El Beato Francisco Gálvez Iranzo

EMISIONES RADIOFÓNICAS BIOGRÁFICAS SOBRE LA GRAN FIGURA DEL INSIGNE SANTO UTIELANO, POR NUESTRO COLABORADOR Y PAISANO, D. JOSÉ MARTINEZ ORTIZ

(Continúa el capítulo I.)

En el último tercio del siglo XVI, España era todavía el corazón de un imperio en cuyos dominios jamás se puso el sol. Se extendía la soberanía española por toda Castilla con sus islas y tierra firme, en Aragón, con Nápoles y Sicilia; en Navarra, en los Países Bajos, en el Milanesado y en el Franco Condado, y en las plazas del norte de África, bajo el firme gobierno de Felipe II, hijo del César Carlos, cuando en un rincón de la vieja Castilla, mística y guerrera, vino al mundo un nuevo Santo.

Iglesia de UtielUtiel, en los confines del Reino Castellano y en frontera con Aragón, que la sierra Negrete separaba, era por aquel tiempo una villa de pequeño vecindario. Su recinto amurallado guardaba los restos de un viejo castillo, la iglesia recién construida conforme a su actual traza, con su esbelta torre, el Santo Hospital y la casa del antiguo Concejo, en la plaza Mayor, rodeada de porches, formando el núcleo urbano, donde vivían en estrecha hermandad nobleza y pueblo, las calles de Adarve, Serratilla, Pozo, Caldarmas, Trinidad y alguna más. Extramuros, coronados con barbacanas, y salvadas las bien defendidas puertas de Álamos, Requena, Santa Lucía, Eras Grandes, Ximén Pérez, Nueva, del Obispo y Arquillos, se extendían por la dilatada campiña utielana que el Magro perezosamente bañaba, algunas edificaciones como las de los varios molinos enclavados en su ribera, el nuevo del Concejo, aún en pie, con huellas de su arcada gótica, y las ermitas de San Gregorio, Santa Ana y San Agustín.

Ya el viñedo cubría buena extensión de su término, ascendiendo por las cañadas y roturándose las lomas donde el esparto dejaba paso a la fructífera vid, cuyos caldos habían de ser famosos al correr de los años. La huerta que se extendía desde el Molinillo hasta la Rambla de Etenas, comprendía toda la vega, que a los pies mismos de la muralla por donde serpenteaba el Camino Real tenía su mayor anchura, siguiendo luego el cauce del río, sembrada de cereales y con abundantes prados donde pacían buenos ganados. En los cercanos montes, la caza abundante era deleite honesto y provechosa ganancia de sus moradores, y su riqueza en bosques era tal, que gran parte del siglo se consumió en luchas con el vecino vizconde de Chelva por el dominio de la sierra. En ésta ya se albergaba la que muy pronto había de ser la Virgen Morena de las Vendimias, traída sólo Dios sabe de dónde o puesta allí por su mano Omnipotente para refugio y consuelo de los utielanos.

En el año 1578, nace Francisco de Galve Iranzo. Sus padres, Francisco y Juana, eran de ilustre familia.
En la relación de vecinos que rindieron pleito homenaje a D. Juan de Albornoz, señor de Utiel, en 1388 —la más antigua referencia de los poblados de la villa que nos da Ballesteros—, figuran Juan y Martín de Galve, y Gil Martínez de Iranzo Los dos apellidos, el de Galve y el de Iranzo, aparecen en los más insignes personajes de nuestra historia, habiendo llegado en sus descendientes hasta nuestros días, s¡bien el paterno, el de Galve, hoy Gálvez, no es tan abundante. Siendo tan antiguos como la Reconquista, no cabe duda de que fueron patronímicos de los caballeros cristianos que en ella tomaron parte, o de los que vinieron a repoblar la villa, especialmente el de Galve, pues oriundo de la localidad aragonesa de este mismo nombre, situada en la actual provincia de Teruel, y en la margen derecha del río Alfambra, debió de usarlo algún hidalgo de Aragón que militara en las huestes castellanas que arrancaron nuestro pueblo del poderío musulmán, o que se avecindara en él poco tiempo después. Por la otra rama, es el capitán Fernández Enguídanos, armado caballero por D. Álvaro de Luna, después de su heroico comportamiento en la toma por asalto de Cetina, quien da el entronque glorioso a la famosa Casa de Iranzo.

