Índice de los números 218-219

Febrero-marzo de 1947. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

La Santa Cuaresma. Editorial

Nuevamente nos llama la Iglesia a renovar espiritualmente las almas, durante la Santa Cuaresma, por medio de la penitencia y de la mortificación.

Separados de Dios por el pecado, necesitamos volver a El por el arrepentimiento de nuestras culpas y por la mortificación de nuestra carne y sentidos.

Sin el espíritu de penitencia y mortificación no podemos llevar una vida auténticamente cristiana, ni andar por el camino que conduce a la sobrenatural perfección.

"Si no hiciereis penitencia —dice Jesucristo—, no entraréis en el reino de los cielos."

Tú que lees esto, cualquiera que seas, ¿has meditado en serio alguna tez estas palabras de Jesús?... ¿Cumples bien ahora este mandato del Redentor?...

Los buenos cristianos sí que lo cumplen... Los Santos sí que cumplieron este mandato del Redentor... San Francisco de Asís es un hermoso ejemplo de penitencia y de mortificación...

Imita tú el ejemplo de los Santos... Imita tú cuanto puedas la penitencia y la mortificación de San Francisco... Sobre todo imita el ejemplo de Jesucristo, que por ti ayunó cuarenta días en el desierto, y en cuya memoria la Iglesia ha instituido el santo tiempo de Cuaresma, y así entrarás un día en el reino de los cielos.

Carta de los Cardenales de Roma a Su Santidad

Nos complacemos en dar a conocer a los lectores de La Acción Antoniana la carta que dieciocho Cardenales residentes en Roma han dirigido al Santo Padre para protestar enérgicamente de la ofensiva desencadenada actualmente en Italia contra el Clero en general y muy particularmente contra el Vicario de Jesucristo, y para testimoniarle, a la vez, en estos momentos de angustia su gran devoción y fidelidad.
La carta dice así: «Mientras una prensa sacrílega y malvada se atreve a atacar a la Iglesia fundada por el Divino Redentor y a sus ministros, arreciando en sus campañas desde hace mucho tiempo, pero principalmente en los últimos días, y en especial vilipendia a la sagrada persona de Su Santidad el Vicario de Jesucristo en la tierra; nosotros, los abajo firmantes, Cardenales de la Santa Iglesia Católica, que tenemos el alto honor y la gran alegría de vivir cerca del trono de Vuestra Santidad y ser solícitos ministros del Gobierno de la Iglesia Universal, seguros de que interpretamos los sentimientos de todos nuestros colegas del trono de Vuestra Santidad, os rodeamos en el momento de la tribulación con una pena similar a la vuestra y participamos en vuestros sufrimientos, para atestiguar a Vuestra Santidad nuestra profunda afección, nuestra fidelidad y nuestro espíritu de devoción y de reparación de las burdas ofensas lanzadas contra Vuestra Santidad.

»Para los desgraciados que se han atrevido a proceder así por falta de religión y, como creemos, con objeto de debilitar los sentimientos cristianos de la población católica de Italia, elevamos al cielo nuestras plegarias para que el Padre los perdone, porque no saben lo que hacen, pero consideramos nuestra obligación protestar con todas nuestras fuerzas, como lo hacemos, de la indigna acción desencadenada contra el Jefe Supremo de la Santa Iglesia Católica, cuya persona, por solemne acuerdo, se reconoce por sagrada e inviolable, con su dignidad adicional de Obispo de Roma, en cuya diócesis es el digno bienhechor de toda la humanidad.

»¡Que Dios Todopoderoso quiera escuchar benignamente nuestra plegaria, para que los desgraciados pecadores se conviertan- y aquellos a quienes compete sepan en todo momento mantenerse enterados de sus muy graves responsabilidades ante todo el mundo católico, para que el orden y la paz vuelvan a reinar sobre la tierra que ha tenido el privilegio de honrarse con la Sede de San Pedro!»

Y termina la carta diciendo: «Muy beatífico Padre, a los pies de vuestra sagrada Santidad renovamos nuestros sentimientos de amor, reverencia y reparación, y los proclamamos desde la sagrada púrpura que vestimos usque ad efusionem sanguinis, inclusive.»

La firman dieciocho príncipes de la Iglesia que residen en Roma.

