Comunión angelical

Como es Virgen andariega,
altar no tiene la mía,
y en el del gran San Antonio
por ahora se cobija.
Allí está con sus palomas,
en las ramas de una encina,
con Jacintita a sus pies
y con Francisco y Lucía.
Este grupo, es el encanto
de los que con fe lo miran,
y arrobados allí posan,
como nuevas palomitas.
Yo también eternamente
allí alegre me estaría,
mientras esa Virgen Blanca
se estuviera quietecita.
¡Cuán amable es y graciosa!
¡Cuán hechicera y cuán linda!
Dice una buenaventura
que ignoran las gitanillas.
S¡Ella nos quisiera hablar,
¡qué hermosa nos la diría!
Se la dijo a los tres niños,
y no ha cesado aún su dicha.
Dos están ya allá en el Cielo,
adonde irá Sor Lucía,
como se lo ha prometido
su adorada Virgencita.
Allí a sus pies me he de estar
hasta que Ella me lo diga,
y, s¡al fin allí yo muero,
m¡alma irá a la eterna dicha,
pues, tiene un gran corazón,
y es amable y compasiva,
y al que la ama muy de veras,
esa Madre no lo olvida.
Bajo su celeste manto,
amorosa, lo cobija,
y de allí ya no lo saca
fuerza humana n¡divina.
¡Así sea; así sea,
m¡adorada Madrecita;
sálvame, y a todos salva
cuantos por tu honor vigilan.

Fr. Luis Ángel, ofm

Virgen de Fátima

Díptico mariano

María

En la fronda riente de m¡vida
en brazos del amor quedé dormido;
el susurro del viento estremecido
dio a m¡pecho dulzuras sin medida.

Soñé en visión de encanto embellecida
y en concierto de mágico sonido;
dulces murmullos escuchó m¡oído
y m¡alma en mar de luz, quedó sumida.

Fronda de amor... susurro lisonjero...
cadencia fulgurante de ternura
del aura el beso dulce y hechicero...
y de la fuente el agua clara y pura...

Todo produce en mí suave armonía,
cuando pronuncio el nombre de MARIA.

Asunción

Bella alfombra de flores perfumadas
de su vida tendió por el camino,
trocando espinas en rosal florido
y las noches de ocaso, en alboradas.

Con sus manos de rosas delicadas
trazó en el mundo un surco peregrino,
do el germen del amor noble destino
expandió entre divinas llamaradas.

Al dolor y a la cruz, con dulce beso,
los hizo de las almas embeleso,
y el destierro trocó en tierna mansión.

Cumplido su destino aquí en la tierra,
María, entre fulgor, que gozo encierra,
al cielo fue llevada en su ASUNCIÓN.

Fr. Bernardino Rubert Candau, ofm

Florecilla seráfica (Narración histórica)

Convento de Monte Colombo. Un frailecito lego, de aspecto humilde y de bondadoso rostro, bajo la empinada pendiente que separa al pequeñísimo cenobio de la gran ciudad de Rieti... ; ciudad perteneciente al dominio temporal del Vicario de Cristo en la tierra, y varias veces lugar de reunión de los cardenales para la elección pontificia; para la canonización de santos...

Fray Peregrino, el fraile sencillo y bueno, camina a buen paso a la ciudad. Termina de oír la Santa Misa y recibir la Eucaristía que le dan fuerzas y alientos para pedir la limosna por amor de Dios. Sobre sus hombros descansan unas alforjas y en una de sus manos lleva una esportilla.

Ya en la ciudad, Fray Peregrino, con humildad y modestia franciscana va pidiendo una limosna... No descansa en casa alguna, no se para, y poco a poco va llenando su alforja de pedazos de blanco pan, y su esportilla de legumbres y cereales.

Terminado su recorrido y recibiendo los calurosos rayos del sol, Fray Peregrino empieza la ascensión al convento pocos años antes fundado por el Seráfico Patriarca y habitado ahora por algunos de sus santos compañeros...

