaciones escolásticas, como bien pronto surgirán en las aulas medievales. Los herejes que martillea con su encendida y vigorosa predicación y los devotos discípulos que amaestra desde la cátedra, sólo necesitan conocer el Evangelio. San Francisco lo vive auténticamente, y San Antonio, al par que lo vive, lo predica eficazmente, enseñando que sólo él contiene la única y verdadera sabiduría, que es Cristo: Litteras nescit qu¡sacras non novit: «Nada sabe de letras quien desconoce las divinas.»

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm

San Antonio predica en el Capítulo de Arlés

Predica el Santo

Anunciándoles vicios y virtudes...

(Capítulo IX de la Regla franciscana)

«¡Oh ciegos, avaros y usureros!, ¿por qué no reflexionáis sobre vosotros mismos? Vosotros sois tierra y vuestro corazón es tierra; tierra todo lo que adoráis. Semejantes a las serpientes del Génesis, estáis condenados a devorar tierra por todo el tiempo de vuestra vida. Vosotros mismos seréis dados en pasto al diablo, y vuestra alma es la comida de la serpiente: Avarus cibus est diábol¡(El avaro es la comida del diablo); y ¿no es un puñado de tierra lo que vosotros adoráis? Y vosotros mismos, ¿no sois tierra y fango?

»¡Oh soberbio, tu corazón está hinchado como mar tempestuosa; descompasados, como las olas del mar, son los movimientos de tu soberbia! ¡Hínchate, pues, y enorgullécete! Pero ten en cuenta que no tendrás parte en el Reino de Dios. Éste está prometido a los humildes, y el Señor aparta de sí a los soberbios y les resiste.

»¡Oh lujurioso, te has convertido en objeto de burla en manos del demonio! ¡Mira lo que él ha obrado en tu alma, en tu cuerpo! A tu alma ha despojado de la gracia y de todas las hermosas virtudes; a tu cuerpo ha despojado de toda fuerza y de toda energía. Ha disipado en t¡todo manantial de virtud; te ha despojado, ¡oh miserable!, de toda hermosura de hijo de Dios, y ha apagado en el fuego de la lujuria toda acción viril, virtuosa y perfecta: Omne opus virile, virtuosum et perfectum interfecit; ¡qué desgracia!

»¡Oh vanaglorioso, tú llevas contigo aquel fuego que deseca en tu corazón toda semilla de virtud y la despoja de todo manantial de mérito! Tú soportas todas las incomodidades del virtuoso; tú sientes todas las fatigas de la vida del justo ; mas todo lo pierdes por la maldita vanagloria: Quidquid enim propter vanam gloriam facis, totuin amittis. ¿Con que tú, ¡oh necio!, buscas tu gloria, tú que no eres sino polvo y ceniza? Escucha. El espíritu es el que vivifica; mas no el tuyo, sino el de Dios: Spiritus est qu¡santificat; non tuus, sed Dei... ¿Y te perderás por ir tras una ligera y despreciable gloria mundana?

»¡Oh envidioso, has preparado un hermoso nido en tu corazón ! Un nido al demonio. Yo sé dónde moras -dice el Señor en el Apocalipsis- ; tú moras en la sede de Satanás. Tu corazón es la sede del demonio. La bestia —dice Job— entrará en su caverna y morará en ella. El corazón del envidioso es la cueva del
demonio, y todo en ella está oscurecido por el hollín de la envidia
. ¡Oh qué cosa más fea es, pues, la envidia!

»¿Y la gula? Hay también algo para ti, ¡oh goloso!, la gula es principio de corrupción e incentivo de inmoralidad.»

«El hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios, y como Dios es caridad y es bueno, justo, manso y misericordioso, tal debe ser también el hombre. Las virtudes divinas deben resplandecer todas en él principalmente aquellas virtudes que el Verbo de Dios hecho carne nos inculcó con su ejemplo y nos propuso en el Sermón de la Montaña.

»¡Cosa grande es la pobreza de espíritu! El que de todo está desprendido y unido verdaderamente a Dios, se hace apto para interceder por sí y por los otros. El que está así desprendido, es humilde, está dispuesto a perdonar y por ninguna cosa se entristece.

»¡Cosa grande es la mansedumbre de corazón! El que es de corazón dulce no se mueve a ira, no padece escándalo n¡lo da, y permanece igual, siempre conforme consigo mismo, y jamás se ve turbado por ávidas ansias y voraces impulsos.

»Quien quiera que se vea herido por la adversidad no se descorazone, porque el Señor está cerca de los que sufren y les consuela.. Jesús fue el sostén de su afligida Madre, encontrándose ésta al pie de la cruz, y El es el consuelo de todos, porque El es muro de defensa contra el adversario, es fuego que quema sus hilos y urdimbres, es nube que de él protege y defiende.

»¡Cosa grande es la justicia! El que es justo da a cada uno lo que le corresponde y se da todo a Dios.

» ¡Cosa grande es la propensión a la misericordia! Por que el Señor es misericordioso con los que lo son y perdona a todo al que olvida las ofensas.

»Y es cosa grandísima la pureza del corazón, porque hace dignos de la visión de Dios.»

(Fragmentos de un sermón de San Antonio.)

La ciencia de San Antonio

Con humildad seráfica ocultaba
San Antonio el saber que poseía...
Así entregado a la oración vivía
y en su propio desprecio se gozaba...

El cielo más y más le regalaba,
y el Santo los tesoros adquiría
de aquella celestial sabiduría
que a toda humana ciencia superaba...

Por obediencia, la humildad vencida,
se entrega a predicar con ardimiento
el Evangelio, que es Verdad y Vida...

Y tan divina luz hay en su acento
que el gran Papa Gregorio le apellida
Arca feliz del Nuevo Testamento...

Jesús Galbis