* * *

Los comentarios los hará el lector... La Iglesia hoy, como siempre, está ferozmente combatida, mas también hoy, como siempre, triunfará de todos sus enemigos, porque Jesucristo, que aunque Hombre es Dios, le prometió asistirle hasta la consumación de los siglos, y .que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. ¡No triunfarán!...

La doctrina social de la Iglesia

Siete puntos fundamentales que algunos no querrían admitir:

1.° «Punto fundamental de la cuestión social es que los bienes creados por Dios para todos los hombres afluyan equitativamente a todos, según los principios de la justicia y de la caridad... Dios, que provee a todo con consejos de suprema bondad, ha establecido que para el ejercicio de las virtudes y para motivo de mérito existan en el mundo ricos y pobres; pero no quiere que algunos tengan riquezas exageradas y otros se encuentren en tal estrechez que les falte lo necesario para la vida» (Pío XII).

2.° «Todo hombre, por ser viviente dotado de razón, tiene efectivamente el derecho natural y fundamental de usar de los bienes materiales de la tierra, quedando, eso si, a la voluntad humana y a las formas jurídicas de los pueblos el regular más particularmente la actuación práctica. Este derecho individual no puede suprimirse en modo alguno, ni aun por otros derechos ciertos y pacíficos, sobre los bienes materiales» (Pío XII).

3.° «Sustentar la vida es deber común a todos y a cada uno, y faltar a este deber es un crimen. De aquí necesariamente nace el derecho de procurarse aquellas cosas que son menester para sustentar la vida, y estas cosas no las hallan los hombres sino ganando un jornal con su trabajo» (León XIII).

4.°- «Ley es santísima de la naturaleza que el padre de familia debe defender, alimentar y atender con todo género de cuidados a los hijos que engendró, y adquirirles y prepararles los medios con que honradamente puedan en la peligrosa carrera de la vida defenderse de la desgracia. Y esto no lo pueden hacer sino poseyendo bienes productivos que puedan en herencia transmitir a sus hijos» (León XIII).

5.° «La muchedumbre enorme de proletarios, por una parte, y los enormes recursos de unos cuantos ricos, por otra, son argumentos perentorios de que las riquezas multiplicadas tan abundantemente en nuestra época están mal repartidas e injustamente aplicadas a las diversas clases... Dese, pues, a cada cual la parte de bienes que le corresponde, y hágase que la distribución de los bienes creados vuelva a conformarse con las normas del bien común o de la justicia social: porque cualquiera persona sensata ve cuán grave daño trae consigo la actual distribución de bienes por el enorme contraste entre unos pocos riquísimos y los innumerables pobres» (Pío XI).

6.° «En efecto, además de la justicia conmutativa, existe la justicia social, que impone también deberes, a los que ni patronos ni obreros se pueden substraer. Y precisamente es propio de la justicia social el exigir de los individuos cuanto es necesario al bien común. Y no se provee al bien de toda la sociedad si no se da a cada parte y a cada miembro, es decir, a los hombres dotados de la dignidad de persona, cuanto necesitan para cumplir sus funciones sociales... Por eso no se puede decir que se haya satisfecho a la justicia social si los obreros no tienen asegurado su propio sustento y el de sus familias con un salario proporcionado a este fin» (Pío XI).

7.° Añadamos a esos seis puntos el anteriormente citado y expuesto de que «las rentas del patrimonio no quedan a merced del libre arbitrio del hombre, es decir, las cosas que no le son necesarias para la sustentación decorosa y conveniente de la vida, sino que, al contrario, la Sagrada Escritura y los Santos Padres constantemente declaran con clarísimas palabras que los ricos están gravemente obligados por el precepto de ejercitar la limosna, la beneficencia y la magnificencia, que la ejercita el que emplea grandes cantidades en obras que proporcionan mayor oportunidad de trabajo» (Pío XI).

