Artísticas
Miniaturas
Entre las bellas seducciones que ofrece la pintura a la contemplación y ala opción de sus amantes, está indudablemente esta de poder poseer un permanente recuerdo de las grandes obras maestras universales, merced a oportunas copias de las mismas en reducido tamaño. Copias de aquellas obras siempre se produjeron y hasta los mismos maestros se copiaron a si mismos en réplicas insistentes de sus obras, y que muchas veces llegan a identificarse con la original originaria.

La Vicaría, de Fortuny. Copia en miniatura
Pero el deseo, bastante generalizado, de poseer pequeñas copias de cuadros famosos (miniaturas) ha precipitado diversidad de pintores que con ahincada frecuentación se han especializado en este género pictórico de miniatura».
Se trata de pequeños cartones o tablillas reproduciendo con paciente habilidad obras grandes de los clásicos maestros de la pintura.

Bendición de la Mesa. F. Ruiz Ferrandis, Aldaya (Valencia) 1909-1992. Óleo sobre tabla de 26 x 19 cm. 1944
Así en pequeña estancia se puede ostentar Grecos, Ticianos, Velázquez, Rubens, Vermeer... que nos evoquen esas obras de tales genios. Siempre decimos, sedujo tal pintura y hoy triunfan en tamañas exposiciones pintores valencianos como Meseguer, Ruiz, Ferrandis, Aracil Vilaplana y otros. Miniaturas atrayentes que diversamente, también sus autores gustan de realizar con asuntos originales.
Un extraño juicio en la medieval Asís
Como hijo de un hacendado mercader, Francisco creció en medio de la abundancia. Alegre, jovial, amigo del bullicio, derrochaba su dinero en fiestas y algazaras con sus amigos. Su generosidad y nobleza de corazón cautivaban a cuantos le trataban, y esta misma generosidad y nobleza cautivaron el corazón de Dios, que tocó con tal fuerza el alma de Francisco, que el que hasta entonces no pensara más que en diversiones mundanas, se retiró del bullicio del mundo para entregarse totalmente al servicio de Dios.
No era ésta tarea fácil para aquel joven arrogante y gentil. La chusma, al verle con el hábito de penitente, le trató de loco, y su padre, airado contra el hijo que así deshonraba su nombre y su sangre, llegó a maltratarle y hasta a encerrarle bajo llave en el sótano de su casa.
En aquellas lobregueces iba Francisco templando su espíritu y preparándolo para el día de la completa renuncia de todo lo que el mundo ofrece. Su madre, madona Pica, era mujer piadosa y ante aquel trágico espectáculo no podía menos de deshacerse en llanto. Aprovechando empero un día la ausencia de su marido, se acercó madona Pica a la triste cárcel y habló a Francisco, con el alma maternal temblorosa de dolor y afecto, de la necesidad de volver a mejores pasos. Jamás desde el cambio de vida sintió el animoso joven tanta congoja y vacilación como en aquellos angustiosos momentos.
Precisamente era el hijo de las solicitudes de una amorosa madre, y toda la piedad filial, toda la ternura incomparable de su alma se ahogaban de emoción y de pena al sentirse mojado de lágrimas maternales. Mas como su resolución de obedecer a Dios antes que a los hombres era inquebrantable, no cedió de sus propósitos. Su madre se dio, al fin, por vencida, y en un arranque de sacrificio desesperado, deshecha en lágrimas, le abrió las puertas del encierro.
Al tornar a su casa Pedro Bernardone, el dolor y la cólera de un padre burlado por el hijo en quien tenía puestas sus más risueñas esperanzas, extraviaron su ánimo, y guiado de una cruel desesperación salió en su busca, dispuesto a llevarle a los tribunales en caso de resistencia. Pero Francisco se opuso resueltamente a que su causa la juzgara otro tribunal que el del Obispo, y al tribunal del Obispo lo condujo su padre.

Francisco renuncia a la herencia paterna, desnudándose ante el obispo de Asís (LM II,4).
Era en un día de invierno del año 1206. Asís iba a presenciar un espectáculo nuevo y resonante. Lo que por el alma sensible de Francisco pasaba en aquellos instantes no es fácil de expresar con palabras. Ante él se mecía la ciudad y la casa familiar con sus padres doloridos y deshechos, escenario de los más grandes amores de su infancia y juventud. Y a esos amores debía renunciar solemnemente y a la faz de todo el pueblo ante el tribunal del Obispo dentro de breves momentos; pronto sería un maldito de su padre y como un proscrito de su patria; él, Francisco, que tan ardientemente amaba a sus progenitores; él, Francisco, que había llegado a tomar voluntariamente las armas por su ciudad.
