Rememorando Quincuagésimas

Érase un lejano febrero. Dieciocho..., veinte años? ¡Tal vez más! Sólo recuerdo que era yo muy pequeño.
Y no voy a referirme a un febrero sólo, sino a aquellos febreros en que con tanta solemnidad se celebraban las Cuarenta Horas en el Real Monasterio de Misioneros Franciscanos de Santi-Spiritu del Monte.

Empezaban éstas el domingo de Quincuagésima, y allí pasábamos los días en que el mundo celebraba las carnestolendas. Y de Valencia, de Sagunto, Puzol, Pobla de Vallbona, Manises, Torrente, etcétera, llegaban próceres ilustres confundidos con los modestos menestrales, y las blusas dé huertanos con uniformes marciales. Pero todos con el mismo afán y la misma ilusión: retirarse del mundo por unas horas y pasarlas en compañía de Jesús Sacramentado.

La tradicional llegada era la víspera, por la tarde, para poder asistir a' los gozos con que la comunidad obsequia a María Inmaculada en su retablo del claustro. Y mientras esto sucedía las alegres campanas eran echadas al vuelo. Mi inquietud me hacía subir con los mayores, y cogido a la cuerda de la pequeña la hacía dar vueltas y más vueltas hasta que terminaba el canto sonoro que con sus metálicas lenguas anunciaba el principio de la festividad.

Y al día siguiente la primera vela la hacía casi siempre con un familiar de un distinguido patricio de Torrente e insigne bienhechor, niño de mi edad, que como los benjamines de una patriarcal familia éramos los primeros en dar la Guardia de Honor al Dios de Cielos y Tierra.

Los tres días en que el mundo se agitaba bajo los delirios del Carnaval eran las fechas que este retiro se ofrecía como un remanso de paz; era como un bello rincón de la costa en el que el agua está quieta y hasta allí no llegan las tempestades del mar embravecido.

Y así los pasábamos: entre magistrales misas, eucarísticos sermones y solemnes ejercicios vespertinos, en los que se entonaban incomparables trisagios y escogidos motetes, junto con las preces de ritual.

Pero el momento cumbre, el cenit de aquella festividad, era la procesión claustral del último día, por la tarde. Dos nutridas hileras de hombres, seguidas de aquella numerosa comunidad. Y bajo palio, entre el perfume de los azahares del claustro, el aroma de los incensarios y el del alcanfor de los litúrgicos ornamentos sacados de tarde en tarde, es llevada la Augusta Majestad.

Y allá dentro, en la iglesia, el órgano suena fuerte, y sus notas quieren llegar hasta fuera, a tomar también parte en este sublime momento; y en la plazoleta del convento se disparaban tracas y morteretes; y las sonoras campanas, movidas por callosas manos, volteaban enloquecidas; y en su eco, al devolver el valle el sonido, enviaba con éste los penetrantes olores de romeros y tomillos. Y el ambiente entonces era más grato y el deseo y la satisfacción habían sido completos.

Y al otro día, Miércoles de Ceniza, tras el cuaresmal Pulvis eris... marchábamos todos: unos a reanudar sus negocios; a remover las tierras otros; a los trabajos, a los estudios, a nuestras cotidianas tareas; pero todos nos íbamos con la ilusión y la esperanza de volver al otro año.

* * *

Nuevamente se va renovando esta piadosa costumbre. Pero de aquellas multitudes de hombres, sólo apenas una docena éramos estos años. Mas continuamos en nuestro entusiasmo, y Dios quiera que, con el tiempo, volvamos a ser la legión que llenábamos por completo la hospedería y vivíamos en santa hermandad las horas pasadas en la adoración del Señor, y en la grata compañía de los Religiosos Franciscanos de Santi-Spiritu del Monte.

Moreno Royo

San José y los gremios valencianos

En el florecimiento de los Gremios valencianos, ejemplo siempre de admirable vida corporativa, existe un factor primordial: la devoción al glorioso Patriarca San José.

Como los siglos medios y modernos vivían bajo el signo de la creencia religiosa, la vida gremial resultó impregnada de las consecuencias fecundas de la fe, inspiradora de las normas sociales y de las conductas individuales.