Cinco consecuencias trascendentales que muchos se obstinan en rechazar

Y ahora concentrad vuestra atención, porque de todos estos puntos fundamentales de la doctrina católica, expuesta, como lo habéis visto, con palabras mismas de los Papas, fluyen lógicamente las siguientes trascendentales consecuencias, de inmediata y candente aplicación:

Primera consecuencia. Es un deber grave de justicia social para las clases pudientes, capitalistas, el dar trabajo suficiente y bien retribuido a aquellas otras clases de la sociedad que tienen «el derecho de procurarse aquellas cosas que son menester para sustentar la vida, y que los pobres no las hallan sino ganando un jornal con su trabajo».

No olviden que el pobre más pobre no es un animal al que se le despacha propinándole un par de raciones, sino que es un hombre y que «nadie puede impunemente violar la dignidad del hombre, de la que el mismo Dios dispone con gran reverencia».

Segunda consecuencia. Es totalmente opuesto a la justicia social el que patronos y empresas, fundándose en que el negocio no rinde los espléndidos beneficios de otras épocas, sobre todo si rinde los suficientes para cubrir gastos y algo más, dejen en la calle sumidos en la miseria o reducidos a la mitad de jornales por semana, y medio muertos de hambre, a honrados obreros y empleados, sobre todo si son padres de familia.

Tercera consecuencia. Es asimismo opuesto a la justicia social, máxime en tiempos de paro obrero tan pavorosos como el actual, el que patronos y empresas a los que la explotación del negocio les rinda la/ suficiente para que puedan ser varones los trabajadores que necesitan, empleen sistemáticamente mujeres con la finalidad única de tener una mano de obra más barata que la del varón, dándose de ese modo el contrasentido social de que estén trabajando una madre o una hermana con jornales inferiores a los ya de sí exiguos del varón, mientras el hermano o el marido yacen tendidos en la calle, víctimas del paro forzoso y sometidos a todas las lamentables consecuencias familiares, morales y sociales que el paro obrero suele originar.

Cuarta consecuencia. Es asimismo totalmente opuesto a la justicia social —además de constituir en sí mismo gravísima infracción de mandamientos fundamentales de la Ley de Dios— el hacer trabajar al personal en los domingos y demás días de fiesta, sin verdadera necesidad. Observad que setecientas personas que trabajen durante el domingo suponen setecientos jornales, que podrían servir de jornal diario a cien obreros más que se encuentran parados, con sus mujeres hambrientas y sus hijos famélicos y desnudos.

Quinta consecuencia. Es, finalmente, total y absolutamente opuesto a la justicia social el que, sobre todo en tiempos de paro forzoso como el presente y fundándose en que atravesamos momentos de crisis económica que impide sacar al trabajo un provecho igual al que rendiría en tiempos más favorables, se paralicen por esa sola causa grandes capitales, de cualquier clase que ellos sean, y que, en vez de emplearlos para la producción de nuevas riquezas y fomento del trabajo, permanezcan avaramente inmóviles y estancados, sin contribuir, ni en forma de limosna, ni en forma de beneficencia, ni en la de magnificencia, a resolver la espantosa miseria de millares de personas que se encuentran en estado de grave y, no pocas veces, extrema necesidad.

¡Tan graves, apremiantes e ineludibles son los imperativos de la justicia social que pesan sobre los ricos, los capitalistas, los pudientes!

D. Antonio Pildain
Obispo de Canarias

Fruto de los domingos de San José

Cada día se extiende más la práctica de los Siete Domingos de San José. Pero, ¿mejoran todos los devotos de la misma?

Si así fuera los pueblos donde abundan los practicantes de dicha devoción mejorarían.

San JoséSuele hacerse por lo más dicho ejercicio con cierta rutina mecánica, mirando exclusivamente al favor, esperado intencionalmente sólo de la posición del acto externo, consistente en la asistencia a la Comunión y en la recitación de ciertas preces. Y se debe pensar que la substancia del mismo está en penetrarse de la ascética encerrada en cada uno y en todos los Dolores y Gozos de San José que se proponen durante esos días a la consideración del alma devota, a la par que en afirmar la imitación del Santo Patriarca en un ambiente de pureza de corazón, procurada a base de una confesión bien hecha y de una Comunión fervorosa.

Esa devoción, como todas las demás, no es verdadera si no se manifiesta con señales de sincero entregamiento a ejecutar la voluntad de Dios en lo que al sujeto corresponde hacer.

