Índice del número 251-252

Noviembre-diciembre de 1949. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

Dos misterios inseparables

Y el Verbo se hizo carne. San Juan, el evangelista del amor, condensa en estas mágicas palabras la maravillosa realidad histórica de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo: misterio inefable, por medio del cual la Substancia de Dios viene como a diluirse en las miserias de la naturaleza humana (pues las acepta todas, menos el pecado), no para rebajan o perder lo que aquella tiene de divino, sino para dignificar y elevar hasta el plano sobrenatural de la gracia lo que la nuestra tiene de deleznable y de humano.

Tal el misterio sublime, que si siempre llena de esperanza y de alegría nuestras almas, mucho más en este mes de diciembre, en que celebramos la fiesta de la Natividad del Señor, bajo los encendidos fulgores de la Estrella de Belén y el ritmo de los coros angélicos, que anuncian la gloria a Dios en las alturas del cielo, y en la tierra la paz a los hombres de buena voluntad.

Mas esta carne de que se reviste el .Hijo de Dios, al hacerse Hombre para nuestra salvación, la toma, con su consentimiento, de una criatura puramente humana, es verdad, pero incontaminada, limpia de aquella culpa con que la desobediencia de Adán y Eva en el Paraíso mancilló a todo el género humano, y tan lleno de hermosura y de bondad que rebasa en mucho los límites de lo angélica y atrae hacia ella las destellos de lo divino en forma tal, que ninguna inteligencia creada podría comprender.

Este es el misterio, tan encantador y amable de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra; misterio inseparable del anterior, y cuya reciente ¡luminosidad llena también el cielo litúrgico del mes de diciembre, anunciando presagios de gozo a todo el mundo, como hermosamente canta la Iglesia en los oficias de esta festividad.

Alegrémonos, pues, de ver que en María, hija de Eva como nosotros, pero toda hermosa, inmaculada y llena de gracia, se realiza para nuestro bien, el maravilloso contacto de nuestras miserias con los fulgores de la Divinidad, y vayamos, conducidos por su mano maternal, a los pies de Jesús Niño, a cantarle los himnos de nuestra sempiterna gratitud y a encender en las brasas de sus divinos ojuelos el fuego de nuestras más tiernos y delicados amores.

Los conventos franciscanos

Los que hemos estado en contacto frecuente con la Orden Franciscana reconocemos que sus conventos se ambientan de manera muy distinta al mundo actual. Ni refinamiento en la mesa, ni riqueza en sus muebles e inmuebles, ni elegancias vanas ni engorrosas etiquetas.

Sus puertas se abren de par en par desprovistas de mirillas escrutadoras de clases. Todos nos sentimos en ellos atraídos por un espíritu eminentemente fraterno que nos hace gustar el trato llano y sin lirismos de Padres y Hermanos, acostumbrados a leer en sus reglas, como base de su peculiar perfección, el precepto del amor tal cual lo predicó y lo imponía Jesucristo. Signos de sencillez hemos recogido que embelesan el alma y hacen que el corazón se prende de esos lugares evangélicos donde la pobreza es reina y la austeridad canta canciones de alegría; donde se muere al mundo gozosamente, sin desprecio y sin odio, por considerar las criaturas como hermanas y notas del himno de la creación. Son como peñas en que gozan de posar las palomas; jardines, como de olivos, que hablan palpablemente de la suavidad de la paz; alturas donde se mecen libremente las almas sin apego a las cosas; reductos de santidad activa donde a Cristo se le ve en forma humana a través de la vida del fundador, que alienta en el incesante quehacer de los frailes, cuyo espíritu de sacrificio se respira en tantos recuerdos de la Pasión, coronados por el Vía-Crucis.

Allí la voz sosegada y el andar mesurado; miradas tranquilas y almas felices, a pesar de lo burdo y áspero del sayal y de la parsimonia que imponen los bolsillos enjutos de dinero; corazones grandes llenos de Dios a quien se ama sobre todas las cosas, de quien se habla, de quien se medita y de quien se predica con el renunciamiento a todo lo que no es Él, y con el desprecio a lo que de Él separa.

Con encantadora sencillez, que espanta las inquietudes, se trabaja, se ora, se sacrifica. Ni brazos caídos, ni nerviosismo febril que suponga explotación mercenaria. Espíritu impera en las ocupaciones, dirigidas a matar la ociosidad y a ganar el pan con ansias de devoción sobrenatural, fomentada con el fin exclusivo de agradar al Señor.

¡Qué bello es el vivir de esos conventos! Antítesis del mundo moderno son por ser viveros de atletas del espíritu, muy contrapuestos a los meramente musculares. Poco, muy poco tienen de materia. Desprecian lo que más ama el siglo de hoy: el dinero. Y en ellos se es más dichoso. Un pobre pasar y vestir son todas las aspiraciones del cuerpo. Y así el alma vuela sin grandes lastres saboreando algo que sabe a cielo.

¡Cuánto necesita el mundo actual de ellos! ¡ Son oasis en medio de un desierto ingente de arideces y esterilidades por la ambición y el desenfreno, tan general, impuesto! Que esto es el mundo moderno que nos toca vivir. Nunca de ellos reneguemos. Aun mirados desde fuera nos ayudan a mirar al cielo.

