Beato Nicolás Factor

El lugar de la oración

«Oración es muy cierto camino para alcanzar cuanto hubiéramos menester y para llevarnos a la alteza del amor para que nacimos.» (1)

«Del lugar en que se ha de hacer la oración, tratan muchos maestros de espíritu —San Bernardo, Dionisio Cartujano, Osuna—, de cuya doctrina saco en limpio que del lugar de la oración se puede hablar de dos maneras: una de parte de Dios, y otra de parte del que ora. Por la parte de Dios, cualquier lugar es bueno y decente... Pues en todo lugar está Dios como Señor... San Pablo lo dice así (1 Tim 2, 8): Volo vos orare in omn¡loco: en todo lugar podéis orar, en el campo, en la casa, en el monte, en poblado, en la calle, en la mesa, en la cama, en la iglesia y fuera de ella, hasta en el vientre de una ballena y dentro de un horno encendido de Babilonia..., tú mismo eres templo de Dios, no tienes que buscar lugar.»

«Más por parte del orador... el lugar solitario es mejor que el poblado para orar, porque la soledad, así exterior como interior, ayuda mucho a la contemplación de las cosas divinas, como dixo nuestro Padre San Buenaventura... Por eso dixo el Señor Jesús, (Mt 6, 6): quando hizieres oración particular, éntrate en tu aposento, y allí la podrás hacer fuera del peligro de la vanagloría... El lugar oscuro y sin luz importa (aunque alguno gustará de claro) porque sin duda la luz exterior causa distracción en el espíritu... Aunque algunos mueve más el salir al desierto y campo, a otros subir en lugares altos, como San Pedro, (Act 10, 9)... Y Christo Señor Nuestro salía al monte muchas veces. Pero rematando esto dezimos que el lugar más apto y decente, y aun de más eficacia, es la iglesia y templo, lugares dedicados ya para orar, y muy mejor en el que hay Santísimo Sacramento reservado, por la presencia real, corporal y sacramental de Christo verdadero Hijo de Dios.» (2)

¿Qué lugar prefería el Beato Nicolás? «Ninguna cosa le impedía su oración. N¡el predicar, n¡el trato: de las gentes le quitaba la presencia del Señor; así lo dijo el mismo Beato Nicolás a un religioso, y añadió, que no sólo no le impedía, antes bien la comunicación de tantos que le hablaban, le animaba a orar más. Preguntándole en cierta ocasión s¡le perturbaría el ir y estar en casa del Duque de Segorbe, respondió que no, antes bien, dijo, que aun en las cortinas de la cama allí aliaba a Dios.» (3)

Palabras sinceras y de un hombre del Renacimiento. El Beato debe contarse entre los españoles ilustres que hicieron revolucionar la Edad Media en la Moderna sin revolucionar nada de lo esencial. Por eso, aunque amaba los eremos y lugares solitarios, el mundo era templo para él, y de su mismo cuerpo había fabricado con valor y arte un tabernáculo vivo de Dios vivo, un altar portátil de Dios espíritu y verdad.

La oración, dijimos al principio, es un camino por el cual camina y se aproxima el orador cada vez más a la Presencia de Dios. La presencia de Dios requiere un capítulo aparte, y aquí cabe solamente copiar la comparación que hacía el Beato a los que le preguntaban de s¡podían guardar la divina presencia «entre tantas ocupaciones y estorbos inevitables. Respondo que sí, de la manera que m¡Padre Maestro lo daba a entender con esta comparación. Un hombre que está puesto en la orilla de un arroyo, en que ve estar una preciosa joya, aguardando buena ocasión para sacarla; aunque con la corriente pase algún trapo viejo, madero, o algún zapato roto por sobre ella, no por eso aparta la vista, fixa y atenta de aquel lugar. De suerte que aunque en aquel punto la perdió de vista, no por eso perdió la atención de mirarla. Así, n¡más menos, bien se puede quitar la actual vista o consideración de Dios... con los negocios temporales, sin faltar a la actual atención de Dios, a quien tuvo siempre presente.» (4).

Idéntica comparación se halla en el P. Ángeles, contemporáneo: «Atención, lector piadoso, que la pide este ejercicio, y s¡alguna vez las ocupaciones te impidieron la vista de Dios, haz lo que harías, s¡vieses en un raudal de un río una joya de oro, que s¡pasando algún madero o turbia que te la quitase de los ojos, tú no los quitarías de aquel lugar adonde la viste, hasta que pasanlo el estorbo la volvieses a ver.» (5) Por tanto, el símil es más antiguo, y lo utilizaría el Beato Nicolás, aunque con el estilo «compuesto y ciceroniano por la verborum selectione et colocatione» del P. Ángeles.