Casa consistorial de UtielSiguiendo de cerca el linaje del Santo, hasta llegar a sus más próximos antepasados, vemos como en 1529 figura un Martín de Galve, probablemente su abuelo, en el Concejo de la Villa, y hacia 1550, entre los seis diputados nombrados para auxiliar al Concejo en sus funciones, aparecen Francisco de Galve, en el cual identificamos a su padre, y un tío suyo llamado Alonso de Galve. Este último es en 1556, primer año del reinado de Felipe II, regidor de Utiel, y el mismo que dos años después, a la cabeza del Municipio utielano y del pueblo en masa, sube en romería a la agreste sierra donde se halla una imagen milagrosa de la Virgen, hasta entonces sólo venerada por un desconocido ermitaño y contadísimas personas, en busca de remedio a una pertinaz y angustiosa sequía. Era la primera peregrinación al Remedio, cuyo santuario aún no se había edificado. En el camarín de la Virgen, y en una pintura al fresco que bien merece una cuidadosa restauración, fue recogida años después aquella histórica rogativa: Flotando al viento el Pendón invicto de Utiel, llega al pie de la oquedad de la peña donde la Virgen se halla la fervorosa comitiva; allí, en unidad de fe y de entusiasmo, todos los utielanos, desde el menestral humilde y el pobre labrador que calza la burda alborga y viste gruesa zamarra, al noble hidalgo con jubón de seda y almidonada gorguera blanca. Bella estampa para un cuadro del Greco, a la cual, porque no faltare nada, el fresco vientecillo de la sierra, de aquel memorable 17 de mayo, traída un celaje de vaporosas nubes como atmósfera sutil, transida de divino gozo.

En mal año nació Francisco. Es el 1578. En los arenales del desierto africano, un príncipe cristiano, el joven rey don Sebastián de Portugal, sobrino de Felipe II, cae muerto en lucha contra el Islam y es destrozado su ejército. En este mismo año, en que descaradamente Isabel de Inglaterra se alía con los protestantes de los Países Bajos, rebeldes al Gobierno de España; muere en Flandes el gran caudillo español, vencedor de Lepanto, D. Juan de Austria, soñando, presa de la fiebre, todavía en ataques y batallas contra los enemigos de su Dios y de su Patria, después de haber vencido a los más fieros en «la más alta ocasión que han visto los siglos pasados y esperan ver los venideros». También en Utiel hay dolor y lágrimas: la peste amenaza al vecindario y tras la sangrienta guerra con el levantisco vizconde por la posesión del Negrete, han sido pobres las cosechas y malo el porvenir que aguarda.

El día 15 de agosto de aquel año, el mismo día de la fiesta de la Virgen, que en el presente se ha definido como dogma, era bautizado en Utiel, con el nombre de Francisco, un hijo varón de Francisco de Galve y de Juana Iranzo, su mujer. Le administró el Sacramento el clérigo Juan de Pradas, que juntamente con Juan de Gadea y Andrés Sigüenza son los primeros mayordomos de la naciente cofradía de Nuestra Señora del Remedio, y fueron sus padrinos N. López, todavía para nosotros desconocido, y Jerónima de Gálvez.

Santuario del Remedio, Utiel

¿Qué fiesta hubo en el bautizo? Desde la calle de Serratilla, en una de cuyas casas aún campea el escudo de las armas de Galve y que suponemos posible residencia de su familia, el alegre cortejo de los acompañantes conduciría al neófito a la cercana iglesia. El día no pudo ser más solemne. Nos imaginamos al pueblo entero a la salida de la Misa mayor en un día de tanta fiesta como el de la titular de la parroquia, contemplar el paso de la comitiva en la que figuraría lo más selecto de la villa. Era pariente de la madre el regidor Juan Barra de Iranzo y no le faltarían al santito infante en el acompañamiento los caballeros de capa y espada, alguno con la roja Cruz de Santiago o la de Calatrava al pecho, y las damas con sedas y brocados, entre las que habrían ricas dueñas y pulidas artesanas.