Enrique Barrachina Gil, Pbro.
Arcipreste de Chiva

Contraste

II

San Paulo de Nola nació en Burdeos en 353 ó 354, de familia patricia que poseía inmensas propiedades en Aquitania. Sidonio Apolinar nos ha dejado la descripción de una de sus casas de campo, en la que además de magnífico palacio adornado con mármoles y estucos, se admiraban hermosos jardines poblados de estatuas, vastas construcciones rurales, inmensos viñedos y praderas, en cuyo trabajo se ocupaban centenares de obreros. En tan suntuosas residencias la vida era fácil y agradable... para su dueño.

Ausonio, retórico elegante, fue el primer preceptor de Paulino, que de él y de otros maestros, fue instruido en todos los conocimientos de su tiempo. A los 25 años poseía extensa cultura en poesía, elocuencia, filosofía y derecho. Cuando a esa edad llegó a Roma fue elegido cónsul por el Senado a propuesta del emperador Graciano. Héroe de las ceremonias triunfales de la toma de posesión de su consulado, desfiló por las calles de aquélla, revestido de suntuoso ropaje, mientras la ciudad aparecía adornada con ricas colgaduras, sembrada de flores y perfumada con incienso. Su consulado fue brillante y grato al pueblo, que le recordó siempre con amor.

Nombrado después gobernador de Nola donde poseía bienes de familia, sintió la llamada de la gracia a una vida superior: en versos emocionantes canta que la vista de varios milagros verificados en su presencia, cerca de la tumba de San Félix, elevó su pensamiento, por encima de las cosas de la tierra hacia el amor a Jesucristo.

Un gran afecto humano condujo luego a nuestro biografiado al amor puro de Dios, gracia que atribuyó al mismo San Félix de Nola, su amado patrón. «Había atravesado los Pirineos; —dice en uno de sus poemas— me hallaba en el país de los Iberos. Tú permitiste que según las leyes humanas tomase allí una esposa. Ganabas de esta manera dos vidas a la vez. Te servías del yugo de la carne para hacer común la salvación de dos almas, y con los méritos de la una compensabas las vacilaciones de la otra.»

Y efectivamente, en Alcalá de Henares, al parecer, se unió en matrimonio con Teresa o Theresia, prototipo de la mujer fuerte de la Escritura, que le ayudó a ascender por el camino de la perfección a que Dios le llamaba. Literato Paulino, no cesaba de enviar versos al poeta Ausonio y se relacionaba con otros personajes, como Sulpicio Severo, lumbrera del foro de Aquitania, con San Martín de Tours, y sobre todo, con San Ambrosio a quien consideró como su padre espiritual, por haberle instruido en los misterios de la fe y dado consejos para desempeñar dignamente sus deberes. Hacia el año 389, Paulino recibió el bautismo. En un poema de gran belleza por su sentimiento, y en algunos pasajes por su forma, además, canta su reconocimiento y esperanza le insinúa su desprendimiento de honores y riquezas, que anuncia el próximo abandono, de los bienes terrenos.

Poco después, por muerte violenta de un hermano suyo, en la que calumniosamente se le creía complicado, vio confiscados sus bienes y amenazada su vida; en uno de sus poemas atribuye también a San Félix la gracia de haber escapado a la ruina y la muerte en esta coyuntura. Vuelto a España desde Francia, terminado este incidente, residió con su esposa en Alcalá donde les nació un hijo, muerto a los ocho días. Entonces el matrimonio, de común acuerdo, resolvió desprenderse paulatinamente de todos sus bienes en favor de los pobres, hasta quedar sin ninguno, y vivir vida monástica: en adelante Paulino y Teresa vivieron en castidad individual, como hermanos, en comunidad de oraciones y limosnas.

De Alcalá, de paso para Italia donde quería vivir ocultamente, se detuvo en Barcelona; pero conocida su santidad fue aclamado por el pueblo, que reunido en una iglesia pidió a su Obispo Lampio le ordenara de presbítero, como así lo hizo, venciendo la resistencia que la humildad del interesado le ofrecía. Marchó por fin a Nola, para vivir oscurecido; pero también como en Barcelona, por la fama de sus virtudes, al morir el Obispo fue elegido en su lugar. Ya Obispo se consagró con celo a su ministerio, edificando a los fieles con su conducta, erigió un hospital y una soberbia basílica, y murió lleno de méritos a los 74 años de edad.

Buen poeta, tierno y delicado, de gran posición social y económica, todo lo abandonó por seguir a Jesucristo y escaló a cima de la perfección cristiana, despreciando todo lo demás. No hizo San Paulino como Tolstoi siglos adelante, sino que puso de acuerdo su ideal de perfección con su conducta. Y es que el uno en su humildad se creyó un siervo inútil, que procuraba practicar todas las virtudes del Evangelio. Y el otro en su soberbia se creyó fundador de un Cristianismo sin dogmas ni misterios ni obligaciones.

Arturo Fosar Bayarri

El buen ejemplo

No hemos de obrar bien para ser vistos y estimados de los hombres. Nos expondríamos a la repulsa del divino Juez, que nos negaría toda recompensa diciéndonos severamente: «Ya recibisteis vuestro galardón.» (Mt 6, 1).

