San Antonio, patrón de la juventud
Puso Dios en los joyeles primorosos de la vida
entre lumbres y matices de fulgor y de beldad,
un destello de su mente —chispa ardiente y encendida—,
esmeralda y rara perla de graciosa claridad.
En el dije luminoso, de estupenda maravilla
de tejidos, nervios, fibras, misteriosa concreción,
la engarzó con hilo de oro, de su luz
que ardiente brilla,
y la dio al mundo cual joya de divina irisación.
El prodigio sorprendente de quereres y destellos,
de sentires y de amores, de sonrisas y de luz,
es el hombre, Rey y Artista, que con mágicos y bellos
resplandores, busca el foco do no hay sombras n¡capuz.
Pues junto Dios maravillas de ternuras y de amores,
de bellezas y de encanto, de prodigios de beldad,
y entre besos y sonrisas, y encendidos resplandores,
hizo el mármol palpitante que se llama: humanidad.
Todo cuanto soñar pueda, mente ardiente y encendida,
todo cuanto en sus ensueños teje loco trovador,
todo cuanto pincel traza de sublime y bella vida,
nada dicen qué es el hombre. Es más lindo y seductor.
Pero tiene tal lindeza, seducción y hechizos tales,
cuando el hombre se halla envuelto con la luz de juventud,
que el poeta con estrofas peregrinas e inmortales,
a sus pies se rinde y canta, murmurándole, el laúd.
Juventud florida y bella, del amor rico tesoro,
de la dicha y esperanza, cumbre enhiesta de esplendor,
del anhelo y del suspiro, rosal bello y joyel de oro,
de la fuerza y la energía, nido augusto y redentor.
Tú caminas por senderos de sonrisas y de estrellas,
tú señalas firmes rutas de valor e intrepidez...;
tú descubres horizontes —perspectivas, de luz, llenas—,
que a las almas siempre alejas el dolor de la vejez.
Para t¡no hay desaliento, n¡fracaso y cobardía;
a las cumbres esplendentes del amor sabes subir;
del rosal de tus amores, siempre fluye la ambrosía;
la ilusión y la esperanza, son las que te hacen vivir.
Vida bella y generosa de ilusiones y de encantos;
vida ardiente y sonrosada, de heroísmo y de virtud;
vida plena de constancia, de perfumes y de cantos,
es la vida que nos brinda la ardorosa juventud.
Esa vida, la codicia con ardor y artera maña
enemigo traicionero que la quiere arrebatar;
los embates los dirige, con tesón y ruda saña,
y es frecuente ver al joven, en sus lides claudicar.
La ilusión y la esperanza, la sonrisa y la pureza,
el encanto y el hechizo, la bravura y el amor...;
se derrumba y todo cae del castillo y fortaleza
que la juventud alzara con sus sueños y su ardor.
En su pecho no hay anhelos, en sus labios no hay sonrisas;
en el cáliz tembloroso, de ilusión y amor sin fin,
ya no expande perla fina, n¡le besan leves brisas...;
marchitáronse las flores que alegraban su jardín.
Ya no hay luz en sus pupilas, n¡en su rostro bello, albores;
ya no exhala sus fragancias, la fusión; bello rosal;
el gracioso firmamento, de su vida y sus amores,
hoy lo envuelve sombre negra, pavorosa y funeral.
¿Quién podrá dar valentía, denodado esfuerzo y vida,
a la juventud que lucha con tesón, saña y valor,
para mantener enhiesta la bandera ennoblecida
de la gracia y la pureza; de la luz y del candor?
San Antonio, lirio casto, de fragancias exquisitas,
azucena inmaculada de perfume virginal,
es quien puede con sus luces y sus gracias infinitas,
ser Patrón del joven casto, por su gracia excepcional.
Dios lo puso en este mundo para perfumar la tierra
con aroma delicioso de inocencia y de candor;
en la lid de la pureza declaró al demonio guerra,
y logró triunfar invicto, por su esfuerzo y su valor.
Desde el cielo Dios admira su tesón y su entereza,
y dejando las alturas a su celda se acercó
trasformado, en bello Niño, contempló su alba pureza
y con él,
cual premio santo, sonrió y jugueteó.
¡Oh, qué besos, y qué abrazos! ¡Oh, qué sarta placentera
de deliquios y ternuras, el amor destrenzó allí!
Se trocó la tierra en cielo... y en graciosa primavera...
San Antonio en las alturas expandió como, un rubí...
Desde entonces el Padua Patrón, es Maestro y Guía
de los que sienten amores en la ella juventud,
y soñando en la belleza, en la dulzura y la poesía,
le desgranan sus sentires y le pulsan su laúd.
Juventud graciosa y bella, del amor rico tesoro... ;
de inocencia y sentir casto, cumbre y meta de esplendor:
¿guardar quieres en tu pecho, de pureza el vaso de oro?
Sea Antonio tu Patrono, tu Modelo y Protector.
Fr. Bernardino Rubert Candau, ofm

La Virgen María con San Antonio de Padua y San Roque. Giorgione
Florecilla seráfica
Allá por los años que giraron en torno al año catorce, vivía en el Convento-Colegio de la Concepción (Onteniente, Valencia), un anciano venerable, a quien cariñosamente llamábamos Fr. Murciano. En el amplio y largo refectorio, le tenía yo frente a mí, muy cerquita, mientras esperábamos que se reuniese la Comunidad y se rezase luego el De Profundis. Creí siempre que tenía ante mis ojos una estampa viva le la Pasión del Señor. Pequeño; hábito pobrísimo; pies descalzos con sandalias milagrosamente pobres; cabeza desnuda, ladeadamente inclinada a la derecha; brazos lacios, cruzadas las manos por debajo del cordón; faz de angustia, reconcentrada, dolorida; ojos semicerrados, de mirada interna, fijos en la faz del Redentor crucificado; labios extrañamente secos; estatua viva del Serafín Llagado. En él desaparecía la carne, y el espíritu recobraba toda su fuerza y vigor. El recuerdo de su figura lo tengo bien entrañado en el corazón.