No es cuestión de moda la de las devociones, autorizadas y fomentadas por la Iglesia como medios de santificar al pueblo. La moda lleva consigo el sentido profano de la vida, exponiéndola a los vaivenes de los gustos particulares con tendencia a satisfacer apetitos mundanos; las devociones, por su finalidad eclesiástica, han de guardar la tónica inmutable de aproximar las almas a Dios con seguridad de voluntad y con prontitud de tendencia' a todo lo que pide el divino servicio.

Sufrir o gozar es indiferente para los que creemos firmemente en Dios, creador de todo y premiador de buenos y castigador de malos; lo interesante para nosotros es que nuestros sufrimientos y gozos respondan siempre a los designios de Dios, y que en ellos adoptemos el gesto de perfección de los Santos, entre quienes San José tiene cierta primacía por sus íntimas relaciones familiares con Jesús y con la Santísima Virgen.

Como la vida de todo hombre es un caminar hacia la eternidad en direcciones contrapuestas de dolor y gozo, que mecen al espíritu en un oleaje peligroso cuando no se ha adquirido cierta firmeza de ánimo para mirar al Cielo al mismo tiempo y con la misma intensidad con que nos atrae hacia sus cosas la tierra, por eso conviene que, en plan de recogimiento y de oración en esos días consagrados a honrar al Santo Patriarca, afirmemos nuestro digno modo de ser en la imitación de sus virtudes para nutrir a Cristo en nuestras almas y en las del prójimo, extendiendo su Reino a fuer de propagar su espíritu, mejor por irradiación, y hacer crecer así su Cuerpo Místico.

¡Lejos de nosotros el practicar con dejos de superstición lo que la Iglesia autoriza como enlace de eficacias santificadoras y como receta medicinal contra la vida pagana! Fiados en el poder intercesor de San José por sus oficios con Jesús y con la Iglesia, le hemos de ser devotos, y conviene que ganemos su voluntad emulando su virilidad, por ser el prototipo de la justicia familiar y el fiel artífice de la paz doméstica.

Debemos querer sacar todo el fruto posible de la práctica de los Siete Domingos de San José mirando al bien de nuestras almas y a procurar la paz social de los espíritus, que tiene sus factores en la observancia exacta de las virtudes domésticas.

Siempre será San José un dechado de perfección cristiana y, a la vez, prototipo de la seriedad humana, divinamente definido por el mismo Espíritu Santo al decir que era Varón justo.

Enrique Barrachina Gil, Pbro.
Arcipreste de Chiva (Valencia)

Actuación del espíritu franciscano

I. «Mi vida es Cristo» (San Pablo).

El genuino espíritu franciscano es un intenso amor a Cristo que nos impulsa, como antes a N. P. S. Francisco, a imitar a Cristo en aquel grado de perfección de que Dios nos ha querido hacer capaces.
No sería auténtico nuestro amor a Jesucristo si no llegara a manifestarse en un conato eficaz de imitación de sus virtudes. Si alienta, pues, en nosotros el espíritu franciscano, todo nuestro amor, concentrado en Jesucristo, nos llevará poco a poco y por grados a imitar a Jesucristo para reproducirle al vivo en nosotros. Nada menos que a esta perfecta, aunque parcial reproducción de Jesucristo en nosotros, tira el espíritu franciscano.

¿Cómo la realizaré yo?

Recordemos, para dar atinada contestación, unas verdades de fe contenidas en el símbolo de los Apóstoles y explicadas en el Catecismo.

Murió Jesucristo en la cruz para salvar las almas librándolas del pecado y de la muerte eterna. Bajado el Santo Cuerpo de la cruz, fue sepultado, y al tercer día resucitó victorioso de la muerte uniéndose su alma a su cuerpo, y saliendo, por su virtud y poder, triunfante del sepulcro. Llevó vida gloriosa en la tierra, dejándose ver repetidas veces de sus discípulos durante cuarenta días, al cabo de los cuales, con su poder omnipotente, subió a los cielos, y cumplió pronto la promesa que tenía hecha a sus discípulos de enviarles el Espíritu Santo vivificador y santificador, que había de completar la obra de Jesucristo en ellos ilustrando su inteligencia, dando docilidad a sus corazones, recordándoles oportunamente las enseñanzas de Jesucristo y haciéndoles entender cuánto necesitaban saber para cumplir el encargo de Jesucristo de enseñar a todas las naciones la ciencia de la santidad, atrayendo a la fe de Cristo a todas las gentes. En el día de Pentecostés se realizó esta venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia Católica naciente, que quedó llena del Espíritu de Cristo en todos los fieles que la constituían. Los que desde entonces han ido creyendo en Jesucristo han recibido también el Espíritu Santo, que obró en lo secreto de sus almas estupendas maravillas de gracia en el momento de su bautismo. Como el alma da vida al cuerpo, así el Espíritu Santo, que es Espíritu de Cristo, vivifica las almas con la vida de Cristo, que por esta razón se llama vida cristiana.