No; el cristiano tiene miras más altas y más vastas que las puramente terrenas y humanas. El cristiano obra bien para contentar a Dios, su amantísimo Padre, cuya inmensidad lo llena todo. Sí; Dios está en todas partes y lo ve todo y lo sabe todo; es imposible sustraernos a la mirada intuitiva de nuestro Padre celestial, que penetra el secreto de los corazones y conoce mejor que nosotros nuestras mismas intenciones y ocultos deseos; nada podemos encubrir a la penetrante y amorosa mirada de Dios que significa y vale más que las de todos los hombres, si los tuviéramos por espectadores, y cuyo juicio certero y justo ha de pesar más en nuestra conciencia que el parecer inseguro y falaz de los mortales.

Sabiendo esto, el cristiano se da por contento con que Dios sea testigo de su recto proceder, y no sólo no busca la ¡publicidad en sus buenas obras, sino que de intento procura hacerlas secretamente y sin que nadie se entere de ellas.

No busca recompensas humanas; Dios será su magnífica recompensa en el cielo. (Mt 6, 4).

Pero aunque los hombres no vean las buenas obras del cristiano, no pueden quedar éstas enteramente ocultas. Sin que el cristiano lo pretenda, derramará en torno suyo su bondad y exhalará el suave perfume de sus buenas obras. El que con recta intención obra bien, se perfecciona mediante su buen obrar, y cuando vuelve a aparecer en público, se conduce y comporta con más perfección que antes, de suerte que puede advertirlo la gente y alabar por ello a Dios. Esto es lo que nos recomienda Jesucristo: «Brille vuestra luz ante los hombres de suerte que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.» (Mt 5, 16).

En esto precisamente consiste el buen ejemplo que todos debemos dar a nuestros prójimos, y que de hecho damos, aunque sin intentarlo, siempre que obramos bien con ¡la recta intención de cumplir nuestro deber y dar gusto a Dios.

La eficacia del buen ejemplo es más grande y poderosa que la de las buenas palabras y de los elocuentes sermones. Más conversiones ha obrado el buen ejemplo que la predicación. Suele decirse con mucha verdad que «el mejor predicador es el buen ejemplo». Él, de por sí es ya operativo, mientras que la predicación no lo será, como no vaya acompañada del buen ejemplo o de las oraciones de almas santas.

Se cuenta de un novel sacerdote que comenzó con entusiasmo su ministerio parroquial en un pueblo donde había no pocos infieles. Preparó cuidadosamente su primer sermón, adornándolo con citas y reflexiones ponderadas, sustanciosas y elocuentes. Lo pronunció llegada la hora y quedó muy satisfecho de su trabajo, convencido de que había conmovido a su auditorio. Acabada la función religiosa se le presentó un hombre diciendo que quería mudar de vida y ser buen cristiano. Pensando para sí el buen sacerdote que aquella conversión era el primer fruto de su apostolado, le preguntó qué cosas del sermón le habían movido con más eficacia a convertirse; y no fue pequeña su sorpresa al oírle decir cándidamente que apenas había entendido nada del sermón, porque venía de lejos, no había dormido la noche anterior y estaba muy cansado. Que la resolución la había tomado en su casa, donde tenía un criado cristiano, de quien se burlaba al principio, y a quien ahora admiraba y deseaba imitar, haciéndose cristiano como él. El buen ejemplo y las oraciones del cristiano convirtieron a su amo.

Dos anécdotas más a este propósito.

Ante una cruz de un paseo público se arrodilló devotamente un bizarro militar para rezar una oración. Le vieron unas jóvenes mundanas y se mofaron de la piedad del militar. Este oró por las que de él se burlaban y continuó su camino. Años después aquel militar era sacerdote, y pasando por un pueblo, se detuvo a celebrar la santa misa en un convento de religiosas. Después de la misa le sirvió el desayuno una religiosa, que, habiéndolo reconocido, cayó a sus pies llorando y exclamando: —«¡Ay, padre! Yo soy una de aquellas jóvenes que se burlaron de usted cuando se arrodilló ante la cruz; aquel mismo día me vino el pensamiento de ser religiosa, y aquí me tiene usted en esta santa casa.» —«Entonces recé yo por vosotras —repuso el sacerdote—, y Dios me oyó, y hoy tengo la dicha de bendecirte.»

Un joven de 18 años estaba en la puerta de casa mirando a la calle. Tiempo hacía que un secreto impulso interior le movía a dejar el mundo y hacerse religioso; pero no sabía en qué religión entrar y se mantenía a la espectativa sin tomar decisión alguna. Pasaron por la calle dos religiosos franciscanos que volvían de recoger limosna, y alforja al hombro, se dirigían modestamente hacia su convento. Los vio el joven y quedó prendado de su porte; les siguió, primero, con la mirada, y luego anduvo cautelosamente tras ellos para averiguar dónde vivían. Tomó las señas de su convento y pocos días después llamaba al joven en la portería, preguntaba por el P. Superior, lo saludaba respetuosamente y le pedía la gracia de que le admitiese como religioso franciscano. Aquel joven profesó, en efecto, en la Orden franciscana; llegó a sacerdote y fue un gran misionero muy popular. Hoy le veneramos en los altares; es San Leonardo de Puerto Mauricio, celestial Patrono de las misiones parroquiales, conquistado para Dios en la Orden franciscana por el buen ejemplo de dos religiosos que pasaban por la calle modestamente y en silencio.