El Gremio valenciano tiene un punto de llegada asequible prácticamente a todos los agremiados: el grado de maestro, mientras que los estados de aprendiz y oficial son pasajeros. El maestro es, a la vez, jefe de un taller y, por lo general, de una familia, y sus funciones y atribuciones son tan semejantes en uno y otro caso, que es a veces difícil determinar si el taller es una familia o si la familia es un taller, porque el hijo suele ser un aprendiz de su padre, pero también el aprendiz es mirado por su maestro como un hijo.
Esta familia del trabajo tiene un modelo que las predicaciones, el ciclo litúrgico y el arte le colocan constantemente ante los ojos del alma y del cuerpo: la Sagrada Familia. De su contemplación brota, naturalmente, la adoración de Jesús para modelar el espíritu, el recurso confiado a la intercesión de la Madre y la imitación del Jefe nato de la Familia por excelencia, de San José. Es... un maestro en quien los agremiados reconocen uno de los suyos, en contacto con sus clientes, domeñando la materia para servir a la utilidad común.

Para servir de modelo en la vida artesana está San José. El jefe del taller puede preguntarse en cada caso: «¿Cómo haría este trabajo San José si se lo encargaran? ¿Cómo se comportaría con este cliente, con este productor?» La respuesta es el trabajo cuidado, sólido, agradable, asequible al que lo pide y necesita.

Cuando se trabaja pensando en Dios y en el provecho del prójimo, además del propio; cuando llega hasta el rincón del taller o del obrador un reflejo de una mirada de Jesús en una pulida herramienta del carpintero de Nazaret, ¡el trabajo se santifica, el arte se eleva y el corazón se ensancha. Y el maestro valenciano, casi casi se atrevería a llamar «compañero» a San José.

Sin embargo, nuestro viejo Gremio Carpintero, cuyas ordenanzas del XIV aun se conservan, no tenía por patrono a San José, sino a San Lucas (S. Lluch). San José no presidió su iglesia, convertida en sala de trabajo, hasta el pasado siglo, cuando ascendían ya a más de cuatrocientos cincuenta los «maestros» salidos del Gremio, que según un libro registro alcanzan ahora a seiscientos nueve. Su casa es casi la única casa gremial que nos queda en Valencia. Su vieja bandera, una de las pocas que quedan. Su fiesta de San José, la más antigua y la de más puro sabor: cada año, el mismo día de San José, en la iglesia de las Escuelas Pías se reúnen los maestros carpinteros para honrar al Patriarca, que, sin embargo, sólo de hace algunas décadas es su Patrono oficial.

José Mª Ibarra

Antítesis y contrastes

San José y las fallas

Al leer el título que encabeza estas líneas muchos lectores lo admitirán sin extrañeza ninguna, como la cosa más corriente y natural que pueda darse, ya que, nacidos en esta tierra valenciana, han oído más de una vez, entre efusiones de gozo y satisfacción, los dos nombres enlazados, despertando en sus fantasías dulces recuerdos, ya que San José y las fallas son dos nombres mágicos para cuantos hemos nacido en esta tierra de luz, frondosidad y belleza.

Sin embargo, a muchos que se precian de conocer extensamente la hagiografía católica, y que al pasearse con frecuencia por la perfumada frondosidad del Santoral de la Iglesia bucean con espíritu certero en el alma de las grandes figuras eclesiásticas, no podrá menos de sorprenderles la extraña fusión de esos dos vocablos San José y las fallas, tan opuestos y antitéticos en sus respectivas ideologías.

Fallas

En efecto, un estudio, aunque somero, del significado de ambos vocablos nos pone en evidencia clara y diáfana la antítesis patente que brota de la bella y sugestiva silueta de San José y de la palabra fallas, que sintetiza la expresión de risas, algazara, estampidos, truenos, tracas y fuegos de artificio que han inmortalizado al genio artístico y jovial del pueblo valenciano.

La fisonomía propia y exacta del excelso Esposo de María no es otra que el mutismo, el retiro, la soledad, el aislamiento del mundo, la embriaguez mística, la empinada subida a las divinas metas del abandono en los brazos divinos, la dulce y regalada quietud de su alma gigante y austera en la voluntad de Dios, que le lleva, por los caminos retirados y secretos del propio renunciamiento, a todo lo que el mundo tiene por grande, excelente y sublime.