Pero el amor de Dios hace del penitente un héroe, y cuando ya en presencia del tribunal le expone el Obispo las quejas que su padre tenía contra él, porque despilfarraba su capital con donaciones excesivas a pobres y a obras pías, y le aconseja devolverle sus dineros, el valiente joven, en un arranque de locura divina, exclama: «Señor, no sólo su dinero, sino hasta las mismas ropas.» Y quitándose los vestidos grita en alta voz: «¡Oíd todos y escuchadme! Hasta ahora he llamado padre mío a Pedro Bernardone; pero desde hoy dejo de pertenecer al mundo; no quiero poseer nada del mundo, y por eso renuncio hasta a los vestidos que cubren mi cuerpo, para poder decir en adelante con toda verdad: Padre nuestro que estás en los cielos.»
Un silencio angustioso se apoderó de aquella grave asamblea ante el nuevo y estupendo espectáculo, y el Obispo, en un acto del simbolismo más significativo, cubrió con les pliegues de su capa la desnudez de aquel joven que se acogía al amparo de su madre la Iglesia.
Así, desprendido de todo lo de la tierra, comenzó Francisco su carrera hacia las alturas. Por eso al final de la misma pudieron cantar los ángeles: «Francisco, pobre y humilde, entra rico en el cielo y es honrado con cánticos celestiales.»
Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm
Plegaria a la Virgen del Pilar
Divina Señora, Fuiste en la amargura, En las guerras fuisteis En la inmensa pena |
fuiste su esperanza, En noche sombría Cuando tendió el velo Divina Señora, |
Domingo de misiones
La idea de la Catolicidad ha estado siempre viva en la Iglesia, que ha tenido en todo tiempo presentes aquellas palabras de su divino Fundador: «Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a toda criatura.»
Pero esta predicación no tiene por objeto transplantar la civilización específicamente europea en ¡as tierras de Misión, sino hacer que aquellos pueblos que a veces se vanaglorian de sus culturas milenarias, como ocurre con el chino, se asimilen los elementos de vida y costumbres cristianas que fácilmente se mezclan con cualquier civilización sana y le confieren plena capacidad y fuerza para asegurar y garantizar la dignidad y felicidad humanas. Esta labor la hacen los abnegados misioneros católicos, que abandonando patria, familia y comodidades, se entregan a ella con todo el ardor de su alma generosa, para extender el reino de Dios entre los infieles.
Pero la obra de las Misiones no es fin en sí misma, pues su verdadero fin es establecer la Iglesia en las nuevas tierras y sembrar en ellas las semillas que un día puedan vivir y desarrollarse sin ayuda ajena. Conseguido esto, las obras misionales se retiran y van a iluminar a nuevos pueblos con la luz del Evangelio, después que un Clero indígena culto se ha organizado con sacerdotes y obispos del país.
«No rehusaremos fatiga alguna —ha dicho Su Santidad Pío XII. de quien son muchos de los pensamientos anteriores— hasta que la gloria de la Religión Católica resplandezca en los pueblos lejanos; hasta que la Cruz, en la cual radica la salud y la vida, cubra también con su sombra las regiones más apartadas del mundo.»
La realización de estas ideas generosas, requiere por la solidaridad que a todos nos une en la caridad de Cristo, que contribuyamos a tan grande obra con nuestras oraciones y sacrificios. Y también con nuestra aportación económica.
Hagámoslo así y el Señor, que no se deja vencer en generosidad, sabrá recompensar la nuestra.
Arturo Fosar Bayarri
Pío XII y la España misionera
Casi siempre que Pío XII ha hablado de España o a España, ha hecho alusión a su obra misionera.
En el discurso dirigido en el año 1939 a la Misión Navarra Española, Pío XII llamó a las naves de nuestra patria «carabelas providenciales auxiliares de la nave de San Pedro». En la Encíclica «Saeculo Exuente» habla de la acción misionera de España y afirma que ella fue, tanto en Portugal como en nuestra patria, raíz de su grandeza. En el discurso radiado al Perú, en octubre de 1943, llama al Perú traído al evangelio por la acción misionera de España, «uno de los más claros y recios blasones del católico trono hispánico». «La mejor página del testamento de la madre patria es la que le otorgó el legado de aquella robusta fe...» «En la Eucaristía fortalecieron sus almas Pizarro, Almagro, Luque... Almas eucarísticas fueron Santo Toribio de Mogrovejo, San Francisco Solano, Martín de Porres y Rosa de Santa María».