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Campo de los pastores

Belén. Campo de los pastores.

Los pastores de Belén

Es noche serena: no hay nube ninguna
Que al manto estrellado mancille del cielo;
Tranquila y risueña la cándida luna
Derrama sus rayos de plata en el suelo.

La escarcha amortaja con blanco sudario
Al campo aterido que mudo reposa;
Ya todo parece que está solitario
Y un hondo sosiego se ve en cada cosa.

En paz y misterio Belén yace envuelto;
Velando están sólo los fieles pastores;
El tenue suspiro del céfiro suelto
No turba el silencio de los rededores.

Cual flor sus aromas, elevan del alma
A Dios los pastores plegarias devotas;
De pronto despiertan la plácida calma
Los dulces acordes de místicas notas.

«¿Serán (se preguntan) vecinos pastores
Que alegres entonan sabroso concierto
Al ritmo de gaitas, rabel y tambores
Y llega a nosotros en alas del viento?

¡No es música humana tan dulce cantar!
¿Será algún querube de triste fortuna
Que el cielo ha extraviado y en vez de llorar
¡Ay! canta en las pálidas noches de luna?»

Mas ven, cuando elevan los ojos al cielo,
Envuelto en fulgores, angélico coro

Que canta amoroso, con férvido anhelo,
Al son de violines y cítaras de oro:

«¡Dad gloria al eterno Señor en la altura
Y abajo en la tierra dad paz al mortal!
¡Venid, oh pastores, venid con presura,
Que el Rey de los cielos nació en un portal.

¡No hay niño más bello: sus ojos dos gotas
Son de albo rocío, su acento tiene una
Divina dulzura de célicas notas
Y hay luz en su rostro de sol y de luna!»

«¡Vayamos, vayamos a ver al Dios Niño
—Exclaman con fe los pastores sinceros—
Llevémosle en muestra de amor y cariño
Nevados vellones y tiernos corderos!»

Y al punto gozosos su marcha improvisan;
Un ansia inefable sus pechos inunda;
El santo pesebre de lejos divisan.
Envuelto en las gasas de luz rubicunda.

Y al ver la celeste sin par hermosura
Del Niño divino lo adoran de hinojos
Y sienten en su alma tal gozo y ternura
Que en plácido llanto se bañan sus ojos.

La noche allí pasan en preces sagradas.
Bañados de suaves celestes dulzores,
Y tornan henchidos de fe a sus majadas
Cuando el alba despliega su tul de fulgores.

Fr. Conrado Oyarzun, ofm

El lobo de Gubbio

a—El Hermano Francisco está triste. ¿Qué le pasa al Hermano Francisco?

El hermano de las florecillas silvestres, de las torcazas enamoradas y de las calandrias reidoras, tiene los ojos sin lumbre y el corazón lastimado. ¿Qué le pasa al Hermano Francisco?

Gubio, la ciudad pequeña y riente de Gubio, ha sido presa del más terrible pánico. Sufre como San Lorenzo sobre las parrillas. Un lobo feroz, «grandísimo», amenaza tragársela poco a poco. Son varios los pastores desaparecidos, y las ovejas, y los corderos... Nadie sale ya de la ciudad, temeroso de caer en sus negras fauces. Los obligados a salir forzosamente, salen armados hasta los dientes y sin perder el temor que les oprime el pecho. Han intentado batirlo, pero inútilmente. ¿Qué misterioso espíritu le proteje? Claman los vecinos con angustia, pero en vano.

Llega una noche el Hermano Francisco sobre su jumentillo humilde. Siempre le acompañan la paz y el bien, y la ciudad de Gubio está en guerra de muerte con un lobo ferocísimo.

¿Significa la entrada de Francisco a caída del lobo!

—Hermano Francisco, ¿a dónde te encaminas? ¿Cómo has podido llegar hasta nosotros tranquilo y sin daño? ¡Qué de peligros has corrido! Un lobo feroz acecha a todos los transeúntes a los campesinos, a los pastores, y los persigue y despedaza. Aquí nadie sale, y si sale alguno, sale con el arma al hombro y con el ojo abierto. Quédate con nosotros y no pases adelante.

Francisco responde con dulzura y amabilidad:

—¡Gracias, hermano! Pero ¿qué puede tener contra mí, contra mis compañeros y contra mi jumentillo inocente el hermano lobo, para que nos maltrate y nos devore? ¡No temáis, hombrecillos de poca fe!

Y pernoctó en la ciudad pequeña y amedrentada.

Amaneció el sol, pero no en los pechos de los ciudadanos de Gubio. Por todas partes veían al lobo con sus garras amenazadoras, sus ojos de lumbre y su lengua de fuego.

Se supo que Francisco, el hermano de todos los animales de Dios, había pasado la noche en la ciudad. Francisco era un varón de Dios, gemelo de Cristo, a quien las criaturas todas servían como si fuese un Adán nuevo que morase en el valle de lágrimas de la Tierra.

Como los niños amenazados acuden al padre en demanda de ayuda, los temerosos ciudadanos de Gubio acudieron al Hermano Francisco pidiendo socorro. Era un caso inusitado y gravísimo.

El varón de Dios, enternecido y animoso. les dijo: —Voy a salir al encuentro del lobo, a echarle en cara su proceder injusto.