La fisonomía de las fallas es precisamente todo lo contrario y opuesto a lo que personifica la divina silueta de San José. Es la verbosidad elocuente de un pueblo que sabe transmitir sus sentidos
afectos, en palabras candentes de emoción y lirismo, frente a una de las creaciones geniales de su raza insuperable, que se manifiesta en arte, y que el fuego consume después, sin dejar rastro ni huella ninguna. Es la vida de la calle, en la que fluye la expansión entera que dentro de los hogares se engendra, y que a la luz coruscante de la región y ciudad de luz por antonomasia, es la calle el teatro en el que todos los protagonistas representan su papel y acción, sin parar mientes en lo que puedan decir voces no valencianas, ya que la calle es la casa y el hogar durante todo el tiempo que las fallas presiden el curso vertiginoso de la ciudad.

Es la explosión de la algazara del pueblo, en su genuino sentido, que ríe, y canta, y comenta, y fustiga todo cuanto la sátira y la literatura han puesto en las manos y en los ojos de inmensas muchedumbres, que ahítas de vivir en el retiro y soledad del humilde hogar provinciano se vuelcan a la capital —a la corriente del gran mundo— para llenarse de impresiones, que luego, en el santuario del hogar retirado, serán las que despertarán risas y recuerdos, escenas y estampas, que su vida de aislamiento y quietud reposada será dulcemente vivida. Es la antítesis de la embriaguez mística y de la subida a la meta del abandono de Dios, por cuanto las almas y los cuerpos, durante los días que la ciudad valenciana bulle en fiestas falleras, vienen a identificarse, Con el exclusivo objeto de disfrutar las emociones que la risa y la alegría, y el estruendo, y las tracas, y los estampidos, les ocasionan, para aquietar y adormecer la voz hosca y gemebunda del más allá, que sin cesar les inquieta, y que pretenden en unos días, siquiera breves y fugaces, desoír para disfrutar de la vida y de sus pasatiempos.

San José es el Santo a quien envuelve un manto de misterio en toda su vida de quietud, de mutismo y de absoluto silencio. Ernesto Helio, en unas bellas páginas que le dedicara, ya puso en evidencia esa
idea como nota característica y propia de su fisonomía. Y lo que dicho estilista insinuara en su maravillosa obra lo vemos corroborado por la historia y la leyenda. San José vino al mundo para ser el prototipo de las almas humildes, silenciosas y oscuras que disfrutan de hacerse invisibles, y deslizan sus pisadas entre sombras y nubes de profunda humildad y de absoluto abandono en los brazos de la Providencia. Por eso el silencio es el ornato propio en todas las actuaciones en que su figura gigante toma parte activa, ya que el silencio es el manto divino y seductor de su aquiescencia a los planes eternos y la corroboración plena y omnímoda, aun en medio de las espinas y contratiempos, al beneplácito de Dios.

Escogido para Esposo virginal de María, de sus labios no brota la rosa florecida que, al exhalar aromas, pretende escudriñar los arcanos divinos; sólo el silencio augusto y significativo envuelve la figura de San José. En el seno sembrado de lirios de la Virgen Santísima principia a vislumbrarse el gran misterio de la Encarnación. José, santo y virgen, contempla los efectos sorprendentes y extraños de aquella preñez. De sus labios no brotarán palabras que puedan rasgar el cendal blanco y virgíneo de la pureza de María. Dejará caer sobre la- sugestiva y atrayente figura de su divina Esposa el manto sutil de su silencio para que aquel misterio no pierda su fragancia celestial, aunque intentara abandonarla en silencio. Una espada traidora amenaza caer sobre el Infante divino, a quien pretende matar Herodes para que no le usurpe el trono.

El Ángel del Señor se le aparece en sueños y le dice que huya a Egipto inmediatamente. La noche, negra, con sus peligros, sombras y azares, podría ser un motivo para objetar a las órdenes dadas por el Señor. José calla, pliega los labios, y entre tinieblas y negros conjuros de peligros y azares, pone en práctica el mandato divino que le ordena abandone su hogar. La atrayente silueta del Divino Infante Jesús es el dulce imán que le une fuertemente con su Esposa y la tierna ambrosía que mitiga y endulza sus penas e infortunios. Un día el Divino Niño desaparece de su amable compañía sin decir palabra. Al cabo de tres días le encontrará en el templo. Su corazón, partido por triple espada de dolor, siente que la alegría y el gozo le inundan apenas le encuentra platicando con los Doctores de la Ley.