Jamás se retira el Espíritu Santo de los que una vez vivificó, si éstos no le arrojan de sí por el pecado. Jesucristo lo envió a su Iglesia y lo envía a cada alma para que permanezca eternamente en ella: ut maneat vóbiscum in aeternum (Jn 14, 16).

Aposentado vitalmente el Espíritu Santo en el alma, no puede estar allí inactivo. El Espíritu Santo es el Amor Personal de Dios; es, por tanto, Amor infinito y Actividad infinita. Por ser Amor en actividad sempiterna obra constantemente el bien, produciendo maravillas de santificación en las almas que, habiéndosele abierto sin reserva para recibirle, viven entregadas dócilmente y de lleno a su acción santificadora, acción que permanece secreta aún para la mayoría de las almas que la reciben y son dóciles a ella.

Sin tratar de penetrar en sus reconditeces, intentaremos atisbar someramente, y a la luz de las seguras enseñanzas de la Iglesia, algo de lo que obra en las almas el Espíritu Santo. Ello nos servirá para dar otro día adecuada contestación a la pregunta al principio formulada.

Por hoy basta dar un anticipo de ella en estas compendiosas palabras de San Juan, muy adecuadas a nuestro caso: «Vosotros habéis recibido la unción del Espíritu Santo y estáis bien instruidos. Esta unción permanece en vosotros y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe, porque ella, que es verídica y no mentirosa, os lo enseña todo» (1 Jn, 2, 20 y 27). Todo lo necesario para la salvación, del alma, comenta el P. Alfonso de Castro (1).

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

(1) Ediciones FE, pág. 172.

Predica el Santo

El camino de la felicidad

No estabas satisfecha... Sentías la nostalgia de Dios... Y, por fin, Dios, que te andaba buscando, habló así a tu corazón: «Animo, hija mía... Te amo desde toda la eternidad para hacerte eternamente feliz.»
¡Ser eternamente feliz!... ¡Ah!, ¿no es esto lo que anhela tu corazón?... Pues bien, para conseguirlo debes lanzar tu vida por el camino que conduce a Dios.

En el gran laberinto de esta vida tres caminos se brindan a conducirnos al paraíso de la felicidad: el camino que lleva a las criaturas, el camino que lleva a nosotros mismos y él camino que lleva a Dios.
El camino qué lleva a las criaturas no puede conducirnos, aunque quiera, a la suprema felicidad, porque las riquezas, las comodidades, la belleza física, la salud, los honores y los placeres sensibles, son bienes demasiado pequeños y mudables para que puedan saciar el hambre de felicidad infinita y eterna que siente nuestro corazón.

El camino que lleva a nosotros mismos, tampoco puede conducirnos a la suprema felicidad, porque nosotros, aunque superiores a todos los demás seres creados del universo material, estamos, como ellos, sujetos a la ley de los límites y del cambio, y por consiguiente, no podemos darnos con nuestros propios bienes, aunque excelentes, la suprema felicidad.

Sólo el camino que lleva a Dios puede conducirnos a la suprema felicidad, porque sólo Dios, Infinito y Eterno, puede llenar cumplidamente los anhelos de luz, de verdad, de belleza y de amor infinitos y eternos que tiene nuestro corazón.

Mira con qué maestría nos enseña San Agustín esta verdad. «Hombre —dice—, no salgas fuera de ti, noli foras ire; entra dentro de ti mismo, in te ipsum redi; y al hallarte sujeto a la mutación y a la relatividad, supérate a ti mismo, transcende te ipsum, y organiza tu vida tomando como centro a Dios.»

