Los tres amores
En el soneto del Amor de Dios
En estos días sagrados do Semana Santa y fiestas pascuales, todo nos invita a desear los bienes del Señor, a devolverle amor con amor, y aún a amarle y servirle por puro amor.
1°.— Amor de concupiscencia
«No me mueve, m¡Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
n¡me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
2°.—Amor de correspondencia
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
3º.—Amor de amistad
Muéveme, al fin, tu Amor y en tal manera
que, aunque no hubiera cielo, yo te amera;
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.
4 °.—Desenlace
No tienes qué me dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
La mano sabia y escondida que ha esculpido para siempre en cristiano la metafísica aristotélica del amor, es más que cierto que es una mano voluntarista de estilo franciscano escotista. Y buscando más e investigando su nombre, el único nombre probable es el de aquel poeta laureado por Lope de Vega en su Laurel de Apolo: Fray Pedro de los Reyes. En otra ocasión hemos tratado de probar nuestro aserto (1); en ésta, brevemente: Los tres amores aristotélico-intelectualistas están transportados por el Beato Juan Escoto en función del voluntarismo. El fundador de la Metafísica de que carecía el Voluntarismo agustiniano. Mejor dicho, es el reconstructor de la tradicional metafísica del intelectualismo aristotélico, convirtiendo el templo pagano arquitrabado en catedral gótica apuntada hacia el infinito. Así lo hemos apreciado en tres años de lectura paciente, palabra por palabra, comparando los códices con el impreso de Wadingo: Los capítulos del máximo genio de la razón natural son piezas útiles en las manos cristianas del Doctor Sutil que las cambia de lugar y las hace conspirar a otro fin, y el intelectualismo contemplativo de las esencias se hace voluntarismo realista, al modo como el Sócrates transverberado de amor concibió y encarnó el cristianismo.
Pues este gran pensador ensaya hipótesis que no se han realizado (2): y esto es debido al movimiento que imprime al entendimiento la voluntad cristiana, anhelante y sedienta de amor infinito, imperando a su mayor auxiliar a tomar posiciones y hacer acrobatismos mentales en busca del objeto amado, y hasta es potente para desear lo imposible, como aquél amor hiperbólico que tenía San Agustín que quería ser Dios, sólo para amar a Dios como se merece. Estas hipótesis que hace el Soneto son realidades morales y tienen mérito o demérito en el mundo de la moralidad. Y el Maestro franciscano ya ensayó las mismas hipótesis, moldeadas rigurosamente según los usos científicos de la Escolástica. Y quien esté avezado a la lectura de los clásicos franciscanos españoles podrá observar que tanto en versos cortos como en prosa, los místicos sobre todo, a la cabeza Fray Alonso de Madrid, han revestido de castellano elegante y fino el pensar voluntarista y claramente escotista del amor ético y propiamente humano y divino.
Una prueba más concreta de que los 14 versos —estuche magistral y digno omnilateralmente— débense ofrecer a la firma del franciscano descalzo de Castilla, estaría en el análisis interno de las ideas madres, aprendidas y acariciadas en Un aprendizaje lento de libro y clases, y aún en la forma resuelta y clarividente de sus poesías auténticas y generalmente reconocidas. Véase un ejemplo:
«Cristiano en lo que has de leer
n¡me censures n¡me alabes,
que eso es irte a lo que sabes,
no a lo que debes hacer;
m¡pretensión es volver
tu vana curiosidad
en eficaz voluntad.»
No contemplación estética —intelectual— del arte por el arte, sino la contemplación y la ciencia por la moral; es decir, voluntad y adhesión a lo descubierto por la especulación bajo alguna razón absoluta de bondad; y con ese primero y principal acto de la voluntad principia el reinado de la Práctica sobre la Teoría. Voluntad, y esa eficaz, para descartar la voluntad pasional, que es una caricatura de la verdadera voluntad, racional, libro o de amor, meritoria y demeritoria. Quédese para algún intelectualista rígido el pensar y creer que basta la visión abstracta de la verdad, para conducirnos ella de por sí, al santuario de la sagrada y coronada voluntad, ella que tiene el poder y la exclusiva, ella sola, de convertir en amores lo que la inteligencia no logra con sus razones.
Resumiendo; percepción, imaginación, intelección se abren a la vida de fuera adentro, por heteronimia; sola la voluntad se abre de dentro afuera, por autonomía. Y por eso se observará que la tradicional y rica pedagogía franciscana consiste en la educación de la voluntad. Ahora bien, todo el movimiento adversativo y trama del áureo Soneto, reconoce y se orienta al fin, al protagonista y desenlace de hacer entrar en escena a la voluntad reina de la «ciudad».Y el hilo de Ariadna que nos conduce sin romperse, al contrario, engrosándose conforme avanza, es el Amor objetivo o Bondad suma de Dios.