Hubiera podido, en medio del dolor que le abrumaba, haberle preguntado la causa del desvío y abandono. Sus labios no se abren, permanecen plegados, y el mutismo absoluto y misterioso es el sello que ata toda su vida, abandonándola en los brazos de Dios, y caracterizándole como el Santo del silencio y mutismo, de la quietud y calma mística, que tan al vivo vienen a presentarlo, en estos como en los restantes pasajes de su vida, como el prototipo del silencio, que es su nota y fisonomía propia y especial.

En cambio, las fallas son la expresión antitética del Santo del mutismo y el aislamiento. Ellas personifican el carácter propio de los valencianos, precisamente en lo que les caracteriza. Más aún que sus típicas fiestas de San Vicente, con sus famosos milacres y su espíritu jovial; más aún que sus celebradas fiestas del Corpus, con sus Rocas y cabalgatas; más aún que su incomparable fiesta de la Virgen, con su lluvia de flores y su artístico altar de flor natural, son las fiestas de las fallas las que le dan la fisonomía y la característica a la capital del Turia, tan célebre en los anales de la historia por sus manifestaciones de arte. Y la razón no estriba en que Valencia sea indiferente en expansiones religiosas, sino porque en las fallas vibra su verdadero espíritu jovial, bullanguero, expansivo, creador, alegre, emotivo de esta incomparable Valencia, que para flores, jardines y arte no hay nadie que pueda igualarla, y primero lo ejecuta que lo planea, por lo que su famoso pensat y fet es la expresión de su alma creadora y de su espíritu incansable y trabajador, que no conoce inconvenientes cuando de dar manifestaciones artísticas se trata, por lo que sus fallas con sus sátiras y sus monumentos de arte de vida fugaz; con sus llamaradas y dantescos fuegos nocturnos; con sus tracas y explosiones de júbilo y risas; con sus típicas Juntas falleras de barrios populares, lo mismo que de calles aristocráticas; con sus inimitables llibrets de la falla, de carácter tan valenciano por sus mordaces criticas, y con su afluencia extraordinaria de gentes que de toda España acuden a ver y contemplar él arte y el buen humor valenciano, que muchas veces, sin apenas entender lo que dichos monumentos netamente valencianistas expresan, no pueden menos de contagiarse de su risa, jovialidad, alegría, vienen las fallas a constituir la fiesta propia, exclusiva, característica de los valencianos, que la han elevado al rango sublime de nacional y única en el mundo por sus fastuosidades y su incomparable arte humorístico.

Y todo cuanto significan las fallas es lo opuesto a lo que la divina silueta de San José representa. Pero a pesar de su antítesis, y de su oposición, y de su carácter netamente contrario, San José y las fallas van unidos desde remoto tiempo, ya que su origen arranca de las virutas de los carpinteros que, cobijados bajo el patrocinio del Carpintero de Nazaret, quemaban su falla, que en aquel entonces no era más que un montón de virutas, y que hoy, con el transcurso del tiempo y el progreso humano, son verdaderos monumentos de arte, que bien merecían muchos de ellos no ser devorados por el fuego, a fin de que las generaciones venideras los pudieran contemplar.

No obstante esas antítesis y notables contrastes entre San José y las fallas, sus nombres van unidos, como demostración de arte y de hermandad de la Valencia artística y cristiana.

Que el Santo del silencio infunda a las fallas y a sus organizadores el espíritu de su santidad, que debe reinar en medio de la jovialidad y algazara que caracterizan a estas fiestas populares valencianas.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Teruel, enero de 1947.

Un solideo mágico

El gran Pontífice Pío IX deseaba en cierta ocasión conceder una amnistía general, amplia y generosa, para los presos que tenía en sus Estados Pontificios.

Al efecto, convocó a los Cardenales de Curia residentes en Roma, que, como se sabe, son los consejeros íntimos del Papa, y les pidió su parecer sobre aquella medida que pensaba tomar.