El cansancio, el sudor, los calurosos rayos del sol sofocan al frailecito, que no por eso deja de caminar, de caminar hacia su nido de palomas. Mas pronto, a la mitad de la cuesta, aparece un pequeño pozo rodeado de bellos y grandes tamarindos que proporcionan fresquísima sombra. Fray Peregrino se detiene a descansar. Se apoya en el brocal del pozo y, mirando sus límpidas aguas, que aparecen a flor de tierra, exclama conmovido: ¡Oh, agua fresca, agua pura, cómo te bebería...! Y metiendo sus manos en el pequeño pozo las saca llenas de cristalinas aguas que acerca a su ardorosa boca... Mas no. —Bueno es hacer este pequeño sacrificio—, dice. Todavía puedo aguantarme la sed que me abrasa. Lo haré por amor de Cristo, y arroja con valentía el agua de sus manos... Después mira al cielo para ofrecer a Dios su sacrificio, y en el manto azul del firmamento aparece una estrella de oro que deja consolado al humilde franciscano que continúa su marcha hacia el alto eremitorio...

Y esta hermosa escena se repite un día, otro día; un año, otro año...

Mañanita risueña del mes de junio. El cielo despejado revela una gran calma. A lo lejos de la ciudad de Riet¡como una linda y blanca paloma entre el verdor de su huerta...

Del convento de Monte Colombo sale un anciano fraile de tez quemada por el sol, con la cabeza descubierta y los pies descalzos. En sus hombros carga unas alforjas; en una de sus temblorosas manos lleva una esportilla, en la otra un rudo bastón en que apoyarse.

Se dispone, tras haber oído la Santa Misa y comulgado, bajar la empinada cuesta para ir por su acostumbrada limosna... Mas el Superior del convento, que ha observado la vacilación de sus piernas le impide baje solo. —Fray Peregrino, le dice, su caridad no está en condiciones para subir las pesadas alforjas. Le acompañará un hermanito joven. Y a la voz del Superior sale del convento un hermoso y joven frailecito, como Fray Peregrino en sus primeros años de limosna.

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El P. Guardián da sus instrucciones al hermano joven: No harás sino lo que haga Fray Peregrino. Hablarás lo que él hable. Te pararás cuando él se pare. Copia todos sus actos y serás un buen franciscano... Y unos momentos más tarde los dos hermanos se encuentran en el barranco que se extiende bajo la pendiente.

El sol, cada vez más alto, hace notar su presencia... Los hermanos caminan en silencio, predicando con su religiosa modestia el elocuente sermón del P. Francisco...

Casa tras casa van mendigando, sin entrar en ellas, sin descansar un momento. «La paz sea en esta casa», dice Fray Peregrino. «La paz sea en esta casa» repite el hermanito que, sudando, fatigado por el, peso de las alforjas, cas¡llenas, espera el momento en que Fray Peregrino acepte la invitación de descanso que las almas caritativas les ofrecen.

Mas Fray Peregrino continúa mendigando y, acabada la faena, se dirige hacia el convento. El hermanito siente su boca abrasada; no puede más...

Pero sólo puede decir o hacer lo que diga o haga Fray Peregrino que, en silencio, dirige sus torpes pasos hacia su nido ideal... Pero muy pronto el pozo se presenta ante su vista, y el hermanito sin poderse contener por la emoción grita: —¡El pozo, Fray Peregrino! ¡Qué dicha!— Y Fray Peregrino a él se dirige como de costumbre.

Fr. Miguel Ángel BrizMete sus temblorosas manos en el agua; y el hermanito también, y con sumo gozo. Fray Peregrino pone el agua junto a sus labios para practicar su cotidiana mortificación; y el hermanito también se apresura a hacerlo, pensando ha llegado la hora de refrigerar su boca... Fray Peregrino, que ve la copia exacta que de sus acciones hace el hermano, piensa: S¡yo arrojo el agua, también lo hará el hermanito. Pero, ¿quién soy yo para mortificar a m¡prójimo? Yo, a mí mismo, sí puedo y debo mortificarme, pero no tengo ningún derecho a mortificar a m¡hermano... ¡Ah estrella hermosa, estrella dorada, hoy no te veré, en el firmamento, pero ante todo la caridad... y bebe por primera vez, en la parada de su cotidiano camino, el agua cristalina y refrigerante.

El buen hermanito, que se deshacía de impaciencia esperando este momento, bebe con gusto la fresca y límpida agua, apagando con ella su abrasadora sed... Fray Peregrino mira al cielo temeroso de no ver la estrella... Pero, ¡oh sorpresa! Ante sus atónitos ojos aparecieron dos hermosas y resplandecientes estrellas... Son los ojos del Altísimo que miran y aprueban sus dos sacrificios...

Hermosa lección de caridad que debemos tener siempre presente para ser santos como Fray Peregrino.
Nunca nos creamos con derecho a mortificar al prójimo.

Fr. Miguel Ángel Briz Requena, ofm

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