El soneto principia por un pensar negativo, el cual supone el afirmativo que late. Divide en dos la compasión o simpatía del segundo cuarteto: la que viene del dolor físico de Jesús y más aún la que proviene del dolor moral, para llegar, en el terceto que sigue, al Amor a toda prueba, absoluto, sin condiciones; cerrando circularmente, como principio: que no por el premio o por el castigo, sino que al modo como el Amor ama, así amar quiere el amante, sin condiciones absolutamente.
Una prueba todavía más inmediata acerca de la paternidad del grandioso soneto se podría deducir de la singular teoría de la atencionalidad, presupuesta en esta décima de Fray Pedro:
«Por ser vos quien sois, Dios mío,
de mis culpas me arrepiento,
y a vuestra Bondad atento
que me perdonéis confío:
que no he de ofenderos fío
de aquesa misma Bondad,
y por esto en voluntad
se me ha vuelto la memoria:
ya no me acuerdo de gloria,
n¡infierno, n¡eternidad.»
Terminando, Escoto ha sido el primero que ha conectado y puesto en relación la atencionalidad con la voluntad (3). Y a él se debe también el experimento observado al caso de la inhibición completa, así: La voluntad tiene el poder de fijar la atención en la estrella oscura de una constelación clara, y tiene el poder consiguiente de la intensidad de su acto y, en proporción, del brillar in crescendo de la oscura y del oscurecimiento y extinción (psicológica) de las estrellas brillantes. Aplicando la ley psicológica a nuestro caso, la atención puede posarse sobre el mérito e inhibirse del premio y del castigo adjuntos, y entonces mana pura y cristalina la fuente de la moralidad, libre de los afluentes adláteres, premio y castigo que la enturbian. Otra vez nos llaman la atención nuestros clásicos franciscanos, y ¡cuánto abundan en la aplicación de la atencionalidad voluntaria! S¡le preguntamos al P. Reyes de dónde ha sacado la teoría y su aplicación concreta, el gran poeta nos remitirá, sin duda, al libro de texto ascético-místico, adoctrinador de aquella generación de héroes y dioses: El arte de servir a Dios. Y entonces el P. Alonso, al «no me acuerdo» de los amores bajos entonará su respuesta como un salmo: «¡Oh olvido [digno] de memoria perpetua!», concluyendo la salmodia con la antífona del amor de los amores: «¡Oh amor precioso que de hombres hace dioses!» (Pte. III, c. III.)
(1) Cfr. Nuestro Colegio, núm. extraordinario y siguiente. Mayo, 1945.
(2) Cfr. Ensayo sobre el voluntarismo de J. D. Escoto, J. Carreres y Artau, pte. 1ª a pte. 4ª, pág 54.
(3) Cfr. Historia de la Psicología, Otto Klem, trad. de Santos Rubiano (1919), pág. 360.
Persecución que es preludio de Gloria
Sólo la Iglesia Católica, entre las sociedades conocidas, ha sido tenazmente perseguida por las potestades humanas ya desde sus comienzos, y ha vivido en medio de sangrientas persecuciones durante veinte siglos cas¡cabales. Sólo cincuenta años faltan para cumplirse los veinte siglos de su vida en la tierra, y es hoy más sañuda y extensa que nunca la persecución que sufre la Iglesia de Cristo en sus más sagrados miembros: Los obispos, los sacerdotes, los religiosos; y en sus más elementales derechos de sociedad perfecta, libre e independiente: tener templos con libertad de reunirse en ellos para dar culto perenne al Dios de cielos y tierra. Hoy los sacerdotes son perseguidos, encarcelados, deportados o martirizados; y los templos son depredados, dedicados a usos profanos o demolidos.
¿Que dónde pasa esto? Lo hemos conocido en España donde fueron martirizados en dos años "12 obispos, 4.266 sacerdotes, 2.489 religiosos, 283 religiosas, 249 seminaristas y millares de personas piadosas que murieron perseguidos por su fe confesando al Señor».