Sí, el camino que conduce a la suprema felicidad es el camino que conduce a Dios. Mas estoy sospechando que dices: pero, ¿cuál es el camino que conduce a Dios?...

Óyelo bien, hija mía, el camino que conduce a Dios es: el cumplimiento de su santísima voluntad.
Creado por Dios, dependiente en absoluto de Dios, el hombre debe hacer en todo la voluntad de Dios. Los astros sirven a Dios... Las plantas sirven a Dios... Los animales sirven a Dios... Los ángeles sirven a Dios... Y los hombres, ¿han de formar excepción?... No; los hombres, aunque seres libres, deben servir a Dios; deben cumplir la voluntad de Dios... Para esto, y no para otra cosa, fueron creados: para conocer, amar y servir a Dios en esta vida; y después, verle y gozarle en la vida de la eternidad.

¿Me dices en serio que deseas ser feliz?... Pues cae de rodillas ante Jesús, y, como Saulo en el camino de Damasco o como San Francisco en el camino de Pulla, dile con todo el afecto de tu corazón: Señor,, ¿qué quieres que haga?...

Y Jesús, que te ama desde toda la eternidad para hacerte eternamente feliz, te manifestará, por medio de los acontecimientos y de las inspiraciones secretas, el camino que debes seguir para llegar un día al paraíso encantado de la suprema felicidad.

Fr. Antonio de Padua


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

Siempre he sentido especial gusto en escuchar de labios de nuestros Hermanos antiguos los ejemplos de santidad de aquellos admirables varones que restauraron la Provincia y formaron la primera generación de religiosos después de la exclaustración. Durante mis enfermedades y convalecencias era esa mi distracción. Tuve siempre por enfermeros a Hermanitos cargados de años de religión; y cuando no eran ellos los que comenzaban el relato de sus buenos tiempos, era yo el que instaba a que me contasen ejemplos de franciscanas virtudes de que fueron testigos.

Estos testigos de los fervores de nuestros antepasados van muriendo. Y sería negligencia culpable que bajasen con ellos al sepulcro los recuerdos de santidad de nuestros antepasados. Este pensamiento es el que me ha impulsado a ir reuniendo estas «florecilias». Algunas, humildes; otras, más vistosas; pero todas perfumadas _de franciscanismo, de virtud sólida. Irán sin orden cronológico. Conforme vayan llegando a mis manos las recogeré en el ramo que ofrezco a mis Hermanos, los hijos de la Seráfica Provincia, y muy particularmente a la Juventud franciscana, para que, aspirando perfumes de santidad seráfica, se forme su alma según el modelo de Francisco que tan al vivo reprodujeron nuestros antepasados. Los lectores de La Acción. Antoniana no dejarán de edificarse leyendo estas narraciones anecdóticas esenciadas de espíritu franciscano.

I.- Ejemplos de sencilla obediencia de Fr. Humilde Soria

Fr. Humilde SoriaEn el cuadro de la comunidad franciscana que fue a fundar a Onteniente el año de 1887, figura en último término un Hermano donado de nombre Vicente Soria. La vida de sencillez franciscana que se reprodujo en el eremitorio de Santa Ana, donde se instaló la nueva comunidad, debe a este humilde Hermanito copiosos ejemplos, de los que vamos a entresacar algunos.

Era el Hermano Vicente una vocación tardía. En su juventud había contraído nupcias, viviendo santamente con su mujer en Oliva, su pueblo natal. Murió ésta, dejándole un hijo; y todas las ansias de Vicente Soria eran de que el Señor concediese vocación religiosa al niño, a fin de poderse consagrar también él al servicio divino en el claustro.

Sus oraciones fueron escuchadas. Un día el niño pidió a su padre permiso para trasladarse al Noviciado franciscano de Chipiona. El padre bendijo a la Providencia, y tras el hijo abandonó el mundo, ingresando en nuestra entonces Custodia de Valencia.

Desde un principio la vida conventual del nuevo postulante fue un ejemplo vivo de virtudes franciscanas. Sobre todo le fascinaba la humildad, que por eso al tomar el hábito recibió el nombre de Fr. Humilde, y la obediencia.