Este hombrecillo, pues, dominador de su cuerpo diminuto a que había sujetado por completo al espíritu, tenía un alma grande, briosa y potente. No se hubiera sospechado, s¡no se hubiera manifestado por obras. Como San Francisco deseó de todos los suyos, tenía vigorosamente desarrollada la pasión del trabajo: trabajo interior, trabajo exterior, siempre trabajando. Desconocía la ociosidad, enemiga del alma.
En consecuencia, quería, como lo quería también su Padre Seráfico, sustentarse con el fruto de su trabajo, del trabajo de sus manos. Pero en aquellos tiempos, más por sus achaques que por sus años, no podía de ningún modo. Algún trabajo manual hacía en su celda humilde y pobrísima, como elaborar cadenilla y engarzar rosarios; pero esto le parecía nada a su espíritu de recia contextura. El quería trabajar en trabajo duro. Un día, el Hermano enfermero (el gracioso Fr. Pacífico, según creo, al llevarle la refección propia del mediodía, se lo encontró calladamente llorando; y con voz alegre le preguntó:
—¿Qué le pasa, Fr. Murciano? A comer, a comer, que ya es hora—.
Fr. Murciano respondió:
—No, no; no quiero comer.
—Eso faltaba. ¿Por qué?
—Porque no he trabajadlo, y el que no trabaja no debe cerner. Este asno de m¡cuerpo quiere vivir sin trabajar, pero yo no se lo voy a consentir.
—Ya trabaja bastante con los grandes dolores que tiene y que sufre.
—No, no; yo le obligaré a que se gane el pan.
—Pues coma siquiera un poco; de lo contrario no podrá trabajar nada.
Dejóse vencer con esta observación atinada, y comió cas¡como un pájaro, cas¡nada.
Con ello creyóse doblemente obligado a trabajar. Por la tarde, impulsado por esta noble idea, muy franciscana, incorporóse débilmente y, apoyándose en los tabiques del corredor, salió a la próxima azotea; apoyándose, igualmente bajó la corta escalera que le separaba del huerto. Frente por frente había un campillo de alfalfa; y, como s¡se arrojase a nadar en un lago de verdes aguas, arrojose a segar hierba con una hoz que tenía en el tajo el buen hortelano Fr. Manuel (que aún vive), y así, segando y arrastrándose por el suelo, con espíritu viril y santo, decía:
—«¿Qué te habías creído, hermano asno? ¿Que no habías de trabajar? Pues has de trabajar, porque has comido.
Acertó a pasar por allí el Hermano hortelano, y viendo a Fr. Murciano así, conmovióse profundamente; y, acercándosele, cariñosamente le dijo:
—Fr. Murciano, ¿no sabe que está enfermo? ¿Cómo está ahí segando sin poder, y exponiéndose a morirse?
Diciendo, y haciendo, Fr. Manuel le quitó la hoz de la mano y, asiéndole con ambos brazos, le levantó. Mientras tanto, decía el extenuado Fr. Murciano, extinguidas las poquísimas fuerzas que reservaba:
—Este cuerpo, este cuerpo que no quiere trabajar, pero que ha de trabajar...
—Bien —le replicó el Hermano—, y a trabajará cuando pueda; pero ahora, a la celda; a descansar—. Y a la celda le llevó, cas¡en volandas.
¡Espíritu admirable el de Fr. Murciano! Un día vio venir a la hermana Muerte y, extenuado como estaba, con el cuerpo más muerto que vivo, en un arrebato espiritual, se puso de rodillas sobre el lecho de tablas y el jergón de paja. Parecía un esqueleto cubierto de piel reseca y vivo, transpirado espiritualidad por todos sus poros. Extendió penosa mente los brazos; levantó la cabeza; abrió los ojos ávidos de luz infinita y, con voz de dolor y voz de gozo extrañamente combinadas, dijo:
—«Bendita y alabada sea la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.»
Dicho lo cual, inclinó la cabeza, cayeron sus brazos blandamente, y doblándosele con suavidad el cuerpo, quedó recostado sobre aquella cama de tablas y sobre aquel jergón de paja endurecida. Espíritu grande, encerrado en cuerpo diminuto, había de morir como murió: asido a una gran idea, la idea brillantísima de la Trinidad augusta: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Esta florecilla seráfica, cortada en la tierra, tomáronla los Ángeles y, arrojada al Cielo, fue a caer en el pecho del Padre Seráfico, donde inmarchita, gozaremos viéndola cuando, por la misericordia de Dios, vayamos allá.
En el jardín seráfico, cuyos gérmenes son inmortales, se crían copiosas flores como la florecilla que se llama Fr. Murciano, que se abrió y perfumó en el Convento-Colegio de la Concepción, gala de Onteniente y de la Región valenciana.
Fr. Juan Bta Gomis, ofm
Madrid, abril de 1950.
La Virgen andariega
Privilegio inaudito, Cuéntase tal ventura En fecha muy reciente, De Fátima en un monte, Viéronle que venía mas fue grande su gozo, El mismo es que salmodia y, con sumo cuidado, |
A los tres pastorcitos, El cáliz y hostia pura, La hostia dale a Lucía, Y con ello sus pechos, ¡Celestial maravilla! Límpianos de la herrumbre, ¡Pastorcitos dichosos, Vuestras altas lecciones |
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