No es de extrañar este afecto de Pío XII a la España misionera. No hay que olvidar que el actual Pontífice asistió como Legado Pontificio al gran Congreso Eucarístico de Buenos Aires y allí pudo observar la gran obra misionera de España.
El programa de acción misional que Pío XII traza a Portugal en la Encíclica «Saeculo Exeunte» ha de ser también nuestro programa de acción misional.
Egoísmo de la retaguardia
Una frase muy extendida, en apariencia lógica, fue ésta, por sus resultados y resumen de todas las dificultades que se oponen a la penetración del ideal misionero, en ésta: «las Misiones las tenemos aquí.» ¿Para qué trabajar por las Misiones lejanas de infieles?
Tal vez no hayamos reparado suficientemente en nuestra vida, en la gran responsabilidad que pesa sobre nosotros, si una sola alma se pierde por nuestra negligencia o mezquindad, o si un solo misionero tiene que detener sus pasos, por falta de aquellas ayudas que podíamos haberle suministrado nosotros.
«Las múltiples necesidades —dice el Sr. Obispo de Madrid-Alcalá.— de orden religioso, social y familiar que existen no son ni pueden ser razón suficiente para que un católico se haga el sordo al llamamiento que su madre la Iglesia le hace en favor de las Misiones y tampoco justifican la mezquindad de la limosna que se hace para evitar un posible remordimiento de conciencia.»
Vivimos en el siglo de las Misiones: los pueblos se abren a la fe: piden misioneros. Sin embargo, se carece de medios para sostener las existencias. Ante tal situación, Pío XI exclamaba: «Es necesario hacer lo posible y lo imposible.»
No digamos, por tanto, «las misiones las tenemos aquí», como queriéndonos excusar, con esta sencilla frase, de ayudar a los verdaderos misioneros de allá. Sino digamos más bien: Haec oportuit facere et illa non omittere (Mt 13, 23).
Aquí es necesario trabajar, pero no debemos descuidar aquello.
La campaña del sobre
Este año el DOMUND va a tener una característica especial. La Iglesia entera se dispone a rendir homenaje al Santo Padre con motivo del Año Santo. Entre las grandes inquietudes del Papa está el problema de las Misiones. La jornada del DOMUND, instituida en favor de la Obra de la Propagación de la Fe, ofrece a los católicos una buena oportunidad para ofrecer al Papa un grandioso homenaje misional entregando sus donativos a la Obra Misional Pontificia de la Propagación que es el órgano oficial del Santo Padre para ayudar a las Misiones. Ningún cauce mejor para este homenaje misional que esta Obra Pontificia y universal, por medio de la cual el mismo Romano Pontífice atiende a las múltiples necesidades del mundo misionero.
Para dar a este homenaje misional una expresión más concreta y una difusión más amplia, la Secretaría del DOMUND lanza este año la «campaña del sobre», por medio de la cual quiere proveer de los sobres del DOMUND a todos los católicos españoles, a fin de que cada uno entregue su donativo extraordinario para el DOMUND del Año Santo. Si nunca puede un católico negarse a entregar su donativo para las Misiones, mucho menos este año. en que el DOMUND tiene una nota simpática y cordial como pocas. Es preciso por lo tanto, que la «campaña del sobre» tenga resonancia plena en toda España, invadiendo las parroquias, los hogares, los Colegios, los centros de la Cruzada Misional de Estudiantes, los cuadros de la A. C. y de otras entidades similares, los Seminarios, Hospitales, Sanatorios, etc., etc. No basta dar, es preciso dar forma plástica a nuestra generosidad por medio de los sobres del DOMUND.
Consultorio religioso
¿Es verdad que estamos obligados todos los católicos a cooperar a las misiones?
Sí, señor; la Iglesia es un Cuerpo Místico cuya cabeza es Cristo, y miembros,, todos los católicos. Ahora bien, este Cuerpo aún no ha llegado a la edad adulta y, por consiguiente, debe crecer hasta alcanzar su desarrollo total. Pero así como en el cuerpo humano, por ejemplo, no hay en él un solo miembro encargado de esta función, sino que todos están sujetos a la ley ineludible del crecimiento, de igual modo en la Iglesia de Cristo corresponde a todos los miembros la obligación de procurar la completa y total formación en «varón adulto», según doctrina de San Pablo, del Cuerpo Místico de Cristo.