Era Superior de la nueva comunidad de Onteniente el P. Felipe Bellver. Bien se acoplaba para un Superior del temple de aquel hombre tan decidido, enérgico y humano a la vez, el carácter del humilde Hermanito. Entre los dos darán lugar a una serie de anécdotas, que recuerden el idilio franciscano de Rivotorto.

Un día se acabó en el convento la comida para las gallinas. Se dirigió el virtuoso Hermano al Superior, preguntándole con sencillez qué daba a los animalitos. El Padre contestó con vivacidad: «Deles ceniza.» Se fue tranquilo el Hermano y, obediente, preparó la ceniza como solía hacerlo con el salvado, y unos momentos después entraba en el corral convocando a las gallinas y polluelos con el pío-pío y animándoles a tomar aquel amasijo.

Al P. Felipe emocionó la ciega obediencia del Hermano Vicente. Algún tiempo después pasaba por Oliva y contaba a los familiares del nuevo religioso lo acaecido; y añadía, convencido, también con primitiva sencillez, de que allí hubo algo sobrehumano: «Y los polluelos y gallinas picoteaban la ceniza como hubieran hecho con el mejor salvado.»

Otro día, habiendo terminado el Hermano Vicente la tarea que le ordenara la obediencia, se dirigió al Superior con la pregunta:

—Ahora, ¿qué hago?

—Echar piedras a los perros que pasen—, contestó el P. Felipe.

Y el Hermanito se llenó de piedras la falda y se sentó a la puerta del convento para cumplir con seriedad su obediencia.

Tanto es así, que el P. Felipe, conociendo ya el espíritu de ciega obediencia y, sencillez del Hermanito, andaba con cuidado de reprimir sus salidas originales viendo que su virtuoso súbdito las tomaba en serio como prescripciones de la obediencia. Y conste que el Hermano Vicente —el futuro Fr. Humilde— no era ningún simple, ni necio, sino muy cuerdo, pero muy virtuoso. Ejemplo vivo de la ciega obediencia que el Padre San Francisco señalara cuando respondió al postulante que ponía reparos a lo que se le mandaba, alardeando de entenderlo mejor: «Anda y vuélvete a tu casa, pues tú sabes demasiado para ser fraile.»

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

Sacra familia, or vell (1891)

Sérra que sérra los tronchs d'alsina;
sérra que sérra, que serrarás;
en una cambra reduida i póbra
Joseph treballa tot ple d'afany.

A prop seu, fila lo llí, faenera,
semblant les blanques bolves de neu,
humil, modesta, virtuosa i pura,
sa vérge esposa, Mare de Deu.

I en mig d'aquesta santa parella
la llum dels'astres duent en sos ulls,
un Nín jueteja, bell y hermosísim,
de roses galtes i cabells rulls.

Allí no es vehuen tresórs ni gales;
allí no anihuen los plaers mundans,
i tot denota pau i carinyo,
tot allí encanta, tot allí es gran.

I en la tendresa del Nín bellísim,
i en la mirada de Sant Joseph,
i en la sonrisa de qui es sa esposa,
gloria es respira, lo cél se sent.

Fila que fila la Vérge santa;
sérra que sérra lo bon fuster;
júga que júga lo Nín purísim,
i en tant los ángels canten a Deu.

Francesch Barber i Bas

Estampas evangélicas

La fiesta del encuentro

A los cuarenta días de haber nacido Jesús es llevado al templo por su Madre bendita y San José. El motivo es bien sabido: María estaba obligada a cumplir un rito prescrito por la ley mosaica en el Levítico, capítulo XII, por el cual toda mujer judía que llegaba a ser madre debía presentarse en el templo con una ofrenda, a los cuarenta días del parto, si era varón el hijo. Mientras tanto era considerada impura los siete primeros días, y los restantes treinta y tres quedaba recluida en casa y sometida a cierto aislamiento. Esta medida legal judía, al propio tiempo que brindaba ocasión propicia a la recién madre para dar gracias al cielo por el fruto de bendición, venía a ser como una medida sanitaria muy oportuna, ya que proporcionaba el reposo y quietud tan necesarios a la mujer para restablecer su salud quebrantada a consecuencia del alumbramiento.