Al atardecer de aquel día tan utielano, mientras ante un paisaje de secos rastrojos y de uvas «pintadas» moría la luz por los caminos de Castilla, surgía en el reducido cielo utielano una nueva estrella que al propio sol naciente habría de eclipsar en el corazón de su mismo imperio.

Por fin, cine católico

El demonio, en esto del cine como en otras muchas cosas, nos ha ido llevando la delantera durante mucho tiempo. Hubo incluso una época en que muchos pensaron que el celuloide sólo podía reflejar la ligereza, la frivolidad y la obscenidad. Ya hace bastantes años Pío XI con su encíclica «Vigilant¡Cura», expresó la mente exacta de la Iglesia respecto de este problema tan transcendental. «No existe hoy —afirmaba el Papa— un medio más potente que el cinematógrafo para ejercer influencia sobre las multitudes».

La «Vigilant¡Cura» proponía clara y decididamente la solución del problema del cine. No basta la política de tijera. La labor negativa de censura, que corta unos planos, modifica unos textos o advierte la inmoralidad de determinadas películas.

El Papa hacía esta pregunta: «¿Por qué nos hemos de ocupar tan sólo de evitar el mal?» Su consigna y su deseo era éste: acción positiva para una producción de cine netamente católica: «El problema de la producción de las películas morales se resolvería desde su raíz s¡fuese posible disponer de una producción inspirada en los principios de la moral cristiana. Por esto no dejaremos nunca de alabar a aquellos que se han dedicado o se han de dedicar al nobilísimo intento de elevar la cinematografía a los fines de la educación y a las exigencias de la conciencia cristiana, dedicándose a este fin con competencia de técnicos, y no de aficionados, para evitar toda pérdida de fuerzas y dinero».

Un buen día ocurrió en la historia del cine un fenómeno extraordinario. Los hombres del cine con la mira exclusiva puesta en la taquilla, descubrieron que el cine moral y aún el cine claramente religioso podía ser un buen negocio. Y desde entonces una larga cadena de películas totalmente moralizadoras y claramente religiosas han sido producidas y han alcanzado quizá los más rotundos éxitos de taquilla en la historia del cine. Basta recordar algunos nombres: «Siguiendo m¡camino», «La canción de Bernadette», «Las llaves del Reino», «La mies es mucha», «Monsieur Vicent», etc., etc.

Estas espléndidas realizaciones no resolvían totalmente el problema. Lo que el Papa deseaba era la constitución de entidades productoras que de una forma permanente y segura lanzaran al mercado películas producidas con la mejor técnica y con la más pura ortodoxia.

BalarrasaEn algunos países se han dado diversos pasos para lograr esta solución. Y hoy, por fin, en España se abre una etapa nueva en este sentido. Con el decidido apoyo y la bendición del episcopado español y con el patronato directo e inmediato del Patriarca de las Indias Occidentales, Obispo de Madrid-Alcalá, Dr. Eijo y Garay, se constituía hace unos meses la Productora «ASPA» cuyo objetivo era cumplir las consignas de la Iglesia con miras a una producción de películas de inspiración católica.

Desde hace unos meses «ASPA», ha trabajado en silencio superando enormemente dificultades a fin de presentar al público su primera producción titulada «BALARRASA». Hoy «BALARRASA» sale ya al mercado. La crítica, los técnicos del cine la han acogido con un clamor de aprobación decidida. Cine moderno, vitalista, ágil, perfectamente logrado, que lleva a la pantalla el tema de la vocación sacerdotal y misionera y la crítica dura para la familia moderna paganizada.

Por fin tenemos cine católico en España. «BALARRASA», no es más que un paso inicial. Detrás de ella vendrán otras producciones católicas. Este esfuerzo exige un apoyo decidido de todas las entidades católicas, una propaganda intensa desintegrada y eficaz. Una presencia física y entusiasta en todas las salas donde «BALARRASA» desde la cátedra del cine enseñe a los hombres de nuestro tiempo su primera lección cristiana.