Fr. Domingo Savall, ofm

(1) Alonso de Madrid, Arte de servir de Dios, pte. 2.a, cap. 4, pág. 103 edic. Vilamala, o. c. p. el P. Pascual en Philocosmia, fol. 2, v.: «Y nuestro Padre Alonso Madriliense, segunda parte de su Méthodo, cap. 5, dize: Oratio est certum iter ad pertingendum ad sublimen Dei amorem...»

(2) Philocosmia, fol. 15. v.

(3) Epitomes, pág. 32.

(4) Philoeosmia, fol. 148.

(5) Juan de les Ángeles. Presencia de Dios, último párrafo.

El romance de m¡Virgen

Valencia, Valencia mía,
linda, graciosa y salada,
que vas oliendo a claveles,
y de azahares a fragancias,
cuando al pasar por tus vegas
las bordas con tus sandalias:
¿por qué no sales a ver
los hechizos y las gracias
de esa Virgen que el Señor,
hoy pródigo te ofrendara?

La luna salió gozosa
sobre tus mares de nácar
para rizarle caricias
con sus hilillos de plata.

Tu Miguelete, admirado,
su cabeza y cuello alarga
y abre sus ojos lucientes
ante esa visión extraña,
mientras sus lenguas de bronce
se agitan, vibran y cantan.

Tu Catedral que dormida,
sueña en luna nueva y clara,
y teje blondas y encajes
de misterios y nostalgias,
se ha despertado al sentir
una emoción viva y rara,
y sólo anhela aclarar
ese hecho que le entusiasma.

Y tus Torres de Serranos
y de Cuarte, ensimismadas
en el coloquio que tejen
a un lucero que las baña
con su lumbre misteriosa,
han roto la viva sarta
de sus cadencias y amores,
y tan sólo se preparan
para abrir sus puertas recias
a gentes propias y extrañas,
que anhelan ver el prodigio
de esa visión bella y mágica.

d¿Por qué no sales a ver
los hechizos y las gracias
de esa Virgen, que el Señor
tan pródigo te ofrendara?

La luna y el Miguelete...
la catedral recia, hidalga...
y las Torres de Serranos
y de Cuarte... que cabalgan
sobre corceles de ensueños
en esa noche estrellada...
todos quieren admirar
el prodigio que hoy embarga
a tu ciudad que se mira
del Turia en las ninfas claras.

Corre... apresura tus pasos...
llégate pronto a la estancia
donde el prodigio divino
a las gentes entusiasma...
y verás cosa no vista:
a una Virgen agraciada,
que unos ángeles labraron
con aljófares del alba.

«Dos peregrinos pidieron
del Hospital en la estancia
albergue para pasar
la noche triste y aciaga...

Pernoctaron esa noche,
y a la siguiente mañana,
al ver cómo no salían
de su habitación cerrada
tuvieron que abrir la puerta
de un modo extraño, empujándola;

y ¡oh, prodigio! apareció
una Virgen agraciada
de ojos dulces de paloma,
de lindos labios de grana,
de sonrisa placentera
y tiernisima mirada...
pero los dos peregrinos
no se vieron en la estancia.

¿Do se fueron? ¿quiénes eran
los que esa noche allí estaban
y tejieron melodías
y dulcísimas tonadas
que parecían del cielo
por ser tan bellas y mágicas?

Sin duda fueron dos ángeles
que con aljófar del alba
y con hechizos y encantos
de la célica morada,
labraron en una noche
entre suspiros y lágrimas
de los cielos y la tierra,
esa Imagen veneranda,
la de los Desamparados...
Madre de Dios... Madre Santa,
que inclina cabeza y pecho
para amparar las almas.

¿Por qué no sales, Valencia,
a ver la luz y la gracia
de esa Virgen que el Señor
hoy pródigo te ofrendara?

Sal que te espera la Virgen
para mirarse en tu cara
y ver tus ojos divinos
y tu rameada falda.
y la hebilla reluciente
de tus fragantes sandalias,
y la pinta de oro fino
que tus cabellos ensartan,
y los pendientes de perlas
que te embellecen y agracian,
y el salero de tu talle
que divino aroma exhala,
y el hechizo y la ambrosía
de tus besos de fragancia,
y de tu rostro hechicero
la seducción soberana.

Sal que te espera la Virgen
del AMPARO... tu Ahogada.

P. Bernardino Mª Rubert Candau, ofm