Es, pues, un deber ineludible de todos los católicos cooperar, en la medida de sus fuerzas, a la propagación de la fe o a la empresa de las misiones.
¿Haría el favor, Fray Agnello, de decirme cuáles son las principales figuras misioneras españolas?
Con mucho gusto. Son las siguientes: San Francisco Javier (navarro); San Pedro Claver (catalán); Santo Toribio de Mogrovejo (leonés); San Pedro Bautista (abulense); San Francisco Solano (cordobés); San Luis Beltrán (valenciano); Beato Raimundo Lulio (mallorquín); Beato Capillas (palentino); Beato Berrio Ochoa (vizcaíno); Venerable José Anchieta (canario); fray Juan de Zumárraga (vizcaíno); monseñor Rosendo Salvado (gallego); fray Junípero Serra (mallorquín), y monseñor Enrique Álvarez (asturiano).
¿Son completamente inútiles las obras buenas realizadas en estado de pecado mortal?
No, señor; es verdad que no aumentan la gracia santificante y la gloria eterna tales obras así practicadas, pero pueden lograr ventajas temporales y aun la gracia de la conversión. Así se entiende que un hombre sin fe ni ley prospere en este mundo: lleva a cabo obras buenas, y como Dios no puede premiárselas en la otra vida, le otorga su recompensa acá abajo. Así se explica también que un hombre de esa índole se convierta: sus buenas obras han sido poderosas a conseguirle la gracia de la conversión.
Fr. Agnello
Cooperación a la gracia
¡Cuán pocas almas quieren de veras santificar se!
Pocas quieren padecer las arideces, soledades y exigencias de la virtud, cuando ésta pide heroicas decisiones, sacrificio de los afectos terrenos, dominio de las pasiones, encauzando sus energías hacia Dios, y todo mediante la acción de nuestra voluntad fortalecida con la divina.
¡Querer de veras!, como lo quiso Teresita del Niño Jesús, es ya una voluntad cooperando a la gracia. Querer ser perfecta, como lo quiso la amada Santita, en ya colocarse junto a la perfección. Desear amar a Dios como ella lo deseo, es entrar ya en posesión del amor de Jesús.
Y el alma que quiere y ama a Jesús, ¡llegará a ser santa!
María de Santángel
Episodio misional
En cierta ocasión, vi llegar a la Misión, cubierta tan sólo con unas hojas recogidas en el bosque próximo, cansada, a una muchacha de unos doce años.
Había recorrido sola, por senderos escabrosos, cubiertos de espesa yerba, a través de oscuros y extensos bosques, unos treinta kilómetros. Habiendo salido tarde de su villa, pasó la noche bajo un árbol, expuesta al peligro de las bestias feroces, confiando en la protección de la divina Providencia. Noche angustiosa y eterna, cuyo solo recuerdo la llenaba de espanto, aún después de algunos años.
¿Qué iba a hacer esta pequeña en la Misión, huyendo tan jovencita de los cuidados maternales? ¿Esperaba hallar una segunda madre, compañeras más afectuosas, un tenor de vida más conforme a sus infantiles aspiraciones?
Su madre, es verdad, alguna vez hacía valer su autoridad, mas las caricias que prodigaba y su sincero amor excedían en mucho a los ratos de mal humor. En la villa tenía compañeras que eran, en su mayor parte, de la misma edad que ella. No sé qué atractivo pudo inducirla a abandonar su villa para dirigirse a la Misión. Un atractivo bien grande debió mover a esta pequeña que no temió, en edad tan tierna, romper los más dulces vínculos humanos.
Un jovencito de su tribu había sido bautizado en la Misión. Después de haber sido por muchos años, corno alumno interno, estimado y amado de todos a causa de su conducta y carácter familiar, cierto día, vencido por el deseo de libertad e independencia, se alejó de la Misión entregándose a la vida nómada.
Una mañanita, un amigo suyo vino a llamarme urgentemente. Clemente se hallaba afectado de viruelas; sus horas eran contadas. Fui a buscarle, le confesé, administrándole los últimos Sacramentos, que los recibió con sentimientos de profunda fe y piedad. Su pobre madre se disponía ya a celebrar los funerales, rasurándose el pelo y cubriendo su cabeza con polvo.