Como la mayor parte de los eminentísimos purpurados se mostrara adversa a la concesión de dicha amnistía, alguien insinuó la idea de que se procediese a una votación, y que los partidarios de la amnistía votasen con una boleta blanca y los contrarios con una boleta negra.

Accedió a ello el Papa, y verificada la votación, se hizo sobre una mesa el recuento de las boletas, viéndose en seguida que el número de las negras excedía en mucho al de las blancas.

Entonces el Papa reunió todas las boletas en un solo montoncito, se quitó el solideo, las tapó con él y dijo: «Ahora todas son blancas.»

Y concedió la amnistía.

La muerte de San José. Goya

Goya. La muerte de San José (Wikimedia)

La muerte de San José

Anegado en paz, divina,
San José, con tierno amor,
su afable rostro reclina
Sobre el pecho del Señor...

En tanto, la "Virgen Pura,
presa de amor sin igual,
mira llena de dulzura
a su esposo angelical...

José de amor se embriaga
con María y con Jesús,
cuando en sus ojos se apaga
la terrena y triste luz...,

y hecha un mar de resplandores
sube su alma virginal,
con los máximos honores,
a la gloria celestial...

Jesús Galbis

a

Jardines de Monforte. Valencia

«Para jardines, Valencia»

El jardín de Monforte, de la ciudad de Valencia, pertenece al gusto neoclásico, de acuerdo con el cual se crearon bastantes desde la época Carolina hasta el primer tercio del siglo XIX, en que al carácter arquitectónico de la jardinería sucede el paisajista, del que hay también muestra en este jardín, mandado hacer por don Juan Bautista Romero, marqués de San Juan, que vivió de 1808 a 1872, pasando después a sus herederos, los señores de Monforte, que lo han conservado hasta la actualidad. Está adornado con interesantes reproducciones escultóricas, y su ordenación es perfecta, pasando desde el trazado geométrico al bosquete de grandes árboles que le sirven de fondo. De esta clase de jardines, el de Monforte es ,uno de los más bellos y originales de España, y acredita, con su arte y belleza, la frase proverbial que asevera que: «para jardines, Valencia».

A los Pepes y Pepitas

Como todo cristiano que, al ser bautizado, lleva por especial patrón el santo de su nombre, al que la Iglesia dedica oraciones, así queda bien patente que los Pepes tenemos por especial patrono y ángel tutelar en los inciertos pasos de nuestra vida al Glorioso Patriarca San José.

De su vida, de sus trabajos y de su estancia en la tierra, todos conocemos la labor de San José. Pero lo que algunos Josés no conocen es las vicisitudes porque ha pasado la festividad de este Santo Patriarca hasta llegar a ser Patrono de la Iglesia Universal. Para todos, pero especialmente para los Pepes, van dedicadas estas líneas.

Tampoco voy a explicar sus grandezas, porque varías veces se han oído predicarlas. El que desee más datos puede leer a San Bernardo en la Hom. 3 contra finem, a San Gregorio contra Heliodoro, a San Agustín en el Ser. de Nativ. Domini, a San Pedro Damiano (Epist. 11), a Santo Tomás de Aquino, a Barradas, etcétera, sin contar con los escritos de los Evangelistas.

* * *

El rezo más antiguo que se conoce, o sea el primitivo, se halla en el Sacramentario Gregoriano.

Y ya, desde aquellas remotísimas fechas, pasamos a la centuria XVII, en la que Nuestro Santísimo Padre Gregorio XV mandó se celebrara su fiesta en toda la Iglesia Católica el día 19 de marzo, como consta de su Santa Constitución.

Leyendo a Lobera y Abio, dice: «que la Iglesia ha estado sin esta festividad tanto tiempo por especial providencia de Dios Nuestro Señor, que quería gozara mucho más gloria en el cielo este celestial Cortesano, más ángel que hombre en la tierra, y por haber sido hechas todas sus acciones, mirando al Verbo encarnado y sirviendo a su soberana esposa».

Posteriormente, empezó a rezar universalmente la Iglesia antífonas propias, versos, lecciones del primer Nocturno y responsorios, según lo determinó Su Santidad Clemente XI el día 3 de febrero de 1714.
Y así, hasta que la Santidad de Pío IX, el Papa de la época de las grandes convulsiones políticas, el de tantas canonizaciones, el que ajustó una larga serie de Concordatos y el que presidió el Concilio Vaticano que aprobó la infalibilidad pontificia, lo declara Patrono de la Iglesia Universal, con todos los honores debidos a los Patronos.