Se asustaron más los pobrecillos y trataron de impedirlo; pero Francisco, sin reparar en nada ni en nadie, fiado en su Dios, salió del pueblo en busca del lobo. Le siguieron de lejos algunos curiosos y más atrevidos, desde luego, con armas. Francisco, reparando en ellos, les dijo sin detenerse y sin torcer la mirada: —Que nadie ose dañar de ninguna manera al hermano lobo. Tened fe, hombres de poca fe.

Y siguió afanoso cuesta arriba, puesta en lo alto la mirada de sus ojos dulces. De pronto, saltó el lobo y corrió, como si tuviese los pies electrizados. El terror oprimió los pechos paralizó los brazos y selló los labios. Y cuando se temía un fin desastroso, el lobo como un cordero manso, se arrojó a los pies de Francisco, haciendo como que se los besaba deliciosamente.

Se serenaron los ánimos y pudieron respirar en vista del prodigio. Y Francisco, seriamente, le dijo al lobo:

—Confiesa que has sido malo y que has causado males grandísimos. No sólo a las bestias. sino a los hombres, imágenes vivas de Dios, has maltratado y hecho pedazos. Mereces la horca como ladrón y homicida pésimo. Todos se quejan de ti con razón y te odian. Pero ahora, hermano lobo, yo quiero hacer la paz entre ti y ellos, de modo que tú no les hagas más daño y ellos te perdonen todas las ofensas pasadas y ni los hombres ni los perros te persigan más.

El lobo, sugestionado, inclinó la cabeza en señal de asentimiento. Francisco y el lobo, seguidos de la multitud estupefacta, descendieron a la plaza de la ciudad para tratar de las condiciones definitivas de la concordia.

Reunido el pueblo, sin que quizás faltase uno de sus moradores, habló así el hombre amable, suave y pacífico:

—Teméis la boca del lobo, hermanos míos, pero más deberíais temer la boca del infierno. El lobo puede sólo matar el cuerpo. Es un animal pequeño. Las fauces del averno se tragan las almas. El hermano lobo aquí presente quiere paz y no guerra; pero como es justo a condición de que vosotros, la ciudad toda, os comprometáis a darle lo necesario para vivir. Si os comprometéis, «yo salgo fiador por él de que guardará firmemente el tratado de paz.

El pueblo, con voz unánime, clamó y dijo: —Nos comprometemos a mantenerle y respetarle.

Oído esto, Francisco, encarándose con el lobo, le dijo: —Y tú ¿qué dices? ¿Prometes convivir en paz, en cambio de los alimentos y del buen trato?

El lobo, con ternura que se le reflejaba en los ojos, inclinó la cabeza y extendió la mano, que Francisco estrechó entre las suyas, benditas y santas. Quiso sellar con esta fórmula el pacto y concierto de paz. Entrambos, el pueblo y el lobo, cumplieron la palabra que dieron ante Dios por el influjo pacífico del pobrecillo evangelizados El lobo, trocado en cordero, hecho hermano del hombre, murió de puro viejo. Y el pueblo le lloró. ¡Le recordaba al Hermano Francisco!

El mundo, a estas horas, es un Gubio de verdad, pues vive rodeado de lobos feroces que lo asaltan, le hieren y le matan. El mundo siente las angustias mortales que Gubio sintió. El mundo, en peligro de perecer, nostálgico de paz, clama por el Francisco pacificador; pero ¿dónde está el Hermano Francisco? Que venga, que venga el Hermano Francisco, y que los lobos feroces y crueles tomen la condición de corderos, se acaben las guerras y suene jubilosamente la campana sonora de la paz: «¡Paz y bien! ¡Paz y bien!» Que no sea lobo el lobo y que viva en concordia pacífica con el pueblo.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

Niño de Belén

Noche de gloria

Letrilla para la Noche Buena

Noche de gloria,
baja del cielo
rico panal...
Barra la escoria
del triste suelo
iris triunfal...

Vibra entretanto
grata armonía,
plácido son,
que es dulce encanto,
paz y alegría
del corazón...

Brillo sereno
mágica estrella
tiene en su luz...
Del puro seno
de una doncella
nace Jesús...

Traen sus imanos
desde la altura
del rico Edén

a los humanos
paz y ventura,
salud y bien...

El es pequeño,
tierna y amable
cual linda flor,
y en su risueño
rostro adorable
todo es amor...

Roban anhelos,
causan locuras
al alma fiel
sus dos ojuelos,
que dan dulzuras
más que la miel...

Besan su planta
los pastorcillos
con tierna afán;
y con fe santa
sus corderillos
presto le dan...

¡Oh qué embeleso
mi alma sintiera
junto al Señor,
si al darle un beso
mi ser ardiera
de puro amor...!

Haz tierno Niño,
mi dulce prenda,
mi fuerte imán,
que tu cariño
mi ser encienda
como un volcán...

Y de este modo
logre yo luego
con frenesí
arder del todo,
siempre en tu fuego,
cual Tu por mí...

 

Jesús Galbis

Jesucristo enseñó una doctrina social

No hay quien no vea que la sociedad moderna está atormentada por profundos males sociales.

Frente a los graves problemas que estos males originan, muchas son las doctrinas sociales que se presentan a las masas para resolverlos.