«Ya ves, Padre —me dijo—, es ya cadáver; para cuando entre el sol, se morirá, y para siempre.»
No me cabía la menor duda de que pronto moriría Clemente, mas no quise manifestar nada a su madre, procurando consolarla.
La mañana siguiente fui de nuevo, mas esta vez para celebrar los funerales. Acompañado de algunos muchachos, bendije por última vez los restos de mi amigo que había dejado tras de sí una estela de admiración y afecto.
No había crecido aún, la hierba sobre su tumba, cuando algunos muchachos de Mono (la villa de Clemente) demandaron ser admitidos en la Misión.
Fueron admitidos y los más llegaron a ser perfectos cristianos; entre éstos se hallaba también el hermano de nuestra pequeña protagonista.
Dolorosa había sido la separación entre madre e hijo; no menor fue para los dos hermanos que se habían siempre amado con amor fraternal.
Más tarde, la villa de Mono fue destruida y algunos de sus habitantes se instalaron a treinta kilómetros de la Misión. Entre éstos se hallaba la madre de nuestro futuro Germán.
Durante su estancia en la nueva villa, la jovencita vio muchas veces en sueños a Clemente que la invitaba a que fuera a donde su hermano a fin de llegar a ser también ella cristiana. Ella despreció reiteradamente esta invitación, cual si fuese una tentación; mas cuando Clemente, de ordinario tan dulce y afable, comenzó a mostrársele con semblante severo, reflexionó sobre sí misma. Paulatinamente, las instancias se sucedían cada vez más fuertes y se trocaron pronto en amenazas. Era preciso, por tanto, abandonar cuanto antes la villa pagana.
En África, los paganos, y también muchos cristianos y no tan sólo en África..., dan suma importancia a los sueños. Nadie se extrañará, por tanto, si decimos que la presente visión atemorizó en tal grado a esta muchacha, que la indujo a abandonar la casa paterna.
Llegada la noche, la madre buscó en vano a su hija, prorrumpiendo en lágrimas.
El encuentro en la Misión de los dos hermanos fue emocionante. El hermano lejos de reprobar la conducta de su hermana, la animó, inscribiéndola, acto seguido, entre los catecúmenos. Los dos hermanos fueron dechados en la conducta y en el estudio del catecismo.
Transcurrido el período requerido, el hermano fue bautizado con el nombre de Germán; poco después su hermana, recibiendo el nombre de Valentina. Fervientes cristianos que debían su dicha a su compatriota Clemente, fueron a su vez apóstoles que llamaron a la fe cristiana a su anciana madre.
Perfectamente instruidos, Germán y Valentina recibieron la Santa Comunión. Poco más tarde, la madre se estableció en la Misión, en casa del padrino de Germán. La nueva vida, tan distinta de la que hasta entonces había vivido, no fue de su agrado, y pronto abandonó la Misión, dirigiéndose de nuevo a la villa pagana, donde moró en casa de un hechicero, un obstáculo más para su conversión. De este modo resistía fuertemente a las súplicas y plegarias de su hijos, quienes no obstante su proceder poco honesto, la profesaban el más sincero y respetuoso afecto. Entre tanto, los años pasaban.
Germán, preso de la nostalgia del bosque, cedió a las promesas de algunos compañeros y dejó el recto sendero, mas para poco tiempo. Retornó, nuevo hijo pródigo, confuso mas no desanimado, emprendiendo con más ardor la vida de perfección.
Valentina permaneció siempre fiel, no aflojando nunca en su fervor. Silenciosa, modesta, laboriosa, servía de ejemplo a todos. De cuando en cuando, los días de fiesta, iba a encontrarse con su madre con quien pasaba algunas horas de intimidad. Valentina le narraba cuanto se hacía en la Misión, le refería los goces íntimos de la religión y procuraba hacer brotar en el corazón de su madre aquella emoción que ella experimentaba en las grandes festividades cristianas. De todo echaba mano a fin de conducir a su anciana madre hacia la verdadera fe: conversaciones, plegarias, ejemplos, cuidados, nada descuidaba aquella pequeña..., mas la madre permanecía siempre en su superstición.
Germán iba a celebrar su matrimonio; había escogido entre las muchachas de la Misión una excelente compañera, buena, piadosa. A raíz de esta nueva, la madre volvió a la Misión. No obstante los achaques de la edad, se esmeró en procurar buena leña para la construcción de la cabaña de su hijo, y activa, nerviosa y autoritaria, dirigió y reguló la obra de los vecinos, que se habían prestado a fin de que el albergue resultara lo más cómodo posible.