Lo de aquí, que no nació aquí sino que vino de Rusia, se está repitiendo en Albania, Bulgaria, Checoeslovaquia, Hungría, Polonia, Rumania, Ucrania, Croacia, China, y nada digamos de Rusia de donde esta persecución contra Cristo, contra su Iglesia y contra Dios ha dimanado como de corrompido y satánico foco de inmoralidad y de perversidad diabólicas. A 27.000 ascendía a fines del pasado año el número de los sacerdotes y religiosos encarcelados unos y martirizados otros en los países mencionados que ejecutan servilmente las tiránicas órdenes que reciben de Rusia, según datos por ellos mismos publicados, en los que no entran los martirizados en China n¡en Rusia. Quisieran los enemigos de Cristo que los obispos, los sacerdotes y los religiosos apostataran de su fe católica; y no consiguen sino hacer mártires cuya sangre, ahora como en tiempos de Tertuliano, es semilla de nuevos cristianos.
¡Desdichadas las naciones que persiguen a la Iglesia Católica! La pesada mano de Dios caerá duramente sobre ellas, como cayó sobre quienes la persiguieron en los pasados siglos.
No necesita la Iglesia de Cristo de la protección n¡de la tolerancia de los poderes humanos para vivir. Son ellos los que deben protegerla para proporcionar paz y bienestar a sus vasallos. La Iglesia es sociedad sobrenatural contra la que nada pueden los embates y la furia de las pasiones, del odio n¡de la tiranía: «Los poderes del infierno no prevalecerán contra ella», dijo Jesucristo a Pedro cuando le eligió para piedra fundamental de su Iglesia. Así se ha venido cumpliendo durante veinte siglos, y así continuará hasta el fin del mundo.
Ninguna sociedad puramente humana podría aguantar tan furioso y continuado embate. La Iglesia Católica no sólo lo ha soportado, sino que ha salido de él rejuvenecida, más vigorosa y mejor dispuesta para propagarse por el mundo; mientras sus perseguidores, —el paganismo, el imperio y las revoluciones— se han extinguido y desvanecido dejando mal recuerdo de sí. Los perseguidores de la Iglesia acaban mal, y la Iglesia de Cristo perdura vigorosa poniendo un remedio a cada necesidad humana, manteniendo incólume el depósito de la verdad revelada, haciendo florecer la virtud y llenando de santos las sillas que los ángeles rebeldes dejaron vacías en el cielo. La mano de Dios está con ella. La Iglesia es obra divina. Tiene una etapa temporal que es preparación de su destino definitivo, eterno y glorioso. Los miembros de ella que fenecen en el tiempo no se extinguen para siempre; no. La parte más noble de cada uno de ellos, su alma espiritual e inmortal, triunfa entonces definitivamente del mundo, del pecado y del demonio, y es recibida en las mansiones de la paz Inalterable y de la felicidad plenísima y sempiterna.
Cuando esté completo el número de los hijos de Dios que ella habrá enviado el cielo entonces ya no tendrá razón de ser la vida en este mundo; y la Iglesia, «santificada ya enteramente por Cristo, sin tener en sí mancha n¡arruga, siendo toda santa e inmaculada, comparecerá ante Cristo llena de gloria.» (Ef 5,27). Ya no habrá Iglesia militante n¡purgante, sólo existirá la Iglesia triunfante, la que habiendo acompañado a Cristo en los dolores del Calvario, participará de los esplendores de la resurrección gloriosa y triunfará eternamente con Él en el cielo.
«Cristo lo será entonces todo en todos» (Col 3,11; y 1 Cor 15,28); y del Cristo completo, formado por la divina Cabeza con sus místicos miembros, se cantará en el cielo y en el infierno lo que ahora, atenazados por la persecución, cantamos llenos de fe, de esperanza y de amor:
«Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.»
Primavera de Amor
Por caminos de lirios y azucenas
vino el amor cantando al pecho mío...
Las flores de m¡huerto, de albor,
llenas temblaron con el beso del rocío...
El cielo amaneció puro y radiante
tras el sonreír gracioso de la aurora...
El corazón dormido, —fiel amante—
cantó con voz divina, arrulladora.
Y al eco enamorado de ese arrullo
estremecióse toda la natura:
Los rosales abrieron su capullo,
las fuentes murmuraron con voz pura.
Las aves preludiaron dulces trinos;
la alegría tejió dulces poemas;
se llenaron de aromas los caminos
y el árbol ofrendó brotes y gemas.
Al llegar el Amor al pecho mío
amaneció divina Primavera
con sus gracias, encanto y poderío
y su casta sonrisa placentera.
Y el corazón tejió sus dulces cantos
que latieron al son del blando viento
y sus trovas, sonrisas y sus llantos
me llenaron de luz y de contento.
Fr. Bernardino Rubert, ofm
Primavera, 1951
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