Desde la clásica doctrina liberal en sus diversas tendencias, hasta la subversiva teoría marxista en sus distintos matices, para llegar en los últimos años a la nueva idea totalitaria en sus varias realizaciones: todas pretenden resolver los problemas sociales con una receta propia, que cada una sintetiza en un lema: ya libertad, ya revolución social, ya Estado totalitario.

Al lado de estas teorías hay también la DOCTRINA SOCIAL CATOLICA: es la más antigua y se destaca de todas las demás por la belleza y profundidad de sus principios y la fecundidad de sus soluciones; ella lleva como bandera el lema: justicia y caridad.

Hace veinte siglos, JESUCRISTO proclamó las bases de esta Doctrina, dirigiendo al mundo la más potente palabra social que jamás haya sido pronunciada.

Su enseñanza es tan rica que no solamente sirve para llevarnos al Hielo, sino también para ayudarnos a ser felices en la tierra. Sus máximas tienen reflejos y repercusiones en el orden social, al que transfieren su contenido evangélico.

Todas las grandes ideas sociales, que forman el patrimonio de la vida de los pueblos y el fundamento de las relaciones humanas, han sido proclamadas por Jesucristo.

¿Quién sino Jesucristo, enseñó la virtud social por excelencia —la caridad— que nos impone amar al prójimo como a nosotros mismos, sin excluir a los enemigos?

¿No es Jesús el que puso como base de las relaciones humanas la justicia, mandando no hacer a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros?

¿Quién, sino Cristo, proclamó la fraternidad universal, al recordar que todos somos hijos del mismo Padre que está en los cielos y al darnos la sublime máxima «amaos los unos a los otros»?

¿Dónde encontrar, sino en el Evangelio, el principio de la igualdad fundamental de todos los hombres, sin distinción de razas, ni de pueblos, ni de clases?

¿Quién, sino Cristo, dignificó en el «Sermón de la Montaña» a los pobres, a los débiles, a los afligidos, a los perseguidos, á los desheredados, a todos los que sufren?

¿No es acaso Jesús el que fustigó y condenó el abuso de la riqueza en la «Parábola del rico epulón» y en la frase amonestadora «más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino do los cielos»?

¿Y no es Jesús, por ventura, quien estableció los inelu deberes de la solidaridad social, imponiéndonos dar de comer al hambriento, de beber al sediento, hospedar al peregrino, vestir al desnudo, visitar al enfermo y consolar al encarcelado?

¿Quién, sino Cristo, dignificó a la clase humilde, llamando a sencillos obreros para hacerlos sus apóstoles y convertirlos en dirigentes de la nueva Iglesia?

¿Quién, sino Jesús, proclamó los derechos del trabajador, afirmando que «el obrero es digno de su salario»?

¿Y no es acaso San Pablo —apóstol inmediato de Jesús— el que dijo que «quien no quiere trabajar, tampoco coma», estableciendo así la obligación que todos tenemos de contribuir al bien social, para poder gozar de los beneficios de la sociedad?

A pesar de que muchas de estas ideas fundamentales, enseñadas por Jesucristo, hayan sido copiadas por otras doctrinas sociales, sin embargo, ninguna de ellas ha embebido el espíritu evangélico que las anima. Todas las han despojado del sublime soplo cristiano, y en el afán de adaptarlas a sus distintas ideologías, las han deformado, pervirtiéndolas.

En realidad:

—La LIBERTAD sin la justicia (entendida bajo el aspecto de virtud cristiana), se convierte en un medio del que se valen los más fuertes para oprimir a los más débiles.

—La FRATERNIDAD sin la caridad (en su sentido cristiano de «amor» y «solidaridad»), es un mero sentimentalismo vacío e infecundo.

—La IGUALDAD privada de su contenido sobrenatural es un mito, fuente de descontento y rebeldía.

—Y la misma JUSTICIA SOCIAL separada del amor cristiano (tal como la pregonan las teorías marxistas), se torna ilusoria y llega a ser germen de odio, de lucha de clases y de subversión social.

SOLO LA DOCTRINA SOCIAL CATOLICA, conserva intacta la enseñanza social de Jesucristo —inmutable, universal, profundamente humana— y la Iglesia la transmite a través de los siglos, aplicando sus principios a las realidades de la sociedad en sus diversos momentos.

Esta Doctrina es la única que puede detener a la humanidad en la peligrosa pendiente en que se encuentra hoy.

Añoranzas

Madre Inmaculada

¡Inmaculada!, luz de mis fulgores:
metida te llevé siempre en el alma;
te ofrendé el corazón y mis amores,
y en las horas de paz y dulce calma,
de mi jardín te di, todas las flores.

En mis sueños de gloria, plata y oro
siempre te vi graciosa y sonriente,
y en el concierto mágico y sonoro
que el bello amor me trenza refulgente,
te di de mis amores el tesoro.

Mientras rondé por vegas y vergeles
aspirando perfumes y sonrisas,
pregusté siempre tus sabrosas mieles,
y tus caricias, suaves cual las brisas,
ahuyentaron de mí todas las hieles.

Siempre fuiste en mis penas y torturas
la que hiciste vibrar mi dulce lira,
y con sonrisas suaves, o amarguras,
mi corazón que sin cesar suspira,
te ofrendó entre las lágrimas, dulzuras.