De nuestro Santo son dos las fiestas litúrgicas de primera clase que celebra la Iglesia. La primera es la de precepto, del 19 de marzo, y la segunda con Octava, el miércoles después de la segunda semana de Pascua, y cuyo honor no ha sido concedido hasta ahora a ningún otro Santo.

Sólo San José tiene Prefacio propio para sus misas en toda la Iglesia. Y la Sagrada Congregación de Ritos tiene aprobadas unas Letanías para este Santo.

El nombre del Patriarca Glorioso va unido al nombre de María en la Oración ad postulanda suffragia Sanctorum. Y en la recomendación del alma, hay muchísimas adiciones del nombre de San José y se ha puesto una tierna oración al mismo por los agonizantes y moribundos.

* * *

Como modesto obsequio a los Pepes y Pepitas han sido escritos estos renglones.

Y en el día que conmemoramos esta fiesta sirva este saludo como felicitación a los que, como yo, llevan el nombre del humilde Carpintero, y también como recuerdo a mis antepasados, entre los que se cuentan varias generaciones de Pepes.

José María M. Royo

San Felipe de Jesús, protomártir del Japón

Hace muchos años leí en La Cruz, revista ascético mística que publican en Méjico los Padres Misioneros del Espíritu Santo, un bello artículo sobre San Felipe de Jesús que me dejó hondamente impresionado, tanto que aun conservo frescos en la memoria los principales pormenores de aquel escrito, del cual son un aproximado y fiel reflejo las presentes líneas, que brindo a los lectores de La Acción Antoniana con motivo de celebrarse el día 5 de febrero la fiesta de este singular atleta de la Fe.

San Felipe de Jesús era mejicano y, como casi todas las gentes de aquel país, estaba dotado de un temperamento apasionado e inquieto.

En sus primeros años no fue lo que propiamente se llama un niño modelo, ya qué sus travesuras y las veleidades de su genio daban mucho que hablar a sus padres y maestros.

Ya jovencito, bien sea por seguir las instancias de sus piadosos padres o por algún arrebato de fervor místico que sintiera en su corazón lleno de ilusiones, ingresó en la Orden de San Francisco, en la qué, desgraciadamente, no hizo bondad, pues al poco tiempo abandonaba el hábito franciscano y volvía a las veleidades y pasatiempos del mundo.

Vuelto al hogar paterno, el porvenir de aquel joven inconstante y fogoso era la preocupación constante de sus padres, hasta que solicitó y obtuvo vestir de nuevo el sayal franciscano.

La veleidad y la inconstancia eran, como se ve, las olas que gobernaban el bajel de aquel corazón juvenil, empujándolo unas veces hacia las alturas de la virtud y atrayéndolo otras a las bagatelas inconsistentes de la vida mundana.

En estas condiciones se hacía difícil el triunfo de la gracia sobre aquella alma, pero los caminos de Dios son ocultos y sus designios inescrutables. La gracia espiaba aquel corazón, cual centinela vigilante, aguardando el momento de darle el asalto definitivo para rendirlo totalmente a Dios, y ese momento llegó de la manera más imprevista.

San Felipe de JesúsCumpliendo órdenes de sus superiores, Fr. Felipe embarcó para Filipinas a bordo de un navío que llevaba su mismo nombre; pero un furioso temporal impidió a aquella embarcación llegar a su destino y arrojó a nuestro joven a las costas del Japón, donde apenas llegado se enteró de la persecución que Taicosama había desencadenado contra los cristianos, y al saber que cinco hermanos suyos de hábito, juntamente con otros religiosos y fieles de aquella cristiandad, habían sido condenados a muerte de cruz, sintió en su corazón el flechazo de la gracia, y rendido a ella, con ansia incontenible de verter su sangre también por Cristo, exclamó lleno de júbilo: «¡Oh dichoso galeón San Felipe, que te has perdido para, que salvara Fr. Felipe!»