Y el niño, si era primogénito, pertenecía a Dios, según lo había preceptuado por Moisés en el Éxodo, capítulo XIII. No en balde habían sido liberados los primogénitos israelitas en Egipto de una muerte segura a manos del ángel exterminador. Desde entonces pertenecían a Dios, que los había rescatado. ¿Fue éste el caso de Jesús?

Como quiera que sea, es cierto que la ley judía no obligaba a la presentación de los niños primogénitos en el templo, pues hubiera sido peligroso para su tierna salud llevarlos a Jerusalén, sobre todo si el lugar de origen distaba algún tanto. Bastaba, pues, que los padres fueran a rescatarlo pagando a los sacerdotes el precio del rescate, 5 siclos de plata (como unas 15 pesetas). Pero María y José no se contaron con esto y quisieron llevar consigo a Jesús. ¿Qué importan 8 kilómetros que debían recorrer?
Corría el cuadrigésimo día, y en un periquete arreglan el pequeño equipaje para el viaje, desandando la última parte del camino que hace unos cuarenta días recorrieron en vísperas del nacimiento de Jesús. Llevan al Niño en brazos y se sienten con Él más ligeros.

Junto a los atrios del templo se nota constantemente gran movimiento de gentes, sobre todo a la hora de los sacrificios. Allí se ven mesas de cambio donde se adquieren las monedas propias del santuario. Hay también jaulas con tórtolas y palomas; corderitos de un año y hatos de bueyes. María y José se acercan a una jaula de tórtolas y adquieren dos, que es la ofrenda de la madre pobre, y se alejan luego de aquel mercado que tanto desdice de la casa de Dios.

Cruzan el atrio de los gentiles llevando San José la ofrenda y la Madre al Hijo.

Suben la escalera que lleva al atrio de las mujeres y aguardan con reverente compostura junto a la puerta de Nicanor. Allí aguardan otras madres, que admiran la hermosura del Hijo de María. Es, al parecer, una de tantas madres impuras, según la ley. Todo el mundo las señala con el dedo y esquiva el paso por allí por no contaminarse; pero ¡qué otra es la realidad!

* * *

No todo es ruido en el templo y disipación. También moran allí almas santas y temerosas de Dios, tales como Simeón y Ana de Phanuel, ambos bien entrados en años.

El nombre de Simeón simboliza, lo que va a cumplirse en él este día: sus continuas plegarias porque se acelerase la hora de la Redención habían sido oídas. El Espíritu Santo, que guiaba sus pasos, le había asegurado que no moriría sin ver al esperado Mesías; y le vio en el templo donde había recibido semejante promesa. Más aún, tuvo el regalado consuelo de tenerlo en sus brazos tomándolo de los de María, y el contacto con el Niño Dios le arrancó aquel canto inspirado que la Iglesia repite todos los días al ocaso del día, así como en el ocaso de la vida lo cantara por primera vez su autor.

.Los griegos llaman al día de la Candelaria o de la Purificación fiesta del encuentro por el que felizmente tuvo lugar en el templo entre Jesús y los personajes va citados. ¡Dichoso encuentro que llenó de vida y de santo gozo la decrépita senectud de Simeón y de la viuda Ana de Phanuel! Era la aurora del Sol divino que emitía los primeros rayos de vida y de fecundidad divina sobre la tierra.

Fr. Rafael Fuster Pons, ofm

Libertad en Rusia

En momentos en que hacía su aparición la nueva Constitución (que prometía la libertad religiosa), el único Obispo católico en Rusia, Monseñor Friscon, fue apresado nuevamente.

Para impresionar bien a los visitantes cristianos, se permite a los sacerdotes dar la Comunión a los niños, pero se les prohíbe, bajo pena de prisión, enseñar catecismo. El clero debe declarar los nombres de todos aquellos que se casan por la Iglesia o hacen bautizar sus hijos. A éstos se les vigila, y a la primera oportunidad son arrestados. En vísperas de la revolución había cuatrocientos cuarenta y cinco sacerdotes en la diócesis de Petrogrado; hoy hay dos. Uno es un francés al que no se le puede tocar ¡el otro, un polaco naturalizado que salió de un campo de concentración después de ocho años.

(Según Roland Dorgeles en el London Universe)