Mas hoy no sé qué tengo, Madre mía,
que al encontrarme triste en este suelo,
no desgrana mi pecho poesía,
y entre nieblas de llanto y desconsuelo,
mi alma se abate triste, amarga y fría.

Quiero elevar mi vuelo a las alturas;
quiero tejerte rimas de terneza,
y del plectro rasgar las cuerdas puras
para loar tu gracia y tu belleza,
y sólo brotan notas de amarguras.

¿Es que la juventud, robó las flores
que en el jardín de mi alma florecían?
¿Es que mi ilusión bella y sus amores,
que en el nido del numen se mecían,
las ahuyentaron vientos bramadores?

De juventud, no sé, si la edad era,
con su amable sonrisa jubilosa,
la que me arrancaba alegre y hechicera,
de mi lira acordada y amorosa,
las notas de armonía placentera.

Hoy, que la nieve brilla en mis cabellos
y me hace andar por senda grave y dura,
noto que avaros brotan los destellos
del faro de mi lira, que fulgura,
y son mis versos lacios, menos bellos.

Y noto que al poner mi dulce nido
entre las ramas de árboles extraños,
el corazón se estruja estremecido,
y entre surcos de hiel y desengaños,
brota el dolor sangrante, enrojecido.

Noto que el pecho gime, vuela y arde
al recuerdo sentido de tus besos;
y a la luz de la aurora y de la tarde,
lejos de tus encantos y embelesos,
no le encuentro fulgor, que huye cobarde.

Noto que para mí no hay rosicleres,
ni alboradas de luz, ni bello ocaso,
sin contemplarte a Ti, que fulgor eres,
que alumbras de mi vida el firme paso
y robas mis amores y quereres.

Noto qué el ave de mi fantasía,
volando sin cesar de amores llena,
busca el arte, la luz, la poesía,
que encierras Tú, divina Nazarena,
nido de gracia, hechizo y ambrosía.

Y al notar que mi pecho, mi alma y vida
buscan tu dirección constantemente
para encontrar en Ti luz encendida,
que sea de mi amor faro esplendente,
yo sólo pienso en Ti, Madre querida.

En Ti, rayo de luna nacarada,
lámpara perennal siempre encendida
y rosal de fragancia delicada;
en Ti, rosario de oración sentida,
y Madre mía bella e INMACULADA.

¡INMACULADA, luz en mis fulgores!
Metida te llevé siempre en el alma;
te ofrendé el corazón y mis amores,
y en las horas de paz y dulce calma,
de mi jardín te di todas las flores.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

De nuestros misiones

Macao, 14 de septiembre de 1949.
P. Joaquín Sanchis, O. F. M.

Mi muy amado Padre: Por fin he conseguido comunicarme con el P. Severino y recibir de él una cartita que le incluyo tal cual está, con resabios de la rustícidad de los montes en donde vive. Supongo entenderán lo que dice o quiere decir. Entre tanto, he aquí como se expresa de él el señor Arzobispo en su carta: «El P. Severino está aquí estos días. Le he pedido escribiera la carta que le incluyo. Él se lo pasa muy bien gracias a su arte médico. Viste como un andrajoso y lleva una barba enorme que infundiría temor si no hiciera reír... Cuando escriba a su P. Provincial no se olvide de presentarle mis obsequios y mi reconocimiento por el trabajo precioso del P. Severino entre nosotros. Espero que también yo después podré escribirle.»

Hasta aquí el Arzobispo. De su parte el Vicario General me dice: ...Después de la ocupación de la ciudad, el P. Severino ha venido una vez con traje de comunista. El siempre estuvo en paz y de salud, mucho mejor que antes. Por la fiesta de la Porciúncula, el Arzobispo Mons. Lucas Capozi estuvo en el santuario con él por una semana. Las dos fiestas del santuario: Porciúncula y Asunción se celebraron con solemnidad y tranquilidad. Siempre está ocupado corriendo de aquí para allá administrando los Sacramentos y curando a los enfermos, especialmente de los ojos»... Verdaderamente, es un misionero admirable.

Y por hoy, nada más. Recuerdos a todos y mande lo que guste a su afmo.,

Fr. Gonzalo Valls, ofm

25 agosto 1949.
Al P. Gonzalo Valls. ¡Paz y bien!

Reverendo y carísimo Padre: Creí que sería imposible comunicarnos, cuando Mons. Capozi me dice haber recibido carta suya en la que pide noticias mías.

Yo vine aquí el sábado pasado 20 corriente para comprar algunas cosas y medicinas; después del 30 pienso volver, Deo volente [Si Dios quiere].

En medio de tanta barahúnda y confusión, antes de la toma de la ciudad, yo en el sanatorio y alrededores, en completa paz y libertad. Este año por la fiesta de la Porciúncula hubo mucha gente; unas 1.200 comuniones. El Arzobispo Capozi quiso venir algunos días antes de abscóndito y oyó muchas confesiones. Nos hallamos por la fiesta Mons. Capozi, el P. Pablo Wang y un servidor, solos. En la fiesta de la Asunción hubo unas 700 personas. En algún lugar, por Yotse-sang y alrededores, los comunistas impidieron a los peregrinos venir al santuario, diciendo que se perdía mucho tiempo de trabajo, y por tanto es ir contra la producción nacional.