Su único y obsesionante anhelo desde aquel momento era reunirse con San Pedro Bautista y demás afortunados compañeros que iban a sufrir muerte de cruz por el amor de Cristo. Así fue como nuestro santo se entregó libre y generosamente a la muerte, borrando con su sangre, en sublime y heroico gesto, las travesuras de su niñez y la inconstancia de su juventud agitada y ardiente.

Estos valientes atletas de la Fe de Cristo sufrieron innumerables torturas desde que fueron apresados hasta el momento de su muerte. Se les amputó la oreja izquierda en señal de ignominia, y con las manos atadas al dorso se les obligó a caminar descalzos largas leguas entre nieves y escarchas, soportando, además de esa cruelísima fatiga, toda clase de burlas, insultos y oprobios de la chusma.

Llegados a Nagasaki, fueron amarrados cada uno a su cruz, levantados en alto y atravesados por dos lanzas en forma de aspa. Como entre los allí crucificados había algunos niños, cuya intrepidez en la confesión de la Fe superaba, en mucho, lo que podía esperarse de su corta edad, San Pedro Bautista entonó desde lo alto de la cruz el salmo Laudate pueri Dominum, que todos, niños y mayores, prosiguieron con voces valientes y jubilosas.

Fray Felipe fue el primero en ser atravesado por las lanzas, y cuando de sus carnes desgarradas brotaban los primeros hilillos de sangre cristiana que regaron aquella tierra, llegaba a sus oídos, como un mensaje del gozo eterno, el eco de aquella estrofa davídica:

«Desde que el alba clarea
hasta que se pone el sol,
digno de toda alabanza
es el Nombre del Señor.»

Urbano VIII beatificó a estos invictos mártires, cuya causa de canonización, que Pío IX llamaba «la gran causa», fue acelerada por deseo expreso de este gran Pontífice y terminada bajo su glorioso reinado, procediendo él a su solemne canonización, que tuvo lugar el día de Pentecostés del año 1862. En aquella fastuosa ceremonia rodeaba al Supremo Pastor de la Iglesia una multitud innumerable de Prelados de todo el orbe católico, reunidos en Roma con motivo del Concilio Vaticano.

* * *

Ya he dicho que este santo, mártir era de niño un tanto traviesillo e inquieto. Se refiere de él que andaba un día haciendo diabluras por el jardín de su casa, donde había un cerezo seco. Sus padres tenían a su servicio una indiecita piadosa y buena, que al ver las travesuras del muchacho le preguntó con sencilla ingenuidad: «Cuándo será santo mi niño Felipín?» «Cuando florezca el cerezo», fue la respuesta inmediata del muchacho, mientras señalaba aquel esquelético arbusto.

Pero es el caso que, pasados unos años, la humilde indiecita encontró un día el cerezo aquél lleno de exuberante y fecunda floración, lo que la hizo exclamar en transportes de alegría: «Ya floreció el cerezo de mi niño Felipín, ya es Santo mi niño Felipín»... Y efectivamente, ya era santo aquel muchacho que había derramado su sangre por Cristo en el Japón, y cuya gloriosa muerte hizo florecer de manera milagrosa aquel árbol, ya tantos años privado de savia y de vida.

* * *

No quiero terminar este escrito sin hacer constar un dato de interés para las personas amantes de la cultura religiosa. San Felipe de Jesús es el primero, y hasta ahora el único varón hijo de América, que ha merecido los supremos honores de la canonización.

He creído necesario hacer hincapié en este detalle, porque recientemente, con motivo de la canonización de la Madre Cabrini, cuando se ha hablado de santos americanos se ha hecho una lamentable omisión del nombre de este preclaro mártir mejicano, lo cual, aunque no amengüe su gloria ante el trono de Dios, no deja de ser una sensible omisión que conviene subsanar, más que nada en beneficio de nosotros mismos, que si formamos legión para imitar a este santo en lo que pudiéramos llamar la parte negativa de su vida, debiéramos también aprender de él la decisión en abrazarnos a la cruz en los momentos decisivos de la vida y el temple necesario para confesar a Cristo aun a costa del precio de nuestra propia sangre.

Jesús Galbis

La humildad hace que aceptemos las cruces con resignación y los bienes con reconocimiento; porque nos tiene bien convencidos de que merecemos aquéllas y no éstos.