El mismo día del matrimonio abandonó definitivamente la villa pagana, del hechicero, y se estableció en casa de su hijo. Había sonado para ella la hora de la gracia. No pudo permanecer indiferente ante el espectáculo de una villa que se reunía todas las mañanas y noches para orar en común, que iba, obediente, todos los domingos a celebrar los grandes misterios de una religión, todo amor y grandeza, y que se imponía hasta a los mismos paganos con una irresistible violencia.
Se conmovió, se turbó; comprendió toda la vanidad de su vida y pidió la instruyeran. Su mismo hijo se convirtió en catequista, y bajo tal preceptor, bien pronto la madre se halló presta a recibir el Bautismo. Se enfermó, aceptó de la mano de Dios con edificante resignación todos los dolores que la torturaban, y quiso retardar algún tanto la recepción del Bautismo a fin de prepararse, mediante el crisol del sufrimiento, más dignamente.
Cierto día, en que la intensidad del dolor parecía anunciar su cercano fin, pidió ser bautizada. Accediendo a sus deseos, se dispuso administrarle el Santo Bautismo. En presencia de numerosos vecinos, conmovida, llorando, la enferma deploró su pasada vida, pidió perdón a Dios y a cuantos había escandalizado con sus desórdenes, alzó la frente y el agua saludable la regeneró; se llamó María.
La mañana siguiente, aquel cuerpo, que no parecía sino un cadáver, se reanimó, la vida retornó poco a poco a sus miembros, los dolores desaparecieron, María se levantó... y su primera visita fue a la Iglesia a fin de agradecer al buen Dios la gracia que había recibido.
Tras de algunos meses de tranquilidad y bienestar, sus males se renovaron con mayor intensidad. Tendida sobre un lecho de pajas, sin poder tomar manjar alguno, ni el sosiego de una hora de sueño, sufre, ora, expía... sin un lamento. Neófita todavía, es gigante en el espíritu; quiere vivir aún, para expiar más, desea morir para abrazarse con su Dios. Llegada su hora postrera, se la administró los últimos Sacramentos. Una plegaria, una sonrisa, un beso al Crucifijo y María, la madre de Germán y Valentina, expiraba. Los hijos aceptan con cristiana resignación la prueba y esperan el día de poder unirse con ella en el Cielo.
Fr. Angélico
Noticias
Regreso del P. Provincial
Ha regresado de la provincia regular de Granada nuestro P. Provincial. Después de haber girado la visita canónica como Visitador general en aquella provincia, fue a presidir su Capítulo Provincial y a dar ejecución, como Delegado del P. General, al Decreto «Apostólica Sedes» en las provincias Bética y Granada. Descanse de sus honrosas tareas.
Órdenes sagradas
El Sr. Obispo de Teruel, Fr. León Villuendas Polo,ofm, debidamente autorizado por el Arzobispo de Valencia, confirió, el día 2 del mes en curso, la orden sagrada del diaconado a nuestros hermanos coristas Fr. David Cervera y Fr. Bernardo Llopis.
La ceremonia, dirigida por el muy ilustre señor Arcediano de Teruel, don Tomás Maicas, tuvo lugar en la iglesia de San Lorenzo de la ciudad del Turia.
Reciban nuestra cordial felicitación los ordenados.
Profesiones solemnes en Onteniente
El día 4 de octubre, festividad de N. P. S. Francisco, emitieron sus votos solemnes los coristas Fr. Víctor de San Miguel Canet, Fr. Juan José Baydal, Fr. Gabriel Andrés y Fr. Alberto Carmona. Ofició el P. Rector de Preste.
Numerosas familias se unieron a esta gran solemnidad. Nuestra más cumplida enhorabuena a los profesos y a sus familias.
Profesiones simples en Santo Espíritu
El día 4 de octubre del año en curso, festividad de nuestro Seráfico Padre San Francisco, recibieron la profesión de votos simples, en el monasterio de Santo Espíritu del Monte, de manos del P. Bernardirio Cervera, Guardián de dicho convento, los hermanos coristas Fr. Damián Diago Roger, Fr. Jorge Sanchis Jordá y Fr. Romualdo Jordá Moscardó, y el hermano lego Fr. Simpliciano Montón Calvo.
Reciban los cuatro nuestra cordial felicitación.
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