Ya sabrá cómo el P. Pablo Wang estuvo en arresto por 13 días trabajando en los campos por esta misma causa. Sucedió que en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, y como final de la misión en Hoshangtzui, quisieron los cristianos se cantase la misa, la que a causa de algunas confesiones antes de ella, se terminó cerca de media mañana. Los jefes civiles del pueblo son todos paganos, los cuales junto con una mujer comunista del Gobierno allí residente, acusaron a los jefes regionales comunistas, los cuales entraron en la iglesia apenas terminada la bendición del Santísimo y cuando el Padre acababa de entonar el Te Deum. Entraron como bárbaros, gritando y maldiciendo al Padre porque hacía perder tanto tiempo al pueblo y la producción en los campos. Después no permitieron volviese la gente a su casa, diciendo que con rezar no necesitaban comer; por tanto que continuasen por dos o tres días allí a rezar y sin comer.

Por la tarde volvieron los jefes a la iglesia y de nuevo pidieron cuentas al Padre de hacer perder el tiempo. Preguntó uno en su arenga al pueblo, cómo habían venido a la iglesia, de por sí o convocados por el Padre. Entonces una mujer fuerte respondió, y con ella se hicieron eco los otros, que de por sí venían a rezar y no llamados por el Padre, quien no obligaba a nadie. Entonces el jefe la llamó e hizo ponerse aparte, la cual junto con los acólitos fueron llevados a arresto.

El P. Wang, al ser interrogado el por qué siendo listo y de estudios, cómo aun no abría los ojos para ver como era, engañado por el imperialismo europeo, del cual los misioneros extranjeros son sus representantes. El hizo una magnífica confesión de su fe católica añadiendo que justamente por haber estudiado no era conducido a ciegas por ningún extranjero, sino por la luz de la verdad que él mismo había podido observar en la religión católica. A lo que ellos con palabras groseras le maldijeron y condujeron a la casa del pueblo o alcaldía y desde allí al día siguiente al Gobierno regional, en donde, como dije, estuvo trabajando en los campos por 13 días. Casi todas las noches era interpelado sobre la Religión Católica.

Por ahora procuramos siempre celebrar la Santa Misa antes de amanecer, a fin de que no digan que hacemos perder el tiempo al pueblo. En esta residencia de la ciudad usan de la escuela normal y de sus alumnos y profesores para ir ocupándolo todo. Todo el Minyue y pequeño seminario ya está ocupado; en la parte norte de la Residencia, cerca de la puerta habitan las familiares de los profesores y así lo intentaron invadir todo, diciendo que esta Residencia se hizo con el dinero chino de indemnización por los Boxers, por tanto pertenece al pueblo y Gobierno chino.

Yo, por ahora, aún gozo de completa libertad; voy siempre armado con mis jeringas de inyecciones y algunas medicinas a dar la Extremaunción y llevar la Comunión.

Le ruego comunique a nuestro Padre Provincial y a mi hermana monja y familia sobre mi completa libertad y salud, de la que el Señor le conceda siempre a V. R. y a todos mis conocidos. Pida mucho por mí y por nuestros cristianos y sacerdotes.

Yo nunca le olvido ante la Santísima Virgen.

Siempre afmo. y último alumno.

Fr. Severino González, ofm

Apariciones de la Virgen

Nurembert, 20.— Las autoridades de la Iglesia Católica han nombrado una comisión de psiquiatras y jerarquías eclesiásticas para investigar las alegaciones de nueve niños del pueblo de Thurn que, según afirman ven apariciones de la Virgen María por las noches.

Esta noticia ha motivado la llegada de miles de peregrinos al pueblo para escuchar la afirmación de los niños de que han visto a la Santísima Virgen. El domingo pasado vinieron quince, mil peregrinos para arrodillarse y rezar ante la «sagrada presencia».

La comisión nombrada informará al Vaticano para que éste diga si las «revelaciones» son un verdadero milagro a los ojos de la Iglesia Católica.

Los niños, cuya edad oscila entre los nueve y catorce años, dicen que vieron, la primera aparición a las seis de la tarde del día 9 de octubre, cuando estaban jugando en el campo que rodea al castillo de Thurn. Todas las tardes, desde entonces, a la misma hora, la visión reaparece. Nadie más ha podido verla.

Mientras los 15.000 peregrinos se arrodillaban alrededor de ellos, el domingo, los niños estaban sentados en un remolque de un camión y miraban al cielo por encima de los árboles. De repente, se arrodillaron y comenzaron a orar.

«Vemos a la Madre de Dios» dijeron al padre Gailer. Este dijo a los niños que preguntaran: ¿Santa. Madre de Dios, qué mensaje traes?» «Dice que todos debemos rezar», contestaron los niños.

Noviembre franciscano

Santa Isabel de Hungría,
San Diego de Alcalá...
Noviembre en poesía
que hacia Francisco va!

La Reina milagrosa,
de franciscana unción,
madre de la leprosa
misérrima legión.

San Diego, el pobrecito
lego lleno de fe,
que el Señor infinito
en sus éxtasis ve.

Una Reina, un humilde
lego hermanito,
sin desviarse una
tilde del franciscano fin...

Poesía de Noviembre
y surcos del Señor...
para que el mundo siembre
el franciscano amor.

José Mª Bayarri

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